MANIA DE DESCALIFICACION POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

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MANÍA DE DESCALIFICACION

“Triste sino nacer
con algún don ilustre
aquí, donde los hombres
en su miseria sólo saben
el insulto, la mofa, el recelo profundo
ante aquel que ilumina las palabras opacas
por el oculto fuego originario.”
Luis Cernuda.

EL ORIGEN DE LA NECESIDAD DE DESCALIFICAR

Uno de los indicios más claros para descubrir la mediocridad es la tendencia a la descalificación. Nada complace más al que tiene poco valor y no se consuela de ello que descalificar de un plumazo a un autor, un figura histórica, un país o una época entera. Esto le da una impresión de poder. Claro que es enteramente ilusoria, pero esto no importa demasiado, ya que todo se mueve en el campo de lo irreal y negativo. Al negar, el que lo hace piensa que ha anulado eso sobre lo cual ha disparado Y automáticamente se siente “por encima”, dotado de una extraña facultad de aniquilación.

Se dirá que esto es un fenómeno patológico. Así es, pero con una salvedad. No tiene por qué ser una anormalidad orgánica, ni siquiera psíquica; lo más probable es que sea biográfica. Se podría explicar, como casi todo lo humano, contando una historia. En ella se descubriría el origen de esa necesidad de descalificar que tantos sienten, que sirve de compensación, no a muchos fracasos , como se propendería a pensar, sino más bien a muchos éxitos. Cuando estos son inmerecidos -y el sujeto siempre lo sabe-, engendran un extrañísimo rencor que sería apasionante investigar en concreto. Es mucho más fácil consolarse de no ser “reconocido” que de serlo indebidamente, sobre todo si se tiene conciencia de haber contribuido a ello mediante cualquier tipo de extorsión. El que se cree injustamente preterido puede confiar en que un día se le haga justicia; el injustamente encumbrado teme siempre eso mismo, y por eso se refugia en un impulso demoledor, con la esperanza de que en la confusión su caso escape a una consideración más perspicaz y severa.

Al hombre bien nacido le produce alegría la existencia de algo valioso. Si en vez de algo es alguien, la alegría se mezcla con simpatía, entusiasmo, una impresión de “compañía” de las personas admirables que han existido en cualquier parte y en cualquier época de la historia. Es lo que el rencoroso no puede soportar. Su “predilección” va a lo que no se puede estimar, a lo que él mismo no estima. Busca lo degradado, lo inferior, morboso, torpe, para exaltarlo. No a pesar de serlo, lo cual sería aceptable, porque toda vida, aun la más lamentable, es en cuanto tal algo serio, real, dramático, y en esa medida respetable y valioso, sino precisamente por serlo.

No se entiende la manera como los españoles entendemos nuestra realidad, en todos los órdenes, si no se tiene presente esa manía de descalificación, esa fruición que la acompaña.

Lo más grave es que es una enfermedad contagiosa. Quiero decir que los que espontáneamente no la padecen, sienten una maligna complacencia ante su espectáculo, y se suman pasivamente a él. Por eso tiene tanta amplitud la visión negativa de nuestra historia en bloque, o de nuestra realidad actual, con algunas excepciones deliberadamente excluidas. Esto es lo único verdaderamente peligroso, lo que justifica que se hable, fuera de la patología, de este fenómeno. Su difusión inducida pervierte todo el sistema de valoraciones y, lo que es más, provoca una deformación en las personas susceptibles, sobre todo entre los jóvenes. ¿Quién duda de que muchos de nuestros políticos contribuyen poderosamente a formar una generación desalentada, reacia a admirar, incapaz de enriquecerse con lo valioso que existe, persuadida de que nada vale la pena?

El deporte que en español se llama “no dejar títere con cabeza” es propio de títeres. No pasa de ser un número de circo, y la realidad es otra cosa. El circo es una diversión que se ha de tomar como tal, con la conciencia clara de que no es real, sino el retablo de Maese Pedro. No me importa demasiado el rencoroso que descalifica gratuitamente, porque sí, a los que valen más que él, o a un país, al que tendría que admirar, o a una época llena de esfuerzos, de pasión, de dolor, de creación. En el fondo, sabe muy bien que está disparando contra sí mismo, buscando una compensación. Por una retorsión que merecería ser indagada, en vez de nutrirse con lo real prefiere negarlo. Lo más inquietante es que el que arroja piedras o pellas de barro contra lo superior suele estar rodeado de un coro de papanatas que le ríen la gracia que no tiene. Y como dijo el poeta: “Corre, ve y dile a tu madre / que no hable mal de mí, / que pérdidas y ganancias / todas caerán sobre ti”.

Francisco Arias Solis
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Escrito desde Sep 9, 2003, 1:48 PM

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