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NIVEL DE VIDA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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NIVEL DE VIDA
“Hay que dejar un sitio.
Hace un hueco .
Colocad otro plato.
Este hombre lo necesita.
No os encojáis de hombros.
Prestadle una chaqueta
o un sello para que escriba
pidiendo amor o socorro.”
Antonio Molina.
EL MUNDO SOLO FUNCIONA POR MEDIO DEL DINERO
El nivel de vida define un ámbito de posibilidades. El “teclado” de estas está en buena parte determinado por la amplitud económica; en primer lugar, de la sociedad como tal, porque si esta es pobre las posibilidades son muy reducidas; en segundo lugar, de los individuos, puesto que esas posibilidades que “están ahí” no son sin más disponibles para cada uno de los hombres. No es necesario insistir en que el fabuloso incremento de la riqueza en la época industrial ha dilatado increíblemente el horizonte de las posibilidades genéricas del hombre y, en proporción aún mayor, el de la posibilidades medias de los individuos en Europa y América. Pero, en cambio, no suele echarse de ver lo que la elevación del nivel de vida implica de limitación y servidumbre.
La amplitud económica , es decir, la elevación del nivel de vida, tiene además la consecuencia de ampliar también el ámbito de convivencia y dilatar así la “vida social” o de relación. La facilidad de los viajes hace que las relaciones humanas sean mucho más extendidas que en los casos en que cada individuo vive adscrito –o poco menos- al lugar en que reside; aun en la residencia habitual, el número de personas a quienes se trata está condicionado en parte por el nivel económico. Pero, por otro lado, este mismo fenómeno influye en el hecho de que el mundo va convirtiéndose progresivamente en una estructura intrínsecamente económica, es decir, que sólo funciona por medio del dinero. No se suele reparar suficientemente en lo que esto tiene de constricción y limitación: en las sociedades económicamente muy desarrolladas, casi nada es gratuito; el más mínimo programa vital requiere para su realización la intervención de cantidades mayores o menores de dinero: el desplazamiento en ls grandes sociedades, que requiere medios de comunicación; la utilización de todo género de servicios, el acceso a monumentos, museos, etc.; el sentarse en muchos lugares; prácticamente todas las actividades requieren dinero; el símbolo de este mundo es la máquina automática que solo funciona al deslizar en ella una moneda. Por eso la pobreza es más difícil de soportar en este tipo de sociedades que en la económicamente más primitivas.
Para la compresión de la estructura de esta forma de vida conviene introducir el concepto de holgura, que se suele referir a la cuantía de riqueza y al nivel de vida; vivir con holgura querría decir tener cubiertas las necesidades con algún exceso; y falta de holgura significaría algún grado de pobreza. Creo que la cosa es más complicada. La holgura es, en efecto, cierta anchura, amplitud o margen que las cosas dejan , y que hace posible su “juego” , es decir, la libertad de movimientos. Pero esto implica una peculiar -y positiva- falta de exactitud, que en cuestiones económicas se traduce en un “da lo mismo” ; y esto, claro está, es lo contrario de toda buena contabilidad y de todo espíritu rigurosamente económico; para el contable, en efecto, nada “da lo mismo”: un solo céntimo de diferencia perturba su balance como un millón.
En las sociedades muy evolucionadas económicamente –que suelen ser, y no por casualidad las más ricas-, es frecuente la falta de holgura: se espera la vuelta de un pequeño pago; no es indiferente pagar o no el autobús del amigo, o el taxi utilizado en común; se cuenta con el pago del pequeño encargo traído a otra persona; no se invita más que con su cuenta y razón. El español, por ejemplo, aun ahora, se siente incomodo –cualquiera que sea el nivel de riqueza- ante esa actitud tan exacta; no respira bien si no tiene un poco de holgura; por eso se permite dispendios que otros hombres no se autorizan, a menos que se muevan en un nivel económico muy superior; el español siente más o menos confusamente que en buena economía cinco céntimos son cinco céntimos, pero que cuando pasa así, la vida se pone triste. Por esto suele producir a mucho extranjeros la impresión de “generoso” –en su versión popular, “rumboso”-, impresión que no es exclusivamente positiva, porque las vigencias económicas son muy fuertes, pero que suscita alguna involuntaria admiración. Y es que el español piensa o al menos siente que la holgura es una forma vital de riqueza, no una consecuencia de la riqueza, o una síntoma de ella, sino justamente la riqueza vital –por eso la palabra “holgura” no se restringe a lo económico, y tiene su aplicación más justa a las formas totales de la vida; hay holgura de tiempo, de atención, de efecto, de compresión-; en suma, el lujo de la vida, la forma concreta, no abstracta y cuantitativa, de las posibilidades. Y como dijo el poeta: “Lo que envenena la vida / es ver que en torno tenemos / cuanto para ser felices / nos hace falta... y no es nuestro”.
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ANTONIO GARCIA GUTIERREZ POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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ANTONIO GARCIA GUTIERREZ
(1813-1884)
“Era tu voz, tu laúd.
era el canto seductor
de un amante trovador
lleno de tierna inquietud.”
Antonio García Gutiérrez.
LA VOZ CON SABOR ROMÁNTICO
Al año siguiente de Don Alvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas se estrenaba El Trovador, del gaditano Antonio García Gutiérrez. Dos de sus piezas El Trovador, Venganza catalana, así como Juan Lorenzo mantienen su nombre entre los del siglo. La primera de ellas obtuvo un éxito delirante, mayor que el de Don Alvaro, porque salpicaba sus escenas en verso y prosa con elementos románticos incorporados a una misterio que mantiene el interés del principio al fin. Los amores del trovador Manrique, hijo de una gitana, y Leonor, pretendida también por el conde de Artal, terminan en el suicidio de la doncella y la muerte del trovador, con la posterior aclaración de la gitana Azucena de que los pretendientes eran hermanos.
Antonio García Gutiérrez nace en Chiclana el 5 de julio de 1813. Su padre, un humilde artesano, se sacrificó para que estudiases bachillerato y fuese a la Universidad de Cádiz, donde siguió durante dos años la carrera de Medicina. En 1833 Fernando VII publicó un decreto por el cual se cerraban las universidades. García Gutiérrez emprende viaje a pie hacia Madrid, donde se integra enseguida en el mundo literario, haciendo amistad con Larra, Espronceda y Ventura de la Vega. Entra de redactor en La Revista Española escribiendo luego en La Abeja y El Entreacto. Se alista como soldado voluntario para combatir el carlismo.
En 1836 llegó la gran oportunidad de García Gutiérrez con el estreno de El Trovador, llevado más tarde a la ópera por Verdi. Tras este gran éxito es licenciado por Mendizábal y consigue lograr un puesto de redactor en el Eco del Comercio. Al año siguiente estrena El paje, y a fin de ese mismo año, 1837, El rey monje, que fue acogido con menos entusiasmo. Su drama lacrimógeno Magdalena fue rechazado y lo mismo sucedió con El bastardo y Samuel. Por fin, en 1840, logró que su obra El encubierto de Valencia tuviese una buena acogida. La obra más importante estrenada en el decenio 1840-1850 es, sin duda, Simón Bocanegra.
En 1844, se marcha a América, donde había de permanecer seis años. Trabajó en La Habana como periodista pasando desde allí a México. En 1846 publica una obra singular y originalísima, Los hijos del tío Tronera, una especie de sainete esperpéntico.
Regresa a Madrid donde publica varias comedias y algunas zarzuelas, tales como, El grumete y El robo de las sabinas. Al inicio del bienio progresista 1854-56, el liberal García Gutiérrez recibió un destino en el extranjero: el de Comisario de la Deuda Española. En 1861 es elegido miembro de la Real Academia. En 1864 alcanzó uno de los mayores triunfos de su vida con el estreno en el Teatro del Príncipe de Venganza catalana. En 1865 se estrena Juan Lorenzo ( considerada como superior, por su factura, a aquel juvenil y algo inexperto Trovador), en la que crea un tipo masculino que, arrastrado por el mismo impulso que el dio a las turbas, termina muriendo de desaliento al ver las consecuencias de la sublevación.
Apenas iniciada la Revolución de septiembre del 68, García Gutiérrez era nombrado cónsul en Bayona y un año más tarde desempeñó el mismo cargo en Génova. En 1872 es nombrado director del Museo Arqueológico.
Su última obra, Un grano de arena, se estrena en 1880. En ese año se le tributa una gran homenaje con motivo de la reposición de El Trovador. Antonio García Gutiérrez muere en Madrid el 26 de agosto de 1884.
Pocas veces en la historia de nuestro teatro se ha hablado tanto de un estreno como el que el día 1 de marzo de 1836 se produjo en el Teatro Español de Madrid. El éxito de El Trovador fue apoteósico, hasta el extremo que el joven autor hubo de salir a saludar al público desde el escenario, cosa totalmente nueva en el teatro español de entonces. La fama de El Trovador se extendió rápidamente por toda España y también por Italia.
El Trovador sigue conservando hoy su innegable sabor romántico como obra fundamental del teatro de su tiempo. La obra nos sigue ofreciendo una acabada expresión de ciertas pasiones humanas servida por un lenguaje literario de hermosa línea y musicalidad casi siempre inagotable. Incluso la ingenuidad que a veces se desprende del exacerbado intento de impresionarnos, se transforma en una especie de encanto de época. Como en este decir de la romántica Leonor: “Mi amor te perdió, mi amor... / yo mi cariño maldigo / pero moriré contigo / con veneno abrasador”.
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LO QUE EL FUEGO SE LLEVO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LO QUE EL FUEGO SE LLEVO
“La muchacha de lágrimas
se bañaba entre las llamas
y el ruiseñor lloraba
con las alas quemadas.”
Federico García Lorca.
LAS PERDIDAS PRODUCIDAS POR LOS INCENDIOS
Los incendios producen en la industria y el comercio español, anualmente una pérdidas de muchísimos millones de euros. Estas pérdidas afectan sobre todo a las empresas siniestradas, pero también toda la sociedad sufre por ellas.
En España se producen anualmente unos 25.000 incendios. Algo menos de la tercera parte (un 32 %) son incendios forestales. Entre los otros incendios destacan los producidos en edificios y dentro de estos, los edificios destinados a vivienda, en segundo lugar, los ocurridos en el sector de transporte, y por último los incendios en industrias y almacenes. Muchos de los incendios producidos en edificios destinados a vivienda se inician en establecimientos comerciales ubicados en ellos, o bien, los comercios son afectados por los incendios originados en las viviendas.
Cada día aparecen noticias de incendios muy escuetas que solamente dicen que las pérdidas han ascendido a una cifra estimada en aquel momento y que la causa del incendio ha sido identificada. En estos primeros informes no se cuentan las pérdidas directas e indirectas, ni las víctimas, muertos o heridos, ya que la pérdida de la vida de una persona es incalculable.
Los incendios, además suelen tener importantes efectos sobre la comunidad, sobre todo si las entidades siniestradas son actividades industriales o comerciales de gran interés para la comunidad. Las evaluaciones de los bienes y propiedades industriales tienen efectos a largo plazo que no suelen ser consideradas en las primeras estimaciones de las pérdidas causadas por los incendios.
Las pérdidas de una empresa afectada por un incendio son muy variables: Pérdida de empleados, especialmente los cualificados que buscan otro trabajo; pérdida de clientes y de confianza de los accionistas; pérdida de ganancia sobre inversión de capital y de situación de riesgo de crédito; gastos de retener personal clave mientras la empresa está fuera de producción; embargo de pagos de seguro por parte de los proveedores; costes de demolición y derribo; costes de reconstrucción de edificios y naves; gastos fijos durante el tiempo de paro; costes de alquiler de instalaciones temporales; pérdidas de archivos e informática almacenada; pérdida del poder producir ingresos por patentes, marcas registradas, etc., pérdida del valor de la publicidad hecha anteriormente; imposibilidad de defenderse contra reclamaciones injustas debida a la pérdida de archivos y registros, etc., etc.
La empresa y los trabajadores no son los únicos “perdedores” como resultado de un incendio: la comunidad entera sufre. Entre las principales consecuencias cabe destacar: Pérdida de empleo, pérdida de circulación de dinero de los empleados; aumento de las cargas de compensaciones de desempleo, pérdida de negocios de los proveedores con materias primas y servicios a la empresa siniestrada y pérdida de impuestos sobre los terrenos y propiedades destruidas.
Las pérdidas indirectas puede obstaculizar la reapertura de una empresa después del incendio si no está asegurada adecuadamente.
En la localidad se sufren pérdidas tanto económicas como emocionales. Los trabajadores obligados a estar en paro y que no encuentran nuevos empleos pueden trasladarse a otros lugares donde haya más posibilidad de encontrar trabajo.
Es fácil ver que las pérdidas indirectas traen consecuencias imprevisibles, y algunas de las pérdidas no se manifiestan hasta años después de haber transcurrido el siniestro. Este hecho junto con las incertidumbres y las fluctuaciones de la economía, dificultan enormemente las estimaciones de las pérdidas indirectas en términos de valores fijos.
Todo se lo lleva el fuego, pero sobre todo las esperanzas. Y no hay mayor pérdida que la de las esperanzas. Por ello, Dante escribió: “Dejad toda la esperanza, vosotros los que entráis en el Infierno”. Y otro poeta nos dijo.”Las esperanzas perdidas nadie las va a buscar, / espantadas por las llamaradas, / no se vuelven a encontrar”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“La incorporación de la mujer a la vida política
equivale al descubrimiento de un tercer mundo.”
Concha Espina.
LA VOZ DE UNA GRAN NOVELISTA
Como ejemplo de estilo delicado y emotivo de Concha Espina puede servir esta descripción del urbanismo recoleto de sus tierras, de La rosa de los vientos: “Allí estaba, enfrente del casino, la antigua y majestuosa iglesia, con su atrio postizo embadurnado de cal, la plaza Mayor, con los soportales, donde el comercio luce vidrieras y tenderetes: carne, drogas, dulces, baratijas, telas y zapatos, pan y vino, de todo esto y mucho más se vende en los “portalones”, como solemos llamar a la arquería de la plaza”.
Concha Espina Tagle nace en Santander el 15 de abril de 1879. Autodidacta, y de fuerte personalidad, muy femenina. Contrae matrimonio con el también escritor Ramón de la Serna, reside en Chile, pero abandonada por aquél tiene que ganarse la vida colaborando en revistas y periódicos, especialmente en El Correo Español de Buenos Aires. Regresa a España y se establece en Santander primero y luego en Madrid (1908) con sus cuatro hijos. En sus últimos años pierde completamente la vista. Y ni siquiera la ceguera fue capaz de frenar aquel torrente narrativo. Concha Espina escribía sobre unas falsillas especiales, para que no le temblara el pulso. Recibe muchos premios, Premio Fastenrath de la Real Academia Española (1914 y 1924) y Premio Nacional de Literatura, en 1927, siendo propuesta ese mismo año para el Premio Nobel. Es nombrada Hija Predilecta de Santander, y le es otorgada la Orden de Damas Nobles de María Luisa y la banda de Alfonso X el Sabio. En 1938 es nombrada miembro de honor de la Academia de Artes y Letras de Nueva York y en 1950 recibió la medalla de Oro al Mérito al Trabajo. Concha Espina muere en Madrid el 18 de mayo de 1955.
Toda su literatura está motivada por los tipos, costumbres y paisajes de su tierra natal, el folklore, la mentalidad campesina o marinera en contraste con la civilización urbana, normalmente portadora de desgracias y amargura en el idílico mundo natural. También se percibe un eco de la última generación del siglo XIX. La intensidad de pasión y la belleza del estilo alcanzan dignas cimas de perfección. Concha Espina es hábil en la narración, logra amenidad fácil, e interesa con algunos caracteres y descripciones regionales. La nota dominante de su obra es la discreción estilística, que alcanza a veces valores muy estimables, y la cordialidad humana que se desprende de sus páginas. Por su temática como por el escenario natural de sus obras, pudiera pensarse en una versión modernizada de Pereda, aunque en la Espina prevalezca el factor humano sobre la naturaleza.
Cuidada y sensible, entre su abundante producción cabe destacar: poemas Mis flores (1904); cuentos, Trozos de vida (1907) y Siete rayos de sol (1930); teatro, El Jayón (1916) y novelas, La niña de Luzmela (1909), su primer éxito, angustiada narración de la vida retorcida del pueblo, La esfinge maragata ( 1914), una de sus mejores novelas, El metal de los muertos (1920), su otra obra importante y una de nuestras primeras novelas sociales en el tiempo, Altar mayor (1926), ambientada en Covadonga. Entre sus últimas novelas se hallan Retaguardia (1937), Victoria en América (1944), El más fuerte (1945) y Una novela de amor (1953).
El metal de los muertos es quizá su obra más representativa. Esta novela mereció encendidos elogios de Unamuno y de Maeztu. La crítica saludó su aparición como una de las obras más logradas de la narrativa española. En esta novela, Concha Espina se adelantó, en cierto modo, a la que después se llamó “literatura social”. La novela, situada en una zona minera, presenta un conflicto laboral planteado por los mineros. El metal de los muertos es una valiente denuncia de las injusticias sociales, formulada desde un punto de vista humano. Y como dijo nuestra novelista: “Los problemas básicos de España son educación y trabajo”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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MELCHOR FERNANDEZ ALMAGRO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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MELCHOR FERNÁNDEZ ALMAGRO
(1893-1966)
“Granada era tu lecho de muerte, Doña Juana,
los cipreses, tus cirios;
la sierra tu retablo.”
Federico García Lorca.
LA VOZ DEL HISTORIADOR PERIODISTA
Federico, su paisano y compañero del grupo literario “La Cuerda” granadina, le retrató diciendo que tenía traza de “moro amigo”. Y a Melchorito le dedicó su bellísima “Elegía a Doña Juana la Loca”. Tras el estreno de Mariana Pineda Fernández Almagro escribió en La Voz:”Los versos de García Lorca tienen mucho de flor y de estrella. Están en su lugar porque sí.” En las cartas de su amigo Federico pueden leerse frases como éstas: “Yo no voy a ser viejo nunca”; “Quiero ser un Poeta por los cuatros costado, amanecido de poesía y muerto de poesía. Empiezo a ver claro. Una alta conciencia de mi obra futura se apodera de mí, y un sentimiento casi dramático de mi responsabilidad me embarga...”.
Melchor Fernández Almagro nace en Granada el 4 de septiembre de 1893. Realiza sus estudios primarios en el Colegio del Patriarca San José y, posteriormente, en el Instituto. Desde muy joven se dedica al periodismo y en la Universidad de Granada estudia Derecho. El autor de Historia política de la España contemporánea marcha a Madrid en 1918, volviendo ya tan sólo a su ciudad natal muy espaciada y apresuradamente. La lejanía estimuló el amor a su Granada como le había, no ha mucho, sucedido a Ganivet.
La guerra civil transcurre para él entre Burgos y Salamanca incorporado a Prensa y Propaganda. Pero es realmente, a partir de los años de posguerra cuando su figura y su obra alcanzan mayor dimensión. Crítico literario de ABC y La Vanguardia. Melchor Fernández Almagro muere en Madrid el 22 de febrero de 1966.
Académico de la Española y de la Historia, autor de libros tan valiosos como Vida y obra de Angel Ganivet, Vida y literatura de Valle-Inclán, Jovellanos, Cánovas. Su vida y su política, Viaje al siglo XX, En torno al 98 y Granada en la literatura romántica española; periodista de alto coturno, prestigioso crítico teatral y literario, Melchor Fernández Almagro ocupó un primer plano en las letras españolas durante cerca de medio siglo. Conforme a un fenómeno, demasiado repetido en nuestro país, un espeso silencio ha caído, a su muerte, sobre su memoria.
En su Viaje al siglo XX, el periodista granadino nos cuenta lo que supuso su encuentro con Madrid, su descubrimiento de la ciudad moderna: “La emoción que Madrid me iba produciendo se resolvería en cantidad. ¡Cuánto de todo! De todo, más mucho más que en Granada. Más gente, más coches y más tiendas en más calles, mas plazas y más paseos. Y más grandes, por supuesto, los paseos, las plazas, las calles, las tiendas...”
Las lacras del caciquismo, los vicios del sistema electoral encontraron a un tiempo en Fernández Almagro un implacable denunciador y un concienzudo analista.
Gran parte del éxito y de la peculiaridad de la crítica de Fernández Almagro procede de su gusto de refugiarse y emplearse a fondo en la tarea de historiador, historiador de periodos cercanos, donde su obra de indagación tiene presente en todo momento. Tener siempre ante los ojos a Ganivet, Canovas, Valle-Inclán o a García Lorca, con todas sus circunstancias minuciosamente analizarlas, prolonga suavemente las vigencias de todo lo anterior.
Resucitar la memoria de Melchor Fernández Almagro tiene para los españoles de hoy, por encima de las modas el interés de hacer justicia a una figura de relieve que consagró parte de su esfuerzo en hemerotecas y archivos a profundizar en capítulos y hombres decisivos de su historia.
La figura de Fernández Almagro no estuvo exenta de contradicciones y tropiezos. Talante y actitudes políticas no presentaron siempre una clara línea evolutiva. La orientación que preside su libro sobre Alfonso XIII y su reinado (1934) es muy distinta de la visible en la Historia de la II República (1940).
Pero hay un aspecto que destaca sobre cualquier otro en la figura de Fernández Almagro y es el de su humanidad en medio de la vida literaria madrileña. Su fina cortesía le viene de su Granada. La voz del “moro amigo” está llena de una inefable melancolía aristocrática, propia de la capital de un reino con arte y literatura propios, definida por el poeta granadino don Pedro Soto de Rojas con estas palabras: “Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos”.
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“Ojalá volvieras salvo a Europa que por tus cartas
veo que regresarás, con plantas y las observaciones
que sobre ellas has hecho, más rico que el mismo
Creso con su tesoros. Ojalá en este vida me fuera dado
verte personalmente siquiera una vez,
ahora cundo tornas como del paraíso.”
De la última carta de Linneo a Mutis.
LA VOZ DE UN GADITANO JUSTO Y SABIO
Mutis nos dejó una obra de una gran dimensión científica como se ha puesto de manifiesto al publicarse en 1954 su obra Flora de la real expedición botánica del nuevo Reino de Granada. También cataloga un herbario de más de 6.000 plantas que describe minuciosamente, con láminas dibujadas en colores que se conservan en el Jardín Botánico de Madrid. Internacionalmente gozó del respeto de los más importantes científicos de su época, con muchos de los cuales mantuvo correspondencia, especialmente con Linneo, la que les permitió conocer sus respectivas investigaciones y entablar una conmovedora amistad sin haberse conocido personalmente. Para el naturalista sueco, Mutis era como su emisario en el paraíso americano.
José Celestino Bruno Mutis y Bosio nace en Cádiz el 6 de abril de 1732, en el seno de una familia burguesa dedicada al comercio del libro. Sus primeros años transcurren en el barrio del Pópulo. Realiza sus primeros estudios bajo al tutela de los jesuitas. En el año 1748 se matricula en la Universidad de Sevilla, donde estudia Filosofía y Medicina, y simultáneamente solicita el ingreso en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz.
En marzo de 1753 toma el grado de Bachiller en Filosofía y Letras y el grado de Bachiller en Medicina en mayo del mismo año. En el Real Colegio de Cirugía amplia estudios de Teología y Botánica. En 1757 se traslada a Madrid, donde continúa sus estudios de Botánica , en el recién creado Jardín Botánico, donde contó con la ayuda del afamado botánico Miguel Barnades. También amplia sus conocimientos en Astronomía y Matemáticas.
Mutis regentó interinamente la cátedra de Anatomía del Hospital General de Madrid, durante tres años. El 28 de julio de 1760 emprende su viaje de regreso a Cádiz y comienza a escribir su Diario, documento insustituible para el conocimiento del naturalista. Inicia su fructífera correspondencia con Linneo En septiembre de ese año, decidió partir para América como médico particular del virrey de Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda. El 29 de octubre de 1760 arribaron al puerto de Cartagena de Indias. Desde su llegada a América quedó fascinado por la flora y fauna colombiana, tomando apuntes de cuanto veía, descubriendo algunas plantas y propiedades curativas de muchas de ellas. Investiga las plantas para su aplicación farmacológica, de la que se puede considerar como uno de sus iniciadores. Desde Cartagena emprendieron viaje a Santa Fe. El 10 de diciembre de 176, cerca de Cartagena , encontró la primera planta que le pareció nueva y la consagró a la memoria de Barnades con el nombre de Barnadesia.
Por el año 1761, Mutis comienza a interesarse por la potencial riqueza económica delos árboles de la quina, que como es sabido pertenecen al género Chinchona, dedicado precisamente a la condesa de Chinchón, esposa de un virrey del Perú. Mutis consideraba a la quina, como una panacea para el tratamiento de toda clase de enfermedades. Tal fue su interés, que su única obra completa conocida fue el Arcano de la Quina, una de las obras mas completas que hizo en las Américas; asimismo se dedicó al análisis de los árboles de la canela.
Mutis es nombrado profesor de Matemáticas de la Real Universidad de Santa Fe de Bogota. Más tarde impartiría clases de Astronomía desde la cátedra del Colegio de San Bartolomé. Durante este periodo se declaraba seguidor de la teoría heliocéntrica de Copérnico, lo que le que le conlleva la acusación de la Inquisición, al no aceptar la Iglesia que el centro del universo no fuera la tierra, pero posteriormente Mutis fue absuelto. En 1770, Mutis ocupa la cátedra de Medicina en la capital de bogotana. En 1772 fue ordenado sacerdote. Descubre una planta medicinal, a la que Linneo denominó Mutisia clematis, en honor al sabio gaditano.
En 1783, Carlos III firmó a favor de José Celestino Mutis el título y nombramiento de primer botánico y astrónomo de la Expedición Botánica de la América Septentrional. En 1784 fue nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Estocolmo y miembro de la Real Academia de Medicina.
En 1801 recibe la visita de Humboldt. El sabio alemán definió a Mutis como “Patriarca de los Botánicos” y le dedicó su libro Plantas equinocciales. Mutis auspicia la creación de la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de Granada para impulsar la agricultura y la mineralogía. Al año siguiente inicia las obras del observatorio de Santa Fe de Bogotá.. José Celestino Mutis fallece en dicha ciudad, el 11 de septiembre de 1808.
Su obra, sin terminar era su única herencia. Una sobria tumba en la capilla del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario sirve hoy día de reposo para los restos de este gaditano que dejó renombre inmortal como intérprete de la naturaleza.
La obra mutisiana, más allá de los logros científicos, constituyó un magisterio intelectual que abrió el mundo de la cultura y, por tanto, de las posibilidades de liberación a numerosos discípulos. Por todo ello, consideramos que tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un gaditano tan sabio y tan justo.
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LA HISTORIA ES IRREVERSIBLE POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LA HISTORIA ES IRREVERSIBLE
“Pero ¿cuándo ha de volver
lo que acaba de pasar?
Hoy dista mucho de ayer.
¡Ayer es Nunca jamás1”
Antonio Machado.
LO QUE PASA NO VUELVE
“Este mundo –decía San Bernardo- tiene sus noches, y no pocas”. Todo el que tenga los ojos abiertos y no confunda la luz con la oscuridad verá que hace poco hemos entrado en una de las innumerables noches de la historia. La superficie de nuestro mundo, lo que ocupa los primeros planos, lo que reclama la atención, lo difundido primariamente por los medios de comunicación, es algo desalentador: corrupción, especulación, comisiones, fraude, estafa...
La creencia de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” es un espejismo tan injustificado como la creencia de que las cosas van sin más hacia delante. Lo que parece claro es que este ultísimo tiempo es peor que el pasado reciente. Lo hemos advertido y dicho hace ya algunos años, tan pronto como tuvimos noticias de los primeros casos de corrupción en el periodo democrático; el número de los que empiezan a verlo aumenta por días. Hay ciertos sucesos espectaculares, melodramáticos, que invaden los titulares de los periódicos y bastan para producir esa impresión; sin negar esto, son también otros los fenómenos que verdaderamente me inquietan.
Las actas de las Cortes Constituyentes de 1869, producen la impresión de que casi tolo lo que los diputados dicen es absurdo, sin sentido, hueco, farragoso, desprovisto de fundamento, ajeno a la realidad, demagogia de cualquier color. Apenas hay un par de excepciones: Don Juan Valera y Castelar.
Temo que hayamos entrado en una fase sumamente parecida, con la diferencia de que la nuestra es mucho menos inocente y mucho más planificada. Quiero decir que las cosas de este cariz que ahora pasan, no pasan “porque sí”, es decir, por causas vagas, complejas e indefinidas, en gran parte azarosas, sino sobre todo porque ciertos grupos así lo procuran y dirigen, con recursos muy varios, el curso de buena porción de la vida pública de nuestro tiempo.
Para un sociólogo sería apasionante un estudio minucioso de lo que se podría llamar la insinuación de las vigencias, el lanzamiento de temas, prestigios, tabúes, vetos, silencios. ¿Qué libros se exhiben en los escaparates de las librerías? ¿Qué exposiciones de arte son cuidadosamente reseñadas y presentadas al público? ¿De qué injusticias se protestan y cuáles se encajan sin rechistar? ¿Qué violencias irritan o indignan y cuáles se comentan con aprobación?
Una de las pocas cosas de las que estoy firmemente persuadido es de que la falsedad no prevalece. Creo que todos los fenómenos inauténticos tienen sus días contados, y estoy seguro, que la sociedad tomará las medidas pertinentes que pongan fin a la lacra de la corrupción.
Podría pensarse que la cuestión es esperar, los fenómenos pasarán muy pronto, serán olvidados, se volverá a la situación más inteligente, discreta y fecunda, en la que a mitad de la década de los 80 se estaba.
Pensar esto sería el más grave y peligroso error: no se vuelve atrás, nunca se vuelve atrás; la historia es irreversible. El creer lo contrario ha sido el factor esterilizante de todas las Restauraciones y de todos los restauradores.
Por negativo que sea el presente, por logrado que haya sido un momento del pretérito, jamás este volverá a vivir. Ser es ser actual; no se puede vivir más que en el hoy. La prueba de que las cosas no son actuales suele ser su falta de interés. Un nombre, una doctrina, un estilo, si no es actual, si no está orientado hacia el futuro, pronto es arrastrado por la indiferencia.
A la primera década del siglo XXI le pertenece la actualidad, la plena realidad, la innovación. El reto de nuestro pueblo es descubrir la verdadera realidad de los años que estamos viviendo. Y como dijo el poeta: “Yo no siento la añoranza: / que lo que pasó no vuelve, / y si vuelve es un fantasma”.
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“Ya no codicio fama dilatada,
ni el aplauso que sigue a la victoria,
ni la gloria de tantos codiciada...”
Adelardo López de Ayala.
LA VOZ DEL POETA DE LA GLORIOSA
La Epístola a Emilio Arrieta de este poeta sevillano figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna, pero son muy pocos los que se interesan por los versos de López de Ayala.
El nombre de Adelardo López de Ayala figura entre los importantes nombres de autores que se hicieron famosos en el teatro durante la segunda mitad del siglo XIX, imprimiendo a aquél una tendencia en que el recuerdo del moribundo teatro romántico se mezcla con una especie de realismo y con otros influjos de toda clase. Ayala fue aplaudidísimo en su obra Consuelo (1878) que se hizo popular, durando esa popularidad largos años, por lo sentimental de la obra, por su bella forma, por sus cualidades de fina observación que el público sentía realmente. La protagonista abandona un amor sincero, pero pobre, a cambio de otro capaz de satisfacer sus ansias de lujo: dejada por su marido y despreciada por su antiguo amador, la vida sentimental de Consuelo concluye: “cercada de ostentación, / alma muerta, vida loca, / con la sonrisa en la boca / y el hielo en el corazón”.
El manifiesto de Cádiz, 19 de septiembre de 1868, (que terminaba con la famosa frase “Viva España con honra”) presentando al país los acontecimientos de aquella revolución llamada Gloriosa, lo escribe Adelardo López de Ayala. Para agradecerle sus servicios la septembrina hace a López de Ayala ministro de Ultramar.
Adelardo López de Ayala y Herrera nace en Guadalcanal, provincia de Sevilla el 1 de mayo de 1828. Siete años antes que Bécquer. Hasta los veinte años pasa su vida en Guadalcanal, en Sevilla y Villagarcía (Badajoz). A los catorce años comienza en Sevilla sus estudios en Leyes, pero los abandona. Se traslada a Madrid en 1849 con la idea de estrenar su primera obra dramática Un hombre de Estado, acerca de la figura de Rodrigo Calderón, favorito de Felipe III, que una vez corregida se estrena en el Teatro Español en 1851.
Alternó su vocación literaria con la política y fue elegido diputado por Mérida (1858), por Castuera (1863), por Madrid (1863) y por Badajoz (1871). Fue ministro de Ultramar con los gobiernos revolucionarios, con Amadeo de Saboya y con Alfonso XII (en la órbita del conservador Canovas), Presidente del Congreso en 1878, y antes de su muerte se le ofreció ser Primer Ministro. Adelardo López de Ayala muere en Madrid el 30 de enero de 1879.
En su tiempo estuvo considerado como un gran orador, y fue, sin duda, uno de los más importantes autores teatrales de su época. Con él alcanzó su más alto rango la llamada alta comedia, típica del teatro realista, que no estuvo exento de algunos caracteres románticos, entre ellos el efectismo y tono pasional.
El propio López de Ayala empezó haciendo teatro romántico más o menos adulterado, Un hombre de Estado (1851), Los dos Guzmanes (1851) y Rioja (1854); pero mayor importancia tiene su teatro realista, El tejado de vidrio (1856), El tanto por ciento (1861), El nuevo don Juan (1863) y Consuelo (1878), tal vez, su mejor obra. Ayala refleja la sociedad de la época, centrándose sobre todo en la burguesía, de la que toma argumentos y personajes; su carácter escasamente romántico y el cuidado en la construcción de sus obras supone un avance hacia el teatro moderno. Su novela Gustavo fue prohibida por la censura en 1852.
Los poetas realistas, al renunciar en gran modo a la fantasía y a la evocación no sólo se apartan de los motivos medievales y caballerescos o no retornan al mundo mitológico sino que también se apartan de lo sobrenatural cristiano que alentaba en la poesía romántica. Durante el periodo realista, la amargura y el desengaño romántico no llevan a la desesperación o al suicidio: se resuelven en una irónica y filosófica sonrisa. Para los poetas realistas, el mundo es tal como se muestra y así hay que aceptarlo.
Todavía guardo en mi memoria unos versos de López de Ayala que aprendí en la adolescencia: “Brote la clara luz del desengaño / iluminando mi razón dormida. / Para vivir me basta un año”.
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VI CENTENARIO DE LA MUERTE DE IBN JALDUN
(1332-1406)
“La historia es un ciencia digna,
que se distingue por la nobleza de su objetivo,
su gran utilidad y la importancia de los resultados...”
Ibn Jaldun.
LA VOZ DE LA FILOSOFIA DE LA HISTORIA
A veces una verdad científica duerme en el olvido durante siglos. El movimiento de la tierra alrededor del sol fue intuido por algunos astrólogos griegos; pero no toma carta de naturaleza en la ciencia moderna hasta que lo redescubre Copérnico que había leído a esos astrónomos.
Del mismo modo, la idea sociológica del Estado no empieza a ser una verdad científica hasta el siglo XIV; ya la había entrevisto Aristóteles, pero en el siglo XIV de nuestra cronología la formula magistralmente un historiador arábigo-andaluz Ibn Jaldun, descendiente de una familia andaluza (afincada en Sevilla) que se vio obligada a emigrar al norte de África cuando en el siglo XIII las tropas de Fernando III fueron conquistando la mayor parte de Andalucía. De esta forma, uno de los más ilustres representantes de la civilización arábigo-andaluza nació en Túnez el 27 de mayo de 1332.
Hasta los cuarenta años su vida intelectual la compartió con una participación activa en los asuntos políticos del Magreb y de la España musulmana. Se trasladó a Granada y vivió durante varios años en la corte del rey nazarí Mohamed V. Durante su estancia en Andalucía fue enviado como embajador a Sevilla ante el rey de Castilla y León Pedro el Cruel.
En 1365 regresó a Argelia, viéndose envuelto en conflictos políticos, hasta que en 1374 decidió volver a Andalucía para vivir definitivamente en Granada hasta el resto de sus días. Al serle denegada esta posibilidad se retiró a un castillo en Orán para apartarse de la actividad política y dedicarse al estudio.
Finalmente decidió viajar a Egipto y asentarse en El Cairo, ciudad en la que vivirá hasta su muerte en 1406, dedicándose los veinticinco últimos años de su vida a la investigación y a escribir sus obras. También durante estos años ejerció la profesión de maestro y cadí (juez).
La obra de Ibn Jaldun es considerada en la actualidad como una de las cimas del pensamiento medieval, sobrepasando en ciertos aspectos la fuerza intelectual de Santo Tomás de Aquino. El sociólogo austriaco Gumplowicz le redescubre en 1898 y le llama primer sociólogo de Europa . Su obra cumbre es Kitab al-‘ibar (Libro o Historia de los bereberes también conocida como Historia Universal) y se compone de tres partes, la primera es al-Muqaddima, una Introducción a la Historia Universal, con admirables reflexiones sobre la civilización humana que ha sido traducida a numerosos idiomas; a continuación aparece una historia de los pueblos y dinastías, y finalmente como colofón, una extensa y singular “autobiografía”, donde el propio Ibn Jaldun ofrece la medida de sí mismo y la conciencia de su propia valía. “Ibn Jaldun –decía Arnold Toynbee- concibió y formuló una filosofía de la historia que es sin duda el trabajo más grande que jamás haya sido creado por una inteligencia en ningún tiempo y en ningún país”. Para Ortega y Gasset se trata de “la primera filosofía de la historia que se conoce siendo al mismo tiempo la primera sociología”.
Por su interpretación materialista de la historia se le ha llegado a comparar con K. Marx, y por su notable espíritu de observación científica, similar al ofrecido por loa árabes en los campos de la astronomía o física, se le ha considerado como una de las mentes más profundas.
Su preocupación por lo cotidiano y por buscar la naturaleza y la causa de los acontecimientos históricos es lo que le induce al estudio de los hechos económicos. Ibn Jaldun no solo considera el trabajo humano como un factor de la producción sino como el más importante, sin el cual no es posible producir nada. Respecto a la agricultura, Ibn Jaldun se opone a la existencia de tierras improductivas en manos de cortesanos y describe como ello empobrece el campo y contribuye a la miseria de los pueblos. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.
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“Mañana ¿qué será de tus encantos
de tus bellos matices, pobre flor?
No habrá pesares para ti, ni llantos,
ni más recuerdos que mi triste amor.”
Enrique Gil y Carrasco.
LA VOZ DE LA MELANCOLIA
La definición del Romanticismo no se absorbe por señalar algunas de sus características significativas. El Romanticismo es algo más que “el liberalismo en la literatura”, como la definió Víctor Hugo. Como también excede el Romanticismo a la difundida opinión que lo asimila a la melancolía y al sentimiento de la nostalgia, pues si eso conviene a una obra como la de Enrique Gil y Carrasco, en absoluto se aproxima a otros autores románticos, basados en un sentimiento de energía, como el Duque de Rivas, Patricio de la Escosura o Quintana.
Gil y Carrasco, el poeta de la melancolía, de la sensibilidad lírica, casi enfermiza, es autor de poco más de una treintena de composiciones, que, no obstante, son suficientes para situarle en un lugar no despreciable entre nuestros poetas del romanticismo.
Enrique Gil y Carrasco nace en Villafranca del Bierzo, el 15 de julio de 1815. Su padre era el administrador de las fincas de la Marquesa de Villafranca. Los primeros años de Enrique pasan en su ciudad natal, hasta que su padre es sustituido en el cargo, y marcha a Ponferrada. Allí estudió en el Colegio de los Padres Agustinos.
En 1829 Enrique Gil ingresa como estudiante en el Seminario de Astorga. Allí permanece hasta 1831. Al año siguiente, acude a la Universidad de Valladolid y se matricula en Leyes.
En septiembre de 1836 el poeta se encuentra ya en Madrid, donde frecuenta las reuniones de “El Parnasillo” en compañía de lo más granado de la literatura del momento: Mesonero Romanos, Ventura de la Vega, Bretón de los Herreros y Larra, entre otros muchos.
Con la apertura del Liceo (1837) Enrique Gil empieza a ser conocido como poeta. Espronceda, lee públicamente en diciembre de ese año la composición “Una gota de rocío” de Enrique Gil, que inmediatamente se publicará en El Español.
Enrique Gil comienza en el año 1838 su colaboración en El Correo Nacional y ese mismo año uno de sus poemas, “La niebla”, es seleccionado para el album de sus composiciones poéticas que El Liceo regala a doña María Cristina de Borbón.
Sus colaboraciones y su obra poética no dejan de crecer durante el año 1839, hasta que sintiéndose enfermo emprende viaje a Ponferrada para reparar su salud al lado de su familia. Durante su retiro escribe su primera novela, El lago de Carucedo (1840).
De regreso a Madrid, Espronceda le obtiene el puesto de ayudante de la Biblioteca Nacional. Funda con su amigo Miguel de los Santos Alvarez la revista El Pensamiento.
La muerte de Espronceda, le hace escribir en 1842 su último poema “A Espronceda”, que leerá ante la tumba del poeta, en el cementerio de San Nicolás. Ya no volverá a componer más obra lírica, pero en ese mismo año redacta El señor de Bembibre, considerada la novela histórica española más importante de la época romántica y que tiene como telón de fondo la disolución de los templarios en España.
En 1844 Enrique Gil llega a Berlín para desempeñar su cargo de representante de España en Prusia. La suerte le sonríe, pues el sabio barón Humboldt lee con interés su novela El señor de Bembibre y se convierte en entusiasta de ella. Por su mediación el propio rey de Prusia lee El señor de Bembibre . “En las páginas de este libro nace –decía Azorin-, por primera vez en España, el paisaje en al arte literario”. Y añade: “El Bierzo lo ha pintado Enrique Gil”.
Estos éxitos no pueden sin embargo detener el curso de su enfermedad. Afectado por la dureza del invierno, Enrique Gil pide permiso para retirarse a Niza, a descansar en clima más benigno. Prepara el viaje, paro antes de realizarlo recae gravísimamente enfermo y ya no puede levantarse de la cama. Fallece el 22 de febrero de 1846, a los treinta y un años de edad.
Su poema “La violeta” figura en las cien poesías líricas escogidas por Menéndez Pelayo entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna. A dicho poema pertenecen estos versos: “Irá a cortar la humilde violeta / y la pondría en su seno con dolor, / y llorando dirá: “¡Pobre poeta! / ¡Ya está callada el arpa del amor!”.
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“Vengo de la raíz, vengo de abajo,
mi alcurnia se remonta a Adán y Eva,
y tengo a gala ser del pueblo bajo.”
Celso Emilio Ferreiro. .
LA VOZ DEL CANTOR DE PARAÍSOS PERDIDOS
Hay en la voz de Celso Emilio Ferreiro ecos de Curros Enríquez y la nostalgia de Rosalía de Castro. La primera etapa real del poeta es existencialista, combinada con la sátira combativa en la línea de Curros, representada por el poemario O sono sulagado (1954). La segunda, que le ha dado el mayor prestigio, se inserta en la “poesía social”; se enfrenta al mundo sumergido de la tierra gallega, a los problemas de las gentes, su miseria, su emigración, etc. Su libro más significativo , tal vez el mejor, es Longa noite de pedra (1962), cuyo lenguaje participa de las mismas características que la poesía social castellana: estilo directo, actitud reivindicativa, el grito exasperado, sarcasmo, desprecio en ocasiones, etc., al lado de un entrañable amor a su país gallego y el deseo de compartir con los demás su propio humanismo.
Celso Emilio Ferreiro estuvo siempre en el territorio ideológico de lo que se denomina la izquierda galleguista. Hace más de cuarenta años fue el cofundador de la Unión do Pobo Galego. Celso Emilio luchó junto a su pueblo en busca de la palabra libre, de la libertad.
No hizo vida de literato quizá lo que más detestaba en este mundo era a los literatos. Sin embargo, Ferreiro es una de las figuras de más relieve no sólo de la poesía gallega, sino de la española en general. El poeta soñó la Galicia que será algún día y llamó siempre a las cosas por su nombre sin que jamás cediese ante nada ni ante nadie.
Celso Emilio Ferreiro Míguez nace en Celanova, provincia de Orense, el día 6 de enero de 1912. Tuvo una infancia feliz. Estudia las primeras letras y el bachillerato en los Escolapios de su villa natal. En 1936, sin terminar la carrera de Derecho, publica algunos versos. Va, con su quinta, a la guerra. De permiso en Celanova, habla un poco alto y el Gobernador Militar de Orense, “ordenó por teléfono que me fusilaran”. Pero todo se pudo reducir a varios días en una mazmorra del Convento de San Rosendo. Son los días en que escribe el poema “Longa noite de pedra”, primero del libro así titulado.
En 1940 se hace maestro, carrera que nunca ejerció. Al año siguiente, siendo funcionario de la Fiscalía de Tasa, se casa en Gijón con Moraima Loredo. Escribe en la revista Finisterre . En 1948, funda con el poeta Manuel Cuña Novás, la colección “Benito Soto”, que publicó en muy poco tiempo catorce volúmenes de poesía. En 1950, se traslada a Vigo como Procurador. Colabora en Faro de Vigo y en la revista Alba.
En 1962 aparece Larga noite de pedra, libro de un éxito cuantitativo y cualitativo, insólito en la historia de la poesía gallega. En 1966 Celso Emilio emigra a Venezuela. El retorno, en 1973, se produce cuando su poesía, dentro y fuera de Galicia, se cita, se recita, se canta y se reedita una y otra vez.
Ya en Madrid, será desde 1974, director de la cátedra de Cultura Gallega, tribuna por la que pasaron los más significativos de la intelectualidad gallega.
El 31 de agosto de 1979 fallece en su pequeña casa de Vigo. Celso Emilio nos ha dejado unos cuantos libros inolvidables de poesía y de prosa: Longa noite de pedra (1962), Viaxe ao país dos ananos (1968), Terra de ningures (1969), Antipoemas (1971, originariamente, se había escrito en gallego, viéndose prohibida por la censura su publicación), Onde o mundo chámase Celanova (1975) , los formidables poemas satíricos firmados por Arístides Silveira , ese hermoso libro de cuentos A frontera infinda (1972), su último poemario, O libro dos homenaxes (1979), en el que canta, a hombres como Pablo Iglesias, el Che, Machado, Castelao, Lutero King, Neruda...
El formidable poeta Celso Emilio Ferreiro vivió una relativa popularidad que no parecía halagarle demasiado porque sabía que era ambigua. Por lo pronto, esa popularidad nunca le impidió ser un hombre de “a pie”. En el epitafio que haría público años antes de la muerte de Celso, un amigo del poeta se dice: “En este lugar descansa / un poeta, nada más, / que murió de pasión por su pueblo”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“Flérida, para mí, dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno,
más blanca que la leche y más hermosa
que el prado por abril, de flores lleno;
si tu respondes pura y amorosa
al verdadero amor de tu Tirreno.”
Garcilaso de la Vega.
LA VOZ CON EL SINGULAR ENCANTO DE LA MODESTIA
Dulce y sabrosa es considerada la mejor novela de Picón. “Para mí –decía Ruben Darío-, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo pulcro, aparece como el fruto preciado fruto de su árbol literario esa Dulce y sabrosa, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración llena de vida y hechizo”. Picón constituye riqueza apreciable junto a otros narradores de la estatura de Valera, Galdós, Clarín, Emilia Pardo Bazán, Alarcón, Pereda, Coloma, y más próximos a su ideología; José Ortega Munilla, Vicente Blasco Ibáñez o Felipe Trigo. En la personalidad y en la obra de este escritor notable se destacan: su liberalismo en todos los ordenes de la proyección humana, el realismo de impresión que inspira su arte narrativo y su defensa del amor verdadero: “este anhelo de ser querida más que deseada era todo mi afán”, dice una de sus protagonistas.
Jacinto Octavio Picón y Bouchet, hijo de un magistrado de la Audiencia de Madrid, nació en la capital de España el 8 de septiembre de 1852 y murió en ella, el 19 de noviembre de 1923. Estudió Derecho y sirvió un empleo en el Ministerio de Ultramar al que renunció al iniciarse la Restauración. Trabajó como corresponsal literario en El Imparcial, adonde envió crónicas sobre la Exposición Universal de París en 1878, colaborando después en El Correo, órgano político de Sagasta, y en Ilustración Española y Americana, y permaneciendo en la capital francesa hasta el otoño de 1880. Su labor periodística se proyectó también en La Europa y en El Progreso.
Lázaro su primera novela, de 1882, estudia la crisis de un joven sacerdote. Después fueron sucediéndose por este orden: La hijastra del amor, Juan Vulgar, El enemigo, La honrada, Dulce y sabrosa, Juanito Tenorio y Sacramento, su última novela, de 1914.
Fue Picón en 1884 secretario primero de la sección de literatura del Ateneo. En 1900 ingresó en la Academia Española con un discurso acerca del político gaditano Castelar al que contestó Juan Valera. En 1902 ingresó en la Academia de Bellas Artes, donde pronunció un discurso acerca de la escasez del desnudo en el arte español. En 1903 fue elegido, al lado de Joaquín Costa y Nicolás Salmerón, diputado por Madrid, como republicano. Fue Vicepresidente del Patronato del Museo del Prado y Bibliotecario de la Academia de la Lengua. El Gobierno de Francia le otorgó la Encomienda de la Legión de Honor.
El liberalismo de Picón en lo religioso, en lo estético, en lo social y económico, y en lo político se nutre en último término de la savia de la Revolución francesa, a través de los únicos filtros aportados por España: la Constitución de 1812, el liberalismo curtido en la lucha contra la causa carlista, el progresismo, la Gloriosa, la República.
Fue Picón, con eso y con todo un refinado burgués. De la afición de nuestro novelista a la buena cocina, sirva como testimonio la receta que bajo el nombre “Tortilla Jacinto Octavio” presentó Emilia Pardo Bazán en La cocina española moderna, con las siguientes palabras iniciales: “Esta fórmula, obra de renombrado literato español, más que literaria, parece financiera, porque es de lujo”. La complacencia de Jacinto Octavio en describir ropas, muebles, cuadros, grabados, vidrieras, esculturas, delatan justamente al experto en cosas de arte y al intelectual burgués que disfruta poblando su alrededor de objetos bellos o bonitos. Rubén Darío, la describe así: “Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus libros viejos para saber y decir cosas nuevas”. Pero nada de esto impidió que fuese Picón un hombre de conciencia lúcida, valiente, y fiel al ideario aludido o al propósito de escribir “luchando, como soldado raso, contra las ideas, casi vencidas, de lo pasado, y a favor de las esperanzas de lo por venir”.
Entre sus cualidades morales, destaca la modestia, al decir de Antonio Maura, compañero suyo de estudios, no de credo político. “Hablaba poco, pero con singular encanto”, y “no tenía repliegues ni reservas; era la personificación sencilla y diáfana de la modestia, de la rectitud, de la lealtad y de la más afable cortesía”. Nunca cejó en su libertad de pensamiento y en su condena expresa al fariseísmo; defendió el derecho de la mujer al amor verdadero, y estuvo siempre al lado de los menesterosos y al servicio de unas ideas políticas. Y como dijo el poeta: “Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro. / Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto, / desprendido y sin peso / por lúcido ya loco”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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“¡Ay, una primavera
que lleva la alegría, la sonrisa y la rosa!...
¡La rosa para ti, y el amor, amor mío!
¡El beso, el sol, la rosa...
en esa casa blanca de la orilla del río!”...
Rafael Lasso de la Vega.
LA VOZ ARISTOCRATICA DEL ULTRAISMO
“Si bien el manifiesto ultraísta fue escrito sobre la mesa de un café de Madrid –decía Pedro Garfias-, la primera etapa del ultraísmo puede decirse que transcurre en Sevilla”. Y entre los verdaderos puntales del ultraísmo podemos citar: Rafael Cansinos-Asséns, Pedro Garfias, Adriano del Valle, Rafael Lasso de la Vega, Pedro Luis Gálvez, Jorge Luis Borges, Guillermo de Torre, Isaac del Vando-Villar, Antonio Espina, Juan Larrea, Mauricio Bacarisse y Rogelio Buendía.
Rafael Lasso de la Vega , Marqués de Villanova, nace en Sevilla el 28 de febrero de 1890 y muere en esta misma ciudad en 1959. En Sevilla estudia bachillerato y a los dieciocho años marcha a Madrid donde empieza a publicar poesías en Los Lunes del Imparcial y más tarde es un asiduo de la revista Grecia. Cansinos-Asséns le denomina “el poeta helénico y heráldico” . De su obra destaca el dadaísmo furibundo. Lasso de la Vega decía: “Yo soy dadaísta... Dadá es lo más moderno que existe...”
Lasso de la Vega es un personaje fantástico, casi de leyenda, que se pasó muchos años en el extranjero arrastrando una vida algo bohemia, sin dejar de traducir y producir. El poeta sevillano es una de las figuras más importantes de la historia del postmodernismo poético español, de la dorada bohemia de entreguerras. En París, donde vivió gran parte de su vida, trató a Apollinaire y a otros escritores y artistas representativos del momento.
En sus Memorias, César González Ruano lo recuerda así. “Rafael Lasso de la Vega se decía descendiente de Don Pedro el Cruel y llevaba ya entonces una bohemia atroz de más de veinte años durmiendo donde podía, comiendo dos o tres veces al mes, pero muy estirado y muy cosmopolita, escribiendo poesías en francés y siempre con una sortija de oro, que jamás vendió (...) Muchos años más tarde, después de 1936, me lo encontré en Roma. Se había casado en Suiza con una compositora judía que se llamaba Florine. Estaba Rafael como nuevo, con dientes recién adquiridos y deslumbrantes, muy bien vestido y encantador”. También Rafael Guillén se refirió, en su poema “Prestigio” la vida irregular del poeta ultraísta : “Si noble a la antigua, bohemio, / bohemio de antaño: poeta / defensor del ocio más puro. / Entre las horas regaladas, / sintiendo en su curso la estirpe, / busca las nuevas invenciones”.
En 1910, Lasso de la Vega publicó un delicado libro, con el bello título, grato a Machado, de Rimas de silencio y soledad. A esta obra, becqueriana y machadiana, donde parece a veces que estamos leyendo al mejor Machado, pertenecen sus mejores poesías, luego derivó hacia el vanguardismo. En El corazón iluminado y otros poemas (1919) se recogen novísimos latidos líricos y normas que fijan un nuevo rumbo a la poesía española. Lasso de la Vega fue uno de los primeros poetas que cultivó en nuestro país el “verso libre” lleno de emotividad y de gracia moderna. Galeries de glaces 1918-1919 (1942), editado en París, tuvo una gran acogida de la crítica por su originalidad y modernidad. “Lasso de la Vega –escribía Isaac del Vando-Villar, es sin duda uno de los poetas más bien mentados, así como el temperamento más aristocrático y refinado existente”.
Lasso de la Vega es autor de otros bellos libros como los titulados: Las coronas de mirto (1914), Prestigios (1916), La natividades (1917), Presencias 1912-1918 (1942), Creacionismo (1920), Arte menor 1921-1938 (1941), Pasaje de la poesía (1931), Sagitario en la torre (1936), Oaristes (1940) y Constancias (1941),
Los poemas de Galerías de espejos plenos de intensa emotividad, ensancharon el horizonte de la lírica española, merced a la amplitud del ” verso libre” en su máxima extensión de metros y rimas, y a la expresión justa y verdadera de las sensaciones por las imágenes y los conceptos ideológicos: todo ello en un conjunto de bella armonía y como una exaltación polifónica del canto. Y como decía nuestro poeta: “Todas las voces se detienen unánimes / a escuchar la canción única del silencio”.
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“Seamos dignos de nuestra historia”.
Manuel Azaña.
EL MITO Y LA UTOPÍA DE AZAÑA
Pocos hombres públicos en la historia política de cualquier país han sido tan zaheridos y vituperados como Manuel Azaña en el nuestro. Si tuviésemos que juzgarle por las inculpaciones que algunos le han hecho, como obedeciendo a una consigna, tendríamos que pensar que todos los males y errores de nuestro país, tienen un único responsable.
Pero Manuel Azaña nació a la gobernación pública el 14 de abril de 1931, como ministro de la guerra. Meses después pasa a la presidencia del Consejo de Ministros, hasta septiembre de 1933. Aunque hubiese sido Atila ¿se concibe que en tan poco tiempo hubiera consumado los desastres que se le atribuyen a él solo? Nadie lo piensa ni puede pensarlo ¿Por qué entonces esta aversión reiterada, este encono exacerbado y esa persecución incesante? ¿En qué zonas del espíritu humano se esconde tanto odio o fingido desdén contra un hombre, que si de algo pecó, si eso es pecar, fue de excesivo candor, es decir de extremada pureza de intenciones?
En efecto, Azaña es un mito demoníaco. Sólo en un pueblo donde una parte de su conciencia social ha sido tan deformada por veinte siglos de supercherías, se concibe que el terror y, al mismo tiempo, la furia de las clases derrocadas por el 14 de abril de 1931 hayan hecho de este hombre un símbolo demoníaco, el brazo destructor de sus privilegios. Hecho curioso, el político en quien se incorporaba esa perversidad diabólica no era un Francisco Largo Caballero u otro socialista cualquiera, sino Manuel Azaña, un republicano liberal, un partidario del régimen de la propiedad privada, un exponente de los intereses de la pequeña burguesía.
Y sólo en un país de la tradición inquisitoria que tiene España, donde a los poseídos del demonio se les salvaba quemándolos en la hoguera, se comprende que las clases privilegiadas hayan perseguido a Azaña con el encono que han venido haciéndolo, hasta encarcelarle por los sucesos de octubre de 1934.
Esta campaña persecutoria contra un hombre elevado a mito demoníaco por las clases privilegiadas ha producido esta reacción afectiva que se manifiesta en los mítines, esta adhesión sentimental de las masas populares por el perseguido. Por una ley de compensaciones, el mito demoníaco de los unos se transforma en ídolo para los otros.
Leyendo sus discursos y pudiendo estar o no de acuerdo con todas las ideas del orador, en un punto nos cautiva por completo: en la sugestión estética de su lenguaje. Azaña es un orador que habla como si estuviera escribiendo. No han existido muchos políticos capaces de reunir espontáneamente a casi medio millón de personas para oírle. Con ser un orador de primer orden, no hay que pensar que lo que atraía a esos cientos de miles de oyentes es el hechizo de su elocuencia, generalmente demasiado desnuda y literaria; ni lo que solía prometer, que en eso Azaña es más avaro que pródigo; ni siquiera su ideología liberal, que nunca contó con tantos seguidores.
Para Azaña el estado no es un montón de blanda arcilla que se puede modelar a capricho, ni un botín, ni un escenario, ni un cortijo para amigos y compadres. “Se sirve al estado –dice Azaña- sin derechos o recompensas alguna, sin más satisfacción que la interior de haber cumplido con el deber”. Y además añade: “La mayor desdicha de un gobernante o de un hombre público que quiere hacer algo útil en su país son sus amigos”,
Azaña sólo promete abnegaciones, sacrificios y el placer de trabajar oscuramente. Un hombre así, apela nada más que a la conciencia del deber en servicio de una idea o un sueño nacional, sin otros medios materiales que la voluntad y la pasión de la justicia, como don Quijote, pero más desvalido aún que él, “yo ni siquiera tengo celada de cartón ni caballo; pero ésa es nuestra locura, ésa nuestra vocación y ése es nuestro propósito”:
La mayoría de los que acudían en grandes masas a los mítines de Azaña, mito demoníaco creado por el rencor y la impotencia de algunos, no ven en él, sino la negación y la protesta contra todo lo que pululaba en este país nuestro y de la picaresca: la austeridad frente a la corrupción; la inteligencia cultivada, frente al cretinismo indocto y a la petulancia audaz; la entereza de carácter, frente a la doblez y la infidencia; el espíritu público, frente a la rebatiña secreta; pero sobre todo eso ven al hombre cuya misión es realizar, al menos en parte, la transformación social de nuestro país. “Dentro de la Constitución hemos de movernos todos; pero el ambiente moral y la capacidad de soñar y el empuje resolutivo de las cuestiones pendientes en España ¡ah!, eso no tiene horizontes ni límites, ni se le puede poner barreras”.
Esa fue, su noble y bella utopía. Azaña soñaba con realizar poco a poco la transformación de nuestro país por medio de la Constitución. No hay esperanza sin sueño; ni sueños sin esperanza. El esperaba que la sociedad española fuese cada día más moderna y ese fue el motivo capital para que fuera aborrecido por los sectores autoritarios, rígidos y estereotípicamente antiguos. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“Américas purísimas,
tierras que los océanos
guardaron
intactas y purpúreas.”
Pablo Neruda
AMERICA ES MULTPLE Y DIVERSA
Entre las muchas cosas que son respetables, la más respetable es la realidad. La fidelidad a ella parece que es la condición fundamental para acertar. Nada se paga tan caro como la sustitución de la realidad por lo que nos parece o nos conviene. Si no se acepta la estructura de la realidad, ésta se venga resistiéndose a nuestra manipulación.
No quiere esto decir que la realidad no debe ser modificada o transformada; al contrario. En primer lugar, ella de por sí cambia y se transforma constantemente; en segundo término, esa variación debe ser orientada, pero siempre teniendo en cuenta lo que las cosas efectivamente son; partiendo de ellas, no de un esquema arbitrariamente proyectado sobre lo real.
Hablamos de América. En un sentido indudablemente es una: un Continente incorporado a la Historia universal desde 1492, puesto entonces en contacto con el resto del mundo, receptor de la población, las lenguas y la cultura de unos cuantos países europeos, y después de elementos de otros muchos más, de Europa y de otros Continentes. Es un Continente ¨”joven” en el sentido de que las sociedades americanas actuales datan a lo sumo de hace poco más de un medio milenio, aunque sin antecedentes históricos se remonten mucho más lejos.
Pero, aparte de estos rasgos genéricos. América no es una, sino múltiple y diversa. Más que de América hay que hablar de “las Américas”. Hay, por una parte, la América de lengua inglesa, sobre todo los Estados Unidos pero también el Canadá, análogo en tantas cosas pero diferenciado por su permanente conexión con Inglaterra, por la presencia de una fuerte minoría de lengua francesa. Por otra parte, la América hispánica, profundamente diferente de la otra, con multitud de rasgos comunes, desde su mayor antigüedad hasta la presencia incomparablemente mayor de elementos nativos, su inspiración en otra cultura, etc. Pero dentro de esta América hispánica hay que distinguir las dos porciones lingüísticamente distintas: la de lengua portuguesa, el Brasil, y el conjunto de los países de lengua española; una y otra con hondas huellas de dos naciones europeas muy próximas, con muchas semejanzas, pero orientadas en dos sentidos diferentes. España y Portugal, tan parecidas, han tenido proyectos históricos independientes y en ocasiones divergentes. La América española y el Brasil no se pueden separar ciertamente; pero tampoco se pueden confundir.
Por último, si consideramos la América de lengua española, evidentemente más homogénea y dotada de alguna unidad, no podemos olvidar las enormes diferencias entre los países resultantes de la independencia, después de la disolución de lo que fueron las Españas. Los actuales países americanos son de tamaño muy diverso y con una extraordinaria variedad de grados y formas de desarrollo económico y cultural.
Sino se tiene esto presente, si se proyecta sobre el Continente americano una imagen simplificada y homogénea, se hace tabla rasa de tantas diferencias y peculiaridades, se violenta esa realidad múltiple, se destruyen tantas posibilidades. Si, por el contrario, se atiende sólo a la diversidad y se olvidan los decisivos elementos unitarios, se convierte América en una versión moderna de los reinos de taifas. Un tratamiento correcto de la realidad americana tiene que distinguir escrupulosamente las diversidades y buscar su lugar y su significación, a distintos niveles, dentro de su unidad. Y como dijo la voz armoniosa del poeta, la más española de los continentes americanos: “Mientras haya una América oculta que hallar, vivirá España”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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“Sonaba tu melodía.
¿Sonó? ¿Sonaba en mi puerta?
La calle estaba desierta,
y en mi puerta nadie había.”
Rafael Laffón.
LA VOZ DEL ESPIRITU ANDALUZ
Rafael Laffón, amigo y colaborador de la infancia de Joaquín Romero Murube, su obra está llena hasta el rebose de ese espíritu lírico, que sabe de matices, que caracteriza al poeta andaluz y, naturalmente, al sevillano. Son muchos los que recuerdan y conservan como una joya aquellos primeros números de la revista Mediodía que fundara con Joaquín Romero, en 1926, y que tanta importancia tuvo como exponente de la nueva literatura y como punto de unión entre la poesía de Sevilla y las grandes figuras del 27.
Rafael Laffón es uno de los poetas más representativos de la poesía sevillana contemporánea, pues encarna en su amplia obra la variedad de tendencias que caracteriza la labor literaria de su generación.
Rafael Laffón nació en Sevilla el 20 de abril de 1895. En su ciudad natal estudió el bachillerato y realizó también los estudios de Derecho y de Filosofía y Letras. Residió siempre en Sevilla, entregado de lleno a la creación literaria y al desempeño de sus tareas de funcionario técnico de la Administración. Colaboró en muchas revistas andaluzas de poesía y en otras muchas publicaciones españolas y extranjeras. Sus obras han sido traducidas al francés y al italiano. Rafael Laffón muere en Sevilla en 1975.
Su actividad literaria abarca la creación poética , la prosa y la crítica, aunque es en la primera donde se sitúan sus mejores logros. Su poesía –como la de otros autores del 27 hunde sus raíces en el modernismo. Después de un primer libro de corte modernista, Cráter: versos de ingenuidad y violencia (1921) -otra obra de iguales características, El sol desaparecido (1922-1924), permaneció inédita hasta 1977-.
La evolución hacia el vanguardismo se consuma en los dos libros siguientes: Signo + (1927) e Identidad (1934). Se trata de una poesía hermética, dirigida a un público que sintoniza con las mismas claves estéticas de su autor, por lo que los matices de sus obras son sólo accesibles a una minoría. Las características de las mismas responden por lo demás a la corriente ultraísta. En esta época se registra también en Laffón una aspiración panteísta, que tiende a integrar la obra poética en la armonía del universo
.
Tras este ciclo inicial, la poesía laffoniana avanza hacia el que será su camino más característico. La tradición popular y la clásica –tanto la renacentista como la barroca- será el vehículo elegido después de la guerra para expresar su devoción religiosa, su pasión por Sevilla y el dolor y la soledad, provocados en 1949, por la muerte de sus esposa y, más tarde, por la de su madre. Entre los títulos más relevantes de esta época se cuentan: Romances y madrigales (1944), Poesías (1945), Adviento de la angustia (1948), Cantar del Santo Rey (1948) y Romances del Santo Rey (1951), dedicados a Fernando III. Estos libros se distinguen por su impresionismo colorista y juguetón. En ellos se incluyen poemas de tema religioso junto a composiciones plenas de musicalidad y colorido, de hondo sevillanismo -lo que se ha llamado “barroquismo” de Rafael Laffón-.
La última época de la poesía laffoniana se abre con Vigilia del jazmín (1952), libro clave que expresa la magnitud de un tiempo de dolor que podríamos calificar de lírica de testimonio personal. La comunicación directa, el tono confidencial sustituyen al grácil retoricismo anterior. La poesía de Laffón adquiere así la nota distintiva del intimismo. El ciclo se completa con A dos aguas (1962), La cicatriz y el reino (1964) y. Sinusoides y puzzle (1970).
Su obra en prosa está llena de lirismo y de amor a su Sevilla. Entre los títulos más relevantes de su obra en prosa se cuentan: Jardines de Sevilla (1921), Maternidad (1924), Ditirambo a las Cofradías (1926), Discurso de las Cofradías de Sevilla (1941) y Sevilla del buen recuerdo (1970).
Pero todo esto no tendría importancia si no fuera unido a una inmensa gama de valores humanos. Como hemos dicho manifestó la altura superior de su alma, llevando siempre de la mano aquel niño sensible que giraba y volaba en los caballitos, “tiovivos”, el carrusel..., de la calle del infierno de la Feria de Abril de Sevilla. Precisamente “fue una noche en que mis padres decidieron dar una vuelta por la feria (...). Cuando mi madre salvaba una cuneta entre dos paseos de los varios que corrían paralelos el arrecife de coches, se sintió enferma repentinamente en forma apremiante, inaplazable..Se cobijaron bajo una acacia, perplejos y sobresaltados. Ella no podía tenerse de pie, lívida, demacrada. Acudieron varias señoras, intentando transportarla a una caseta. Y en esto, providencialmente, cuando ya los feriantes se daban cuenta del lance, llegó el coche de unos amigos que a escape llevaron a mis padres a casa. A compás de las primeras claridades del alba, a las cuatro de la mañana de un día 20 de abril, fue el punto y hora en que un hombrecito comenzaba a llorar”.
Este poeta, tan sevillano, que nació a las cuatro de la mañana, a las cuatro en punto de la mañana, en la Feria de Abril, cuando la feria estaba en el Prado de San Sebastián, nos dice: “Para morir es buena cualquier hora / porque el tiempo se para mientras crece / la hierba o se espera / un golpe sin remedio en el costado”:
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE
ANTONIO FERNÁNDEZ GRILO (1845-1906)
“Hay en mi alegre sierra
sobre las lomas,
unas casitas blancas
como palomas.
Le dan dulces esencias
los limoneros,
los verdes naranjales
y los romeros.”
Antonio Fernández Grilo.
LA VOZ DEL POETA DE LAS ERMITAS
La robusta personalidad literaria de Fernández Grilo no ha sido todavía objeto del detenido estudio que, sin embargo, merece. En este sentido podría afirmarse que ha de llegar la hora de que se repare la enorme injusticia que entraña el olvido de su obra.
“Ingenio cordobés en toda la extensión de la frase –escribía Francisco P. Blanco-, poeta por temperamento, por educación, por hábito o segunda naturaleza, que remonta el vuelo de su numen a alturas inaccesibles y se somete con docilidad a todos sus caprichos”.
El poeta de las Ermitas tuvo una aureola de atracción extraordinaria, misteriosa, verdaderamente mágica, en vida, cautivando a las muchedumbres con la recitación de sus poesías –hecha pro el autor de un modo tan magistral que sólo Zorrilla le igualó- y consiguiendo a la vez, lo que parecería más difícil, el fervor de los aristócratas, y hasta Isabel II, que le publicó un libro, Ideales, y de Alfonso XII, que sabía de memoria muchas de las estrofas de Grilo.
Antonio Fernández Grilo nació en Córdoba en 1845. Fue periodista, dirigiendo en sus ciudad natal El Andaluz. Y allí publicó su primer libro Poesías (1869). De Córdoba se trasladó a la Villa y Corte y pensó ganarse la vida, consagrándose al ejercicio de su profesión: el periodismo. Ingresó en la redacción de El Contemporáneo. Después perteneció a las de La Libertad, El Tiempo, El Debate, El Arco Iris... Otro poeta, José Selgas, decía a Grilo, que su libro era algo extemporáneo, un producto mental que estaba en “desuso”.
“Se escribe, se imprime y se lee más rápidamente cualquier periódico –escribía Selgas el 10 de julio de 1869-, cosa bien natural si advierte que el carácter distintivo de nuestra época es estar de prisa”.
Grilo es un poeta que si no hubiera compuesto más que Las Ermitas de C´órdoba, tendría suficiente bagaje para traspasar los umbrales de la inmortalidad. Conocidísima es esta bella composición suya, de estrofas inspiradas y ágiles , henchida de ternura, cuajada de elegantes imágenes, que se adhiere a la memoria en virtud de su espontaneidad y maravillosa sencillez, y no se olvida jamás. En buena lid ha ganado la popularidad de que goza.
La vena mística de Grilo fluye copiosa, caudalosa, en otras hermosísimas composiciones: La Virgen de la Fuensanta, María al pie de la Cruz, La muerte de Jesús y El adiós al Convento. Canta también el poeta al amor: ¡Ella es así!, ¡Ha muerto!. Canta el dolor humano: El día de difuntos, En el cementerio. Canta a la naturaleza: El águila, La primavera.
Transcurrido un siglo desde la muerte de Grilo (falleció en Madrid el 9 de julio de 1906, sin tomar posesión del sillón de la Academia de la Lengua, que se le había otorgado meses antes), con más dilatada perspectiva para contemplar su personalidad literaria y su obra poética, podemos decir que Grilo es todavía un poeta actual que ha prestado un indiscutible servicio a la cultura española y a las letras en particular. Y como dijo El poeta de las Ermitas: “¡¡Contemplad tu magnífica grandeza, / alza tu frente, de laurel ceñida, / y verás que has nacido cuando empieza / sobre al tierra a palpitar la vida!!”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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LEANDRO FERNANDEZ MORATIN POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATIN
(1760-1828)
“Pero si así las leyes atropellas
si para ti los méritos han sido
culpas; adiós, ingrata patria mía.”
Leandro Fernández de Moratín.
LA VOZ DE UN PROGRESISTA MODERADO
La bella Sabina Conti tenía sólo diez años cuando Moratín –un tímido adolescente- se enamora de ella. Pero la niña le hizo poco caso al poeta, y a los pocos años se casó con su tío, que era mucho mayor que ella.
Gracias a su Diario sabemos de otros muchos amores de Moratín. Quizás su amor más duradero fuese el que profesó a Doña Paquita Muñoz, hija de un militar irascible. Doña Paquita tendría unos veinte abriles, cuando en la primavera de 1798, la conoció Moratín que tenía treinta y ocho años.
El 24 de enero de 1806 estrenó con éxito en el Teatro de la Cruz de Madrid El sí de las niñas. La protagonista se llama como Paquita. A fines de 1806, con cuarenta y siente años, Moratín decidió pedir la mano de Paquita, pero ya había otro pretendiente más afortunado, con el que años más tarde había de contraer matrimonio. El 22 de diciembre de 1822 escribe Moratìn a Paquita: “Exceptuando mi retrato pintado por Goya, venda usted todas las demás pinturas que fueron mías, y aproveche usted de lo que den por ellas”. El retrato de Moratín pintado por Goya se conserva en la actualidad en el Museo de la Real Academia de San Fernando, en Madrid. Moratín dedicó al insigne pintor, una famosa composición poética, que finaliza con estos versos: “Si en dudosa esperanza / culpé de temerosos mis deseos / tú me lo cumples, en la edad futura, / al mirar de tu mano los primores / y en ellos mi semblante, / voz sonará que al cielo se levante / con debidos honores, / venciendo de los años al desvío, / y asociando a tu gloria el nombre mío”.
Leandro Fernández de Moratín nació en Madrid el 10 de marzo de 1760. Hijo del poeta y dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín, estudió dibujo y trabajó en un taller de joyería. Su Diario nos permite conocer la vida que llevó Moratín, no sólo en sus años de juventud, sino en sus numerosos viajes –Francia, Inglaterra, Italia-, y en sus años de plenitud en el Madrid de 1797 a 1808, en que estrenó con éxito sus comedias, El viejo y la niña (1790), La comedia nueva o El café (1792), El barón (1803), La mojigata (1804) y El sí de las niñas (1806), y tenía abiertas las puertas del palacio del Príncipe de la Paz, que le protegía con su amistad. Su obra en prosa es muy amplia. Destaca en primer lugar su obra satírica La derrota de los pedantes (1798), en la que arremete contra los malos escritores. Importante es también su obra Orígenes del teatro, en la que muestra un profundo conocimiento de la literatura dramática española, al mismo tiempo que defiende su credo estético. En 1779 la Real Academia Española premió su poema épico La toma de Granada por los Reyes Católicos y en 1782 volvió a premiarlo por Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana, en tercetos, donde ataca en especial al teatro barroco.
“En medio de una crisis de conciencia española –nos dice Vicente Aleixandre-, la figura de Moratín es patética, como pocas”. Azorín, el primero en ver la modernidad de Moratín, habla también de una sensibilidad contradictoria, pues Moratín era reservado y alegre, tímido y decidido cuando lo necesitaba, liberal y conservador”.
El Epistolario moratiniano que llena casi medio siglo –la primera carta es de 1872 y la última de 1828- es de un gran valor literario. Pocos españoles de su época escriben un castellano tan puro y a la vez tan sabroso. El drama de las España ilustrada, de la minoría que quería para España las luces de Europa, se revela transparente en muchas de sus cartas, y ese drama, afectaría gravemente el destino de Moratín, que prefirió como Goya, el exilio, antes que vivir en un país donde el control de pensamiento, de las publicaciones y de las conductas, funcionaba implacable y podía conducirle a uno a las cárceles de la Inquisición. Leandro Fernández Moratín , muere en París el 21 de julio de 1828.
El Moratín juvenil, inquieto, curioso de todo, hábil y terco, perseguidor de puestos oficiales, acaba convirtiéndose, tras los años terribles de la guerra de la Independencia y la represión fernandina, en un Moratín constantemente preocupado y temeroso de perder su libertad, su tranquilidad, que acabó alcanzando en el exilio, y su independencia. Llegó un momento –los años del exilio en Burdeos- en que a Moratín lo único que le importaba –aparte de la literatura y la amistad- era que le dejaran tranquilo “gozando de aquella honesta libertad que sólo se adquiere en la moderación de los deseos “.
Moderado en sus deseos y moderado en política, reprocha a su amigo Melón su “exaltado liberalismo gaditano”. Políticamente, Moratín era un progresista moderado más bien escéptico. Y como nos dijo el poeta y dramaturgo madrileño: “Dócil, veraz: de muchos ofendido, / de ninguno ofensor, las Musas bellas / mi pasión fueron, el honor mi guía”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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“Los tiempos mudan las cosas
y perfeccionan las artes;
y añadir a lo inventado
no es dificultad notable.”
Miguel de Cervantes.
LAS HUELLAS DEL TIEMPO PASAJERO
“¿Quién oyó las pisadas de los días?” , se preguntaba Quevedo para decirnos que el andar del tiempo no se oye; el andar, el correr del tiempo, de los tiempos. Y menos, el volar. Porque parecería que el tiempo, cuyo paso no oímos, cuyos pasos no podemos oír, unas veces anda –a paso lento-, otras veces corre, otras vuela. Y si no lo oímos, ni cuando va despacio ni cuando va de prisa, ¿lo vemos pasar? “Corre el tiempo, vuela y va ligero”, escribía Cervantes; que este tiempo que corre, que vuela, ligerísimo, que se nos va y no vuelve, es el mismo tiempo o son los mismos tiempos que mudan las cosas y que perfeccionan las artes: “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”. Será entonces que vemos pasar el tiempo, los tiempos, por esta mudanza de las cosas y perfeccionamiento de las artes; que lo veremos, de este modo, pasar con lentitud o con ligereza, con rapidez; con “pies de pluma” o con “pies de plomo”, que habría dicho Tirso de Molina. No oiremos sus pisadas y acaso tampoco veremos sus pies, pero sí veremos sus huellas. A estas huellas del tiempo pasajero, que por el mudarse, cambiarse de las cosas, se nos muestra, añadiremos, según Cervantes, el ver, el mirar, cómo las artes (y ¿qué artes?, ¿las que llamó Lope artes mágicas del vuelo?) se perfeccionan. ¿Pues era esta perfección de las artes y concretamente del arte de pintar, del arte de la pintura, en relación con la mudanza de los tiempos, por lo que dijo Goya que “el tiempo también pinta”.
Y para señalar la flexibilidad, la elasticidad prodigiosa del tiempo mismo, recordemos, en contraposición paradójica, la frase de aquel abogado y político español cuando decía: “hay años en que no está uno para nada”, con la de Alfredo de Muset, que escribió del siglo XIX, en sus Confesiones: “ese siglo es un mal momento” . El tiempo es distensión del alma, pensó San Agustín. Y toda la filosofía cristiana nos viene diciendo, hace siglos, que no hay tiempo sin alma, ni alma sin siempre. Los viejos relojes prodigaron, en breve escritura refranera que decoraba sus esferas, divisas como ésta: “Medido está tu tiempo y presuroso vuela, ¡ay de ti, eternamente, si lo pierdes!” Este perder el tiempo nos dice que lo que perdemos en él y con él o por él es una eternidad, una duración o perduración infinita, inacabable, del tiempo mismo, puesto que con él la perdemos. Por eso en ese tiempo vivo, que “cabe en la punta de una aguja”, como nos decía una Santa, podemos eternizarnos en un momento –“cuyo ser está a la puerta de la nada”., que escribió Tirso- podemos percibir o sentir la eternidad misma. Podemos de tal modo transformar, transfigurar un momento dado, un momento único, un momento histórico, en un instante eterno. Podemos instantaneizar de eternidad un momento, un solo momento pasajero. ¿Y cómo conseguimos este milagro? ¿Por la magia del arte volandero, como decía Lope? ¿Por la perfección o perfeccionamiento temporal de esas artes mágicas, como creyó Cervantes? “Nada hay eterno sino la mudanza”, cantaba paradójicamente Shelley. Por la mudanza de las cosas, percibimos, vemos el paso del tiempo, de los tiempos, según Cervantes. Pero este mismo paso, lento y volandero .a la vez, donde se nos guarde, por así decirlo, justamente, extasiado, es en la “obra de arte”, -de un arte mágico del pintar, de escribir...- que perfecciona o que se perfecciona con el tiempo mismo. Por lo que dijo Goya que el tiempo pinta. Y por lo que también puede decirse que el tiempo escribe.
Andando el tiempo, con el andar del tiempo, con ese correr de los tiempos, que a veces es vuelo, se van haciendo, perfeccionando esas “obras de arte”, esas ficciones imaginativas, que no por parecernos quietas, inmóviles, extasiadas de temporalidad, dejan de mudarse, como las cosas con el tiempo y por el tiempo mismo, o al mismo tiempo que ellas. “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”,
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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FORO LIBRE
ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA
Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ
e-mail: pazylibertad@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
“¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.”
HOMENAJE DE FORO LIBRE A FEDERICO GARCIA LORCA
El próximo lunes, día 12, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del poeta granadino Federico García Lorca (1898-1936), con motivo del 70º aniversario de su muerte.
No hay una figura de relieve intelectual, no hay un solo hombre que desde un rincón del mundo haya dedicado su vida a un afán de cultura, que a su paso por Granada, oyendo ese susurro musical del agua por entre los árboles de la Alhambra y absorto ante el encaje de sus muros, no pregunte por Federico. Tal es la proyección del poeta, sin buscarle más justificaciones, que ese ser de las cosas sobre el aire y sobre el tiempo.
En cualquier plaza de un pueblo escondido, en cualquier serranía, si hablamos de Federico alguien nos recitará La casada infiel, El romance de la luna, luna, Muerte de Antoñito El Camborio... No creo que haya un escritor al que se haya dedicado en los últimas décadas, más libros, conferencias, nueva puesta en escena de su teatro, adaptaciones cinematográficas de sus obras, en la seguridad de encontrar el afán de un público atento a Federico. De una punta a otra de Europa y las Américas, en las bibliotecas hispanistas hay una recopilación detallada de cuanto escribió, de todos sus libros.
“Granada -decía Federico- me ha predispuesto a la compresión del perseguido: el gitano, el judío, el negro”. Y es que, en Granada convivieron hasta ayer, como quien dice, árabes, moriscos, judíos y gitanos. Es esa posición tan “granadina” de Federico -comprensión al perseguido- la que tiende un tembloroso hilo de unidad desde su Poema del cante jondo y del Romancero gitano al Poeta en Nueva York. A Federico en la gran ciudad le atrae también el perseguido, el débil: “Me quedo con el niño desnudo / que pisotean los borrachos de Brooklyn”.
“De todas los poetas de España era el más amado -escribía Pablo Neruda-, el más querido, y el más semejante a un niño por su maravillosa alegría”.
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RECUPERAR NUESTRA GRAN RUTA VERDE POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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RECUPERAR NUESTRA GRAN RUTA VERDE
“Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy.”
José Martí.
A TRAVES DE LAS CAÑADAS
Los orígenes de las tradicionales rutas ganaderas podrían remontarse hasta finales del periodo paleolítico si nos atuviéramos a las primeras migraciones de la fauna española. Cuando los hombres se iniciaron en la ganadería, esas viejas rutas migratorias fueron utilizadas para el desplazamiento del ganado.
Desde 1273, año en que el rey Alfonso X El Sabio creó el Honrado Concejo de la Mesta, los derechos de paso concedidos a esta asociación fueron creando una auténtica red de vías pecuarias, que como una tela de araña, comunica prácticamente toda la Península Ibérica.
Además de su función ganadera tradicional, estas cañadas (y sus ramales menores denominados cordeles, veredas, coladas, descansaderos...) constituyen vitales rutas faunísticas que intercomunican parques, reservas y espacios naturales, evitando el aislamiento genético de las especies y haciendo posible el sueño de un uso colectivo y ecoturístico de envidiables proporciones.
Esta enorme red de comunicaciones alcanza la cifra de 125.000 kilómetros de longitud y comprende una superficie de 420.925 hectáreas de dominio público, lo que supone cerca del 1por ciento de la superficie peninsular. La milenaria red española de vías pecuarias (un complejo entramado de amplios caminos verdes 15 veces más extenso que la red ferroviaria) serpentea a través de la piel de toro atravesando un mínimo de 40 provincias en un sentido predominante Norte-Sur.
Andalucía es la primera Comunidad Autónoma en cuanto a longitud (30.915 Km) y superficie (112.664 ha) de sus vías pecuarias, y la extensión de las mismas equivale al 2,3 por ciento del total de la superficie andaluza. Por su parte, Sevilla es la provincia española que cuenta con una mayor longitud vías pecuarias (6.009 Km), y también la de mayor extensión (25.594 ha). Mientras que Cádiz, con una longitud de la red de vías pecuarias de 4.142 Km y una superficie de 19.025 ha, sobresale entre todas las provincias españolas por la mayor densidad de su red, que supone el 2,6 por ciento de la superficie gaditana.
En muchas zonas del país puede constatarse que no quedan vías pecuarias expeditas, todas están ocupadas parcialmente, algunas cortadas y muchas desaparecidas en su totalidad. En Andalucía, se estima que un 75 por ciento de la superficie de la red de vías pecuarias se haya ocupada ilegalmente. Él latifundio ha sido catastrófico para las vías pecuarias.
Las primeras acciones de defensa de este patrimonio de todos los españoles tuvieron lugar en Jerez (1786), debido a las usurpaciones que sufrieron varias cañadas, Moscatel, Mora, Vargas..., por los grandes propietarios de las tierras colindantes. En el año 1836 fue abolido definitivamente el Concejo de la Mesta y las usurpaciones afectaron prácticamente a todas las cañadas. Tampoco las leyes han favorecido mucho la protección de este patrimonio y las Administraciones responsables han mantenido históricamente una actitud de consentimiento y permisividad ante la progresiva usurpación de la red de vías pecuarias.
Pero después de tantos años, más bien siglos, de abandono parece que a partir de las reivindicaciones de las dos últimas décadas, se pretende restituir el carácter público a nuestra gran ruta verde.
Recuperar y conservar este patrimonio público no es un capricho, sino una necesidad. La recuperación de nuestra gran ruta verde permitirá la interconexión ecológica de unos 150 espacios naturales inventariados entre los Pirineos y la cornisa cantábrica y el estrecho de Gibraltar. Y ,además, es también una forma de recuperar y aprovechar los componentes culturales que en torno a las vías pecuarias se han ido desarrollando desde sus orígenes. Y como dijo el poeta: “Quiero ir por allí / quiero ir por allá. / A la mar, por allí, / a mi hogar, por allá “.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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LOS ROBOS DE TODOS LOS VERANOS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LOS ROBOS DE TODOS LOS VERANOS
“Hostería del buen ladrón:
aquí al huésped se le roba
con mucha moderación”
José Bergamín.
EN VERANO LOS PROFESIONALES DE LO AJENO HACEN SU AGOSTO
El verano ya está aquí y con él las fechas de las vacaciones. Pero la supuesta tranquilidad de estos días se puede ver alterada por los numerosos riesgos que aparecen tras las puertas de las casas al marcharnos de viaje y muy especialmente si algún profesional de lo ajeno se da cuenta de que quedan deshabitadas.
Desde hace unos cuantos años se ha comenzado a tomar conciencia de la importancia que tiene el factor seguridad. Primero fue la Banca la que tomó medidas para protegerse, Después vendrían los demás: los centros comerciales, hoteles, organismos oficiales... Pero, a medida que los más fuertes iban aumentando su seguridad , la desprotección de los más débiles se hacía más manifiesta.
Los delincuentes rápidamente advirtieron que les estaban poniendo cada vez más difícil su trabajo y rápidamente cambiaron de objetivos y se desplazaron hacia otros más fáciles. Y la vivienda se ha convertido en el más fácil de todos.
El robo es el riesgo más preocupante de los que acechan a la vivienda. Las estadísticas de los robos a domicilios van engordando de forma preocupante y si bien estos se producen durante todo el año, en verano, las cifras se disparan.
Lógicamente, para un caco es más fácil actuar cuando nadie pueda interrumpir su trabajo, cuando menos posibles visitas imprevistas pueden sobresaltarle. La situación idónea para limpiar una casa es aquella en la que, además, del inquilino de la casa en cuestión, se encuentran ausentes los restantes vecinos del inmueble o una mayoría de ellos. De ahí que a nadie le extrañe que la temporada estival sea la preferida de los profesionales de lo ajeno para hacer su agosto.
Conocida esta predilección de los cacos no estaría mal recordar que la puerta de entrada de la vivienda debe reunir siempre unas condiciones mínimas de seguridad; que no se debe abrir la puerta a desconocidos, y en caso de tener que hacerlo se utilizará siempre la mirilla y la cadena de seguridad, y que hay que desconfiar de los servicios técnicos que no se hayan solicitados. Además, cuando el domicilio quede vacío, aunque sea por un breve espacio de tiempo se mantendrá cerrado con llave.
En lo que se refiere a ausencias largas se recomienda cerrar perfectamente todas las entradas de la casa; no dejar señales visibles de que la vivienda está desocupada, encargar a algún vecino o familiar la recogida de la correspondencia del buzón, no comentar la ausencia a personas desconocidas; no dejar nunca en casa joyas o dinero y es conveniente que algún vecino tenga un teléfono de contacto por si han de avisarle.
El punto más vulnerable de la casa es la puerta de acceso. Sobre ella hay que fijar la máxima atención. En el 80% de los robos a pisos se penetra por la puerta. Sin embargo y contra toda lógica, es el punto más desprotegido.
En la prevención y erradicación de los delitos a los domicilios las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado tienen mucho que decir y son uno de los principales puntos de apoyo y protección con que cuenta el ciudadano.
Todas las viviendas están expuestas a este riesgo y son necesarias más y mejores medidas de seguridad. Solo hay que observar las estadísticas: uno de cada cien hogares ha sido objeto de robo en nuestro país. Y es que, como dijo el poeta: “Yo creí que con el tiempo / los robos se acabarían, / pero van aumentando / como la horas del día”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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EL DISFRAZ DEL PRIMER DISPARATE POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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EL DISFRAZ DEL PRIMER DISPARATE
“Más veces descubrimos nuestra sabiduría con
nuestros disparates que con nuestra ilustración.”
Oscar Wilde.
EL DISPARATE FRUSTRADO DE NUESTRO SER
“Tuve miedo –dice el texto bíblico- porque estaba desnudo, y me escondí...” Y en el escondite de la vida, por el miedo, como en los niños, se hace el hombre máscara de sí mismo. Entonces, llega, por tan extremada pasión viva, a querer enmascararse, esconderse de sí mismo en el disfraz trágico de la muerte, y hallándose desnudo, en lugar de vestirse, quiere, disparatadamente, desnudarse más todavía, y se descansa, se suicida, afanoso de verificarse en la inmortalidad viva, disparatada, de la muerte.
“Si bien nos se puede decir –escribe Ramón Gómez de la Serna- sin ser un insensato, que el mundo es un disparate, el pensamiento del hombre y el alma humana son unos puros disparates”.
Lo profundo, en nosotros, es el disparate. Cuando ahondamos en nosotros mismos, encontramos siempre ese disparate frustrado de nuestro ser: el que debió haber sido nuestra vida o lo que debió haber sido nuestra vida y, por una razón o por otra, por razones tontas, por tonterías, hemos ido enterrando invisiblemente, de los errores que cometemos, algo así como el remordimiento de los disparates que parece el despojo de un disparate muerto. Toda la conducta de la vida se nos figura, entonces, ese resto mortal, esa huella disparatada de nuestro paso, como la de la camisa de la serpiente. De la serpiente infeliz que cambia de opinión como nosotros: cambando de camisa. Y es que como dijo disparatadamente San Agustín, en cada uno de nosotros vive un Adán, una Eva y una serpiente. Todos tenemos que vivir cumpliendo disparatadamente la pérdida del Paraíso. Todos tenemos que tragamos el disparate original de la discordante manzana.
Porque el disparate es el hombre mismo. Somos un disparate divino. Y el que lo seamos para perdernos o no, es el misterio de nuestra predestinación: el de la divina puntería. Entre tanto, vivimos disparatadamente, aunque no queramos o no lo creamos. Por eso nos dijo en estupendo disparate Calderón que: “el delito mayor / del hombre es haber nacido”.
Haber nacido disparado, disparatado, dejado de la mano de Dios: lanzado por ella. Lanzado, echado del Paraíso.
Desde que nacemos, nace y vive con nosotros, nos acompaña siempre, como el fantasma fraternal de Musset, ese otro y disparatado que de cuando en cuando se nos aparece, pareciéndome como un hermano. El disparate humano que somos en nuestro gemelo del alma; si no es, o se nos hace, a veces nuestra misma alma. Que así, en las postrimerías mortales del carnavalesco disparadero de nuestra vida, todos llevamos en la frente una cruz de ceniza, un memento homo, que nos dice: recuerda hombre que eres disparate y en disparate te has de convertir. Y como dijo el poeta: “Y nadie busque mi disparate / perdido en un cementerio, / porque mi disparate estará / muy lejos, en otra parte”.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
La paz pide una oportunidad.
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“Una vivienda pobre y aldeana,
cerca del bosque, y que del mar, amigo
de mi risa infantil, no esté lejana.
En su quietud a solas, sin testigo”
Ramón Pérez de Ayala.
LA VOZ DE LA INVENCIÓN NOVELISTICA
Ramón Pérez de Ayala conoce muy bien el idioma castellano: lo maneja con flexibilidad, soltura y elegancia. Pocas palabras bastarán para definir su obra literaria: es uno de los primeros novelistas contemporáneos. Reúne en sus obras las cualidades de las dos generaciones a la que sirve de nexo: la del 98 y la que viene inmediatamente después. Tal vez por eso y porque representa el tránsito entre dos edades –siglo XIX y siglo XX- que aparecen sin posible conexión y enlace, le toca a Pérez de Ayala realizar, en el orden puramente intelectual, una parte del ambicioso programa que los hombres del 98 habían lanzado al viento con signo de rebeldía, de protesta.
Cuando el siglo XX comienza, la literatura española quiere huir de las formas ampulosas que dominaba y predominaba en los días de la Restauración. Fiel a su tiempo Pérez de Ayala, de inquietud renovadora, quiso combinar con el apego a lo local y regional, el sentido español , y éste con lo universal. Su formación intelectual, las experiencias y azares de la vida hicieron de él uno de los escritores de su tiempo más europeo.
La prosa de las principales figuras de la generación novecentista, también conocida como generación de 1914, es el resultado de una selección que se hizo por un camino distinto del que se esperaba: el del estilo trabajado, brillante, más o menos esteticista, pero barroco. Esta generación fue predominantemente universitaria y poseyó una decidida voluntad política. Muchos de sus miembros –Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Gregorio Marañon, Américo Castro, Manuel Azaña, Luis Araquistaín, Salvador de Madariaga- actuaron en el terreno político, y de ella surgirían eminentes personalidades de la Segunda República. Se trata también de una generación de corte abiertamente europeísta y proclive a las tendencias formales e ideológicas que presidían la vida intelectual de los grandes focos culturales del extranjero.
Ramón Pérez de Ayala nace en Oviedo el 9 de agosto de 1881. Estudió con los jesuitas en Gijón y Carrión de los Condes. A los diez años compone en el colegio sus primeros poemas; a los doce escribe en latín como en su lengua materna. Era, como lo fue en su día Ortega en el colegio de los jesuitas de Málaga, el discípulo predilecto.
En 1896, ingresa Pérez de Ayala en la Universidad de Oviedo, donde estudia Derecho y donde tuvo como profesor a Leopoldo Alas, “Clarín”. Terminó la licenciatura en la Universidad de Madrid. Colaboró ya por entonces en El Imparcial, El Gráfico, etc. Amplió estudios en Londres y estudió estética en Alemania e Italia. Durante la primera guerra mundial fue corresponsal de La Prensa de Buenos Aires. Con Ortega y Gasset fundó la Liga de educación política española. En 1928 fue elegido miembro numerario dela Real Academia Española. Firmó, junto con Ortega y Marañón y otros el “Manifiesto de los intelectuales al servicio de la República”. Fue embajador de la República en Londres. Vivió exiliado, después de la guerra en Argentina, volviendo a Madrid en 1954. En 1960, recibió el premio March de Literatura. Ramón Pérez de Ayala muere en Madrid el 5 de agosto de 1962.
Su primera obra fue un libro de poemas, La paz del sendero (1904), de carácter modernista. Su segundo libro de versos fue El sendero innumerable (1916), publicando después El sendero andante (1921). Cultivó además de la poesía, el ensayo, la crítica, el periodismo y, especialmente, la novela. Entre sus ensayos se cuentan Hernán, encadenado (1917), Las máscaras (1917-1919), que recoge sus críticas teatrales, Política y toros (1918), el volumen de memorias Amistades y recuerdos (1961) y Fábulas y ciudades (1961).
El propio Pérez de Ayala clasificó sus novelas en tres grupos: el primero, de carácter autobiográfico y matiz lírico, aunque realista y descriptivo de la andadura vital iniciada con su educación entre los jesuitas y acabada en la vida madrileña. A este ciclo pertenecen: Tinieblas en las cumbres (1907), A.M.D.G. (1910), La pata de la raposa (1912) y Troteras y danzaderas (1913). A. M. D. G. es una crítica feroz de la educación de los jesuitas, a la que el autor culpa de su pérdida de fe, así como de su excesivo interés por las cuestiones sexuales.
El segundo ciclo de la narrativa de Pérez de Ayala está constituido por tres novelas cortas agrupadas bajo el acertado subtítulo de “Novelas poemáticas de la vida española”: Prometeo, Luz de domingo y La caída de los Limones (las tres publicadas en 1916). Tres narraciones en las que el autor se sumerge de lleno en ese espíritu doloridamente denunciador de los males de España que informaba a los hombres del 98, pero con un grado tal de ponderación expresiva y de equilibrio en sus diversas partes, que hacen inevitable el calificativo de clásicas que les han aplicado algunos críticos que ven en ellas la más lograda cumbre de la narrativa del autor.
El último periodo narrativo de Pérez de Ayala se caracteriza por una libertad creadora que, en un proceso de intelectualización coincidente con la novela europea de su tiempo, le permite abordar temas de carácter universal, no específicamente españoles. La primera novela de este ciclo es Belarmino y Apolonio (1921), su obra más lograda. De obra pedagógica se ha calificado a dos novelas, Luna de miel y Los trabajos de Urbano y Simona (aparecidas en 1923). Tigre Juan y El curandero de su honra, las últimas novelas de Pérez de Ayala, aparecidas en 1926, constituyen un solo conjunto novelesco.
“El novelista -dice Ayala- no puede pintar, únicamente puede describir, enumerar”. De este modo, la novela, al crear un mundo irreal, nos enseña a ver la realidad. Lo fantástico se mezcla a lo real. El mundo de lo que no es se introduce en el mundo de lo que es. Tal es su misión artística. Pocos escritores han cumplido esa misión de una manera tan perfecta como Ramón Pérez de Ayala. Y como dijo el poeta: “Veremos en sus flores el rocío / y Asturias estará como una rosa / recién nacida. Yo diré: -Dios mío / que no nos haya nunca tanto bien. / Y al yo leerte, me dirás : Amén”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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PERDIDOS EN LA DEPRESION POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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PERDIDOS EN LA DEPRESIÓN
“¡Ay de la melancolía
que llorando se consuela
y de la melomanía
de un corazón de zarzuela.”
Antonio Machado.
T ODAS LAS DEPRESIONES SE CURAN
La depresión es una enfermedad humana y, como tal, ha estado y estará a lo largo de nuestra historia.. Nuestros antepasados la denominaron melancolía. Estudios realizados en los países más avanzados indican que al menos el 8 por ciento de la población la padece, sin incluir que las ideas depresivas y el sentirse deprimido –que no quiere decir que esté enfermo de depresión-.
La depresión se caracteriza por síntomas de tristeza y por una disminución del tono vital. Además, es frecuente la pérdida de apetito y, a veces, la disminución de peso, insomnio, agitación o retardo psicomotriz, pérdida de interés o placer en las actividades usuales y disminución en la actividad sexual, pérdida de energía, fatigas, sentimientos de indignidad, autorreproche, culpa, quejas sobre la disminución en la capacidad de pensar o concentración, lentitud de pensamiento, indecisión, pensamientos recurrentes de muerte, intentos de suicidio, etc.
Aunque quienes padecen la depresión piensan que ya nunca volverán a estar normales, hoy en día, prácticamente todas las depresiones se curan.
Es fácil comprender que todos estos síntomas ocasionan que la conducción de los vehículos de los pacientes con depresión pueda verse alterada. La dificultad para concentrarse, la fatiga, la lentitud psicomotora, etc., disminuyen las condiciones psicofísicas necesarias para una adecuada conducción. Por ello estas personas deben procurar no conducir o, si tienen que hacerlo, intentar poner la mayor atención posible. Es conveniente descansar cada cierto tiempo y moverse un poco. Las personas que viajan con ellos deben procurar mantener una conversación animada, con el fin de activarlos.
En la actualidad, los pacientes deprimidos son tratados con un grupo de fármacos llamados antidepresivos. Estos producen una elevación del tono vital y, al cabo de varias semanas de tratamiento con ellos, una mejora sensible en el paciente. Las personas deprimidas que toman antidepresivos deben recordar que estas sustancias tardan en elevar el tono vital varias semanas y que producen efectos adversos que pueden afectar a su capacidad de conducción, especialmente los primeros días que las toman. Al inicio del tratamiento aparece somnolencia, sedación, disminución de reflejos, visión borrosa, etc.
En resumen, aquellas personas que padecen depresión deben procurar no conducir, o hacerlo con la mayor precaución posible, sobre todo durante la primera semana de tratamiento. Y aunque a los deprimidos les cueste creerlo, esta situación es solo transitoria. Y como dijo el poeta: “Si te atormenta la melancolía / sin saber de dónde viene / no te apures por saber, / al irse, dónde se vuelve”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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EN EL 90º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE BLAS DE OTERO
(1916-1979)
“Digo
“del hombre y su justicia”,
“océano pacífico”,
lo que me dejan.
Pido
la paz y la palabra.”
Blas de Otero.
LA VOZ QUE PIDE LA PAZ Y LA PALABRA
Cuando se publica en 1950, Ángel fieramente humano, el nombre de Blas de Otero va a representar la encarnación de una orientación que puede ser encabezada con la devoción de Quevedo El quevedismo, que ya había tenido precursores en prosa y verso, alcanza en aquel momento su madurez. Blas de Otero venía de San Juan de la Cruz, en cuyo seguimiento había publicado en 1942, un Cántico espiritual y todo San Juan está presente en esta noche oscura que es Ángel fieramente humano.
La presencia o ausencia de Dios, inseparable de su central tema humano en estos primeros libros, como también en Redoble de conciencia (1951), se anuncia ya en ese homenaje a San Juan de la Cruz que forman los poemas de Cántico espiritual: en el soneto del mismo título nos sorprende “el golpe de Dios” y la petición, el llanto y el clamor a Dios, brotan en los endecasílabos del poema I, sin título: “Gimo y clamo hacia Ti como un pecado / girasol de tu gracia en esta niebla”. De esta “niebla “ unamunesca y machadiana surge el verso existencial de este primer Blas de Otero, el que crece, se ramifica, en los dos grandes libros siguientes y culmina y hace crisis en Ancia (1958), tras haber publicado ya, en 1955 –iniciando nuevos rumbos o centrando ya sólo en el hombre, en los hombres, el tema de su poesía- Pido la paz y la palabra.
La brevedad de las formas poéticas le permite a Otero realizar su ideal de poema condensado. El vocabulario resulta ser indicativo de la profunda situación de angustia en que se encuentra el poeta. Redoble de conciencia pone aún más de manifiesto las condiciones de desolación, límites y orfandad del ser humano, si bien algunos poemas ya llevan implícito el tema de la solidaridad humana que ya no abandonaría su obra poética.
Blas de Otero nace en Bilbao el 15 de marzo de 1916. Su infancia transcurre en Bilbao y Madrid. Estudia bachillerato en Madrid. Se licenció en Derecho y Filosofía y Letras, profesiones que abandonó. Trabajó de asesor de una fábrica de forja, fue minero una temporada y ejerció la enseñanza privada en su ciudad natal. Residió en París y La Habana. Viajó por la URSS y China, escribe allí los poemas que integrarán Que trata de España (1964). Recibió el premio Boscán de Poesía en 1950, el premio de la Crítica en 1959, y el premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1961. En Cuba recibió el premio Casa de las Américas, en 1964, allí se casó con Yolanda Pina, de la que se divorció en 1967. En La Habana escribe su único libro en prosa Historias fingidas y verdaderas. A su regreso a Madrid, reanuda su antigua amistad y amor con Sabina de la Cruz, relación que duró hasta la muerte del poeta. Comienza a escribir Hojas de Madrid y La Galerna, que quedarán inéditos. Blas de Otero muere en Majadahonda el 29 de junio de 1979.
Blas de Otero con los vientos existenciales percibirá también el mensaje literario de la poesía social. Y entonces el poeta vasco pide la paz y la palabra –su libro es Pido la paz y la palabra-.Después publica en Francia En castellano (1960), prohibido por la censura española, y en el que nos cuenta la verdadera situación por la que atraviesa España.
En Pido la paz y la palabra, con poesía fuerte y viva nos confiesa: “Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre / aquel que amó, vivió, murió por dentro / y un buen día bajó a la calle: entonces / comprendió: y rompió todos sus versos”. Y terminó dando todos sus versos por un hombre en paz.
Dámaso Alonso le calificó entre sus “desarraigados”, pero hay en Otero un extraordinario dominio de la palabra y un arraigo fundamental, aunque sea desesperado, en los temas esenciales del hombre.
De Blas de Otero nos han quedado unos estremecedores sonetos atravesados de furia, de ternura, de delicadeza. Su arraigo quevedesco lo sitúa entre los poetas que dejan huellas y un sabor a clásico. Por los frutos de su “arraigo” le reconoceremos gozosamente siempre. Y como nos dijo el propio Blas de Otero: “Si he perdido la vida, el tiempo, todo / lo que tiré como un anillo al agua / si he perdido la voz en la maleza / me queda la palabra”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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“Dulce es vivir aunque se goce en vano,
aunque se sufra en vano dulce es vivir.”
Ricardo Molina.
LA VOZ QUE CANTA Y ENCANTA
“Ricardo –escribe Dámaso Alonso- qué cantidad de armónica belleza no has dejado. Yo leo tus páginas preciosas y el corazón me palpita con desconocida intensidad”. La primera condición del canto es aceptar la vida, pregonar su excelencia. La poesía de Ricardo Molina es siempre una interpretación sensorial de su entrega a la vida. El poeta se siente expresado por la naturaleza, que es su naturaleza, la andaluza: el sol, el olivar, los largos horizontes hacia el mar... Su sabiduría se encuentra en el amor, en la identificación con el gozo mismo de vivir. Su ciencia es la vida la que se le negó pronto.
Ricardo Molina Tenor nace en Puente Genil (Córdoba) el 28 de diciembre de 1917. Poco después se traslada con su familia a Córdoba. Realizó sus primeros estudios en el Instituto Nacional de Enseñanza de Córdoba, en 1941 terminó su licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de Sevilla.
En Córdoba se entregó a la actividad docente, aunque no obtuvo una plaza de funcionario público hasta 1966, y colaboró en la prensa local con multitud de artículos literarios y folklóricos. En octubre de 1947 se enciende en Córdoba la antorcha de la poesía. Aparece el primer número de Cántico, revista que fundó con Pablo García Baena, Juan Bernier, Mario López, Julio Aumente, Vicente Núñez y otros escritores y artistas cordobeses. Más tarde, Ricardo Molina se preguntaría: “¿Es ésta aquella Córdoba de la “solera pálida” / en las viejas tabernas patriarcales / cuando con voz un poco tembloroso leía / Pablo García Baena la Egloga de Belisa”.
Molina cultivó tanto la poesía como la prosa, de la que merecen destacarse sus ensayos sobre el cante flamenco, y sus reflexiones sobre la función social de la poesía . Como traductor realizó importantes versiones de poetas latinos, italianos y franceses. En 1949 obtuvo el premio Adonais Ricardo Molina muere en Córdoba el 23 de enero de 1968, tenía sólo 50 años.
Ricardo Molina canta a la vida y no a la muerte y canta a la vida y no al sueño, la otra imagen de la muerte. Ni sueño ni ensueño, sino realidad vivida hasta los bordes. Al canto lo mueve fundamentalmente el amor. Y tratándose de amor, el gran libro de Ricardo Molina es Elegías de Sandua (1948). Libro de recuerdos amorosos, biografía de dos. “Pero la vida es siempre más larga que el amor”, nos confiesa el poeta pontanés.
El río de los Angeles , Regalo de amantes , Cancionero, Corimbo, Elegía de Medina Azahara, La casa, A la luz de cada día son títulos publicados antes de su muerte. Elegía de Medina Zahara es el libro donde hay más noche y más luna. Los poetas árabes como él, cantaban a la luna, y entre las ruinas de Medina Zahara él evoca la música, el amor, la “noche escanciando / vino de luna”.
Homenaje es un libro escrito entre 1956 y 1966 que reúne más de un centenar de poemas homenajes a poetas de cualquier época: Virgilio, Ovidio, Dante, Garcilaso, Góngora, Goethe, Whitman, Bécquer, Verlaine, Rilke, Unamuno, Nietzche Juan Ramón Jiménez, Antonio y Manuel Machado, Lorca, Neruda, Salinas, Brecht, Miguel Hernández, Alberti, Dámaso Alonso, Gabriela Mistral, Gerardo Diego, Guillén, Borges, Aleixandre, Rejano, José Luis Cano, Otero, Celaya, los compañeros de Cántico...
Ricardo Molina es un infatigable paseante, Juan Bernier lo ha pintado en prosa paseando en su tierra cordobesa mientras se hermanaba con la mejor cultura suya andaluza, árabe, occidental, universal. “Me acuerdo de tu manera de enseñarnos Córdoba”, escribía Dámaso Alonso. Y este poeta cordobés tan de la tierra y cruzador de sus caminos, jamás abandonó la poesía.
El vino es el gran símbolo dionisíaco en la poesía de Molina. Córdoba es tierra de buenos vinos, igual que de hermoso sol. En el vino hay un “ardiente ruiseñor”. El poeta es otro ruiseñor. Ricardo Molina es un importante eslabón en esa cadena de cantares cuya voz y cuyo destino brillan sobre cielo y tierra, cantando, encantando con el estremecimiento puro del ruiseñor. Y como dijo el poeta pontanés: “Muy corto es el camino que conduce / de todo a nada”.
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FRANCISCO LARGO CABALLERO POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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FRANCISCO LARGO CABALLERO
(1869- 1946)
“No queremos ni la perpetuación de las oligarquías históricas
ni dictaduras de la derecha ni de la izquierda, sino
una democracia integral: la democratización del poder
, de la riqueza y de la cultura. E internacionalmente,
no una paz armada, sino una paz jurídica”.
Francisco L. Caballero. XVI Conferencia de la OIT.
LA VOZ INCONFUNDIBLE DEL SOCIALISMO
Largo Caballero fue toda su vida un marxista apasionado, de cuya fuerte convicción intelectual ardía el fuego de la indignación ante la injusticia, y del deseo de emancipar a sus compañeros de clase de las humillaciones e infamias que había sufrido en su carne.
Se ha dicho que si Pablo Iglesias fue el socialismo fundacional, y Julián Besteiro, su inteligencia, y Fernando de los Ríos, su sensibilidad; Largo Caballero fue su acción.
Largo Caballero se enfrentó en actitud revolucionaria con el régimen burgués en cuatro crisis que él mismo llama “Revoluciones”: las de 1917, 1930, 1934 y 1936, y en las cuatro observó que otros compañeros dirigentes de las organizaciones socialistas adoptaban posiciones a retaguardia de las suyas. Era, pues, natural que considerase como la verdadera causa de la divergencia con algunos de sus compañeros la que le dictaba a él su propia experiencia de proletario. Largo Caballero en estas cuestiones se reveló marxista ejemplar. Era, en efecto, firme, dogmático, inflexible, en cuanto a su estrategia: llegar al socialismo por todos los medios; pero era adaptable, maleable y flexible en cuanto a la táctica.
Francisco Largo Caballero nace en la plaza Vieja de Chamberí, de Madrid, el 15 de octubre de 1869. Hijo de un obrero y de su mujer, que tuvo que hacerse cargo del cuidado del niño al eludir su marido sus deberes conyugales y paternos. La instrucción primaria del chico, sólo duró tres años, de sus cuatro a sus siete de edad, porque tuvo que ponerse a trabajar para coadyuvar a lo poco que su madre ganaba. Ingresa en la Unión General de Trabajadores de España en 1890 y con veinticinco años se afilia al Partido Socialista. Después de pocos años de trabajo como estuquista llegó a ser uno de los hombre de confianza de Pablo Iglesias, y su primer lugarteniente. Fue secretario general de la Unión General de Trabajadores de España desde 1918 a 1937. Su rápida ascensión en la escala del poder social por vía del poder obrero se explica por su formidable voluntad, su insobornable honradez y limpieza de propósito y su talento natural y eficiencia como organizador y cumplidor de su obligación. Este joven que tuvo que ir mendigando de niño jornales de miseria, llega a penas rebasados los veinte años a enfrentarse con cualquiera de sus compañeros de lucha en pro del pensamiento de Marx, y se revela tan capaz de apoyarse en los clásicos del socialismo como el más pintado de sus rivales.
En 1925, el editor Javier Morata inicia su colección “Vanguardia”, con publicaciones de izquierda, del sector socialista. En ese año publica la obra de Largo Caballero, Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores.
Con Besteiro, Saborit y Anguiano formó parte del comité socialista que declaró la huelga general revolucionaria en agosto de 1917. Condenados todos ellos por un tribunal militar a cadena perpetua fueron encarcelados en el penal de Cartagena, de donde saldrían al año siguiente para ocupar sendos escaños en las Cortes, amnistiados por el voto popular. Largo Caballero fue elegido diputado por Barcelona. Durante la dictadura de Primo de Rivera es nombrado consejero de Estado. Es encarcelado a raíz del fracaso del golpe de Jaca (1930). En 1932 es elegido presidente del PSOE. En el Gobierno provisional del bienio azañista (1932-33) ocupó la cartera de Trabajo y Previsión Social.
A comienzos de septiembre de 1936, encabezó el Gobierno de unidad de todas las fuerzas que integraban o apoyaban el Frente de Popular. En noviembre de ese año, Largo Caballero formó su segundo Gobierno que ya contó con la participación de cuatro ministros de la CNT. Largo Caballero durante la batalla de Madrid, trasladó la capital de la República a Valencia. Calificado en esta época, con obvia inexactitud, de “el Lenin español”, supo desempeñar su cargo sin doblegarse a las presiones estalinistas.
Exiliado en Francia desde 1939, vivía en París con su familia, atenido a la modesta ayuda de la Sindical Internacional Socialista. Detenido por la policía del Gobierno de Vichy, fue entregado, el 20 de febrero de 1943, a la Gestapo y trasladado, enfermo y septuagenario, al campo de concentración de Oranienburg, en las cercanías de Berlín. Largo Caballero vivió la vida abominable de preso corriente, a veces algo atenuada por su estado de salud; y cuando llegó la libertad, se le hizo marchar en filas, estando en tan mal estado de arteriosclerosis de una pierna, que cayó al suelo en la carretera, donde un soldado lo apaleó y pateó a su placer. Largo Caballero muere en París el 23 de marzo de 1946.
En 1946, ya en cama, Largo Caballero escribía: “Hace años, en un mitin celebrado en el Cine Pardiñas, en el que hablamos Saborit, Besteiro y yo y cuyos discursos se publicaron en un folleto, decía yo que si me preguntasen qué quería mi respuesta sería ésta: ¡República! ¡República! ¡República! Si hoy me hicieran la misma pregunta contestaría. ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!”.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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“Yo soy yo y mi circunstancia...”
José Ortega y Gasset.
LA VOZ DE LA RAZON VITAL
El krausismo, el regeneracionismo y la generación del 98 son sin duda los gérmenes de un clima de renovación filosófica que creo que puede emparentarse con el clima literario de lo que se ha llamado el “novecentismo”.
La figura máxima de dicha renovación y autor en no escasa medida de la misma, es José Ortega y Gasset, a dicho fin, utiliza todos los medios a su alcance: el periódico, la conferencia, el libro, la cátedra, el ensayo literario, etc. La tarea no le fue difícil desde el primer momento, pues su padre –Ortega y Munilla- fue un novelista conocido y director de El Imparcial , donde publicaría el futuro filósofo sus primeros escritos; su madre pertenecía a una conocida familia –los Gasset- de políticos muy influyentes durante la Restauración. El joven José tuvo una educación esmerada en España, completando posteriormente su formación filosófica en Alemania; a los veintisiete años –1910-, Ortega era ya catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid.
José Ortega y Gasset nació en Madrid el 9 de mayo de 1883. Se crió entre el ruido de las rotativas y la emoción del suceso del día. El solía decir: “He nacido sobre una rotativa”, Cursó los estudios de primera y segunda enseñanza en un colegio de jesuitas en Málaga, donde, desde muy niño, mostró una gran afición por las asignaturas de lenguas clásicas. Latín y Griego. Licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad Central, en 1904 se doctora con una tesis titulada Los terrores del año 1000 (Crítica de una leyenda).
Estudió en Alemania con el profesor Cohen la filosofía kantiana y el neokantismo, y fue el importador en España de esas doctrinas filosóficas, Pero Ortega es un hombre del Sur, y la doctrina filosófica, adquiere un nuevo vigor, una fuerza viva, actual. No es la suya una filosofía deshumanizada. La razón pura perderá en él su pureza para convertirse en razón vital.
Muy joven, comenzó a colaborar en el diario de su familia –el más importante entonces, de España-. Sus escritos llamaron en seguida la atención por la perfección de su prosa y la profundidad de su pensamiento.
Al crearse en el año 1909 la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio fue nombrado profesor de Filosofía. Al año siguiente hace oposiciones a la cátedra de Metafísica y debuta como catedrático en la Universidad Central de Madrid, cátedra que ejercerá hasta 1936. Fundador de varios diarios, publicaciones y editoriales, entre ellas Revista de Occidente, que representó una apertura de España a la cultura internacional. La guerra civil le hace abandonar España y permanece nueve años en el exilio desarrollando ciclos de conferencias en varios países. Cuando Ortega vuelve a España en 1945, apenas pudo actuar públicamente, porque nunca quiso hacerlo oficialmente. José Ortega y Gasset muere en Madrid el 18 de octubre de 1955, y poco antes de morir dijo aquellas palabras estremecedoras: “En España, ni para morirse le dejan a uno en paz”.
En su libro Personas, obras, cosas recoge los artículos que, en forma de ensayos, fueron publicados en su primera juventud. En 1914 escribe Meditaciones del Quijote. El tema central de este libro es España. “Estos ensayos –escribe Ortega- son para el autor –como la cátedra, el periódico o la política- modos diversos de ejercer una misma actividad, de dar salida a un mismo efecto... Se trata, pues, lector, de unos ensayos de amor intelectual. El lector descubrirá hasta en los últimos rincones los latidos de la preocupación patriótica”. Quizá lo más granado de esta actitud se halle recogido en los ocho tomos de El Espectador, cuya publicación iniciará Ortega en 1916 y terminará en 1934. Ortega, desde su mocedad, ejercitó una función de orientación política, basta recordar dos de sus libros: España invertebrada (1921) y La rebelión de las masas (1930).
En 1910 dio su primera gran conferencia en Bilbao, titulándola Pedagogía Social. En 1914 desarrolló en el teatro de la Comedia, de Madrid, su disertación Vieja y nueva política, señalando nuevos rumbos a la juventud de la nueva generación.
Siendo el Estado el eje de la sociedad y el gran impulsor de la historia, es natural que Ortega se preocupara de su origen y esencia. El origen deportivo del Estado se titula uno de sus ensayos más bellos, sin embargo, es más realista el ensayo Abenjaldun nos revela el secreto, donde Ortega resume las ideas que el gran sociólogo del siglo XV expone en sus Prolegómenos, sobre el origen del Estado de conquista o sociológico, como luego se ha llamado.
Su labor literaria y filosófica es la mayor y más importante de la España contemporánea. Hay que reconocerle el gran servicio pedagógico de haber puesto en circulación más ideas filosóficas que ningún otro español de su tiempo Ha escrito de todo lo divino y lo humano y es muy difícil, no ya resumir la vasta floresta de su obra, sino diferenciar los frutos más válidos. Citaremos al menos, algunos títulos: Ideas sobre la novela (1914), Vieja y nueva política (1914), El tema de nuestro tiempo (1923), La deshumanización del arte (1925), La redención de las provincias (1929), Misión de la Universidad (1930), Goethe desde dentro (1932), Rectificación de la República (1933), En torno a Galileo (1933), Ensimismamiento y alteración (1939), Ideas y creencias (1940), Sobre el amor (1940), Historia como sistema (1940), Apuntes sobre el pensamiento (1943) y Papeles sobre Velázquez y Goya (1950) . Después de su muerte se publicaron, entre otros textos. El hombre y la gente (1957). ¿Qué es filosofía? (1958), Idea del teatro (1958), La idea de principio en Leibniz (1958), Meditación de Europa (1960), Origen y epílogo de la filosofía (1960) y Pasado y porvenir para un hombre joven (1962).
La ecuación personal de Ortega puede ser ésta: un liberal de su época, un fuerte temperamento estético que hace filosofía, un brillante escritor que permanecerá en la literatura española, por su forma y por su emoción estética, por su poesía. Su obra seguirá siendo, esencialmente, una obra de arte.
“En la España de los vencedores –escribe su famoso discípulo Julián Marías-, Ortega fue eliminado, sistemáticamente atacado, y se trató de borrar hasta su última huella, especialmente en la Universidad. Muchos emigrados –aunque fuesen de 1936 y no de 1939, aunque no hubiesen participado en la defensa de la República- simularon creer que Ortega no la había defendido, aunque la verdad estricta es que la defendió contra todos (contra los que la atacaron y contra los que usurparon su nombre y destruyeron su espíritu)”.
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“Canto y cuento es la poesía.
Se canta una viva historia,
contando su melodía.”
Antonio Machado. .
LA HISTORIA ES LA MANERA DE CONTAR EL TIEMPO
“El tiempo no pasa, el tiempo empieza”, dice el poeta. Y así se escribe la historia de la poesía, siempre desde el principio. La poesía se cuenta como una cuento que siempre acaba de empezar. Cuento y canto de nunca acabar es la poesía.
La historia es la manera de contar el tiempo. El origen de toda manera de contar es poesía. “La poesía y la historia todo puede ser uno”, afirma nuestro Lope. Esto es, historia y poesía se unifican, cuando se encuentran en el canto que se cuenta y el cuento que se canta. El tiempo no pasa: ni queda; el tiempo siempre empieza.
La conversión de un momento histórico en un instante eterno es el milagro naturalmente sobrenatural de la poesía. No hay canto, ni cuento, sin encanto. Lo cual equivale a decir, que no hay poesía sin poesía. Pero ¿no habrá tampoco historia? Volvemos a Machado: “La poesía es un diálogo del hombre con su tiempo”.
El milagro de la poesía es el convertir un momento histórico en un instante eterno, precisamente porque la historia no es el tiempo, sino una manera de contarlo, sin dejar de contarlo: o de oírlo cantar. “Se canta una viva historia / contando su melodía”. Al decir esto, Machado intercala la vivacidad de la historia entre el canto y el cuento. La poesía es canto y cuento de vida y de verdad.
“El tiempo también pinta”, dijo Goya: el tiempo también canta y no sólo cuenta.
El arte poético existe, cuando insiste en la conversión del momento histórico en instante eterno, cuando consiste en esa conversión; porque existe una coincidencia temporal.
La historia, dicen los escépticos historiadores de todos los tiempos, no puede ser ciencia. Pero la ciencia para serlo de veras, nos dicen los sabios científicos de hoy, tiene que ser historia. ¿Y la poesía? La poesía ¿hace la historia?, y, por consiguiente, ¿hace también la ciencia? Por lo menos digamos, prudentemente, que las hace posibles.
Las Coplas de Jorge Manrique, han verificado el milagro de convertir ante nuestros ojos, para nuestros oídos, un momento histórico en un instante eterno. Manrique ha descubierto la circulación temporal de la música en el pensamiento. Por eso, entre sus poetas predilectos, Antonio Machado, le levantó un altar: “entre los poetas míos / tiene Manrique un altar”.
Le preguntaron en cierta ocasión al más extraordinario torero que ha habido nunca en todo el toreo, a Rafael el Gallo: “¿Qué es lo más extraordinario que le ha pasado en toda su vida”. Y el Gallo contestó: “Lo más extraordinario que a mi me ha pasado en toda mi vida es haber nacíó?
Cuando se descubre un mundo de antigua poesía se encuentra esa estupenda novedad de la poesía, se descubre la totalidad de la poesía misma, porque la poesía es siempre nueva porque siempre es posible. Del mismo modo que el mundo nuevo que descubría Colón hace poco más de quinientos años no tenía de nuevo, sino solo su descubrimiento y de viejo, lo que tenía de mundo, pues lo que Colón descubría era la totalidad, nueva o vieja, de un mismo mundo.
La forma es la que hace la norma, y no al revés: como es el agua pasajera del río la que labra el cauce firme que le hace serlo, o la encarnación viva de nuestra sangre la que nos hace el esqueleto y no al revés. Calderón dirá que es el sueño el que hace la vida y no la vida el sueño. Lo que repetirá Unamuno, hablándonos de una intrahistoria que, como si fuese el cauce firme de la historia, nos diese, o diese de ese modo al “alma dormida”, de que nos habló Manrique, la posibilidad de soñar, y soñar de veras, de verdad viva. Y es que, como dijo el poeta: “Memoria es alma en historia”.
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WENCESLAO FERNANDEZ FLOREZ POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
by
WENCESLAO FERNÁNDEZ FLOREZ
(1885-1964)
“El humor es, sencillamente,
una posición frente a la vida”.
Wenceslao Fernández Flórez.
LA VOZ DE UN EXCELENTE HUMORISTA
La labor periodística de Fernández Flórez se llevó en él la parte del león, y su facilidad para pergeñar el artículo diario se filtró en sus novelas en grado suficiente como para disminuir su dimensión literaria. De raigambre realista dominada por el humorismo, con resabios de diversas escuelas, pero sin casarse con ninguna, pertenece a esos tipos aislados de escritor que resisten con independencia los intentos de la crítica por definirlos. Pese a lo que esto supone en el olvidadizo y poco sistematizado mundo de las valoraciones críticas, Fernández Flórez tiene que ser considerado como una importante figura de nuestra narrativa, en la cual le corresponde un plano muy superior al de otros provisionalmente más encumbrados.
Fernández Flórez fue un escritor y ciudadano compactamente conservador, tributó a Antonio Maura un fidelidad ejemplar y aceptó las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco. Pero tales actitudes no se dieron sin matices ni reservas. En 1932, el comentarista político que era Fernández Flórez aseguraba hallarse ante la mejor Constitución que el país había tenido y no regateaba elogios a las reformas cívicas de Manuel Azaña.
Wenceslao Fernández Flórez nace en La Coruña el 12 de febrero de 1885 y muere en Madrid el 29 de abril de 1964. Hijo de un médico con aficiones literarias, quedó huérfano de padre muy tempranamente, y desde muy pronto hubo de ganarse la vida en actividades periodísticas. Ingresó en la Real Academia Española el 1945. Su fama se ha cimentado en la novela y en la crónica periodística. Logra el premio Mariano de Cavia en 1922.
El humorismo de Fernández Flórez está entreverado de ironía, a veces de sarcasmo, mitigado por un aliento lírico que dulcifica su pesimismo, en ocasiones lindante con el nihilismo. El atractivo que Fernández Flórez sintió por los personajes de humilde condición, víctimas resignadas del fracaso y de su propia bondad, suele ir más lejos del ejercicio de un “ternurismo” trivial. El tema de la relación amorosa tiene también un significativo tratamiento, donde no siempre es muy evidente el deseo de despojarlo de la rigidez, la doblez y el hispánico sentido del pecado.
En 1910 publica La tristeza de la paz y cuatro años más tarde La procesión de los días. Posteriormente publicó Volvoreta (1917) y Ha entrado un ladrón (1920), obra predilecta del autor, que supusieron el final de su etapa neonaturalista, a la que pertenece también su novela Los que nos fuimos a la guerra, frágil en sus aspecto literario, aunque divertida en lo anecdótico.
Volvoreta apareció en marzo de 1917. Al poco de su aparición, obtuvo el premio del Círculo de Bellas Artes madrileño y alcanzó una considerable popularidad que testimonia en forma indirecta, el que el famoso “coplero” Luis de Tapia escogiera su título -Volvoreta en gallego quiere decir mariposa y es el apodo que la protagonista- como emblema de aquel año político que se convirtió en una de las fechas claves de nuestro siglo XX.
En una segunda etapa, Fernández Flórez acomete un proceso de desrealización al situar sus acciones narrativas en lugares imaginarios. Crítica de los prejuicios de carácter sexual, del chauvinismo, del jactancioso y falso heroísmo... Actitud ésta que, al carecer de un verdadero espíritu reformador, desemboca en el escepticismo. De esta etapa destacan: El secreto de Barba Azul (1923), Las siete columnas (1926), Relato inmoral (1928), El malvado Carabel (1930) y El bosque animado (1944).
No debe silenciarse, por agrupar en su seno algunas de las más logradas creaciones del autor, su producción de novelas cortas, en la que se incluyen pequeñas obras maestras del género, como La familia Gomar (1915), Unos pasos de mujer (1924), Huella de luz (1924), La casa de la lluvia (1925), El ladrón de glándulas (1929) y Fantasmas (1930).
Aunque no insistió en su actividad poética inicial, se advierte un trasfondo de lírico galaico en su producción, que le salva de quedarse en protesta o desprecio y descreimiento en la bondad humana. El escritor gallego reconocía con cínico desencanto que cualquier tipo de ética reposa su quicio en el egoísmo humano elevado a norma.
Fernández Flórez fue amigo personal de Castelao y aceptó figurar en el primer consejo de dirección de la revista Nós, la más importante publicación gallega. Y como dijo la poetisa gallega Rosalía de Castro: “Unos con la calumnia le mancharon, / otros falsos amores le han mentido / y aunque dudo si algunos le han querido / de cierto sé que todos le olvidaron”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“Muerta Filis, el orbe nada espera
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.”
José Cadalso.
LA VOZ DE UN GADITANO ILUSTRADO
“Es Cadalso –escribía Azorìn- uno de los más simpáticos ingenios del siglo XVIII, resúmese en su obra –acaso mejor que en otra alguna- todo el espíritu de aquélla época”.
José Cadalso y Vázquez nace en Cádiz el 8 de octubre de 1741. Huérfano muy pronto de madre. La niñez de Cadalso transcurre bajo la tutela y la dirección de la familia materna, en especial de su abuelo y de su tío José Vázquez, sacerdote jesuita y hombre de letras.
En torno a 1750, su padre regresa de una prolongada estancia en América. Comienza entonces, en compañía del hijo, una serie de viajes de negocios por Europa. Cadalso estudia en el colegio parisino de Louis-Le-Grand, regentado por la Compañía de Jesús.
A su vuelta del extranjero, Cadalso completa su formación, en el Real Seminario de Nobles de Madrid. En 1760, Cadalso inicia un segundo viaje por Europa planeado al parecer con fines educativos, pues realizó estudios de Derecho y Política. Adquirió una sólida formación cultural y un conocimiento directo y vivo del espíritu de la Ilustración. Gran lector de los clásicos, conocía el latín, el francés, el inglés y el italiano. En 1762 ingresa como cadete en el regimiento de Caballería de Borbón y es nombrado capitán en 1764. Hasta 1776 no obtuvo el grado de Comandante y solo en 1782, un mes antes de su muerte, obtiene al fin el ascenso a coronel. Algunas damas de la aristocracia le obsequiaron con un trato de favor. Asistía asiduamente a las tertulias que la condesa-duquesa de Benavente mantenía en su palacio.
Con gran escándalo de la nobleza circuló por Madrid un libelo titulado Calendario manual y Guía de forasteros en Chipre, donde se hacía una descripción de las costumbres amorosas típicas de la sociedad dieciochesca. El público, confiesa el propio Cadalso, “me hizo el honor de atribuírmelo diciendo que era muy chistoso”. Como consecuencia de ello, tuvo que salir desterrado de Madrid a Zaragoza, “empeñado, pobre y enfermizo”, al finalizar el mes de octubre de 1768.
Pasado los seis meses de destierro, regresa Cadalso a Madrid. Donde conoce a una de las más notables actrices de la época, María Ignacia Ibáñez, la “Filis” de sus poesías. Ella había estado en la corte desde 1768, cuando la trajeron a Cádiz para ser sobresalienta en la compañía de María Hidalgo. Sus amores con la actriz han dado lugar a toda una leyenda de marcado sabor romántico. Lo indiscutiblemente cierto es la sinceridad de ese amor y su breve duración, por la muerte inesperada de María Ignacia, de tifus, a los veinticinco años, en abril de 1771, como son incuestionables las críticas de la sociedad cortesana, escandalizada porque él era un militar y por añadidura de la Orden de Santiago, mientras que ella era una “famosa cómica”, como dice el propio Cadalso, “la mujer de mayor talento que yo he conocido y que tuvo la extravagancia de enamorarse de mí cuando yo me hallaba desnudo, pobre y desgraciado”. Fue un amor de unos meses tan sólo, que hizo al poeta recuperar su fe en valores humanos de los que habitualmente dudaba. No puede extrañar la grave enfermedad que le aquejó y la soledad en que se sintió vivir; no es necesario hacer literatura para interpretar su dolor y desesperación. Se comprende que ello le haya llevado al desahogo literario de Noches lúgubres.
Es evidente que la leyenda de un Cadalso desenterrador del cadáver de su amada y el destierro consiguiente ha nacido de la obra en sí, o sea, de la literatura. Pero es incuestionable que a su vez esa literatura ha arrancado del dolor personal derivado de una situación real y vivida: el amor por María Ignacia, la fidelidad que ella demostró hacia el arruinado militar, la perturbación de éste y su grave enfermedad como consecuencia de su prematura muerte.
Entre 1770 y 1774, Cadalso publica, entre otras obras, Solaya o los circasianos, drama en el que la censura exigió grandes modificaciones, el drama Don Sancho García, estrenado sin éxito por la propia María Ignacia, Noches lúgubres y Los eruditos a la violeta, cuya primera edición se agotó en pocos días. Ante el éxito conseguido, el autor publicó en el mismo año, 1772, El buen militar a la violeta, que vería la luz póstumamente.
Marcha a Salamanca donde conoce a Meléndez Valdés y otros escritores. En 1773 publica Ocio de mi juventud, libro poético que muestra una afinidad con Garcilaso, y un concepto de la poesía que el escritor gaditano contagia a sus amigos salmantinos. Entre todos ellos se da un sentido roussoniano de la amistad “la pasión más noble del hombre”.
Tras una corta estancia en Madrid (1774), Cadalso debe seguir a su regimiento, por tierras extremeñas y andaluzas. Destinado por propia voluntad a la Marina, en 1779, es destinado al frente de Gibraltar, donde muere el 27 de febrero de 1782.
La obra cumbre de Cadalso es una colección de 90 cartas, Cartas marruecas, que fueron publicadas en 1789, siete años después de su muerte. “Los políticos –escribía Cadalso- son unos hombres que no sueñan noche y día sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan”. Y añade: “Con el mimo tono dicen la verdad y la mentira. Sólo una cosa les falta. ¿Cuál es la cosa que les falta? No les falta más que entendimiento”. Es sorprendente la extraordinaria modernidad de la crítica social del ilustre escritor gaditano.
A pesar de su cultura, de su exquisita sensibilidad y de su extraordinario sentido crítico y de la lucidez con que supo ver los problemas de España, Cadalso vio frustradas muchas de sus esperanzas, entre ellas las del amor. Al final de su vida la nota dominante de su personalidad no es tanto el estoicismo como el escepticismo que nos recuerda a Larra. Cadalso siempre se mantuvo fiel a su lema: “Pero jamás con versos inhumanos / héroes he de llamar a los tiranos”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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FORO LIBRE
ASOCIACION CULTURAL, ARTISTICA Y LITERARIA
Francisco Arias Solís - Presidente ~ Plaza San Severiano, 2 ~ 11007 - CADIZ
e-mail: aarias@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
“Pues a este regionalismo le tengo yo por saludable,
elevado y patriótico; y no comprendo cómo se le puede
conceptuar de otra manera menos honrosa...”
José María de Pereda.
HOMENAJE DE FORO LIBRE A JOSE MARIA DE PEREDA
El próximo lunes, día 22, a las 20.30 horas, en la cafetería-restaurante El Cantábrico (Avda. Cayetano del Toro, 21), la Asociación Cultural, Artística y Literaria FORO LIBRE celebrará un encuentro literario sobre la vida y la obra del novelista montañés José María de Pereda (1833-1906), con motivo del centenario de su muerte.
José María de Pereda es el novelista de la generación del 68, que puede servir de nexo explicativo entre el dualismo prerrealista de Fernán Caballero y el gran realismo de Pérez Galdós. Pereda comienza su carrera militando en las filas del costumbrismo de mediado de siglos y como un costumbrista más, escribe escenas, tipos, bocetos. Pereda pinta su Montaña natal casi al modo naturalista : sin evitar ningún detalle, incluso los más desagradables, y, novedad grande en los años 64, a la pintura fiel de la realidad va unido un dramatismo antirromántico.
El regionalismo que Pereda defiende en todas sus novelas tiene en él una base lírica y sentimental más bien que política y filosófica, que le hace refugiarse en un tradicionalismo pasivo cuajado de bellos recuerdos.
El amor por la tradición y por la naturaleza, por el mar y la montaña se expresa con una pluma nítidamente lírica, transida por la emoción de un hombre que conocía los elementos del arte de escribir. “No fue Pereda –decía su íntimo amigo Menéndez Pelayo- un literato profesional, sino un hidalgo que escribía libros, donde se refleja su espíritu creyente y castizo, donde se aprende a vivir bien y a morir mejor”.
Entre los títulos más relevantes de su obra se cuentan: Escenas montañesas, Tipos y paisaje, Bocetos al temple, Tipos trashumantes, Esbozos y rasguños, El buey suelto, Don Gonzalo González de la Gonzalera, Del tal palo tal astilla, El sabor de la tierruca, Sotileza, La puchera, Nubes de estío, Al primer vuelo, Peñas arriba, Pachín González, Pedro Sánchez y La Montálvez.
Sotileza es, con Peñas arriba, una de las dos obras maestras de Pereda. Si Sotileza es el poema del mar, Peñas arriba es el poema de la montaña. A todas las novelas regionales de Pereda puede aplicarse lo que Galdós dijo hablando de Sotileza: “Es al mismo tiempo montañesa y universal, porque los seres retratados en ella son casi los mismos que en todos los países”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“Vino, venció. Fue vencido
en lo que quiso vencer.
Escribió, y en el tintero
dejó lo que quiso hacer
por hacer lo que quisieron
Y se fue.”
César González Ruano.
LA VOZ DEL PERIODISTA POETA
Baudeleriano apasionado –fue en su juventud biógrafo de Baudelaire-, amador de las flores del mal estético de cada día, siempre he creído con el poeta, y este es uno de los secretos mayores de su triunfo que la inspiración en caso de existir, le coja trabajando... Viajes, aventuras, casas en Capri, palacio en Cuenca, cafés...; pero la mayor sorpresa de los jóvenes que le admirábamos era verle trabajar en el café con la misma puntualidad de una oficina y sin levantar la cabeza. Escribir todos los días y todos los días muchas horas con destino a una publicación concreta, y tantas veces con el pie forzado de una fotografía recibida, de una crónica encargada, de una entrevista pedida, de una sección abierta, para los folios justos del hueco que le espera. Fue César González Ruano en esto el ejemplo mayor del escritor devorado por el periodismo. César aludió muchas veces a la transformación del oro en calderilla que significa esta manera de trabajar. Nos lo había advertido:”Esta profesión lleva en el tuétano la maldición del olvido”. Pero también le he oído decir de los aciertos, consistencia del estilo, obra que levanta este disciplinado y remero escribir por la honra y mantenencia de cada jornada. Los periódicos y los lectores salen ganando. El escritor, ¿quién sabe? Lope hacía comedias para demandas así, pues más de cientos en horas veinticuatro pasaron de la musa al teatro.
César González Ruano ha conseguido así que ese lujo de la colaboración literaria en los periódicos –ventana cultural, divagación estética, ensayismo- se haya convertido en funcional, periodística pura, pues todos los articulistas que han venido después de él tienen, si quieren permanecer -¡esto es lo bueno!-, mucho de su levedad, pues comentar una noticia se ha ennoblecido de belleza literaria.
César González Ruano nace en Madrid el 22 de febrero de 1903 y en su ciudad natal cursó la enseñanza elemental, así como en Santiago de Compostela la superior, que terminó en Zaragoza y Madrid, donde se licenció en Derecho en 1916, carrera que sólo ejerció un año para cultivar después, con absoluta dedicación el periodismo y la literatura en todos sus géneros. Su fama se debe fundamentalmente a los artículos cortos que escribía habitualmente en el desaparecido café Teide del paseo del Recoletos de Madrid. González Ruano murió en Madrid en 1965.
Ha pertenecido a las redacciones de La Epoca, Heraldo de Madrid e Informaciones, y como corresponsal de A B C, residió en Berlín y Roma. Estuvo varios años en Lisboa y París. En Lisboa como corresponsal de Heraldo de Madrid. Ha colaborado en las revistas españolas Estampa, Nuevo Mundo, Crónica, Mundo Gráfico y La Esfera., así como, en Social, de La Habana, entre otras. Ha obtenido el premio Mariano de Cavia de 1931 y el del Café Gijón , de novelas cortas, por la suya titulada Ni César ni nada. En 1960 le fue concedida una pensión March de Literatura.
González Ruano vino escritor sin desmayo a lo popular del periódico y en lo popular del periódico continuó hasta que le llegó la muerte. Y puso notas humanas y populares cuando su periodismo, sus crónicas de Berlín, Roma y París, le cargó de la responsabilidad de pulsar el acontecer del mundo en los centros neurálgicos heridos. Pero en lo popular se infiltró fácilmente las fantasías del arte, y, lo que ya es más difícil, el otro aristocratismo de su estilo lírico, lleno de vibraciones sutiles, de quintaesencias y primores, de refinamientos y de gracias.
César Gonzáles Ruano ha sido un corresponsal de periódicos en el extranjero o, en todo caso, un colaborador asiduo. El tono poético predomina en toda su obra, sea novela, reportaje, artículo o colección de ellos, aparte de sus poemas propiamente dicho.
Como escritor dramático escribió la comedia poética La luna en las manos (1934). Sus poemas que van desde el ultraísmo a formas más tradicionales, están recogidos en dos libros antológicos: Aún (1934) y Poesía (1944). Sus primeras novelas, entre las que destacan La inmolada (1926), Circe (1935), Manuel de Montparnase (1944) e Invitación al amor (1947), retratan personajes mundanos, a estas siguieron: Ni César ni nada (1951), Los oscuros dominios (1953), Cita con el pasado (1954) y el volumen A todo el mundo no le gusta el amarillo (1961), de trasfondo biográfico. Entre sus restantes obras citaremos sus libros de memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias (1951), La memoria veranea (1960) y Diario íntimo (1951-1965) (1970), publicado póstumamente.
Pero de toda su obra, nada tan sugeridor y perfecto como sus trabajos periodísticos, hechos con gracia, no exenta de lirismo, y en los que, entre una sutil ironía, se ajustan y relumbran los detalles como en una pieza de orfebrería. Y como dijo nuestro periodista –sin dejar de ser poeta-: “Y con las cuencas de mis ojos / querrá adivinar tal vez / lo que vi... cuando veía / y yo nunca miré”.
Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.
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“¡Al arma, al arma, al arma
contra los hombres guerra!
¡Viva de las mujeres
la libertad eterna!”
Ramón de la Cruz. La república de las mujeres.
LA VOZ DEL INSIGNE SAINETERO
“Don Ramón de la Cruz es el único escritor moderno que resume en sí –escribe el dramaturgo catalán Felíu y Codina-, y ofrece exclusivamente retratados en su personalidad literaria, los tiempos en que vivió”. Y añade más adelante: “El instinto y el genio artístico de Cruz supieron escrutar el fondo de la sociedad española, descubriendo allí los elementos vivos de la nacionalidad “. Don Ramón de la Cruz ensayó todos los géneros dramáticos, pero sus sainetes son, sin duda, el mejor ejemplo de su notable producción. El sainete se representaba entre acto y acto de las grandes tragedias y de otras obras mayores, y como fin de fiesta, nunca independientemente. Se comprende que los ilustrados, especialmente los Moratines, Clavijo e Iriarte, hicieran blanco a don Ramón de toda clase de ataques, pues era imposible mantener la tensión dramática de una obra si entre un acto y otro se representaba un sainete.
El 28 de marzo de 1731 nació don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla en Madrid. Don Ramón de la Cruz fue siempre don Ramón, desde su nacimiento en una casa modesta de la calle del Prado, en el mismísimo corazón del barrio de los cómicos.
Entre 1748 y 1759 don Ramón no hizo sino escribir versos, dramas y comedias en versos. Traduce algunas obras francesas. Más el soñado éxito no llegaba.
Paseando y paseando por Madrid, descubrió don Ramón los secretos de la Villa y Corte. Todas aquellas cosas sin trascendencia que don Ramón sorprendía el primero –en los bordes y esquinas de la Villa y Corte- le sugestionaban porque tenían chispa. Y los éxitos llegaron enseguida.
En 1759 ocupó don Ramón una plaza de oficial tercero de la Contaduría de Penas y de la Cámara y Gastos de Justicia. Poco después contrajo matrimonio con doña Margarita Beatriz de Magna, salmantina burguesa. En 1770 ya era famoso sainetero y gran amigo de la duquesa de Alba. En 1775 se había convertido en el autor teatral de moda.
En 1781 la condesa-duquesa de Benavente, le nombró algo así como el poeta administrador y se le llevó a vivir a su palacio. En la primavera de 1791 pilló don Ramón una pulmonía. Después hubo de superar varias pulmonías. Pero una de ellas, terminó ocasionándole la muerte el 5 de marzo de 1794 en Madrid. Don Ramón fue sepultado en el iglesia de San Sebastián en la que fuera bautizado sesenta y tres años antes.
Quinientas cuarenta y dos obras dejó escritas don Ramón. Por su famosa fecundidad fue llamado “el Lope de Vega del siglo XVIII”. Tradujo y arregló un gran número de tragedias entre otras el Bayaceto de Racine, Aecio y Talestris, de Metastasio, La escocesa de Voltaire y Hamlet, pero éste no del original inglés, sino a través de la traducción francesa de Ducis. También transformó en zarzuelas algunas óperas italianas. En 1768 lleva a las tablas una zarzuela enteramente española Briseida, y animado por su éxito, Las segadoras de Vallecas, La mesonerilla, Las labradoras de Murcia y Las Foncarraleras. En el prólogo de una de estas zarzuelas, titulada Quien complace a la deidad acierta a sacrificar, publicada en Madrid en 1787, critica los sainetes y las tonadillas, haciendo profesión de fe neoclásica, pero ésta no debía de ser muy firme puesto que es su trabajo en estas producciones a las que deba su fama. Sus mejores sainetes reflejan las costumbres y los hábitos y lo decires del pueblo madrileño. Entre ellos citaremos los siguientes: Las castañeras picadas, Las tertulias de Madrid, El fandango del candil, El café de las máscaras, La pradera de San Isidro, El Rastro por la mañana, La avaricia castigada, El caballero don Chisme, El sordo y el confiado, Los baños inútiles, La presumida burlada, La embarazada ridícula, El burlador burlado, La maja majada, El muñuelo, El majo de repente, La Petra y la Juana, El mal de la niña, El hospital de la moda, La tertulia discreta, La petimetra en el tocador, La devoción engañosa, Las bellas vecinas, La visita de duelo, La república de las mujeres, La casa de Tócame Roque, La Plaza Mayor, El petimetre, La Comedia de Maravillas, Manolo...
Don Ramón de la Cruz llegó a ser el autor teatral español más nacional y castizo. “Yo escribo y la verdad me dicta”, exclamaba lleno de sabia ponderación,. Su alegría, su regocijo picaresco, su humor exuberante, sus chistes equívocos y sus burlas ingeniosas prestaban extraordinario encanto a los detalles más insignificantes.
El lenguaje de este escritor es fácil, natural y animado; su invención fecunda. “Don Ramón de la Cruz –escribió Menéndez Pelayo- es el único que se atrevió a dar en cuadros breves, pero de singulares poder y eficacia realista, un trasunto fiel y poético de los únicos elementos nacionales que quedaban en aquella edad confusa y abigarrada”.
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LOS ACCIDNTES INFANTILES POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
by
LOS ACCIDENTES INFANTILES
“Toda precaución es poca,
por la calle que tú vas
otra calle desemboca,
el peligro está en la esquina,
un niño puede surgir
donde nadie se imagina.”
Gloria Fuertes.
LAS ACCIONES PREVENTIVAS EVITAN EN LOS NIÑOS
RIESGOS INNECESARIOS
Nadie duda de que formar hábitos de conducta en la infancia es más operativo que reconducir modos de vida cuando se es adulto, no obstante, suele ser difícil que se ejerzan acciones que tengan presente lo que todos hallamos como una evidencia.
En los últimos años, el desarrollo de medidas preventivas para evitar accidentes infantiles se ha hecho patente, pues el incremento de la morbi-mortalidad en países desarrollados y en vías de desarrollo es alarmante. Es necesaria, por tanto, una actuación coordinada y específica de los estamentos responsables del bienestar de la salud integral de nuestros niños.
Los accidentes con mayor mortalidad son los producidos por el tráfico, las caídas y los asfixias por inmersión. Con menor incidencia, se producen accidentes debidos a las quemaduras, a la electricidad y a las intoxicaciones, y el resto de los accidentes infantiles son producto de la manipulación de armas de fuego y de la aspiración de cuerpos extraños. El número de accidentes, en general, es significativamente más elevado en los niños que en las niñas.
En los niños de 9 y 10 años, la mayor parte de los accidentes se producen en la calle, siendo los accidentes de tráfico los de mayor mortalidad. Las víctimas suelen ser niños que circulan en bicicleta o van de copilotos en ciclomotores. En los últimos años, las caídas se están incrementando por el uso de los patinetes y monopatines en los juegos infantiles, las caídas que se producen a distinto nivel tienen una gran índice de hospitalización.
Las intoxicaciones en la infancia también tienen su incidencia, especialmente en niños de 1 a 4 años. Las más frecuentes son las producidas por ingestión de medicamentos, productos domésticos tóxicos, plaguicidas y vegetales o frutos silvestres.
Las quemaduras son accidentes que pueden ser muy graves; su incidencia es mayor en niños menores de cuatro años y son causadas principalmente por el fuego; los líquidos hirviendo (agua, leche, aceite, etc.); la electricidad y los agentes cáusticos usados para la limpieza doméstica.
La prevención de los accidentes eléctricos va encaminada a disponer de unas instalaciones eléctricas adecuadas y a cumplir una normas mínimas de seguridad, tanto en zonas urbanas como interurbanas.
Otro tema de interés es el del estrés, que en la infancia está determinado por un conflicto de valores personales relacionado con los padres del niño y con su medio ambiente.
Por lo tanto, es preciso que en la infancia existan programas de capacitación y, si la situación lo requiere, es necesaria una modificación de la conducta del niño o grupo social. Las situaciones preventivas obligan al niño a tener sobre sí mismo una autoestima, lo cual se correlaciona con un estado madurativo, haciéndole más responsable hacia la vida adulta.
Por último, es muy importante tener claro que la puesta en práctica de las acciones preventivas evita a los niños riesgos innecesarios y peligros potenciales. Y como dijo la poetisa Gloria Fuertes: “Espero no hagáis el oso / imitando a los mayores./ ¡Demostrad que sois mejores!”.
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EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE JOSE MARIA DE PEREDA
(1883-1906)
“Pues a este regionalismo le tengo yo por saludable,
elevado y patriótico; y no comprendo cómo se le puede
conceptuar de otra manera menos honrosa sin desconocer
y confundir lastimosamente los organismos fundamentales de los Estados”.
José María de Pereda.
LA VOZ DE UN LIRICO DE LA NATURALEZA
José María de Pereda es el novelista de la generación del 68, que puede servir de nexo explicativo entre el dualismo prerrealista de Fernán Caballero y el gran realismo de Pérez Galdós. Pereda comienza su carrera militando en las filas del costumbrismo de mediado de siglos y como un costumbrista más, escribe escenas, tipos, bocetos. Pereda pinta su Montaña natal casi al modo naturalista : sin evitar ningún detalle, incluso los más desagradables, y, novedad grande en los años 64, a la pintura fiel de la realidad va unido un dramatismo antirromántico.
El regionalismo que Pereda defiende en todas sus novelas tiene en él una base lírica y sentimental más bien que política y filosófica, que le hace refugiarse en un tradicionalismo pasivo cuajado de bellos recuerdos, pero incapaz de realizar una obra amplia y creadora. Sería, sin embargo, injusto no reconocer la gran deuda que con Pereda tiene la novela española contemporánea. El la alejó del dulzón sermoneo, de las embrolladas extravagancias y del convencionalismo de la escuela de los novelistas románticos; la tonificó con el vigor de su lengua y con el firme dibujo de rudas pasiones y primitivos caracteres; por último, la llevó a un rango más elevado, ensimismándose (como de él dijo Galdós) para encarnar en sí la España soñadora de lo pasado.
José María de Pereda y Sánchez Porrúa nace en Polanco , pueblo cántabro, el 6 de febrero de 1833, el mismo año en que nació Pedro Antonio de Alarcón. Tres novelistas forman con Pereda, el grupo de novelistas de la generación de 1868: Alarcón, Valera y Galdós.
Pereda fue el hijo número 21 de una familia rural, aunque acomodada, que le educó en el catolicismo estricto y en una rígida separación de clases, ideas que perduraran a lo largo de toda su obra. Cursó el bachillerato en el Instituto de Santander y en 1852 marchó a Madrid con intención de ingresar en la escuela de artillería, pero desistió para dedicarse a la literatura. De regreso a su tierra colaboró en La Abeja Montañesa y fundó El Tío Cayetano. Pereda apenas salió en toda su vida de Santander, salvo contadas excursiones a Madrid, Barcelona, Andalucía y Portugal. En 1896 ingresó como miembro de número en la Real Academia Española, versando su discurso sobre la novela regional.
Católico convencido, antiliberal, carlista, se autolimitará, cerrará su mundo a cualquier idea que pueda oler a liberalismo, a progreso; en esa cerrazón sólo abre las ventanas de su casona para contemplar y describir un mundo provinciano, hecho de tipos populares bien observados, de pintoresquismo, de menudas pasiones; lo cual no quiere decir que suprima la aspereza de la realidad: el mundo de sus montañeses es brusco, hecho de vigorosos arrebatos que, pese a la pauta, muy simple, llegan hasta el final.
El amor por la tradición y por la naturaleza, por el mar y la montaña se expresa con una pluma nítidamente lírica, transida por la emoción de un hombre que conocía los elementos del arte de escribir. Así es Pereda: un escritor enamorado de su región natal, perspicaz para el detalle, que delinea luego perfectamente a base de palabras; un lírico de la naturaleza, a la que consigue arrancar colores y tonalidades que alcanzan de lleno la emoción del lector.
“No fue Pereda –decía su íntimo amigo Menéndez Pelayo- un literato profesional, sino un hidalgo que escribía libros, donde se refleja su espíritu creyente y castizo, donde se aprende a vivir bien y a morir mejor”.
Limitóse al principio Pereda a escribir cuadros costumbristas en que pintaba la vida de Cantabria. Las Escenas montañesas, primer libro publicado por Pereda en 1864, le atrajo la atención y felicitaciones de la crítica. En 1863 intervino en política defendiendo en la prensa sus ideas religiosas y tradicionalistas y sus opiniones antiparlamentarias. Fue elegido diputado carlista.
En 1871 publicó su segundo libro Tipos y paisajes. Siguieron Bocetos al temple (1876), Tipos trashumantes (1877) y Esbozos y rasguños (1881), colecciones también de cortes campesinas en que afirma sus dotes de observador, su sentido satírico y su talento para pintar la naturaleza que le rodea.. Con El buey suelto (1878), Pereda sale de la narración corta para entrar algo más en el terreno de la novela, género que al fin abordó francamente con su primera obra larga publicada en 1879: Don Gonzalo González de la Gonzalera, donde proclama la necesidad de una doctrina política intransigente. En la heroína de la novela Del tal palo tal astilla (1880) la fe es más poderosa que el amor, dando así respuesta, a la novela Gloria de Galdós, en la que el amor triunfa de la intransigencia religiosa. Con El sabor de la tierruca (1882) vuelve Pereda a explotar su tema regional, tema que vuelve a inspirar, y con éxito siempre creciente, sus novelas Sotileza (1885), La puchera (1889), Nubes de estío (1891), Al primer vuelo (1891), Peñas arriba (1895) y Pachín González (1896).
Pero dentro de este período Pereda se desvía dos veces del tema regional y publica las novelas Pedro Sánchez (1883) y La Montálvez (1888). La primera escrita en forma autobiográfica, cuenta su viaje a Madrid y aventuras periodísticas y políticas en la corte. El mismo Pereda dice que al escribir La Montálvez quiso probar su capacidad para tratar de temas no regionales, saliéndose así del limitado huerto donde le había recluido la Pardo Bazán. Con esta novela quiso Pereda construir una obra más moderna pero no logró realizar esta aspiración. Esta obra resulta ser un sermón emocionado de alta y sincera moral. En 1904, Pereda viaja a Andalucía , a visitar a su hija. En Jerez sufre un ataque de apoplejía que le deja paralizado el lado izquierdo. José María de Pereda muere en Santander el 1 de marzo de 1906.
“Creo, con la opinión más común –decía Clarín-, que el señor Pereda sabrá siempre describir mejor que narrar; verá cuadros mejor que inventará planes; pero no por esto dejará de ser novelista”.
Sotileza es, con Peñas arriba, una de las dos obras maestras de Pereda. Si Sotileza es el poema del mar, Peñas arriba es el poema de la montaña. A todas las novelas regionales de Pereda puede aplicarse lo que Galdós dijo hablando de Sotileza: “Es al mismo tiempo montañesa y universal, porque los seres retratados en ella son casi los mismos que en todos los países”.
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“Mi única amante ya siempre
y yo a tu lado, sin ti.
Yo solo con la verdad.”
Pedro Salinas. .
LA VOZ DE LA VERDAD POETICA
Solo con la verdad, el poeta, o su poesía, como Orfeo con “la respuesta inflexible”, de su infierno. Poesía de verdad, es la poesía de Salinas. Y volviendo sobre su lectura, habría que añadir: verdad de poesía. Aquella verdad de la que leemos en un texto poético de Shakespeare: “que se parece a un cuento”. “Canto y cuento es la poesía”, decía nuestro poeta Antonio Machado. La poesía es canto y cuento de vida y de verdad.
La voz poética de Pedro Salinas, es una voz desnuda, novelada –ni de ilusión ni de deseo-, que nos dice claramente, sencillamente, en verdad, una poesía de verdad. Una poesía que nos enseña, una vez más, ahora, como siempre, que la poesía es verdad, que no es un estético artificio ilusorio; porque no es sombra, ni fantasma, sino verdad, la más insospechada, la más pura. Por eso, la poesía de Salinas, tiene razón de ser, es verdadera: porque tiene razón de ser humana, o sea, razón de ser moral. Es ésta la tradición más firme de la poesía, la de la poesía amorosa, lo que tuvo su expresión en Dante y en Petrarca como en Gracilazo y Lope de Vega, o como en los grandes románticos: los Goethe, Heine, Vigny, Baudelaire, Bécquer.... Poesía de verdad. Esa voz humana, desnuda, verdadera, de la poesía eterna es la que nos habla en los libros de Salinas.
“Este madrileño, de poesía y dibujo y nada color –decía Vicente Aleixandre- me traía a mí asociaciones sevillanas, cuando le veía”.
Pedro Salinas, nace en Madrid el 27 de noviembre de 1891. Cursó Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Central. Fue lector de español en la Sorbona entre 1914 y 1917. En 1915 contrajo matrimonio con Margarita Bonmartí, alicantina instalada en Argel. En 1918 ganó la cátedra de la Universidad de Sevilla. Allí tuvo por alumno a Luis Cernuda. El curso 1922-1923 lo pasó en Cambridge, también como lector. Desde 1926 vivió en Madrid, colaborando en el Centro de Estudios Históricos. En 1933 fundó la Universidad Internacional de Santander, cuyos cursos organizó hasta 1936, año en el que aceptó un puesto en Wellesley College (Vermont), de donde pasó, en 1939 a la University John Hopkins, en Baltimore. Los cursos 1942-1945 profesó en la de Río Piedras (Puerto Rico) y, durante los veranos, en el Middlebury College (Vermont). Su vida, pues, transcurrió en centros universitarios rodeado de jóvenes estudiantes de la literatura española: “No quiero callar la generosidad de este autor –decía Luis Cernuda-. Entre nosotros pocos escritores jóvenes habrá que no deban a esa generosidad, tan poco frecuente en el ámbito literario, algún favor importante o decisivo para un espíritu joven que busca su camino”. Pedro Salinas muere en Boston el 4 de diciembre de 1951.
Además de uno de los grandes poetas de la generación del 27, artista refinado del pensamiento y de la palabra, Pedro Salinas fue también un crítico de fina sensibilidad y un ensayista de notable lucidez.
Su gran amigo Jorge Guillén distingue en su trayectoria tres etapas. La primera comprendería los poemarios Presagios (1923), Seguro azar (1929) y Fábula y Signo (1931); en ellos está la huella de Juan Ramón Jiménez, por un lado y los nuevos caminos vanguardistas del ultraísmo y del futurismo por otro. No faltan, sin embargo, poemas amorosos que anuncian la segunda etapa, integrada por sus obras maestras, La voz a ti debida (1933) y Razón de amor (1936). Es, sin duda, la época de plena lírica del poeta. El amor pasa a ser exclusivo protagonista de los versos. La tercera etapa de su poesía se inicia con el exilio y la componen El contemplado (1946), Todo más claro y otros poemas (1949) y Confianza (1955). En ellos se da una irrupción del objetivismo y una actitud solidaria con el hombre que desembocará finalmente en un intimismo machadiano. Entre el resto de sus escritos conviene destacar sus piezas teatrales (Judith y el tirano, El dictador, La fuente del Arcángel o La cabeza de Medusa), la novela La bomba increíble (1950), los libros de narraciones Víspera del gozo (1926) y El desnudo impecable (1951) y la importante obra crítica entre las que mencionaremos títulos como Literatura Española del siglo XX (1941), Jorge Manrique (1947), La poesía de Rubén Darío (1947), El defensor (1948) y Ensayos de literatura hispánica (1958).
La poesía tiene en Salinas uno de sus más apasionados amantes. “La lírica de Salinas –decía Azorín- no es la lírica de los anteriores poetas. Todo aquí es sencillo, natural, coherente... Acaso es esta poesía lírica la más avanzada, la más física, la más honda de toda Europa...” Cuán difícil es la poesía de Salinas sin dificultad aparente, una poesía sin más artificio literario que el indispensable para manifestarse poéticamente. Poesía con sus verdades propias; distintas, claras. Poesía de verdad. Y como dijera el poeta:”Tu verdad me asegura / que nada fue mentira”.
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EL SENTIDO TRAGICO DE SENECA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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EL SENTIDO TRAGICO DE SÉNECA
“No os espante la muerte; o extermina
o transforma vuestra existencia.”
Séneca.
LA MUERTE COMO REALIDAD DE VERDAD DE NUESTRA VIDA
¿Hasta cuando se preguntará el hombre por la muerte? Al borde de este afán interrogante nos sale al paso el verso de Séneca que nos dice: “peor que la muerte es su guarida”. Y es nuestro propio corazón, quien, sin necesidad de palabras, nos responde con su latido, precipitándolo: ¿es el hombre esa guarida infernal de la muerte?
¿Es el hombre la guarida infernal de la muerte? Esta es una pregunta que responde a un sentido y sentimiento trágico de la vida, de nuestra propia vida al que llamó Unamuno, sentido o sentimiento trágico. Nuestro filósofo cuando se hizo poeta trágico, enmascaró su poesía trágica en retórica teatral. Y aunque pueda parecernos hoy, que este viejo predicador estoico, contemporáneo de San Pablo, es un retórico dela virtud o de la verdad, al igual que hizo Nietzsche, le llamaremos toreador o torero de la virtud: y de la verdad. En este senequismo palabrero tan sustancial y sustantivamente torero, en efecto, que, en España, en Andalucía, en Córdoba, hizo escuela de torear; y sus discípulos seculares lo tradujeron, muy trágica, filosófica y retóricamente también, en lanzas de capa y de muleta, dando muerte torera al toro de verdad que tenía delante.
El teatro, afirmaba Unamuno, es siempre grito. Grito de dolor o de espanto: o de júbilo, de alegría; a veces, confusión paradójica de ambos. Pero siempre grito de verdad: lenguaje a voz en grito de verdad.
Séneca en sus tragedias hace gritar a las palabras más alto aún que a la acción trágica. Por primera vez un mundo atrozmente infernal se ofrece a los ojos del hombre, tras esos gritos, con mortal silencio.
Séneca el filosofo escribe tragedias: es verdad. Pero también es verdad que Séneca el trágico, escribe su filosofía enmascarando de palabras su más trágico pensamiento: enmascarándose a sí mismo, retóricamente, de verdad.
Séneca , en la decadencia imperial de Roma, era como si dijéramos un nuevo pobre, por ser un viejo y no un nuevo rico. Ser pobre tan estoicamente como Séneca no sólo cuesta mucho trabajo, cuesta mucho dinero. Es otra manera trágica de gritar. Sin la resonancia que le dieron sus propias riquezas no podía el filósofo afirmar su heroico desprecio por ellas con las palabras. En la teatralidad retórica de su propia vida. Séneca sabe, como Nietzsche, que al acabar la acción empieza el drama.
Este asceta, este lujoso ostentador de la virtud en medio de todos loa nuevos ricos, lo que nos ofrece como respuesta tácita, es esa especie de gusto y regusto infernal de todo: la semilla misma de una vida enteramente producida y reproducida para la muerte.
La voluptuosidad torera de la precisión, por la palabra, verdaderamente la inventó Séneca, el español meridional, andaluz, torero, de Córdoba. Por eso su palabra nos parece trágica y filosófica. Lo que el cordobés, nos da con su grito es una idea, una imagen, clara y transparente, de la muerte; tan clara y transparente que nos parece estarla viendo. La muerte como realidad de verdad de nuestra vida. Por ello, escribiría Séneca: “Una y otra cosa es cobardía: querer y no querer morir”.
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“Madre, una estrella se ahoga
entre las aguas del río.
Va blanca de luz de luna
llena de miedo y de frío.”
Adriano del Valle.
LA VOZ DE UN LIRICO ULTRAÍSTA
Su primer libro, Primavera portátil, le consagró como uno de nuestros más primorosos y modernos poetas. Su estilo, mezcla de místicos castellanos y de líricos americanos, con Rubén Darío a la cabeza, es sugestivo y fragante. Sobre todo, muy personal.
Adriano del Valle Rossi nace en Sevilla el 19 de enero de 1895. Con Isaac del Vando Villar, funda en su ciudad natal la revista Grecia, que es el órgano más autorizado del movimiento ultraísta en España. También es fundador con Fernando Villalón y Rogelio Buendía de la revista onubense Papel de Aleluyas, y dirigió en Madrid la revista literaria Santo y Seña y la revista cinematográfica Primer Plano.
El poeta vivía con una alegre independencia económica, pues vendía maquinaria agrícola de pueblo en pueblo y de cortijo en cortijo, y según nos cuenta Adriano, “si es fama que los ángeles ayudaban a San Isidro a labrar el campo no es menos cierto que a mí me ayudaban los ángeles buenos a vender mis máquinas para que tuviera tiempo para amar a los míos”.
Adriano del Valle es, esencialmente, un lírico. Su obra, bien extensa, es obra poética. Es decir, en verso. No obstante, en ocasiones, escribe artículos para los periódicos que, en el fondo y en la forma, descubren al poeta. Son, en realidad, poemas en prosa. En 1933 obtiene el Premio Nacional de Literatura por su obra Mundo sin tranvías. Diez años más tarde, recibe el Premio Mariano de Cavia por su artículo “Stella Matutina”. Adriano del Valle muere en Madrid el día 1 de octubre de 1957.
Era un verdadero poeta, sin mezquindad, generoso, viviendo al lado de todos. Adriano del Valle es siempre el mismo, creado por la campiña andaluza, renovado por los soles de todas las mañanas. En todas las expresiones de su talento literario se halla, junto al hombre, el poeta. Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan Lyra sacra, Los gozos del río, Arpa fiel, que obtuvo el Premio José Antonio Primo de Rivera y el Fastenrath de la Real Academia, y la obra póstuma Oda náutica a Cádiz.
Iniciado como lítico en el ultraísmo, posteriormente cuajo en un neopopularismo que utiliza las estrofas clásicas con cierta maestría . La poesía de Adriano del Valle es viva y actual continuadora de la brillante tradición barroca española del siglo XVII. El arte de Adriano del Valle tiende sutiles redes al lector, haciéndole picar en el regusto de la “frase hecha”. Leemos en el soneto “ A Roma”: “Todos los acueductos van a Roma”. Y en el “Romance del Espantapájaros”: “Si el miedo guarda a la viña, / ¿quién puso jueces al campo?”.
Hablar de la maestría de Adriano casi no es preciso. Cada poeta tiene sus sobresalientes valores individuales y lo peculiar en Adriano del Valle, lo que le da voz propia, es el juego, el ingenio, y, sobre todo, ese doble sentido quevedesco.
“Sevilla en verso”, le llamó Eugenio Montes. Y su gran amigo, el poeta malagueño Muñoz Rojas, exclama: “¡Oh inmenso Adriano, hombre grande, gran río, gran sombra de árbol andante! En ti se desencadenaba algo que nos comunicaba con el latido de la tierra, con el temblor de la palabra”. Y con acento insistente , siempre ese acento, el popular, como el del cante andaluz que nos dijo el poeta: “Canta el pájaro en la rama; / un ruiseñor, bien despierto, / con canora voz que clama / predicando en el desierto”.
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