Al compás del amor

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Vida mía:

Hay luna todavía. Estoy sólo en el cuarto sombrío, cantan los vientos. Y
no sé dónde voy, ni qué hago, pues solo estoy concentrado en tu cuerpo.
Hoy juraría que te he visto y no sé donde; acaso en las montañas cuyo
nombre rima con mi tristeza o en el caliginoso corazón olvidado de una
vieja ciudad, cuando basta cerrar los ojos para soñar un largo poema
que nunca ha de escribirse.

Blanca en la noche negra, silenciosa en la luna como nave amarrada, te
he visto. Pero yo amo la blanca soledad de tus senos, la amo, cuando me
llegan ecos del mar arrastrados por el viento. Yo he salido a buscarte a
través de la noche, oh alma ensimismada bajo la luna. No huyas,
detente, oh fugitiva, y no te alarmen los brazos alargados en la
penumbra. No llores, esperanza. Esta noche he salido, para dejarte aquí,
en la cumbre solitaria de la montaña. Aquí, en la cima pura de la
montaña, serás como una yedra cuajada de rocío, y yo no dejaré de ver
tu claro esplendor. El bello esplendor de tu cuerpo.

Ciérrame los ojos, ciérrame los ojos con tu dulzura sin manos, para que
todo me abisme en tus profundidades; ciérrame los ojos que quiero
contemplar el amor hasta su más secreta hondura, hasta allí donde todo
es irradiación palpitante, hasta allí donde la luz es una larga caricia en
los párpados...

Oh cuerpo ondulante salpicado de estrellas, ven. Esperándote estoy,
esperando el instante en que seamos el uno para el otro, libres y
encadenados el uno en el otro. Ven, ciérrame los ojos y deja que sueñe y
olvide, mecido en tu bello cuerpo ondulante.


Tu bello cuerpo ondulante


Cuando contemplo tu rostro y el encanto que te entristece,

mi vida se rompe como un espejo silencioso,

y el sueño tiembla en mi alma que se deshace,

que se diluye como una rosa inadvertida,

como una rosa inevitable.


Cuando contemplo tu ligera dulzura errante,

mi vida como un viento levísimo desfallece

y el amor solitario tiembla en mi alma que se deshace

como una rosa lenta y dulce en su interior puro,

que no salpica la tarde.


Cuando admiro tu cándida, tu terrible belleza,

tu bello cuerpo ondulante de animal virgen,

tu seducción de muerte, de tigre adormecido,

mis deseos en un aire gimiente de cintura

ascienden tímidos y anhelantes como cisnes...


Bésame hasta que nuestros labios se enciendan y nuestros cuerpos
vibren al compás del amor.

Escríbeme.

Francisco



Escrito desde Aug 3, 2001, 5:26 AM

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