Susurrante, sudorosa, ovillada en la penumbra. Escondiendo este deseo afilado como un cuchillo, con el alma poseída por una infinita negrura. Ardiente y esquiva al mismo tiempo, incapaz de comprender los inútiles desafíos del tiempo y del espacio. La mediocridad que nos corrompe y nos convierte en esclavos. Te miro con las cuencas vacías de mis ojos sangrantes, los globos oculares devorados en el púlpito de lo profano por las viejas alcahuetas, los falsos profetas y las tetas.