FRANCISCO ARIAS SOLIS
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COSTUMBRES PEREGRINAS
“Mi corazón no es más que otro sepulcro,
¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él?
¡Espantoso letrero!¡Aquí yace la esperanza!”
Mariano José de Larra.
ROMANTICISMO Y COSTUMBRISMO
La antigua costumbre popular de acercar un espejo a los labios de los agonizantes para ver si alentaban aún, al empañarlo, nos revela el recóndito sentido que al suicidio legendario de Larra le da el espejo ante el cual reflejaba, por última vez, el rostro acongojado de su agonía. Tan “triste como de costumbre”. ¿Por qué ese tristeza acostumbrada?
Romanticismo y costumbrismo no pueden separarse vivamente del ritmo que pulsa esta agonía.
El romanticismo más verdaderamente peregrino es aquel que inventa las costumbres. El de los románticos franceses en el XIX. El de los españoles en el XVII. Los románticos franceses, Victor Hugo, Gautier, Mérimée... inventaban costumbres españolas. Como Lope, Calderón, Tirso... inventaban costumbres peregrinas, exóticas, extrañas. En países reales o figurados. Cuando Cervantes vuelve a España, después de recorrer imaginativamente aquellas regiones septentrionales de sus Trabajos de Persiles y Segismunda, la España que imagina, ¿es la misma que la imaginada en el Quijote? ¿Acaso es más real esta o aquella? Según la realidad que se imagine. Larra, de vuelta de Paría, es como el héroe cervantino de vuelta de la isla de Tule. Pues cuando el escritor romántico se imagina o inventa las costumbres, el escritor llamado “costumbrista” se cree que, al reflejarlas, inventa su romanticismo. El costumbrismo más verdaderamente peregrino acaba por creer que imaginativamente no inventa nada. Y se suicida como Larra, ante su espejo.
La verdadera situación crítica del hombre ante el espejo no es la de contemplarse a sí mismo tan superficialmente reflejado en una imagen inexistente, es la de contemplar a los demás de ese mismo modo. ¿Qué de lo que pasaba o sucedía en España, se refleja en el espejo? ¿Qué sucedió o pasó por Larra al espejarlo? Pasar o suceder son diferente cosa. Y puede decirse que en España donde no pasa o donde no pasaba nada nunca, sucede siempre todo. Lo que queda de Larra fue el suceso humano de un ser temporal dramatizado por la muerte. Lo que queda de España no es lo pasado de ella o lo pasado en ella, sino lo que en ella está siempre sucediendo. La vida popular de España, ¿será tan solo el reflejo superficial de una imagen viva empañada por el aliento humano? ¿Costumbrismo y romanticismo? Pues, el costumbrismo de Larra, ¿no fue solo el pretexto de su ironía? El romanticismo de Larra, ¿no fue tan solo el pretexto de su agonía?
Del mismo modo que pensaba Pascal que el verdadero escritor es aquel en quien se encuentra siempre al hombre, podríamos decir, que el verdadero hombre, el hombre de verdad, es aquel en quien se encuentra siempre al pueblo; es aquel en el que cuando esperamos encontrar a un hombre encontramos a un pueblo.
Y un pueblo no cabe en un espejo. El espejismo costumbrista, para ser verdadero reflejo popular, tiene que mentir; porque tiene que ofrecernos tan sólo del pueblo que refleja una imagen parcial y rota.
El espejo es siempre mortal, porque aísla, separa al hombre de sí mismo. La imagen humana en el espejo es siempre “imagen espantosa de la muerte”. Así lo vio y entendió Larra al suicidarse. O, mejor dicho, al dejarse suicidar por el espejo que es mentiroso acusador humano. El espejo que nos aísla, que nos separa de nosotros mismos y de los demás, dándonos una imagen mentirosa de nuestro ser, nos mata, nos suicida, porque nos miente de verdad. Nos miente la verdad. Es una verdadera mentira la que nos ofrece de nosotros mismos; una “mala verdad”: “No hay flaco portillo como la mala verdad” –decía el sentencioso Rabino-. El espejo de Larra fue su mala verdad, el “flaco portillo” de su muerte. La luna del espejo le dio a Larra lo que no tenía: la mentira, la muerte.
No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.
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