Really, you used to learn greek??? Are you

by ELISA

 
Australian or simply you live there?? I learn Spanish, because I wanted that since I was really little. Now I am 16 years old and I learn Spanish doing private lessons with a Colombian teacher who lives in my town ! ! It's nice, isn't it???

NOW, SOME OF THE REST OF THE SUMMARIES. ( Sorry, I can't send them all together.)

Capítulo 9


Furia, color de amor;
amor, color de olvido.

Luis Cernuda



Los coches cruzan furiosamente las húmedas calles de Lima. Paraguas, charcos, abrigos. Adentro del hospital, Hernán y Victoria.

- No estoy reclamando nada. Sólo quiero que sepas que me cuesta mucho estar lejos de ti.
- Yo también.

La enfermera les indica que pueden pasar. Adentro Patricia con el rostro blanquecino y macilento.

- Parece que pasó el susto.
- Pero hay cosas que no se olvidan fácilmente. Intenté suicidarme.
- Gesto inútil. ¿Qué provecho sacaste con eso? Ahora anímate. Iremos al cine, a ver a Clark Gable, a las Regatas, como si nada hubiera pasado.
- ¿Le contaste a Fernando?
- ¿En su noche de bodas? Querida, no vale la pena matarse por NINGÚN hombre.

Rosario vela al costado de la cama de Isabella. Conversa con el sacerdote.

- Es una desgracia que se haya enamorado de su primo. Y eso es pecado.
- El pecado no es de ellos sino de nosotros.
- ¿Perdón?
- Isabella no es hija nuestra. Es adoptada.
- ¡Oh, Dios! Está sufriendo inútilmente. Ud. debe revelarle la verdad.

En casa de los Alvear, Leandra impone su criterio a la servidumbre frente a la directa pero ineficaz oposición de Mrs. Simpson. Hace cambiar las cortinas y los adornos.

Clara le ordena a Leandra.

- Tengo que hablar con Andrés Linares.
- Pero...
- Búscalo y dile que quiero hablar con él.

Mas tarde, Francisco habla con Victoria. Hablan de negocios. Luego comentan lo sucedido con Patricia. Pero acuerdan no decirle nada a Fernando para no empañar su felicidad. Victoria, le guiña el ojo a Francisco

-¿Y la damita con quien te vi...?

Entran Clara y Fernando. Francisco se lleva a Fernando para hablar de unos asuntos pendientes antes de su viaje. Clara se excusa de Victoria y se dirige directamente a donde está Leandra.
En otro lugar, Quesada trama sus próximas fechorías a costa de la nueva situación de Clara.

- Atacaremos por el lado de Hernán. Es un infeliz adicto al opio. Hará lo que queramos por un puñado de droga. Pero de la otra si hay que cuidarnos, de esa Leandra...

Clara nuevamente discute con Leandra.

- ¿Por qué te callas? Dime, sirvienta, ¿ese señor es o no mi padre?
- Él es tu padre.
- ¿Y por qué no se quedó contigo? Te echó, te despreció, se portó como un canalla.
- ¡No! Nos amábamos con todo el alma. Pero era casado.
- ¿Qué? O sea que no sólo soy hija de una campesina, sino que ¡soy la hija del adulterio...! (Con una ira sorda, a punto de estallar) ¿Qué más me ocultas Leandra?
- Clara, ahora es tu oportunidad de dejar todo atrás, de ser feliz con Fernando de Alvear.
- (Entre lágrimas de amargura) Yo no lo pude engañar.
- ¿Qué le dijiste?
- Nada, nada. No le dije nada. Simplemente no pude cumplir como toda esposa casada. ¡Y todo debido a tus sucias mentiras y a tus inmundas verdades!
- Ahora debes rehacer tu vida. Con el tiempo verás que todo se olvida y...
- ¡Llama a mi padre!
- No. ¿Para qué quieres verlo?
- Si no lo llamas ahora mismo voy enseguida directamente a Fernando. Y le digo que toda mi vida es un vulgar y despreciable engaño. Que mi padre es una farsa. Que mi madre es una farsa. ¡Que Claire Riveau no existe!

Andrés le insiste a Mariana.

- Apúrate, que nos vamos.
- Pero no nos podemos ir así, de esta manera.
- Tengo que explicarle a Francisco mis razones. ¡No es justo, tío!
- Sólo Dios sabe lo que es justo.

Entra la tía.
- Andrés, te está buscando una mujer. Dice que es una antigua empleada de tu madre.

En la hacienda, la criada le comenta al sacerdote y a Rosario.
- Hemos usado llantén para la señorita Isabella. El llantén lo cura todo, padre.
- Menos los pecados, hija. (Se va la criada. A Rosario) ¿Pudiste hablar con Isabella?
- No, no pude.
- ¿Qué esperas?¿Por qué te empeñas en ver sufrir a tu hija?

Leandra le da indicaciones a Andrés.

- Clara te esperará en la Iglesia de la Magdalena.
- ¿Le has contado acerca de su hermana?
- No. Y tú tampoco le dirás nada
- ¡Basta de mentiras!. Acudiré a la cita. Iré y le diré que yo soy el culpable de todo.
- Te despreciará como me despreció a mí.
- Eso es lo que merecemos por todo lo que hemos hecho. Y debemos asumirlo.

Clara le pide permiso a Fernando con un dulce beso.

. Me voy a hacer una diligencia antes de partir. No te preocupes, mi amor. Yo regresaré a tiempo. No me demoro.

Fernando, un tanto inquieto por la sorpresa, asiente con la cabeza.

Iglesia de la Magdalena. Andrés está rezando en las bancas más cercanas al altar. Llega Clara, la cabeza cubierta con un velo y se persigna. Mira largamente a Andrés. Es abrumante el peso de lo que está por ocurrir. Y empieza la retirada. Andrés se vuelve súbitamente.

- Hija, por favor, no te vayas. ¡Hija!

Se acerca con pasos acelerados a Clara. Ella no puede la soportar la suplicante voz de Andrés y se detiene.

- Necesito que me escuches. Dale una oportunidad a tu padre.

Sin poder dirigirle la mirada, la voz de la muchacha es también una súplica desgarradora.

- Señor, yo no quiero que me explique nada. Sólo déjeme en paz.

Lágrimas abundantes le recorren las arrugadas mejillas.

- Por favor, Clara, te lo suplico... (La coge del brazo)

Y le cuenta la historia desde su casamiento infeliz. Sus amoríos con Leandra. La oposición de su madre. La infertilidad de su mujer.

- Sr. Linares, no estoy aquí para escuchar sus confesiones...
- Naciste en una noche de amor.
- Un cariño que nunca recibí.
- Hicimos tantos planes Leandra y yo. Pero se interpuso mi madre, me encerró. Y echó de la casa a Leandra contigo en sus brazos, haciéndome creer después que estaban muertas...
- No, señor, usted está muy equivocado. Mi madre fue Mme. Riveau y mi padre, un noble francés. Yo no puedo ser hija de un hombre tan cobarde, tan pusilánime, que se dejó amedrentar y se convenció fácilmente de las mentiras que le contaron. ¿Y su esposa, señor Linares? ¿Qué? ¿Ella no contaba para nada en sus maravillosos planes?
- Si yo hubiera sabido de tu existencia...
- (Contundente) Ustedes tumbaron mi vida. Una vida con vocación de belleza y sabiduría. Su “verdad” es una mancha horrible en ese bello vestido en el que yo quería diseñarme el mundo. Elija, señor Linares, entre mi odio o mi olvido. Porque yo no voy a permitir que siga destruyendo mi vida.
- ¡Clara, perdóname...! ¡perdóname, hijita...!
- (Con voz entrecortada por la emoción incontenible) Señor Linares...esta conversación entre usted y yo... ha terminado. Y le ruego..., no, se lo exijo..., le imploro... que no empañe más mi felicidad. Adiós.

Ambos se dejan. Ambos lloran desconsoladamente en la más terrible soledad de sus conciencias. Ambos nunca más se volverían a ver.

*

Clara cruza el patio de la Iglesia. A la distancia se da cuenta que llegan Fernando, Victoria, Francisco y Leandra. Clara se seca las lágrimas y corre a abrazarse con Fernando.

-¡Vamos, que el buque parte ya!

Leandra se queda un tanto rezagada. A la distancia aparece lentamente Andrés, cabizbajo y pensativo. Leandra le dirige una mirada de reproche e inquietud. Y se va al embarcadero con los otros.

*

- ¿Le dijiste la verdad?
- No, padre. Isabella está muy débil. Tengo miedo de que termine por enloquecer.
- ¿Tienes miedo por ella o por ti?. Cuanto más demores en revelarle todo más daño te harás.

*

En el embarcadero, Leandra trata de sacarle lo conversado a Clara, pero no lo logra porque los esposos están retrasados y el buque casi zarpa sin ellos. A lo lejos aparece una figura menuda, vestida con una túnica de hospital. Es Patricia, quien en su desesperación, se ha escapado del hospital para ver zarpar a Fernando.

*

Sebastián lee la noticia de la luna de miel de los De Alvear-Riveau. Su padre le reprocha furiosamente el no resignarse a perder a Clara.
- ¡Eso nunca!¡Primero, muerto!

*

Otra vez en el mismo buque rumbo a Europa. Música serena. Brindis con el Capitán, por la felicidad de los recién casados.

*

- Todo lo que me fue negado es para ti, mi pequeña, mi princesa.

Repentinamente, se le ensombrece la mirada a Leandra.

- ¡No! El no puede haberte dicho la verdad. No puede, no debe... Y si lo hizo,
¡Maldito sea!


(Fin del Capítulo Noveno)




UNAS PALABRAS...

Esta es la tercera semana de Isabella, mujer enamorada. Se vuelve a levantar el telón, y ya los actores ocupan los lugares que les asigna esta historia de amor. Disfrútenla.



CAPITULO 10


Hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.

Federico García Lorca








Las criadas están muy ocupadas con los cambios dispuestos por Leandra para la nueva decoración de la casa de los De Alvear. Sin importarle los reclamos de Mrs. Simpson, Leandra impone su criterio porque ella “conoce a la perfección los gustos de la nueva señora”, y la casa, de ser un ambiente alegre y juvenil, se convierte en una escenografía grave y austera.

Mrs. Simpson se queja con Victoria, pero ella no le hace caso. No tiene cabeza para hacerlo. Está ansiosamente esperando a Hernán. Él se encuentra en una taberna, ahogando sus ansias de opio en el alcohol.

Uno de los "socios" de Quesada lo reconoce y se acerca.

- ¿Por qué me miras así? ¿Eres un invertido en busca de compañía?
- (Sonriendo maliciosamente) No. Ayudo a mis amigos a cambio de pequeños favores.

Le propone que consiga datos sobre las cuentas de la familia De Alvear a cambio de "sueños de opio". Calla. Pero es toda una afirmación.

A muchos kilómetros de allí, en alta mar, Clara deja sorprendidos y con las copas en la mano a su esposo y al Capitán. Se disculpa y se retira.
Al rato, Fernando busca a su mujer y la halla en un extremo de la cubierta, reclinada en la baranda.

- Nos dejaste desconcertados.
- No era mi intención...
- Luego te busqué en vano. Por un momento creí que te habías caído del barco.

Clara se ríe por la gracia de Fernando. Le hace recordar que ése es el mismo barco donde se conocieron. Fernando vuelve a recitar los versos de Baudelaire que Clara completa.

- Ahora que todo está mejor encerrémonos en el cuarto hasta que el barco llegue a España.
- Dame tiempo, sé tolerante, tenme paciencia. Cuanto más me aleje de Lima y me acerque a Europa volveré a ser la Clara Riveau de antes.

Es de noche en la hacienda. Llegan Mariana y Andrés. Andrés corre a ver a Isabella, la braza y la besa, como si hubieran estado separados varios años.
Quesada ha esbozado su plan: Investigará las cuentas de Fernando hasta encontrar un problema con el fisco. Y así tener un pretexto para extorsionarlo. Hernán sería su "informante".

- A menos que Fernando acepte que me encargue de sus negocios.

Victoria menciona a Leandra los choques que ha tenido con Mrs. Simpson. Leandra los minimiza y echa la culpa a Mrs. Simpson.
Entretanto, en el buque:

- ¿Adónde fuiste?
- A caminar. Tenía sueño.
- Estás enojado.
- Estoy desconcertado. No pensé que mi luna de miel iba a ser así.
- ¡Júrame que siempre vas a estar conmigo, que siempre me vas a proteger!
- Te lo juro.
Pero Fernando empieza a verse decepcionado e impaciente.

*

- Descansa, Isabella.
- No podría. Porque en sus ojos hay una pena que se contagia ¿Qué pasa, papá?
- Nada. Ahora debes estar bien.

Sale a la sala. Nuevamente los reproches de Rosario. Ella le cuenta los sueños premonitorios de Isabella.

- No te lo dije antes. Pero hay algo sumamente importante que debes de saber. Leandra no murió. Ella y la otra niña se salvaron. Esa dama que se casó con Fernando es la hermana de Isabella.
- ¡Dios mío, como en los sueños!
- Eso no es todo. Hay algo más que nunca dije, pero tenías que saber.
- No me asustes.
- Isabella y su hermana Clara son hijas mías.
- (Con creciente nerviosismo) ¿Qué dices? No, no, tú estás loco.
- No, Rosario. Esas niñas son hijas mías y de Rosario.

Rosario, la mujer dulce, comprensiva y tolerante a medida que reflexiona sobre lo dicho, se convierte poco a poco en una fiera salvajemente herida, humillada, presa del escarnio, como los toros de las corridas en medio de la multitud enardecida por la sangre que desprende. Roja de rabia, inflamada hasta en la fibra más íntima de sus raíces, exclama:

- ¡Tu...! Tú esperaste tanto tiempo para decirme la verdad (Se acerca y lo zarandea como a un guiñapo) ¿Por qué ahora? ¿Por qué...?
- No quería hacerte daño.
- ¿Alguna vez supiste qué cosa me hace daño? ¿Supiste quién fue mi amigo, mi compañero, mi confidente? El que se revolcaba en el granero con la sirvienta, mientras yo luchaba con todas mis fuerzas por darle hijos, simiente, futuro. ¿Supiste en quién he confiado todo este tiempo? En un despreciable traidor. Y ni siquiera fuiste capaz de averiguar si tu hija o la mujer con que me engañaste vivían. Tuviste que ir a esa boda...
¡Qué poco hombre eres, Andrés!¡Oh, Dios, qué poco hombre!
- Trata de entender un poco.
- ¿Por qué me humillaste de esa manera, sucio bastardo?
- Cálmate, por favor. Yo soy todo lo que dices. Y más todavía. Pero debemos lograr que nuestras hijas se encuentren, a ver si así recuperamos algo de todo lo perdido.
- ¡Maldito! ¿Quieres quitarme a Isabella? ¡Nunca! Porque tú te vas con tu Leandra y con la hija de tu adulterio.
- No, mi lugar esta aquí junto a ustedes.
- Lárgate, lárgate miserable, lárgate... (como presa de convulsiones, Rosario lo arroja de la casa)

Afuera lo aguarda Mariana. Le cuenta cómo lo despreció y su voluntad de ya no callar más porque está decidido a que Isabella se reúna con su hermana Clara. Vuelve a entrar y camina directamente hacia el cuarto de Isabella. Rosario corre detrás.

- ¿Qué pasa?
- No, no es nada, Isabella.

Rosario tira del brazo a Andrés.

- Me quiere decir algo. Tú lo viste.

Finalmente Rosario lo lleva nuevamente a la sala.

- No debes decírselo. Ya nos has hecho demasiado daño.
- No quiero que Isabella lleve una vida falsa como Clara.
- No sabes lo que dices.
- Sí lo sé. Nunca he visto mi vida con tanta lucidez.
- Por lo que más quieras, Andrés, prométeme que no se lo dirás.

Andrés la mira, inexpresivo. Se le han ido el amor, el perdón, la ternura. Su vida completa se le ha esfumado, como los barcos en el horizonte del rumor de olas. Sus claras pupilas son ya dos agujeros negros atrapando aun la luz más pura que pudiera iluminarles. Mecánicamente, abandona las sala, para ir en busca de su destino.

*

- Buenas noches, madre. No la molestaré demasiado. Sólo he venido a decirle que encontré a mi otra hija al lado de su madre a quien odia y desprecia por haberle dado una vida falsa. Y sólo usted es culpable de que así pasara. Usted es la única culpable de la vergüenza que ella siente por ser hija de una sirvienta. Y todo su gran acto de maldad aquella noche, cuando separó nuestros caminos como si fuera Dios mismo, cuando fuimos indefensas marionetas en sus manos implacables. ¡Maldita sea usted, madre! Y la maldeciré hasta el último segundo de mi vida.

Doña Gertrudis, pasto de la degradación de los años, suda, tiembla y llora en su silla de ruedas. La escena se torna tenebrosa y macabra. Andrés se da la vuelta lentamente. Cuando quiere avanzar, colapsa. Y cae pesadamente a los pies de su madre.

*

Rosario corre y se abalanza al lado de su marido:

- ¡Me muero, me muero...!
- Voy a traer ayuda, un médico.
- No te vayas... Es demasiado tarde para que me perdones... Has sido la mejor madre que Isabella pudo tener... Mi hija también es tuya...
- (Llorando) Ya no sigas esforzándote más. Voy por el médico.
- Prométeme que mis dos hijas se encontrarán.
- Sí..., sí.
- ¡Júramelo...!

Y ya no pudo seguir hablando. La abuela infructuosamente estira la mano temblorosa en dirección del cuerpo de su hijo.

*

Victoria alcanza a Leandra cuando ésta se encuentra “conversando” con el cuadro de Clara. Leandra aprovecha para pedirle un día de permiso para ir a su pueblo por algunos trámites que debe hacer. Victoria se lo concede. Leandra no sólo le agradece sino le habla de su deseo de ganarse su total confianza. Y como prueba de ello, le anuncia que Hernán la espera.

- Te odio. Te estuve esperando un día entero. ESO no se le hace a una mujer enamorada.

Y se trenzan en un abrazo apasionado.

*

El médico afirma:

- El infarto que ha tenido ha sido muy severo. Y recuerde, la siguiente vez ya no lo contará.

Isabella, aún débil, entra en bata:

- Mamá, dígame, ¿qué fue lo que pasó?¿Por qué se desmayó mi papá?
- Estas cosas suceden de pronto, sin explicación.
- Yo los oí discutir. Tuvo el ataque por mi culpa. Porque se enteró que amo a Gabriel...
- No, hija, no digas eso.


Rosario y Mariana calman a Isabella y la llevan a su cuarto. Al quedarse solas, Mariana le confiesa a su tía que sabe que Isabella tiene una hermana aunque no sabe quien es su padre. Rosario le hace prometer que no dirá nada a Isabella.
Entretanto, el sacerdote y Andrés conversan. Andrés le confiesa al cura todo lo sucedido.

- Tienes que contarle a Isabella lo que me has dicho. La paz sólo se obtiene cuando el alma se sincera.

Tocan la puerta. Entra Isabella.

- Llegas justo a tiempo hija. Tu padre tiene que decirte algo muy importante.

(Fin del Capítulo Diez)

Capítulo 11


- ¿Qué pasa papá?
- Isabella hay algo que debes saber.

Abruptamente entra Rosario.

- Discúlpenme. Quiero hablar a solas con Andrés.

El sacerdote se lleva a Isabella.

- ¿Le dijiste algo al padre Rubén?
- Sí, lo sabe todo. Me pidió que le contara todo a Isabella.
- No. Debes callar para no destruirla.

*

Leandra va a salir a la hacienda. Quesada entra y la sorprende.

- Diga lo que tiene que decir y luego lárguese.
- ¡Qué modales!. Vine a saludar a Clara. Como no estuve en la boda...
- Nadie lo invitó.
- Eso lo paso por alto. He estado pensando que Fernando necesita un abogado trabajador y honesto como yo. Además, a nadie le conviene que todos se enteren de que Clara es...
- Si se mete con mi hija, ya sabe de lo que soy capaz.

*

Isabella se siente culpable de la enfermedad de su padre. Mariana le asegura que no es así.

- ¿Tú qué sabes? ¿sabes el secreto? Dímelo, no me lo ocultes.

Mariana la tranquiliza porque su padre se lo dirá muy pronto.

*

Clara se arregla frente al espejo. Nuevamente aparecen los fantasmas en sus recuerdos.

- Nada ni nadie va a impedir que sea feliz con Fernando.

Entra Fernando

- ¿Lista para almorzar?
- No. Lista para ti.
- Esperemos que anochezca, ¿sí?

Rosario sigue implorando a Andrés. Pero el se reafirma

- Déjame morir como el hombre que no he sido, contándole la verdad.

Rosario lo deja por un momento

Reingresa Isabella, sollozando.

- Hija, yo, yo... te voy a contar algo. Acércate.
- Hable despacio, papá.
- Tu madre..., tu madre...
- ¿Quieres que venga?
- No. La verdad... tú debes saber que...

El grito de Isabella se escucha por toda la casa, por toda la hacienda, por todo el universo. Andrés Linares había muerto.

*

Una rosa roja en la cama. Una mujer la coge, aspira su perfume dispuesta a dejarse llevar. Fernando entra donde Clara, recorre su delgado talle. El silencio es un rosal elevándose alrededor de ellos, llenando la escena de un color intenso y embriagándolos con su aroma.

- Ninguna flor puede compararse con tu belleza, con tu fragancia, con tu olor...

Fernando es deseo. Clara es voluntad de amar para olvidar.

*

- Señora, afuera la busca una persona.

Los ojos sombríos de Leandra se clavan en Rosario.

- Si vienes a buscar a mi esposo, es demasiado tarde. Andrés a muerto.
- Comprendo que me odies. No he venido a disculparme porque fuimos víctimas.
- ¿Y yo qué?
- He venido por mi hija.
- Siempre supe que eras la madre. Pero no la canallada de ocultarme quién era el padre. Ella es mía y de nadie más.
- Vine a asegurarme que nada ha cambiado.
- Yo he cambiado.
- Finalmente lo que quiero es que Clara nunca sepa que tiene una hermana.
- ¿No quieres que se entere que...? Si Andrés no le dijo nada, yo tampoco.
- Ruego a Dios por la felicidad de ambas que nunca se encuentren. A partir de hoy tu y tu hija han muerto para mí.
- Vete y carga con tu culpa. Y déjame con mi dolor.

En el cementerio, Isabella

- Papá, yo le prometo cuidar a mamá y honrarla por ese amor. Mil veces hubiera querido que Dios me llevara a mí y no a usted.

Leandra se acerca. Abraza a Isabella

- Créame que lo siento.
- Gracias.

Rosario casi se desmaya de sólo verlas juntas. Vuelven a la hacienda. Su vecino, don Rafael, se ofrece para ayudarles como administrador de la hacienda. La criada comenta:

- La abuela está muy triste porque no la llevan al cementerio.

Rosario replica:

- Nunca es tarde para aprender a sufrir. En esta casa siempre ha habido un lugar para el sufrimiento. La felicidad ha pasado de largo.

Isabella se inquieta al escuchar frases que no entiende, pero su madre no le da mayores explicaciones a sus preguntas. Entretanto, Leandra llega a casa de los De Alvear y conversa con el cuadro de Clara, jurándole que la siempre la protegerá.


*

Los esposos se saludan al amanecer. Clara le cuenta a Fernando

- Soñé con mi madre. Fui muy feliz a su lado. Prométeme que pase lo que pase, me vas a amar para siempre.
- ¿Y qué puede pasar?
- No lo sé. Con mi madre tuve un mundo maravilloso que se destruyó como el cristal.
- Pero se puede reconstruir. Y te prometo que lo nuestro será así.

*

Hernán se encuentra en el estudio de la casa de los De Alvear, hurgando entre los papeles y documentos. Encuentra los libros de contabilidad y arranca algunas hojas. Leandra le avisa a Victoria la “visita” de Hernán. Ella lo encuentra un tanto inquieto. Para disimular, éste le cuenta la próxima publicación de su libro de versos. Se excusa de no poder seguir conversando con ella y se va. Victoria se queda muy contrariada, pero Leandra se da cuenta de todos los movimientos del muchacho.

Más tarde, la servidumbre de la casa se burla de todas las “rarezas” que impone Leandra. Sus comidas llamadas por nombres francés, el arreglo de la casa, las frases con las que debían dirigirse a los patrones, todo en francés. La escena es entretenida, por los gestos y las ironías.
Ingresa Leandra en el clímax de la diversión.

- ¡Qué pasa aquí! Todo lo que he dispuesto es orden directa de Mme. Clara Riveau. Y no para que se estén burlando.

Mrs. Simpson le replica

- ¿Es que habían regresado los señores y nosotros no nos habíamos dado cuenta?

Todos se ríen a carcajadas. Leandra, furiosa, se retira.

*

En a mesa, tres mujeres de luto se miran consternadas los rostros. Finalmente Mariana rompe el silencio.

- Debemos avisarle a Gabriel todo lo sucedido, para que venga a ayudarnos con la administración de la hacienda. ¿Qué van a hacer tres mujeres solas e indefensas?

Isabella desaprueba.

- No. Dejemos a Gabriel que continúe su vida y sus planes. Tenemos que afrontar la realidad nosotras mismas. Don Rafael se ha ofrecido a ayudarnos. Creo que lo mejor será contratarlo.

Mariana, presa del desaliento, le contesta:

- ¿Qué puede hacer ese hombre con una hacienda, si él siempre se ha dedicado a su tiendita de vino y pisco? Pero, eso sí Isabella, tía, quiero que sepan que yo no voy a cosechar algodón ni ensuciarme de lodo en las acequias. Podré ser una huérfana pero no soy la hija de una campesina.

Rosario le grita

- ¡Cállate!

Mariana insiste:

- Isabella, lo mejor que podemos hacer es vender la hacienda y con el dinero que obtengamos, viajamos a Lima, nos compramos una casa y nos casarnos con buenos partidos. Yo no estoy acostumbrada a las privaciones y mucho menos a vivir como una sucia campesina.

Y se retira a su dormitorio.

Isabella, con las expresiones de su tía y su prima resonándole en el oído, le dice a su tía Rosario:

- Sé que recién hemos enterrado a papá, pero usted y yo debemos hablar. Usted sabe el secreto que papá no me pudo decir antes de morir. Y es necesario que ahora me lo diga.


(Fin del Capítulo 11)

CAPITULO 12

El abogado Quesada presiona a Hernán. Lo amenaza para que le dé información sobre los negocios de los De Alvear. Lo extorsiona con una pizca de opio.

- Pobre Leandra. No sabe por qué caminos nos convertiremos en socios.

Francisco le dice a Victoria que por qué se ha fijado en Hernán. Victoria se ofrece a ayudarle a encontrar a Mariana. Revisará la lista de invitados para averiguar su dirección.
Mrs. Simpson entra a verla.

- ¡Renuncio! Esa mujer y yo no podemos trabajar juntas en esta casa. La señora Leandra y yo pensamos diferente.

Victoria se resiste a aceptar la renuncia de su antigua ama de llaves pero es irrevocable.

En la hacienda, Isabella llama a don Rafael para avisarle que acepta su ofrecimiento de ser el administrador. Se ponen de acuerdo sobre su paga, porque la plaga ha diezmado los cultivos de algodón y es poco probable que rescaten la mayor parte de la cosecha. Mariana insiste en vender la hacienda. Esta conversación es interrumpida por los gritos de Rosario en su dormitorio, en medio de un gran estruendo.

- ¡Todo está corrompido, todo es engaño, peste de mentiras y traición!¡Llévate todo, tu ropa, tus fotos, tus regalos, tu anillo...! (se lo saca del dedo y lo estrella contra la pared) Te has muerto... Ya era tiempo de que pase...

Isabella, muy asustada encuentra a Rosario como poseída por demonios, hablando a un fantasma invisible.

- Tenía que hacerlo. No quiero nada de él. A ella no la quiero aquí... ¡Lárgate, maldita! (Mirando a otro lado del cuarto) Mientras yo estaba tranquila durmiendo, soñando el hijo de mis entrañas, ustedes me engañaban...

Isabella abraza a su madre.

- Madre, tranquila, tranquila.
- No quiero que te hagan daño, hijita.
- ¿De qué me habla, madre?

Rosario vuelve al estado de trance.

- ¡Fuera de aquí! ¡Quiero estar sola! ¡Fuera! ¡Fuera!

Sus gritos son tan fuertes que nadie se atreve a contrariarlos.

*

Cádiz, 1933.

Han pasado varios meses y el barco llega finalmente a Cádiz. Fernando se reencuentra con su antiguo amigo de correrías, Alejandro Arias, el mismo que lo despidió la vez anterior. Le presenta a su esposa quien lo deslumbra con su belleza.

Mrs. Simpson se despide de Victoria. Leandra se adelanta a disculparse con Victoria para demostrar su limpieza de intenciones. Victoria le reprocha el haber presionado a Mrs. Simpson, pero hábilmente la convence de su lealtad. Llega Hernán y salen.

Isabella, Mariana y Don Rafael han inspeccionado el campo.

- El campo tiene sentimientos , no se le debe faltar el respeto.

Rosario cruza el patio como alucinada. Isabella corre tras ella.

A la distancia se divisa un carro diferente a los ya conocidos. Es Francisco que ha llegado para averiguar sobre el paradero de Mariana. Como Mariana está con ropa de trabajo, se avergüenza y le pide a Don Rafael que invente cualquier excusa para que Francisco no indague más por ella. Cuando él pregunta, Don Rafael le dice que ella ha viajado.

- Cuando vuelva de donde está, salúdela de mi parte. Y entréguele esta tarjeta, por favor.

Mariana llora de pena e impotencia.


En casa de los De Alvear, Hernán sigue hurgando en los papeles de la familia. Incluso hace una llamada telefónica a Quesada. Sigilosamente se retira. Pero Leandra lo aborda:

- Escúcheme bien, joven. Ud. está en graves problemas si mantiene trato con Quesada. No conoce el daño que puede hacerle a personas inocentes.
- Dígale a Victoria que tuve una reunión con los poetas.

Leandra se reúne con Victoria y le cuenta lo sucedido.

- No sea hipócrita, Leandra. Ud. ya sabía de la traición de Hernán.
- No. Recién he notado que los libros de contabilidad han sido violentados.

En la hacienda, Isabella intenta ingresar al dormitorio de Rosario.

- ¡Abra, mamá!
- Vete, queremos estar a solas tu padre y yo. (Habla como si tuviera a su marido al frente) Andrés, yo no voy a permitir que tu hija sea una campesina.
- Madre, ayer Ud. y yo enterramos a papá.
- No digas tonterías. Estamos conversando ahora.

Mariana encuentra a Isabella y la aparta a la sala.

- Me tienes que escuchar.
- No te entiendo. ¿Qué te pasa?
- Por tu culpa ahora me he convertido en una campesina. Acabo de perder la oportunidad de mi vida, de que un hombre se fije en mí. Acabo de perder a Francisco.
- Si el te quiere, te aceptará tal cual.
- Tú que sabes. ¿Acaso sabes de lo que es fino, de la aristocracia? Hubieras visto la boda, los hombres distinguidos, altos, hermosos. Allá en Lima seríamos felices. Iríamos al cinema y a la zarzuela. ¡Vendamos la hacienda!
- Ya cálmate.
- Yo no voy a pasar mi vida oliendo a lodo de acequia.
- Mira, Mariana. Tú me tienes que ayudar porque ahora eres mi hermana. Yo me siento culpable por la muerte de papá porque yo amaba a Gabriel. Te entiendo, entiendo tu pena, pero ¿qué más quieres que haga?
- Creo que debemos llamar a Gabriel para que nos ayude. O si no vendamos la hacienda.
- (Se acerca y la abraza) Vamos a salir adelante solas, no te preocupes.

*

Leandra aconseja a Victoria llamar a la policía para denunciar lo ocurrido, pero Victoria no acepta el consejo. Entretanto, Hernán acude a la oficina de Quesada.

- Dame los documentos.
- Siento asco por todo esto. Y he venido a decírtelo.
- ¡Dame los papeles, miserable adicto!
- No les voy a hacer ningún favor.

Saca los papeles, enciende un fósforo y antes que puedan evitarlo, los quema.

- No voy a traicionar a la mujer que amo.

Sale. Quesada afirma, lleno de ira,

- ¡Acabas de firmar tu sentencia de muerte!

*

Leandra recoge la correspondencia. Ha llegado un telegrama urgentísimo.

- Debo proteger a Clara cueste lo que cueste.

En el barco, Clara y Fernando brindan.

- Por que nada ni nadie destruya nuestra felicidad.
- ¿A qué le temes? Quedamos en que no habría secretos entre nosotros.
- También quedamos en que me tendrías paciencia y esperarías. Yo te diré cualquier secreto después.
- Me asustas cuando te sumes en el silencio, tu mirada se pierde en el infinito y no te puedo alcanzar.
- Eso es poesía (sonríe). Pero yo disfruto cada momento que estoy contigo.

Victoria le increpa enérgicamente a Hernán.

- ¿Por qué le arrancaste las hojas a los libros de mi hermano?
- Por el maldito vicio.
- Y fuiste capaz de traicionarme.
- No. Yo te quiero Victoria. Lo pensé y no se los di. Pero ahora me van a matar.
- ¿Quiénes son esos delincuentes?
- No te lo diré. Pero quieren hacerles daño a ti a Fernando, a Clara y a Leandra. Te amo Victoria. Tú no puedes dejar que me maten, no puedes.
- ¡Fuera de mi vista! ¡Vete! Y asegúrate de que no te vuelva a ver nunca más en mi vida. Porque si ellos no te matan, lo haré yo con mis propias manos. ¡Fuera, fuera!

Hernán se va y Victoria rompe en llanto. Se acerca Leandra.

- ¿Se siente más aliviada la señora?¿Necesita algo?
- Sí. Necesito una confidente, alguien que me pueda escuchar. ¿Qué debo hacer para aguantar tanta tristeza?
- Olvidar. Ud. debe intentar salir adelante sola. Porque pase lo que pase, pasará.


Los compinches de Quesada lo siguen cuando Hernán sale de la casa de Victoria. Y lo alcanzan en una pequeña plaza del centro. Hernán baja del taxi y camina hacia la casa donde se hospeda. Se da cuenta de la emboscada. Corre desesperadamente. Pero varias balas lo alcanzan, dejándolo inerte, bajo la fina garúa de la noche, en la loza de piedras.

- No pierdes absolutamente nada, cerdo traidor. Tu vida nunca valió nada.

*

Isabella le cuenta al Padre Rubén

- Ya no puedo más. La muerte de papá nos rompió a mí y a mi madre.
- Apóyate en tu fe, hija. ¿Sigues amando a Gabriel?
- He hecho todas las penitencias pero creo que mi corazón no lo puede olvidar. El otro día soñé que mi madre me decía que Gabriel no era mi primo. Y sentí que alcanzaba las nubes.
- Tienes que lograr desterrar ese sentimiento enfermizo. Amar a tu primo hermano es pecado. Es quebrar el orden divino.
- Le prometo que lo lograré. Yo voy a hacer algo. Necesito sentir el perdón de Dios para poder retomar mi vida como antes.

*

Prosigue Leandra con Victoria.

- La deslealtad es la característica de TODOS los hombres.
- Hernán fue el único que me hizo soñar. Yo no puedo vivir sin su amor.
- Algunas mujeres hemos nacido signadas para estar solas.

En eso, tocan la puerta. Entran agentes de la policía.

- Disculpe señora. Quiero que me acompañe a la morgue a reconocer un cadáver.
- ¡Hernán!

(Fin del Capítulo 12)

CAPÍTULO 13


El cuerpo sin vida de Hernán, con la expresión de pavor extremo en el rostro, derrumbó completamente a Victoria. Llora sin consuelo. Francisco consternado le alcanza un papel que hallaron en uno de sus bolsillos:

"Agranda el opio el tiempo
y ahonda los deleites.
Mas todo es nada
con el prodigio de tus ojos serenos.
Y se detiene el vértigo
Que me conduce a la muerte"

Quesada se burla de la muerte de Hernán al conversar con Leandra.

- Hable de una vez y luego lárguese.
- Sólo he venido a decirle que cuando venga Clara interceda para que yo me ocupe de sus asuntos.
- Veré que puedo hacer.
- No. Usted lo hará. (Satisfecho) Ya me siento parte del clan De Alvear-Riveau.

*

Patricia en la entrada de su casa. Sebastián la visita. Ella casi no lo reconoce. Él se hace un pedido que la desconcierta.

- No quiero que lo tome como un atrevimiento pero nos podemos consolar mutuamente porque estamos en la misma situación.

Patricia reafirma su fidelidad a Fernando.

*

Entretanto, Clara y Fernando, en su dormitorio:

- Tengo que decirte algo. Yo no he sido sincera contigo.
- No te entiendo, porque a veces eres la más dichosa, luego tu rostro se ensombrece.
- Tú has juntado los pedazos de una mujer destrozada. Y lo has hecho con amor.
- (Acercándose y acariciándole el rostro) Clara, lo único que importa es esto que vivimos. Y aquí comienza y termina nuestro mundo.

Abrazados salen a recorrer diversos lugares: parques, plazas, castillos, museos, etc. Es una rápida sucesión de momentos de solaz y ternura mutua.

*

Victoria sigue sumida a su depresión. Se culpa de la muerte de Hernán. Leandra le señala que él era drogadicto y por ello el desenlace fatal era previsible, por juntarse con gente de mal vivir. Victoria sentencia:

- Soy mujer y sé que el amor es ciego.

*

Mariana ha escrito a su hermano Gabriel. En respuesta él le ha confirmado que no volverá. Mariana se escandaliza de lo que llama “su egoísmo sin límites”.

En otra escena, Rosario aparece encarando a su suegra:

- ¡Cómo quisiera retroceder los años y no tenerle tanto miedo, doña Gertrudis!

*

Clara vuelve a reunirse con su antigua amiga de estudios, Alexandra, en los pasillos de la universidad donde ambas estudiaron. Le cuenta su relación con Fernando y algo más.

- Yo no lo puedo hacer feliz por ya no soy la de antes. Creo que jamás volveré a ser la misma.

Le hace prometer que será su amiga de siempre.

. Prométeme que si me pierdo, te voy a encontrar a ti.

Fernando llega con un grupo de músicos y bailarines a darle serenata a su amada. Suenan las castañuelas, las palmas, las mandolinas y las guitarras. Interpretan una antigua danza española.

*

Victoria se reprocha no haberle creído a Hernán. Patricia afirma que siempre amará a Fernando. Victoria anima a su amiga con la esperanza de un nuevo amor. Patricia se despide. De pronto, ingresa el chofer, Zacarías, entregándole a Victoria el último telegrama. Fernando y Clara indican el día de su partida.

- Nunca más regresaré a esta casa. Nunca aceptaré a esa usurpadora. Yo sería la señora De Alvear. Y ella me ha robado al amor de mi vida.
- Tú y yo tenemos que olvidar porque sino nos volveremos locas de nostalgia.

Entretanto Leandra, que todo lo escucha, ya se encuentra frente al retrato de su hija:

- Viste hijita. Yo lo sabía. Pronto llegarás y serás la reina de la mansión De Alvear.

*

En el barco de vuelta a casa, Clara siente un mareo.

- Creo que ya no estamos solos tú y yo.

Le da a entender a su esposo que está esperando un hijo. Varios días después llegan a la mansión. Esta ha sufrido una gran transformación. Ahora parece una galería de arte clásico, con la servidumbre recibiendo y anunciándolo todo en idioma francés. Todo está gusto de Clara, quien felicita a Leandra. Fernando, que es muy perceptivo, le pregunta a su hermana:

- ¿Por qué esa cara de tristeza?
- No empieces con tus interrogatorios.

Clara interviene:
- ¿Te gustan los cambios que ves en la casa?
- Me encantan.
- Pues habrá muchos más cambios. Pero esta vez dependen de nosotros. Esta casa pronto estará llena de niños corriendo y jugando.
- Pero mi pasión no cambiará. Porque soy el hombre más afortunado y feliz de la tierra.

*

En la hacienda Isabella a tiende a una campesina que le solicita ayuda con sus dos gemelas en los brazos. Llevan tres días sin comer. Discute con Mariana porque no quiere aceptar que se queden. Isabella está decidida: criará a las gemelas. A la distancia, Rosario observa.

Más tarde, Isabella habla con el padre Rubén.

- Mi abuela está enferma y no puede hablar, mi madre está loca, mi prima se altera por cualquier cosa. Gracias a Dios Don Rafael es el mayor y único apoyo que tengo para manejar la hacienda. ¿Sabe en quien pienso cuando no estoy trabajando?
- En Gabriel.
- No. Pienso en mi padre.

Entra Mariana e insiste.

- Necesito salir de aquí, padre. No pienso desperdiciar mi vida en este miserable pueblo. Quiero casarme con un hombre que me pueda dar lo que merezco. No cargaré con culpas que ni siento ni son mías. Me iré para siempre y me casaré con alguien deferente.

*

Francisco está preocupado y se lo comenta a Fernando.

- ¿Qué tienes?
- Pronto voy a viajar a Inglaterra. Y tengo que poner al tanto de todos los asuntos legales a tu nuevo abogado, el que vas a conseguir.

Fernando, un poco triste, saluda su decisión y le desea lo mejor. En la mansión De Alvear, Leandra pregunta a Clara:

- ¿Eres feliz?
- (Preocupada) Creo que estoy esperando un hijo.
- Hijita mía. Es lo mejor que ha podido pasar. Porque así nadie podrá quitarte el derecho de ser Mme. De Alvear.
- Desde que me alejé de aquí de alguna manera pude ser feliz. Encontré a un hombre que me ama y respeta. Fueron días de mucha felicidad.
- Te lo mereces.
- Es nuestro triunfo. Ya nada impedirá que pertenezcas a este mundo.

Sin mover un solo músculo de rostro, Clara responde con una dureza insólita:

- Ahora que estoy esperando un hijo no me empañes la felicidad. Para ti todo es triunfo, el resultado de un juego, de una mentira. Ahora más que nunca te prohibo terminantemente que me llames “hija”.
Este hijo es mío. No lo envuelvas en tu frustración de mujer marchita y estéril. Porque tú nuca has tenido hijos (Fuerte) ¿No es cierto Leandra?
- (Débilmente) Sí.
- ¡Vete! No quiero compartir contigo. ¡Fuera de aquí! No quiero verte en este lugar sagrado, en este mundo que sólo es de mi marido y mío. Lo único que siento por ti es desprecio.

Con sus gritos la expulsa de su dormitorio.

Victoria se decide hablar con su hermano acerca de los papeles que Hernán sustrajo. Leandra le aconseja que lo haga con prudencia, que no abunde en detalles.

- No debe seguir sufriendo. Protéjase.

*

Mariana sigue con el discurso de su realización personal. Isabella le promete que le dará el dinero para que se vaya a Lima. Eso le cambia el ánimo a Mariana.

- Y tu primita, ¿Por qué no viajas a España a buscar a Gabriel?
- Porque ya no lo quiero. Tal vez algún día me vuelva a enamorar y ser feliz.


(Fin del Capítulo 13)




CAPITULO 14

Victoria llama a Fernando al estudio. Le muestra las hojas arrancadas de los libros de contabilidad y le cuenta todo lo ocurrido, incluso la muerte de Hernán. Él se enoja muchísimo. Ahora lo que más le importa es averiguar quién está detrás de todo. Le reprocha a Victoria no haber llamado a la policía.

- ¿Quién es el verdadero interesado en esos papeles?

Finalmente comprende a su hermana y la consuela.

- Tienes que fijarte bien y saber quién te merece. Esos papeles no son lo más importante. No te preocupes. Tú también vas a encontrar la felicidad.

Clara nuevamente sufre mareos. Llama al médico. Todo se convierte en una gozosa expectativa. Ante la presión de las preguntas angustiadas de Fernando y Clara, el médico afirma sospechar que ella espera un bebé. Fernando se vuelve loco de contento.

- Clara, ¿tienes mareos?
- Sí.
- ¿Tienes náuseas?
- Creo que sí... sí...
- (Exclama lleno dicha) ¡Qué bien! No, no..., digo..., qué mal... Clara, te amo tanto. Me haces el hombre más feliz de la tierra.

En la casa, en la oficina, con los abogados, en el Regatas, en todo lugar y hora, se encuentre con quien sea, Fernando lo comenta, lo anuncia, lo difunde:

- ¡Voy a ser papá...!

Francisco es más moderado. Le advierte que no se confíe.

- Francisco, no quiero pretextos. Nada va a evitar que seas el padrino de bautizo de mi hijo

*

Mariana trata de convencer a su tía.

- Si te vas no regresas. Aquí nadie vuelve sucia... Una mujer sola es fácil presa del pecado. La ilusión de amar hará que seas esclava del deseo y te llenes de hijos, hijos del campo abierto, sin padre... Todos son iguales, todos mienten. Si te vas serás víctima del pecado. Serás una campesina, serás una sirvienta.
- Usted cree que todos son como el tío Andrés.

Rosario rompe en llanto. Mariana prosigue.

- El tío Andrés mintió no por ser un mal hombre sino por el bien de todas.

Isabella pone fin a esa discusión.

- Cállate, Mariana. Si mi madre sabía algo, ya se le olvidó. ¿No la ves? Está enferma. Ten compasión de ella.

Después, don Rafael trata inútilmente de animar a Isabella.

- Papá se llevó a la tumba las palabras que quería decirme. Mi madre está así porque no quiere decirme lo que sólo ella sabe. Primero fue mi padre, luego la hacienda que se nos cae a pedazos y ahora la gente que se muere de hambre. Dios nos ha abandonado y nos ha lanzado tantos dardos. Creo que Dios nos quiere aniquilar.
- Tiempo al tiempo. Todo va a volver a ser como antes.

*

Leandra entra al dormitorio de Clara con un ramo de rosas rojas que le ha enviado Fernando.

- Mira, son de tu esposo.
- Voy a la consulta del médico.
- Tengo que contarte algo sobre el señor Andrés Linares.
- Ese hombre y tú nada tienen que ver conmigo.
- Será la última vez. Tu padre murió. (Le extiende el aviso de la iglesia. Clara lo rompe)
- No sé de qué me hablas. Mi padre murió hace muchos años antes de que yo naciera.
- Algo más. Se trata de Quesada. Parece que tenemos que ceder. Quiere que intercedas para que Fernando lo contrate como abogado de la familia.
- No le voy a decir una sola mentira más. Hazlo tú, lejos de mí. Sólo déjame en paz con mi embarazo.

Fernando está jugando tenis en el club Regatas. En el entretiempo, Patricia se acerca a saludarlo en forma muy insinuante. Fernando le cuenta del presunto embarazo de Clara. Una vez más ella le dice adiós para siempre. Una vez más no cumplirá su promesa.

*

Clara acude a ver al médico.

- Nunca imaginé que parte del embarazo sería el soportar a los maridos en el estado en que se encuentra el mío. Ha llamado a todos nuestros amigos para contarle la noticia.

El médico se muestra inquieto.

- Señora. Siento mucho decirle que usted no está embarazada.
- (Balbuceando) Pe..Pero, ¿qué dice? ¿Cómo va a ser posible si usted mismo dijo que...?
- Lo que afirmé era una suposición. El examen es contundente. Los análisis no mienten.
Señora no se angustie. Ustedes son jóvenes y no dudo que pronto le dará la
buena nueva a su esposo.

De vuelta a casa, Leandra toma las cosas con sumo cuidado:

- No le puedes decir a Fernando.
- De todos modos se va a dar cuenta. ¿Crees que mi marido es un idiota?
- Los hombres NO están hechos para las desilusiones.
- ¿...y las mujeres sí?
- Si le dices todo, él puede dejar de amarte, puede perder el interés por ti. No puedes dejar que el desaliento te venza en el último minuto. Y sigue intentándolo.
- ...Mintiendo otra vez.
- No. Inventando su felicidad a cualquier precio.
- Vete, quiero estar sola.
- No puedo. Nunca te he dejado y no voy a hacerlo ahora que necesitas saber lo que hacer.

Clara es objeto de terribles conflictos. Son los fantasmas que Leandra aviva con sólo mirarla.

- (Encarándola) Debiste de haberme dejado morir. Debiste de haberme soltado en el río o matarme a pedradas. Pero nunca debiste de haber dejado que viviera una vida llena de mentiras. Tú me hablas de mi felicidad. ¡Qué ironía! Una felicidad que yo no inventé. Una mentira que lleva a la otra y a la otra y a la otra. ¡Qué felicidad puedo tener si mi vientre se ha secado y no puedo engendrar hijos, porque yo sólo engendro mentiras!

- Juré que nunca te dejaría y que iba a luchar hasta el fin contra quien fuese para hacer de ti una niñita feliz. Y no voy a descansar hasta conseguirlo.

*

El padre Rubén felicita a Isabella por haber decidido criar a las niñas gemelas que una madre desesperada las dio en adopción.
- Quizás los motivos sean más egoístas porque las niñas me ayudan a evadir los problemas. Mi madre no vuelve a la realidad, cada día está más extraña. Ahora parece que no quisiera que fuera su hija.
- Eso no, hija. Tú tienes que ser la luz de tu madre, para que salga de la oscuridad que la rodea y se libere del peso que la agobia.

*

Fernando estuvo llamando a su esposa una y otra vez con desesperación. Por fin logra su propósito.

- ¿Dónde estabas?
- Fui al médico, luego de compras...
- Te estuve llamando para que me cuentes lo que te dijo el médico.
- Mejor te lo digo personalmente, ¿sí?
- Pero Clara yo...
- Ven, yo te espero. Las buenas noticias siempre vienen despacio.
- Voy corriendo.

Sale a su casa. Sin embargo cambia repentinamente de destino.

- No. Mejor me voy a conversar con el médico para que me instruya sobre los cuidados que debe tener Clara.

*

Isabella interpela a Rosario:

- Madre quiero que sepa que apoyo a Mariana en su decisión.
- Ya sé que mi opinión no vale nada.
- Eso no es cierto. El padre Rubén me dijo que hable con usted.
- ¿Qué te dijo ese cura traidor? ¿Es por él que desafías mi autoridad?
- Yo lo único que quiero es que me explique su actitud.
- ¿No te das cuenta que no quiero hablar de eso?
- Se lo suplico, madre.
- ¡Ya basta!
- No, no basta. No podemos estar así, tenemos que estar unidas para enfrentar la adversidad juntas.
- Eso era antes. Ahora todo se acabó. Un esposo, una hija, una vida. Se terminó. Porque aquí hay dos bandos: Tu padre Andrés y yo, Rosario Linares. Y si tú estás en el bando de tu padre, no tengo hija.

*

- ¿En qué puedo servirlo?
- He venido para que me aconseje como puedo ayudar a mi esposa en su embarazo.
- Debe haber algún error. Su esposa no está embarazada.

La reacción de Fernando semeja la evolución del aire. Primero estupor, luego frustración, luego ira incontenible. Furioso, se dirige con la mira puesta en la alcoba de Clara.

*

En la casa de Fernando, Victoria y Francisco comentan los últimos acontecimientos.
- ¿Cómo estás?
- Curando las heridas.

Victoria le cuenta que su hermano ya sabe todo respecto a Hernán y también su reacción comprensiva.

- ¿Y qué fue de tu princesa encantada? ¿Ya encontraste a la dueña de los zapatos de cristal?
- Fui en busca de Mariana a la Hacienda de los Linares, pero no la encontré. Tal vez viajó, no lo sé. Ojalá suceda algo que retrase mi viaje a Inglaterra.

*

Mariana e Isabella se despiden. Repentinamente alguien entra y avisa:

- Isabella, tu mamá a desaparecido. Estuvo hablando sola y luego ya no la vimos.

¿Dónde se había metido Rosario Linares?

*

Anocheció y en las calles del pueblo cercano a la Hacienda una figura cruza las calles oscuras.

- ¡Fuera, fuera, demonios!

Es Rosario, quien está exorcizando los fantasmas de su mente. Maldice a todo hombre que se le acerca. La escena es atemorizante. Todos se compadecen de ella

- Pobre, perdió la razón

El padre Rubén enterado de todo por Isabella corre por ella, la sujeta por los brazos y la controla.

- (Entre gemidos y sollozos) Es aquí donde mi casa aguarda para siempre. Aquí Andrés me juró amor eterno.
- No te atormentes más. Andrés está en paz con Dios. Por favor, deja de sufrir y lastimarte.
- Dios fue testigo de mi dolor cuando Andrés me dijo la verdad. Yo lo amé. Hice todo lo posible por darle un hijo. Dios se olvidó de mí, padre.
- Eso no. Andrés también sufrió al saber de la existencia de su otra hija.
- ¿Él? ¿Él, padre? ¿Acaso sufrió lo suficiente? Es más duro pretender ser madre de una farsa. Dios lo puede perdonar pero yo no.

*

Fernando halla a Clara reposando en su lecho.

- (Sarcástico) ¿Qué tienes Clara? ¿Te sientes mal? ¿Tal vez una fuerte gripe? No, un catarro ¿Acaso un dolor de estómago? No, no, ya sé. ¡Los consabidos mareos de todo viaje en barco!
- (Impaciente) ¿Qué te pasa? ¿Por qué me hablas así?
- Porque estuve con el doctor Rosell. Porque él me dijo que tú NO estás embarazada, Clara. ¿Por qué me mentiste?

(Fin del Capítulo 14)

CAPÍTULO 15


A la excelentísima Yajaira Orta.

He cambiado todas mis rosas por un lugar cerca del fuego.
Por el sosiego de mi alma, la negra seda de mi pelo.
He vendido mis esperanzas por un puñado de recuerdos.
Mi corazón, por un reloj que solo cuenta el tiempo muerto.
Mi última moneda de oro se la di de limosna al viento.
Ahora ya no me queda nada. Desnuda estoy como el desierto.
Un oasis de mansedumbre está brotándome en el pecho.

Susana March





Francisco y Adelaida se habían quedado paralizados al ver el rostro congestionado de Fernando, al preguntar por Clara. Por eso interrogan a Leandra:

- ¿Qué pasa con los señores, Leandra? ¿Usted lo sabe?
- Yo sé muy bien cual es mi lugar. Si el señor y la señora se disgustaron, yo no sé nada.

Francisco se excusa y se retira. Victoria lo acompaña a la puerta. Arriba, las cosas arden.

- ¿Qué quieres que te conteste? Tú me acusas y ya tienes una idea definitiva al respecto.
- Le pregunté como un imbécil al médico...
- Te lo quise contar personalmente, no por teléfono.
- Clara, ¿no te das cuenta? Tú me engañaste con tu silencio, me hiciste creer una mentira.
- Yo no tengo la culpa de tu reacción desmedida. Tú también escuchaste al médico la primera vez que me atendió. Yo no quise engañarte, Fernando.

Se produce un silencio muy difícil de soportar. Clara lo rompe con vehemencia.

- Yo sé cuál es la verdadera razón de tu enfado. No, no es mi "mentira" como dices. Tú estás molesto porque yo no puedo darte hijos. Y eso me lastima. Cómo decírtelo así, de pronto. Cómo romperte la ilusión. El mundo se me vino abajo cuando salí del consultorio. Yo también soñé con nuestro hijo. ¿Acaso te has puesto un momento en mi lugar?

Fernando suaviza la expresión de su rostro.
- Discúlpame. Soy un egoísta. No quise hacerte sentir mal.
- Fuiste tú quien dijo a los cuatro vientos que yo estaba embarazada. Ahora llegas furioso y me hacer sentir la mujer más perversa del mundo. Me das mucho miedo, Fernando.
- No, por favor no digas eso. Compréndeme, Clara. Prometimos que siempre nos diríamos la verdad. Tu faltaste a esa promesa.
- Tienes razón. Falté a nuestro juramento. Temí tanto defraudarte. Pero nunca pensé que me fueras a hablar así.
- No quise ser grosero.
- Yo te entiendo. Sentí miedo. Sentí que ibas a rechazarme como mujer. Sí, yo sé que estás sufriendo. Pero no tanto como yo.
- Clara, olvídalo ya.
- Tenemos poco tiempo juntos. Pero yo quiero darte muchos, muchos hijos.
- Perdóname, Clara. (Clara lo besa dulcemente)
- (Mientras le limpia los labios con la caricia de sus finos dedos) Te juro que no te volveré a mentir.

*

En la hacienda.

- Descanse, mamá.

Isabella pretende apagar la luz.

- No apagues la luz. Los fantasmas no aparecen con la luz. Esta noche no vendrán. No quiero que me atormenten, no quiero.

Don Rafael le habla en la sala.

- Si no fuera por el padre Rubén no sé que hubiera pasado.
- Ojalá mi madre pueda conciliar el sueño esta noche.
- ¿Sabías que en la ribera norte la plaga no afectó las plantas? Si el clima continúa favoreciéndonos tendremos suficiente cosecha de algodón para recuperarnos de las pérdidas. Ya es tarde, mejor me voy. Hasta mañana, hijita.

La criada le pregunta a Isabella

- ¿Vas a comer?
- ¿Ya comieron todos los niños?
- Casi... casi. Tú sabes que ellos no se sacian.
- Entonces este plato se lo das. Nunca me guardes si alguien se queda sin comer.
- Pero, señorita...

Isabella ya había cenado la profunda e inevitable tristeza que la alimentaba.

Al siguiente día, muy temprano, sale al patio con una bolsa de pan y reparte a las familias de los campesinos. Un momento después Rosario aparece llevando un frondoso ramo de flores, sonriente, dichosa. Se queda como arrobada a la entrada de la verja.

- Qué alegría verla así.
- Dormí toda la noche. Pude descansar. Discúlpame por la angustia que te hice pasar. Eres tan buena. Estas flores son para tu padre. Voy al cementerio a verlo, a conversar con él.

Los malos presagios vuelven a la mente de Isabella.

. ¿La puedo acompañar, madre?
- No, no es necesario.

*
- Es lógico que estén angustiados. No sabemos lo que pasa arriba.

Victoria se retira a su alcoba. Suena el teléfono y contesta Leandra. La taimada y resbalosa voz de Quesada le habla llena de ironías estúpidas.

- No me presione, miserable, porque no es el momento oportuno. No necesito que me recuerde lo que más me desagrada.

Y cuelga el teléfono con violencia.

*

Clara y Fernando retozan completamente desnudos en la alcoba. La tibia piel de Clara lo despierta como un roce de suavísimo terciopelo.

- ¿Sabes lo que más me gusta de estar contigo? El instante cuando despiertas y abres los ojos para verme.
- (Con la pesadez de retornar a la realidad de ensueño) ...Mmme quedaría aquí mismo todo el día para contemplar cada milímetro cuadrado de tu cuerpo y sembrarte un jardín que te recorra completamente...(Suspira) Pero debo trabajar. Te juro que vendré temprano para seguir contemplándote, admirándote, idolatrándote.

Se incorpora Fernando, dejando a Clara con una media sonrisa tan enigmática como ella misma.

*

Desayunan Victoria y Fernando. Él le explica lo sucedido para que no se inquiete excesivamente. Se despiden entre sonrisas y besos de mucho afecto. Antes de alcanzar la puerta, Leandra lo aborda en el hall y le sugiere que contrate a Quesada para que se integre al staff de abogados de los De Alvear. Fernando halla la idea genial porque justamente Francisco ha anunciado su viaje a Londres en esos días.

*

Es el cementerio. Rosario llega a las inmediaciones de los mausoleos. Pero encuentra frente al nicho de Andrés a doña Gertrudis. Le da un ataque de histeria. Arroja las flores y se pone a gritarle frenéticamente:

- Vieja maldita, maldita vieja, maldita, maldita...

Se va. La anciana sólo atina a llorar desconsoladamente en su silla de ruedas.


*
Mariana llega a Lima y se aloja en la casa de su tía Adelaida.

- Terrible, el viaje ha sido terrible, tía.
- ¿Cómo has dejado a Rosario?
- No muy bien. Isabella está muy preocupada, pero ella poco a poco está mejorando.
- Cuéntame. ¿Por qué te animaste a venir a Lima?
- He venido a conocer gente, a ir al cine a los teatros, a las carreras, a conocer el mundo y que el mundo me conozca a mí.
- No me engañas, hijita. Tú y yo sabemos muy bien a que has venido. Sé que alguien como tú necesita un buen marido.

La tía Adelaida le da muchos consejos acerca de cómo distinguir a los hombres que podrían merecerla de los otros. Mariana le cuenta la historia de cómo conoció a Francisco.
- Estoy decidida, tía. Iré a buscarlo.
- ¡Jamás! Una mujer no hace eso. La mujer refinada no afirma ni niega, sugiere. No se muestra tal cual, se insinúa. Hace sentir a los hombres que ellos TIENEN al mundo bajo sus pies, aunque... (Iluminada por una idea) Ya sé. Envíale una nota agradeciéndole por haberte buscado en la hacienda, y excúsate. Sugiérele que deseas un nuevo encuentro, pero muy sutilmente.

*

Francisco le comunica a Fernando su desacuerdo por la designación de Quesada. Lo considera como peligroso, por su actitud hipócrita. Pero acepta. Le pone al tanto cómo van los negocios, pero entienden que tienen poco tiempo para tratar todos los asuntos relacionados a sus inversiones. Acuerdan trabajar hasta la madrugada por ser indispensable tener toda la documentación al día. Fernando llama a su casa por teléfono. Pregunta por Clara, pero no está. Deja el aviso de que su llegada se retrasará.

*

Clara está super relajada, tendida en el sofá, comiendo bombones y resolviendo acertijos en la sección entretenimientos de un semanario. Leandra la mira con un brillo especial en los ojos, orgullosa de la habilidad de su hija.

- Conseguiste calmarlo. Se ve que estás aprendiendo a mover las piezas.
- Lo que tú llamas “mover las piezas” fue una sucia y vulgar mentira. Un pequeño invento para salvar mi matrimonio. Sí, estoy aprendiendo a mentir. Pero de allí a la felicidad hay un gran paso.
Tú ves las cosas de un modo muy simple, Leandra. No te imaginas la angustia que me da cada vez que estoy con él.
- Tu esposo llamó hace unas horas. Dijo que no podrá llegar temprano por los asuntos de sus negocios.

La noticia impacta a Clara como un rayo, pero se repone tan rápido que Leandra no lo nota. Con una sonrisa cortante como el frío acero le dice a Leandra:

- ¡Perfecto! Arregla todo para esta noche. Habrá una gran cena. Comida, vino, champagne, tu ya sabes. Y ve y dile a Sebastián que está invitado a pasar una velada conmigo.

Leandra, pasmada, no atina a contradecirla.

- Si Fernando no viene, es asunto de él. Pero nada me arruinará la noche.
- ¿Te has vuelto loca? Lo que estás haciendo es una provocación directa al señor Fernando.
- No, al contrario. Se me está notando en la cara el infierno que vivo. Esta cena me cambiará el semblante y así él no notara como me estoy quemando por dentro. ¿Has entendido, sirvienta?

*

Patricia se ríe a carcajadas cuando Victoria le cuenta sobre el frustrado embarazo de Clara.

- Olvida a Fernando.
- Tú no sabes lo que es sufrir por amor.
- Lo mío no lo desparramo por todos los lugares por donde voy.
- Yo sí hasta reventar.
- Jamás me vuelvas a hablar así.
- No te preocupes. Vayamos al teatro.

*

Isabella busca a su madre. No la encuentra por ningún lado. La abuela, presa del pánico, mueve la cabeza como una bandera azotada por el fuerte viento del valle. Esa noche parece noche de brujas. Los azules demonios rondando por todo el valle.
En la oscuridad, arrastrando los pasos, Rosario avanza trabajosamente a la orilla del río. Gemido escalofriante y grito desgarrador:

- ¡Andrés!¡Andrés! ¿Por qué me has hecho esto, por qué? (Llega al borde de las aguas y avanza) ¡La verdad ha caído como un trueno sobre nuestras vidas! (El agua le llega a la cintura. La fuerza del río quiere desarraigarla como a un insignificante tronco). ¡Nos ha envuelto con tinieblas oscuras! Pero arde como un fuego que no puedo apagar... (Se hunde en el lodo)

El río empieza a arrastrar su cuerpo como si fuera de algodón. Isabella, don Rafael, los criados, todo el pueblo, pendientes de la escena, la han seguido. Don Rafael se tira al río. Nada como si alguna extraña fuerza sobrehumana le ayudara a deslizarse hasta Rosario. La sujeta y, tras mucho esfuerzo, y brazadas, logra rescatarla. Deja el cuerpo inmóvil de Rosario y se derrumba en la orilla.

*

- ¿Cómo está?
- Se ha quedado dormida. El médico la atendió. Pero nadie se explica como pudo suceder.
- Lo que tiene mi madre está relacionado con algo más. Y yo lo voy a averiguar. No puede vivir con tanto sentimiento enfermizo por dentro. Ese odio que tiene es anormal.

Don Rafael se despide.

- ¿Cómo puedo pagarle todo lo que está haciendo usted por nosotros? Salvó la vida de mi madre sin ser nada de nuestra familia.
- No, Isabella. Ustedes ahora son mi familia. Y con mi familia estaré en las buenas y en las malas.

Quedan solas la abuela e Isabella.

- Vamos, abuela. ¡Cómo quisiera que usted pudiera hablar conmigo! Me hace tanta falta. El vacío de mi padre lo podría llenar con usted. Sé que está triste. Pero, vamos, ya no suframos más.

*

Sebastián Revilla ha llegado a la casa De Alvear-Riveau vestido de las mejores galas. Clara y él están sentados en la sala, muy juntos los rostros, muy alegres las copas de champagne.

- ¿Puedo saber que se celebra hoy?
- La amistad. Y tú eres el único invitado.

Adentro, en la cocina, Zacarías y la servidumbre comentan lo del presunto embarazo. Obviamente, presumen de que ya lo sabían todo desde antes que lo dijeran sus patrones. Entra Leandra y los abofetea con la mirada desde el mayor hasta el menor. Les reprocha duramente su ligereza de pensamiento.

En la sala, prosigue el atractivo coloquio.

- Por la dicha de volverte a ver, Clara.
- Brindo porque también estoy contenta de volverte a ver. Te extrañé mucho, Sebastián.
- ¿Y qué otra sorpresa me darás ahora? ¿Acaso que Fernando no vendrá toda la noche? Mi corazón no soportaría tantas sorpresas juntas.
- Tú no sabes para cuantas sorpresas está preparado el corazón, hasta para la muerte. ¡Salud por la amistad!
- ¡Salud por el amor!


*

Al día siguiente, muy de mañana, en la oficina de Fernando están por despedirse, después de haber trabajado toda la noche. La secretaria entra y le entrega a Francisco el mensaje de Mariana. Decide posponer su viaje por un tiempo más.

*

Clara fuma abundantemente. Ha pasado bastante tiempo desde que se inició la velada.

- ¿Tú sabes lo qué somos?
- Dos amigos que cenan a la espalda del marido de uno de ellos.
- Tú has nacido para la fidelidad, Sebastián. Somos dos viejos amigos que disfrutan de su reencuentro. Y nada más.
- Es verdad, soy fiel. Pero, aunque no soy nada romántico, por ti me volvería en un loco soñador.
- Qué bien. Pero debes de ser más realista. Y en las novelas realistas a los infieles se les llama por su nombre.
- Clara, yo nunca dejaré de amarte.
- Mi consejo es que no seas tan romántico. En las novelas románticas, llega el marido y mata al amante.
- Por ti, por sólo poseerte un instante, que me descuarticen. Y después que hagan lo quieran con los pedazos.
- Será como tú quieras, pero tienes que portarte bien y retirarte

Victoria llega del teatro y los encuentra. Su mente vertiginosamente le proyecta las terribles implicancias. Pero disimula y saluda con mucho tacto a Sebastián y a Clara. Sebastián aprovecha el desconcierto para despedirse. Victoria tiene mala espina.

- Si hubiese sabido que tenías una velada con invitados no hubiera ido al teatro.

Clara solamente la mira y sube a su cuarto. En una rápida sucesión de acontecimientos, llega Fernando.

- Victoria, me pareció que Sebastián...

Mira la sala, el champagne, las copas medio llenas. Comprende perfectamente lo sucedido. Sin apenas detenerse más sube precipitadamente la escalera que lo conduce a la alcoba matrimonial. Abre la puerta violentamente.

- Clara, ¿qué has hecho?
- Te estuve esperando. Fui de compras, me arreglé y tú avisaste que no venías...
- Lo que te pregunto es por qué Sebastián vino a mi casa, a tomar champagne con mi esposa, justo cuando no estoy. ¿Por qué te quedas callada? Vamos, respóndeme, responde a mis preguntas inmediatamente.


(Fin del Capítulo 15)





Escrito desde Oct 17, 2002, 9:23 AM

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