Capítulo 50

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ISABELLA, MUJER ENAMORADA

CAPÍTULO 50

- 1 -

El peso de la revelación agobia a Isabella, que sale desesperada. La angustia no cabe en ella, al entrar en su camarote su vista se clava en las rosas que Fernando le regaló. Las mira con temor, su rostro se va llenando de desconsuelo.

Isabella extiende sus manos hacia las rosas, las toma. Su rostro se contrae de dolor, las espinas se han clavado en sus manos. Pequeños hilos de sangre brotan de ellas.

- 2 -

En el tren que los lleva a Cádiz, Clara habla animadamente con Sebastián que se muestra serio y preocupado.

- Fernando sabrá todo. Le diré que fui empujada a engañarlo, a decirle que él es estéril y ocultarle que en realidad yo soy la que no puede concebir. Estoy segura que podremos reconstruir nuestra relación.

- Hay cosas que dejan heridas difíciles de curar. No es poca cosa haberlo engañado así, haciéndole creer que por su culpa ustedes no pueden tener hijos.

- Sí, no es poca cosa. Pero Fernando me idolatra y yo sabré llegar a su corazón para sanar esas heridas.

- El corazón suele endurecerse con el tiempo. Yo no confiaría tanto en que puedas ablandar el corazón de Fernando.

- Ahora entiendo por qué aceptaste venir conmigo. En el fondo, lo que tú deseas es verme fracasar frente a Fernando. ¿No es verdad?

- La verdad es tan relativa, que prefiero no nombrarla.

- Si lo que estás pensando es recoger los despojos de la batalla entre Fernando y yo, te digo de una vez que te estás equivocando, Sebastián. Yo no estoy hecha para perder ninguna batalla.

- Ya te he dicho que estoy dispuesto a estar contigo pase lo que pase.

- Lo que va a pasar no contempla que tú y yo terminemos solos. Lo que pase, será necesariamente con Fernando. No te equivoques.

- Mi amor por ti es tan grande que sabré compartir lo que me toque. Aunque sea solo las migajas de tu amor.

- 3 -

Fernando, al entrar en su camarote, repara en el telegrama arrugado sobre la cama. Lo toma, se da cuenta que Isabella ha estado allí. Su mente se llena de confusión y angustia.

-¡No puede ser...! ¡Isabella!

Fernando tira el telegrama y sale corriendo.

- 4 -

Isabella está frente al capitán Davis, con su valija y el ramo de rosas en la mano.

- ¡Señorita Isabella!

- Usted es la única persona que puede ayudarme, capitán -con decisión-.

El capitán se da cuenta que algo grave ha sucedido.

- 5 -

Victoria ha organizado una cena de reconciliación con Augusto. Amelia está molesta, siente que han arruinado sus planes. Ella y Delmira, que ha descubierto sus intenciones, discuten acaloradamente en la cocina. Leandra entra.

- ¿Qué pasa? Delmira, deje usted la langosta. Yo me ocupo. Vaya a preparar la mesa -Delmira sale, Leandra mira a Amelia-.

- ¿Qué se siente al ser la amante de un hombre casado?

- ¿Lo pregunta por curiosidad, señora?

- Tal vez. Nunca he conocido a una mujer que arriesgue tanto solo por dinero.

- ¿Por qué otra cosa podría ser? ¿Amor? ¿Pasión? Ya no soy una niña para andar creyendo en esas cosas, señora.

- ¿Y quién te ha dicho a ti que el amor es cosa de niños solamente?

- Tal vez usted tenga alguna historia que contarme.

- Solo te digo que debes andar con pies de plomo. Un solo error y vas a caer muy bajo, Amelia. La señora Victoria no es ninguna tonta, te lo aseguro. Ahora continúa con tus obligaciones.

- 6 -

Rosario llora frente al padre Rubén.

- Nunca en mi vida imaginé que tendría que levantar la mano a Mariana. Esa bofetada me ha dolido en el alma, padre. Debí tener la paciencia suficiente para al menos escucharla.

- No debes ceder, hija mía. ¡Qué es eso de escaparse con el enamorado! Voy a hablar muy seriamente con Mariana. La capital le ha hecho perder la cordura.

- No debí permitir que se quede en Lima, padre. La única culpable soy yo. Menos aun sabiendo que tenía un pretendiente.

- Bueno, de nada vale llorar sobre la leche derramada.

- Lo que pasa es que me ocupé demasiado de Isabella y abandoné a su suerte a Mariana. Todo esto no habría pasado si hubiera estado también pendiente de ella. Créame, padre, que me duele haber reaccionado de modo tan violento. Ahora tendré que esperar a que las cosas se calmen para poder conversar con ella.

- Si es que se calman, hija, porque Mariana no es como Isabella, juiciosa y comprensiva. Mariana está hecha para el capricho. ¿Tienes alguna novedad de Isabella?

- Nada aun, padre. Pero estoy tranquila. Lejos de acá y al lado de Gabriel, Isabella no corre ningún peligro.

- Gracias a Dios. Aunque nunca está de más rezar un poco para que Dios nos la proteja.

- 7 -

Fernando busca con desesperación a Isabella, tiene que hablar con ella antes de la llegada a puerto. El capitán Davis se acerca a él con el ramo de rosas marchitas en la mano.

- Tengo un encargo para usted.

- ¿Dónde está? -angustiado-.

- Es mejor que no la busque más -serio-.

- Necesito saber dónde está Isabella...

- Como capitán de barco acudí al llamado de una pasajera, y como caballero le empeñé mi palabra. No puedo decirle dónde está.

- Por favor, capitán... Usted sabe muy bien lo que siento por ella... En esta travesía tan extraña, usted ha sido testigo de mi verdad... Recibí un telegrama de mi esposa...

- Lamento decírselo, pero usted jugó con fuego en medio del mar...

- Sé que Isabella lo ha leído, y ha descubierto quién soy. Ella por una serie de circunstancias, sabía muchas cosas de Fernando de Alvear, y yo no tuve el valor de decirle que ese hombre soy yo.

- Yo esperaba decírselo en España, después de terminar mi matrimonio con mi esposa. Cuando todo estuviera claro...

- Usted le contó que era casado... ¿por qué no le dijo quién era?

- Es muy complicado. Sin saberlo nuestros caminos estuvieron muy cercanos en los últimos meses allá en el Perú. Ella me envió una carta a nombre de su madre. No se imagina el espíritu y la sensibilidad que habían en un pedazo de papel tan pequeño, ella hablaba de cosas que me conmovieron y me pedía ayuda... Bueno, la madre de Isabella me buscó, me exigió que no interviniera en los asuntos de su hacienda y yo sin llegar a entender por qué me lo pedía, simplemente me alejé y cumplí con no acercarme al mundo de los Linares.

- Y el mundo de esa familia se acercó a usted en el Virgilio...

- A través de una mujer de la que me he enamorado y que no estoy dispuesto a perder... Por lo que me contó Isabella, ella recibió de regreso la carta, rota en pedazos. Solamente puede haber sido su madre quien lo hizo. Y bueno, Isabella creyendo que fue Fernando de Alvear quien la rompió, lo odia... Cree que yo la desprecié...

- Tal vez el trayecto hubiera permitido la aclaración. Lástima que ahora ya sea tarde.

- No si la encuentro. Ayúdeme, capitán...

- No puedo ser yo quien lo haga. Recuerde que al igual que usted, sólo soy un personaje más. Los hilos del destino los mueve cada uno a su manera... Contra eso, un capitán de barco, no puede hacer más que ser un espectador.

- Deje de una vez por todas de sus ridículos juegos de palabras y dígame dónde está.

- A lo mejor entre esas rosas que ya se marchitan, usted encuentre la nota que ella le envía y quizás halle allí alguna respuesta. Vuelvo a mi cabina de mando, que es el único lugar dónde el destino está en mis manos.

El capitán se va, Fernando lee la nota, agobiado.

“Hubiera sido tan hermoso recorrer por encima o por debajo del mar, el mundo entero... Podría haber entregado mi vida ante el más hermoso sacrificio como lo es el amor... Cómo quisiera haberme quedado en esa eternidad que encontré, en esa magia que ahora entiendo que sólo fue eso. Una gran magia cargada de trucos y trampas, de verdades no dichas y mentiras que ahora me gritan al corazón... No existe nada puro allí donde se nace con la mentira, no existe verdad al lado de un hombre que se burló de mí... Trataré de borrar hasta el último recuerdo, me juraré que nada existió, que todo fue una ilusión falsa, una gran maldad... Que todo se terminó para siempre...”

- 8 -

Juan mira expectante a Daniel, que ha hablado con la señorita Patricia.

- La señorita Patricia me escuchó y me entendió. Hasta me facilitó un poco de dinero para comprar el pasaje y tener un ripio para mi estadía en la hacienda de la familia Linares.

- Dinero que habrá que devolver.

- Por supuesto -agobiado- parto mañana a primera hora, papá...

- Sólo espero, por tu bien, por la felicidad de esa joven, que le hables con la verdad.

- Así será, papá. Yo se lo prometo a usted.

- 9 -

Isabella está triste, acurrucada. Su camarote no tiene ventantas, se escucha el ruido de las máquinas del Virgilio, que están cerca. El capitán Davis habla con ella.

- Me hubiera gustado instalarla en un lugar más cómodo, pero...

- Estoy bien aquí. Le agradezco su ayuda.

- Más bien lamento habérsela tenido que dar. Como dice el señor Alvear, yo fui testigo de ese amor que nació entre ustedes en medio del mar.

- Un amor que ya se ahogó capitán... Un sentimiento que jamás debió surgir... Permítame hacerle una pregunta...

- ¿Por qué nunca mencionó usted el apellido de Fernando?

- ¿Por qué habría de hacerlo?

- Tengo la sensación que usted evitó hacerlo. Ni siquiera me insinuó en algún momento que él era casado... ¿Fue el quien le pidió que me invitara a primera clase?

- Sí.

- ¿Por qué no me dijo nada? ¿Qué más ocultó usted, capitán?

- Yo me remito a complacer a mis pasajeros, eso es todo. No me involucro... como lo hago con usted ahora.

- Usted calló a pesar de saber que él era un hombre casado.

- Un hombre agobiado por su infelicidad...

- Entonces sí se involucró. Por eso es que usted me ayuda ahora.

- Creo que usted está en lo cierto. Me involucré sin pensarlo y permití que el rumbo se alejara de su destino. Tal vez si ustedes conversan...

- Prométame que usted me ayudará más todavía. Mañana cuando lleguemos a Cádiz, necesito que me ayude a huir del señor de Alvear.

- Sé que lo hará con o sin mi ayuda. Cuente conmigo. Que descanse...

El capitán se va, aturdido. Isabella se queda sola. Se sienta, las lágrimas le brotan.

- 10 -

Fernando está en el comedor, la mesa está puesta para dos, se acerca el mozo.

- El maitre me pidió que le informara que en unos instantes se servirá la cena especial de esta noche.

- ¿Qué tiene de especial esta noche?

- Es la última de la travesía, señor. Es por eso que la cena...

- Puede traerme cualquier cosa -Fernando corta, fastidiado-.

- Bien, señor... ¿Retiro nuevamente los cubiertos?

- No. Esta noche espero a alguien.

- 11 -

Mariana sigue echada en la cama, molesta. Rosario entra en la habitación, afligida

- Hija... Tenemos que hablar...

- No soy su hija y no tenemos nada que hablar. Yo soy sólo una recogida, por más que yo sí sea una Linares.

- No te permito que hables así.

- Muy bien, si la he ofendido, entonces actúe como hace un rato.

- No fue mi intención... te pido perdón. No quise golpearte, te lo juro por la memoria de Andrés que ese bofetada me dolió más que a ti.

- ¡¿Ha jurado por la memoria de tío Andrés?! En ese caso, no tengo por qué creerle ni una sola palabra. Desde que mi tío falleció lo único que usted ha hecho es despotricar contra él y aborrecerlo. ¡Y ahora jura en su nombre!

- ¿Por qué necesitamos herirnos, Mariana? Si he venido a buscarte es porque quiero limar cualquier duda que tengas. Quiero que sepas que te quiero como si fueras mi hija.

- Yo sé que muchas veces le he dado más atención a Isabella y siento mucho que haya sido así. Pero tú conoces la verdad, esa verdad que descubriste en Lima, y te ruego que me entiendas... Isabella era todo para mí, hasta que tu tío me confesó la verdad...

- ¿Y por qué ahora se empeña en recuperar el tiempo perdido? ¿Por qué sabe que yo sí soy una Linares? Usted nunca se portó conmigo como una madre... ¿Por qué ahora sí? ¿Para censurarme? ¿Por qué le doy vergüenza con mis actos?

- No... Porque te quiero ayudar... porque sí siento que eres una hija mía.

- Pues no lo soy, tía. ¡Y quiero elegir la vida que yo quiera vivir! Usted sabía que yo no quería regresar a la hacienda y mandó por mí... ¡Odio este lugar, tía!

- Aquí están tus recuerdos y tu familia... lo que queda de ella...

- En ese caso, nadie. Ni usted, ni Isabella llevan la sangre de los Linares. ¡Por mí se pueden quedar con todo si a cambio logro irme para siempre de aquí! ¡Yo no puedo ser feliz en medio del campo!

- ¿Y dónde sí? ¿En Lima? ¿Con ese joven que te dio la espalda cuando más lo necesitaste? Sé lo que ocurrió. Si estuvieras en Lima, ¿al lado de quién estarías?

-No importa con quién, tía... Sólo quisiera estar allá, al lado de alguien que me ayude a conseguir y alcanzar todo aquello con lo que sueño... Tal vez no sea con Daniel, si no con otro, pero no aquí... ¡No nací para podrirme en esta hacienda! ¡Quiero ir a Lima y no volver nunca más aquí!

- Mariana, por Dios... ¿Qué pasa contigo?

Mariana la mira desafiante, no responde.

- Puedo entender que estés confundida, Mariana.

- No lo estoy. Sé quién soy y donde quiero estar.

- Has tenido una decepción amorosa y eso te ha afectado... No necesitas ser tan dura frente a mí... Deja que tu corazón se abra conmigo... Es cierto que no soy tu madre, pero te crié desde muy pequeña y no me importa ni la sangre ni los orígenes. Tú eres tan mía como Isabella...

Mariana se va quebrando, pero calla.

- Estoy tratando de ayudarte y te suplico que me perdones... Yo no quise hacerte daño... ni al golpearte ni al traerte de regreso a la hacienda... Todavía nos queda ese tiempo necesario para sanar cualquier herida... Te prometo que yo misma te ayudaré para que algún día puedas vivir en la capital... Desde muy pequeña te gustó el movimiento, harta gente, las luces... pero ahora sinceremos nuestras almas...

- Yo también quiero que me perdone, tía -quebrada-.

Rosario la abraza.

- 12 -

Todo está listo para la cena en la mansión Alvear. Victoria está radiante. Leandra termina de ultimarlo todo.

- ¡Estoy tan emocionada...! ¡Me siento tan llena de vida!

- Se la ve muy bella a la señora y con ese ánimo característico de los jóvenes recién casados -con doble intención-.

- Gracias, Leandra. Aunque eso de jóvenes... ya no es para mí...

Augusto, al entrar en el comedor, empalidece.

- ¿Qué es todo esto?

- Una sorpresa, mi amor...

Augusto mira a todos ridiculamente.

- Siéntate, mi amor. Te amo...

Victoria lo besa apasionadamente, frente a todos.

- Querida... No estamos solos...

- No me importa, mi vida. ¡Que todos sepan que te amo con profunda locura!

Victoria lo vuelve a besar.

- 13 -

Fernando está en el comedor, tomando una copa. El capitán Davis está frente a él, de pie.

- Estamos llegando al término de esta travesía, tal vez la más diferente de tantas para mí...

- La encontraré, capitán. Ella tiene que bajar en el puerto. No logrará huir de mí -seco-.

- Tal vez usted dude de mi deseo, pero no puedo dejar de decirle que ojalá la pueda encontrar entonces y por fin de manera definitiva logre voltearle la mano al destino, como creí que lo había logrado usted hace unos días...

El capitán se aleja, Fernando queda solo, absolutamente triste.

- 14 -

Clara está nerviosa, mira por la ventana del hotel. Entra Sebastián, ella lo mira con inquietud, está con síndrome de abstinencia.

- Sólo quería saber si te encontrabas bien...

- Perfectamente... No podría estar mejor... He contratado un auto de plaza para que nos lleve mañana a Cádiz y nos regrese de vuelta con Fernando.

- Y aunque te duela escucharme, te aseguro que luego de ese regreso, empezará a escribirse una nueva historia de mi vida... junto con Fernando... mí Fernando... ¡Ya nada podrá separarme de él!

Se miran desafiantes.

- 15 -

Victoria y Augusto han terminado de cenar, van a pasar la noche juntos en su cuarto. Amelia entra en la cocina, está a punto de llorar. Leandra la observa con cierta burla.

- Vaya, vaya, así que la niñita insolente y ambiciosa que había en ti esta tarde, ¿se esfumó? Quiero saber qué es lo que se siente cuando una se convierte en la otra, en el plato de segunda mesa...

- ¿Por qué es tan mala conmigo, señora? ¿Qué le he hecho yo? ¿Qué le importa a usted mi vida?

- Simple curiosidad, hijita... simple curiosidad... Sigo tus pasos y entiendo que estás tomando muchos riesgos para tener una vida mejor... recién empiezas a conocer lo que es tratar de agarrar lo que no es de una... Ya eres la amante del señorito de la casa... la sirvienta amante, la criada que se usa y se abusa... Pero estáte tranquila... Una mujer como tú, no va a tener problemas en acostumbrase a ese sentimiento de ser usada y descartada al antojo de cualquier hombre.¡Que lo disfrutes!

- 16 -

Gabriel se despide de Claudia.

- Todo está listo. Ya es hora de que viaje hasta el puerto, No quisiera que Isabella llegue y no me encuentre. Ella viene de otro mundo y si no me ve, se va a sentir perdida, confundida...

- Ve entonces...

- No te olvides de cambiar esa cara. No me gustaría que recibieras a mi prima así, tan seria... Ella te va a gustar.

- No te preocupes ni por Isabella ni por mí. A ella le bastará con ver tu gesto indisimulable de alegría. Eso la hará sentir muy dichosa.

- Gracias... gracias por todo, por ayudarme, por escucharme... por ser tan buena -la besa en la mejilla-.

- Descuida... el cuarto para Isabella quedó muy lindo.

- Claro que será por poco tiempo. Doña Beatríz se alegrará mucho cuando le diga que me voy con Isabella a otro lado. Tendrá un cuarto adicional para alquilar.

Gabriel la besa y sale apurado, Claudia se queda triste.

- 17 -

Fernando está poniendo sus cosas en una maleta, se ve ofuscado, nervioso. Habla con el maletero.

- El señor me mandó llamar.

- Sí, claro. Por favor lleve mi equipaje a cubierta.

- Como usted ordene, aunque faltan varias horas para llegar a puerto...

- Pues quiero estar allí, desde ahora.

- 18 -

Amelia sigue disgustada, Augusto la visita.

- Vete de aquí... Entre tú y yo todo se acabó...

- No, querida. Eso ya es imposible. No podría vivir en esta casa sin tu calor, sin tu cuerpo...

- ¿Eso es todo lo que quieres, verdad?

- Eso y todo lo que tú me quieras dar. Soy materia dispuesta... un libro abierto... Tú puedes escribir en mí lo que quieras.

Amelia lo mira furiosa, él saca un perfume del bolsillo.

- Toma... para mi princesita rabiosa...

-¿En serio? ¿Es para mí? -sorprendida, excitada-.

- Es mi primer regalo, luego vendrán más... hay muchas cosas más que te puedo dar...

- Pero eso sí... mi muñequita tiene que comprender que el esposo de la señora Victoria, tiene muy buen sentido del humor...

Amelia toma el perfume y lo besa apasionadamente.

- 19 -

Victoria remolonea en su cama, feliz. Entra Leandra con una bandeja de desayuno.

- Mmm... Hoy todo se ve distinto...

- Mi marido ha salido temprano, pero me ha dejado llena, desbordada de felicidad...

- Él también lucía muy feliz, más feliz que nunca, señora. Bajó muy contento, listo para un nuevo día... -Leandra, que sabe donde está Augusto-.

-Un día lleno de sol, brilloso y alegre, resultado de una noche cargada de dicha y amor...

- Me alegra que usted amanezca tan contenta... No quisiera arruinarle su despertar, pero quiero decirle que me siento muy inquieta.

- ¿Y por qué?

- De no mediar ningún contratiempo, hoy se encontrarán madame Claire y el señor Fernando... y estoy segura que el señor Sebastián estará allí...

A Victoria se le hiela la sonrisa.

- 20 -

Clara se está colocando el sombrero frente al espejo, Sebastián la observa, serio.

- Estaré lista en un segundo.

- ¿Piensas contarle la verdad en el puerto, en el auto de plaza o llegando acá?

- Tú preocúpate de qué le vas a decir para justificar tu presencia en Europa.

- Lo pensaré mientras tomo desayuno.

- No hay tiempo. Debemos partir cuanto antes.

- Claro que hay tiempo.

- No. Debo ir a un lugar antes de enrumbar a Cádiz.

- ¿Compras de último momento?

- Quiero un poco de paz.

- Ah... entiendo. La misma paz que te daba Alejandra Marina en París y que seguramente ella compraba a algún oscuro comerciante de aceites orientales. ¿Piensas ir a los barrios bajos a comprar un poco de esa paz?

- Sí, necesito tranquilizarme.

- Entonces me equivoqué. No me abruma tu optimismo, Clara. Me abruma tu decadencia.

Clara lo mira muy seria.

- ¿Qué es la vida sino caer y levantarse una y otra vez?

- Es verdad. Hasta que uno no pueda levantarse más.

Clara le otorga una última mirada de desprecio y sale, Sebastián parece preocupado.

- 21 -

Gabriel camina por el laberinto del puerto. Está ansioso y un poco desorientado. Se acerca a un estibador.

- Disculpe, ¿sabe usted dónde es que va a acoderar el vapor "Virgilio" que viene de sudamérica?

- Debe ser por allá. ¿Lo ve? Es aquel que se ve a lo lejos. Ya está rumbo al puerto.

Gabriel observa el Virgilio con el rostro iluminado. Por su mente pasan mil pensamientos, por su corazón un solo amor.

- Le agradezco.

- 22 -

Isabella, cargando su pequeña valija, se dirige furtivamente hacia el sector de segunda clase. Su expresión es triste, ha llorado toda la noche.
Fernando, en el sector de primera clase, pregunta repetidamente si alguien la ha visto. El barco ha anclado, Fernando se despide del capitán.

Clara, acompañada por Sebastián, lo llama.

- ¡Fernandooo! ¡Amor!

Fernando, mientras baja las escalinatas, saluda con una leve sonrisa, que Isabella logra ver desde segunda clase y le parte el corazón. Clara se abalanza sobre él y lo llena de besos.

- Querido... No te imaginas las ansias que tenía por estar a tu lado. Me has hecho tanta falta... ¡Tanta...!

Fernando, muy turbado, se suelta y saluda a Sebastián.

- Qué gusto verte, Sebastián. No sabía que...

- Mi amor... ¡Sebastián ha sido tan bueno conmigo que me acompañó desde París! Fue una casualidad que nos encontráramos allá...

A Fernando no le interesan las explicaciones.

- En Nueva York me ofrecieron viajar a Francia para adquirir una rotativa de avanzada. ¡Ya vas a ver cuando regreses a Lima!

- ¡Te extrañé tanto, cheri...!
Clara se abraza de él. En ese momento Clara ve bajar de las escalinatas a Isabella, quien baja rápida con su valija. Se separa de Fernando y lo mira aturdidad.

- ¿Qué te sucede?

- Es que... acabo de ver pasar a una mujer... una mujer muy parecida a mí…Como si fuera mi fantasma… -muy turbada-.

- ¡Isabella...! -Fernando, volteándose para mirar, desesperado-.

- ¿Quién...? ¿Quién es esa mujer, Fernando...? ¿Quién es?

Clara y Sebastián miran a Fernando consternados, él no sabe que responder.

FIN DEL CAPÍTULO 50



Escrito desde Jul 11, 1999, 5:43 PM

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