- ¿Qué pasa papá?
- Isabella hay algo que debes saber.
Abruptamente entra Rosario.
- Discúlpenme. Quiero hablar a solas con Andrés.
El sacerdote se lleva a Isabella.
- ¿Le dijiste algo al padre Rubén?
- Sí, lo sabe todo. Me pidió que le contara todo a Isabella.
- No. Debes callar para no destruirla.
*
Leandra va a salir a la hacienda. Quesada entra y la sorprende.
- Diga lo que tiene que decir y luego lárguese.
- ¡Qué modales!. Vine a saludar a Clara. Como no estuve en la boda...
- Nadie lo invitó.
- Eso lo paso por alto. He estado pensando que Fernando necesita un abogado trabajador y honesto como yo. Además, a nadie le conviene que todos se enteren de que Clara es...
- Si se mete con mi hija, ya sabe de lo que soy capaz.
*
Isabella se siente culpable de la enfermedad de su padre. Mariana le asegura que no es así.
- ¿Tú qué sabes? ¿sabes el secreto? Dímelo, no me lo ocultes.
Mariana la tranquiliza porque su padre se lo dirá muy pronto.
*
Clara se arregla frente al espejo. Nuevamente aparecen los fantasmas en sus recuerdos.
- Nada ni nadie va a impedir que sea feliz con Fernando.
Entra Fernando
- ¿Lista para almorzar?
- No. Lista para ti.
- Esperemos que anochezca, ¿sí?
Rosario sigue implorando a Andrés. Pero el se reafirma
- Déjame morir como el hombre que no he sido, contándole la verdad.
Rosario lo deja por un momento
Reingresa Isabella, sollozando.
- Hija, yo, yo... te voy a contar algo. Acércate.
- Hable despacio, papá.
- Tu madre..., tu madre...
- ¿Quieres que venga?
- No. La verdad... tú debes saber que...
El grito de Isabella se escucha por toda la casa, por toda la hacienda, por todo el universo. Andrés Linares había muerto.
*
Una rosa roja en la cama. Una mujer la coge, aspira su perfume dispuesta a dejarse llevar. Fernando entra donde Clara, recorre su delgado talle. El silencio es un rosal elevándose alrededor de ellos, llenando la escena de un color intenso y embriagándolos con su aroma.
- Ninguna flor puede compararse con tu belleza, con tu fragancia, con tu olor...
Fernando es deseo. Clara es voluntad de amar para olvidar.
*
- Señora, afuera la busca una persona.
Los ojos sombríos de Leandra se clavan en Rosario.
- Si vienes a buscar a mi esposo, es demasiado tarde. Andrés a muerto.
- Comprendo que me odies. No he venido a disculparme porque fuimos víctimas.
- ¿Y yo qué?
- He venido por mi hija.
- Siempre supe que eras la madre. Pero no la canallada de ocultarme quién era el padre. Ella es mía y de nadie más.
- Vine a asegurarme que nada ha cambiado.
- Yo he cambiado.
- Finalmente lo que quiero es que Clara nunca sepa que tiene una hermana.
- ¿No quieres que se entere que...? Si Andrés no le dijo nada, yo tampoco.
- Ruego a Dios por la felicidad de ambas que nunca se encuentren. A partir de hoy tu y tu hija han muerto para mí.
- Vete y carga con tu culpa. Y déjame con mi dolor.
En el cementerio, Isabella
- Papá, yo le prometo cuidar a mamá y honrarla por ese amor. Mil veces hubiera querido que Dios me llevara a mí y no a usted.
Leandra se acerca. Abraza a Isabella
- Créame que lo siento.
- Gracias.
Rosario casi se desmaya de sólo verlas juntas. Vuelven a la hacienda. Su vecino, don Rafael, se ofrece para ayudarles como administrador de la hacienda. La criada comenta:
- La abuela está muy triste porque no la llevan al cementerio.
Rosario replica:
- Nunca es tarde para aprender a sufrir. En esta casa siempre ha habido un lugar para el sufrimiento. La felicidad ha pasado de largo.
Isabella se inquieta al escuchar frases que no entiende, pero su madre no le da mayores explicaciones a sus preguntas. Entretanto, Leandra llega a casa de los De Alvear y conversa con el cuadro de Clara, jurándole que la siempre la protegerá.
*
Los esposos se saludan al amanecer. Clara le cuenta a Fernando
- Soñé con mi madre. Fui muy feliz a su lado. Prométeme que pase lo que pase, me vas a amar para siempre.
- ¿Y qué puede pasar?
- No lo sé. Con mi madre tuve un mundo maravilloso que se destruyó como el cristal.
- Pero se puede reconstruir. Y te prometo que lo nuestro será así.
*
Hernán se encuentra en el estudio de la casa de los De Alvear, hurgando entre los papeles y documentos. Encuentra los libros de contabilidad y arranca algunas hojas. Leandra le avisa a Victoria la “visita” de Hernán. Ella lo encuentra un tanto inquieto. Para disimular, éste le cuenta la próxima publicación de su libro de versos. Se excusa de no poder seguir conversando con ella y se va. Victoria se queda muy contrariada, pero Leandra se da cuenta de todos los movimientos del muchacho.
Más tarde, la servidumbre de la casa se burla de todas las “rarezas” que impone Leandra. Sus comidas llamadas por nombres francés, el arreglo de la casa, las frases con las que debían dirigirse a los patrones, todo en francés. La escena es entretenida, por los gestos y las ironías.
Ingresa Leandra en el clímax de la diversión.
- ¡Qué pasa aquí! Todo lo que he dispuesto es orden directa de Mme. Clara Riveau. Y no para que se estén burlando.
Mrs. Simpson le replica
- ¿Es que habían regresado los señores y nosotros no nos habíamos dado cuenta?
Todos se ríen a carcajadas. Leandra, furiosa, se retira.
*
En a mesa, tres mujeres de luto se miran consternadas los rostros. Finalmente Mariana rompe el silencio.
- Debemos avisarle a Gabriel todo lo sucedido, para que venga a ayudarnos con la administración de la hacienda. ¿Qué van a hacer tres mujeres solas e indefensas?
Isabella desaprueba.
- No. Dejemos a Gabriel que continúe su vida y sus planes. Tenemos que afrontar la realidad nosotras mismas. Don Rafael se ha ofrecido a ayudarnos. Creo que lo mejor será contratarlo.
Mariana, presa del desaliento, le contesta:
- ¿Qué puede hacer ese hombre con una hacienda, si él siempre se ha dedicado a su tiendita de vino y pisco? Pero, eso sí Isabella, tía, quiero que sepan que yo no voy a cosechar algodón ni ensuciarme de lodo en las acequias. Podré ser una huérfana pero no soy la hija de una campesina.
Rosario le grita
- ¡Cállate!
Mariana insiste:
- Isabella, lo mejor que podemos hacer es vender la hacienda y con el dinero que obtengamos, viajamos a Lima, nos compramos una casa y nos casarnos con buenos partidos. Yo no estoy acostumbrada a las privaciones y mucho menos a vivir como una sucia campesina.
Y se retira a su dormitorio.
Isabella, con las expresiones de su tía y su prima resonándole en el oído, le dice a su tía Rosario:
- Sé que recién hemos enterrado a papá, pero usted y yo debemos hablar. Usted sabe el secreto que papá no me pudo decir antes de morir. Y es necesario que ahora me lo diga.