El peso de la revelación agobia a Isabella, que sale desesperada. La angustia no cabe en ella, al entrar en su camarote su vista se clava en las rosas que Fernando le regaló. Las mira con temor, su rostro se va llenando de desconsuelo.
Isabella extiende sus manos hacia las rosas, las toma. Su rostro se contrae de dolor, las espinas se han clavado en sus manos. Pequeños hilos de sangre brotan de ellas.
- 2 -
En el tren que los lleva a Cádiz, Clara habla animadamente con Sebastián que se muestra serio y preocupado.
- Fernando sabrá todo. Le diré que fui empujada a engañarlo, a decirle que él es estéril y ocultarle que en realidad yo soy la que no puede concebir. Estoy segura que podremos reconstruir nuestra relación.
- Hay cosas que dejan heridas difíciles de curar. No es poca cosa haberlo engañado así, haciéndole creer que por su culpa ustedes no pueden tener hijos.
- Sí, no es poca cosa. Pero Fernando me idolatra y yo sabré llegar a su corazón para sanar esas heridas.
- El corazón suele endurecerse con el tiempo. Yo no confiaría tanto en que puedas ablandar el corazón de Fernando.
- Ahora entiendo por qué aceptaste venir conmigo. En el fondo, lo que tú deseas es verme fracasar frente a Fernando. ¿No es verdad?
- La verdad es tan relativa, que prefiero no nombrarla.
- Si lo que estás pensando es recoger los despojos de la batalla entre Fernando y yo, te digo de una vez que te estás equivocando, Sebastián. Yo no estoy hecha para perder ninguna batalla.
- Ya te he dicho que estoy dispuesto a estar contigo pase lo que pase.
- Lo que va a pasar no contempla que tú y yo terminemos solos. Lo que pase, será necesariamente con Fernando. No te equivoques.
- Mi amor por ti es tan grande que sabré compartir lo que me toque. Aunque sea solo las migajas de tu amor.
- 3 -
Fernando, al entrar en su camarote, repara en el telegrama arrugado sobre la cama. Lo toma, se da cuenta que Isabella ha estado allí. Su mente se llena de confusión y angustia.
-¡No puede ser...! ¡Isabella!
Fernando tira el telegrama y sale corriendo.
- 4 -
Isabella está frente al capitán Davis, con su valija y el ramo de rosas en la mano.
- ¡Señorita Isabella!
- Usted es la única persona que puede ayudarme, capitán -con decisión-.
El capitán se da cuenta que algo grave ha sucedido.
- 5 -
Victoria ha organizado una cena de reconciliación con Augusto. Amelia está molesta, siente que han arruinado sus planes. Ella y Delmira, que ha descubierto sus intenciones, discuten acaloradamente en la cocina. Leandra entra.
- ¿Qué pasa? Delmira, deje usted la langosta. Yo me ocupo. Vaya a preparar la mesa -Delmira sale, Leandra mira a Amelia-.
- ¿Qué se siente al ser la amante de un hombre casado?
- ¿Lo pregunta por curiosidad, señora?
- Tal vez. Nunca he conocido a una mujer que arriesgue tanto solo por dinero.
- ¿Por qué otra cosa podría ser? ¿Amor? ¿Pasión? Ya no soy una niña para andar creyendo en esas cosas, señora.
- ¿Y quién te ha dicho a ti que el amor es cosa de niños solamente?
- Tal vez usted tenga alguna historia que contarme.
- Solo te digo que debes andar con pies de plomo. Un solo error y vas a caer muy bajo, Amelia. La señora Victoria no es ninguna tonta, te lo aseguro. Ahora continúa con tus obligaciones.
- 6 -
Rosario llora frente al padre Rubén.
- Nunca en mi vida imaginé que tendría que levantar la mano a Mariana. Esa bofetada me ha dolido en el alma, padre. Debí tener la paciencia suficiente para al menos escucharla.
- No debes ceder, hija mía. ¡Qué es eso de escaparse con el enamorado! Voy a hablar muy seriamente con Mariana. La capital le ha hecho perder la cordura.
- No debí permitir que se quede en Lima, padre. La única culpable soy yo. Menos aun sabiendo que tenía un pretendiente.
- Bueno, de nada vale llorar sobre la leche derramada.
- Lo que pasa es que me ocupé demasiado de Isabella y abandoné a su suerte a Mariana. Todo esto no habría pasado si hubiera estado también pendiente de ella. Créame, padre, que me duele haber reaccionado de modo tan violento. Ahora tendré que esperar a que las cosas se calmen para poder conversar con ella.
- Si es que se calman, hija, porque Mariana no es como Isabella, juiciosa y comprensiva. Mariana está hecha para el capricho. ¿Tienes alguna novedad de Isabella?
- Nada aun, padre. Pero estoy tranquila. Lejos de acá y al lado de Gabriel, Isabella no corre ningún peligro.
- Gracias a Dios. Aunque nunca está de más rezar un poco para que Dios nos la proteja.
- 7 -
Fernando busca con desesperación a Isabella, tiene que hablar con ella antes de la llegada a puerto. El capitán Davis se acerca a él con el ramo de rosas marchitas en la mano.
- Tengo un encargo para usted.
- ¿Dónde está? -angustiado-.
- Es mejor que no la busque más -serio-.
- Necesito saber dónde está Isabella...
- Como capitán de barco acudí al llamado de una pasajera, y como caballero le empeñé mi palabra. No puedo decirle dónde está.
- Por favor, capitán... Usted sabe muy bien lo que siento por ella... En esta travesía tan extraña, usted ha sido testigo de mi verdad... Recibí un telegrama de mi esposa...
- Lamento decírselo, pero usted jugó con fuego en medio del mar...
- Sé que Isabella lo ha leído, y ha descubierto quién soy. Ella por una serie de circunstancias, sabía muchas cosas de Fernando de Alvear, y yo no tuve el valor de decirle que ese hombre soy yo.
- Yo esperaba decírselo en España, después de terminar mi matrimonio con mi esposa. Cuando todo estuviera claro...
- Usted le contó que era casado... ¿por qué no le dijo quién era?
- Es muy complicado. Sin saberlo nuestros caminos estuvieron muy cercanos en los últimos meses allá en el Perú. Ella me envió una carta a nombre de su madre. No se imagina el espíritu y la sensibilidad que habían en un pedazo de papel tan pequeño, ella hablaba de cosas que me conmovieron y me pedía ayuda... Bueno, la madre de Isabella me buscó, me exigió que no interviniera en los asuntos de su hacienda y yo sin llegar a entender por qué me lo pedía, simplemente me alejé y cumplí con no acercarme al mundo de los Linares.
- Y el mundo de esa familia se acercó a usted en el Virgilio...
- A través de una mujer de la que me he enamorado y que no estoy dispuesto a perder... Por lo que me contó Isabella, ella recibió de regreso la carta, rota en pedazos. Solamente puede haber sido su madre quien lo hizo. Y bueno, Isabella creyendo que fue Fernando de Alvear quien la rompió, lo odia... Cree que yo la desprecié...
- Tal vez el trayecto hubiera permitido la aclaración. Lástima que ahora ya sea tarde.
- No si la encuentro. Ayúdeme, capitán...
- No puedo ser yo quien lo haga. Recuerde que al igual que usted, sólo soy un personaje más. Los hilos del destino los mueve cada uno a su manera... Contra eso, un capitán de barco, no puede hacer más que ser un espectador.
- Deje de una vez por todas de sus ridículos juegos de palabras y dígame dónde está.
- A lo mejor entre esas rosas que ya se marchitan, usted encuentre la nota que ella le envía y quizás halle allí alguna respuesta. Vuelvo a mi cabina de mando, que es el único lugar dónde el destino está en mis manos.
El capitán se va, Fernando lee la nota, agobiado.
“Hubiera sido tan hermoso recorrer por encima o por debajo del mar, el mundo entero... Podría haber entregado mi vida ante el más hermoso sacrificio como lo es el amor... Cómo quisiera haberme quedado en esa eternidad que encontré, en esa magia que ahora entiendo que sólo fue eso. Una gran magia cargada de trucos y trampas, de verdades no dichas y mentiras que ahora me gritan al corazón... No existe nada puro allí donde se nace con la mentira, no existe verdad al lado de un hombre que se burló de mí... Trataré de borrar hasta el último recuerdo, me juraré que nada existió, que todo fue una ilusión falsa, una gran maldad... Que todo se terminó para siempre...”
- 8 -
Juan mira expectante a Daniel, que ha hablado con la señorita Patricia.
- La señorita Patricia me escuchó y me entendió. Hasta me facilitó un poco de dinero para comprar el pasaje y tener un ripio para mi estadía en la hacienda de la familia Linares.
- Dinero que habrá que devolver.
- Por supuesto -agobiado- parto mañana a primera hora, papá...
- Sólo espero, por tu bien, por la felicidad de esa joven, que le hables con la verdad.
- Así será, papá. Yo se lo prometo a usted.
- 9 -
Isabella está triste, acurrucada. Su camarote no tiene ventantas, se escucha el ruido de las máquinas del Virgilio, que están cerca. El capitán Davis habla con ella.
- Me hubiera gustado instalarla en un lugar más cómodo, pero...
- Estoy bien aquí. Le agradezco su ayuda.
- Más bien lamento habérsela tenido que dar. Como dice el señor Alvear, yo fui testigo de ese amor que nació entre ustedes en medio del mar.
- Un amor que ya se ahogó capitán... Un sentimiento que jamás debió surgir... Permítame hacerle una pregunta...
- ¿Por qué nunca mencionó usted el apellido de Fernando?
- ¿Por qué habría de hacerlo?
- Tengo la sensación que usted evitó hacerlo. Ni siquiera me insinuó en algún momento que él era casado... ¿Fue el quien le pidió que me invitara a primera clase?
- Sí.
- ¿Por qué no me dijo nada? ¿Qué más ocultó usted, capitán?
- Yo me remito a complacer a mis pasajeros, eso es todo. No me involucro... como lo hago con usted ahora.
- Usted calló a pesar de saber que él era un hombre casado.
- Un hombre agobiado por su infelicidad...
- Entonces sí se involucró. Por eso es que usted me ayuda ahora.
- Creo que usted está en lo cierto. Me involucré sin pensarlo y permití que el rumbo se alejara de su destino. Tal vez si ustedes conversan...
- Prométame que usted me ayudará más todavía. Mañana cuando lleguemos a Cádiz, necesito que me ayude a huir del señor de Alvear.
- Sé que lo hará con o sin mi ayuda. Cuente conmigo. Que descanse...
El capitán se va, aturdido. Isabella se queda sola. Se sienta, las lágrimas le brotan.
- 10 -
Fernando está en el comedor, la mesa está puesta para dos, se acerca el mozo.
- El maitre me pidió que le informara que en unos instantes se servirá la cena especial de esta noche.
- ¿Qué tiene de especial esta noche?
- Es la última de la travesía, señor. Es por eso que la cena...
- Puede traerme cualquier cosa -Fernando corta, fastidiado-.
- Bien, señor... ¿Retiro nuevamente los cubiertos?
- No. Esta noche espero a alguien.
- 11 -
Mariana sigue echada en la cama, molesta. Rosario entra en la habitación, afligida
- Hija... Tenemos que hablar...
- No soy su hija y no tenemos nada que hablar. Yo soy sólo una recogida, por más que yo sí sea una Linares.
- No te permito que hables así.
- Muy bien, si la he ofendido, entonces actúe como hace un rato.
- No fue mi intención... te pido perdón. No quise golpearte, te lo juro por la memoria de Andrés que ese bofetada me dolió más que a ti.
- ¡¿Ha jurado por la memoria de tío Andrés?! En ese caso, no tengo por qué creerle ni una sola palabra. Desde que mi tío falleció lo único que usted ha hecho es despotricar contra él y aborrecerlo. ¡Y ahora jura en su nombre!
- ¿Por qué necesitamos herirnos, Mariana? Si he venido a buscarte es porque quiero limar cualquier duda que tengas. Quiero que sepas que te quiero como si fueras mi hija.
- Yo sé que muchas veces le he dado más atención a Isabella y siento mucho que haya sido así. Pero tú conoces la verdad, esa verdad que descubriste en Lima, y te ruego que me entiendas... Isabella era todo para mí, hasta que tu tío me confesó la verdad...
- ¿Y por qué ahora se empeña en recuperar el tiempo perdido? ¿Por qué sabe que yo sí soy una Linares? Usted nunca se portó conmigo como una madre... ¿Por qué ahora sí? ¿Para censurarme? ¿Por qué le doy vergüenza con mis actos?
- No... Porque te quiero ayudar... porque sí siento que eres una hija mía.
- Pues no lo soy, tía. ¡Y quiero elegir la vida que yo quiera vivir! Usted sabía que yo no quería regresar a la hacienda y mandó por mí... ¡Odio este lugar, tía!
- Aquí están tus recuerdos y tu familia... lo que queda de ella...
- En ese caso, nadie. Ni usted, ni Isabella llevan la sangre de los Linares. ¡Por mí se pueden quedar con todo si a cambio logro irme para siempre de aquí! ¡Yo no puedo ser feliz en medio del campo!
- ¿Y dónde sí? ¿En Lima? ¿Con ese joven que te dio la espalda cuando más lo necesitaste? Sé lo que ocurrió. Si estuvieras en Lima, ¿al lado de quién estarías?
-No importa con quién, tía... Sólo quisiera estar allá, al lado de alguien que me ayude a conseguir y alcanzar todo aquello con lo que sueño... Tal vez no sea con Daniel, si no con otro, pero no aquí... ¡No nací para podrirme en esta hacienda! ¡Quiero ir a Lima y no volver nunca más aquí!
- Mariana, por Dios... ¿Qué pasa contigo?
Mariana la mira desafiante, no responde.
- Puedo entender que estés confundida, Mariana.
- No lo estoy. Sé quién soy y donde quiero estar.
- Has tenido una decepción amorosa y eso te ha afectado... No necesitas ser tan dura frente a mí... Deja que tu corazón se abra conmigo... Es cierto que no soy tu madre, pero te crié desde muy pequeña y no me importa ni la sangre ni los orígenes. Tú eres tan mía como Isabella...
Mariana se va quebrando, pero calla.
- Estoy tratando de ayudarte y te suplico que me perdones... Yo no quise hacerte daño... ni al golpearte ni al traerte de regreso a la hacienda... Todavía nos queda ese tiempo necesario para sanar cualquier herida... Te prometo que yo misma te ayudaré para que algún día puedas vivir en la capital... Desde muy pequeña te gustó el movimiento, harta gente, las luces... pero ahora sinceremos nuestras almas...
- Yo también quiero que me perdone, tía -quebrada-.
Rosario la abraza.
- 12 -
Todo está listo para la cena en la mansión Alvear. Victoria está radiante. Leandra termina de ultimarlo todo.
- ¡Estoy tan emocionada...! ¡Me siento tan llena de vida!
- Se la ve muy bella a la señora y con ese ánimo característico de los jóvenes recién casados -con doble intención-.
- Gracias, Leandra. Aunque eso de jóvenes... ya no es para mí...
Augusto, al entrar en el comedor, empalidece.
- ¿Qué es todo esto?
- Una sorpresa, mi amor...
Augusto mira a todos ridiculamente.
- Siéntate, mi amor. Te amo...
Victoria lo besa apasionadamente, frente a todos.
- Querida... No estamos solos...
- No me importa, mi vida. ¡Que todos sepan que te amo con profunda locura!
Victoria lo vuelve a besar.
- 13 -
Fernando está en el comedor, tomando una copa. El capitán Davis está frente a él, de pie.
- Estamos llegando al término de esta travesía, tal vez la más diferente de tantas para mí...
- La encontraré, capitán. Ella tiene que bajar en el puerto. No logrará huir de mí -seco-.
- Tal vez usted dude de mi deseo, pero no puedo dejar de decirle que ojalá la pueda encontrar entonces y por fin de manera definitiva logre voltearle la mano al destino, como creí que lo había logrado usted hace unos días...
El capitán se aleja, Fernando queda solo, absolutamente triste.
- 14 -
Clara está nerviosa, mira por la ventana del hotel. Entra Sebastián, ella lo mira con inquietud, está con síndrome de abstinencia.
- Sólo quería saber si te encontrabas bien...
- Perfectamente... No podría estar mejor... He contratado un auto de plaza para que nos lleve mañana a Cádiz y nos regrese de vuelta con Fernando.
- Y aunque te duela escucharme, te aseguro que luego de ese regreso, empezará a escribirse una nueva historia de mi vida... junto con Fernando... mí Fernando... ¡Ya nada podrá separarme de él!
Se miran desafiantes.
- 15 -
Victoria y Augusto han terminado de cenar, van a pasar la noche juntos en su cuarto. Amelia entra en la cocina, está a punto de llorar. Leandra la observa con cierta burla.
- Vaya, vaya, así que la niñita insolente y ambiciosa que había en ti esta tarde, ¿se esfumó? Quiero saber qué es lo que se siente cuando una se convierte en la otra, en el plato de segunda mesa...
- ¿Por qué es tan mala conmigo, señora? ¿Qué le he hecho yo? ¿Qué le importa a usted mi vida?
- Simple curiosidad, hijita... simple curiosidad... Sigo tus pasos y entiendo que estás tomando muchos riesgos para tener una vida mejor... recién empiezas a conocer lo que es tratar de agarrar lo que no es de una... Ya eres la amante del señorito de la casa... la sirvienta amante, la criada que se usa y se abusa... Pero estáte tranquila... Una mujer como tú, no va a tener problemas en acostumbrase a ese sentimiento de ser usada y descartada al antojo de cualquier hombre.¡Que lo disfrutes!
- 16 -
Gabriel se despide de Claudia.
- Todo está listo. Ya es hora de que viaje hasta el puerto, No quisiera que Isabella llegue y no me encuentre. Ella viene de otro mundo y si no me ve, se va a sentir perdida, confundida...
- Ve entonces...
- No te olvides de cambiar esa cara. No me gustaría que recibieras a mi prima así, tan seria... Ella te va a gustar.
- No te preocupes ni por Isabella ni por mí. A ella le bastará con ver tu gesto indisimulable de alegría. Eso la hará sentir muy dichosa.
- Gracias... gracias por todo, por ayudarme, por escucharme... por ser tan buena -la besa en la mejilla-.
- Descuida... el cuarto para Isabella quedó muy lindo.
- Claro que será por poco tiempo. Doña Beatríz se alegrará mucho cuando le diga que me voy con Isabella a otro lado. Tendrá un cuarto adicional para alquilar.
Gabriel la besa y sale apurado, Claudia se queda triste.
- 17 -
Fernando está poniendo sus cosas en una maleta, se ve ofuscado, nervioso. Habla con el maletero.
- El señor me mandó llamar.
- Sí, claro. Por favor lleve mi equipaje a cubierta.
- Como usted ordene, aunque faltan varias horas para llegar a puerto...
- Pues quiero estar allí, desde ahora.
- 18 -
Amelia sigue disgustada, Augusto la visita.
- Vete de aquí... Entre tú y yo todo se acabó...
- No, querida. Eso ya es imposible. No podría vivir en esta casa sin tu calor, sin tu cuerpo...
- ¿Eso es todo lo que quieres, verdad?
- Eso y todo lo que tú me quieras dar. Soy materia dispuesta... un libro abierto... Tú puedes escribir en mí lo que quieras.
Amelia lo mira furiosa, él saca un perfume del bolsillo.
- Toma... para mi princesita rabiosa...
-¿En serio? ¿Es para mí? -sorprendida, excitada-.
- Es mi primer regalo, luego vendrán más... hay muchas cosas más que te puedo dar...
- Pero eso sí... mi muñequita tiene que comprender que el esposo de la señora Victoria, tiene muy buen sentido del humor...
Amelia toma el perfume y lo besa apasionadamente.
- 19 -
Victoria remolonea en su cama, feliz. Entra Leandra con una bandeja de desayuno.
- Mmm... Hoy todo se ve distinto...
- Mi marido ha salido temprano, pero me ha dejado llena, desbordada de felicidad...
- Él también lucía muy feliz, más feliz que nunca, señora. Bajó muy contento, listo para un nuevo día... -Leandra, que sabe donde está Augusto-.
-Un día lleno de sol, brilloso y alegre, resultado de una noche cargada de dicha y amor...
- Me alegra que usted amanezca tan contenta... No quisiera arruinarle su despertar, pero quiero decirle que me siento muy inquieta.
- ¿Y por qué?
- De no mediar ningún contratiempo, hoy se encontrarán madame Claire y el señor Fernando... y estoy segura que el señor Sebastián estará allí...
A Victoria se le hiela la sonrisa.
- 20 -
Clara se está colocando el sombrero frente al espejo, Sebastián la observa, serio.
- Estaré lista en un segundo.
- ¿Piensas contarle la verdad en el puerto, en el auto de plaza o llegando acá?
- Tú preocúpate de qué le vas a decir para justificar tu presencia en Europa.
- Lo pensaré mientras tomo desayuno.
- No hay tiempo. Debemos partir cuanto antes.
- Claro que hay tiempo.
- No. Debo ir a un lugar antes de enrumbar a Cádiz.
- ¿Compras de último momento?
- Quiero un poco de paz.
- Ah... entiendo. La misma paz que te daba Alejandra Marina en París y que seguramente ella compraba a algún oscuro comerciante de aceites orientales. ¿Piensas ir a los barrios bajos a comprar un poco de esa paz?
- Sí, necesito tranquilizarme.
- Entonces me equivoqué. No me abruma tu optimismo, Clara. Me abruma tu decadencia.
Clara lo mira muy seria.
- ¿Qué es la vida sino caer y levantarse una y otra vez?
- Es verdad. Hasta que uno no pueda levantarse más.
Clara le otorga una última mirada de desprecio y sale, Sebastián parece preocupado.
- 21 -
Gabriel camina por el laberinto del puerto. Está ansioso y un poco desorientado. Se acerca a un estibador.
- Disculpe, ¿sabe usted dónde es que va a acoderar el vapor "Virgilio" que viene de sudamérica?
- Debe ser por allá. ¿Lo ve? Es aquel que se ve a lo lejos. Ya está rumbo al puerto.
Gabriel observa el Virgilio con el rostro iluminado. Por su mente pasan mil pensamientos, por su corazón un solo amor.
- Le agradezco.
- 22 -
Isabella, cargando su pequeña valija, se dirige furtivamente hacia el sector de segunda clase. Su expresión es triste, ha llorado toda la noche.
Fernando, en el sector de primera clase, pregunta repetidamente si alguien la ha visto. El barco ha anclado, Fernando se despide del capitán.
Clara, acompañada por Sebastián, lo llama.
- ¡Fernandooo! ¡Amor!
Fernando, mientras baja las escalinatas, saluda con una leve sonrisa, que Isabella logra ver desde segunda clase y le parte el corazón. Clara se abalanza sobre él y lo llena de besos.
- Querido... No te imaginas las ansias que tenía por estar a tu lado. Me has hecho tanta falta... ¡Tanta...!
Fernando, muy turbado, se suelta y saluda a Sebastián.
- Qué gusto verte, Sebastián. No sabía que...
- Mi amor... ¡Sebastián ha sido tan bueno conmigo que me acompañó desde París! Fue una casualidad que nos encontráramos allá...
A Fernando no le interesan las explicaciones.
- En Nueva York me ofrecieron viajar a Francia para adquirir una rotativa de avanzada. ¡Ya vas a ver cuando regreses a Lima!
- ¡Te extrañé tanto, cheri...!
Clara se abraza de él. En ese momento Clara ve bajar de las escalinatas a Isabella, quien baja rápida con su valija. Se separa de Fernando y lo mira aturdidad.
- ¿Qué te sucede?
- Es que... acabo de ver pasar a una mujer... una mujer muy parecida a mí…Como si fuera mi fantasma… -muy turbada-.
- ¡Isabella...! -Fernando, volteándose para mirar, desesperado-.
- ¿Quién...? ¿Quién es esa mujer, Fernando...? ¿Quién es?
Clara y Sebastián miran a Fernando consternados, él no sabe que responder.
FIN DEL CAPÍTULO 50
ISABELLA, MUJER ENAMORADA
CAPÍTULO 51
- 1 -
En el puerto de Cádiz, Clara se separa de Fernando y lo mira aturdida. Fernando le pregunta.
- ¿Qué te sucede?
- Es que... acabo de ver pasar a una mujer... una mujer muy parecida a mí…Como si fuera mi fantasma.
Fernando, que la busca con la mirada desesperado, pronuncia instintivamente el nombre de su amada.
- ¿Quién es esa mujer, Fernando...?. ¿La conoces?
- Es alguien que conocí. No tiene importancia. ¿Vamos?
- Tal vez tenga más importancia de la que piensas. Fue como una visión de mí misma... Como si partiera de mi un barco levándome, como si un espejo me hubiera devorado. ¿Tú no la viste, Sebastián?
- La verdad que no me fijé.
- Pero ¿qué importancia puede tener? Creíste ver a alguien parecido a ti. Eso es todo.
- Dijiste que la habías conocido. ¿Se parece a mí?
- No se parece a ti -verdadero-. Vámonos de acá, por favor.
En otro lugar del puerto, Gabriel e Isabella se abrazan. Él se siente profundamente conmovido por el encuentro. Isabella se deshace nerviosamente del abrazo.
- Llévame lejos de aquí, Gabriel...
- ¿Qué te ocurre?
- No me preguntes, por el amor de Dios. Vámonos.
Gabriel asiente. Isabella camina presurosa, su primo la sigue desconcertado.
Fernando, Clara y Sebastián han llegado a una vereda.
- Estás pálido, cherie. ¿Te sientes mal?.
Fernando descubre a Isabella a lo lejos, está serio, no tiene ganas de conversar.
- Estoy muy cansado y quisiera ir a descansar a cualquier hotel.
- Viajaremos a Sevilla...
-Clara, notando la turbación de su esposo-. Bueno, si prefieres ir a otra ciudad de España estará bien. Es que dejé mis cosas en un lindo hotel, allá.
- Sí, Sevilla estará bien...
Clara se siente emocionada y feliz. Mientras se suben al coche, Fernando mira nuevamente a Isabella, que está más lejos... huyendo de él tal vez para siempre.
- 2 -
En la hacienda, Rafael le muestra unos libros de cuentas a Rosario, que está con buen semblante, sonriente y feliz. Rafael se da cuenta que no se interesa en lo que le está mostrando...
- Su mirada tiene un brillo que, si me lo permite usted Rosario, la hace aun más hermosa -Rosario se turba un poco-. ¿Es porque ya hizo las paces con Mariana que se la ve tan bien?
- Las cosas han vuelto a su lugar, felizmente. Pero no es solamente por eso por lo que me ve usted tranquila.
- ¿Entonces?
- Hoy Isabella llegó a España. Ahora puedo estar segura de que está a salvo de las garras de esa mujer -muy serena-.
- 3 -
En la mansión Alvear, Leandra le recuerda a Victoria que Clara y Fernando ya deben estar juntos. Insiste en ubicarlos. Las dos mujeres se sienten angustiadas, temen las terribles consecuencias del probable encuentro de Fernando y Sebastián.
- 4 -
Fernando mira por la ventanilla del coche , perdido en sus pensamientos.
Clara toma su mano entre las suyas y se recuesta en su pecho.
- París ha hecho milagros en mí, mon amour. Apenas llegué comencé a curarme. Pero no creas que por tenerte lejos. Todo lo contrario. Te he extrañado y eso ha sido una prueba dura pero definitiva de mi amor por ti -Fernando calla-. Tenemos tanto qué hablar.
- Tienes razón, tenemos mucho qué hablar.
- 5 -
En un bar de Cádiz, Gabriel e Isabella se sonrien, ella se pone sombria. Las lágrimas caen por su rostro, trata de contenerse.
- ¿Por qué lloras? ¿Ha sido tan malo el viaje?
- Me siento a la intemperie.
- Te entiendo. Llegar a un lugar desconocido siempre es duro.
- Sí. Pero ya pasará. Me alegro de volver a verte, Gabriel.
- No sabes cuánto me alegra a mí.
Gabriel , protector, la abraza y trata de calmarla con sus dulces palabras.
- Perdona. Es que este temblor que tengo nace de muy adentro. Me temo que tendrás que acostumbrarte a él. Creo nunca dejaré de temblar.
- Hay algo que no estoy entendiendo. Primero me haces salir del puerto como si alguien te persiguiera. Ahora tiemblas y lloras como si el mundo se fuera a acabar.
- De a poquito te contaré. Es mejor que tomemos el tren de una vez.
- Aun tenemos tiempo. Algo que ya no parecía existir para nosotros…¿por qué nunca respondiste a mi carta y qué hiciste con el pasaje que te envié?
Isabella no sabe que responder, no quiere hablar de su amor, un sentimiento que para ella ya no existe ni puede existir más. Gabriel se siente profundamente turbado, quita su mano de la de Isabella. No soporta su mirada compasiva.
- Entonces a qué has venido. ¿Para qué has cruzado medio mundo? ¿Solo para decirme esto? -con rabia y desesperación-.
Gabriel mira a los ojos de Isabella, esperando una respuesta. Ella, huidiza, le confiesa que está confusa, que no se siente bien.
- Tranquilízate y hablemos sin temores. Solo responde, ¿a qué has venido?
- No he venido a revivir el amor que hubo entre nosotros, Gabriel. He venido porque la situación en la hacienda es desesperada. Necesitamos que regreses. He venido a convencerte para que vuelvas conmigo.
- Hubieras podido escribirme.
- Mariana lo hizo y respondiste que no volverías.
- Sabes bien por qué. No entiendo cómo vienes hasta acá y pretendes que lo nuestro no reviva. No lo entiendo. Tal vez si me respondes frontalmente logre entenderlo. Por favor, dime, Isabella. Necesito saberlo. ¿Aún me amas?
- No con ese amor que tú esperas. Te amo como se ama a un hermano. Nada más.
- Creo que tenemos que tomarnos más tiempo para hablar de esto y de las cosas de la hacienda.
- No lo hagas más difícil. Ya no hay vuelta atrás. Ahora más que nunca estoy segura que lo nuestro jamás revivirá.
Gabriel e Isabella salen del bar.
- 6 -
Mariana abandona su encierro. Se alegra de haber hecho las paces con su tía. Felícita repara en que alguien viene. Mariana se voltea y se da cuenta que es Daniel . Su expresión se llena de luz e ilusión.
- 7 -
En la habitación del hotel de Sevilla, Clara se acerca a Fernando con la intención de besarlo, pero él se va a la ventana y abre las cortinas.
- ¡No! Hace mucho sol. Déjalas cerradas.
- Pensé que estabas curada, pero veo que hay manías que se fijan para siempre.
- Como mi amor por ti. Está grabado en mi alma.
- Y ¿qué más?
- No sé de qué me hablas.
- Tu distancia, por ejemplo? ¿Tu manía de aislarte cuando más te necesito? ¿También están grabados en tu alma?
- ¿Por qué me hablas así, amor? He esperado este momento con tanta ilusión. No sabes el esfuerzo que he hecho para ser una Clara distinta. He madurado mucho, Fernando. Soy una nueva mujer que ha aprendido a encontrar la paz en la tormenta, la alegría en el dolor.
Clara se desviste delante de Fernando, quien no parece reaccionar. Comienza a quitarle el saco. Él la mira aterrado y se aleja abruptamente. Ella está desconcertada. Fernando se voltea lentamente y la mira.
- Yo... yo no sé lo que siento, Clara. Lo siento... lo único que sé es que no quiero jugar con tus sentimientos ni con los míos...
- No acuchilles mi corazón con tus dudas... yo tenía tantos planes... tantas ilusiones...
- Sueños que se fueron desvaneciendo poco a poco...
- ¿Es por el asunto de la esterilidad?. En París podemos hablar con varios médicos... Pídeme lo que quieras, siempre estaré a tu lado... -mirándole a los ojos-.
- Necesito estar solo.
- Si este viaje me ha servido para algo, es para decirte con toda libertad, que te amo, que me moriría si te alejas de mí... Tú y yo que hemos nacido el uno para el otro... Lo nuestro jamás podría convertirse un espejismo que nunca existió.
- No sigas, por favor. No soporto esta conversación. Necesito salir de aquí... Necesito respirar...
Fernando sale de la habitación sin inmutarse a pesar de las súplicas de Clara, que lo mira con lágrimas en los ojos, debilitada por lo que ahora sabe.
- 8 -
En la hacienda, una Rosario fortalecida, quiere saber que siente Daniel por su sobrina Mariana.
- ¿Usted ama o venera a mi sobrina?
- La amo por sobre todas las cosas, señora.
- Es así como las cosas empiezan mal, joven.
- Solamente cuando existe la veneración, la cuál es la base del respeto y la devoción, es que uno puede decir que ama a la otra persona... Antes no.
- Entonces, quiero volver a preguntarle... ¿Usted ama o venera a Mariana?
- La venero, señora.
Rosario, con satisfaccción, le pregunta con curiosidad a qué ha venido. Daniel duda, no sabe como empezar a contar toda la verdad. Siente la mirada fuerte de Rosario.
- Con todo respeto, señora, yo venía a pedirle a Mariana que acepte casarse conmigo.
- Me llama la atención que un joven de su clase, no respete las formas. Usted debería estar aquí con su señor padre y hacer la petición formal, y no directamente a mi sobrina...
Daniel vuelve a mentir, finalmente convence a Rosario para que le permita ver a Mariana. Sabe que se ha sido un cobarde, se siente culpable.
- 9 -
Claire ha enviado un telegrama a la Mansión Alvear para anunciar el nombre del hotel en Sevilla y el número telefónico. Leandra tratará de comunicarse con ellos.
- 10 -
Clara bebe champagne en su habitación, tiene síntomas de estar algo bebida. Está recostada en su la cama, Sebastián entra a la habitación y pregunta por Fernando, intrigado por su ausencia.
- Deja de ser tan impaciente, cariño... Has esperado tanto, que un poco más no te va a hacer daño...
Se escucha el timbre del teléfono, Clara toma el auricular.
- Diga... Oui, madame Claire Riveau de Alvear... ¿Quién? Ah, Leandra, la fiel e intrigante criada... eres tú... ¿Qué quieres? Claro que estoy muy feliz aquí en mi habitación.... ¿Por qué? Porque a mi lado está el hombre que es capaz de amarme toda la vida... Sebastián te manda saludos... ¿Cómo dices? No, él no está aquí: ¡Fernando se fue y tal vez sea para siempre!
Clara ríe, Sebastián ahora la mira con odio. Leandra responde, tensa.
- ¿Qué es lo que has hecho para que tu marido no esté contigo?
- Ay, que curiosa me resultó la criada de maman...
- Basta, Clara. Dime qué hace Sebastián en tu habitación...
- ¿Sebastián? Ah, bueno... Parece un perrito faldero... esos que se te suben y no te dejan en paz... ¿Está con muchas ganas de que le cuente a Fernando toda la verdad?
- ¿Para qué?
- Por que así, mi Fernandito me deja y Sebastián me recibe... ¿No te parece divertido?¿Estás allí, Leandra? Seguramente tú opinión es contraria a la de Sebastián... ¡Tú no quieres que le diga la verdad a mi marido, ¿no?! ¿Cómo que no? Es tan divertido todo... Parece un juego y no sé hasta dónde yo quiera jugarlo. La verdad es que todo depende de mi esposo... Si él patea el tablero, sólo le quedará darse media vuelta y dejarme sola... solita... -Clara bebe-.
- Te suplico que me escuches, Clara. Tienes que actuar con cordura, tienes que hacer las cosas con sensatez.
- Mentir, Leandra... Mentir... Eso es lo sensato y lo cuerdo para ti. ¡Yo decidiré lo que haré! -con odio-.
Clara cuelga furiosa y de pronto ríe a carcajadas. Leandra está aterrada, de una sola pieza.
- 11 -
Victoria y Carmela están sentadas en sala. Carmela tiene las cartas en la mano.
- Carmela, necesito que me digas si en tus visiones, Fernando y Clara, ahora que ya se han encontrado, son completamente felices.
- Visiones no, querida, sensaciones, deseos, y bueno de vez en cuando una consulta a los astros...
- ¿Son felices nuevamente? Echa las cartas, por favor...
- En ningún momento mencioné a Clara...
- Pero hablaste de Fernando, de ese viaje... dijiste que lo veías “lleno de amor”.
- Es muy confuso lo que vi... Fernando estaba en ese barco con una mujer idéntica, exacta a Clara, pero no era ella.
- No es tan complicado. Era Fernando que no podía quitar de sus pensamiento a Clara. ¡Él la ama! Dime qué ves ahora...
- Aquí está Fernando... otra vez esa mujer...
- Clara...
- Esa mujer... Aparece aquí, aquí y nuevamente aquí... Todo es muy confuso... ellos en España... pero sigo viendo amor... y muchos problemas... llanto y penas...
- Pobre Fernando...
- Este cruce de espadas habla de infidelidades... Uno de los dos no ama con la honestidad e intensidad que debe...
- Quién sufre sólo puede ser mi hermano... sólo él...
Carmela recoge las cartas.
- Carmela, ahora yo también necesito de tu ayuda. Quiero que me leas las cartas... Necesito saber qué es lo que está ocurriendo entre Augusto y yo...
- No necesito leer las cartas ni tener aptitudes esotéricas para darme cuenta que Augusto es un joven que no te toma en serio. Conociendo tus antecedentes, lo único que quiero es que no sufras.
- Si no quieres que sufra, entonces evita decirme cosas tan duras. Estuviste a punto de quebrarme toda -mortificada, dolida-.
- No te quiero inquietar. Te conozco muy bien y puedo ver en tu aura que ahora eres feliz... Y créeme que te deseo de todo corazón que lo sigas siendo. No te enojes conmigo... Sólo te pido que tengas los ojos bien abiertos... nada más. Yo estoy contigo, siempre de tu lado, no como otras personas que sólo fingen estarlo.
- No puedo seguir escuchándote. Insistes en lo mismo.
- Lo que te digo siempre viene del mismo lado, el del cariño y el amor que siento por ti. Te prometo que rezaré mucho por ti y por Fernando. Sólo quiero que ambos sean felices... Te llamaré o si tú lo quieres, vendré pronto.
Carmela se va, Victoria queda golpeada.
- 12 -
Fernando está solo en un café frente a una taza humeante. Sebatián entra y lo ve. Se acerca y se sienta a su lado.
- ¡Por fin! Te busqué por toda la ciudad...
- Clara se quedó muy preocupada.
- Debe ser por ella misma, no por mí. Tal vez no puede imaginarse sola, sin un perro que ladre cada vez que ella lo desee...
- ¿De qué hablas? Pensé que el encuentro entre ustedes...
- ¿Había sido hermoso, tierno, con destellos como fuegos artificiales? -seco- No, Sebastián. Clara finge siempre... Todo el amor que nos tuvimos alguna vez, ya no existe. ¿Sabes a qué le tiene miedo Clara? A la soledad, teme quedarse sola, sin una persona que esté siempre a su lado, idolatrándola... Clara necesita a su lado a alguien que le de todo lo que demande, cuando ella lo quiera y a su manera... Siempre pide, nunca devuelve... nada.
- Estás exagerando. Clara te ama. Ella cambió mucho en París...
- ¿Cómo lo sabes? -turbado-.
- No es difícil darse cuenta. Desde que llegué a Francia y la vi..
- ¿Qué es lo que sientes por Clara? ¿Aun sientes amor por ella? No puedes darme un no inmediato, ¿verdad? ¿Tú crees que con la explicación que me diste acerca de la rotativa, quedé convencido que tu encuentro con ella en París, fue apenas una casualidad?
- ¿Qué quieres decir? ¡Vamos, no te quedes callado! ¡Habla de una vez!
- ¿Qué es lo que hay entre tú y Clara? ¿Qué ocurrió en París entre ustedes dos?
Sebastián se queda mudo. Ambos están tensos.
- Tal vez tu reacción no sea más que el eco de tus sentimientos, del amor que sientes por Clara. Es una lástima que no confíes en mí y que te atrevas a adelantar un juicio sobre tu mujer. Ya te dije que mi viaje a Francia fue necesario para conseguir los repuestos para la rotativa que compré en Nueva York... Claro que busqué a tu esposa, sabía dónde estaba alojada. Cuando me disponía a partir de regreso al Perú, ella me contó que tú estabas por arribar, así que me pidió que la acompañara hasta Cádiz -certero- ¿Algo más que te pueda decir para que te calmes?
- Hubiera querido escucharte decir que la seguías amando...
- Así se habrían facilitado las cosas para mí... sí, todo habría sido más fácil...
- ¿Por qué?
- Olvídalo... Antes que nadie, debe ser Clara quien lo sepa... -Fernando suspira, agobiado.
Sebastián queda intrigado, Fernando está completamente quebrado.
- 13 -
Gabriel e Isabella llegan a la pensión. Doña Beatriz y Claudia salen a su encuentro.
- Doña Beatriz... Claudia... les presento a mi prima Isabella.
- Bienvenida a casa... bueno, a esta humilde pensión.
- Gracias, señora...
- Bienvenida... Ya Gabriel nos ha hablado mucho de ti.
- A ver... Ahora te muestro tu habitación y ya vas a ver el manjar que he cocinado para esta noche... Será un platillo especial de bienvenida para la prima de Gabrielito que siempre ha sido tan correcto y respetuoso -Beatriz, dirigiéndose a Isabella-.
Isabella sonríe pero queda callada. Gabriel y Claudia se quedan.
-¿Malas noticias? -Gabriel niega- Entonces, Gabriel... ¿Qué te ocurre? Estás con una cara...
- Es Isabella. La noto rara... extraña... No sé qué puede ser... No me atreví a preguntarle nada.
- ¿Estás seguro que no lo hiciste? ¿Nada fue como esperabas, verdad?
- No quiero hablar de eso por ahora... Por favor, mira que se instale bien. Tengo que enviar un telegrama a mi tía y a mi hermana... Querrán saber que Isabella ya está aquí...
Gabriel se va.
- 14 -
Mariana y Daniel se besan, delante de ellos está Felícita, incómoda.
- Me alegra tanto que las cosas entre mi tía y tú hayan quedado bien...
- Mayor es mi alegría al saber que tú hayas comprendido que aquella noche yo no supe nada de de nada y...
Mariana le pone un dedo en la boca.
- Ya pasó, ya estamos aquí... viniste a buscarme... ¿Qué más puedo desear? Dime, mi amor, ¿por qué no viajaste en tu auto?
- Quise correr una completa aventura de amor, como lo hace todo el mundo... Quise presentarme de la manera más simple, sin posesiones ni bienes... Quise venir a hablarte con el corazón en la mano... Le dije a tu tía que mi padre tardará en regresar. Y claro como ella prefiere que te pida con todas las de la ley... habrá que esperarlo... Le expliqué que no me cabe la menor duda que mi padre va a querer invertir aquí, así que le dije a tu tiíta que lo mejor era adentrame en los asuntos de la hacienda, y ella estuvo de acuerdo.
Mariana se abraza a Daniel muy feliz.
- ¡Daniel! ¡Entonces te quedas!
- Sí, el tiempo que haga falta...
- 15 -
Clara ha tomado una buena cantidad de hashish y se siente más tranquila, entra Sebastián, quien lo nota.
- Hola... Pasa... acompáñame... Tú sueles ser más bueno que Fernando... Mi esposo no cruza el umbral de esa puerta más veces que tú... Todo indica que te has tomado muy en serio el papel de buen amante.
- Ya veo que por buscar el eterno placer, te vuelves dura y cruel. Pero esta vez vengo a prevenirte, por tu bien... Tu marido está muy extraño... Parece otro...
- A lo mejor también se ha liberado y encontró que el goce y el disfrute se consigue huyendo y volviendo.
- Basta, Clara. Voy a pedir que te suban una infusión, a ver si así vuelves a la realidad.
- Amor mío... ¿Dónde está Fernando?
- En la calle, caminando. Imagino que no debe tardar en llegar -amenazante-. Te advierto Claire Riveau... Si tú no le cuentas la verdad a Fernando, yo seré quien le diga que tú le mentiste, que puede tener hijos y que...
- Basta, amante sumiso y ridículo. Quiero que me escuches bien... ¡Si tu abres la boca... si tú le cuentas la verdad, te juro que te mato!
Sebastián la mira aterrado, Clara está fuera de sí.
- 16 -
Isabella saca la ropa de la maleta y la acomoda en el ropero. Claudia asoma por la puerta.
- ¿Se puede?
- Claro. Pasa.
Isabella sigue en lo suyo, se crea un pequeño silencio.
- Y ¿cómo te sientes? ¿Cómoda?
- Sí, gracias.
- ¿Qué tal las cosas en Perú?
- Bueno, hasta donde las dejé y al menos para mi familia, bastante difíciles.
- Es por eso que has venido a ver a Gabriel, ¿verdad?
- He venido para tratar de convencerlo de que vuelva conmigo. El es el único hombre de la familia ahora que papá murió.
- Cuánto lo siento. Conozco a Gabriel desde hace un buen tiempo ya, y no ha hecho otra cosa que hablarme de ti. Por eso tenía mucha curiosidad en conocerte -arriesgándose- No lo veo muy feliz a Gabriel. ¿Te puedo preguntar algo personal?
- ¿Qué es?
- ¿Tú... tú estás enamorada de Gabriel?
- No. No lo estoy -Isabella responde con seguridad-.
Entra Gabriel, que trae en la mano un gran ramo de claveles rojos que extiende hacia Isabella.
- Estaba haciéndole compañía a Isabella mientras volvías. Pero ahora, con permiso, tengo cosas que hacer -Claudia se retira, con discreción-.
- Gracias por la compañía.
Claudia se va. Isabella huele las flores sonriente. Luego mira a Gabriel y su expresión va llenándose de pesar.
- Hay algo que debo decirte, Gabriel.
Gabriel la mira, no sabe si alegrarse o sumirse en la tristeza.
- 17 -
Clara está echada en la cama en bata. Entra Fernando, decidido.
- ¡Voilá! ¡Las cortinas están abiertas para que entre el sol a calentar nuestras vidas!
Fernando la mira sin saber que hacer.
- He hecho reservaciones en la mejor tasca de Sevilla. Vamos a poder disfrutar una verdadera noche de placer. Buena música y baile, mejor vino...
- Estoy cansado. No quiero salir a ninguna tasca.
- Entonces ordenaré que nos traigan la cena a la habitación.
- No lo hagas por mí.
- Pero algo tienes que comer.
- ¡Basta! ¡Basta, Clara! Me voy.
- ¿A dónde?
- A otra habitación -Fernando, con severidad-.
- Pero... ¿qué significa esto, Fernando?
- 18 -
Isabella tiene el ramo de claveles en la mano, dolida.
- Conocí a un hombre en el vapor, Gabriel. Un hombre al que no sé si vuelva a ver alguna vez, un hombre del que no puedo estar segura que me ama. Pero yo sé que lo amo como nunca he amado a nadie.
Gabriel ha sufrido un fuerte impacto. La revelación que se acaba de hacer a sí misma ilumina a Isabella.
- 19 -
Fernando se acerca a Clara, desafiante.
- ¿De verdad no sabes qué significa esto? -Fernando está a punto de explotar-.
- No, Fernando y exijo una explicación ahora mismo.
- Es muy sencillo. Quiero que nos separemos.
Clara está verdaderamente asombrada.
- ¿Qué estás diciendo? No veo ninguna razón por la que...
- Hay una sola razón, Clara. Ya no te amo -Fernando habla con firmeza, sin rencor-.
El semblante de Clara revela que todo, absolutamente todo el juego que comenzó cuando aceptó casarse con Fernando, se viene abajo en ese mismo momento.
FIN DEL CAPÍTULO 51
CAPÍTULO 52
El amor que sentía Fernando por Clara está muerto desde hace tiempo, pero ella no puede aceptarlo . Está dispuesta a retener a su esposo sea como sea, aunque para ello tenga que recurrir de nuevo a la mentira. Teme la soledad, el abandono.
- ¿Abandonarías a una mujer enferma que te ama?
Clara se queda desnuda frente a Fernando, muy impactado por el estigma de la tragedia que descubre en su cuerpo.
Isabella le confiesa a Gabriel que nunca podrá olvidar al amor que encontró en ese barco. Se entregó toda, por amor, el amor más grande que una mujer puede sentir por un hombre. Las palabras de Isabella golpean a Gabriel en lo más profundo.
Cuando le dice que ese hombre está casado él entra en furia.
- El tiempo y la distancia me hicieron idealizarte... te había elevado a un altar... ahora comprendo que no eres más que una...
- ¡No te atrevas a insultarme! Si lo haces estarías ofendiendo al amor que me ilumina ¿No entiendes que me entregué por un inmenso amor?
- No tengo nada más que entender que mi querida, mi adorada Isabella, es más carnal que una cualquiera.
Gabriel sale de la pensión, las confidencias de su prima le duelen, el todavía la ama. Regresa borracho, Isabella se conmueve al ver el patético estado en el que se encuentra.
Clara, con el rostro bañado en lágrimas, le dice a Fernando que padece un mal incurable, un proceso degenerativo.
- Sólo me queda un año de vida. Fernando, no me abandones... No me abandones.
Leandra influye en Victoria para que le cuente ella misma a Fernando lo que ha pasado entre Clara y Sebastián. Si manejan bien la verdad podrán salvar el matrimonio de su hermano.
La revelación de Clara atormenta a Fernando que se refugia en el alcohol. Cuando le dice a Sebastián, con voz quebrada, que Clara va a morir en el plazo de un año, se da cuenta de que su amada ha vuelto a mentir, pero permanece callado.
- Pensé que jugaba conmigo, que me despreciaba, pero ahora comprendo que estaba sufriendo. Me siento mal, Sebastián. Por eso y por haberme enamorado de otra mujer.
Fernando le suplica que le ayude a encontrar a Isabellla. Debe saber que él la ama aunque no pueda abandonar a su esposa.
En ese momento Fernando recibe una llamada telefónica de Victoria. Trata de averiguar, pero su hermano se adelanta y muy abatido le comunica que a Clara le queda poco tiempo de vida. La noticia golpea a Victoria, que llora compungida. Leandra disimula, contiene el llanto, presiente que no puede ser cierto. Más tarde recibe una llamada de Clara que lo confirma.
- He vuelto a mentir... he mentido otra vez para retener a Fernando. Cree que tengo los días contados.
Leandra se tranquiliza, pero las palabras de su hija le causan un intenso dolor.
- Nunca dejaré de mentir... las mentiras formarán parte de mi vida así como las manchas forman parte de mi cuerpo. Unas y otras me acompañarán hasta que muera. Reza para que sea pronto.
Sebastián ha localizado a Isabella. Fernando va a ir a buscarla para hablar con ella, le pide a su amigo que cuide a Clara durante su ausencia. Él aprovecha para decirle que Fernando ama a otra mujer.
Isabella conversa con su primo, trata de convencerlo para que regrese a la hacienda. Doña Beatriz le anuncia la llegada de un hombre que la está buscando. Impactada por la noticia, sale al patio, casi corriendo. Queda paralizada al ver a Fernando. Gabriel, que llega tras ella, quiere impedir que hablen por todos los medios.
Isabella está en una gran encrucijada.
FIN DEL CAPÍTULO 52
CAPITULO 53
Gabriel trata de impedir que Fernando hable con Isabella, que permanece en silencio, muy angustiada.
- No me iré hasta que pueda hablar con ella.
- Entiéndelo de una vez por todas. Tu no vas a cruzar ni dos palabras con ella, nunca más la volverás a ver. Me encargaré de que entre ella y tu no exista nada, absolutamente nada.
La revelación de Sebastián ha causado un tremendo impacto a Clara, que no puede creerlo. Se resiste a aceptar que ese es su destino. Sebastián habla con crueldad, se refiere a esa terrible soledad que será su condena si no acepta su amor incondicional. La felicidad que pueden construir juntos. Clara llora desconsoladamente.
Fernando y Gabriel están muy cerca, cara a cara, mirándose con odio. Isabella presiente la inminencia del estallido de la violencia.
- Déjalo, Gabriel. Hablaré con él.
- No tienes nada que hablar con él, solamente decirle que lo que hubo entre ustedes se terminó para siempre. Que ahora lo odias.
Isabella le pide a Fernando que la olvide, pero él se mantiene firme, habla con el corazón. Necesita saber que ella todavía lo ama. Isabella sale hacia la calle, llorando. Fernando trata de seguirla, pero Gabriel lo jala. Le da un puñetazo.
Clara se ha calmado, accede a irse con Sebastián, pero pone una condición.
- Llévame a conocer a esa mujer. Es imprescindible. Si ella es una mujer hermosa y brillante como yo, huiremos. Pero si la tal mujercita resulta ser poca cosa, puedo hacerme la vista gorda y hasta disfrutar viendo al pobre Fernando feliz con su amante.
Sebastián la mira desconcertado.
Los dos hombres se golpean violentamente. La gente se ha acercado a verlos pero nadie se atreve a separarlos. Claudia sale de la pensión, se horroriza de ver a Gabriel peleando. Fernando le encaja un derechazo a Gabriel, que cae al piso. Doña Beatriz, que también ha salido a la calle, los separa en ese momento. Fernando se va furioso, con la boca rota y el traje deshecho. Gabriel apenas se puede sostener.
Isabella corre sumida en una profunda confusión. En las calles de Sevilla hay una gran revuelta, los anarquistas avanzan hacia ella. Un grupo de guardias civiles esperan a los manifestantes. Isabella se asusta, huye corriendo.
Doña Beatriz le exige a Gabriel que le explique que tiene que ver Isabella con ese hombre casado. La radio informa de la creciente tensión que se respira en algunas ciudades españolas, entre ellas Sevilla. Gabriel sale a buscar a su prima con preocupación. La encuentra perdida y asustada, regresan juntos.
Clara se comunica por teléfono con Alejandra Marina, la hace partícipe de los últimos acontecimientos de su vida. Alejandra sabe que su amiga la necesita, ahora más que nunca.
- No pienses en lo trágico ni en el infortunio. Te ayudaré, tú tienes derecho a la felicidad.
Fernando se seca la cara con una toalla, acaba de salir del baño. Conversa con Sebastián, quien trata de averiguar que siente él por Clara.
Fernando está turbado, confundido. Compadece a Clara pero los sentimientos más puros, la pasión, el amor, le pertenecen a Isabella.
- ¡Amo a Isabella! No puedo abandonar a esa mujer que se aferra a la vida por tan poco tiempo. Pero no puedo dejar de amar a Isabella, son dos sentimientos encontrados que luchan en mi interior... Esta tarde me encontraré con Isabella en la Plazuela de las Flores. Intentaré explicarle todo. Si me pide que me aleje, la comprenderé. Pero, pase lo que pase, algún día volveré a buscarla, volveré para vivir y morir a su lado.
Fernando ha enviado a su amigo Alejandro a la pensión con una misiva para Isabella. Doña Beatriz se niega rotundamente a escuchar sus palabras y no le queda más remedio que irse. Al salir, se cruza con Claudia, que accede a darle el recado a Isabella.
- El señor de Alvear es amigo personal mío y me pidió expresamente que se lo diera a ella, que por favor no estuviera al tanto el señor Gabriel.
Gabriel le pregunta a Isabella porqué no quiso hablar con Fernando. Ella le explica que ese hombre estuvo presente en su vida antes de conocerlo en el Virgilio.
- Me mintió cuando me dijo quien era... Ahora tengo la certeza que me mintió cuando me dijo que me amaba.
- No me recuerdes que aquello tan puro para mi se lo diste a ese hombre en medio del mar, a cambio de unas palabras que yo debí decirte hace mucho tiempo. Te amo... nunca dejaré de amarte.
Clara almuerza con Fernando en compañía de Sebastián. Se hace la víctima, inicia un frívolo juego mortuorio.
- “Lasse de vivre, ayant peur de morir, pareille...” Mi alma cansada de vivir y con miedo de morirse. Jamás pensé que un poema de Verlaine hablase de mi propia vida...
Claudia le entrega a Isabella la nota de Fernando.
- Él quiere verte, te estuvo esperando... Debes ir... Búscalo Isabella.
Fernando se pone la corbata frente al espejo, se dispone a salir a su cita con Isabella. Se despide de Clara con un casto beso en la mejilla, cuando ella se queda a solas, toma el teléfono y se comunica con Sebastián.
- ¿Sebastián? El infiel salió a su cita. Le daremos unos minutos, después iremos a conocer quién es esa mujer.
Fernando está en la plazuela, esperando la llegada de Isabella con notable inquietud.
Clara y Sebastián están dentro de su carro, que han estacionado en una esquina. Isabella y Clara caminan por la acera de enfrente, toman la calle camino a la plaza. Clara no ha visto el rostro de Isabella, se baja del carro y comienza a caminar tras ella, seguida por Sebastián. Está muy cerca de Isabella, que no se decide a cruzar la calle, extiende su mano hacia ella para tocarla.
Isabella se lanza a cruzar la calle en el momento que pasa un carro a toda velocidad. Claudia la mira aterrada. El carro atropella a Isabella, que se queda inconsciente tirada en el pavimento con el rostro cubierto por sus cabellos. Clara lo contempla todo entre aterrada y fascinada. La gente se acerca para ver que ha pasado. Uno de los transeúntes pronuncia la frase fatal.
- Ese carro la mató...
FIN DEL CAPITULO 53
CAPITULO 54
Claudia reacciona lanzándose hacia Isabella, la gente que se ha juntado en el lugar sigue comentando.
- Tal vez no esté muerta, que llamen a una ambulancia.
Sebastián toma a Clara del brazo y la lleva hacia el carro. Claudia está llorando, tiene a Isabella, que está inconsciente, en su regazo.
- Llamen a un médico por favor. Se muere, se muere.
Mientras, Fernando pasea de un lado al otro, completamente desesperado. La hora de la cita ya pasó. No sabe que hacer.
Han llegado dos enfermeros, que revisan a Isabella. Claudia está de pie, llorando, se acerca a ellos.
- Hagan algo, por favor.
- Hacemos lo posible, señorita. Pero este es un mal día para tener un accidente.
Los enfermeros se llevan a Isabella en una camilla.
Clara ha regresado al hotel con Sebastián. Aunque en ningún momento tocó a Isabella, una extraña sensación se ha apoderado de ella. Siente que ha empujado hacia la muerte a la amante de su esposo.
- ¿No es trágico el destino de Fernando? Se cita con su amante en un romántico lugar de Sevilla y un carro la mata cuando iba a encontrarse con él.
Isabella está en la sala de urgencias del hospital al que la han llevado, echada en una camilla. La situación es caótica. Claudia llora desesperada, ruega para que la atiendan. Debido a los últimos incidentes la sala está llena de heridos graves. Isabella ha recuperado la consciencia, pero apenas puede hablar.
- Esta es una señal de Dios. Él ha dispuesto mi muerte... Moriré con el recuerdo del gran amor que he vivido.
Claudia sale corriendo, con el rostro lleno de lágrimas, en busca de un médico. Finalmente, dos médicos se acercan para atenderla.
- Debe tener una hemorragia interna, su pulso es débil.
Uno de ellos, le ordena a una enfermera que se encargue de preparar un quirófano.
- No hay quirófano disponible, doctor.
- ¡Tiene que haber! Aunque sea la cocina, si no actuamos rápido, se nos va.
Isabella recupera el conocimiento momentáneamente. Claudia la toma de la mano.
- Dile a Gabriel que me perdone.
- Está bien.
- Si alguna vez encuentras a Fernando, dile que lo amo... lo seguiré amando como a nadie en este mundo.
Llevan a Isabella hacia el improvisado quirófano. Claudia se queda en la sala de urgencias, rodeada de heridos, profundamente conmovida, llorando.
Fernando ha esperado durante horas en la plazuela. Está solo, abatido, sumido en la tristeza. Ahora sabe que Isabella ya no irá, sale apesadumbrado de la plaza. En el hotel, Clara se ha vestido elegantemente, quiere salir a divertirse con Sebastián.
Claudia llama a la pensión para comunicarle a Gabriel que Isabella ha sufrido un accidente.
- Pero, ¿qué le ha pasado a Isabella?
- Está en el quirófano hace tres horas. Tengo mucho miedo, Gabriel. Necesito que vengas pronto.
Gabriel sale corriendo hacia el hospital. Cuando Claudia lo ve, corre hacia él, desesperada. Se abrazan con fuerza. En ese momento, un médico se acerca a ellos para comunicarles que han podido controlar la hemorragia.
- ¿Podemos verla, doctor?
- Todavía no, el peligro no ha pasado. Si sigue como hasta ahora todo irá bien. Pero si surgen complicaciones no creo que aguante, su estado general es delicado.
En la hacienda, Daniel y Mariana han consolidado frente a Rosario su noviazgo, ese amor sincero pero a la vez lleno de mentiras que se profesan. El padre Rubén y Rafael sospechan que el joven miente acerca de su situación económica.
Isabella está en una cama, inconsciente. Gabriel se acerca a ella, conmovido. Claudia se siente culpable, le confiesa a Gabriel que el accidente ocurrió cuando acompañaba a Isabella a una cita con Fernando.
- Hice todo para no perderte... tú me confesaste que amabas a Isabella y yo no fui capaz de decirte cuanto te amaba yo a ti. Pero ahora estoy sufriendo tanto como tú... no puedo verte con ese dolor que llevas encima. Yo soy la única culpable de lo ocurrido.
- No llores, Claudia, no llores... Él único culpable es Fernando de Alvear.
Fernando ha llegado al hotel, está confundido, desanimado. El botones le entrega una nota.
- Señor de Alvear, esta nota la dejó su esposa. Salió con el señor Revilla y ambos pidieron que no demore en alcanzarlos.
En un pequeño local, Clara baila sensualmente con Sebastián.
- ¿Sufres cuando me provoca besarte o sientes miedo?
- Sufro porque no eres completamente mía. Temo que Fernando entre en cualquier momento y nos encuentre.
- Deseo fervientemente que nos encuentre. Sería feliz si pudiese verlos a ustedes dos matándose de amor por mi.
- Sebastián se entrega al juego de Clara, se besan apasionadamente. Después se aleja de ella, temeroso.
- Fernando debe estar al llegar, no puedo comprometer mi amistad con él.
- ¿Cómo te atreves a hablar de amistad? La comprometiste hace tiempo, querido. ¿No recuerdas aquello que se hizo inmortal en aquella cama del hotel de París? No te hagas el tonto ahora... Sólo haz lo que tienes que hacer... Hazme tuya, llévame al paraíso del placer entre tus caricias y tu cuerpo. Fernando no vendrá, ya no le importo. Ven, acércate, deja que yo también te ame...
Sebastián está a punto de ceder, cuando entra Fernando, con gesto sombrío. Clara lo besa cariñosamente, él reacciona con frialdad. Se sienta en una mesa, le recrimina a Clara que quiera celebrar mientras la gente está muerta de miedo con lo que parece avecinarse.
- ¿Por qué me hablas así? ¿No tengo acaso derecho a disfrutar cada minuto de vida que me quede? No tengo la culpa de las guerras que puedan suscitarse. Los hombres se quitan la vida, mientras que otros luchamos por permanecer vivos.
Fernando se ha emborrachado, no puede ni pararse. Una vez en el hotel, Sebastián ayuda a Clara a tirarlo en la cama.
- Quiero beber más... beberme todo el vino del mundo.
- Descansa, mi amor... Yo te cuidare... Vete ahora, Sebastián...
Fernando y Clara se quedan solos.
- Yo no puedo vivir así, quiero beber y llorar, llorar mucho.
Fernando reconoce a Isabella en el rostro de Clara. La mira con sorpresa y amor.
- Isabella, eres tú... sabía que volverías.
Clara está desconcertada, pero no deja que ello le quite las intenciones de amarlo. Lo besa y él se deja.
A la mañana siguiente, Fernando queda confundido al descubrirse desnudo, acostado junto a Clara, que está apenas cubierta con una sábana.
- Quisiera que cada noche que me quede... cada noche a tu lado sea como esta que me hiciste vivir.
Isabella abre los ojos al sentir la mano de Gabriel que le acaricia la frente.
- ¿Qué ha pasado, dónde estoy?
- Isabella estás aquí ¡Has vuelto! ¡Has vuelto!
Gabriel no puede contener el llanto, lentamente Isabella empieza a recordar todo lo acontecido.
- Mi amor, Isabella. Qué angustia más grande pasé. Si te hubiera sucedido algo, creo que no lo podría haber soportado.
Alejandra Marina ha llegado desde París, está desayunando con Sebastián.
- Sabía que este no iba a ser un día muy bueno, pero francamente no pensé que se presentara tan mal.
- Gracias por lo que me toca. Viniendo de ti, es todo un halago. Aunque te sea difícil de creer, te he extrañado, Sebastián.
- ¿En serio me has extrañado? Viniendo de ti, también es un halago.
- No debes entusiasmarte demasiado. No he venido por ti, como comprenderás. He venido por Claire, mi hermana del alma. Hablé con ella por teléfono y la noté demasiado deprimida como para quedarme tranquila en París.
- Creo que no llegaste a tiempo. Clara estuvo muy deprimida, pero desde anoche sostiene un romántico y pasional reencuentro con su esposo. De verdad, no creo que si quiera se digne mirarnos ahora.
Fernando se ha levantado de la cama, está a medio vestir, buscando el resto de su ropa. Siente que debe irse cuanto antes, Clara está mortificada.
- Creo que prefiero tu compasión a tu desprecio. ¿Qué pasa? ¿Es que cuando estás sobrio no soportas estas manchas en mi cuerpo? O es que desprecias mi cuerpo aun cuando no tenga manchas. Dímelo, Fernando. No te quedes fingiendo que no existo. ¡Soy tu esposa y tengo derecho a pedirte que me ames aunque sea este poco de tiempo que me queda!
- Estaré siempre a tu lado, Clara. Pero no puedo engañarte ni engañarme a mí mismo.
Fernando no puede decirle que no la ama. No es capaz de fingir algo que no siente.
- ¡Es por Isabella! ¿Verdad? Tú crees que a mí me vas a engañar con todo ese discurso sobre cómo se marchita el amor. Pero estás muy equivocado. ¡Tú quieres abandonarme por esa mujer! ¿No es cierto? ¡Por Isabella!
Fernando la mira confundido, con asombro. Clara está hecha una fiera, espera que él le diga las cosas frontalmente.
Isabella quiere hablar con Gabriel. No puede evitar amar a Fernando, pero el sufrimiento de su primo la conmueve profundamente.
Claudia, que entra seguida por el médico, interrumpe la conversación.
- Acabo de ver los últimos análisis y está usted recuperándose magníficamente. Ha sido un milagro, créame. La criatura no ha sufrido en lo absoluto a pesar de que el golpe fue en esa zona.
- ¿No entiendo de qué criatura me habla, doctor? ¿No estará usted confundiéndose?
- De ninguna manera. Los análisis no se equivocan. Usted está esperando un hijo.
Isabella queda impactada por la noticia, Gabriel palidece.
FIN DEL CAPITULO 54
CAPITULO 55
- Ya veo, no lo sabían... Pues reciban entonces mis felicitaciones... Como les repito, el niño está a salvo. En adelante lo que la futura madre requiere es mucho descanso y atención.
El médico se va. Mientras los ojos se le van llenando de lágrimas, Isabella murmura.
- Un hijo...
Gabriel reacciona con furia, aprieta los dientes, se lleva las manos a la cabeza. Se siente impotente.
Isabella le pide a Claudia que la deje a solas con él. Una vez a solas, Gabriel encara a Isabella, con gran amargura.
- El miserable te usó y te ha cubierto de vergüenza.
Isabella responde, todavía conmocionada pero con firmeza.
- No, Gabriel, te equivocas. No hay nada vergonzoso en tener un hijo. Este hijo que llevo en mis entrañas es limpio como el amor que sentí cuando lo engendré. No puede ser más limpio y puro. Es el fruto de un amor inmenso y él siempre me recordará que fui capaz de dar ese amor.
- ¿No te das cuenta de lo que está pasando? ¡Vas a tener un hijo de un hombre casado!
- Voy a tener un hijo y eso es lo importante... Un hijo es una bendición de Dios. Ahora sé que cuando regrese a Perú tendré una razón poderosa para recordar con amor este viaje.
- Lo que debes hacer al regresar al Perú es olvidar… Olvidar, para que todo vuelva a ser como antes.
- Eso es imposible, Gabriel. Ahora es imposible. Yo ya soy otra mujer, no volveré a ser nunca la Isabella que tu conociste, esa niña piadosa e ilusionada…
- Volverás a ser la misma... Yo te ayudaré… Regresemos juntos al Perú, ¿qué te parece? ¿No era eso lo que querías?… Volverás a ser la misma Isabella de antes… La Isabella del campo, de las flores… La que se conmovía con el cantar de las aves y con el silencio de las estrellas. Isabella Linares… La única.
- No comprendes, Gabriel. Aunque quisiera ya no podría ser la de antes. Ahora llevo el nombre de Fernando en mi corazón y un hijo suyo en mi vientre… No me pidas que vuelva a ser la misma muchacha ingenua de la que alguna vez estuviste enamorado.
- De la que todavía estoy enamorado.
- Tú sigues hablando como el Gabriel de antes, pero mi corazón y mi vida pertenecen a otro, ¿no te das cuenta?… No te quiero hacer sufrir más, Gabriel, pero debes entender, por favor.
- ¿Por qué, Isabella?… ¿Por qué tienen que ser las cosas así?
Gabriel camina de un lado a otro de la habitación, gritando con desesperación. Isabella llora al ver el dolor de su primo. Gabriel finalmente se recompone y se acerca a ella, íntegro.
- Ya no importa… Ahora yo ya no importo… Es mejor que ambos pensemos en ti… y en tu hijo… Ya escuchaste al médico, debes descansar. No nos hace bien a ninguno de los dos seguir discutiendo.
Fernando ha negado la existencia de otra mujer en su vida. Clara se siente triunfadora, pero persiste en sus reclamos.
- Júrame que no me abandonarás, Fernando… Si me dejas prefiero morir antes…. ¿Para qué esperar? … Me arrojaré a las ruedas de un auto o desde una ventana de este mismo hotel…
- Clara, no digas tonterías…
- Es la verdad, no son tonterías… Si tú no estás a mi lado, no podré soportar el tormento que se avecina ni la espera de la muerte… Saldré a su encuentro, la abrazaré como a una vieja amiga… Lo haré si no me prometes que te quedarás conmigo… Júrame que lo harás, Fernando. Júrame que no te apartarás de mi…
- Te prometo, Clara, una vez más, que estaré a tu lado… Que no te abandonaré.
Gabriel ha salido del cuarto apesadumbrado. Claudia le da el encuentro y le pregunta como se encuentra Isabella.
- Está descansando… Maldita la hora en que ese Fernando de Alvear se cruzó en su camino… Maldita la hora en que ese auto no acabó con el fruto de esa condenada relación…
Fernando habla con Sebastián.
- Creo que tomé más de la cuenta… No recuerdo nada. Clara dice que mencioné el nombre de Isabella, y que ya lo había escuchado antes, cuando desembarqué en Cádiz…
- ¿No le habrás confesado la verdad…?
- No, eso sería terrible para ella. Está tan frágil… Y yo apenas puedo cargar con mi culpa… Enamorándome en aquel barco mientras que Clara buscaba una cura para esa maldita enfermedad…
Sebastián por un momento siente la tentación de decirle la verdad, pero finalmente calla.
Cuando Fernando le dice que Isabella faltó a la cita, él, hipócritamente, se ofrece para buscarla de nuevo.
Alejandra Marina conversa con Clara en su habitación.
- ¡De manera que Fernando está segurísimo de que tuvo una noche de pasión contigo!… Ay Dios, si los hombres son tan tontos…
A Clara no le hacen gracia las palabras de su amiga, las manchas en su cuerpo la atormentan.
- Nadie por más tonto que sea o ebrio que esté se acostaría con una mujer llena de manchas.
Alejandra Marina la tranquiliza, le propone recuperar sus placeres prohibidos.
- Sólo quiero recuperar a Fernando, no me interesa recuperar nada más.
Clara le cuenta a su amiga todo lo acontecido con Isabella. Alejandra Marina, alarmada, quiere saber si murió en el accidente.
- No lo sé… Pero de lo que sí estoy segura es que si aún vive no dejaré que me robe a Fernando.
- Fernando, tras su sobria apariencia, transita el mismo camino que nosotras… Se buscó una amante, mintió, se emborrachó hasta olvidar su propio nombre… ¿Te imaginaste alguna vez de que él fuera capaz de todo eso?
- No. La verdad, no.
- ¿Lo ves? Él también está persiguiendo placer y libertad… Tal vez no quiera aún admitirlo, y es por eso que siente culpa… Pero su culpa es una ventaja para nosotras. Al creerte moribunda hará cualquier cosa por ti… Cualquier cosa.
En la calle, un joven de 26 años, humildemente vestido, escapa como mejor puede de un grupo de jóvenes con camisa azul. Fernando y Sebastián están terminando de pagar la cuenta en un café, cuando el joven irrumpe abruptamente en el local lanzándose sobre Fernando.
El grupo de fanáticos entra también, lo acusan de escribir cuartillas contra la Patria. Uno de ellos lo abofetea gratuitamente. Fernando lee en voz alta unos papeles que el joven le entregó al entrar. Son poemas.
- Están cometiendo un error ¿Qué pruebas tienen para acusarlo?
Los jóvenes aluden a la denuncia de un correligionario, pero Fernando los convence. Ellos deciden dejarlo. Fernando le devuelve el fajo de papeles al joven, que lo recibe con agradecimiento.
Gabriel ha salido, Isabella está a solas con Claudia, no puede dejar de llorar.
- Cálmate, Isabella, llorar no te hace bien, ni le hace bien al niño.
- No quería que nada fuese así. No sabes como me duele ver sufrir tanto a Gabriel.
- No debes preocuparte por Gabriel, se le pasará. Tienes que preocuparte de ti y de tu hijo.
Claudia le recuerda a Isabella que Fernando todavía debe estar pensando que no quiso acudir a la cita.
- Todavía no debe saber que vas a tener un hijo suyo... Debería saberlo, ¿no te parece?
La frase de Claudia ha impactado a Isabella, que duda sobre la conveniencia de hacerlo.
En el restaurante del hotel, el joven poeta devora la mitad de un sandwich y la otra mitad se la guarda en un bolsillo. Hace lo mismo con otras cosas que encuentra en la mesa. Fernando habla con él, Sebastián los acompaña en silencio.
- Lo de mis hermanos era verdad. Son seis, todos pequeños… Tengo que llevarles algo de comer... Esos señoritos que vieron de camisa azul dicen que defienden a la Patria. Basta que lo vean a uno mal trajeado para que lo persigan acusándolo de revolucionario. Si escribe poemas es peor. Los únicos versos que leen son los de su himno.
- ¿Y por qué repartes tus poemas en la calle?
- No puedo creer que estemos en medio de tanta intolerancia.
- La intolerancia… Eso es lo peor…Lo malo de este país es que ya nadie cree en la democracia, tenemos gobierno y parlamento, pero todos, desde las derechas hasta las izquierdas desprecian el régimen liberal. Nadie escucha a nadie. Cada uno está esperando sólo el momento para implantar su propia dictadura… Y esto va estallar… Me duele decirlo, pero está visto que va a estallar, y todos vamos a salir perdiendo.
- Parece que sabes mucho de lo que está pasando, ¿no?
- Es mi país, señor. Un país antiguo como el de ustedes, con una generación brillante de jóvenes artistas que está a punto de ahogarse en la sangre de una guerra…
- ¿Cómo me dijiste que te llamabas?
- Pedro… Pedro Vega.
- Yo tengo un diario en Lima, y necesitamos a alguien que nos informe con objetividad de lo que está pasando aquí en España… En otras palabras, necesitamos un corresponsal, supongo que no te negarás.
Pedro responde, con entusiasmo y ansiedad.
- Claro que no… Le agradezco mucho… No sé qué decir…
- Ya tendrás mucho que decir en las notas que nos envíes. Por ahora… Aquí tienes un adelanto para que te compres un traje y no te molesten los camisas azules…
Pedro recibe el dinero, emocionado. Clara y Alejandra Marina se acercan desde lejos.
- Clara, ¿conoces a ese joven?
- No, jamás lo había visto en mi vida. ¿Cómo habrá entrado al hotel?, ¿has visto cómo está vestido?
- Un poco demodé… pero él no está nada mal.
Clara la reprende, risueña.
- Perdón, perdón, se me sale lo perversa… Fuera de bromas, creo que ese marido tuyo es perfecto para nuestra filosofía del placer… No creo que se niegue al goce de los sentidos.
En la mansión Alvear, Leandra recibe una aterradora visita del doctor Dávila.
- Buenas noches señora. Vengo a hablar con usted sobre la esterilidad de Fernando de Alvear. Todavía puedo enmendar el daño que le he causado.
- Parece que las amenazas no han sido suficientes para detenerlo ¿Hasta donde piensa llegar, doctor Dávila?
- Hasta dejar tranquila a mi conciencia. No me importan los riesgos.
Al saber que Fernando y Clara están de viaje por Europa, el doctor decide irse. Pero Leandra no luce aliviada, sino preocupada.
La conversación del poeta Pedro Vega apasiona a Fernando. Clara y Alejandra Marina se han integrado al grupo.
- Los poetas, por más que quieran, no pueden alejarse de su entorno. Un poeta es como una antena que capta todas las frecuencias que hay a su alrededor para poder crear…
Alejandra Marina, con suficiencia.
- Yo creía que el verdadero artista no debía contaminarse con el entorno… que tenía que vivir aislado de todo lo feo y desagradable para poder crear sólo cosas bellas.
- Con todo respeto, señora, esa es una concepción del arte superada. Las vanguardias nos han enseñado a encontrar la belleza en la fealdad. A hundir nuestras manos en el fango para extraer el diamante. El artista aislado en su torre de marfil ya no existe más… Fíjese usted en Baudelaire. Él no era ajeno a los hechos de su tiempo, y en sus poemas escribió sobre cosas terribles con gran belleza…
Clara, sombría.
- “C’est un univers morne á l’ horizon plombé…” (“Es un triste universo de plomizo horizonte…)
- “Oú nagent dans la nuit l’horreur et la blasphéme” (“donde en la noche nadan el horror y la blasfemia”)
A Alejandra Marina el poeta le cae mal, quiere evitar que Clara se deprima.
- Bueno, tal vez tenga usted razón, pero si seguimos así vamos a terminar poniéndonos tristes… Te propongo, mon cheri, dejar a los hombres con sus temas graves y regresar a lo nuestro, los chismes de salón y los comentarios de modas...
Los hombres se despiden de ellas caballerosamente.
Clara, a Pedro.
- Ha sido un placer conocerlo.
- A sus pies, señora.
Gabriel le comunica a Isabella que a la mañana siguiente le darán el alta. Trata de ser amable con ella.
- Tendrás que pasar unos días en la pensión hasta que puedas regresar al Perú.
- Está bien, pero no tienes que hacerlo tú sola; yo estaré a tu lado para apoyarte.
- No, Gabriel, es mejor que no vuelvas conmigo. Ahora las cosas han cambiado. No te preocupes por mi que no viajaré sola; mi hijo estará conmigo.
Gabriel queda impactado con la resolución de Isabella.
- ¡Dime que no has pensado en buscar a Fernando de Alvear y decirle que esperas un hijo suyo!
Isabella está paralizada, no sabe que responder.
- No es necesario que me respondas. De todas maneras, no hablarás con ese canalla. Él no tiene nada que darte ni a ti ni a tu hijo… Tú hijo llevará mi apellido.
- Gabriel, ¿qué estás diciendo?
- Lo que oyes… No sólo te estoy proponiendo acompañarte en el viaje de regreso… Te estoy proponiendo matrimonio, Isabella.
Sebastián entra al cuarto de Clara, Alejandra Marina lo observa burlonamente. Las dos mujeres han fumado hashish.
- ¿Y qué es de Fernando, mon cheri? ¿Por qué no ha venido contigo? Te lo dije, Clara... tu esposo anda en busca de sus propios placeres.
- No digas tonterías... El se quedó escuchando las noticias para enviar un despacho a Lima. Parece que…
Alejandra Marina goza el desconcierto de Sebastián.
- No lo cubras, Sebastián… Me encanta Fernando, estoy segura que será un miembro de lujo en nuestro clan.
Clara se ríe, está muy drogada. Sebastián, al notar su estado.
- Definitivamente, por este camino no estás ayudando a Clara. Menos ahora que Fernando sigue pensando en su amante, no ve la hora de correr tras Isabella Linares… Yo sólo espero que la pobre mujer haya salido bien de ese accidente.
- ¿Qué dijiste?
- Que sólo espero que no le haya pasado nada grave...
- ¡No! ¡Qué nombre dijiste! ¡Cómo se apellida esa mujer!
- Linares… Isabella Linares…
- La hija Andrés Linares… ¡De ese maldito Andrés Linares!
Clara reacciona con violencia, tiene el rostro desencajado.
FIN DEL CAPITULO 55
CAPITULO 56
Clara reacciona con violencia, tiene el rostro desencajado.
- Tienes que averiguar ahora mismo si esa infeliz murió.
- ¿Por qué te interesas ahora...?
- No hay tiempo que perder. Anda en este momento a averiguar.
- Pero es muy tarde.
- ¿No entiendes que esto es lo peor que puede sucederme? ¡No importa si es tarde o no! ¡Ve de una vez!
- Está bien. Iré.
Sebastián sale de la habitación. Clara está fuera de sí, toma un florero de la mesa y lo estrella contra la pared violentamente. Alejandra Marina está asustada, no se atreve a hablarle.
- ¡Esa mujer es la hija de Andrés Linares!
- El amante de Leandra, ¿tu padre?
- ¡Sí! ¡Sí! ¡Es hija de ese hombre que arruinó mi vida!
- Cálmate. No puede ser tanta coincidencia. Tal vez es alguien que tiene el mismo nombre...
- ¡Esa mujer es mi medio hermana! Lo sé!
- No puedes estar segura. Tal vez sea solo una coincidencia.
- ¡Sí! ¡Una coincidencia! Pero una coincidencia trágica.
Clara se ríe patéticamente hasta entrar en llanto.
Gabriel e Isabella.
- No estoy esperando nada de Fernando. Mi vida ya no tiene nada que ver con él. Ahora tengo un hijo al que aferrarme. Para él será todo mi amor.
Isabella ha decidido que tendrá a su hijo sola, Gabriel le repite que quiere casarse con ella y ser un padre para el niño que espera.
- No, Gabriel. Mi hijo crecerá sabiendo la verdad de mi vida y la suya. Te lo agradezco, pero nada tengo que ocultar. Me siento orgullosa de haber amado …
Gabriel está desesperado, no logra convencerla con ninguno de sus argumentos.
- Es que los prejuicios de la gente te pueden hacer mucho daño.
- Si te refieres a mamá, sé que esto no le va a gustar nada, pero creo que ha llegado el momento de vivir mi vida.
- Tal vez... tal vez estás pensando que ella no va a aceptar que nos casemos por ser primos. Pero para ella es peor...
- Ver a su hija de madre soltera? Escúchame bien, Gabriel, yo sé que voy a tener que enfrentarme a muchas cosas de ahora en adelante.
- Entiendo. Tú no quieres casarte conmigo porque aun estás esperanzada en que Fernando Alvear te busque y te proponga irte con él.
- No. No estoy pensando en eso. Hay un solo motivo por el que quiero verlo una última vez. Decirle que va a ser padre.
Gabriel la mira entre entristecido y rabioso. Isabella mira por la ventana, ensoñada.
Clara se ha comunicado con Lima, le urge hablar con Leandra.
- ¿Aló? ¿Eres tú, Leandra?
- ¡Hija! ¡Sí, soy yo!
- No te atrevas a repetir que soy tu hija, maldita! ¡Tú no eres más que la criada! ¿Me entiendes? ¡Madame! ¡Para ti soy madame!
- ¿Qué sucede, madame?
- Así está mejor.
- Qué bueno que llamó, madame. Estoy muy preocupada. El doctor Dávila...
Clara la interrumpe.
- ¡No me importa Dávila ni nada de lo que pueda decir! ¡Es de Andrés Linares de quien me preocupo! ¡Ese maldito hombre no me deja en paz!
- Cálmate. ¿Qué te pasa? Andrés está muerto.
- ¡Pero su hija no! ¡ ¡Isabella Linares es la amante de Fernando!
- Pero ¿cómo es posible si ella...?
- ¡Ella está aquí! ¡ ¡Se encontraron en el vapor, así como Andrés Linares se encontró contigo en algún lugar asqueroso para revolcarse como animales! ¡Así se revuelca esa mujer con Fernando!
- ¡Dios mío!
- ¡Sí! ¡Más vale que reces, Leandra! ¡Reza para que ese auto la haya matado! ¡La quiero muerta! ¡Muerta para siempre!
Leandra ha recibido un fuerte impacto. Apenas puede sostenerse, está pálida y un llanto seco, una mueca trágica, intentan expresar su desesperación.
Gabriel está deshecho, Isabella lo mira con compasión.
- El ser que esta en mi vientre no será hijo de la mentira, sino de mi amor. Debo decirle la verdad a Fernando. Lo que él haga con ella no me importa... Tienes que entender que no puedo ocultarle una verdad como esta... No quiero vivir en un mundo de mentiras.
- ¿Por qué me mientes, Isabella? ¿Por qué no me dices que lo sigues amando y que tienes la esperanza de encontrarte con él?
- Porque eso no es cierto.
- Entonces, ¿por qué rechazas el amor que te ofrezco?
Leandra está frente al retrato de Clara.
- Perdóname, hija. Perdóname …
Se quiebra en llanto, está desesperada. De pronto, su rostro se llena de odio.
- ¡Maldita seas Rosario por haber enviado a tu hija tras el esposo de la mía! ¡Tampoco te contentas con haberme quitado a una de mis hijas! ¡Crees que te la quiero robar! Te estás equivocando, Rosario. Esa hija no es mía. No me importa y ojalá que se muera en este instante.
Isabella se ha dormido. Gabriel, muy abatido, conversa con Claudia.
- Isabella quiere olvidar a ese desgraciado, pero no quiere saber nada de mí. Prefiere quedarse sola... Le ofrecí todo lo que puedo darle, pero ella no lo quiere.
Claudia toma la mano de Gabriel con cariño. Está apenada, pero a la vez siente un profundo alivio.
- Tu prima ha tomado su decisión... Ahora te toca pensar en ti...
- ¿En mí? ¿En qué? ¿Cómo? No, Claudia... Aunque te duela escucharlo, yo no puedo pensar en mí si Isabella no está a mi lado, ella lo es todo para mí. Mi vida sin ella no tendría sentido... ¡Maldita la hora en que Fernando de Alvear entró a su vida!
Fernando entra en la habitación de Clara sin hacer ruido. Ella finge estar dormida, está más relajada por el hashish. Se da la vuelta y mira fijamente a su esposo, que la mira con extrañeza.
- Lo siento... no quise despertarte.
- Mi amor... no sabía donde estabas.
- Me quedé conversando con ese muchacho, el poeta que conocí... No me he movido del hotel.
- Me siento tan insegura cuando no estás a mi lado, mon amour...
- Alejandra Marina me dijo que mejor era dejarte sola, que necesitabas descansar.
- Pero me siento mejor cuando estás a mi lado. Dime que sientes por mi... dime que me amas....
- No hagas que me sienta cruel, Clara. Ya te dije que ese amor...
- Que ese amor murió... sí, ya me lo dijiste más de una vez.
- Pero yo sé que es posible renacer aquello que se creyó muerto... anoche fue así... Dime que me amas, querido... dímelo.
Fernando la mira a los ojos, no puede mentir.
- Dime entonces que en tu corazón existe un sentimiento de amor por mí.
- Sí, Clara... Aun existe...
Fernando sufre, está mintiendo. Clara sonríe y lo besa suavemente.
Rosario entra a la cocina, con semblante serio. Felícita acomoda algunas cosas.
- Busca pan, queso de cabra y una botella de vino tinto. Y lo dejas aquí, en la cocina, en un rincón, hoy y todas las noches venideras. Es para el señor Andrés. No me mires así. Eso siempre le gustó a mi marido. ¿Por qué no puedo servirle de hoy en adelante lo mismo cada noche?
Felícita, con cautela.
- Señora... Su esposo falleció hace tiempo.
- Murió, sí, es cierto. Pero anoche entró a mis sueños y estaba muy triste. Yo diría que preocupado... Estoy segura que con su vino, pan y queso, se sentirá mejor... No me gustó nada su semblante y yo sé que se apareció para decirme algo muy importante... No me gusta que Andrés venga cuando Isabella no está.
Sebastián le comunica a Clara que Isabella está viva y ha sido dada de alta en el hospital.
- ¡La odio! ¡Maldita sea la hija de Andrés Linares! ¡me quiere quitar lo que me pertenece, lo que solamente es mío!
Clara está inquieta. A Alejandra Marina.
- No puedo perder a Fernando, Alejandra... no puedo...
- Entonces vamos a retenerlo de una manera inteligente... Vamos a dejar que siga encontrándose con su amante, eso lo hará más dócil, se sentirá siempre culpable contigo Claire... ¡Tan sencillo como eso! ¡Todos podremos ser más felices sin sentir culpas! ¿Qué opinas Sebastián?
Clara y Alejandra Marina ríen, en ese momento llega Fernando.
- Buenos días... Parece que la tertulia está muy animada.
- Una tertulia basada en un juego.
- ¿Cuál?
- Yo hacía la pregunta y Alejandra Marina y Sebastián tenían que responder: ¿Qué harían a partir del momento en que yo me haya muerto? ¿Cómo me van a recordar, con pena o felicidad?
- Algún día alguien dirá que Claire Riveau de Alvear sonrió hasta el final de sus días, quiso burlar a la muerte hasta el último instante tratando de ser feliz.
- Te ruego que no sigas, Clara. No puedo vivir así... nadie podría.
- No, mi amor... No tiene nada de malo especular o hacer planes. Por ejemplo, a mí me encantaría que luego de mi partida, tú pudieras encontrar a alguien... a alguien a quien también yo haya querido...
Clara toma la mano de Fernando y la pone sobre la de Alejandra Marina.
- Yo no tendría ningún reparo en aprobar que esa persona fuera Alejandra Marina.
Fernando se contiene, Alejandra Marina y Clara sonríen.
Fernando se ha quedado a solas con Sebastián. Las mujeres han subido a la habitación.
- Me imagino que tu pesadumbre se afloja al saber que Clara tiene a una buena amiga cerca.
- La conocí cuando estuvimos de luna de miel... Es extraña, pero me alegra que Clara se sienta a gusto con ella. La verdad es que no tengo cabeza para pensar en nadie más que en Isabella.
- No puedo sacarla de mi mente... Ya no sólo son mis sentimientos; la situación que se está viviendo aquí es peligrosa. Tiene que dejar España, es inminente el estallido de la guerra civil.
- En ese caso, es mejor que todos vayamos haciendo maletas.
- No me iré si no la encuentro antes a Isabella.
- ¿Qué puedes hacer tú para que Isabella se regrese a Perú? No solamente tienes a Gabriel encima sino que va a ser muy difícil que te movilices estando Clara con Alejandra Marina aquí.
- En ese caso, una vez más, necesito que me ayudes. Aunque tenga que sacar a Isabella de España, a espaldas de Gabriel, pues lo tendré que hacer. ¿Qué me dices?
- Cuenta conmigo.
Leandra, con autorización de Victoria, ha decidido viajar unos días al pueblo. Está bajando las escaleras de la mansión con una pequeña valija, cuando se cruza con Augusto.
- Así que nuestra ama de llaves sale de viaje... ¿O tal vez me equivoque y lleva allí un informe escrito acerca de los amores y desamores de la mansión de Alvear?
- Déjese de bromas conmigo, joven, que quien debería callar es usted. No vaya a ser que no solo las paredes y yo seamos testigos de sus correrías atrás de la servidumbre.
- Para mi alivio, usted no es una de mis candidatas... Leandra, no se meta donde no la llaman. Recuerde que en cualquier momento usted es candidata, pero para perder el trabajo, así que en boca cerrada...
- Sé cuál es mi lugar en esta casa. Y si el señor me permite, ahora tengo que salir de viaje.
- Vaya no más, mi querida Leandra. Y si no consigue transporte, hay una buena escoba en la cocina.
Leandra lo mira con odio y se va.
Daniel le comunica a Mariana que ha decidido regresar a Lima. Ella se pone triste, no quiere que se vaya.
- Han sido días maravillosos, Mariana. Créeme que los más felices de mi vida, pero al quedarme aquí podría haber una tragedia familiar, en cuanto a los negocios se refiere. Y yo creo que tú no me aceptarías si fuera pobre, ¿no?
- Siempre andas hablando de lo mismo, Daniel. Claro que te amaría igual. Tú eres todo para mí.
Daniel suspira aliviado.
Más tarde el joven se despide de Rosario, Mariana y Rafael, quien lo mira con suspicacia.
- Gracias por la hospitalidad... Cuídemela bien, señora. Volveré muy pronto por mi novia.
- Espero que sea con su padre, Daniel.
- Así será. Resolveré asuntos pendientes de trabajo y volveré. Mariana, te empiezo a extrañar desde ahora...
Daniel se va, Mariana se queda muy triste. Rosario la abraza.
Sebastián le ha dado la dirección de Isabella a Clara. Ella y Alejandra Marina salen a su encuentro en un auto con chofer. Fernando ya está allí, esperando que Isabella salga a hablar con él.
Isabella, mientras, habla con Claudia en su habitación, todavía permanece en cama.
- Sé que voy a quebrarme al verlo, Claudia. Pero debo salir. Ayúdame.
Isabella se incorpora. Claudia la ayuda a levantarse.
- Si quieres le digo que regrese mañana cuando te sientas mejor.
- No. Mi corazón me dice que debo ser fuerte y salir a verlo de una vez.
- ¿Qué piensas decirle?
- Solo una cosa tengo que decirle. Que estoy esperando un hijo de él.
- ¿Y si te dice que te ama, que lo perdones, que no ama a su esposa?
- Me da igual. Eso ya me lo dijo en el barco.
Isabella duda, quizás no debería salir a ver a Fernando, pero Claudia, con palabras alentadoras, la convence.
- Si mi corazón lograra sentir en Fernando ese amor que me conquistó y al que me entregué, entonces no dudaría en echarme a sus brazos a pesar de todo.
- Dale a tu corazón la oportunidad que anhelas.
- Tienes razón. Hablaré con él. Y si Dios me ayuda podré comenzar a olvidar y ser feliz a su lado por siempre.
- Te ayudo a vestirte.
Rosario está hablando con Mariana, cuando nota la presencia de Leandra, con semblante serio, en la puerta.
Rosario palidece, Mariana se sorprende.
Tengo que hablar con usted.
- Quién te ha dado permiso para venir a mi casa?
- Lo que tengo que hablar con usted es muy importante.
Rosario le ordena a Mariana que las deje a solas.
- Antes que digas nada, tengo que decirte que felizmente he logrado alejar a mi hija de tus garras. Porque yo sé que tu intención es hacerme daño hasta el final. Sé que no me perdonarás nunca que Andrés fuera mi esposo hasta su muerte.
- Hasta hace muy poco yo tenía cierta consideración por usted. Pero ahora que veo lo cínica que puede ser, ya no tengo ningún respeto por usted.
- ¡Cómo te atreves!
- ¡Cállese y escúcheme! Si usted cree que me va a ganar la partida está muy equivocada doña Rosario. ¡Muy equivocada! Yo soy capaz de todo. ¿Me oyó? ¡De todo, por la felicidad de mi hija!
- Hazme el favor de irte. No sé de qué estás hablando y no tengo por qué escucharte. Vete.
- Sabe perfectamente de qué estoy hablando. Usted ha mandado a su hija a España.
- Felizmente. Para librarla de tus maldades.
- ¿Para eso o... para quitarle el esposo a mi hija?
Rosario reacciona violentamente, se lanza contra Leandra para abofetearla, pero ella le toma la mano.
- ¡No vuelvas a decir eso nunca más, maldita! ¡Mi hija no tiene nada que ver con ese hombre!
- ¿Ah, sí? ¿Entonces por qué son amantes?
Fernando espera con impaciencia a Isabella. Clara entra al patio, él sale a su encuentro.
- ¿Qué haces aquí?
- Te seguí. No puedo vivir en la incertidumbre, Fernando. ¿A quién has venido a ver? ¿Quién vive en esta casa, Fernando?
Fernando calla, Clara avanza hacia la puerta con intención de entrar. Él la retiene.
- No debes entrar, Clara.
Clara entra en llanto.
- Necesito que me ames, Fernando. No puedo vivir lo poco que me queda si tú me dejas. Aunque sea por compasión, miénteme, Fernando, dime que me amas.
Clara se quiebra. Fernando la abraza. Se siente culpable.
Isabella sale de su habitación. Se fija en la puerta que conduce al patio, que está entreabierta. Su rostro se hiela al ver a Fernando abrazando a una mujer.