LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR
(1585-1610)
“Deja de esos graves libros
las más que severas canas.
Ciego amante, ¿por qué buscas,
estando en la fuente, el agua?”
Luis Carrillo y Sotomayor.
LA VOZ DE UN AUTENTICO POETA
La obra de Carrillo, olvidada durante siglos por entero, ha cobrado mayor interés al producirse en el pasado siglo la “vuelta de Góngora” , y justamente por las posibles relaciones que puedan establecerse entre ambos poetas cordobeses. Carrillo está inequívocamente en la línea del cultismo, aunque en rigor, no tanto por los rasgos formales de su poesía como por “su espíritu de selección y su apartamiento de lo vulgar”. De hecho, la obra poética de Carrillo se mueve entre la mayor facilidad y la máxima complicación, entre las sueltas redondillas y la fácil exuberancia al modo de Lope, los graciosos romances y la desnuda sencillez tradicional de un lado, y las composiciones impregnadas de erudición grecolatina, brillantes, suntuosas y complicadas de otro. Como poeta, Carrillo es el último eslabón que conduce de Garcilaso a Góngora.
Luis Carrillo y Sotomayor nació en 1585, de familia noble y principal, pues fue su padre presidente del Consejo de Hacienda en el reinado de Felipe III. Se dice que Carrillo nació en Córdoba, y así consta en la portada de las dos primeras ediciones de sus obras; sin embargo, en el expediente de su ingreso en la orden de Santiago, se afirma que el poeta nació en Baena. Estudió Carrillo en Salamanca, fue caballero de Santiago, comendador de la Fuente del Maestre y cuatralbo de las galeras de España, es decir comandante de cuatro naves. Recorrió las costas del Levante y del Sur español y fueron sus estancias más frecuentes en Cartagena y El Puerto de Santa María: las de aquélla debieron facilitar su trato con los literatos murcianos del círculo de Cascales y la de El Puerto, con el conde de Niebla, capitán general de la Andalucía y de las galeras del Océano, a quién dedicó varias de sus composiciones. Tuvo amistad con otros varios escritores famosos, según se colige de los elogios recogidos en al edición póstuma de sus obras, pero ninguno tan notable como Quevedo, que contribuyó con un epitafio y una hermosa canción. Murió Luis Carrillo y Sotomayor en El Puerto de Santa María el 22 de enero de 1610.
Su hermano don Alonso recogió todos loe escritos que pudo hallar del poeta andaluz, y los dio a la imprenta, así salió en Madrid en agosto de 1611, la primera edición bajo el título Obras de Don Luis Carrillo y Sotomayor. Dos años más tarde la familia costeó una segunda impresión, con mejores originales y cuidados. En el pasado siglo Dámaso Alonso ha cuidado la bella edición, citada, de las poesías completas de Carrillo. Comprenden éstas una veintena de romances y composiciones en redondillas, cincuenta sonetos, dieciséis canciones, dos églogas , la Fábula de Acis y Galatea, y unas glosas o comentarios al Remedio del Amor, de Ovidio, que el propio Carrillo había traducido.
La obra más notable de Carrillo, y la más discutida es la Fábula de Acis y Galatea, que el poeta dedicó al conde de Niebla. Algunos años después Góngora compuso su Polifemo sobre el mismo asunto que la Fábula de Carrillo y lo dedicó también al conde. El hecho de haber elegido Góngora idéntico tema y habérselo dedicado al mismo personaje hace ya ver que no tenía propósito de plagio, sino de competencia.
Gran importancia tiene en la obra de Carrillo su Libro de la erudición poética, que viene siendo estimado como una especie de manifiesto del culteranismo. Sus páginas encierran la doctrina que definen las intenciones literarias de Carrillo y, en general de los poetas cultos de su tiempo, que podía sintetizarse de este modo: las Musas eligieron un lugar bien alto y a ellas no se llega sino tras ardua labor; la poesía no es para el vulgo, sino para espíritus elevados, y es lógico que su lenguaje sea distinto del ordinario y vulgar; la belleza exige un punto de dificultad, y ésta, a su vez, estimula la agudeza, que es la que la que califica el juicio de los doctos.
Muerto a tan temprana edad, no pudo Carrillo dejar una obra lograda, y aún las mismas composiciones que se conservan hubieran exigido la última mano del autor. “Así y todo –dice Dámaso Alonso- hay en ella una pasión dulce, un anhelo, una vibración de voz, que revelan con signos infalibles eso tan raro: un poeta auténtico. Y si la muerte no hubiera arrebatado su delicada finísima mocedad, hubiera sido uno de los mayores de nuestra lengua”.
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