LORENZO LE HA DADO LOS PASAJES. CLARA LOS TIENE EN LA MANO Y LOS CONTEMPLA.
- ¿En avión? Lo siento, a mi no me gustan los aviones.
- No hay otra forma. Si no salen hoy corren peligro. No tienen otra alternativa que tomar ese avión.
CLARA MIRA A LORENZO ATERRADA.
- Imposible. Debemos esperar a que el Virgilio regrese para embarcarnos.
- La guerra es un hecho. Deberán ir a Londres hoy mismo. Luego a Nueva York y después a Lima.
- No me gustan los aviones.... ¡Los detesto! Tiene que haber alguna otra forma, Lorenzo. Podemos pagar una fortuna por conseguir pasajes en barco. Tal vez si esperamos unos días.
- Por favor, Clara, debes entenderlo. Aquí se está viviendo una guerra. El dinero y las influencias ya no valen. Te aseguro que me ha costado mucho conseguir esos pasajes Tienen que salir inmediatamente.
- ¿No estás exagerando? Mira que Fernando debe reponerse de su herida.
- Lo único que te puedo decir es que yo mismo quisiera embarcarme en ese avión con ustedes, pero desgraciadamente debo quedarme. No hay nada que hacer. O se van ahora o quién sabe lo que les pueda suceder.
CLARA MIRA PREOCUPADA A LORENZO. LUEGO VOLTEA A MIRAR A FERNANDO QUE DUERME.
·
CARMELA LLEGA A LA PUERTA DE SALIDA. PONE SU MANO EN EL PICAPORTE PERO SE DETIENE. SIENTE LA PRESENCIA DE LEANDRA QUE SALE DEL RECIBO.
- Veo que mi intuición no falla. ¿Me estaba esperando?
- Y yo veo que usted nunca pierde oportunidad para sembrar dudas y malos presagios acerca de madame.
- Usted es demasiado atrevida para ser una criada.
- ¿Por qué odia a madame? La ha odiado desde el primer momento que pisó esta casa. Solo vive para humillarla inventando mentira y media sobre ella.
- Usted mejor que nadie sabe que no son inventos, Leandra. Yo sé muchas cosas que no puedo decir porque harían un gran daño a mis sobrinos. Además, tampoco serviría de nada decirlas. Podría decir muchas cosas de usted, pero eso no la haría cambiar en nada.
- ¿Quién le ha hablado de mí?
- No necesito estar escuchando a la gente para saber.
- Me interesa saber qué otra cosa va a inventar para estar preparada.
CARMELA SOPESA UN MOMENTO LO QUE DEBE HACER.
- Muy bien ¡Cuando Fernando y Clara regresen se darán con la sorpresa de que hay un hijo!
- Un hijo...
- ¿No lo sabía? Le confieso que yo tuve el mismo gesto de sorpresa, más aún sabiendo que mi sobrino es estéril. Es increíble cómo se puede equivocar la ciencia médica.
LEANDRA ESTÁ FRANCAMENTE IMPACTADA. CARMELA MIRA A LEANDRA QUE DE PRONTO SE HA PUESTO MUY NERVIOSA.
- ¡Es una más de sus mentiras!
- Usted sabe que no. Pero no se preocupe, no diré nada. Hay ciertas cosas en el destino del hombre que no pueden ser advertidas por brujas y pitonisas. Hay veces que uno tiene que enfrentarse a su destino sin avisos ni advertencias... como lo ha hecho usted hasta ahora, Leandra... ¿Se da cuenta? Si yo voy diciendo todo lo que sé, causaría en la gente la misma zozobra que le he causado ahora a usted. Ahora, me disculpa, pero se me ha hecho tarde.
CARMELA SALE. LEANDRA SE QUEDA ECHANDO CHISPAS. CARMELA HA LOGRADO PREOCUPARLA.
·
SEBASTIÁN SIGUE EN EL LECHO, DELIRANTE POR LA FIEBRE. ALEJANDRA MARINA SENTADA JUNTO A ÉL. LA EXPRESIÓN DE ELLA NOS MUESTRA UNA ALEJANDRA MARINA NO TAN BRILLANTE, TAL VEZ UN POCO ENTRISTECIDA Y PREOCUPADA.
- Clara...
ALEJANDRA MARINA SE ACERCA PARA DARLE UN SUAVE BESO EN LA BOCA.
- Tranquilo. Tienes que recuperarte.
ENTRA LA ENFERMERA A REVISAR LAS HERIDAS.
- ¿Cómo está? ¿Qué dice el médico?
- Está muy mal. Todo se le ha infectado. La verdad es que yo no sé cómo la gente puede llevar tan lejos una disputa por amor.
LA ENFERMERA SALE.
- Clara...
- Sí. Demasiado lejos.
MIRA A SEBASTIÁN CON CULPA.
·
QUESADA ABRE LA PUERTA Y DE PRONTO RETROCEDE MUY ASUSTADO. ES LEANDRA QUIEN HA ENTRADO Y LO APUNTA CON UNA PISTOLA.
- Leandra, no entiendo qué...
- Usted habló demasiado, Quesada. Yo le advertí que no lo hiciera... ¡Abrió esa boca! Pero ya no me preocupa, yo mismo se la callaré para siempre.
LEANDRA A PUNTO DE DISPARARLE. QUESADA SUDA ATERRADO.
- Por favor, Leandra. Usted se equivoca. Yo sólo soy...
- Un gusano traidor como otros que conocí y que terminaron en el fondo de un hoyo pagando sus errores.
- No sé de quién me habla, pero le ruego que no vaya a halar ese gatillo.
LEANDRA AVANZA Y LO ARRINCONA.
- Cálmese, por amor de Dios. Antes de cometer una equivocación le ruego que hablemos.
- No me pida nada, Quesada. Usted es un maldito infeliz... ¡Yo debo matarlo para poder vivir en paz! ¡El tiempo de aguantar a un ser tan cretino como usted merodeándome, se acabó!
- Yo no sé qué ha ocurrido. Ayer mismo usted y yo cerrábamos un trato.
- Pero ni con su cínica amnesia usted pudo callarse la boca. ¡Le tuvo que contar todo lo que sabe de la familia Linares al señor Augusto Calderón! ¡Y ahora por su culpa estoy en manos de ese estúpido y arrogante señorito!
- Un momento, doña Leandra. Yo le puedo explicar. El caballero me amenazó, sí, me dijo que si yo no le decía algunas cosas, haría que el señor de Alvear me dejara sin trabajo. Yo iba a llamarla a usted... Sólo le mencioné algunos nombres, nada de importancia. Ni yo mismo sé qué es lo que le preocupa de esa familia Linares. Si usted quiere ahora mismo le devuelvo el dinero que me dio.
- Buena falta va a hacer para su entierro sino quiere que lo metan en una fosa común.
LEANDRA ESTÁ A PUNTO DE DISPARAR. EN ESE MOMENTO SE ESCUCHA UN PERCUTOR. LEANDRA SE HIELA. VOLTEA Y VE A VÍCTOR QUE HA ENTRADO Y LA APUNTA CON UNA PISTOLA.
- Es mejor que la señora no cometa una locura. Baje el arma.
LEANDRA LO HACE, MIRANDO CON ODIO A QUESADA.
- Puedes quedarte tranquilo Víctor. Claro que llegaste a tiempo, pero aquí sólo ha ocurrido un malentendido. ¿No es así, mi estimada?
LEANDRA LO MIRA CONTENIENDO SU RABIA. QUESADA SE LE ACERCA TRIUNFAL.
- No me diga que toda su locuacidad se acabó de pronto. Usted debe saber que si me hace algún daño, se echa la soga al cuello. Dime, Víctor... ¿Tienes a buen recaudo los documentos a nombre del señor de Alvear donde figura toda la historia de mademoiselle Claire Riveau y su madre verdadera?
- Sí, doctor. Como usted me ordenó. Si a usted le sucediera alguna desgracia, inmediatamente esos papeles caerían en manos del señor de Alvear.
- Yo veré la forma de eliminarlos a ustedes dos.
- Es mejor que confíe en mi palabra, Leandra. Yo a usted, jamás la traicionaría... No me conviene... Puede estar tranquila.
- Les puedo asegurar que esto no se termina aquí.
LEANDRA GUARDA EL ARMA Y SE VA. VÍCTOR CIERRA LA PUERTA Y QUESADA PRÁCTICAMENTE CAE EN SU SILLÓN, ALIVIADO.
- Esta vez sí que la vi cerca. ¡Esa mujer es demasiado peligrosa!
QUESADA SE ABRE LA CORBATA. NECESITA MÁS AIRE.
·
VICTORIA TOMA UNA CUCHARADA DE AGUA DE AZAHAR. ESTÁ MUY TENSA. A SU LADO AUGUSTO Y DE PIE LEANDRA.
- Esta agua de azahar no puede calmar la ansiedad que llevo en mi corazón. Tía Carmela tiene razón. Algo terrible está por sucederle a Clara. ¡Por qué tuvieron que viajar de regreso en avión! ¡¿Por qué?!
- Estás exagerando, querida. No ha ocurrido ningún accidente. De suceder, ya nos habríamos enterado por la radio. Es mejor que subas a acostarte.
- No, Augusto. No puedo descansar ahora que sé que la desgracia se producirá.
- Tu hermano es un fanático de los aviones. No se subiría con su esposa a ninguno que le pareciera inseguro...
- Pero el clima, los vientos, la mala suerte... ¡Ay, Dios, no quiero ni pensarlo! Carmela me lo advirtió y hubiera estado a tiempo de...
AUGUSTO SE LEVANTA.
- No creo que pueda tolerar una palabra más. Saldré a caminar. Necesito despejarme...
AUGUSTO SE VA HACIA LA CALLE.
- Pareciera que mi esposo fuera indiferente a todo... Los hombres acostumbran a evadirlo todo...
SUENA EL TELÉFONO Y LEANDRA CONTESTA.
- Diga... Aló... sí, diga... Sí, habla Leandra... ¡Clara!
VICTORIA REACCIONA Y SE LEVANTA DE INMEDIATO.
- ¿Está usted bien, madame? ¿No ha tenido ningún inconveniente? ¿Y el señor Fernando?
- ¡Déjeme hablar, Leandra!
LEANDRA LE HACE UN GESTO PARA QUE SE CALME.
- Ah, entiendo... su esposo está en otra zona del aeropuerto... Sí, la escucho... La señora Victoria quiere hablarle... ¿Cómo dice? Al parecer no me escucha bien... Aló...
- No quiero que me pases con la estúpida de Victoria.
- Sí, madame... La llego a escuchar... ¿Cómo dice? ¿Qué hay de lo otro? ¿Cómo se siente usted?
- Te refieres a la hija de tu hombre...
- ¡Por Dios, madame!
- Isabella Linares ya es asunto cerrado, Leandra. Pero seguramente querrás saber más... ¿no? Pues escucha bien... ella siguió el ejemplo de su padre... ¡Se acostó con quién no debió y ahora hay un hijo de Fernando en su maldito vientre!
CLARA ESTALLA EN ATAQUE DE RISA. LEANDRA HACE UN GESTO A VICTORIA PARA QUE ESPERE.
- Debes organizar una espléndida fiesta por el cumpleaños de Fernando. Una fiesta como nunca se ha hecho en Lima.
- No creo que sea conveniente, madame. Dado su delicado estado de salud...
- ¡No me contradigas y sigue mis órdenes!
- Como usted ordene, madame.
LEANDRA CUELGA EL AURICULAR.
- Se cortó la comunicación.
- ¿Qué dijo?
- Ellos están bien, señora. Tomarán un avión rumbo a los Estados Unidos. Parece que en unos días más estarán en Lima.
- En avión...
- Tranquilícese, señora. Debemos tener confianza en que nada pase.
VICTORIA MIRA ATERRADA A LEANDRA.
·
FELÍCITA CORRE HACIA LA CASA DE LA HACIENDA LINARES.
- ¡Doña Rosario! ¡Ya llegan, doña Rosario!
ROSARIO Y MARIANA SALEN ACOMPAÑADAS POR RAFAEL. FELÍCITA ESTÁ JUNTO A ELLOS, MUY AGITADA.
- ¡Vienen en un auto, doña Rosario!
- Ya te oímos, Felícita.
- Es que estoy emocionada de que Isabella vuelva a casa.
- Mejor cálmate un poco. No sea cosa que te de algo.
- Llegan Isabella y Gabriel. Ojalá que todo vuelva a ser como antes en esta casa.
- En esta casa nada fue como debió ser.
ROSARIO ENTRA A LA CASA, MARIANA LA SIGUE.
- Tía, por favor. Tratemos de llevar la fiesta en paz.
RAFAEL DETIENE A MARIANA Y LA HACE VOLVER PARA RECIBIR A ISABELLA.
- ¡Ahí están! ¡Ahí están!
EL AUTO EN EL QUE VIENEN SE DETIENE. FELÍCITA ABRE LAS PUERTAS.
ENTRAN ISABELLA Y FELICITA ABRAZADAS MUY CARIÑOSAMENTE.
- Te hemos extrañado tanto, Isabella.
- Yo también los he extrañado mucho...
ENTRAN GABRIEL Y MARIANA ABRAZADOS.
- He necesitado mucho de ti, hermano.
- Ya estoy acá. He venido a quedarme.
LOS HERMANOS SE ABRAZAN EMOCIONADOS AL TIEMPO QUE DON RAFAEL Y EL CHOFER DEL AUTO INGRESAN EL EQUIPAJE. RAFAEL SE SALUDA CON ISABELLA.
ROSARIO, TRATA DE REPRIMIR SU EMOCIÓN POR EL REENCUENTRO ISABELLA LA MIRA Y VA HACIA ELLA.
- ¿Cómo está, mamá?
ROSARIO ACARICIA SU MEJILLA.
- Hasta hoy esperando el día en que volviéramos a estar todos juntos…
GABRIEL LA ABRAZA Y LA BESA CARIÑOSO.
- Merecemos empezar una nueva vida…
- Yo también estoy dispuesta a luchar por sacar adelante la hacienda…Todos juntos vamos a lograrlo.
ISABELLA Y ROSARIO SE ABRAZAN EMOCIONADAS. ISABELLA SUPERADA POR SUS LAGRIMAS.
- Se que será así…Los necesito más que nunca…
ISABELLA ROMPE A LLORAR.
- Qué ocurre, Isabella?
UNA SONRISA SE MEZCLA CON SU LAGRIMAS, TOMA LA MANOS DE SU MADRE Y LAS LLEVA A SU VIENTRE. ROSARIO ACUSA EL IMPACTO DE LA REVELACION QUE AHORA ISABELLA LE CONFIRMA, INTIMA, DOLOROSAMENTE CONFIDENCIAL. CASI SECRETA ESPERANDO LA APROBACION O EL RECHAZO DE SU MADRE.
- Estoy esperando un hijo.
ROSARIO SE ESPANTA Y NEGANDO LA POSIBILIDAD QUE LE ANTICIPARA LEANDRA ECHA UNA TERRIBLE MIRADA A ISABELLA QUE HACE QUE PASE DE LA FORTALEZA A LA FRAGILIDAD. PERDIENDO FUERZAS, SE DESMAYA, CAYENDO EN BRAZOS DE SUS MADRE.
FIN DEL CAPITULO 61
CAPITULO 62
Rosario se espanta y negando la posibilidad que le anticipara Leandra echa una terrible mirada a Isabella, que hace que pase de la fortaleza a la fragilidad. Perdiendo fuerzas, se desmaya, cayendo en brazos de su madre. Rosario está paralizada de terror. El desmayo confirma la peor de sus sospechas. Gabriel toma a Isabella y la conduce al dormitorio. Cuando pasan delante de Rosario, Gabriel se detiene. Rosario lo mira fijamente.
- ¿Has sido tú?
Gabriel rehuye su mirada. Él y Mariana conducen a Isabella a la casa. Felícita los sigue. Una vez que han pasado, Rosario cierra los ojos con gesto de impotencia y rabia.
·
Isabella está echada en su cama, con los ojos cerrados. Gabriel, Mariana y Felícita la rodean. Esta última le pone hojitas de llantén en las sienes. Isabella abre los ojos de pronto.
- ¿Te sientes mejor?
Isabella asiente para no preocuparlos más.
- Te he puesto unas hojitas de llantén. Eso ayuda. Ahora mismo te preparo un mate de cedrón. ¿O prefieres un buen caldo de gallina?
Entra Rosario, muy seria. Se hace un silencio pesado.
- Déjenme a solas con Isabella.
- Isabella necesita descansar, tía.
- Tengo que hablar con ella ahora.
Isabella mira a Rosario a los ojos.
- Tienen razón, mamá. Será mejor que hablemos ahora.
- Pero...
- Está bien, Gabriel. Déjennos ahora.
Mariana, Gabriel y Felícita salen. Rosario no se mueve, Isabella la mira.
- ¡Merezco la verdad! No soy una extraña, debo saber con quién te has enredado.
Isabella acusa los términos con que su madre se refiere a la situación, se siente dolida.
- No me he enredado, mamá. He amado a un hombre incondicionalmente. Eso es todo lo que tengo que decir.
Rosario estalla con su supuesta verdad.
- Por qué niegas que el hijo que esperas es de Gabriel…El afrontará los hechos, no es un cobarde!
- Este hijo es mío y de nadie más, mamá.
Las palabras de Isabella impactan a Rosario que se descoloca completamente, al sentir su mundo de valores destruido.
- Tú no eres mi hija, Isabella. Yo nunca tuve una hija. ¡Nunca!
Rosario sale furiosa y llega a la sala. Estrella contra la pared un florero. Gabriel está en la puerta, mirándola.
- ¡Maldita doña Gertrudis! Por su culpa esta casa será siempre un infierno.
Rosario toma otro objeto y va a estrellarlo también, pero Gabriel corre junto a ella y se lo impide.
- Cálmese, por favor, tía.
Rosario mira a Gabriel, su rostro se llena de tristeza.
- ¿Cómo pretendes que me calme?
- El hijo que Isabella espera es mío.
Isabella, sin fuerzas físicas, muy débil, impone su presencia.
- No mientas , Gabriel! No me entregado a ti nunca.
Gabriel se retira de allí, dolido.
- Por Dios, Isabella! No puedo entender…
- Me enamoré, mamá…
- Te has subido a un barco para buscar a tu primo y vuelves embarazada…Qué tipo de relación has tenido…Cómo puedes llamar a eso amor…Una vulgar aventura eso has tenido!
- También ha sido mi gran aventura haber conocido el amor y su deseo…
- Vas a volverme loca! No te reconozco, no eres la niña que yo crié…No eres la niña a quien yo di ejemplo!
- Lamento no ser un ejemplo…No sabes lo que es el amor , madre?
Rosario va irse, se siente violenta.
- Ahora te vas…? Ya no quieres la verdad…?
- Ese hombre sea quien sea…Tendrá que asumir su responsabilidad…Casarse contigo y reconocer su hijo.
- Ese hombre ya está casado.
Las palabras de Isabella caen como un yunque sobre Rosario.
- Te has enredado con un hombre casado! Te has vuelto loca!
- No sabía que era casado cuando me entregué a él…No sabía ni siquiera su nombre…
-Te engañó…Irá preso…pagará por lo que hizo…
- Yo soy la responsable, madre…Yo fui lo suficientemente ingenua…Lo necesariamente ingenua…Porque aunque hubiera sabido la verdad no se si hubiera podido resistir a todo lo que él despertó en mi…
- Cuando un hombre es indebido las mujeres cerramos las piernas, usamos la cabeza…Porque sabemos que no hay salvación…No te das cuenta que has arruinado tu vida?
Isabella rompe a llorar, su madre la abraza, desesperada en su mundo de prejuicios.
- Ya! ¡Algo que decir!…Algo que explique tanto destino se me va a ocurrir! Cálmate!
- No puedo! Si no fuera por el hijo que me sostiene no podría soportar este desengaño…Estoy en carne viva, madre!
Rosario acaricia su cabeza, apiadándose.
·
Victoria entra al recibo, seguida de un nervioso Augusto.
- Quiero que me concedas la oportunidad de explicarte, Victoria. Aquella noche no quisiste escucharme y...
- Escuchar disculpa a la traición?! ¡Quién te crees que soy!
- Puedes decirme lo que quieras, pero te pido que lo hagas con sinceridad y no con todo el veneno que debe haber puesto Leandra en ti.
- Leandra es leal conmigo. Si no fuera por ella...
- Es una mujer capaz de elucubrar la más tétrica de las historias... te ha llenado la cabeza de fantasmas... Ella me odia porque yo soy el único que la desafía en esta casa.
- ¡Que la desafiaba! Ya no estás ni estarás más aquí. Leandra no inventó nada. Ella te delató, sí, pero no me vas a decir que lo que yo vi es mentira. ¡No soy ninguna loca!
- Sé que no soy perfecto, que también cometo equivocaciones... Pero ningún hombre es un santo.
- Entonces debo perdonarte, ¿es así?
- El perdón es mi petición, concederlo es tu decisión. Admito mi culpa, pero te pido que no me condenes. Fue un abrazo... quizás dos... un beso... nada más.
Victoria lo mira con odio.
- Desde que la criada llegó a esta casa, no hacía más que coquetearme... Ella era quien se me insinuaba.
- ¡Debiste decirme las cosas a tiempo y la echaba de inmediato!
- Flaqueé, es cierto. Y si te pudiera expresar desde el fondo de mi corazón cómo me siento... cuán arrepentido estoy...
- Dime por qué tendría que volver a confiar en ti.
Augusto la mira anhelante, conmovido.
- Porque tú y yo hemos estado muriendo estas semanas. Sé que al igual
que yo, la separación nos duele, hasta nos hace llorar.
Victoria se conmueve, lo ama intensamente.
- No vine a negar nada... sólo vine a suplicarte amor... Te necesito, me haces mucha falta... Sólo quiero saber si puedo volver a tu casa o no.
Victoria lo mira tensa y a la vez emocionada. Él suplicante, emana amor por ella.
- Ahora mismo puedo subir a nuestra... a tu habitación y sacar la ropa que dejé... Si me lo pides lo haré, y prometo no volver nunca más.
Victoria no responde, duda. Augusto toma el picaporte, se va a ir.
- Creo que todo está dicho.
- Augusto... yo... Tú me has hecho mucha falta... Cada noche tan sola, sin tu calor a mi lado, sin tus caricias.
Augusto se le acerca.
- Y yo... culpable y arrepentido, sabiendo que perdía por una tontería a la mujer que elegí para el resto de mi vida.
Se miran conmovidos, enamorados.
- Perdóname... Olvidemos todo y empecemos de nuevo.
- No hablemos más...
Victoria no responde. Él la abraza y finalmente se besan apasionados
- Vamos, subamos a “nuestra” habitación.
·
Por la noche los invitados van llegando, están Francisco, Hernández y algunos poetas. Lucía y Delmira, con algunos mozos, sirven bocaditos y licor.
- Con el estallido de la guerra en España, toda Europa parece hundirse en medio de una anarquía absurda.
- El absurdo, muchas veces es necesario para un reordenamiento lógico. Sólo un verdadero nacionalismo salva a un país.
- Felizmente Fernando traerá noticias recientes, porque si hablamos de información, es muy poca la que tenemos. Las radios y los diarios no llegan a dar un panorama objetivo, especialmente algunos periódicos.
- Créeme José, que no me doy por aludido. El único responsable por los editoriales del “Progreso”, es Augusto.
Todos desvían la mirada hacia las escaleras. Es Augusto que baja del brazo con Victoria. Ambos lucen elegantísimos y sonrientes. En ese momento sale de la cocina Leandra, con una bandeja. Augusto le hace un gesto y le habla.
- Ya ve usted, Leandra. Estoy invitado a la celebración...
Victoria se acerca a saludar a los invitados.
- Puede estar seguro que no le quitaré la mirada de encima ni ahora ni en los días venideros, así que cuídese mucho con ir detrás de alguna falda.
AUGUSTO SE ALEJA Y SE ENCUENTRA CON LOS POETAS QUE BEBEN Y COMEN ANSIOSOS. LLEGA CARMELA Y CRUZA MIRADA MUY TENSA CON LEANDRA.
- Buenas noches, señora.
CARMELA NO LE CONTESTA EL SALUDO Y VA HACIA EL GRUPO DE INVITADOS. FRANCISCO ATAJA A AUGUSTO.
- Veo que mi ultimátum dio resultado.
AUGUSTO: No vayas a pensar que por no tener casa, volví aquí. A Dios gracias la mecha del amor sigue encendida.
VICTORIA CON CARMELA.
- Tía, me alegro que hayas llegado a tiempo. Los viajeros deben estar al llegar.
Carmela le sonríe escéptica, Victoria se dirige a todos.
- Disculpen que interrumpa la amena charla... Ya es momento en que todos nos dispongamos a sorprender a la feliz pareja. Leandra, por favor ordene que apaguen las luces. Son las instrucciones precisas de nuestra querida Clara...
LEANDRA SE DISPONE A APAGAR LAS LUCES CON LOS CRIADOS. EN ESE MOMENTO TOCAN A LA PUERTA. LUCÍA VA A ABRIR.
- vez sea ellos y..
TODOS ENMUDECEN. QUIEN ACABA DE ENTRAR SEGUIDA POR LUCÍA ES PATRICIA, VESTIDA DE HOMBRE.
- Buenas noches... Vengo a buscar a Fernando. La verdad es que no imaginé que habría una recepción tan concurrida.
TODOS SORPRENDIDOS, EXTRAÑADOS. VICTORIA SE ACERCA PARA ECHARLA. LLEGA UN AUTO. VICTORIA NO TIENE MÁS REMEDIO QUE METER A PATRICIA, NO HAY TIEMPO PARA DISCUTIR CON ELLA.
- Ven conmigo. ¡Apaguen las luces!
LOS CRIADOS EJECUTAN LA ORDEN. OSCURO TOTAL. FERNANDO Y CLARA VAN ENTRANDO, SEGUIDOS DE ZACARÍAS.
- Amor... espérame un momento. Quiero arreglarme un poco. Debemos recibir a media noche tu cumpleaños.
- Sólo deseo tomar un baño y descansar.
- A lo mejor te doy una sorpresa... algo diferente, inusual...
FERNANDO ASIENTE. CLARA SE METE A LA SALA RECIBO Y ZACARÍAS SE VA HACIA EL ÁREA DE SERVICIO CON LAS MALETAS.
- Vaya sorpresa que se va a llevar el patrón...
SOLAMENTE EL RECIBO ESTÁ ILUMINADO. LO RECIBE VICTORIA. SE DAN UN FUERTE ABRAZO.
- Te he extrañado tanto, Fernando.
´- Yo también, Victoria.
- ¿Por qué está todo a oscuras?
EN ESE MOMENTO ENTRA CLARA. SE SALUDA CON VICTORIA.
- Es verdad. Está demasiado oscuro. Quiero que esta casa brille por siempre. No más oscuridad en mi vida.
CLARA MIRA SIGNIFICATIVAMENTE A LEANDRA.
- ¡Hágase la luz!
SE ENCIENDE LA SALA. FERNANDO SE SORPRENDE DE VER A TODOS LOS INVITADOS, LA ORQUESTA Y LOS CRIADOS DISPUESTOS PARA UN GRAN RECIBIMIENTO. CLARA SE ACERCA A FERNANDO Y LO BESA.
- Pero ¿qué es esto? ¿Cómo...?
- Todo fue dispuesto por madame.
LOS MOZOS PASAN CHAMPAGNE. AUGUSTO TOMA UNA COPA Y HACE UN BRINDIS.
- Brindemos a la salud de los felices esposos que retornan al hogar.
TODOS LEVANTAN LAS COPAS Y BRINDAN. CLARA VA DE UN INVITADO A OTRO SALUDANDO. PATRICIA SE ACERCA A FERNANDO. A SU LADO ESTÁ VICTORIA ASUSTADA.
- Salud por la amistad, Fernando.
FERNANDO LA MIRA SORPRENDIDO PERO ES COMO SI NO SE DIERA CUENTA QUE SE TRATA DE PATRICIA. TODO PARA ÉL ES DEMASIADO EXTRAÑO.
- No me mires así. De ahora en adelante seremos muy buenos amigos.
CLARA SE ACERCA A FERNANDO Y PATRICIA. CLARA LE DA UN BESO A ESTA.
- Sinceramente me alegro por ti, Patricia. Y por Fernando. Necesita amigos. ¿Bailamos?
FERNANDO SONRÍE. ESTÁ DIVERTIDO. BAILAN. AUGUSTO SE ACERCA A VICTORIA.
- ¿Qué le pasa a Fernando?
- No lo sé. Parece feliz.
- ¿Tú crees? Más bien parece que ya nada le importa.
- Prométeme que seremos felices por lo que me queda de vida.
- Te lo prometo, mi amor.
- Quiero verte gozar como nunca antes lo has hecho, cherie. No quiero que extrañes nada, mi amor. Nada. Absolutamente nada.
CLARA LE DA UN OSTENSIBLE BESO A FERNANDO. ESTE RESPONDE. ALGUNA GENTE ENTRE LOS INVITADOS SE ESCANDALIZA. LEANDRA MIRA MUY DESCONCERTADA. CLARA SUBE A CAMBIARSE DE ROPA SEGUIDA POR LEANDRA.
EN LA HABITACIÓN CLARA ESTÁ EN FUSTÁN. SACA VARIOS TRAJES DE FIESTA DE SU ROPERO Y LOS PONE SOBRE LA CAMA PARA ELEGIR CUÁL SE VA A PONER. LEANDRA LA MIRA ANSIOSA. NOTA A CLARA EXTRAÑA. COMO CON UNA PATÉTICA MÁSCARA DE FELICIDAD QUE LE DA LA DROGA.
- Tengo que estar más hermosa que nunca. Debo ser el centro de un mundo bello. Esta casa será a partir de ahora un templo de le felicidad.
- ¿Es verdad que la amante de Fernando espera un hijo?
CLARA VOLTEA A MIRARLA ASOMBRADA.
- ¡Por supuesto! ¿Cómo te atreves a insinuar que soy capaz de mentir? Yo nunca miento, Leandra.
- Tenemos que hacer algo. Fernando no puede enterarse que él no es estéril.
- Ahora no, Leandra. Ahora no. Hoy debo trabajar intensamente para hacer dichoso a Fernando.
- Todo esto es una locura, Clara. Esa sorpresa que le has preparado para esta noche...
- Silencio. No perturbes mi paz, Leandra. Te lo advierto. Ya no soy la mujer llena de miedo en la que me convertiste cuando obligaste a maman a decirme la oscura verdad de mi origen. Ya no. He aprendido. Cuando vi que podía perder a Fernando, me di cuenta que el miedo solo nos hace pequeños.
CLARA SE MIRA AHORA EN EL ESPEJO DEL TOCADOR.
- Fernando será mío por siempre. El cree que estoy condenada y no me dejará nunca. Nunca, Leandra.
LEANDRA LA MIRA SIN ESTAR CONVENCIDA DE QUE ESE SEA EL CAMINO CORRECTO. CLARA SE SIGUE MIRANDO EN EL ESPEJO Y COMIENZA A REÍRSE.
·
MIENTRAS EN LA HACIENDA, FELÍCITA ESTÁ CON UNA BANDEJA CON COMIDA. ISABELLA ESTÁ ECHADA EN LA CAMA
- Me voy a quedar aquí hasta que termines todo el plato.
- Gracias, Felícita. Pero no creo que pueda comer nada.
- Ah, no. Tienes que comer. Tu niño y tú necesitan alimentarse. A ver.
LE ACERCA LA BANDEJA Y LE COLOCA LA SERVILLETA EN EL PECHO.
- No puedo dejar de preocuparme por mamá. Partí de viaje para que las cosas vuelvan a ser como antes en esta hacienda, y ya ves, ahora están peor.
- No te culpes, Isabella. Ya vas a ver que un hijo es siempre una bendición de cielo. ¿Recuerdas cuando comenzaste con la guardería? Las cosas comenzaron a mejorar. Eso es porque los niños traen suerte.
- Ojalá sea así, Felícita. Ojalá.
UNAS LÁGRIMAS CORREN POR LA MEJILLA DE ISABELLA. FELÍCITA ESTÁ EMOCIONADA TAMBIÉN Y APENAS PUEDE CONTENER SUS LÁGRIMAS.
SU MIRADA SE ENCUENTRA CON LA DE ROSARIO, FELICITA SE RETIRA.
ROSARIO DECIDIDA LE DICE A ISABELLA.
- Me dirás el nombre de ese hombre e iré a hablar con él…
- En el momento que te lo diga cambiaras de opinión…
CON SUTIL ASOMBRO E INTRIGA.
- Lo conozco?
- Era alguien a quien ambas detestábamos…Me enamoré de él sin saber que era el hombre que no tuvo la menor consideración hacia nosotras…
- De quién hablas?
- El hijo que espero es de Fernando de Alvear.
FIN DEL CAPITULO 62
CAPITULO 63
Rosario, con sutil asombro e intriga.
- Lo conozco... ¡Lo odio y lo conozco!
- Sí… Es alguien a quien ambas detestábamos… Me enamoré de él sin saber que era el hombre que no tuvo la menor consideración hacia nosotras…
- Di su nombre de una vez así me partes como el rayo!
- El hijo que espero es de Fernando de Alvear.
La revelación de Isabella impacta profundamente a Rosario, que deja caer unas lágrimas rabiosas al tiempo que se quiebra.
- Me odias…Nos odias a todos…me odias…Qué más ocultas? Que otras verdades? Qué es lo que sabes? Maldita por tu madre , maldita!
El desvarío de su madre atormenta a Isabella, que toma su mano e intenta acariciarla, besarla en signo de perdón. Pero su madre la sentencia con la mirada y sale de allí terriblemente.
·
Mientras, en la mansión Alvear, todos se han quedado mudos y desconcertados.
- Es toda tuya.
Fernando toma a la geisha decidido y la lleva a sus habitaciones.
- ¡Que la música no se detenga!
Los músicos de la orquesta la miran desconcertados, sin atinar a hacer nada.
- ¡Vamos! ¿Qué esperan? ¡Toquen!
La orquesta inicia la música. Clara se acerca a los invitados.
- ¡A bailar! ¡Todos! ¡Estamos celebrando el cumpleaños de mi esposo y quiero que todos se diviertan!
Algunos intentan salir del desconcierto bailando. Clara va de un lado al otro, obligando a las parejas a bailar. Victoria está junto a Hernández, Leonardo, Augusto y Francisco, intenta explicar lo ocurrido.
- Lo que pasa es que Clara está muy delicada de salud y al parecer el viaje la ha trastornado.
- Que yo sepa, Fernando gozaba de muy buena salud antes de irse. A lo mejor se ha contagiado de Clara.
- Les ruego ser discretos con lo que ha pasado acá esta noche.
- No creo que sea posible, Victoria. Aquí hay más de cincuenta personas. Por mi parte yo no estoy dispuesto a hacerme el de la vista gorda cuando se trata de transgresiones a la moral y las buenas costumbres.
Francisco se va del grupo. Augusto también. Leonardo y Hernández hablan por su lado.
- No vas a poder tapar el sol con un dedo. Nada de esto me sorprende. Esto es solo el comienzo de la caída.
- Por favor, Carmela. No añadas más leña al fuego.
Clara está con Patricia y la saca a bailar. La joven se desconcierta un poco y luego le sigue el juego.
- Francamente admiro tu genio al vestirte como hombre. Me gusta la gente que arriesga.
- Solo arriesga el que no tiene nada que perder.
- Debo decirte algo muy importante para ti. Estoy gravemente enferma. Me queda menos de un año de vida.
Patricia está completamente desconcertada. Deja de bailar, Clara le sonríe.
- Diviértete, querida.
Clara se va. Leandra ha escuchado lo que Clara le ha dicho a Patricia. Se acerca a ella.
- No tome en serio a madame. Ella... ella no sabe lo que está diciendo.
Patricia sonríe, está llena de entusiasmo.
- Dígale a Fernando de mi parte que vendré otro día a visitarlo.
Patricia se dirige a la puerta de la calle. Leandra está aterrada con todo lo que está pasando. Ve a Clara que se mete sola en el despacho. Luego mira hacia la planta alta.
·
La geisha está sentada en la cama y Fernando de pie, apoyando la espalda en la puerta. Mira fijamente a la geisha con tristeza y desolación.
- Mi mujer está gravemente enferma, disculpe…No quiero contradecirla en sus ideas estrafalarias…Indicaré que la lleven hasta donde ordene.
La geisha, que en todo momento ha estado inexpresiva, baja lentamente la mirada hacia Fernando, que mira al vacío. Le geisha acaricia suavemente sus cabellos, sus ojos se humedecen y él acaricia su mejilla. Los ecos de la fiesta se alejan, dejando oír las notas de una suave flauta.
·
A la mañana siguiente, en la hacienda, Mariana está sentada a la mesa, tomando el desayuno. Felícita sale de la cocina y Gabriel se le acerca.
- ¿Isabella duerme, Felícita?
- Salió desde temprano hacia la guardería.
- ¿Y tía Rosario?
- Se pasó la noche peleando con don Andrés. Supongo que duerme ahora.
- Parece que tendremos otro día difícil.
- Ya podrás imaginar los meses que hemos tenido que pasar nosotras con tía Rosario así y peor de lo que está ahora.
Entran Rafael y el padre Rubén..
- Buenos días con todos.
- Buenos días, don Rafael.
Felícita saluda al padre, besándole el anillo.
- Buenos días padrecito.
- Buenas, hija.
- Qué bueno que ha llegado usted, don Rafael. Necesito comenzar a enterarme de las cosas de la hacienda.
- Con esa idea he venido. Para llevarte a que veas lo que se está haciendo, cuáles son las tierras que hemos puesto en alquiler y cuáles son las que por ahora están inútiles.
- Vámonos de una vez. Me hará bien cambiar de aire. Con permiso.
Gabriel y Rafael salen, Mariana y el padre se quedan solos.
- Creo que lo voy a dejar solo, padre, porque debo ir a ayudar a Isabella en la guardería.
- ¿Isabella está allá? Qué lástima. Venía a hablar con ella.
- La pobre hace bien en encontrar motivos para salir de la casa. Con permiso, padre.
- Ve con Dios, hija.
Mariana se va, de pronto aparece Rosario.
- Espere a que se fueran para salir.
- ¿Te escondes de tu familia, Rosario?
- No tengo familia.
- No comiences con tus locuras, hija.
- No son locuras. Todo, absolutamente todo lo que los espíritus y Leandra me dijeron, resultó verdad.
- No puede ser. Tú estás un poco trastornada, Rosario.
- No se puede huir del mandato de la sangre. Isabella resultó ser digna hija de esa maldita criada que inició la desgracia en esta casa.
- ¿Qué estás diciendo, Rosario?
- Lo que oye. Isabella se hizo amante de Fernando de Alvear.
El padre queda completamente impactado por lo que Rosario le ha dicho.
·
Fernando se sirve una copa tras otra, ante la mirada de censura de Francisco.
- ¡Listo para escuchar acerca de los cambios de la línea editorial del “Progreso”!
- Me parece que lo menos importante ahora es hablar del periódico.
- Muy bien, entonces pon tú las cartas en la mesa, y yo juego a lo que quieras.
Francisco lo reprocha.
- Como anoche.
Fernando lo mira extrañado..
- Jugaste peligrosamente, Fernando. Tan peligroso como empezar a beber a esta hora de la mañana.
- Qué puede importarte, ¿a quién pueda importarle que yo me beba todo el licor del mundo a la mañana o a la noche? Eso es asunto mío.
- Como cuando perdiste noción de la vergüenza y de los escrúpulos anoche.
- ¿Lo hice?
- Mira, Fernando, tú y yo somos amigos de toda la vida. Y si en tu casa no hay nadie que se atreva a decirte las cosas, yo si me atrevo.
- Yo también me atreví y esto es lo que hace el amor… Cuando lo conoces y lo pierdes, te pierdes…Estoy perdido entre la piedad que siento por Clara y un recuerdo que me atormenta.
- Déjame entenderte... Dejaste de amar a Clara...
- Conocí el amor, Francisco. Te hablo del verdadero amor, ese que llega una sola vez a tu vida... Y en mi caso sé que no fue con Clara. Amé a otra mujer... luego... luego la perdí... Por eso ya nada me importa, ¡nada!
Francisco lo mira absorto, Fernando está muy agobiado.
- Clara siempre fue la mujer de tu vida.
- Sólo cuando pisas el borde del amor, sabes que ese sentimiento es único, irrepetible. Con Clara sentí muchas cosas, pero ahora sé que no fue amor. Fue deslumbramiento, ilusión, excitación... pero no puedo decir que fue amor...
- ¿A quién conociste?
- Conocí todos los matices del amor, de la pasión, del placer, de la traición y la mentira, de la muerte... Un viaje imborrable donde descubrí los sentimientos más profundos.
Francisco lo mira con extrañeza.
- No sé ni quiero saber qué fue lo que te pasó con esa mujer. Pero me imagino que tal vez la enfermedad de Clara, haya agregado cierta desesperanza en ti.
Fernando se levanta harto, hastiado.
- No me vengas con discursos, Francisco. Desde hoy haré de mi vida lo que me plazca, lo que yo quiera y no voy a aguantar que nadie me fiscalice.
Fernando lo mira ofuscado, Francisco lo mira frío.
·
Rafael y Gabriel regresan del campo. El padre Ruben se acerca a ellos rápidamente, muy ofuscado.
- ¡Gabriel! Tú y yo tenemos que hablar…
- Yo los dejo entonces.
Rafael se aleja.
- Viene a hablarme de Isabella…
- No te complazcas en la contrariedad de tu amor…El amor de cualquier indole no se complace…Es siempre activo…
- Quizás tenga usted razón porque debería sentirme humillado , rabioso y aquí estoy con mis manos vacías y el corazón lleno de absurdo amor…
- Qué es lo que ha pasado ,Gabriel…? Isabella se ha dejado seducir por ese hombre…
- No culpe de nada a Isabella, padre. El amor es un animalito inocente…Ella se entregó por que creyó estar ante el amor…Pero ese tipo es un canalla…
- Yo también creo en la inocencia de Isabella, pero me preocupa el destino que la aguarda.
- Será el que ella quiera para su hijo y para ella, porque yo estoy dispuesto a ser responsable ante usted, ante la familia y ante el mismo Dios.
Al padre le impresiona la entrega de Gabriel.
- Dios hará que tu amor tenga correspondencia…
- No soy un santo, lo que pasa es que no puedo renunciar a ella…Y no es solo amor, padre…Es también deseo, locura de amor por lo que estoy dispuesto a todo! Yo velaré por Isabella y por el niño.
- Entiendo que estás dispuesto a casarte con ella…
- Quiero casarme con ella. El problema es que Isabella no lo desea. Quizás usted con sus palabras padre, pueda convencerla de que es lo mejor.
·
Rosario llora incontenible, Isabella la abraza y poco a poco ambas van deslizándose en el mismo sitio donde Rosario se sentó la noche del rito. Ambas quedan así, en la tierra abrazadas. Isabella le van secando las lágrimas a su madre.
- Tú ahora también puedes entender lo que es la mentira en el amor...
Rosario se queibra interiormente y toma con su mano con tierra el rostro de Isabella.
- Puedes comprender lo que duele cuando te abren el corazón y te despojan de todo con engaños...
Isabella sufre su propia pena.
- Puedo entenderla, mamá... ahora puedo.
Las dos lloran abrazadas.
- Y así quisiera que usted también me comprendiera a mí. Mi corazón también llora...
Rosario vuelve a “su” realidad y mira con ira a Isabella. Pasa sus manos sobre sus propias lágrimas, que lucen fangosas.
- Jamás te perdonaré.
Isabella baja la mirada, Rosario le pasa una vez la mano enlodada por un lado de la cara.
- Dos puñaladas he tenido en mi vida... Una con la traición de tu padre...
Le pasa la mano por el otro lado del rostro a Isabella y la ensucia más.
- Y otra contigo.
Rosario se levanta e Isabella queda en el suelo, sollozando.
- Yo le pido perdón, madre y le ruego que me entienda. Amo a este hijo y lo deseo más que a mi propia vida.
Rosario la mira con renovado odio.
- Igual que Andrés...
Rosario se va lanzando quejidos, Isabella se queda allí, ahogada en llanto y tomándose el vientre.
·
Clara está en la cama, a su lado el doctor Dávila que termina de auscultarla. Leandra y Victoria también están.
- Francamente no creo que las manchas tengan nada que ver con el desmayo. Se trata más bien de sus nervios. Están sobrestimulados.
- Déjennos solos. Tengo que hablar con el doctor para ponerlo al tanto sobre lo que los médicos me dijeron en Europa.
Leandra y Victoria salen.
- ¿Y bien? Supongo que se trata de otra mentira para engañar a su esposo.
- Supone mal, doctor. Mi estado es de suma gravedad.
- No intente engañarme, señora. Conozco muy bien el estado nervioso de alguien que consume drogas. Lo único que usted tiene es una fuerte intoxicación.
- Usted se olvida con quién está hablando. No se haga el sabio conmigo y atiéndame en lo que necesito.
- Ojalá pudiera olvidar con quién estoy tratando. Lo único que puedo recomendarle es que tome mucha leche para desintoxicarse.
Dávila se pone de pie. Clara le toma el brazo y lo mira a los ojos.
- Usted no entiende. Yo tengo dolores muy intensos y necesito que me ayude a aliviarlos. Necesito algo más fuerte que lo que he estado consumiendo.
Dávila la mira sin responder.
- Por lo que más quiera, doctor. Necesito que me de algo.
Clara está desesperada, Dávila la mira con lástima.
·
El padre Rubén espera impaciente la llegada de Gabriel e Isabella.
- Los he estado esperando porque debo hablar con los dos.
- ¿Pasa algo con tía Rosario, padre?
- No, hijo. Rosario no tiene que ver en esto. Pero si sigues pensando asumir responsabilidad con respecto a Isabella y el hijo que espera. Me gustaría que habláramos.
- Gabriel no tiene ninguna responsabilidad que asumir, padre. El hijo que espero sabe usted bien que no es de él.
En ese momento llega Rosario. Gabriel e Isabella se quedan paralizados. Rosario se pone frente a Isabella con gesto severo.
- Quiero que tomes tus cosas y te vayas de mi casa en este momento. No eres mi hija, nunca lo has sido y no tengo porque permitir que vengas a parir un bastardo bajo mi techo. Vete. Vete de una vez.
Isabella queda impactada por las palabras y el gesto decidido de Rosario. El padre Rubén la y Gabriel la miran espantados.
FIN DEL CAPITULO 63
CAPITULO 64
En ese momento llega Rosario. Gabriel e Isabella se quedan paralizados. Rosario se pone frente a Isabella con gesto severo.
- Quiero que tomes tus cosas y te vayas de mi casa en este momento. No eres mi hija, nunca lo has sido y no tengo porque permitir que vengas a parir un bastardo bajo mi techo. Vete. Vete de una vez.
Isabella queda impactada por las palabras y el gesto decidido de Rosario. El padre Rubén la y Gabriel la miran espantados.
- Rosario, no sabes lo que dices, ¿cómo vas a echar a tu hija?
- ¡No es mi hija!
- ¡Tía Rosario!
- Tú, Gabriel, serás el próximo. Ya es tiempo de que me deshaga de la estirpe maldita de los Linares!
- Es suficiente. Si quiere que me vaya, tomaré mis cosas y me iré ahora mismo; pero no toleraré más sus insultos y desplantes.
- Hija por Dios, tomemos las cosas con calma.
- He tratado de hablarle con el cariño y el respeto que siempre le he debido, pero sólo he obtenido a cambio rechazo e incomprensión de su parte. Podría tragarme mi orgullo, pero no voy a permitir que ofenda a mi hijo. No permitiré jamás que nadie lo insulte ni desprecie, ni siquiera usted que es mi madre.
- Ya te he dicho que yo no soy tu madre.
Gabriel y el padre cruzan sus miradas.
- ¡Entonces yo tampoco quiero ser su hija!
Gabriel se adelanta a Isabella.
- Isabella, por favor…
- Déjame, Gabriel. Si desconociéndome es feliz, que lo sea. Yo no seré más su hija. No seré más la hija de Rosario Linares.
Isabella se va.
- ¿Qué has hecho Rosario?
- Lo que debí hacer hace tiempo, padre. Gabriel, espero que tú y tu hermana también se vayan pronto. No quiero a ningún Linares en esta casa.
Rosario también sale, Gabriel está desconcertado y el padre Rubén muy abatido.
·
Clara con el doctor Dávila.
- ¿Lo hará, doctor?, ¿cómo quiere que se lo pida?
- Lo siento, señora, ya le he dicho que no puedo acceder a su petición. No puedo medicarle algo que le va a hacer daño.
- ¿Pero qué más da si me hace daño? ¿No ve que me estoy muriendo? Por lo menos deme un bálsamo momentáneo a mi sufrimiento. ¿Qué sentido tiene vivir en medio de este dolor?
Dávila duda pero disimula.
- ¿Qué es exactamente lo que siente?
- Siento a la muerte habitando lentamente mi cuerpo. Devorándolo día a día, minuto a minuto… Mire, mire estas manchas…
Se descubre y muestra algunas manchas.
- ¿No son acaso monstruosas?
Dávila abre los ojos, algo sorprendido..
- ¿Cree todavía que son el producto de una intoxicación? ¿Ha visto manchas iguales?… Los médicos franceses dicen que es una enfermedad degenerativa para la que no hay remedio conocido. Me han dado sólo un año de vida. ¿Ahora comprende?, ¿qué le cuesta proporcionarme un paliativo que distraiga a la muerte?
Dávila examina las manchas con atención. Clara está un tanto nerviosa.
- ¿Las tiene siempre o algunas veces desaparecen?
- A veces son más, a veces menos; pero siempre están allí, recordándome mi destino.
Dávila ha terminado de examinarla y Clara se cubre.
- ¿Y bien doctor?… ¿Me dará mi medicina?
- ¿Desde que le hicieron ese diagnóstico es que se ha aficionado a las sustancias que me pide?
Clara intuye a Dávila y se muestra como una víctima, suplicante.
- Son para el dolor, usted debe saberlo… Hasta ahora he podido calmarlo con pequeñas cantidades... Pero se ha vuelto insoportable... necesito una dosis mayor, o algo más fuerte que usted pueda recetarme…
Dávila suspira, se pone muy serio.
- Señora De Alvear, tenía la esperanza de encontrarla repuesta después de su viaje a Europa. No sólo de cuerpo, sino también de espíritu. Anhelaba que el tiempo pasado al lado de su esposo, lejos de esta casa, le hubiera servido para reflexionar, y que se hubiera atrevido a confesarle la verdad sobre su imposibilidad de tener hijos…
Clara se yergue y expresa miedo en su mirada. Dávila se da cuenta.
- Constato, con pena, que mis ilusiones eran vanas. No sólo calló una vez más la verdad, sino que ha seguido inventando mentira, tras mentira…
Clara, tomada por sorpresa.
- ¿Qué quiere decir?… ¿Qué mentiras he inventado?
- Madame, usted no tiene nada. Ningún especialista, por inepto que fuere, le ha podido hacer ese diagnóstico. La enfermedad a la piel que tanto le preocupa es una psoriasis, una enfermedad hereditaria, no demasiado extraña, y mucho menos mortal. Usted no va a morir a causa de esas manchas.
Clara queda paralizada.
- Creo que es hora de decir la verdad, ¿no cree?… Sobre esta patraña, y sobre la de la esterilidad de su marido. Si usted no se atreve, yo hablaré con él.
- No lo haga… por favor. Yo misma se lo diré. Yo le diré la verdad a Fernando. Olvide todo lo que acabo de decirle. No era mi intención amenazarlo. Yo diré todo… Pero déjeme a mí hacerlo; no lo haga usted, por favor.
- Está bien, señora, es su derecho. Dígale usted la verdad… Pero espero que lo haga pronto: las mentiras fermentan. Ahora, si me disculpa…
Dávila está a punto de irse. Clara lo detiene, agarrándolo de un brazo con una mano que semeja una garra.
- Doctor…
Dávila la mira sorprendido, el rostro de Clara delata su ansiedad..
- Recéteme algo, no me deje así… Necesito un calmante, un fuerte calmante… Algo de morfina, quizá.
- Lo lamento, madame, le repito que no puedo hacer eso.
Dávila se suelta y sale. Clara cae al suelo, llorando desesperada.
·
En un camino de tierra, Isabella avanza a duras penas con su maleta. Se sienta en ella para descansar. Tiene un pequeño dolor. Se toma el vientre.
- Dios mío, no permitas que nada malo le ocurra a mi hijo…
Isabella levanta la cabeza y toma aire. Se repone y toma nuevamente su maleta. Reinicia la marcha. Aparece un camioncito conducido por Rafael, que va rumbo a la hacienda. Rafael mira extrañado a Isabella. Detiene el camioncito.
- Estás yendo en sentido contrario. La hacienda está por allá… ¿Qué haces con esa maleta?
- Me voy, don Rafael. Mi madre no quiere que de a luz a mi hijo en la hacienda, y yo no quiero que él nazca en medio de rencores.
- Pero, hija, ¿estás segura de lo estás haciendo?
- No me queda otra salida, don Rafael. Mi madre me niega; dice que yo no soy su hija; y que el fruto que llevo es producto de la lujuria. ¿Cómo puedo seguir viviendo a su lado?
Rafael la mira, comprendiéndola.
- Sube. Te llevaré a donde quieras… Tampoco puedes andar sola por estos caminos… Déjame ayudarte con esa maleta.
Rafael hace subir a Isabella y pone la maleta atrás. Sube él y arranca el camioncito.
·
Dávila está a punto de subir a su auto. Leandra lo ataja.
- ¿Qué es lo que pretende?
- Sólo guiarme por la verdad, de hoy en adelante.
- Es muy tarde para eso. Usted sabe de lo que soy capaz.
- Ya no me importa, Leandra. Puede hacer conmigo lo que quiera, pero libraré a mi conciencia del peso de las dos muertes que lleva encima: la de aquella joven que falleció en mi clínica, y la muerte en vida de Fernando de Alvear… Si madame no confiesa la verdad a su marido, como me ha prometido hoy, yo hablaré con él, y le diré que él no es estéril, y que yo colaboré en ese engaño.
- Usted no puede hacer eso.
Dávila la mira desafiante.
- Y le diré más aún: que su mujer no está condenada a muerte, que las manchas que la atormentan no son síntoma de ninguna enfermedad grave, y que si hay algo que en este momento puede perjudicar seriamente la salud de madame es la adicción que ha desarrollado en Europa… Le diré todo eso, Leandra, y usted no podrá hacer nada para detenerme.
Dávila sube a su vehículo, dejando a Leandra llena de pánico.
·
Isabella, en la pequeña bodega de vinos de don Rafael.
- Claro, el lugar no es muy cómodo, pero puedes quedarte aquí hasta que encontremos algo mejor.
- Se lo agradezco mucho, don Rafael. Trataré de molestarlo lo menos posible.
- Para mi no es molestia ayudarte, muchacha. Lo que sí me preocupa es toda esa situación con tu madre… Creo que no es justa la manera como te trata. Sus fantasmas le impiden verte como a una mujer que ha amado mucho sin ser correspondida, y que ahora necesita más que nunca apoyo y calor de hogar.
- Desde que llegué de Europa no he escuchado palabras como las suyas, don Rafael… Todos los demás parecen reprocharme lo que he hecho… Como si mi hijo fuese motivo de vergüenza; pero yo no me arrepiento de haber amado.
- Y no debes hacerlo hija. Nadie debe arrepentirse de haber amado. Aunque se trate de un amor imposible como el tuyo… O como el que yo siento… Tú sabes a qué me refiero.
- Se refiere mi madre, ¿verdad?
- Nunca la podré dejar de amar… Cuando más cerca creo estar de ella, más lejos me hallo de pronto; pero este sentimiento es lo más bello que tengo en la vida, y no voy a permitir que nadie me lo arrebate… Es por eso que me parece tan cruel que a ti te rechacen. Nadie debería ser rechazado por amar.
Isabella mira a Rafael, condolida.
- Gracias, don Rafael.
- Bueno, tengo que regresar a la hacienda, debo llevar una mercadería y terminar de ver unos asuntos con Gabriel…
- Por favor, don Rafael, no le diga a nadie dónde estoy…
- No creo que sea lo mejor, Isabella… Allá todos estarán preocupados: Gabriel, Mariana…
Isabella, implorante.
- Por favor no lo haga. Necesito un poco de paz.
- Está bien… está bien… No diré nada, te lo prometo. Descansa un poco que ya vuelvo.
Rafael sale, Isabella se sienta y suspira.
·
Gabriel llega a las galerías donde están Mariana y Felícita.
- No está por ninguna parte.
- A lo mejor está en el pueblo.
- Es imposible que haya llegado tan lejos en tan corto tiempo.
- De repente alguien la llevó…
- ¿Pero quién? No ha venido nadie por aquí… De todos modos iré al pueblo a buscarla. Voy por un caballo…
- ¿Por qué no vas en el camión?, es más rápido…
- Se lo llevó don Rafael en la mañana.
- ¿No sería mejor esperar?
- ¿Esperar a qué?
- Isabella dijo que pronto tendríamos noticias suyas… Tal vez no haya ido muy lejos y regrese a avisarnos dónde piensa quedarse…
- Mariana, no hables por hablar. Recuerda el estado de Isabella, ella no está bien. Ha tenido desmayos y todo eso… Además temo que vaya detrás de Fernando de Alvear.
Mariana queda impactada.
- ¿De quién?
Gabriel, con rencor contenido.
- Del canalla que conoció en Europa… Fernando de Alvear.
Mariana no lo puede creer, está perpleja. Gabriel no entiende.
- ¿Fernando de Alvear? ¿Estás seguro que se trata de ese hombre?
- Claro… ¿Lo conoces?
- Sí, lo conozco… Yo fui con tío Andrés a su boda cuando tú ya habías viajado a Europa… Conocí a su esposa. Ella es…
Mariana se frena, se da cuenta que está a punto de decir algo indebido.
- ¿Ella es qué? ¿Qué pasa con la esposa de Fernando de Alvear?
Mariana, percatándose de la magnitud del hecho.
- No, no puede ser posible… No es posible…
-¿De qué estás hablando, Mariana? ¿Qué pasa con la esposa de Fernando de Alvear? ¿Qué no es posible?
- Nada, nada… Tengo que hablar con tía Rosario…
·
Mariana encara a Rosario.
- Ahora sé por qué vino esa mujer… Usted sabe que yo vi a esa mujer en la boda de Fernando de Alvear, y usted misma me contó que ella sabía la verdad sobre Isabella… Vino a decir que Isabella le estaba quitando el marido a su propia hermana, ¿no es verdad?
Rosario no responde, Mariana insiste.
- ¿No es verdad, tía? ¡Responda!
- Es verdad, vino para eso. Pero no me vuelvas a recordar que crié a una desvergonzada.
- Tía, por lo que más quiera, deje de referirse de ese modo a Isabella… Si hasta parece que la odia, no entiendo.
- Tú crees saberlo todo y no sabes nada, Mariana. Isabella heredó, sin duda, las perversas inclinaciones de la mujerzuela que la parió, y la conducta licenciosa de su padre.
- ¿De su padre?… ¿Usted conoció a su padre?…
Rosario no se atreve aún a responder, Mariana insiste.
- ¿Quién es el padre de Isabella, tía Rosario?
Rosario la mira fijamente, de pronto empieza a reír como una loca. Mariana está desconcertada.
- ¿No sospechas, acaso? Marianita, Marianita, de todos los Linares tú eres la más ingenua… Te voy a extrañar cuando te vayas de esta casa… Te has cruzado con esa mujer que quiere impedir que Isabella y su hermana se junten, y no te has dado cuenta… Esa mujer, Marianita, para que lo sepas, no es cualquier empleada, como tú crees; se llama Leandra y es la verdadera madre de Isabella…
Mariana asiente, ya lo sabe hace tiempo.
- ¿Eso qué tiene que ver con lo que le estoy preguntando?
- Mucho... porque el padre es Andrés Linares, tu querido tío Andrés. Leandra y Andrés eran amantes.
Mariana queda asombrada y empieza a entender.
- Tío Andrés padre de Isabella… Entonces… Entonces nosotros sí somos primos… Ella y Gabriel sí son primos… Y la esposa del señor de Alvear es hermana de Isabella...
- ¿Ahora comprendes de dónde proviene la sangre pecadora que corre por las venas de Isabella?
.
Mariana, reflexionando, sin salir todavía de su asombro.
- Por eso luchaba tanto por mantenerlas separadas… Pero el destino decidió poner en el camino de ambas al mismo hombre…
- No culpes al destino; es la naturaleza perversa de Isabella… Hubiera preferido criar a la otra… Tal vez en ella es menor la maldad heredada y no me hubiera clavado un puñal en el corazón como lo ha hecho Isabella.
- Usted es muy dura al juzgar a Isabella por una debilidad de amor después de todo el cariño que ella le ha dado desde niña.
- ¡Es una traidora! ¡Una inmoral, igual que su madre!… Vulgar como Leandra, sucia como ella… ¡Marcada con el mismo pecado del adulterio!
- Está condenando a Isabella por un hecho del pasado del que ella no es culpable. ¿Por qué no habla con ella y le cuenta todo?… Así quizá las cosas vuelvan a la normalidad.
- Desde que Andrés se enredó con esa campesina nada es normal en esta casa… Ni nada volverá a serlo.
- Isabella tiene derecho a saberlo todo…
Rosario la toma muy fuerte de los brazos, todavía enajenada.
- Isabella no sabrá nada más de lo que sabe. ¿Quieres provocar una tragedia? ¡Júrame que no hablarás a nadie de esto!, ¡júrame que no lo harás así el mundo se caiga a tu alrededor!… ¡Júramelo!
- Está bien, tía, se lo juro, pero cálmese…
Rosario la suelta. Tiene la mirada perdida y da la espalda a Mariana, quien sale de la habitación, aún muy conmocionada.
·
Se escuchan unas pisadas de bota en la bodega de don Rafael, Isabella sale desprevenida.
- Don Rafael, qué bueno que volvió… Estaba tratando de prender la hornilla de kerosene para…
Isabella se da cara a cara con Gabriel.
- Éste era el único sitio en el que me faltaba buscarte… Recordé la cara de don Rafael cuando me lo crucé camino hacia acá… Me dijo que no te había visto, pero no parecía muy seguro, así que pensé que a lo mejor… Dime, ¿por qué huiste de mi?
Isabella no responde, evita la mirada de Gabriel.
- No salí huyendo de ti… Tú mismo viste cómo mi madre me echó de la casa. Y yo no tengo ánimos de continuar allá escuchando sus reproches. Necesito tranquilidad y tiempo para pensar en mi vida, en lo que voy a hacer en adelante al lado de mi hijo.
- No es necesario que pienses demasiado en eso. Ya lo sabes: podemos casarnos; estoy dispuesto a criar a ese hijo que llevas como si fuera mío.
- Pero yo no te amo, Gabriel.
- Eso no importa ahora… Lo importante es que tu hijo nazca con un padre. Alguien que le de protección y afecto. Y yo se lo puedo dar. En cuanto al amor… puedo esperar a que me ames algún día.
- ¿Esperarías indefinidamente?
- Esperaré. No perderé nunca la esperanza. Recuerda que alguna vez me quisiste.
- Es inútil, Gabriel. No podré amarte jamás como he amado al padre de mi hijo, y no sería justo para ti. Un amor como aquel sólo puede darse una vez en la vida, y yo ya lo he entregado. Aunque quisiera no podría querer igual a nadie; está más allá de mi voluntad y mi razón.
- Tú todavía lo amas, ¿no es cierto?
Isabella no responde.
·
Quesada lee la nota que le ha envíado Leandra con Amelia. Víctor trata de echar una mirada al papel, que Quesada dobla en dos.
- De modo que la buena amiga Leandra necesita otra vez de nuestros servicios, querido Víctor.
- ¿De qué se trata ahora, doctor?
- Ese matasanos, Dávila, está molestando de nuevo… Qué terco es ese hombre, ¿no?
- Un porfiado, doctor; no escarmienta.
- Bueno, por lo menos el correo de Leandra ha mejorado. Ojalá siga enviando a tan bella mensajera.
Quesada sonríe conquistador a Amelia, que le devuelve una sonrisa nerviosa.
·
Gabriel insiste ante Isabella.
- ¿Lo amas tanto como para no amar a nadie más el resto de tu vida?
- Sí, lo amo… Lo amo y no puedo evitarlo… Sé que es un amor incomprensible aún para mi misma, después de todo lo que ha pasado entre él y yo; después de sus burlas y mentiras…
- No me has contestado.
- Lo amo sobre todas las cosas del mundo, sobre el bien y el mal, sobre el pecado y la virtud… Lo amo por encima del tiempo y a pesar de la distancia, y es por eso que he llegado a saber que nunca dejaré de amarlo… Sé que mis palabras te hieren, Gabriel; pero esa es la verdad… Tú sabes que no te puedo mentir.
Gabriel está muy dolido, pero trata de conservar la calma.
- Si es así, no hay otro camino… Anda, busca a Fernando de Alvear donde quiera que esté, y trata de ser feliz a su lado.
Isabella siente que lo que le acaba de decir Gabriel la obliga a tomar una decisión inminente.
FIN DEL CAPITULO 64
CAPITULO 65
Gabriel está muy dolido, pero trata de conservar la calma.
- Si es así, no hay otro camino… Anda, busca a Fernando de Alvear donde quiera que esté, y trata de ser feliz a su lado.
Isabella siente que lo que le acaba de decir Gabriel la obliga a tomar una decisión inminente
- No puedo. No es tan sencillo como piensas.
Gabriel se acerca más aún.
- ¿Por qué es un hombre casado? ¿No me has dicho que tu amor por él está más allá del bien y del mal? Entonces no entiendo por qué no vas y lo buscas.
Isabella rehuye la mirada de Gabriel y se aleja un poco.
- No es así. No es así, Gabriel. No puedo.
- ¡Pero si es muy fácil! Vas y lo tomas. Eso es todo. Total, ya una vez lo hiciste, ¿no? ¡Te metiste en su cama sin saber quién era, sin importarte si era casado o no!
Isabella le da una bofetada. Gabriel se queda de una pieza, ella lo mira con furia.
- Esto no puede ser. Tienes que decidir ahora. Si quieres ir a buscar a Fernando de Alvear, yo te apoyaré y voy a desearte lo mejor a su lado. Pero si te quedas, será para casarte conmigo.
Gabriel está decidido a no ceder. Isabella se da cuenta que ha llegado la hora de la verdad.
·
Fernando está al teléfono, hablando con Dávila.
-¿De qué quiere usted hablar conmigo, doctor?
- Es acerca de su esposa.
- ¿Es algo grave?
- Es algo... difícil, señor de Alvear. Debemos hablar personalmente. Pero no en su casa. Me gustaría que nos encontráramos en un café esta misma noche.
- Si usted quiere puede ser ahora mismo en mi oficina o en su consultorio.
- Es mejor que sea más tarde y en un café.
·
Isabella está sentada, sumida en sus pensamientos.
- Tienes que decidir, Isabella. Estoy dispuesto a todo, menos a vivir en este estado en el que los dos sufrimos.
- Vete, Gabriel.
- ¿Cómo?
- Vete. Olvídate de mí. No voy a decidir ni una cosa ni la otra. Yo amo a Fernando, pero no voy a buscarlo. Mi vida ya no tiene nada que ver con él. Pero tampoco voy a casarme contigo sabiendo que tú estás enamorado de mí y yo no. Vete. Me quedaré aquí.
Gabriel no esperaba esto, está desconcertado.
- No... no puedes quedarte.
- Puedo y quiero. Ahora vete y no me busques más.
- No voy a permitirlo. Ven conmigo, debes volver a casa.
- ¿Para qué? Mamá me ha despreciado. Dice que no soy su hija. Nada tengo que hacer allá.
- Es tu casa, Isabella. Vamos.
- No puedo vivir bajo el mismo techo que tú, Gabriel. No puedo volver a verte a los ojos después de lo que hemos hablado.
- Y yo no voy a soportar saberte lejos de mí.
- Por eso mismo. No debemos vernos más. Vete, Gabriel. Es inútil tratar de no sufrir juntos. Vete, olvídate de mí. Trata de ser feliz.
Gabriel se acerca y se arrodilla junto a ella.
- No podré olvidarte nunca. Al menos permíteme ayudarte, Isabella.
- Sé que siempre podré contar contigo, Gabriel. Pero ahora necesito estar sola...
- Solo quiero decirte que cuentes conmigo para hacerlo.
- Como mi primo, sí. Cuento contigo, Gabriel. De otra forma, es imposible.
Gabriel lo ha entendido todo, se levanta y se va. No puede contener las lágrimas.
·
Dávila entra muy nervioso al café con su maletín, mira a todos los lados y se sienta. Quesada y Víctor, desde otro lugar, lo miran amenazantes.
- De manera que el doctorcito no entendió el mensaje...
- Lástima que la pierna no le permita correr lo rápido que él quisiera.
Quesada está por levantarse.
- Vamos a mostrarle con quién se está metiendo ese cobarde.
Víctor toma del brazo a Quesada.
- Mire, jefe. Creo que esta vez nos madrugaron a nosotros.
Fernando entra apurado y se acerca a Dávila.
- Me alegra verlo después de tanto tiempo.
Quesada con Víctor.
- Anda y busca un teléfono fuera de aquí. Llama a Leandra y dile que se han encontrado, que ahora sólo ella puede evitar que hablen. Mientras veré qué hago.
Víctor sale apurado sin ser visto por Dávila y Quesada queda en una posición en que no lo pueden reconocer. Está preocupado.
·
Rafael le sirve un mosto de uva a Isabella.
- Toma... Es un mosto muy ligero, dulce... especial para cualquier mujer embarazada. Te va a gustar... Vamos, pruébalo.
Isabella lo degusta.
- Es muy rico.
- Isabella, no es que yo me quiera meter... Te he visto crecer desde muy pequeña y ahora se me parte el corazón al saberte tan indefensa... tan triste... Y Gabriel que insiste en conquistarte...
- Yo no sé qué voy a hacer, pero Gabriel tiene que comprender que no lo amo, don Rafael...
En ese momento se asoma el padre Rubén, Isabella se tensa.
- Puedes estar tranquila, Isabella. Venía pensando en ti y también en ese rico mosto que prepara don Rafael. Pensé que si me tomaba una copita, el Señor podría iluminarme para hablar contigo y con Gabriel... que me ayudara a darles el mejor consejo.
Rafael sirve una copa.
- Entonces beba, padre. Justamente hablábamos de lo mismo Isabella y yo.
El padre bebe su copita.
- Isabella, te pido que me acompañes a casa de tu madre. Allí hablaremos con Gabriel también. Ya no tengo tanta lengua como para repetir los sermones por partida doble.
- Yo no regresaré a la hacienda. Usted estuvo presente cuando mi madre me echó, cuando me dijo que... que yo no era su hija.
Rafael y el padre cruzan miradas.
- Doña Rosario está confundida...
- Doña Rosario Linares dice que no soy su hija. No me perdonará jamás, se avergüenza de mí y lo hará más cuando se entere que yo no me casaré con Gabriel. Le ruego que al menos usted me entienda, padre. Yo...
Isabella no termina de hablar. Sufre un desmayo y cae al piso. El padre y Rafael la agarran desesperados.
- Isabella.... ¡Isabella!
Ambos se miran muy asustados, Isabella no reacciona.
·
Quesada llama por teléfono a Leandra.
- Deme la dirección. Iré de inmediato.
Leandra cuelga muy angustiada. Se dispone a salir. Viene Delmira con una bandeja.
- ¿Qué haces husmeando?
- Vengo del cuarto de la señora Victoria. Ella me pidió un té y ahora llevo el menaje a la cocina.
- Busca a Zacarías. Madame se siente mal y tengo que ir a buscar al doctor.
En ese instante entra Zacarías.
- Nos vamos, Zacarías. Saca el coche del garaje de una vez. La señora Clara está muy mal.
- Hace un rato usted me dijo que se encontraba bien. No entiendo.
- Limítese a hacer lo que le ordeno. Vamos, ¡ya! No hay tiempo que perder.
Zacarías sale apurado.
Delmira, dirigiéndose a Leandra.
- Le diré a la señora Victoria que usted salió y que acompañe a madame mientras regresa con el médico.
Leandra la toma con fuerza del brazo.
- No le dirás nada a nadie. ¡Te lo prohibo!
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Fernando con Dávila
- Usted me inquietó mucho cuando me dijo que era preciso que nos viéramos. Estoy seguro que usted tiene algo muy importante que decirme.
- Mire, señor de Alvear... Todo este tiempo quise conversar con usted sobre su esposa. Bien sabe que ella me buscó para el tratamiento de su esterilidad y luego...
En ese momento Quesada se acerca a ellos.
- ¡Qué coincidencia! ¡Bienvenido señor de Alvear! Soy un asiduo concurrente a este café y me sorprende verlo a usted aquí. Claro, después de estar tanto tiempo por el viejo continente, pensé que un lugar como este, no sería de su agrado... Veo que me equivoqué...
- Me alegra verlo, doctor Quesada.
Quesada se sienta a la mesa, al lado de Dávila, que se tensa mucho.
- No sabe cómo lo hemos extrañado, señor de Alvear. Felizmente su hermana estaba al tanto de los poderes y documentos que hacían falta.
- Sí, lo sé. Fíjese, ahora estoy con el doctor Dávila que...
- ¿Doctor? ¿En medicina?
Dávila asiente.
- Cómo es la vida... ¡Y yo andando con un lío en mi columna vertebral. Escuche, doctor, tengo un tremendo dolor aquí...
Quesada se inclina hacia Dávila y se apoya con su mano a propósito sobre su pierna mala. El dolor que siente Dávila es tremendo.
- Cuando me apoyo así, me duele mucho... No sé si usted me puede entender... ¿Conoce los síntomas?
- Sí... conozco ese dolor.
·
Isabella está todavía adormecida, sudorosa y pálida. A su lado un médico del pueblo que la ausculta. Más atrás Rafael, el padre y Gabriel, quienes están muy angustiados. El médico termina.
- ¿Cómo la encuentra, doctor?
- Estamos frente a un embarazo difícil. Eso no está en manos de la ciencia, joven. Ya depende de la buena suerte y de la guía de Dios.
- Si Isabella guarda reposo, tal vez no lo pierda.
- De todas maneras, lo guarde o no, en el momento del parto es posible que tengamos que optar entre la vida de la joven o la de su hijo.
- No, usted se equivoca. Isabella no corre ningún peligro.
- Usted me habló del accidente en España y la travesía tan larga... Y además se agrega el estado nervioso de la gestante. Todo ello ha contribuido a un embarazo muy precario.
Gabriel se sienta al lado de Isabella.
- Es mejor que la dejen descansar lo más que pueda. Luego se verá.
·
Dávila escribe una receta y se la da a Quesada. Fernando está impaciente.
- ¿Y cuántas cucharadas al día, doctor?
- Tres.
- ¿Y si no desaparece el dolor?
Fernando, harto.
- En ese caso, busque al doctor en su consultorio.
Quesada entiende que debe irse. Se levanta y justo en ese momento entra Leandra. Dávila se tensa y Fernando se levanta, asustado.
- ¡Leandra! ¿Qué hace usted aquí?
Leandra balbucea, no sabe que decir, Quesada la calma con la mirada.
- Llamé a su oficina y me dijo su secretaria que podía encontrarlo aquí.
Fernando nota el nerviosismo de Leandra, Dávila clava su mirada en ella.
- Es su esposa.... ¡Madame no se siente bien!
- No se siente bien casi nunca.
- Pero es que necesita de usted... Sólo quiere verlo a usted. Está muy mal.
- En ese caso, es una suerte que el doctor Dávila esté con nosotros. ¡Vamos a la casa!
- La señora sólo quiere verlo a usted.
- ¡Vamos, doctor!
Dávila asiente y toma su maletín. Leandra lo fulmina con la mirada, antes de salir, se gira y mira a Quesada que sonríe aliviado.
·
Isabella ya despierta, junto a Gabriel.
- El doctor nos explicó que tu estado es delicado y también peligra la vida de tu hijo.
- Estoy luchando tanto para darle vida, pero a veces siento que no voy a tener derecho a esa felicidad.
- Estaré a tu lado, te cuidaré... Nuestro hijo nacerá... lo criaremos...
- Tú me dijiste que fuera a buscar a Fernando si aún lo amaba...
- Yo no puedo hacerlo... Pero necesito que lo busques y le pidas que venga a verme.
Gabriel se levanta y se aleja.
- Gabriel... No sé si él se quedó en Sevilla o si viajó a París, o a lo mejor ya regresó a Lima... Te suplico que viajes a Lima y lo averigües...
Gabriel la mira, no puede creer lo que ella pide.
- Búscalo por mí... Dile que quiero hablarle, que quiero decirle que espero un hijo suyo...
- Me pides demasiado.
- Él me puede ayudar a que mi hijo no se muera, tiene los medios... Tal vez si me hospitalizo en la capital mi niño se salve. No le voy a hablar de amor, ya no... sólo quiero que me ayude a que este angelito nazca.
Gabriel la mira, confundido.
- Te lo suplico, Gabriel. Hazlo por mí.
Gabriel no sabe que hacer, Isabella lo mira, suplicante.
·
Fernando entra a la mansión, dando un portazo.
- ¡Clara!
VICTORIA Y AUGUSTO VAN A LA SALA. FERNANDO, LEANDRA Y DÁVILA EMPIEZAN A SUBIR. VICTORIA Y AUGUSTO LOS SIGUEN.
- Por Dios, qué está ocurriendo... ¿A dónde van todos?
- Madame se ha puesto muy mal...
- ¿Y por qué no me lo dijo, Leandra? ¡Yo he estado todo el día en casa!
LEANDRA NO CONTESTA Y SIGUE APURANDO EL PASO PARA ESTAR DELANTE DEL RESTO.
- ¡Fernando, tienes que calmarte!
FERNANDO MIRA A VICTORIA Y EN SU MIRADA HAY MIEDO Y ESPANTO. VICTORIA VA HACIA ÉL. SE ACERCA A FERNANDO, SEGUIDA DE AUGUSTO Y JUNTO A DÁVILA SIGUEN SUBIENDO.
TODOS ENTRAN. ENCUENTRAN EL LUGAR SEMIDESTRUIDO Y CON COSAS ROTAS. FERNANDO NO ENTIENDE QUÉ ES LO QUE PASA, SÓLO DÁVILA SABE QUE HAY UN SÍNDROME DE ABSTINENCIA. EL SILENCIO ES TOTAL Y TODOS VEN A CLARA, SENTADA EN UN RINCÓN, EN EL SUELO MECIÉNDOSE Y LLORANDO. FERNANDO HACE UN GESTO A TODOS PARA QUE SE QUEDEN ALLÍ Y SE ACERCA A CLARA Y SE AGACHA. ELLA SE ABRAZA DE ÉL.
- Je te aime, moun amour... Ayúdame por favor... No puedo más... La vida se me va... Estas manchas me duelen, me hacen llorar, me hacen morir...
TODOS LA MIRAN MUY ANGUSTIADOS.
- Tiene que haber algo que me calme... No me basta con tu amor, ni con el cariño de todos... Mi cuerpo necesita remedios... Yo sola no puedo librar la batalla, me duele mucho... no puedo soportar más estos dolores...
FERNANDO VOLTEA Y MIRA A DÁVILA.
- Doctor, dele algo para el dolor... tiene que haber algo que la calme...
DÁVILA SE ACERCA, CALLADO.
- El médico en París me advirtió que esto pasaría... que iba a llegar el momento en que necesitaría morfina...
FERNANDO ESTÁ MUY GOLPEADO.
- La morfina es terriblemente adictiva, señor de Alvear.
- Pero le dará alivio, ¿no es así?
DÁVILA ASIENTE.
- Es cierto, pero antes necesito decirle que su esposa...
LEANDRA SE ADELANTA.
- A lo mejor es cierto lo que quiere decir el doctor. Tal vez esta crisis pase y no sea necesario que madame...
- ¡Qué les pasa a ustedes! ¡Se van a poner a discutir qué conviene y qué no! ¡¿No se dan cuenta que Clara está sufriendo?!
LEANDRA Y DÁVILA SE MIRAN. VICTORIA Y AUGUSTO ESTÁN IMPACTADOS. FERNANDO SE LEVANTA Y SE ACERCA A ELLOS. CLARA LOS MIRA DE REOJO ESPERANZADA EN CONSEGUIR LA MORFINA.
- Mi esposa está condenada y lo único que les pido es que todos ustedes me ayuden a que no sufra. Tengamos piedad de ella...
- El señor Fernando tiene razón. Clara merece que todos la ayudemos.
DÁVILA DUDA. FERNANDO LO MIRA ESPERANDO QUE ACTÚE.
·
VICTORIA ESTÁ TERMINANDO DE BAJAR LAS ESCALERAS. AUGUSTO ESTÁ SENTADO, PENSATIVO. SIENTE QUE VICTORIA LLEGA Y HOJEA UNA REVISTA HÍPICA.
- Felizmente nuestra Claire se durmió... Ahora se la ve más tranquila.
VICTORIA SE SIENTA AL LADO DE AUGUSTO Y LE TOMA LA MANO.
- ¡Nunca había visto algo así! Clara en ese estado y la habitación prácticamente destrozada. ¿Lo ves? Yo te dije que había escuchado golpes.
AUGUSTO ESTÁ PENSATIVO.
- ¿Qué pasa querido? Claro, entiendo que no sólo las mujeres nos impresionamos ante un cuadro así... ¡pobre Clara!
- Sí, pobre Claire...
FERNANDO Y DÁVILA HAN BAJADO, LEANDRA LOS SIGUE, MUY ATENTA.
- Gracias, doctor.
- Siento decirle que de ahora en adelante habrá que aplicarle dosis más fuertes.
- ¿Cuánto dura el efecto?
- Bueno, depende del paciente. Ya veremos... Lo esencial es que ahora descansa.
- No me ha respondido, doctor.
- Su organismo irá pidiendo cada vez más y más.
- Lo que importa ahora es que Clara no sufra. No quiero volver a verla así nunca más... ¡Tiene derecho a vivir su enfermedad con dignidad y no con dolor!
DÁVILA MIRA A LEANDRA.
- SI me permite, quisiera que hablemos pero en estricto privado.
LEANDRA SE TENSA. ENTRA DELMIRA TRAYENDO CAFÉ. SUENA EL TIMBRE, DELMIRA CONTESTA.
- Bueno, vamos a mi despacho entonces.
- Señor Fernando, es para usted... El señor Lorenzo Campos, de España...
FERNANDO REACCIONA, NERVIOSO.
- Lo dejaremos para otro día. Gracias por su ayuda. Estaremos al habla.
A DELMIRA.
-Contestaré en mi despacho.
FERNANDO SE VA APURADO AL DESPACHO.
- Yo acompañaré al doctor a la puerta.
LEANDRA CON DÁVILA, EN EL RECIBO.
- No crea que le estoy agradecida. Usted le iba a contar toda la verdad al señor Fernando.
- Y me arrepiento de no haberlo hecho. Pero ahora ya es tarde también para su madame. Las cartas han sido echadas. ¡La morfina no es ningún juego! ¡Sólo se administra a pacientes realmente graves, es terriblemente adictiva. La muerte que ustedes dos han inventado para la señora de Alvear puede ser su propia trampa, señora... Ahora con la morfina, ella verdaderamente se ha acercado al infierno! Buenas noches y que tengan buena suerte ustedes dos.
DÁVILA SE VA.
·
ISABELLA ESTÁTENDIDA EN LA CAMA. MARIANA LE TOMA LA MANO.
- Es que no logro entender por qué te empeñas en permanecer acá. ¿Sigues amando a Fernando de Alvear a pesar de todo?
- No puedo pensar en eso. Ahora sé que solo debe importarme mi hijo. El será mi familia, será todo para mí.
- No te olvides de mí.
- Gracias, Mariana. Gracias por ser una hermana para mí.
MARIANA ABRAZA A ISABELLA CONMOVIDA.
·
GABRIEL LLEGA A LA MANSIÓN EN BUSCA DE FERNANDO. ESTÁ FRENTE A LUCÍA, QUIEN SE VE IMPRESIONADA POR ÉL.
- Y ¿dónde lo puedo encontrar? Tengo urgencia de hablar con él.
- El señor de Alvear debe estar en su oficina, señor. Le puedo dar la dirección si desea.
- Se lo agradecería. Tengo urgencia de verlo.
- Ya me lo dijo, señor.
- ¿Perdón?
- Que me ha dicho usted dos veces que tiene urgencia de hablar con él.
- ¿Me da la dirección por favor?
LUCIA SE LA DA Y LO DESPIDE, SE ENCUENTRA CON LEANDRA.
- ¿Quién era, Lucía?
- Un señor que tenía mucha urgencia de hablar con el señor.
- Pero ¿quién era?
- Dijo que se llamaba Gabriel Linares, señora.
- ¿Qué le dijiste?
- Que el señor no estaba.
- Bien. Si ese señor vuelve, avísame a mí antes que a nadie. ¿Entendiste? Antes incluso que al señor Fernando.
- Está bien, señora.
LEANDRA COMIENZA A IRSE HACIA LA ESCALERA.
- Pero no creo que regrese, señora. Seguramente se va a encontrar con el señor en la oficina.
LEANDRA ESTÁ DETENIDA EN EL PRIMER ESCALÓN.
- ¿Cómo lo sabes?
- Es que yo le di la dirección, señora.
EL ROSTRO DE LEANDRA SE TRANSFORMA. EL PÁNICO SE APODERA DE ELLA.