FRANCISCO ARIAS SOLIS
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EN EL DIA DE LOS ENAMORADOS
“Tú me miras, yo te miro,
y así, los dos nos miramos:
tú me preguntas quién soy yo...
yo sigo mirando... y callo.
Augusto Ferrán.
VIVIR EN OTRO O EN OTRA
Es claro que el “claro de luna” no destila miel. Pero su luz dorada, a los enamorados se lo parece. En realidad el cielo es estrellado y de su lunática claridad nocturna es la que nos entra por los ojos (como el “espíritu de amor” a los enamorados florentinos del “dolce stil novo”, como al Dante), es una realidad que “salta a la vista”. Ni más allá ni más acá de nuestra mirada. Son siempre nuestros ojos los que nos piden que les demos crédito (creer para ver) si queremos ver claro.
“Soy capaz de subir al quinto cielo / de contar las estrellas una a una / y montarme en los cuernos de la Luna / si me llego a incomodar”. Así canta un trasnochado estribillo zarzuelero. Del que deduciríamos que para subir a los espacios estelares no son necesarios mecanismos prodigiosos, pues basta con incomodarse, con estar incómodo en la Tierra.
“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el refrán. “Bienaventurados los limpios de corazón”, porque ellos verán el “claro de luna”. Y muchas cosas más.
Alguien ha dicho que de “ilusiones se vive cuando no se vive de verdad: cuando se vive de verdad, de ilusiones se muere”. Nos parece que ese alguien estaba equivocado. Porque, ¿qué es vivir de verdad , sino vivir de ilusiones precisamente? No son las ilusiones las que matan. Entre otras cosas, porque no nos desilusionan nunca por sí mismas ni por sí solas. Una ilusión que desilusionase y nos desilusionase por serlo ya dejaría de serlo. Una ilusión que sabe que es una ilusión, decía Unamuno, es porque ya no lo es. Porque no son las ilusiones las que nos dan la vida, sino la vida la que nos da sus ilusiones, que son ilusión porque la vida es ilusoria. Lo que no es ilusoria es la muerte. “Todo lo que vemos cuando estamos despiertos es muerte”, pensaba el filósofo griego. Y Cervantes nos dejó dicho en su verso perfecto: que “en todo hay cierta inevitable muerte”. La muerte es lo cierto: lo incierto, lo dudoso es la muerte.
La muerte que sentimos viva es la de nuestro cuerpo, que aunque no la podamos ver, viene con nosotros desde la cuna: nace con nosotros y nos va madurando dentro.
Decimos al dormir, conciliar el sueño: ¿conciliar el sueño con la muerte? Despertar es reconciliarlo con la vida. “Importa no estar dormido”, dice el burlador sevillano de Tirso: y le responde razonablemente, el cínico Don Juan de Moliere: “Yo creo que dos y dos son cuatro”. Yo podré entender siempre, claramente, que “el amor mueva el sol y las estrellas”. Lo que no podré entender nunca de ningún modo, es que dos y dos son cuatro.
Vivir en otro o en otra, y no con otro o con otra, decía Goethe que era la primero que hay que aprender para la amistad y el amor verdadero. Pero no especificaba la simultaneidad del en con el con: la convivencia de ambos: ni menos, con el para: vivir en, con y para otro y otra. El fracaso de esta triplicidad rompe el equilibrio de la relación amorosa y amistosa. Dos son siempre tres: tú y yo y nosotros.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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Gracias.