PEDRO RODRIGUEZ CAMPOMANES POR FRANCISCO ARIAS SOLIS
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PEDRO RODRÍGUEZ CAMPOMANES
(1723-1802)
“Todo depende de la educación.”
Campomanes.
LA VOZ DE UN ILUSTRADO
La obra de Campomanes es inmensa, y está aún por estudiar de un modo completo y exhaustivo. La dispersión hace la tarea. En sus años de actividad política escribió infinidad de informes, consultas, memoriales, y oficios, que abarcaban los temas más diversos: desde obras públicas, navegación, comercio, agricultura, industria, enseñanza, etc., hasta obras de interés filológico y erudito. He aquí una breve muestra de obras suyas que pueden ilustrar lo que decimos: Comentarios a una inscripción árabe de Mérida, Plan de una colección diplomática y litológica, Itinerario de las carreras de posta dentro y fuera del reino, Noticia geográfica del reino y caminos de Portugal... Pero, sus obras tradicionalmente consideradas más importantes, y que a nosotros nos interesan también de forma especial, son: Tratado de la regalía de amortización, Discurso sobre el fomento de la industria popular y Discurso sobre la educación popular de los artesanos.
Pedro Rodríguez Campomanes nació en Santa Eulalia de Sorriba (Asturias) el 1 de agosto de 1723 y murió en Madrid el 2 de febrero de 1802. De origen humilde supo ascender desde su cuna asturiana en el olvidado Concejo de Tineo a las más altas alturas de la Administración y del Gobierno. No conocemos con detalle los primeros años de su vida; se supone que hizo estudios universitarios en Sevilla, luego ejerció trece años como abogado, defendiendo las más diversas causas, ejercicio que hizo compatible con algunos cargos administrativos y honoríficos, pero fue sobre todo a partir de la subida al trono de Carlos III cuando su ascensión se hizo irresistible. Entre otros cargos ocupó el de ministro del Consejo de Hacienda; fiscal del Consejo de Castilla, cargo en que permaneció durante veinte años y durante los que desarrolló una inmensa actividad; presidente de las Cortes; consejero de Estado... Además, fue miembro de numerosas academias entre otras de la Real Academia de la Lengua, presidente de la Real Academia de la Historia, se le nombró Conde de Campomanes y se le concedió la Gran Cruz de Carlos III. Al hacer el Elogio de Carlos III, Jovellanos no olvida el puesto preeminente que Campomanes ocupó en el reinado y al referirse a su plan para el fomento de la industria popular lo describe sin mencionarlo expresamente con estas elocuentes palabras: “Entonces fue cuando un insigne magistrado, que reunía el más vasto estudio de la constitución, historia y derecho nacional, el conocimiento más profundo del estado interior y relaciones políticas de la monarquía, se levantó en medio del Senado, cuyo celo había invocado tantas veces, como representante del pueblo”.
Campomanes fue un ilustrado en el pleno sentido de la palabra y, por lo tanto, un erudito. Nunca abandonó los estudios históricos y filológicos, a los que se aficionó en la juventud. Llorente nos dice que se le delató muchas veces como “filósofo moderno”, lo que en aquellos tiempos era equivalente a “impío, incrédulo, ateísta y materialista”.
La significación del ilustrado Campomanes sobrepasa la del hombre público, si es que cabe separar ambos aspectos. En realidad, se da en él uno de los pocos casos en que el intelectual y el político se armonizan en síntesis casi perfecta. Sin embargo, desde el punto de vista intelectual hay que recalcar en todo momento su escasa originalidad. El valor de sus escritos no está en la originalidad de su aportación histórica, sino en lo que tiene de iluminador para una compresión profunda de la historia española. Su pensamiento era claramente un gigantesco paso adelante con respecto a la época anterior.
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