“La selva de anchas cúpulas, al sinfónico giro
de los vientos, preludia sus grandiosos maitines;
y al gemir de dos ramas como fines violines
lanza la móvil fronda su profundo suspiro.”
José Eustasio Rivera.
LA VOZ DE LA NOVELA DE LA SELVA
A caballo entre los siglos XIX y XX se encuentra José Eustasio Rivera, notable lírico y extraordinario novelista. El escritor colombiano cuya vida aventurera e infeliz transcurrió en buena medida en contacto con la selva virgen, nos dejó en La Vorágine (1924) una de las novelas de mayor relieve de la literatura hispanoamericana. En ella palpita la densa presencia de la selva, inmenso infierno verde donde sufre y languidece una humanidad ignorada por el mundo, que deriva fatalmente hacia la muerte. Rivera escribe en una especie de delirio romántico; en sus páginas, la selva asume un aspecto alucinante, de criatura enferma, en la frontera indefinible de una locura que se contagia de naturaleza a los seres que viven en contacto con ella. El tono dominante en cualquier situación y en cualquier personaje es la desesperación; todos los protagonistas están espiritual y físicamente enfermos, les asalta una equizofrenia atormentada e inquietante, la misma que parece dominar la selva.
José Eustasio Rivera nace en Neiva, departamento de Huila, el 19 de febrero de 1889 y muere en Nueva York el 1 de diciembre de 1928. Maestro y abogado, de dedicó al quehacer político, siendo parlamentario, e investigó la situación de los obreros en las empresas petrolíferas, cumplió diversas misiones diplomáticas en Perú, Cuba y México y participó en una comisión de límites entre Venezuela y Colombia recorriendo el Orinoco, el Negro y el Casiquiare e internándose en las selvas amazónicas.
Antes de La Vorágine, que ha sido calificada de “novela nacional por excelencia”, Rivera sólo había escrito una colección de sonetos con influencias parnasianas y simbolistas, publicada en su libro Tierra de promisión (1921). La novela es una falsa autobiografía en la que el personaje, el poeta Arturo Cova, describe su aventura por medio de la selva amazónica: poeta célebre escapa de la ciudad con una joven a la que ha seducido pero no ama, para huir de las amenazas legales y el matrimonio obligado Ambos vivirán perdidos entre la poderosa selva y protagonizarán algunas andanzas patéticas.
La novela deja en el lector una impresión de profunda angustia. En La Vorágine, el inmenso mundo verde se convierte en infierno real, poblado únicamente por criaturas decadentes. La floresta rebosa miles de humores malsanos, se manifiesta en múltiples formas de destrucción a pesar de sus maravillosas bellezas. Lo que preocupa a Rivera es el significado destructor de la selva, su carácter enigmático de “esposa del silencio, madre de la soledad y la neblina”, el aspecto majestuoso y aterrador de “catedral de pesadumbre”, donde divinidades desconocidas “hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso”.
Como libro típicamente hispanoamericano, La Vorágine acoge la consabida protesta social, esta vez por la grave situación de los trabajadores de la selva, abandonados por las autoridades y entregados como esclavos –sin protección alguna- a los hombres de presa, capataces desalmados que lo consideran como bestias y actúan indiferentes a la miseria física que los va aniquilando. En este sentido representa también un documento y una llamada, a favor de la dignidad del hombre, dirigida al gobierno de Bogotá. Rivera escribió su libro cuando convalecía de unas fiebres contraídas en los escenarios de su novela: paisajes y ríos que él llevaba impresos en sus retinas desde la infancia por haber nacido en una ciudad atravesada por el Neiva –del cual recibe el nombre-, que va a desembocar al Magdalena.
En la inmensa bóveda verde, en los gigantescos árboles que se suceden con regularidad obsesionante, en los ríos majestuosos que atraviesan la infinita columnata de troncos, en el intricado desorden de la vegetación tropical, el escritor ve un aspecto heroico de la naturaleza, la concentración de fuerzas cósmicas, concreción del misterio de la creación. Para Rivera, la selva, divinidad ella misma, exige sacrificios sangrientos como las antiguas divinidades indígenas. El hombre es a la vez víctima y verdugo, puesto que se encarniza con sus semejantes para sacrificar su sangre a la sed implacable de la divinidad. De este modo, Rivera presenta a la sombra de la corpulenta bestia vegetal, una humanidad explotadora y duramente explotada. Y como dijo el poeta colombiano. “... y con grave arrogancia, / el follaje, embriagado con su propia arrogancia / como un león, revuelve la melena a los vientos”.
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