No sé. Lo ignoro. Desconozco todo el tiempo que anduve sin encontrarte nuevamente. ¿Tal vez un siglo? Acaso. Acaso un poco menos: noventa y nueve años. ¿O un mes? ¿Quizás una día o una hora? Pudiera ser. En cualquier forma un tiempo enorme, enorme, enorme, sin ti.
Te he buscado por todas partes, pues te necesito como el aire. Al verte nuevamente en mi buzón, he dicho como el poeta: “Hoy creo en Dios”. Has venido a mí, te acercas y te anuncias con tan leve rumor, que mi reposo no turbas, y es un canto milagroso cada una de las frases que has escrito.
He sentido una atracción tan fuerte, que lo he olvidado todo, y solo quería salir en tu busca para amarnos este domingo. Ven a mi lado, ven y reiremos juntos mientras lloramos nuestra ausencia. Cruzamos nuestra calle de amargura, levantadas las frentes, juntas las manos. ¡Ven tú conmigo, hermosa mujer! Que nuestro amor como una carabela de oro, cruza el mar, palpitantes las velas bajo la tempestad.
Ven, amor mío, ven, en esta noche sola y triste de domingo. Son tus hombros, fuertes y bellos los que necesito. Son tus preciosos brazos, la largura maciza de tus muslos y ese arranque de pierna que te suspende. Bésame, amor, en esta noche triste. Te diré las palabras que mis labios, de tanto amor, mi amor, no se atrevieron.
¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Dime, amor mío. ¿Me escuchas? ¿No me sientes llegar como una lágrima llamándote, por encima del mar, en esta noche?
Te he buscado por todas partes
Las torres isabelinas no existen
ni tampoco el alba
y ni siquiera sé si existes tú
que las ha construido.
Se me han roto todos los telescopios
que tenía para encontrarte,
el tiempo los ha trizado en un buscar vano
tu llegada desde lo imposible.
Cuando te miraba sin verte
-buscándote por si tal vez aparecieras-
mis ojos dibujaban finamente tu cara
en el ya viejo papel de mi mirada,
en un intento fugaz de rehacerte en mí,
amor,
pero al terminar no eras tú, era un sueño
el mismo de siempre,
yo abandonado
en las altas torres isabelinas.
Te he buscado por todas partes,
incluso en el olvido,
tratando de acercarte ya olvidada en mí,
para inventarte,
aunque fuese solamente en mi mano
constructor melancólico
de abecedarios por ti desvanecidos.
Pero allí no estabas,
entonces abrí ventanas y maletas
buscando quizá una carta,
pero sólo encontré una caracola
que no tenía tu voz ni el mar.
Desde las altas torres
observo el horizonte vacío
ya sin telescopio para divisarte
ni corazón para retenerte.
Te acaricio y beso con infinita ternura en esta noche triste y sola de domingo.
Alberto.
Escrito desde Nov 23, 2003, 5:41 AM de la dirección IP 212.59.220.79