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Capítulo 27: El Mundo Según Carola

August 31 2002 at 5:56 PM
Zergipio 



Carola era una niña que vivía cerca de Osorno, junto a sus papás y su perro Toto. La situación estaba complicada para la familia: habían anunciado la llegada de un tornado de efectos desastrosos para toda la región. La gente estaba en sus refugios, esperando que el fenómeno climático durara lo menos posible y les permitiera seguir con sus vidas, con la calma y tranquilidad que reinaba en todo el lugar.
- ¡Toto, no te vayas! -dijo Carol y comenzó a perseguir su mascota que, sin consciencia del peligro, salió de la casa.
- ¡Carito, vuelve acá! -le gritó Julieta, su madre, pero fue inútil.
- ¡Toto! -seguía llamándolo Carola, mientras corría por la hacienda.
Al momento que Carola tomó a Toto en sus brazos se dio cuenta del peligro que corría: el tornado comenzaba a destruir todo lo que encontraba a su paso, sin contemplaciones. La niña corrió a su refugio lo más rápido que le dieron sus piernas, pero era demasiado tarde... Estaba cerrado... Sin pensarlo, entró en su casa y se escondió bajo la cama. Nerviosa, asustada y con mucha angustia, sintió en su estómago la misma sensación que le producían los ascensores... Miró por la ventana y sus ojos se impresionaron al darse cuenta que había perdido el contacto con la tierra... El tornado había conseguido levantar completamente la casa y hacerla volar, con ella y su perrito dentro... Carol tomó a Toto y se preparó a lo más difícil y lo que quizás le costaría su vida: el aterrizaje... Se acostó, apoyó la cabeza en la almohada y se dispuso a tener el último sueño.
- ¿Dónde estoy? -preguntó Carola, al despertar.
- ¿Y qué me pregunta a mí? -le dijo el profesor Aníbal Catalán, furioso, en el cuerpo de Toto.
- ¡Profesor! -se sorprendió ella.- ¿Qué estás haciendo en el cuerpo de mi perro?... ¿¡Y qué hace mi perro hablando!?
- Eso mismo quisiera saber, ¡ni que fuera su mascota!... Está bien que me llamen el perro Catalán, pero de ahí a tener cuerpo canino hay un límite que tiende a infinito.
- Debo estar soñando -dijo Carol, caminando hacia la puerta.
- Si cumple con lo que yo le digo, deberían quedarle siete horas y media de sueño... porque son ocho horas de esparcimiento, ocho horas de...
- ¡Schhht, cállese!... ¡Mire que lindo todo esto!... El tornado debió traernos acá, pero no tengo idea donde estamos...
Era un lugar hermoso donde convivían en perfecta armonía la luz, los ríos y las montañas. El cielo azul tapizaba el alegre paisaje de vivos colores. Desde lo alto de las montañas se desplazaban verdes praderas, envueltas de un sinfín de coloridas flores y frondosos árboles de las más exóticas frutas. Las pocas nubes que habían se retiraban despacio, anunciando el comienzo de una larga primavera. El buen tiempo se acercaba sin amenazar la quietud con que el valle despertaba al día. Por el norte, podía apreciarse discurrir tranquila y plácidamente un río que, sin prisas, daba vueltas y más vueltas antes de despedirse de tan frondosa estampa. Por el sur, un largo, iluminado y bien cuidado camino amarillo, parecía aclarar la gran duda: estaban en Oz.
- ¡Mi niña! -le dijo Alejandra, apareciendo vestida con un traje largo, celeste, de raso; un sombrero puntiagudo, del mismo color, del cual caían cintas plateadas que llegaban hasta su cintura; y en su mano izquierda traía una varita negra.
- ¿¡Alejandra!? -se sorprendió Carola al ver a su amiga disfrazada.- ¿No me digas que tú eres mi hada madrina?
- No, Cenicienta, y preferiría que por hoy me llamaras la Bruja Buena del Norte... Estoy aquí para ayudarte, ya sabes que puedes contar conmigo en cualquier situación.
- ¿Dónde estamos? -preguntó Carola, sin dejar de admirar el paisaje.
- En Oz -contestó segura Alejandra.- Y siguiendo con la historia, fíjate que tu casa cayó sobre la Bruja Mala del Este, así que para regresar a tu casa deberás no sólo encontrar la salida de este mundo, sino también enfrentarte a la Bruja Mala del Oeste...
- Ya sé, no me digas que tendré que seguir el camino amarillo hasta encontrar a un mago que me dirá como regresar a mi casa.
- ¡Exacto! Y finalmente encontrarás al mago en la ciudad de Esmeralda... Siempre se ha comentado que las provincianas son medias giles, pero tú eres la gran excepción.
- Hay muchas excepciones, somos mucho más vivas de lo que la gente piensa... Yo diría que ese comentario capitalino es prácticamente una nueva leyenda urbana...
- La conversación está muy interesante, damas, pero yo les diría que junten fuerzas para ponerse a caminar -dijo el perro.- Tenemos que volver a casa.
- Carol, cuando necesites ayuda... llámame...
La bruja buena del Norte se acerca a Carola y le da un abrazo, mientras una lágrima caía por su mejilla.
- ¡Hasta en los sueños soy llorona! -dijo Alejandra, secándose el rostro.- ¡Ya, apúrense!
Carola y Toto empiezan su viaje, maravillados por los increíbles parajes que encontraban a cada paso que daban. No había tiempo para el cansancio, sólo para admirar el lugar. Todo parecía ser muy sencillo, pero el camino de los ladrillos amarillos se dividió en dos al llegar a un campo de maíz.
- Y ahora, ¿cuál es el camino correcto? -se preguntó Carola.
- ¡Ése me parece una buena alternativa! -dijo un espantapájaros que cuidaba el campo, mientras señalaba el camino de la derecha.- Aunque el otro también me parece bien -volvió a hablar, señalando ahora el camino de la izquierda.
- ¿Quién dijo eso? -preguntó curiosa Carola.
- ¡No haga preguntas estúpidas! -la retó el perro Catalán.- Usted sabe tan bien como yo que es hora de encontrarse con el espantapájaros.
- ¿Hablaste tú?—preguntó Carola, sorprendiéndose de ver a Paulina, su mejor amiga de Osorno, disfrazada de espantapájaros, mientras movía la cabeza afirmativamente.- ¡Paulina!, ¿tú sabes cuál es el camino?
- No, me falta sabiduría, no puedo decidir nada... Y las decisiones que tomo, me traen más problemas que satisfacciones.
- Sé a lo que te refieres -dijo Carola, mirando a un costado.
- Yo sé que las cosas entre tú y yo no están claras, pero al menos ten presente que me pesa en el alma lo que pasó con Manuel...
- En ese momento te faltó cerebro -le dijo Toto a la espantapájaros.- Ya, hay que seguir el cuento no más... Únete a nosotros y acompáñanos donde el mago.
- No sé -dijo Paulina, bajando la cabeza.- No creo ser buena compañía...
- Nada de eso -dijo Carola, sonriéndole.- La sabiduría es un don muy preciado y si es lo que verdaderamente te hace falta para mejorar tu toma de decisiones, lo mejor es que vengas conmigo a Esmeralda.
- ¿En serio?
- Yo escuché clarito el sí -dijo Toto, enojado.
Y de esa forma, Paulina se unió a Carola en su viaje hacia Esmeralda. Escogieron un camino y pronto penetraron en un bosque de manzanos. Luego de varios metros recorridos, se encontraron con el Hombre de Hojalata, oxidado y rígido como una estatua, era muy extraño que no tuviera vida, considerando que en este lugar todo hablaba o se movía. Una voz apagada y angustiosa surgió de sus labios.
- Mmnzzeite -decía el hombre plateado.
- ¿Cómo dijo? -preguntó Paulina, sin entender.
- ¿Aceite? -repitió Carola.
- Sí, bípedos implumes -les dijo el perro Catalán.- Aceite... Yo desde aquí lo estoy viendo a un ángulo de 64º a mi izquierda.
Justamente, a pocos centímetros del hombre de hojalata había una aceitera, así que fue fácil eliminar el óxido y permitirle al pobre hombre metálico moverse y hablar. La sorpresa de Carola y Paulina fue grande al descubrir que se trataba de Manuel.
- ¡Qué alegría, ustedes siempre salvándome la vida! -les dijo Manuel.- Ahora puedo mover todo mi cuerpo.
Carola y la espantapájaros dejaron al hombre como nuevo pero, sin embargo, éste no parecía del todo contento al saberse liberado. ¿Qué carencia entristecía a Manuel?
- Golpea mi pecho -le pidió Manuel a Carola, y ésta obedeció.
- ¿Qué sientes? -le preguntó Carola.
- Nada, absolutamente nada, está vacío... En eso me he convertido desde que terminamos, en un ser sin corazón.
Paulina bajó la cabeza, sintiéndose tan culpable como Manuel. Parece que en la historia de Carola, nadie estaba completo. El hombre de hojalata añoraba recuperar el corazón, que perdió al fallarle a la mujer que amaba: quería recuperar su forma de ser, más amable y sentimental.
- No puedes llorar sobre la leche derramada -le dijo Carola, calmada.- Ya hablamos de eso, no podemos cambiar el pasado.
- Pero sí el presente... Ya te pedí disculpas, no sé qué más quieres que haga.
- No quiero que hagas nada, no me interesa lo que tengas que decirme... Te creo que puedas estar arrepentido y me da lata que te sientas vacío, pero...
- Carola, sé que no tengo derecho a pedirte esto -le dijo Paulina, mirando a Manuel.- ¿Por qué no permites que Manuel nos acompañe donde el mago?
- Me quitaste las palabras del hocico -le dijo Toto, suspirando.- Ya, vámonos rápido será mejor, que quedan pocas horas de esparcimiento.
- ¿Qué dices, Carola? -le preguntó el hombre de hojalata.
- No puedes decir que no -le dijo el perro.- Se supone que el mago le dará un corazón a este robotín.
Carola lo miró a los ojos, sin responder inmediatamente.
- Está bien, vamos -dijo ella, retomando el viaje.- Pero no me dirijas la palabra, por favor, no tengo ningún interés en conversar contigo.
Así que ahora serían tres los del grupo que buscaría al mago, cuatro si consideramos a Toto. Nada los detendría, a menos que la Bruja Mala del Oeste se atravesara en su camino... Y esto fue justamente lo que sucedió... Con grandes bolas de fuego atacó al indefenso espantapájaros, pero su puntería no era tan buena, tal vez debido a la enorme verruga de la nariz, o quizás solo se trataba de una advertencia, como ella no dudo en anunciarlo.
—¡La próxima vez no correrán con tanta suerte! —exclamó con una carcajada espeluznante, como queriendo ocultar su incompetencia.
Ya no estaban tan seguros y tranquilos, pero continuaron su camino, para quedar paralizados con un rugido espantoso.
- Esa bruja es Karina -dijo Carola, con rabia.- Era obvio que ella sería la bruja...
De repente, y totalmente de improviso, un rugido proveniente de un temible mamífero los hizo retroceder, con miedo. Carola y Paulina se tomaron del brazo y se escondieron tras el plateado Manuel, lo más rápido posible.
- ¡¡Grrrrrrrr!! -se sintió el rugido.
No supieron de donde salió, pero ahí estaba frente a ellos. Era un león inmenso y aterrador. Toto, que hasta ahora había participado poco en todo el cuento no dudó en ladrar y lanzarse contra el león sin importarle que fuera cinco veces más grande que él. Y, para asombro de todos, el feroz felino, en vez de tragarse de un solo bocado al perro, brincó asustado y se puso a llorar como un niño.
- Yo no quería hacerles daño- exclamó secándose las lágrimas con su cola.
- ¡Pero si es un cobarde! -dijo Paulina, sorprendida.
- Es Ignacio -dijo el hombre de hojalata.- El pololo de Carola.
- No es mi pololo, ¡es un maraco! -dijo Carola, con enojo en la mirada.
El supuesto rey de la selva era más cobarde y asustadizo que un venado. Les contó como su propia sombra lo asustaba y en las noches no podía dormir atemorizado.
- Perdona, perdona Carola por ser un cobarde -le dijo Ignacio, vestido de león.- Ni siquiera sé si cobardía es la palabra, de repente es sólo inseguridad.
- Y falta de confianza -le reclamó Carola.- Si hubieras confiado en mí, no habríamos tenido ningún problema.
- Parece que tienen problemas -le comentó la espantapájaros al hombre de hojalata.
- Carola, yo... yo te amo... y tú deberías quererme tal como soy... Me falta valentía para actuar con sinceridad, lo reconozco, tengo miedo de hacerte daño, de hacerle daño a mi familia que tiene puestas muchas esperanzas en lo que yo haga... Quizás no fue lo correcto, pero quise hacer lo mejor... por ti, ni siquiera por mí.
- No fue lo mejor... No fue para nada lo mejor... Ya no confío en ti, Ignacio, quizás cuántas cosas más me estás ocultando ahora.
- ¿Necesitas valor para decírselas? -interrumpió Totó.- Entonces vamos donde el mago, él te lo dará y quizás puedas tener una conversación más sincera con Carola.
- Caminemos entonces -dijo el hombre de hojalata.
- ¿Quieres que te aceite otro poco? -le preguntó la espantapájaros.- ¿O prefieres que la Carol lo haga?
- ¿Puedo ir o no? -preguntó el león.
- ¡Por qué no se callan todos! -gritó Carola, siguiendo el camino amarillo sin tomar en cuenta a sus acompañantes.
- ¿Se enojó? -preguntó Paulina.
- ¡Se me fue la patrona! -exclamó Totó.- Ni modo... Ya, ¡todos a cruzarse los brazos, saltando y cantando!... ¡Y vamos donde el mago, el mago nos puede ayudar!... Lalalala...
- Voy a ser fiero como Dragon Ball Z -decía el león.
- Voy a recuperar mi corazón y tendré tranquilidad como el Papa -decía el hombre de hojalata.
- Voy a tener inteligencia como Guido -decía la espantapájaro.- Aunque no lo conozco personalmente, pero me lo han dicho.
- ¡Arf, arf!—complementó Toto.
Los ladridos, o más bien, los gritos de Toto Catalán los interrumpieron. Uno a uno fueron callándose, y a la vez, abriendo su boca impresionados por el majestuoso palacio que tenían frente a sus ojos. Era inmenso, de colores claros y luminosos donde tenía predominio el verde esmeralda; no tenía ventanas, solamente un gran portón plateado.
- ¡Al fin estamos en Esmeralda! -dijo Carola, corriendo a la entrada.
- ¡Golpea! -le gritó Toto.
No hizo falta... La puerta se abrió de par en par y apareció un hombre, vestido con una túnica morada y un turbante blanco en la cabeza.
- ¡Papá! -exclamó Carola, al encontrarse con Tomás, su padre.- ¿Y quién se supone que eres tú?... ¿El mago de Oz?
- A lo mejor no soy el gran hechicero que esperabas ver, pero soy parte de tu magia personal, de tu magia interior... No estás en este mundo porque sí, tú y tus amigos buscan respuestas y la solución está frente a sus narices... Quizás soy el encargado de hacérselos notar.
- No entiendo, papá...
- Paulina quiere sabiduría para tomar mejores decisiones, Manuel quiere un corazón que le devuelva la virtud de sentir, Ignacio quiere valor para ser más sincero... Todos necesitan algo que sólo tú puedes darles... Y es tu comprensión, tu afecto, tu entendimiento, tu perdón... No están en tu sueño porque sí.
Carola volteó a mirar a sus acompañantes de viaje... Ya no estaban disfrazados, estaban vestidos de manera común y corriente, menos Toto, que había desaparecido.
- En realidad, este sueño es para ti -siguió el mago.- Es para que te des cuenta que necesitas limpiarte, necesitas descansar de todo lo malo que has vivido desde que llegaste a Santiago... En tu sueño está resumido todo lo importante que ha pasado este último tiempo.
- Es cierto -dijo Carola, dando un suspiro.
- Hija, no tomes decisiones apresuradas, ten calma, pon en una balanza los asuntos personales con los profesionales... Quieres venir a Osorno, ¿por qué?... ¿Aún no aprendes a vivir sin tus papás?
- Me hacen falta... Me hacen mucha falta.
- Estamos siempre para ti, pero ya es hora que aprendas a valerte por ti misma... La vida está llena de tropiezos y es necesario saber levantarse solo.
- ¿Quieres que me quede en Santiago?
- No es lo que yo quiera, sino lo que tú quieras, lo que tú necesites... Limpia tu corazón de toda la basura que se ha presentado y termina el camino que decidiste seguir, así como pudiste terminar el camino amarillo.
Carola mira a su padre, mientras comenzaba a lagrimear. Lo abraza fuerte.
- Te quiero tanto, papá -le dijo Carola, cerrando los ojos.- A ti y a mi mamá, siento que no me la puedo sola, pero sé que tienes razón... Sé que debo enfrentarme sola a mis problemas...
- Aprenda a ser fuerte, mi niña -le dijo Tomás, mientras besaba su cabeza.
- Papá... papá... papá...
- ¡Hey, Carito, Carito! -le repetía su tío Gerardo.- Te quedaste dormida viendo la tele, anda a acostarte mejor, te puedes resfriar aquí...
Carola comienza a despertar y encontrarse con el living de la casa de sus tíos. Se resfregaba los ojos y tras la neblina típica provocada por el buen dormir, comenzó a divisar sillones, biblioteca y el comedor. Se había quedado dormida viendo Buen Partido y todo lo que acababa de vivir no fue más que un hermoso e inolvidable sueño.



 

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