Esta noche quiero adornar tu cuerpo de jazmines, de pedazos de luna, para
poseerte y hallar la luz de tu presencia, la mar dorada tras un sueño de acacias
derretidas.
Esta madrugada quiero vivir para ti -lo sabes- después de habernos amado durante
toda la noche bajo un árbol rosado. Por aquí está comenzando a despuntar el otoño
y ya de algunos árboles caen las primeras hojas, pero ninguno tan hermoso como
aquel árbol, testigo de nuestros besos. ¡Ay la hoja blanca cogida esta noche de luna
al arbolillo de mi alma!
La luna, sí, la luna, las estrellas de siempre, el cielo vasto y negro y el bosque que
duerme, ese era el paraje donde nos quedamos solo, bajo un árbol rosado. La noche
es para todos la sombra y el olvido; ay, solamente yo no hallo en su paz alivio porque
el amor me tiene desvelado, en la densa penumbra de aquel árbol.
Ah, si me amaras como yo te amo y si al pensar en mí se esfumara tu alma estoy
seguro que se uniría con la mía bajo el árbol rosado. Donde tan completamente me
entregué a ti que ya nada me queda y tú me tienes todo.
Un árbol en flor
Aquel árbol de tronco rugoso y áspero que en la noche
perfumaba la sombra, las estrellas y el río,
era un árbol en flor cuyos racimos
menudos y rosados
recordaban las lilas por su aroma
y por su color tenue sobre nuestros ensueños,
por eso dijiste que era una lila
y yo que una acacia blanca
y otro un árbol del paraíso.
Y el árbol era inmenso y dulce
como el amor y la dulzura de la noche
y quedaste en silencio
como cuando un violín estalla en la negrura,
y yo a tu lado entonces me dije que aquel árbol
era para mi alma más raro y misterioso
que el árbol casia cuyo antiguo encanto
es igual que la lluvia en un rostro dichoso,
y aunque la gente que nos rodeaba
decía tanta cosas ajenas a nosotros
era lo mismo que si fuéramos solos
y aunque seguimos paseando por la orilla del río,
ah, nuestros corazones
quedaron solitarios
a la mágica sombra de aquel árbol rosado.
Bajo ese árbol rosado espero tembloroso de amor tu palabra o tu beso.