LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA
(1559-1613)
“Mal que tiene la muerte por extremo
no le debe temer un desdichado;
mas antes escogerle por partido.
La sombra sola del olvido temo
porque es como no ser un olvidado
y no hay mal que se iguale al no haber sido”
Lupercio Leonardo de Argensola.
LA VOZ DE LA POESIA CLASICISTA
Lupercio Leonardo de Argeensola, al igual que su hermano Bartolomé, es un representante genuino de la poesía académica y clasicista del Renacimiento, y aunque en algunas ocasiones se permite pequeñas libertades, la impresión final es siempre la de haber leído una obra llena de gravedad y resonancias clásicas. Valores morales y modelos clásicos constituyen el objetivo del poeta, que lima sus versos con el mismo especial cuidado con que evita que se desborden en el lujo metafórico de la poesía de su tiempo. Consigue así una poesía de severa corrección, digna y elegante. Lope dijo de los hermanos Argensola que “parece que vinieron de Aragón a reformar en nuestros poetas la lengua castellana”, y la frase, que ha hecho fortuna, es cita inevitable.
Entre los mejores poemas de Lupercio Leonardo se halla A la esperanza que figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna.
Lupercio Leonardo de Argensola, el mayor de los dos hermanos, nació de Barbastro, provincia de Huesca, el 14 de diciembre de 1559. Fue secretario de duque de Villahermosa y luego de la emperatriz María de Austria. Fue nombrado cronista de Aragón , y en calidad de secretario de Estado y Guerra del conde Lemos, virrey de Nápoles, residió por algún tiempo en dicha ciudad, donde murió en marzo de 1613.
Lupercio, al igual que su hermano, se había educado en al tradición de los poetas clásicos, sobre todo en Horacio y Juvenal. De su frecuentación adquirió el gusto por la sobriedad y la medida, y también la propensión al didactismo filosófico, moral y religioso, siempre estimado como la nota más característica de su poesía. Y, sin embargo, este poeta doctrinal parece que nunca cultivó la poesía como una fundamental ocupación: “era antes que nada un secretario, un historiador”. Jamás consintió imprimir ninguno de sus versos. En los últimos días de su vida quemó cuantos manuscritos de su poesía tuvo a mano; de ello nos certifica su hermano Bartolomé, y el propio hijo y editor del poeta en carta al rey que encabeza la edición de las Rimas de su padre y de su tío declara que “... el Secretario Lupercio Leonardo, mi padre, i el Doctor Bartolomé Leonardo, su hermano, evitaron siempre la impresión de sus versos, no afectando humildad... sino porque nunca se dieron a este género de letras con otro fin más que exercitar el ingenio...”
Lupercio Leonardo destacó sobre todo en el cultivo del soneto (113 de las 153 composiciones poéticas conservadas –incluidas las tragedias- lo son), aunque lo maneja con alguna desigualdad. Los sonetos más famosos, y mejores, son los de total inspiración clásica y horaciana; sobre todo el que comienza: “Quien voluntariamente se destierra / y dexa por el oro el patrio techo...”. Entre las epístolas son famosas. “Hay un lugar en la mitad de España ...” (descripción de Aranjuez) y “En esta enfermedad tan importuna”. Cultivó el teatro con poca fortuna, y sus tragedias Filis (hoy perdida), y Alejandra e Isabella son de escaso valor, aunque se ajustan totalmente a los preceptos clásicos. Se interesó también por la historia, escribiendo un informe, preciso y riguroso, sobre los sucesos 1590-1591 en Aragón, y reuniendo material sobre su región en la época musulmana.
En todas las composiciones de Lupercio Leonardo de Argensola, junto a la huella horaciana hay siempre una nota grave y realista, que el poeta recibe del espíritu de su región. Así el soneto: “Imagen espantosa de la muerte, / sueño cruel no turbes más mi pecho, / mostrándome cortado el nudo estrecho, / consuelo sólo de mi adversa suerte...”
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