En Psicoanálisis utilizamos como sinónimo del término depresión, la palabra melancolía. Entender el proceso por el cual se desarrolla esta enfermedad psíquica, tan extendida en la actualidad, no es un acto sencillo, tampoco es un acto en sí. En primer lugar será necesario familiarizarse con algunos términos que utilizamos en el Psicoanálisis y deberemos adoptar una actitud abierta ante ese nuevo conocimiento que se nos presenta.
La ciencia psicoanalítica, desde su producción a principios del siglo XX, ha producido en la sociedad no pocas reacciones contradictorias. Asimilar aquello que nos propone llevará aún su tiempo, pues pone en tela de juicio la propia naturaleza humana concebida hasta el momento. Para esta disciplina científica, la conciencia deja de ser el centro de la vida psíquica del ser humano, pasando ahora a formar parte de un sistema más complejo, el Insconsciente, más complejo y más difícil de acceder a él, por su propia naturaleza.
El origen de toda enfermedad psíquica o que guarde cierta relación con el psiquismo, ha de buscarse en la compleja relación que dicho sistema Inconsciente guarda con la realidad y con las instancias psíquicas que trabajan en favor de ella.
La etiología, pues de la melancolía habremos de encontrarla no en los sucesos que acontecen en la vida de la persona que la padece. Ningún suceso real puede explicar tan exagerada reacción, tal grado de afectación y abandono. Es por ello que una visión que sólo abarque las capas más superficiales a penas ofrecerá aliento al paciente. No basta con una transformación superficial en su realidad, sino que es necesaria una transformación en las más hondas instancias psíquicas.
La melancolía, cuyo concepto no ha sido aún fijamente determinado, muestra diversas formas clínicas, entre las cuales hay algunas que recuerdan más las afecciones somáticas que las psicógenas. Para hablar de ella vamos a partir de su comparación con el duelo, proceso normal que se produce tras la muerte de un ser querido o de una abstracción equivalente, como la patria, la libertad, un ideal, etc.
El duelo jamás es considerado como un estado patológico, aunque se trata de un estado que le impone al sujeto considerables desviaciones de su conducta normal. Es un proceso normal que se desencadena ante una pérdida de ese tipo. Es un proceso, por tanto, tendrá que remitir.
El duelo, supone una desviación de la conducta normal, pero, al cabo de algún tiempo, desaparece por sí solo. Implica un ánimo doloroso, cesación del interés por el mundo exterior, en tanto, éste nos recuerda que el objeto amado ya no está; apartamiento de toda actividad que nos recuerde a dicho objeto.
La melancolía, por su parte, se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución de amor propio. Esta última se traduce en reproches y acusaciones, de que el paciente se hace objeto a sí mismo.
En el duelo, el mundo exterior nos muestra que el objeto amado ya no existe y demanda que la libido, aquella energía que nos impulsa a la unión, abandone todas sus ataduras hacia el mismo. Pero el ser humano no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, aunque ya le haya encontrado sustituto. El sujeto se aparta de la realidad y conserva al objeto de un modo alucinatorio. De un modo paulatino, la realidad se impondrá, mas no sin gasto de energía por parte del sujeto, no sin lucha. Al final de la labor de duelo el yo vuelve a quedar libre.
Con respecto a la melancolía, unas veces reacción a la pérdida de un objeto amado, otras una pérdida de naturaleza más ideal, el objeto no necesariamente ha muerto, pero ha quedado perdido como objeto erótico. En ocasiones, no llegamos a distinguir qué es lo que ha perdido. La persona sabe a quién a perdido, pero no qué a perdido con él. La pérdida del objeto queda fuera de la conciencia, por lo tanto, no es cuestión de pedirle explicaciones al sujeto, en tanto, el nada sabe de lo que le ocurre, a nivel consciente, claro.
Encontramos algo que nos llama la atención en el melancólico, su humillación constante ante los demás, su autrocrítica. En la mayoría de las ocasiones las críticas que el enfermo se dirige no coinciden con su personalidad real o, al menos, no era necesario enfermar para que se diera cuenta de sus defectos. Pero nosotros no deberemos contradecirle, pues cierta razón debe de tener, y describirnos algo que es en realidad como a él le parece.
Verdaderamente, comprobamos que es incapaz de amor, de interés y de rendimiento, pero esto es resultado de su penosa situación. El melancólico carece de todo pudor frente a los demás, manifiesta el deseo de comunicar a todos sus defectos, como si en ese rebajamiento hallara una satisfacción. Nuestra ocupación no estará en descubrir si tiene o no razón sus críticas.
Una parte del yo del enfermo se sitúa frente a la otra y la valora críticamente como si la tomara como objeto. La conciencia juzga duramente a esa otra parte del yo. Si prestamos nuestra escucha a las múltiples autoacusaciones del melancólico, experimentamos la impresión de que las más graves son poco adecuadas a su personalidad y, en cambio, se adaptan a otra persona, cercana a él, a la que ha amado, ama o debería amar. Los reproches que se dirige corresponden en realidad a otra persona, a un objeto erótico y han sido vueltos contra su propio yo. La persona que ha provocado la perturbación sentimental del enfermo, y hacia la cual se halla orientada su enfermedad, suele ser una de las más íntimamente ligadas a ella.
En el cuadro de la melancolía resalta el descontento con el propio yo, desde el punto de vista moral, sobre todas las demás críticas posibles. No podemos extrañar que entre estos reproches, correspondientes a otra persona y vueltos hacia el yo, existan algunos referentes realmente al yo; reproches cuya misión es encubrir los restantes y dificultar el conocimiento de la verdadera situación. Sus lamentos son quejas; no se avergüenzan ni se ocultan, porque todo lo malo que dicen de sí mismos se refiere en realidad a otras personas.
Al principio existía un enlace libidinal (amor, amistad, odio...) hacia una persona, un ideal... Por la influencia de una ofensa real o un desengaño, la muerte, surgió una conmoción de esa relación objetal cuyo resultado no fue el normal, es decir, el desplazamiento de la carga de ese objeto a otro. La libido no fue desplazada hacia otro objeto, sino retraída al yo, el yo se identificó con el objeto abandonado, por lo que se transformó la pérdida del objeto en una pérdida del yo. No puede ser abandonada la carga erótica a pesar del conflicto con la persona amada.
La pérdida del objeto amado produce el surgimiento de la ambivalencia de las relaciones amorosas (amor-odio).
Las situaciones que producen la melancolía van más allá de la pérdida del objeto amado, incluyen todas aquellas situaciones de ofensa, postergación y desengaño que pueden producir sentimientos opuestos de amor y odio o intensificar una ambivalencia anteriormente existente.
Aunque no nos parezca aplicable a nosotros, sobre aquello que amamos, recaen también sentimientos opuestos. El odio hacia el objeto, recaerá tras la identificación del yo, sobre el propio yo, calumniándolo y haciéndolo sufrir, encontrando en ello una satisfacción sádica.
Se producen así en la melancolía infinitos combates aislados alrededor del objeto, combates en los que el odio y el amor luchan entre sí; el primero, para desligar a la libido del objeto, y el segundo, para evitarlo. Es muy posible que el proceso llegue a su término en el sistema Inc., una vez apaciguada la cólera del yo o abandonado el objeto por considerarlo carente ya de todo valor.
El melancólico consigue, bajo el camino del autocastigo, su venganza de dichos objetos y atormentar, de paso, a los que ama, por medio de su enfermedad.
Este sadismo que vemos en el melancólico, nos aclara su tendencia al suicidio. Ningún neurótico experimenta impulsos al suicidio que no sean impulsos homicidas, orientados originariamente hacia otras personas, pero vueltos contra el propio yo. Esto es, cuando el melancólico, el depresivo se quiere suicidar, lo que quiere es eliminar, matar al objeto amado, a esa persona o cosa con la que está identificado. No es sino un asesino silencioso.
Volviendo con nuestra comparación con el duelo, la melancolía comparte con él el carácter de desaparecer al cabo de cierto tiempo, no en vano, se suele decir, yo en aquella época tuve una depresión.... sí, fulanito tiene una depresión.... el año pasado, cuando lo de la depresión...
Una peculiaridad de la melancolía, es su tendencia a transformarse en manía (sobreactivación, excitación, impulsividad...). No todos sufren esta transformación. Aunque la manía nos parezca lo contrario a la depresión, en realidad son dos caras de la misma moneda, el contenido es idéntico.
Del proceso que se produce en él, nada sabe el depresivo, en tanto lo que le ocurre transcurre de modo inconsciente. Por otro lado, en Psicoanálisis, el diagnóstico se realiza al finalizar el tratamiento, en tanto no es el diagnóstico el que dirige la cura, la cura la dirige, la funda, el compromiso fundado entre paciente y psicoanalista. No son las explicaciones del por qué de su afección lo que mejorará al paciente, en su conciencia no radica nuestro interés. No es el conocimiento el que produce transformaciones. Es más, en el enfermo radica una resistencia, por parte de su yo, a la curación. Es la relación terapéutica que se establezca la que le llevará a transformar aquello que le llevó a identificarse con el objeto y a vivir una vida penosa, en otra cosa.
No es cuestión de que nuestra labor sea eliminar la tristeza, la angustia, el dolor, estos en ocasiones llevan a la mutilación, a la enfermedad, a la muerte y en otras llevan a una vida normal, creativa. El paciente tendrá que decidir otra vida para él distinta a la que padece, deberá construir otras combinaciones de palabras, en tanto, nuestra vida de eso se trata, de palabras. Y se preguntarán ustedes, tal vez, cómo un tratamiento que no recurre a los medicamentos, a los consejos, basado únicamente en el devenir de las palabras, cura, transforma la vida de una persona. Sólo tendríamos que pensar en el modo en el que un profesor transmite sus conocimientos a los alumnos, a través de las palabras. El modo en el que una persona nos puede llevar a la desesperación o bien a la felicidad, las palabras.
No creo que sean necesarias más explicaciones, sólo decir que todo en el ser humano está tocado por la palabra, por el verbo en su anudamiento infinito y que, si nos sometemos a él, tendremos una vida aún no vivida.
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