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Otra historia

June 27 2003 at 4:16 PM
Gaby  (no login)
de la dirección IP 200.61.129.96

 
Tarde nuestra

"Tarde que dura vívida como un sueño entre las otras tardes"
-Jorge Luis Borges-

El reloj de la cocina le avisa que son las 8:30, en menos de una hora tiene clase de Filosofía y si no se apura va a llegar tarde como siempre.
Corre de un lado a otro por el desordenado departamento asegurándose de no olvidar nada, trae el saco a medio poner y va colgando el viejo bolso de cuero en el que carga todas sus porquerías.
Está a punto de abrir la puerta cuando un insistente timbrado detiene su partida.
-¡Típico!, no podía fallar.
Se burla de su suerte, mientras se acerca a atender el inoportuno llamado.
-Hola?... Y una voz algo olvidada le responde del otro lado del teléfono...
-Hola!! Cómo anda mi porteña preferida?
Se desorienta por un momento, hasta que cae en la cuenta que solo una persona puede llamarla así... –Luciano?
-Sí!! Loquita linda... soy yo, tu príncipe entrerriano.
-Ja ja ja... Luciano!! Por dios negro, que alegría escucharte... estás en Buenos Aires?
-Sí, llegué ayer. Vine a arreglar unas cositas y me vuelvo mañana temprano para mis pagos, pero no me puedo ir sin que antes nos tomemos un café...

Hace un año que no lo ve, siempre que se reencuentran explotan entre risas y abrazos, trasladando todo a su alrededor a ese mágico mundo de amistad.
Es inevitable el preámbulo cargado de preguntas y novedades de sus vidas, se cuentan del trabajo y el estudio que acapara sus días. Pero enseguida se transportan al recuerdo de veranos pasados, las travesuras, los juegos, la adolescencia, los amigos... para terminar en esa tarde que los unió de por vida...

... Las tardes de verano en Entre Ríos son calurosas y solitarias, la siesta es sagrada, así que las calles por esas horas, están despobladas y en silencio.
Caminaba apurada por la San Martín, venía seria y pensativa, como si algo le preocupara. Atravesó la plaza para acortar camino, pero de pronto un saludo la obligó a bajar el ritmo.
–Hola nena, Cómo te va?
Era el dueño del puestito de diarios, Don Julio. Ella lo quería mucho, porque le hacía recordar a su abuelo. Se habían hecho amigos desde aquella primera vez que vino a pasar las vacaciones a casa de sus tíos, a los once años.
–Bien Don Julio, gracias.
Le hubiese gustado pararse un ratito a hablar con él, pero ahora no podía, estaba muy nerviosa para eso. Le dijo adiós con la mano y siguió camino.
Llegó hasta la puerta de entrada, dudó un momento, pero antes de poder tomar una decisión, él ya le había abierto. La estaba esperando hacía media hora y la vio llegar desde su ventana.
-Hola
-Hola... Los dos quedaron paraditos y en silencio...
-Pasa
Ella entró despacio y sus enormes ojos negros recorrieron la sala con cuidado.
Él se apuró a decir -Estamos solos... mis papás se fueron al balneario y mi hermano se va a quedar hasta tarde en la radio porque tiene que grabar el programa de mañana.
-Ah...
... Otra vez el silencio y la tensión...
-Querés tomar algo?
-Bueno... agua...
Se conocían desde hacía 5 años, formaban parte de “La murga del Sol”, un grupo de ocho amigos de los cuales ellos dos eran los más chicos.
Desde la primera vez que se vieron se hicieron inseparables, tenían la misma edad y un sentido del humor muy parecido. Todos decían que eran como almas gemelas, y apostaban que cuando crecieran se volverían más que amigos.
Aunque de pequeños esos comentarios no les hacían ninguna gracia, con el tiempo tuvieron que aceptar que lo irremediable pasa, y terminaron conociendo juntos la magia del primer amor.
Ella era de Buenos Aires, por eso la llamaban “la porteñita”, pero cada verano, al finalizar el año escolar, se iba a pasar los tres meses de vacaciones con su prima y esos alocados chicos, con los que se reía hasta que le dolía la panza y los cachetes le ardían.
Ya habían pasado más de dos meses y medio desde que arribó en autobús a la vieja estación del pueblo. Como siempre, aquél día fue recibida entre besos y abrazos, reencontrándose con esos rostros de cariño que hacía tiempo no veía. Pero esta vez había un rostro en particular al que deseaba volver a ver más que a ningún otro, el de Luciano.
El año anterior se habían hecho “noviecitos”, como decía su tía Esperanza, y aunque unos cuantos kilómetros los alejaron durante esos meses, ellos se habían mantenido unidos mediante cartas y alguna que otra llamada de larga distancia.
En cuanto se vieron se fundieron en un abrazo interminable, se habían extrañado muchísimo. El destello en sus ojos reveló la felicidad de saber que pronto volverían a disfrutar uno del otro... A ella siempre la envuelve la dulzura de sus palabras y a él le encanta la libertad con que se ríe.

Como era costumbre en La murga del Sol, cada momento se volvía una aventura de interminable diversión, salían a recorrer el pueblo en bicicleta, tomaban un helado, jugaban en el parque, pescaban en el río, mantenían largas charlas entre mate y mate, visitaban el balneario “El Sol” o nadaban en la piscina del club deportivo, por las noches se juntaban en el pub con sus otros amigos... ó veían una película... ó simplemente se dedicaban a observar las estrellas desde el edificio más alto del pueblo, la radio, donde Tito, hermano mayor de Luciano, trabajaba desde hacía dos años.
Una de esas tantas noches, estaban discutiendo sobre cuales de todas esas pequeñas luces que brillaban en el firmamento formaban la conocida cruz del Sur, cuando sin aviso ni introducción, Luciano les confesó que su familia muy pronto debería mudarse. Su papá era empleado del ejército y hacía un tiempo le habían notificado el pase hacia la ciudad de Trelew, provincia de Chubut, para que continuara desde allí su trabajo.
Todos quedaron estupefactos, y aunque Tito no dijo una palabra, la tristeza de su mirada les confirmó la terrible noticia.

En los días que se sucedieron la alegría ya no fue tanta, a ella la atormentaba saber que en menos de dos semanas se despediría de todos ellos para volver a casa, y quizá esa sería la última vez que viera a su querido Luciano.
Ambos habían tratado de consolarse mutuamente, él le prometió que le escribiría constantemente y que en cuanto pudiera se haría un viaje a Buenos Aires para verla. Pero en el fondo sabían que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a encontrarse.

... Caminaron tomados de la mano hasta la puerta de esa habitación, que se volvió luz y calor para ellos. Antes de entrar sus miradas se encontraron, buscando uno en el otro la conexión que necesitaban para dar ese gran paso.
Tímidas caricias fueron el comienzo de ese camino que habían decidido desandar juntos. Ninguno de los dos sabía exactamente qué era lo que debían hacer, pero el amor que sentían los fue guiando.
Las manos se movieron inexpertas, pero con dulzura...
Los ojos se mantuvieron bien abiertos y expectantes...
Los besos siempre cálidos y sinceros...
Los nervios fueron muchos, pero la confianza que se tenían los transformó en entrega pura y total...
... La ropa quedó a un lado... junto a su niñez.

Una cama de sábanas blancas fue el testigo de su inocencia apasionada, donde poco a poco y con cuidado fueron explorándose en detalle... El suave contacto hizo reaccionar a la piel virgen, que tembló ante la emoción.
Se acomodaron instintivamente, volviéndose uno en cuerpo y alma. Ella gimió de dolor y él la miró aterrorizado... pero pronto una fuerza abrasadora conmocionó sus sentidos y los llevó a moverse acompasados, al ritmo del amor.
Sus manos se entrelazaron, la respiración se aceleró, los corazones retumbaron al unísono, y el alma vibró ante esa faceta nueva y maravillosa que la vida les revelaba...

Unión sagrada y eterna... un antes y un después... una marca hermosa e imborrable... bien lo dice el maestro: “Tarde que dura vívida como un sueño entre las otras tardes”
Recuerdo único y maravilloso que quedó gravado en el corazón...
...tanto, que cada vez que se reencuentran a ella se le piantan algunas lágrimas y él la abraza con fuerza conteniendo su propia emoción... y juntos le agradecen al creador el que haya ideado para ellos ese primer amor.




    
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Respuestas

  • Acotación - Gaby on Jun 27, 2003, 4:23 PM
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