El Universal
Andrés Ramírez
Especulación sobre el éxito o el fracaso en tv
29 de julio de 2009
¿A qué obedece que un programa televisivo tenga éxito o fracaso? ¿Por qué algunos están destinados a las mino-rías y otros a las mayorías involuntariamente? ¿La uniformidad del gusto es lo que buscan los grandes consorcios televisivos?
Si uno pasea por la tele nacional, pronto se da cuenta de los programas que buscan audiencia con desesperación. También queda claro cómo los monopolios televisivos buscan más de lo mismo y procuran programas similares: los que tienen rating. Como con cualquier objeto de consumo, los canales televisivos buscan darle a los consumidores lo que prefieren. ¿Cómo se cifra un gusto? ¿Se influye en él, se puede moldear? ¿Lo que se ofrece determina lo que se consume?
Pero, además de estas dudas, cabe preguntarse también por qué un programa no tiene éxito. Pienso, sobre todo, en el éxito masivo, en el éxito que sería que decenas de millones de telespectadores estuvieran conectados al mismo programa a cierta hora. El éxito, normalmente se supone, es eso: que una mayoría adopte un mismo criterio. Pero, ¿de verdad eso es lo que mide la eficacia de un producto? ¿Por qué la minoría no ha de tener el mejor criterio?
Si la televisión nacional es un espejo de la realidad en que vivimos, da la impresión que la oferta se reduce a varias formulas y a muchos esfuerzos entusiastas por encontrar distintas maneras de comunicarse (pienso en múltiples programas del canal 22, canal 11 o TV UNAM). ¿Hay un analfabetismo funcional que se promueve en los monopolios con tanta mediocridad? ¿O, una vez más, la ley de la oferta y la demanda es lo único que rige los designios de los programadores?
Quizás el conservadurismo intrínseco al ser nacional sea el impedimento para romper esos moldes. Hay una apatía generalizada que busca más de lo mismo. Si el telespectador no cuenta con televisión de paga y está sujeta a la tele abierta, el infierno puede ser realmente desmotivante. Pero aun ahí hay interesantes opciones que no llaman la atención de la mayoría de los telespectadores. ¿Por qué no se detienen? ¿Los programas no son suficientemente seductores como para retener a sus presas? ¿Son malos?
Tantas dudas no hacen más que suponer que las cosas seguirán así mucho tiempo. Demasiadas variables en contra para suponer una mayor exigencia de los espectadores. Demasiados intereses económicos para que podamos pedir una televisión más creativa. Y, mientras, la uniformidad campante reina en el universo televisivo. La diversidad está sujeta a las cuotas de mercado, o a la imagen que les reporta a los productores. La diversidad no es rentable. Nada parece detener esa vorágine.
Hasta dónde se puede, además, recriminar que la mayoría prefiera una telenovela o un insulso show cómico del prime time. ¿Por qué un programa sobre libros o debate político es superior, o simplemente más importante? Por el momento la diferencia sólo parece señalar el divorcio entre el gusto popular y el de las élites informadas. Nada nuevo para la historia de la civilización.
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