Capítulo Diez

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UNAS PALABRAS...

Esta es la tercera semana de Isabella, mujer enamorada. Se vuelve a levantar el telón, y ya los actores ocupan los lugares que les asigna esta historia de amor. Disfrútenla.



CAPITULO 10


Hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.

Federico García Lorca








Las criadas están muy ocupadas con los cambios dispuestos por Leandra para la nueva decoración de la casa de los De Alvear. Sin importarle los reclamos de Mrs. Simpson, Leandra impone su criterio porque ella “conoce a la perfección los gustos de la nueva señora”, y la casa, de ser un ambiente alegre y juvenil, se convierte en una escenografía grave y austera.

Mrs. Simpson se queja con Victoria, pero ella no le hace caso. No tiene cabeza para hacerlo. Está ansiosamente esperando a Hernán. Él se encuentra en una taberna, ahogando sus ansias de opio en el alcohol.

Uno de los "socios" de Quesada lo reconoce y se acerca.

- ¿Por qué me miras así? ¿Eres un invertido en busca de compañía?
- (Sonriendo maliciosamente) No. Ayudo a mis amigos a cambio de pequeños favores.

Le propone que consiga datos sobre las cuentas de la familia De Alvear a cambio de "sueños de opio". Calla. Pero es toda una afirmación.

A muchos kilómetros de allí, en alta mar, Clara deja sorprendidos y con las copas en la mano a su esposo y al Capitán. Se disculpa y se retira.
Al rato, Fernando busca a su mujer y la halla en un extremo de la cubierta, reclinada en la baranda.

- Nos dejaste desconcertados.
- No era mi intención...
- Luego te busqué en vano. Por un momento creí que te habías caído del barco.

Clara se ríe por la gracia de Fernando. Le hace recordar que ése es el mismo barco donde se conocieron. Fernando vuelve a recitar los versos de Baudelaire que Clara completa.

- Ahora que todo está mejor encerrémonos en el cuarto hasta que el barco llegue a España.
- Dame tiempo, sé tolerante, tenme paciencia. Cuanto más me aleje de Lima y me acerque a Europa volveré a ser la Clara Riveau de antes.

Es de noche en la hacienda. Llegan Mariana y Andrés. Andrés corre a ver a Isabella, la braza y la besa, como si hubieran estado separados varios años.
Quesada ha esbozado su plan: Investigará las cuentas de Fernando hasta encontrar un problema con el fisco. Y así tener un pretexto para extorsionarlo. Hernán sería su "informante".

- A menos que Fernando acepte que me encargue de sus negocios.

Victoria menciona a Leandra los choques que ha tenido con Mrs. Simpson. Leandra los minimiza y echa la culpa a Mrs. Simpson.
Entretanto, en el buque:

- ¿Adónde fuiste?
- A caminar. Tenía sueño.
- Estás enojado.
- Estoy desconcertado. No pensé que mi luna de miel iba a ser así.
- ¡Júrame que siempre vas a estar conmigo, que siempre me vas a proteger!
- Te lo juro.
Pero Fernando empieza a verse decepcionado e impaciente.

*

- Descansa, Isabella.
- No podría. Porque en sus ojos hay una pena que se contagia ¿Qué pasa, papá?
- Nada. Ahora debes estar bien.

Sale a la sala. Nuevamente los reproches de Rosario. Ella le cuenta los sueños premonitorios de Isabella.

- No te lo dije antes. Pero hay algo sumamente importante que debes de saber. Leandra no murió. Ella y la otra niña se salvaron. Esa dama que se casó con Fernando es la hermana de Isabella.
- ¡Dios mío, como en los sueños!
- Eso no es todo. Hay algo más que nunca dije, pero tenías que saber.
- No me asustes.
- Isabella y su hermana Clara son hijas mías.
- (Con creciente nerviosismo) ¿Qué dices? No, no, tú estás loco.
- No, Rosario. Esas niñas son hijas mías y de Rosario.

Rosario, la mujer dulce, comprensiva y tolerante a medida que reflexiona sobre lo dicho, se convierte poco a poco en una fiera salvajemente herida, humillada, presa del escarnio, como los toros de las corridas en medio de la multitud enardecida por la sangre que desprende. Roja de rabia, inflamada hasta en la fibra más íntima de sus raíces, exclama:

- ¡Tu...! Tú esperaste tanto tiempo para decirme la verdad (Se acerca y lo zarandea como a un guiñapo) ¿Por qué ahora? ¿Por qué...?
- No quería hacerte daño.
- ¿Alguna vez supiste qué cosa me hace daño? ¿Supiste quién fue mi amigo, mi compañero, mi confidente? El que se revolcaba en el granero con la sirvienta, mientras yo luchaba con todas mis fuerzas por darle hijos, simiente, futuro. ¿Supiste en quién he confiado todo este tiempo? En un despreciable traidor. Y ni siquiera fuiste capaz de averiguar si tu hija o la mujer con que me engañaste vivían. Tuviste que ir a esa boda...
¡Qué poco hombre eres, Andrés!¡Oh, Dios, qué poco hombre!
- Trata de entender un poco.
- ¿Por qué me humillaste de esa manera, sucio bastardo?
- Cálmate, por favor. Yo soy todo lo que dices. Y más todavía. Pero debemos lograr que nuestras hijas se encuentren, a ver si así recuperamos algo de todo lo perdido.
- ¡Maldito! ¿Quieres quitarme a Isabella? ¡Nunca! Porque tú te vas con tu Leandra y con la hija de tu adulterio.
- No, mi lugar esta aquí junto a ustedes.
- Lárgate, lárgate miserable, lárgate... (como presa de convulsiones, Rosario lo arroja de la casa)

Afuera lo aguarda Mariana. Le cuenta cómo lo despreció y su voluntad de ya no callar más porque está decidido a que Isabella se reúna con su hermana Clara. Vuelve a entrar y camina directamente hacia el cuarto de Isabella. Rosario corre detrás.

- ¿Qué pasa?
- No, no es nada, Isabella.

Rosario tira del brazo a Andrés.

- Me quiere decir algo. Tú lo viste.

Finalmente Rosario lo lleva nuevamente a la sala.

- No debes decírselo. Ya nos has hecho demasiado daño.
- No quiero que Isabella lleve una vida falsa como Clara.
- No sabes lo que dices.
- Sí lo sé. Nunca he visto mi vida con tanta lucidez.
- Por lo que más quieras, Andrés, prométeme que no se lo dirás.

Andrés la mira, inexpresivo. Se le han ido el amor, el perdón, la ternura. Su vida completa se le ha esfumado, como los barcos en el horizonte del rumor de olas. Sus claras pupilas son ya dos agujeros negros atrapando aun la luz más pura que pudiera iluminarles. Mecánicamente, abandona las sala, para ir en busca de su destino.

*

- Buenas noches, madre. No la molestaré demasiado. Sólo he venido a decirle que encontré a mi otra hija al lado de su madre a quien odia y desprecia por haberle dado una vida falsa. Y sólo usted es culpable de que así pasara. Usted es la única culpable de la vergüenza que ella siente por ser hija de una sirvienta. Y todo su gran acto de maldad aquella noche, cuando separó nuestros caminos como si fuera Dios mismo, cuando fuimos indefensas marionetas en sus manos implacables. ¡Maldita sea usted, madre! Y la maldeciré hasta el último segundo de mi vida.

Doña Gertrudis, pasto de la degradación de los años, suda, tiembla y llora en su silla de ruedas. La escena se torna tenebrosa y macabra. Andrés se da la vuelta lentamente. Cuando quiere avanzar, colapsa. Y cae pesadamente a los pies de su madre.

*

Rosario corre y se abalanza al lado de su marido:

- ¡Me muero, me muero...!
- Voy a traer ayuda, un médico.
- No te vayas... Es demasiado tarde para que me perdones... Has sido la mejor madre que Isabella pudo tener... Mi hija también es tuya...
- (Llorando) Ya no sigas esforzándote más. Voy por el médico.
- Prométeme que mis dos hijas se encontrarán.
- Sí..., sí.
- ¡Júramelo...!

Y ya no pudo seguir hablando. La abuela infructuosamente estira la mano temblorosa en dirección del cuerpo de su hijo.

*

Victoria alcanza a Leandra cuando ésta se encuentra “conversando” con el cuadro de Clara. Leandra aprovecha para pedirle un día de permiso para ir a su pueblo por algunos trámites que debe hacer. Victoria se lo concede. Leandra no sólo le agradece sino le habla de su deseo de ganarse su total confianza. Y como prueba de ello, le anuncia que Hernán la espera.

- Te odio. Te estuve esperando un día entero. ESO no se le hace a una mujer enamorada.

Y se trenzan en un abrazo apasionado.

*

El médico afirma:

- El infarto que ha tenido ha sido muy severo. Y recuerde, la siguiente vez ya no lo contará.

Isabella, aún débil, entra en bata:

- Mamá, dígame, ¿qué fue lo que pasó?¿Por qué se desmayó mi papá?
- Estas cosas suceden de pronto, sin explicación.
- Yo los oí discutir. Tuvo el ataque por mi culpa. Porque se enteró que amo a Gabriel...
- No, hija, no digas eso.


Rosario y Mariana calman a Isabella y la llevan a su cuarto. Al quedarse solas, Mariana le confiesa a su tía que sabe que Isabella tiene una hermana aunque no sabe quien es su padre. Rosario le hace prometer que no dirá nada a Isabella.
Entretanto, el sacerdote y Andrés conversan. Andrés le confiesa al cura todo lo sucedido.

- Tienes que contarle a Isabella lo que me has dicho. La paz sólo se obtiene cuando el alma se sincera.

Tocan la puerta. Entra Isabella.

- Llegas justo a tiempo hija. Tu padre tiene que decirte algo muy importante.

(Fin del Capítulo Diez)




Escrito desde Apr 8, 1999, 6:56 PM

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