Capítulo 23

by Rafael Martín

 
CAPÍTULO 23


- El agua se llevó el trabajo de un año. (Sigue escarbando en el lodo frenéticamente. En su actitud hay rabia, ninguna resignación)
- Pero qué le vamos a hacer, Isabella (Se acerca, la coge de los hombros, la ayuda a incorporarse).
- ¡Tenemos que rescatar siquiera una raíz como ésta!
- No, hija, no sirve, la tierra no sirve, la raíz no sirve, los frutos no sirven. Isabella ya nada se puede hacer aquí.

*

Ambos se dirigen al Banco. Hablan con el representante.

- Quiero expresarles mi profundo pesar por lo sucedido. Pero el banco no va a poder cubrir los gastos imprevistos debido al huayco.
- El señor es...
- ¡Rafael Cevallos! Para servirla.
- Bien. En negocios debemos hablar sólo aquellos que tomamos las decisiones. Don Rafael, por favor, espéreme en la recepción. Yo trataré con el señor estos asuntos.
- Pero Isabella... Está bien. Te espero afuera.
- Señorita, quiero explicarle que el panorama es muy grave. No debe olvidar que la hipoteca de su casa está irredenta. Y ahora con lo sucedido, su saldo patrimonial está en rojo.
- No entiendo. Siempre hemos pagado puntualmente.
- Eso es muy cierto.
- Si he venido aquí es porque debemos renegociar los términos. Necesitamos un nuevo préstamo para rehacer la hacienda.
- ¿Y que respaldo tienen para ofrecer ahora? No, señorita. Trabajamos sobre la base de bienes concretos. La confianza es la base del crédito. Son las reglas del banco. Ahora que si por mí fuera...
- Entonces ¿qué se puede hacer?
- Yo le consigo el préstamo a cambio de ... un poco de cariño de su parte. (Extiende su brazo para cogerle la mano)
- (Retirándose inmediatamente) Pero, ¡qué se ha creído usted! Esto es insoportable. (Sale. Atrás, la cara de imbécil del funcionario)

*

La línea con Ica está interrumpida, se perderán todas las cosechas aunque nadie ha muerto. Don Rafael trata de consolar a Isabella.

- Yo creo que Mariana tenía razón. Debimos de haber vendido la hacienda hace tiempo.
- En el campo siempre es así. No es hora de lamentarnos. Debemos volver a empezar.
- A veces pienso ¿de qué sirve tanto esfuerzo?
- No te desesperes, hijita.
- Ojalá que Dios no nos abandone porque ahora sí necesitamos un milagro.

*

Leandra, en la oficina del “Dr.” Quesada. Quesada con su estereotipo indeleble, como que a uno le dan ganas de molerle la cara a golpes.

- Usted y yo siempre hemos sido amigos, Leandra. Intereses comunes, amigos entrañables.
- Se ve que ha mejorado grandemente su pocilga.
- Gracias a sus desvelos y los de los Alvear-Riveau. ¿Sabe? Casi me siento como parte de la familia. Pero, usted es una persona muy ocupada y no le puedo hacer perder su valioso tiempo. ¿A qué debo el honor de su visita? ¿Qué quiere que haga por usted?
- Quiero que investigue a un tal Dr. Dávila.

*

Fernando se escapa de la oficina para almorzar con su esposa.

- Clara tengo una propuesta para ti. Verás, estuve pensando que todo este ajetreo nos ha tenido muy aferrados a Lima. ¿Qué tal si hacemos un viaje al campo?
- Yo también me siento agobiada aquí. Pero, ¿adónde vamos?
- Yo conozco el lugar perfecto. La hacienda de un amigo de mi padre, en Ica, al sur de Lima. ¿Has oído hablar de Andrés Linares?
- No.
- Estuvo en nuestra boda, ¿no lo recuerdas?
- ¿Cómo? Si había mucha gente que no había visto antes.
- El señor Andrés Linares murió. Su viuda y su hija ahora están a cargo de esa hacienda.
- Yo no tengo nada que hacer en el campo.
- ¿Pero si me has dicho que te sientes agobiada?
- ¿Qué voy a hacer entre gallinas y vacas, entre campesinos y caminos de barro? No, prefiero ver las vacas en un cuadro de Van Gogh. Yo soy mujer de mundo.
- A la hacienda la afectó un huayco.
- ¿Qué? ¿Me vas a llevar a un lugar en ruinas, destruido?
- Clara, verás caballos de paso, no vacas. Por favor, hazme caso, sigamos la aventura. Además, quisiera ayudarlas, darles dinero a cambio de caballos de paso.
- ¿Y por qué mejor no les compras todos sus caballos? O mejor aún ¿Por qué no les compras toda la hacienda?
- Clara, yo no quiero despojarlas sino ayudarlas. Vamos, te va a agradar.

*

Quesada le muestra a Leandra un antiguo recorte de periódico:

__________________________________________________
MUERTE Y SILENCIO EN CLINICA PARTICULAR

Extraña muerte de damita
de sociedad deja de
investigarse cuando se
sospechaba de un aborto
provocado. El caso fue
archivado...
__________________________________________________


- Ricardo Dávila hacía prácticas abortivas... hasta que una niña de sociedad murió y..
- ¡Necesito esos datos! Necesito saber cuán comprometido está ese tal Dávila.
- (Intrigante) Pero no lo haré si no me dice para qué quiere los datos.
- Existe una razón muy importante...
- ...llamada Claire De Alvear.

*

Victoria está en una sesión de cartas con Consuelo.

- Ya le eché las cartas. Fernando tendrá descendencia. Clara es estéril.
- ¿Quién sabe más de medicina? ¿El doctor Dávila o tus brujerías?
- Mis barajas son infalibles. En cambio, los médicos, querida... Pero no discutamos. Mejor háblame de tu galán. Porque tu sonrisa me lo dice todo.
- (Iluminada por sus recuerdos) Es simpático, inteligente, músico, atleta, joven. ¡Me hace reír tanto con sus locuras!
- ¿Qué es lo que te preocupa?
- A ti no se te escapa nada. Pero ahora no es el momento. Confórmate con saber que soy muy, muy feliz.

*

Sebastián y Fernando

- ¿No te preocupa el peligro de los huaycos?
- No, el huayco no fue muy grave.
- Creo que les hará muy darse un paseo por esas tierras.
- Por eso quiero que vayamos. Salir de medicamentos, consultas, y tú lo sabes, tú sabes que muero por tener un hijo.
- Me retiro. Es mejor que descanses. Espero que tengas buen viaje.

*

Finalmente Clara accedió. ¿Y el temor? ¿Y el asco? Porque accedió como si lo disfrutara.

*

Leandra le increpa a Clara.

- ¿Por qué aceptaste ir allá?
- Por curiosidad. Quiero conocer el lugar donde tú y ese hombre se enamoraron. (Con sorna) No te imagino, tú enamorada, corriendo descalza por ese campo lodoso.
- Es tierra maldita. Para nosotros, nada bueno nos traerá.
- Pues yo estoy completamente convencida. Porque mañana salgo a la hacienda de los Linares.

*

Al día siguiente. Clara y Fernando en los preparativos.
- (Pensando en voz alta) No sé como me convenció Fernando, los caminos de trocha, el polvo,...
- Tenemos que salir cuanto antes para no llegar de noche.
- Leandra está preparando las maletas.
- ¿Qué? ¿Irá con nosotros?
- Por supuesto. Si no, ¿quién me va a atender?

La expresión de Fernando denota su fastidio. Entra Victoria con su flamante enamorado, Augusto.

- La casa es toda nuestra.
- (Señalando a Clara) ¿Quién es?
- Mi cuñada, Clara Riveau De Alvear.

Victoria presenta a Augusto. Clara lo saluda con frialdad y sale. Augusto hace una reverencia

- ¡Encantado, Mme.!
- ¡Encantada, su Excelencia!
- Estás loca.
- Por ti

Se abrazan y besas con efusividad. Los criados se escandalizan

- ¡Vamos al cuarto!
- ¡Sí! (Toma a Victoria entre sus brazos y sube las escaleras)

*

Quesada habla con su “hombre de confianza”

- ¿De qué se ríe?
- Hemos encontrado una mina en Leandra.
- ¿Qué es eso, doctor?
- El certificado de defunción emitido por la clínica del Dr. Dávila. Hace unos años una jovencita de sociedad falleció. Ella fue abortada. Hemos encontrado la veta.
- ¿Y qué tiene que ver eso con Leandra?
- Tú encárgate de averiguar que después lo que tú me traigas yo lo convertiré en oro.

*

Zacarías detiene el automóvil en la una atajo de la carretera que conduce a la hacienda de los Linares. Fernando, sentado al costado del chofer, está entusiasmado.

- Aquí es la entrada de la hacienda. Vamos de una vez a saludar a nuestros amigos.

Leandra se asusta, Clara se asfixia de calor y polvo.

- No, primero lleguemos al hotel. Porque el viaje ha sido tan agotador que quiero desplomarme.

Sentadas atrás, conversan en voz muy baja.

- No debí venir a este campo seco. El pueblo es una desolación. La aridez de este campo me recuerda que soy estéril, que estoy seca.
- Tienes que convencerte de que Fernando es el estéril.
- ¿Así? ¿Y de qué más? ¿De que no nací aquí? ¿De que tú no eres mi madre? Tú y esta tierra tienen la culpa de todo.
*
Isabella y Rosario

- Perdimos todo, el huayco se lo llevó todo.
- Vendemos los caballos, los padrillos.
- No, porque mi padre no lo hubiese querido así.
- ¿Por qué te opones? ¿Acaso tu padre está aquí?

Por primera vez en la mirada de Isabella, la llama de la rebeldía en contra de Rosario. Don Rafael, prudentemente, la calma. Isabella le dice

- No sé por qué tiene que ofender a la memoria de mi padre.

Entra Mariana.

- Por el camino del pueblo llega un carro muy elegante. No hay duda que es de la capital.
- ¿Quién podrá ser?

En el coche, comenta Fernando a Zacarías

- Es una hacienda excelente.
- Sí. Qué pena que el huayco lo haya anegado.

En la casa de los Linares, Rosario

- ¡Cómo si estuviéramos para visitas!

En el coche, Clara

- No me siento bien. Qué Zacarías me lleve al hotel. No quiero arruinarte la fiesta, Fernando.
- Señor, debe hacerle caso (Suplica Leandra).

En la casa, Isabella

- Tal vez sea alguien que se perdió por el camino.

Entra Felicita, muy alterada

- ¡Un nuevo huayco cayó en la casa de Jeremías! ¡Y se llevó a su hijo!

Don Rafael e Isabella coinciden en la mirada.

- ¡Vamos, Isabella, antes que llegue la noche!

Sin apenas considerarlo, se va con don Rafael. Con todo, el destino ya lo había decidido. Porque Fernando eligió hacerle caso a su mujer y, solo y a pie, se dirigió a la casa de los Linares.

*

Leandra sosiega a Clara.

- Ya va a pasar el polvo. Cuando lleguemos prepararé un té de tilo.
- No es el polvo. Es la tierra. El lugar donde tú y ese hombre perdieron la cabeza, donde me entero que tus historias no me sirven de nada, porque bastaron cinco segundos para saber que soy de aquí, de este maldito desierto. ¡Me arrepiento tanto de haber venido! Porque vine para humillarte y soy yo la atormentada. ¡Yo soy de este lugar muerto y estéril!
- Si tienes que humillarme o insultarme para ser feliz, hazlo.
- Nada de lo que yo haga puede ser suficiente para saldar lo que ustedes me hicieron. Me truncaron la vida. Eso no se perdona.

*

Fernando llega a la casa de los Linares. Conversa animadamente con Mariana.

- Yo la vi a usted.
- Nos escribimos con Francisco

Interrumpe Rosario. Saluda Fernando con el rostro muy adusto.

- Bien, señor De Alvear, lo escucho.
- Hubiera querido conocer a su hija.
- Ella está muy ocupada por el problema de los huaycos.
- Es comprensible. Como usted bien sabe, mi padre era gran amigo de don Andrés, por eso su fallecimiento me afectó mucho. En honor a su memoria, he venido a hacerles una ventajosa propuesta. Le propongo hacerle un préstamo de dinero a cambio de que ustedes salven la integridad de los padrillos de su establo. Cuando se repongan de las pérdidas me lo devuelven.
- Yo entiendo eso. Lo que no entiendo es qué es lo que pretende usted. En este mundo nadie da una puntada sin hilo.
- Señora, ya le expliqué la gran amistad que nos unía con su esposo.
- Yo entendí eso. Pero no estoy dispuesta a aceptar la limosna de nadie.
- No es limosna sino negocio. Quiero preservar el linaje de sus excelentes potrillos.
- Mi esposo fue muy trabajador y nunca nadie lo ayudó. Y he visto muchas cosas en el mundo. Pero nunca un rico que nos tienda la mano. Bueno señor De Alvear. La conversación se terminó. Adiós.
- Estaré unos días en el pueblo por si cambia de opinión.
- Tenga por seguro que no cambiaré. Buenas tardes.

*

Jeremías llora desconsoladamente frente al cuerpo inerte de su hijo. Encontraron el cadáver casi un kilómetro río abajo. Isabella, conmovida y generosa, lo invita que se quede en la casa de la hacienda y se instale allí, en la cuadra de los peones.

- Pero Isabella, ¿de dónde sacamos el sustento? No hay con qué ayudarle.
- No me voy a quedar con los brazos cruzados. Sólo Dios sabe cómo nos mantendrá de aquí en más.

Vuelven a la hacienda. Cuando Isabella se entera de lo acontecido con Fernando De Alvear, se indigna.

- Madre, acaba usted de desperdiciar la mejor oportunidad que teníamos. ¿Quién nos va a aceptar en prenda los caballos?
- Los vendemos y punto.

Profundamente disgustada se retira.

Rosario se acuerda de Leandra. Le dice a Mariana:

- Me quiere quitar a mi hija. Mariana, conviene que Isabella se vaya a España. Tú tienes que convencerla porque aquí corre peligro. Esa mujer dijo que no vendría nunca más y vino. Isabella se tiene que ir de aquí a cualquier precio.

*

En el hotel, Leandra

- ¿Cómo le fue?
- Mal. No fue buena idea venir.
- Parece que la señora tampoco disfruta del viaje. Creo que la deprime ver tanta pobreza.

*

En la hacienda Isabella sigue discutiendo con su madre.

- Pero si es una oportunidad que esperábamos, como caída del cielo.
- No fue un ángel el que vino.
- Estábamos esperando un milagro.
- Pero si tú no querías vender.
- Por los términos del contrato y el bajo precio. Pero ahora él nos ofrece un buen negocio. No tendríamos que dejarle nuestros padrillos. No la entiendo. Usted puede no quererlo, pero yo voy a ver a ese señor ahora mismo.
- (Se interpone en su camino) Tú no vas a ninguna parte.
- Voy a verlo. (Se detiene) ¿Por qué cambia de opinión? ¿Qué es lo que está pasando?

Rosario permanece en silencio.

- No me ha contestado ¿Por qué no quiere que vea a ese señor? ¿Es porque fue amigo de papá?
- Tú eres frágil y te pueden engañar. Soy yo quien debe afrontarlo.

Interviene don Rafael

- Isabella, tu madre tiene razón.
- Entonces usted verá a ese señor.

*

En el hotel Clara y Fernando

- ¿Comprarás la hacienda?
- No, tiene un valor sentimental muy grande para ellos. No quiero despojarlos de nada. Don Andrés ayudó mucho a mi padre en momentos difíciles. Y ahora yo les daré la mano. Además es un buen negocio para mí. Los caballos son muy buenos.
- Debes pensarlo, querido. Puedes tener un lugar en el campo para criar caballos, para venir a distraerte.
- Clara, yo no quiero venir solo.
- No me pongas como tu impedimento. Que sea lo que tú quieras.
- (Estallando) Mira. Debido a tus enojos y malcriadeces nuestra estadía aquí ha sido de lo peor. Nos vamos mañana a primera hora. (Se va)

Leandra ingresa al cuarto.

- ¿Por qué te interesas en que compre la hacienda?
- Porque así estará lejos. Cuanto menos lo vea, mejor. Además, cuando lo animaba, también pensaba en ti.

*

Don Rafael, bastante afligido por la disputa de Isabella con Rosario.

- Su hija tiene razón.
- (Completamente decidida) Una sola vez se lo voy a decir, don Rafael. La criada de los De Alvear es la verdadera madre de Isabella.


(Fin del Capítulo 23)




Escrito desde May 2, 1999, 10:10 AM

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