LA VELOZ CARRERA DEL TIEMPO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

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LA VELOZ CARRERA DEL TIEMPO.

“Cuán presto se va el placer,
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.”
Jorge Manrique.

LA TEMPORALIDAD PASAJERA

Muchas veces, al repetir el verso de las Coplas de Jorge Manrique: cualquiera tiempo pasado, seguido del otro fue mejor, nos preguntamos si la resonancia musical que tienen en nosotros estos versos responde exactamente a nuestro sentimiento -que por eso, su perfecta expresión se verifica-, o si, por el contrario, es la belleza y consonancia armoniosa, que en nosotros aviva y despierta esa expresión perfecta, la que determina nuestra conformidad sentimental con la afirmación del poeta: “Cualquiera tiempo pasado fue mejor”. ¿Fue mejor?

Nos dice el poeta, aunque antes se haya referido a la presteza con que se nos va el placer, que son esos tiempos placenteros los que, pasados, nos parecen mejores, sino muy expresamente nos afirma -después de señalar la fugitiva rapidez de lo placentero (“cuán presto se va el placer”) y su no menos presta y rápida sustitución por el dolor de recordarlo- que cualquiera tiempo pasado, puesto que también el dolor pasa velozmente, fue mejor. Afirma el poeta que este fue es un parecer nuestro, una forma o apariencia o figura de lo que sentimos y del modo como lo sentimos: cómo, a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor. Toda la inmortal elegía se halla traspasada de esta forma perecedera y parecedora, aparente, de lo que nos parece ser el tiempo como realidad pasajera, fugitiva. Nunca el tema esencial del Tempus fugit se desenvolvió con más pura y extraña musicalidad, como en los versos famosos de Jorge Manrique. Con razón vinculaba a ellos nuestro Antonio Machado su pensamiento de la naturaleza esencialmente temporal de la poesía. Este sentido, y también concepto de la temporalidad, huidera, pasajera -irreversible, como el correr de las aguas por el cauce que ellas mismas se hacen con su paso-, es el que recientemente incorpora a su propia especulación racional la nueva metafísica, extremando con él sus linderos hasta la frontera indivisible de lo poético. De nuevo, como en los albores del pensamiento griego, poesía y metafísica vuelven a entrelazar sus formas como una sola apariencia, sombra fugitiva del paso del tiempo para el hombre. Y después de Nietzsche y Kierkegaard, Unamuno, Bergson y Heidegger nos hablan de un lenguaje metafísico impregnado de pura poesía. La temporalidad se hace temática expresión fugada en el laberíntico arabesco de variantes del pensamiento actual del hombre. ¿Podríamos decir, que, por este motivo, nuestra época comporta consigo una nueva carga aparencial de profundo romanticismo? ¿Y qué nuevo romanticismo sería éste?

El romanticismo de los románticos tuvo, en efecto, la raíz y entronque sustancial de su propio ser en ese sentido y concepto material del tiempo huidizo, pasajero. Los románticos tomaban al pie de la letra la afirmación de Jorge Manrique de que cualquiera tiempo pasado fue mejor; y, en prueba de ello, enmascaraban temporalmente lo pasajero envolviéndolo en ese sudario figurativo del pasado, de lo pasado. Como si lo pasado por pasado pudiese expresar con forma ficticia, con máscara de pasajero, lo permanente. No captaron los retóricos del romanticismo su propia razón de ser románticos en lo fugitivo y pasajero de tal razón, haciéndola pasión del tiempo mismo, sino que, queriendo plasmarla en un empeño de permanencia, la paralizaron con esa máscara vacía, hueca, resonadora de la propia vanidad de su engaño. El romanticismo se disfrazaba de ese modo, históricamente, de romanticismo. Y por eso dejaba de serlo. Sería paradójica afirmación, muy verdadera por lo mismo, la de decir que los románticos se contradijeron y se desmintieron a sí mismo, por hacerse los clásicos del romanticismo; y que mataron su romanticismo de esa manera.

Recuerdo, sin embargo, un verso verdaderamente romántico, del más típicamente, si no tópicamente romántico, de los poetas españoles del XIX, de Espronceda; verso que siempre me produjo extrañeza por su petulante y ardoroso ímpetu: es aquel en que nos habla el poeta de un caballo a quien en su “veloz carrera” trata de pintar diciendo: tendido en el escape volador...

“Cualquiera tiempo pasado”, no es mejor ni peor por ser tiempo, sino por todo lo contrario: por haberlo dejado de ser, por haber dejado de pasar. El tiempo pasado ya no es tiempo, ya no es más que pasado; ya no es fugitiva, pasajera temporalidad. El tiempo que nos huye y que nos persigue, al que perseguimos y se nos escapa, no deja nunca de pasar. Su recuerdo no preteriza nunca su propio ímpetu que tiende y nos tiende, como el caballo del verso romántico de Espronceda, hacia lo venidero eterno.

Ese caballo del verso de Espronceda, tendido en el escape volador, acaba, si no empieza, por perderse y perdérsenos de vista. La veloz carrera de ese caballo o nube se nos pierde -se nos pierde de vista, se nos gana de oído; y por eso no nos importa-. Nos importa la huella o rastro volandero de su paso que nos ha dejado prendido en el oído con ese verso: tendido en el escape volador.Lo que vemos o sentimos, lo que oímos, mejor, invisiblemente, en este verso, no es un caballo, es el tiempo mismo fugitivo.

Si seguimos la trayectoria lírica de este sentido y concepto de la temporalidad fugitiva a través de la poesía española, veremos que ese arranque que tuvo en las Coplas de Jorge Manrique no se desmiente ni desvía, sino por otra expresa voluntad de desviación poética y de encauzamiento ético o afirmación moral, como hace Quevedo en su Epístola al Conde Duque de Olivares como crítica o censura o juicio moral de comparación con lo pasado: Del tiempo el ocio torpe, y los engaños / del paso de las horas y del día / reputaban los nuestros por extraños... / Nadie contaba cuánta edad vivía / sino de qué manera.

La veloz corrida o veloz carrera de los tiempos, nos lleva, como los ríos a la mar -”que es el morir”, cantó Jorge Manrique- a ese otro piélago divino, a ese otro mar del morir, que hace temer hasta el mismo barquero de la muerte, según nos dice nuestro divino Aldana, enamorado temporalmente de lo eterno, que vio su navecilla: corriendo este gran mar, con suelta vela, / hacia la infinidad buscando orilla.

La vida pasa por el correr del tiempo y nosotros con ella. Cuando deja de pasar, es muerte. Y este pasar, este correr del tiempo, pasajero, fugitivo, tendido en el escape volador, como en la imagen del caballo que nos dio Espronceda, termina por ser la máscara de nuestra temporalidad pasajera. Y como dice una copla de esta vieja tierra del Sur: El tiempo no es lo que importa: / lo que importa es que la vida / con el tiempo se te acorta.

Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias





Escrito desde Aug 7, 2003, 10:12 PM

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