Capítulo 47

by Juan

 
ISABELLA, MUJER ENAMORADA

CAPÍTULO 47

- 1 -

Fernando e Isabella.

- Papá murió hace poco más de un año.

- Lo siento.

- Fue un gran hombre. Lo extraño mucho. Pero me consuela saber que es él quien guía mis pasos.

- Debe haber sido de verdad un gran hombre porque su hija es una gran mujer - Se besan.

- Eso lo dices porque me quieres. Pero yo no me engaño. A mí me falta mucho para ser como él. Yo soy solamente la hija de Andrés Linares.

Fernando escucha lo que acaba de decir Isabella. Siente como si un rayo atravesara su alma.

- ¿Andrés Linares?…

- ¿Has oído hablar de él?

- Bueno… Él era un conocido criador de caballos de paso…

- Isabella, apenada - Sí… Él quería mucho a sus caballos de paso…Es una lástima que termináramos renunciando a sus mejores ejemplares por dinero…

- ¿Renunciado a ellos?

- Un día un hombre de la capital fue a ofrecernos ayuda a cambio de que le dejáramos los caballos como depósito. Pero la hacienda no pudo levantarse y tuvimos que resignarnos a perderlos. Claro que si aquel hombre me hubiera escuchado… Perdóname, no sé por qué te cuento estas cosas… Debo estar aburriéndote.

- No me aburres. Al contrario, ¿quién era ese hombre?, ¿cómo se llamaba?

- De Alvear, Fernando de Alvear… ¡Cómo está ligado ese apellido a mis penas más profundas!… Parece mentira… Fue regresando de su boda que mi padre enfermó y murió, y fue a manos de ese hombre sin corazón que han ido a parar sus caballos, el único tesoro que le quedaba, al que dedicó buena parte de su vida…

- ¿Has dicho que ese De Alvear es un hombre sin corazón?

- Sí, una mala persona… Se burló de mi.

- No comprendo…

- Yo le envíe una carta… Pensé que de verdad quería ayudarnos… En la carta le rogaba que tuviera un poco de caridad… No para mí, sino para toda la gente que vive en la hacienda y que estaba pasando hambre… Le escribí con el alma, ¿y sabes qué obtuve por respuesta?…

- Fernando se siente culpable - Un silencio indolente.

-Peor que eso: el desprecio. Me devolvió la carta rota en mil pedazos… - La revelación de Isabella sorprende a Fernando.

- Fui a hablar con él personalmente, y ni siquiera quiso recibirme. Ni él ni su esposa fueron capaces de escucharme… Hay gente que cree que el dinero lo es todo, y a la que le importan tan poco los demás… - Fernando se siente consternado.

- 2 -

Alejandra Marina y Clara están frente a Sebastián, que se ve muy decidido.

- ¡Bravo!… ¡Ya somos tres! ¡Y seremos más, cheri! Celebremos la verdadera libertad, la libertad de los sentidos…

- Sebastián, dirigiéndose a Clara - Si esta es la única forma de acceder a ti, estoy dispuesto a aceptarla…

- No se trata sólo de llegar a Clara, sino de descubrir una nueva manera de percibir el mundo… más intensa, más brillante, más audaz…

- Clara se acerca, seductora, a Sebastián - Sin culpas, sin pasado, sin recuerdos…

- Clara besa a Sebastián apasionadamente - Me alegra que te hayas decidido… Espero que cuando Fernando venga se una a nosotros también…

Alejandra Marina los mira con sensualidad. Sirve champagne. Los tres brindan.

- Por nosotros… Les enfants du paradise…Por la ciudad que nunca duerme y la fiesta que jamás termina.

- 3 -

En la mansión Alvear, Victoria cena con Augusto. Está preocupada por Fernando y Clara, no ha notado que su esposo no le quita los ojos de encima a Amelia. La sirvienta se muestra circunspecta, como si sintiera la mirada escrutadora de Leandra.

- Es una pesadilla, Augusto. Las cosas entre Fernando y Clara se complican cada vez más… ¡Y yo que estaba tan feliz con el viaje de Fernando!… Ahora a Sebastián se le ha ocurrido buscar a Clara en París… ¿Te imaginas si llegan a verse?… Ay, Dios, no quiero ni pensarlo…

- No pienses, entonces, y disfruta de la cena.

- No puedo evitarlo, Augusto, ¿cómo puedes estar tú tan tranquilo? ¡Puede ser la ruina de ese matrimonio!

- Exageras, Victoria. Clara es una mujer inteligente; no va a arriesgar su posición haciéndole caso a Sebastián, ¡por favor!… Ya habrá pensado cuánto tiene que perder, no te preocupes.

- Creo que no te entiendo…

- Si Fernando la pesca en algún desliz con Sebastián, no creo que la perdone, ¿y eso qué significa para ella? Que pierde su fortuna. Adiós lujos y tertulias. Clara no es tonta, no se va a arriesgar. Hay mucho dinero en juego.

- ¿Cómo se te ocurre hablar de ese modo? Siempre que se habla de mi familia tienes que sacar el tema del dinero.

- Perdóname, no fue mi intención sonar tan frívolo, pero es que el asunto de Fernando y Clara ya me está cansando. ¡Parece que no tuviéramos otro tema de conversación!

- Lamento que te canse el tema, pero a mi me preocupa la felicidad de mi hermano.

- Harías bien en preocuparte también de nuestra felicidad.

- ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

- Tienes razón, no debería ser egoísta. Y para no ser egoísta debería estar triste y nervioso como tú por la suerte del gran Fernando… ¿Sabes? Me cansé… - Se pone de pie, tirando la servilleta sobre la mesa - Esta noche dormiré en el cuarto de huéspedes. Así tendremos, los dos, tiempo para pensar en la felicidad de los demás. Con tu permiso.

Augusto sale del comedor. Victoria queda estupefacta. Amelia y Leandra, que en ese momento salían de la cocina, han escuchado el abrupto final de la conversación.

- 4 -

Daniel y Mariana caminan por una plazuela, Celestina los sigue de cerca. Mariana se siente incómoda con su presencia. Daniel parece estar absorto en otros pensamientos.

- No sé cómo se te ocurrió dejar el auto en tu casa. Por lo menos al auto no la hubiéramos dejado subir.

- Perdóname, pensé que nos vendría bien caminar. A mi hasta me parece más romántico que pasear en auto, ¿a ti no?

- La verdad, no, no me parece. Lo único que se saca caminando son callos. Cuando nos casemos lo primero que te voy a pedir es un auto con chofer.

- Daniel, medio en broma, medio en serio - Ah, no, con chofer no. ¿No sabes que las señoras de sociedad se enamoran de sus choferes? ¡Qué tal si te enamoras de un chofer!

- Mariana, riendo - Ay, amor, qué cosas dices…

Mariana abraza a Daniel ante la atenta mirada de Celestina.

- 5 -

Fernando e Isabella.

- Allá en la hacienda hemos perdido mucho. De niña, era diferente… Hasta teníamos ciertos lujos… Pero tal vez es mejor no ser ricos. La gente muy rica se vuelve insensible, inhumana…

- Yo soy un hombre rico…

- Tú eres diferente…

- ¿Cómo lo sabes?

- Lo sé… Lo veo en tus ojos. Tú nunca serás como ellos, como el señor De Alvear y los otros ricachones de Lima que creen que el dinero lo es todo y desprecian a la gente humilde.

- Hablas con tanta seguridad de mi…

- Para mi es como si nos conociéramos de toda la vida. Siento que te conozco y no me preguntes más, porque no sé cómo explicártelo...

Fernando e Isabella se besan, él está confundido. Son demasiadas revelaciones, muchas coincidencias.

- 6 -

Victoria está llorando en su cuarto. Trata de conciliar el sueño, pero le es imposible. Leandra entra en el cuarto con una infusión de manzanilla. Victoria contiene sus lágrimas, se siente culpable, piensa que está haciendo las cosas mal, que quizás está echando a perder su matrimonio con Augusto sin darse cuenta. Ha decidido que irá a hablar con su esposo, pero Leandra le aconseja que deje pasar la noche para que se calmen los ánimos. Victoria recapacita y asiente, Leandra la mira con satisfacción mientras ella, todavía nerviosa, se termina de beber la manzanilla.

- 7 -

Amelia está durmiendo en su cuarto, cuando, inesperadamente, entra Augusto. Se acerca a su cama, Amelia despierta, está a punto de gritar, pero él le cierra la boca con su mano.

- Shhh… Soy yo, no te asustes…

- Augusto quita su mano, Amelia sonríe - Es usted muy atrevido…

- No podía soportar verte tan indiferente conmigo durante la cena…

- Es que la señora Leandra se ha dado cuenta… Está que me mira todo el tiempo… Me vigila…

- ¡Leandra!… Esa mujer no es nadie, ¿quién se ha creído?… El amo y señor de esta casa soy yo. Aquí se hace lo que yo ordeno… Y he venido para cumplir todos mis deseos…

- ¿Y en este momento cuáles son sus deseos, señor?

- Estás a punto de descubrirlos… - Augusto y Amelia se besan ardientemente.

- 8 -

A la mañana siguiente, en casa de tía Adelaida.

- Mariana, visiblemente molesta - Celestina me arruinó la noche con Daniel. No sabe lo incómoda que me sentí… Fue tan humillante.

- Entiende, por favor, hija. Los pretendientes necesitan un cierto control. Sobre todo ese Daniel que ya ha dado muestras de no ser una persona muy prudente…

- Pero yo no soy una niña, tía, no necesito que me cuiden ni que cuiden a mi novio.

- Eres una muchacha, y estás sola en Lima. Yo no voy a faltar a la confianza de tu tía Rosario. Si por mi fuera, yo misma te acompañaría en las salidas con ese joven, como debe ser; pero desgraciadamente yo ya estoy vieja, así que esa chica actúa en mi representación.

- ¡Que barbaridades dice, tía Adelaida! Yo no necesito sus cuidados, entienda. Ni los suyos ni los de esa niña metiche. Ya no estamos en sus tiempos, tía. Está pasada de moda.

- Las buenas costumbres nunca pasan de moda. Lo malo es que últimamente a ti te hemos descuidado mucho, y yo no quiero que acabes mal, hijita.

- Dios mío, ni en la hacienda me celaban tanto. Sé cuidarme sola.

Mariana abandona la sala, la anciana tía menea la cabeza, agobiada.

- 9 -

Gabriel intenta abrir una vieja puerta, le cuesta, hay varios objetos antiguos que obstaculizan la entrada… Entra seguido por Claudia.

- Cuando le conté a doña Beatriz que entre mi prima y yo hubo una vez un romance, se puso lívida. No debí decirle nada… Allí mismo se puso a inventar pretextos: que la pensión está llena, qué ya no hay cuartos…

- Es que ella es muy chapada a la antigua…

- Sí, y por eso casi deja a la pobre Isabella sin alojamiento. Pero felizmente te acordaste de este viejo desván. La dejaste sin excusas… Con unos cuantos arreglos creo que queda bien….

- Claudia, con cierta aprensión

- Gabriel…

- Gabriel, distraído - ¿Si?

- Eso que tú sentías por tu prima, ya es cosa del pasado, ¿no?… Quiero decir, ya no existe más…

- Gabriel la mira pensativo - La verdad es que no lo sé, Claudia. No lo sé….

- 10 -

Isabella y Fernando están tomando el desayuno. Fernando está muy callado, como ausente, pensando en lo que Isabella le ha contado.

- Isabella, levemente angustiada - ¿Pasa algo? Desde que te mencioné a mi padre, has estado muy pensativo...

- No pensaba en él en estos momentos… sino en ese primo tuyo…

- ¿Gabriel?

- Sí, Gabriel… ¿Lo querías mucho?

- Sí, pero lo nuestro fue una cosa de niños… Pertenece al pasado…

- Por más que pertenezca al pasado, como dices… que una mujer como tú cruce el océano para buscar a un antiguo novio, no es algo que deje indiferente a un hombre enamorado…

- Isabella, muy dulce - Pero Fernando, yo sólo voy a pedirle que vuelva para ayudarnos a levantar la hacienda, nada más.

- Eso es justo lo que no entiendo. ¿Por qué tienes que venir de tan lejos para llevarlo de vuelta?

- Es que nunca quiso regresar. Últimamente ya ni contestaba las cartas… Así que mi madre prácticamente me obligó a que fuera a buscarlo…

- No quiso regresar por alguna razón especial, me imagino.

- Isabella agacha la cabeza - Ideas suyas.

- Y tuviste que ser tú la encargada de buscarlo.

- Es difícil de explicar. Fue un instante en el que supe que era lo que tenía que hacer… No puedo defraudar a la gente que vive en la hacienda… Lo que menos puedo negarles es la esperanza. Yo de España tengo que regresar con la ayuda de Gabriel, cueste lo que cueste convencerlo.

- Bueno, si es ese el verdadero motivo de tu viaje, entonces no es necesario que vayas a buscar a ese primo tuyo. Yo te puedo ayudar a invertir en la hacienda, y asunto resuelto. En lugar de ir a Sevilla, podemos seguir juntos por toda Europa, podemos hacer este viaje interminable, evitar que la magia que ha nacido entre nosotros desaparezca, vivir para siempre en este paraíso… ¿Qué dices, Isabella? ¿Aceptas? ¿Irías conmigo hasta el fin del mundo? Olvida el viaje a Sevilla y conservemos para siempre la magia de nuestro encuentro…

- Isabella, confundida - No puedo, Fernando… No puedo aceptar lo que me propones, ¿cómo se lo explicaría a mi madre?…

- No tendrías que explicarle nada - Isabella sonríe, lo que le propone Fernando es demasiado para ella.

- Cómo me gustaría que las cosas fuesen así de simples, pero es imposible...

- No quiero que esto termine nunca.

- Ni yo. Esta magia no morirá, te lo aseguro. Lo que ha nacido entre nosotros vivirá eternamente… Si antes creí estar enamorada, ahora sé que aquello era sola una ilusión. He descubierto el amor por primera vez contigo… Mi vida ha cambiado para siempre. Aunque una vez que bajemos de este barco yo siga mi camino y tú el tuyo, aunque no volvamos a vernos o nos hundamos en el mar, mi vida ha sido ya transformada por ti…

- Fernando, sombrío - Y la mía por ti, Isabella… A tu lado me siento otro… Más fuerte, más puro… - sonríe, casi irónicamente - Tan poderoso como el mismísimo señor De Alvear…

- No menciones a ese hombre, por favor… Nada tiene que hacer entre nosotros. El mundo desde que estoy a tu lado se ha vuelto inocente, sensible, bueno como un recién nacido… No hay lugar en él para una persona como el señor De Alvear…

- Fernando se ha ensombrecido - ¿Qué te pasa? Parece que sintieras pena por él…

- No, qué va. No siento piedad por ese hombre. No se la merece - Fernando e Isabella se besan.

- 11 -

- Dices que no lo sabes, pero tus ojos revelan otra cosa… ¿Qué sientes por tu prima, Gabriel? A mi puedes decírmelo…

- Es muy difícil decirte lo que siento, Claudia… Isabella y yo crecimos como hermanos. Cuando nos dimos cuenta que un sentimiento distinto emergía entre nosotros comenzaron las habladurías de la gente, las condenas, la culpa… Los últimos meses en la hacienda fueron un infierno. Nuestra separación fue muy dolorosa.

- Tanto que nunca quisiste regresar… Ni siquiera para ayudar a tres mujeres solas que te necesitaban.

- Gabriel, culposo - Tanto así… A pesar de que sabía que la estaban pasando mal, me prometí no volver nunca más. He sido egoísta… Pero sabía que allá no hubiera podido hacer gran cosa, y en cambio tendría que soportar de nuevo los embates del prejuicio. Y no sólo yo… También Isabella… Me partiría el corazón verla sufrir otra vez... En cambio aquí todo puede ser distinto… ¿Sabes? Hace un tiempo le envíe una carta pidiéndole que viniera…

Claudia, que está enamorada de Gabriel, acusa el golpe pero se mantiene firme.

- Hasta le mandé un pasaje… Y no me contestó… ¡Pero ahora por fin se ha animado!… Aquí será diferente, estoy seguro. Espero con ansias ver desembarcar a Isabella en Cádiz… No tienes idea de cómo la noticia de su llegada ha iluminado mi vida - Claudia no sabe cómo hacer para disimular su pena.

- 12 -

Victoria y Augusto, que recién ha llegado a desayunar.

- Victoria, preocupada - ¿Cómo dormiste anoche, amor? Fui a buscarte al cuarto de huéspedes y ya habías salido…

- Sí, salí temprano a caminar. La verdad es que no pegué los ojos anoche… No podía perdonarme haber peleado contigo. Fui un tonto, discúlpame.

- Victoria, con ternura - Augusto… Ven, siéntate a tomar desayuno conmigo.

- Augusto, que acepta su invitación - Es que a veces me siento la última rueda del coche… Siento como si me desplazaras en tu vida… Como si no tuviera cabida en ella.

- Victoria, tomándolo de la mano - No hables así, mi amor. Para mi tú eres lo más importante que existe. Te prometo que no volveré a permitir que te sientas de ese modo…

- ¿Lo prometes?

- Victoria le acaricia el rostro - Claro que sí, te lo prometo…

Augusto y Victoria se besan, se ha consumado su reconciliación.

- 13 -

En la cocina, Delmira protesta con Lucía porque Amelia se ha despertado tarde y la ha tenido que cubrir en sus obligaciones. Entra Amelia, Delmira le entrega la escoba y el recogedor.

- Tu turno, hijita, ya bastante hemos hecho por ti esta mañana…

Amelia recibe los implementos de limpieza desconcertada. Delmira y Lucía salen, Amelia se sirve un café y se sienta en una de las sillas con poses de dueña de la casa. Está de espaldas a la puerta, desde el umbral la observa Leandra, que ha llegado de forma sorpresiva.

- Ya veo que tú no pierdes tiempo… Ni escuchas consejos - Amelia está aterrada - Sé que eres ambiciosa, y la verdad que eso no me importa. Es más, puede que sea una virtud… Pero no me gusta que tomes riesgos innecesarios… Dime la verdad, ¿qué es lo que se siente al acostarse con un hombre casado? - Amelia intenta responder - Sólo quiero que me digas la verdad...

- Siento que me estoy jugando el todo por el todo, señora… Lo sé…

- ¿Por qué lo haces?

- Amelia se muerde los labios y responde con sinceridad - Por dinero…

- Pero nada te garantiza que él te de dinero… El señor Augusto no es un hombre rico… La señora Victoria, en cambio, sí. Ella sí tiene mucho dinero…

- Yo ya veré la forma. Creo que si…

- Basta, no quiero saber más. Es suficiente. Que te escuche no quiere decir que apruebe lo que haces… Ni lo apruebo, ni lo desapruebo… Pero así como callo lo que sé, podría ir y contarle todo a la señora Victoria…

- ¿Por qué calla, entonces? No la comprendo…

- No lo intentes, criatura. No intentes comprenderme. Ya te he dicho: así como te sirve mi silencio, en algún momento, llegada la hora, tú puedes servirme de algo.

- ¿Qué busca usted, Leandra?

- Leandra suspira profundamente - No hagas preguntas, niña. No te conviene. Más bien manténte alerta. Obra con mucha cautela, porque yo siempre te estaré vigilando…

- 14 -

Una vitrola está sonando, la música es romántica. Sebastián está sentado con una copa en la mano, observando bailar a Alejandra Marina y a Clara. Se les ve muy trasnochados. Alejandra se separa de Clara y toma a Sebastián de la mano. Lo conduce suavemente hacia Clara. Ella lo recibe y empiezan a bailar... Se besan, Alejandra Marina los observa extasiada mientras bebe una copa y musita versos.

“Cual torturados ángeles danzan en el cristal matutino… las perezosas lágrimas de sus ojos velados, el fatigado aspecto, la calidez del vino… todo sirve de adorno a su belleza frágil que se burla de Dios y del destino….”

- 15 -

Rosario se comunica por teléfono con la casa de tía Adelaida. Contesta Celestina, quien le dice que la anciana no se encuentra en la casa. Mariana, que en ese momento ha entrado en la sala, no quiere hablar con su tía Rosario. Celestina, haciendo oídos sordos a sus palabras, le dice a Rosario que su sobrina si se encuentra allí. Mariana le arranca el teléfono de las manos a Celestina, que sonríe con autosuficiencia.

- Mariana, aparentando naturalidad - Aló tía…

- Mariana, ¿cómo estás?

-Yo bien tía… ¿cómo está usted?

- Extrañándote, hija. A ti y a Isabella. ¿Qué sabes de tu prima?

- No hemos tenido noticias de ella todavía, Debe estar en pleno viaje… No se preocupe, prometió que escribiría a todos apenas llegara a España.

- Lo sé, hija, lo sé. Pero llamaba sobre todo por ti.

- ¿Por mi? Ya le he dicho que yo estoy bien, tía, no se preocupe por mi.

- Creo que debes regresar, Mariana.

- Mariana contesta a su tía, ha recibido un fuerte impacto - ¿Regresar? Pero ¿por qué tía?, ¿cómo se le ocurre?… Yo estoy muy bien acá. Hasta tengo un novio, usted lo conoce.

- Esa es una de las razones, Mariana. Ese joven ya debería haber formalizado un compromiso. No me parece serio, y a tu tía Adelaida tampoco, ella me ha contado.

- No le va a hacer caso a las exageraciones de tía Adelaida… Usted conoce a Daniel, ¿se acuerda que nos llevó al puerto? ¿no le pareció acaso una buena persona?

- Si de verdad te quiere te seguirá a donde vayas. Yo necesito que tú vuelvas a la hacienda, Mariana.

- Con decisión - No, tía, no regresaré a la hacienda.

- Rosario, ofuscada - Mariana, escucha, es por tu bien.

- Le he dicho que no, tía y es mi última palabra - Mariana cuelga, alterada.

- 16 -

Isabella escribe en su diario:

“No puedo evitarlo. No quiero tampoco. Cada día estoy más enamorada de él. Es como un sueño que no quisiera que nunca terminara… Añoro viajar eternamente los dos solos en este barco, sin nadie en quien pensar, en nadie a quien rendirle cuentas. Viviendo nuestro propio paraiso. Que Dios me perdone, pero no puede haber nada malo en lo que siento. No puede haber pecado en este amor maravilloso. Sé que apenas lo conozco, pero no puede ser malo, sentir lo que siento...”

Isabella queda pensativa.

- 17 -

Sebastián está echando loción en el cuerpo de Clara, para curar sus manchas.

- Me alegra compartir tu mejoría… Las manchas están desapareciendo y la luz vuelve a asomar en tu rostro…

Clara no responde, se entrega a los masajes de Sebastián.

Alejandra Marina abraza a Sebastián, lo besa.

Gracias, Sebastián, por ayudarme a acallar los rugidos de la tormenta… Gracias por ayudarme a hacer feliz a mi hermana.
Alejandra Marina abraza fraternalmente a Clara.

- 18 -

Pasan los días y las noches. Fernando e Isabella pasan los días en el barco, muy enamorados. Se aman, se divierten... se sienten libres.

Fernando está en el comedor, bebiendo un trago, pensativo, el capitán Davis se acerca a su mesa.

-Buenos días, señor De Alvear. Nuevamente esperando…

- Buenos días, capitán. Tome asiento por favor y sírvase una copa. Isabella todavía va a tardar.

- Presumo que tiene la cabeza llena de preguntas sin responder…

- Más bien de perplejidades, capitán. Estoy aún asombrado. Son idénticas. Usted las ha visto. Pero a la vez son tan distintas… Es como si hubieran vivido en mundos paralelos… mundos que hasta han llegado a rozarse, pero que nunca se han juntado… Y es como si yo hubiera tenido el privilegio de entrar en esos mundos. Lo que no sé es si tendré la dicha de quedarme en el de Isabella… La otra me deslumbró, pero en ésta he encontrado el sentimiento y el calor que no pude hallar en la primera.

- Lo felicito, señor De Alvear. No hay mayor suerte que amar y ser correspondido. Es usted un hombre afortunado.

- No lo sé, capitán. Lo soy ahora, en su barco, en este viaje que parece un sueño… Pero no se qué me deparará el futuro, ignoro qué pasará cuando el viaje y el sueño terminen.

- Nadie lo sabe, señor De Alvear. Cuando el “Virgilio” llegue a tierra, usted será el único responsable de su destino. De usted dependerá si le da a su vida el mismo curso de siempre o si decide llevarla a nuevos puertos.

Fernando queda pensativo.

- 19 -

Mariana discute con Adelaida, no puede soportar más la presencia de Celestina, que no le permite hablar a solas con Daniel. Tía Adelaida piensa que el muchacho se comporta de forma sospechosa, no le inspira la menor confianza. La anciana ha tomado una decisión que cae a Mariana como una bomba.

- ¡¿Qué?!

- Como lo oyes. Si quiere volver a verte, que hable con tu tía Rosario.

- ¡Está loca tía!…

- Mariana, por favor, compórtate.

- Mariana está fuera de sí, la señala con el índice

- Sé lo que está tramando… ¡Lo que usted quiere es convertirme en una solterona! ¡En una solterona vieja y amargada como usted!

- Adelaida se persigna - Dios te perdone, hija… Lo único que yo quiero es que no te pierdas… Preservarte para el santo matrimonio…

- ¡Yo no se lo he pedido! ¡¿Por qué no me deja en paz?!… ¡Ya no la soporto!

- Lo sé, Marianita. Sé que ya no soportas a tu vieja tía… Y para serte sincera yo ya tampoco puedo contigo, por eso he pedido a tu tía Rosario que mande por ti.

- ¿Qué cosa? ¿Qué está diciendo?

- Lo que oyes. Hoy llamó tu tía Rosario de nuevo… Acordamos que lo mejor será que regreses a la hacienda. Esta noche a más tardar vendrá don Rafael a recogerte.

- 20 -

Mariana se aparece en casa de Patricia. Le abre Juan.

- ¿Se encuentra el señor Daniel Martínez del Pozo?

- ¿Quién?

- El señor Daniel, su patrón, ¿está en casa?

- Juan, que se da cuenta - Ah… Creo que sí.

Daniel, que está saliendo vestido de chofer, cuando los escucha tira el saco y la gorra. Se queda de nuevo con un atuendo semejante al de un jinete.

- ¡Mariana, qué sorpresa!

- ¡Daniel, qué bueno que te encuentro! Me fue difícil venir… Perdona que lo haya hecho así, de improviso, pero créeme que se trata de una emergencia…

- Daniel le pide a su padre que se retire - Juan… por favor…

- Juan, que mira a su hijo con una dureza e ironía que Mariana no percibe - Estaré arriba por si me necesita… señor.

- Mariana, plañidera - No sabes lo que ha pasado… Quieren separarnos, Daniel. Tía Rosario ha mandado a alguien para que me lleve de vuelta a la hacienda...

- Calma, calma, Mariana…No exageres… No puede ser tan grave lo que está pasando…

- Cómo no va a serlo, mi amor… Nos quieren separar, ¿no te das cuenta? No dejes que nos separen, Daniel, no lo permitas, por favor…

- No veo qué pueda hacer yo en este momento…

- Sí puedes, déjame vivir contigo. Quiero quedarme en Lima, contigo…

- Pero… eso es imposible… No creas que no me gustaría, pero tú no te puedes quedar a vivir aquí…

- Mariana, suplicante - Por favor, Daniel… Para mi regresar a la hacienda sería peor que morir. No dejes que me lleven. Déjame quedarme contigo, no me rechaces, por favor…

Mariana abraza a Daniel con verdadera preocupación, él está angustiado.

- 21 -

Leandra y Victoria conversan en el despacho a solas. Están hablando de Clara y Fernando. En ese momento entra Augusto, que mira a Victoria.

- ¿Por qué te callaste? Estabas hablando con Leandra, ¿no? Vamos, continúa, ¿o es que tienes secretos con ella? ¿algo que yo no deba saber?

- Leandra lo mira con cierta sonrisa - En esta casa no hay secretos, señor. No hay nada que ocultar ni hay que andar a hurtadillas para hacerlo.

- Augusto no termina de comprender el significado de las palabras de Leandra - ¿Ah si? No es lo que me parece. Creo que voy a tener que prohibirle este tipo de reuniones secretas con mi mujer. No me gusta el clima de intriga que crea con ellas. Hasta podría apostar que estaban hablando de Fernando y Clara, su tema favorito, por supuesto.

- Sólo hablábamos del menú para la cena, señor. Cuestiones domésticas, como usted ve, en las que, presumo, no tiene el menor interés…

- Claro que no. Ahora, si me lo permite, quiero hablar con mi esposa.

- Leandra sale y Augusto se acerca a Victoria - Hay algo en esa mujer que no me gusta nada.

- 22 -

Juan está resentido y preocupado. Daniel siente una infinita vergüenza.

- Papá, por favor… No quise ofenderlo.

- No quisiste ofenderme pero lo hiciste… Te dio vergüenza decirle a esa muchacha que yo soy tu padre, un simple portero; así como te mueres de miedo de que se entere que tu eres sólo un chofer.

- Daniel, muy arrepentido - Perdóneme papá…

- Por ese camino no alcanzarás nada en la vida, Daniel. Avergonzándote de tu padre, de tu origen, de ti mismo… Así no obtendrás el respeto de nadie.

- 23 -

Rosario está recostada en su cama. Se levanta como si viera un fantasma, está intrigada... temerosa.

- ¿Andrés?… ¿Eres tú?… ¿Por qué lloras?… ¿Vienes a pedirme perdón? Sabes que no tengo perdón para ti… Mírame, no tengo verdades que contar ni perdón que entregarte. Si lo sabes. ¿por qué lloras entonces?… ¡Las cosas que dices! ¡No! ¡No quiero escucharte!… ¡¿Cómo que se enamoró del mismo hombre?!… ¡Eres el demonio! ¡Tú, Andrés, eres el demonio!… Tu madre no debió abrir nunca esa puerta después de que te encerró con cuatro llaves en el establo… ¡Jamás debiste salir!… ¡No es cierto!, ¡no te creo!… No me importa que llores ni que seas un alma en pena. Nadie me quitará a Isabella, ¡nadie podrá quitármela!… ¡Nadie!

- 24 -

Victoria y Augusto.

- Esa mujer es intrigante. Le encanta hablar a escondidas, siempre parece que estuviera tramando algo. Y encima se da unos aires…

- Olvídate de Leandra, amor. Olvidémonos de todo, ¿si? No vamos a pelear de nuevo, y menos por ella… Al contrario, creo que debemos celebrar nuestra reconciliación… ¿Qué te parece una ceremonia privada? Solos tú y yo…

- Perdóname, Victoria, pero no estoy con ánimos para celebrar… La verdad es que todavía tengo que pensar mucho sobre cuál es mi lugar en esta casa… A veces hasta creo que estoy por debajo de la servidumbre - Victoria recibe estas palabras como una cachetada - Creo que iré al club a relajarme un rato. En la noche conversamos…

Augusto se va, Victoria se queda desconcertada y dolida.

- 25 -

Rafael llega a casa de Adelaida en busca de Mariana. La anciana le pide a Celestina que avise a Mariana que Rafael ya ha llegado. La chiquita reaparece en la sala alarmada. Interrumpe la conversación de Rafael y Adelaida.

- Señorita… La señorita Mariana no está. No la encuentro por ninguna parte.

Adelaida no lo puede creer.

- 26 -

Fernando está en su camarote, solo, atormentado. Recuerda sucesivamente a Clara e Isabella. Tan idénticas, tan diferentes...

- Clara - El amor es como un castillo de arena. Cuesta mucho construirlo, pero una sola ola lo trae abajo en un segundo. ¿Cómo puedo amarte si sé que tú no me amas?

- Isabella - Te entrego mi vida, Fernando. Solo a ti. Por siempre, mi amor.

- Clara - ¡Tú no tienes nada que darme! Mis padres me dieron todo lo que soy y tú no tienes nada que darme…!

- Isabella - Abrázame, amor... Abrázame y recuérdame lo feliz que soy... No quiero que nada ni nadie enturbie lo que siento por ti.…

- Descuida, Isabella... Nada enturbiará nuestro amor... nada ni nadie - Fernando sale decidido hacia el camarote de Isabella.

- 27 -

Sebastián duerme en su habitación. Tocan a su puerta, se levanta y abre. Ve a Alejandra Marina, que lo mira insinuante, seductora.

- Te he traído un regalo…

Alejandra hace pasar a Clara, los tres se miran. Sebastián está perplejo, como si aún no despertara. Alejandra cierra la puerta y se va, con una sonrisa lujuriosa en los labios. Clara, que viste una negligé de seda, no dice palabra.

- ¿Qué quieres?

- Clara deja caer la negligé, queda desnuda - Ahora sí, Sebastián. Ahora que por fin nos sentimos libres deseo recibir el placer que sólo tú me puedes dar…

Sebastián besa su cuerpo con pasión. Clara goza... Sebastián la conduce a la cama y empiezan a hacer el amor, sin contratiempos.

- 28 -

Isabella está escribiendo en su camarote. Tocan a la puerta, se trata de Fernando.

- Fernando… No me dijiste que vendrías… Te extrañaba.

- He venido para estar a tu lado y a quedarme contigo para siempre… Si es que tú no me rechazas…

- ¿Cómo voy rechazarte amor mío? Si eres lo que más anhelo…

- Primero escúchame. Puede que cambies de opinión después de... - resuelto - ...hay algo que debo decirte.

Isabella lo mira sin entender el peso de su palabras.

- Isabella, hay... hay otra mujer en mi vida. Soy un hombre casado.

FIN DEL CAPÍTULO 47



Escrito desde Jul 3, 1999, 8:07 AM

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