“Los que no pierden el tiempo,
y es porque ya lo han perdido
para siempre, son los muertos.”
José Bergamín.
EL FINAL DE LOS YUPPIES
“Al andar se hace camino”, nos dijo Machado, pero no es conveniente quedarse a mitad del camino por correr, ni tampoco es aconsejable perder la vida de tanto querer ganarla.
Mucho se ha hablado y se habla aún del estrés, una enfermedad propia del consumismo y de la sociedad posindustrial que eligió como portador de este virus psicológico a los nuevos jóvenes profesionales que fueron conocidos por todos como yuppies.
Al fallar el sistema inmunológico, unos acabaron tendidos en el sillón de la consulta del psiquiatra, otros terminaron hundidos en la más honda de las depresiones y otros cayeron fulminados por el infarto.
El estrés es el resultado de un cúmulo de circunstancias; ambición, hostilidad, impaciencia, competitividad individual, culto al dinero, estados crónicos de sobreactivación de los sistemas neurovegetativos y neuroendocrinos, mala alimentación, tensión, toma de estimulantes, tabaco, ejercicio poco sano, etc.
Los yuppies sometidos al estrés, se convirtieron en el prototipo de la “forma de ser” que predispone a sufrir un infarto de miocardio: agresividad, ansiedad, irritabilidad, inestabilidad, laboradicción o gran implicación laboral, esto es, gran responsabilidad y una gran dificultad para delegar, unido a una incapacidad de relajación, durante el ocio, son algunas de las características que configuraban el perfil psicológico de estos individuos predispuestos al infarto.
Las personas con el síndrome de yuppies que son las más predispuestas al infarto se caracterizan por ser: Personas ambiciosas, en continuo estado de agresividad, cuya conducta se basa en la consecución de múltiples objetivos de la forma más rápida posible. Están implicadas en una lucha sin fin por el éxito, en la que no sienten ninguna recompensa ni tienen ningún alivio real de la tensión. Concentran todos su pensamientos y esfuerzos en el estrecho desfiladero de su profesión, son incapaces de delegar autoridad o responsabilidad. La carencia o limitación de experiencias interiores y de pensamientos verdaderamente creativos aumentan su dependencia de los logros externos que necesitan imponerse. Tratan de mantener bajo control sus impulsos agresivos, lo que se convierte, en una rabia inhibida, encolerización fácil, cinismo, suspicacia, desconfianza, lenguaje explosivo, gestos bruscos... Mientras que de cara al exterior se presentan a sí mismos como poseedores de autoestima, su mundo exterior está dominado por la actitud pesimista de preguntarse si vale la pena el esfuerzo.
Y es que los yuppies, en su loca prisa por llegar no hicieron camino, sino un estrecho desfiladero que les llevó a la depresión o a la tumba. Y como nos dijo el poeta: “Por no querer perder el tiempo / pierdes el tiempo y el alma. / Estás perdiendo la vida / de tanto querer ganarla”.
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