“No puedo soportar a mi lado
a esa gente
que tengo que perdonar
constantemente”.
Gloria Fuertes.
ALGUNOS DE LOS ADICTOS AL TABACO TRATAN DE DEFENDER
SUS MALOS HUMOS
La restricción del consumo de tabaco ha provocado airadas reacciones en algunos de los fumadores españoles. Estos adictos al tabaco defienden sus malos humos acusando a los fumadores pasivos de intolerancia, macartismo y hasta de inquisidores que amenazan con quemarlos con sus propios encendedores.
Ciertamente, uno no puede sentir otra cosa que pena, por esos fumadores. Da lástima ver a esas criaturas fumando como unos apestados a las puertas de las oficinas con las bajas temperaturas de estos primeros meses del año. Es fácil imaginarse la angustia de los que van a pedir trabajo con guantes para que no se vean las delatoras marcas de nicotina entre los dedos índice y corazón a sabiendas que el jefe de personal les hará quitárselos, una exigencia mil veces más humillante que un strip-tease. Resulta tremendo enfrentarse al fin de semana a sabiendas que no hay cine, ni teatro que presenciar con una cajetilla en el bolsillo. Debe ser descorazonador llamar en vano a decenas de restaurantes para reservar una mesa en el rincón de fumadores para la cena del viernes y al final acabar mascando una carne más dura que una suela en una catacumba rodeado de parias socialmente despreciados. Pero la compasión no debe impedir salir al paso de los abusos.
Un negro futuro aguarda a los colgados del tabaco, que ya preparan sus propias ligas de resistencia para hacer frente a la cruzada de aire limpio que se le ha venido encima. Y son belicosos. Basta verlos y oírlos vociferar las excelencias del veneno que los esclaviza, al tiempo que protestan contra la sociedad que los avasalla. Resultan patéticos en sus argumentos por defender el prestigio de un sucio hábito, sobre todo cuando apelan a razones culturales. Argüir que el encanto de la película Casablanca se sostiene en el humo de los cigarrillos de Humphrey Bogart no deja de ser una memez. Una cosa es que muchos fumadores se iniciaran en el tabaco seducidos por oleoso brillo que provocaban en los ojos de la Bergman los gestos del actor y otra muy distinta que pretendan convencernos de las bondades de los humos que nos hacen tragar para que imitemos a Boggie hasta en su cáncer de pulmón.
No se ataca a la libertad de nadie prohibiendo fumar en lugares públicos y cerrados. No hay comparación posible con la famosa Ley Seca antialcohólica de los Estados Unidos, otro de los argumentos favoritos de los fumadores, porque no se quiere obligarles a dejar de fumar, sino que contaminen a los demás. Un heroinómano o un borracho, si no se meten con nadie, no molestan salvo por el aliento; un fumador sí porque obliga a los demás a compartir sus malos humos. No se puede acusar a una sociedad porque pretenda aootarles sus humos; a ellos, sin embargo, sí se le podría tratar de insolidarios y de mal educados. Los fumadores debieran recordar aquellos versos del poeta: “Eres la llama en que ardes / y cuando te enciende más / es cuando vas apagarte”.
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