La penosa expedición de Vanessa Miller en el Festival de Viña llegó a un punto de no retorno cuando ella le preguntó al “monstruo” si le permitirían hacer su show. El rotundo “¡¡¡¡¡¡Noooooooo!!!!!” del Godzilla viñamarino resonó hasta en Chiloé. Fue lo más parecido al “Xuxazo” del 2000. Es que el peor error que se puede cometer al enfrentar a una bestia “humoristófaga” como el público de la Quinta Vergara es mostrar debilidad.
Las coincidencias se multiplican: la desconsolada brasileña subió a su pequeña hija Sasha al escenario; la chilena, que nunca se definió entre comediante y cabaretera, recibió una flor de su madre, Liliana Ross. En ambas ocasiones, se sospechaba que no prenderían en el respetable (que en el caso del Festival, a estas alturas bien podría llamarse el insensible) y sin embargo se insistió en subirlas al escenario. Para colmo de males, cuando Vanessa se encontraba en el camarín, tratando de asimilar el peor revés de su carrera, escuchó la más estruendosa carcajada del público en toda la noche. La proeza fue nada menos que de Myriam Hernández, que se despachó el mejor chiste prohibido de la jornada: al presentar al jurado brasileño Junior, aseguró que una de sus aficiones era tocar “el sexo”, en lugar de decir el saxo.
Un día antes, Mauricio Flores había completado su faena con un dejo de amargura en su boca de muñeco, al no lograr superar ni en ráting ni en recepción del público de la Quinta ni en trofeos la incursión que tuvo como parte de Melón y Melame hace un par de años. Pese a que la actuación del Mono dista mucho de ser leída como un fracaso, al no igualar su marca anterior, decepcionó. Ni medalla le entregaron.
El error que cometió fue no hacer la parte del show que le reportaría los vítores del público: debió haberse quedado desparramado en el suelo como el muñeco que es, derramar unos cuantos oportunos lagrimones y poner a Vodanovic entre la antorcha y la pared. También le penó Gigi Martin: es más difícil bajar a dos del escenario que a uno solo. A veces no basta con congraciarse con el “monstruo”, también hay que hacer otro tanto con... el animador.
Cargan un sino trágico los humoristas que actúan en Viña. Sin melodías o acordes tras los cuales escudarse, quedan a expensas de la pifia, que acecha imponente y lanza su multitudinario zarpazo al menor silencio, al menor chiste desubicado. Se trata de un focus group gigante en el que, por lo general, saca la peor parte el nervioso postulante, que cuenta sólo con dos opciones: triunfar en forma apoteósica o emprender la más lastimera de las retiradas.
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