»»» Costa bravía (Autora : Alyah) Capítulo XXIII «««

by silvana

 
Daniel le miró, ciertamente sorprendido por la rotundidez de sus palabras.
-Si fuese cierto lo que dices, harías las cosas de otra manera. –opinó él.
-Necesito tiempo para contárselo a mi padre. –repuso Esteban.
-No estás hablando en serio, intentas engañarme para seguir riéndote de ella.
-Te lo juro, Daniel. Estoy enamorado de Isaura, sinceramente… y no sé cómo ha sucedido, pero ha pasado. –habló Esteban, pausadamente. –Es cierto que cuando me fijé en ella la vi como una más, bueno, no como una más, pero no sabía en que me metía… y llegué a un punto dónde ya no podía parar. Me he enamorado, y no ha sido nada fácil para mí…
-¿Y has pensado en ella? –le atacó Daniel. –Si la amases, pensarías en el serio problema en que la has metido…
Esteban dio un paso al frente, y le miró a los ojos. Les separaba tan solo la mesa.
-Pienso en ella. –dijo él. –La amo. Y sé que esto va a ser complicado… conoces a mi padre… jamás la aceptará.
Daniel hizo un gesto de incredulidad.
-¿Y vas a verte con ella a escondidas para siempre? ¿Me estás diciendo eso? –se indignó.
-Yo no he dicho eso. –repuso Esteban, molesto. –Pero tengo que preparar el terreno para contárselo todo a mi padre. Y aún así, me espera una larga lucha… jamás permitirá que estemos juntos.
-¿Lo has hablado con Isaura? –preguntó Daniel.
-No, no tengo valor… los dos evitamos el tema, creo que de algún modo sabemos lo que supondrá enfrentarnos a la realidad. –explicó Esteban. –Tendremos que ser muy fuertes, porque cuando mi padre lo sepa…
Daniel suspiró, y se sentó en su silla.
-¿Vas a acusarme con él? –inquirió Esteban.
Daniel titubeó.
-No. Esperaré a que tú se lo cuentes, libremente. Pero no esperaré mucho tiempo. –contestó Daniel. –Estoy de tu lado, primo, pero también del de Isaura… cuánto más tiempo pase será peor para ambos. Te doy la oportunidad de arreglarlo por ti mismo.
-Gracias. –musitó Esteban, y le sonrió.
-De nada. –le sonrió a su vez Daniel. –Sólo espero que no desaproveches la oportunidad, y que realmente la hagas feliz…

-¿Ciudad de México? –repitió Ana, atónita. Su primer pensamiento fue para él. –Allí está… Alex.
Mónica asintió con la cabeza.
-Sí, pero la idea no es que os encontréis, sino todo lo contrario. –habló ella. –La ciudad es lo suficientemente grande como para que no os crucéis, y eso es lo que espero. No sabemos dónde vive, e irás allí sin saberlo.
-Lo sé. Además, yo tampoco quiero verlo, sería demasiado duro. –aceptó Ana.
-Bien.
-¿Y dónde viviré? –preguntó Ana, jugueteando nerviosamente con las manos.
-En casa de una prima mía. Hace tiempo que no nos vemos, pero estoy segura de que te recibirá bien. Se llama Dolores, y además tiene una hija que es un par de años más pequeña que tú, puede enseñarte la ciudad… te servirá de compañía. –explicó su madre.
-¿Y a su esposo no le importará que vaya?
-Es viuda. Se casó tarde, con un hombre mayor que ella, y no tardó en enviudar. La escribiré hoy mismo, y en unos días estarás allí. –concluyó Mónica y sonrió. -¿Te gusta la idea?
-Sí… mucho. –musitó Ana. -¿Crees que a papá le parecerá bien?
-Yo le convenceré. –apuntó Mónica. –De todos modos, será la primera vez que nos separemos de ti, y te vamos a extrañar tanto…
Ana le sonrió, con afecto.
-Y yo a vosotros, mamá… pero te agradezco mucho que me dejes ir. –dijo ella. –De veras, lo necesito.

Fue el primer día en que Carolina se levantó de la cama, y se vistió para salir a la calle. Alejandro la observó mientras ella terminaba de pintarse los labios suavemente frente su tocador.
-¿Estás segura de que ya te encuentras bien? –le preguntó él, dando vueltas por la recamara.
-Sí. –sonrió ella. –Me siento mucho mejor.
-Te acompañaré a correos a enviar ese telegrama. –habló Alejandro. –Mis padres se sentirán muy tristes cuando sepan que hemos perdido a nuestro hijo. Es muy posible que vengan a vernos.
-Entonces serán bien recibidos. –comentó Carolina.
Alejandro se sentó en un butacón, al lado de la ventana, por dónde entraban los rayos del sol.
-Hace un bonito día. –murmuró él, con un tono inequívoco de pena en su voz.
-Esta noche, mi amor, empezará nuestra nueva vida. –dijo ella, despacio, y se acercó a él. Se sentó en su regazo. –Iremos a la casa de los Garza. Estoy segura de que te gustarán, y tú a ellos…
-Tengo ganas de empezar a trabajar. –dijo el.
Carolina pasó su mano por la cabeza de su marido, y la detuvo en su nuca, acariciándosela despacio. Luego se inclinó, y le besó en los labios. Él lo aceptó, callado, y con la mente en blanco, obligándose a no pensar en nada más.

Ana fue a despedirse.
Después de la comida, tras la aprobación de su padre, ella fue a Campo Real. Quería despedirse de Isaura, y al mismo tiempo se sintió confusa al pensar en Nicolás. Como siempre, prefería no verle, pero tampoco sabía si realmente era bueno irse sin decirle adiós. Y su hermano Daniel aún no lo sabía, puesto que no había vuelto a San Pedro desde el día anterior.
Bajó del carruaje, y entró en la gran casa. Los peones y las criadas iban de un lado a otro, desempeñando sus tareas diarias.
En primer lugar, se dirigió al despacho de su hermano. Cruzó la casa, y subió las escaleras. Campo Real era como una segunda casa para ella, dónde podía entrar y salir con total naturalidad.
Tocó a la puerta, y después pasó al despacho. Allí estaba él. Solo. La sonrió.
-Me alegra verte. ¿Traes alguna noticia? –le habló Daniel, levantándose de la silla y caminando hacia ella.
La besó en la mejilla. Ana le sonrió, y recordó cuanto le quería.
-¿Por qué crees que traigo alguna noticia? –repuso ella.
-No sueles venir a verme a menudo. –contestó Daniel.
-Tienes razón. –aceptó Ana. –Me voy, Daniel.
-¿Cómo qué te vas? ¿Adónde? –preguntó él, contrariado.
-A la capital, a casa de una prima de mamá.
-¿Por qué?
-Porque lo necesito. –explicó ella. –Me hace falta salir de San Pedro.
-Adoras San Pedro. –replicó Daniel.
-Es cierto, pero me estoy asfixiando aquí. Me siento sola, perdida, aburrida. Algo dentro de mí quiere estallar. Quiero encontrar mi sitio, y para eso, tengo que irme y descubrir que deseo… no espero que me entiendas, es complicado…
Daniel esbozó una sonrisa, y la besó en la frente, fraternalmente.
-Te entiendo. Te estás apagando cada día más, no eres la que eras. En el fondo ya sabía que terminarías yéndote. Hermana, tú eres un espíritu libre.
Ana se rió.
-¿Qué? –protestó Daniel.
-Eso suena tan… poético. –bromeó ella.
-Tú eres poesía. –dijo él, serio. –Te quiero, y te voy a extrañar. Resultará raro no verte cada día, incordiando en la casa, y revolviéndolo todo…
Ana le abrazó, estrechamente. Suspiró.
-¿Cuándo te vas? –inquirió Daniel, acariciándole la espalda.
-En un par de días. –dijo ella, y se separó un poco, mirándole a los ojos. –Cuando vuelva espero que estés prometido.
Daniel se rió, divertido.
-Hermanita, me parece que tú y yo seremos los dos solterones de San Pedro. –declaró él, y su hermana le acompañó en las risas.

A Isaura la encontró, como siempre, en la cocina. Despedirse de ella sería lo más difícil.
Se refugiaron en la recamara de la muchacha, como habían hecho en la última época.
-Viniste ayer, y has vuelto. –dijo Isaura al cerrar la puerta. –Me encanta tenerte aquí tan seguido.
Ana se sentó sobre la cama.
-Cierra la ventana. Hace fresco. –pidió ella.
Isaura obedeció, y luego se sentó a su lado.
-Isaura, -empezó Ana. –verás, yo…
Isaura la escrutó con sus ojos color miel; muy abiertos, expectantes.
-Me voy a la capital. –soltó Ana.
-¿Cómo?
-Me voy a ciudad de México, a casa de una prima de mi madre, acabo de decírselo a mi hermano. –expuso.
-¿Y cuándo vuelves?
-No lo sé. Quizás esté allí semanas, meses…lo que haga falta.
A Isaura se le llenaron los ojos de lágrimas. Ana lo vio, y también vio como trataba de esconderlo.
-Ya veo. –musitó. –No quiero parecer egoísta, pero eres la única amiga que tengo en la vida, y…
-Tú también eres mi única amiga, Isaura. –la cortó Ana, y tomó sus manos entre las suyas.
-Nuestras vidas son tan distintas. –comentó Isaura. –Todo es mucho menos fácil para mí, y lo sabes…
-Ninguna vida es fácil, Isaura. A ti te consta cómo me han ido las cosas. Sé que tengo una situación más privilegiada, pero no por eso…
-Me harás mucha falta. –la interrumpió ella. –Por favor, cuídate mucho. Y escríbeme.
Ana asintió con la cabeza. Hicieron una pausa.
-¿Le verás a él? –preguntó Isaura.
-No, espero que no. Es lo último que quiero ahora mismo. –contestó.
Isaura pensó en Esteban. Si no se lo contaba a su amiga, y dejaba que se fuera así, no se lo perdonaría nunca. Pero no encontraba las palabras para empezar a hablar.
-Ana, hay algo… algo muy grande que no te he dicho… -murmuró Isaura.
-Pues dilo. –sonrió Ana. –Vamos.
-Me he enamorado. De tu primo Esteban, y él me corresponde. –dijo, y bajó la mirada, incómoda.
Ana se levantó de golpe.
-¿Cómo has dicho? –preguntó, subiendo la voz.
-Por favor, trata de entenderme.
-¿Te has vuelto loca? –la reprendió Ana. –Ahora sí que no puedo irme, no puedo abandonarte en esta situación. Isaura tienes que volver a casa antes de que mi primo se aproveche de lo que sientes por él, y no haya remedio…
Isaura se ruborizó, y se pasó un mechón de pelo por detrás de una oreja. Ana entendió aquel nerviosismo.
-Dios Santo… ya es tarde, ¿no es cierto? –dedujo.
-Él no se ha aprovechado de mí. –dijo ella, con firmeza. –Tu primo es bueno, aunque no le creas. Y me quiere, tanto como yo a él…
-No puedo creerme que seas tan ingenua. Ese cuento se lo dice a todas. –le espetó Ana, enfadada.
-Yo no te juzgué cuando tú me confesaste lo de Alejandro.
-No compares a Alex con mi primo. –replicó Ana.
-Alejandro estaba casado. –le recordó ella, molesta.
-De acuerdo, -aceptó Ana –yo cometí una estupidez, pero eso no te da derecho a hacer lo mismo.
-Te juro que intenté evitarlo, pero le amo tanto…
-Isaura, siento ser yo la que diga esto, pero esta historia no puede acabar bien. Lo sabes, ¿no?
-Tengo esperanza. –dijo ella, apunto de derrumbarse.
-Vas a sufrir. Tanto o más que yo. Porque aunque mi primo realmente te quiera, mi tío…te pido que recapacites, y te des cuenta. Isaura, aún estás a tiempo. –insistió Ana. –Y aunque yo me marche, sólo tienes que escribirme y estaré aquí para apoyarte. Si quieres, hasta puedes venirte conmigo…
-En otro momento, estaría muy feliz de poder acompañarte… pero ahora, ahora no. No puedo irme.
Ana se inclinó, y la besó en la cabeza.
-Suerte, amiga. –la deseó.

Saludó a sus tíos, y corrió de vuelta al carruaje. Cuando estaba apunto de subir, vio a Nicolás caminando hacia la casa. Llevaba unos planos debajo de un brazo, enrollados.
-Espere un momento. –le dijo al cochero.
Nicolás pasó por su lado, apurado, y no la vio hasta que ella habló.
-Hola. –le saludó Ana.
Él se volvió y la miró. Sonrió, sorprendido de que ella se dirigiera a él.
-Hola. –contestó Nicolás.
-Sólo quería despedirme.
-¿Cómo así?
-Me marcho una temporada a la capital. –completó Ana. –Tengo ganas de conocer la gran ciudad, de ver cosas nuevas, de cambiar la rutina de San Pedro.
-Me parece una decisión acertada, pero que me privará de tu presencia. –dijo él con su permanente aire gentil. –Eres la única persona de aquí con la que podía conversar. Nunca hemos sido muy cercanos, es cierto, pero ahora me sentiré mucho más solo si cabe.
Ana le sonrió, y él percibió en su gesto quizás un poco de afecto.
-Te gustará la capital. –prosiguió Nicolás. –Hay teatros, museos, bibliotecas… te encantará. Ampliará tus horizontes y te hará sentir bien. Me da lástima no poder mostrártela.
-Quizás en otra ocasión. –contestó ella, e hizo una pausa. –Quiero pedirte excusas porque sé que no soy una persona fácil de tratar. He sido muy dura contigo, y también cerrada. En mi defensa diré que llegaste en un mal momento a mi vida. De no haber sido así, habrías sido uno de mis grandes amigos.
-Tal vez aún estemos a tiempo. –opinó Nicolás. – Espero volver a verte.
-Yo también. –dijo Ana, sinceramente.
Luego, ella se acercó a él, y se puso de puntillas. Le besó en la mejilla, y se fue de allí.
Nicolás sonrió, y se llevó la mano que tenía libre a la cara.
El carruaje salió de Campo Real lentamente.

Había tanta gente allí que apenas había sitio para que el coche se detuviera. Media ciudad de México se agolpaba a la entrada de la mansión de los Garza aquella noche.
Alejandro llegó con su esposa para asistir a la fiesta, y conocer así a la familia para la cuál iba a trabajar desde entonces.
Entraron del brazo, saludando a viejas amistades de Carolina, y a algunos conocidos. Cuando estaban frente a la puerta, su esposa pareció sobresaltada de pronto. Alejandro vio a un hombre joven y apuesto cruzando el umbral. Carolina pareció flaquear.
-¿Sucede algo? –preguntó él.
-No, no… es que todavía no estoy recuperada por completo. –se excusó ella
-¿Estás segura de que quieres entrar?
Carolina asintió, y siguieron adelante.

Sus manos desabrochaban impacientemente su vestido, mientras se besaban con urgencia. Se habían encontrado a la entrada de la recamara de Isaura, y habían pasado al interior del cuarto besándose. Apoyados en la pared, ella buscó el interruptor de la luz a tientas. Encendió la luz, y Esteban se separó un poco, para recobrar el aliento.
-Se lo he contado a Ana. –habló ella.
-¿Qué? –preguntó él, desconcertado. –Mis padres me han dicho que se va a la capital, o no sé que…
-Le he dicho lo que hay entre nosotros. –le informó Isaura. –Mi amor, tenemos una conversación pendiente.
-Lo sé, lo sé. Y te prometo que la tendremos. –él la miró. –Pero no ahora…
Esteban la besó de nuevo, despacio, y sintió el tibio roce de su lengua en sus labios.

-Mi esposo, Alejandro Romero. –le presentó Carolina. –Fernando de la Garza, y su esposa, Claudia.
Alejandro estrechó la mano de Fernando, y besó la mano de su esposa. Contempló la estancia, lujosa, grande, de decoración imperial. Aquella sala estaba llena de invitados.
Fernando era un hombre corpulento, canoso, y con un rizado bigote aristócrata. Su mujer era más menuda, rubia, y de ojos castaños. Parecía más joven que él.
-¿Dónde está la pequeña Rosa? –preguntó Carolina.
-Ya no es tan pequeña, tiene diecisiete años recién cumplidos. –habló Claudia. –Es una mocosa que se quiere comer el mundo, y no sabe nada de él. Ya sabes cómo son los adolescentes.
-Me imagino. –sonrió Carolina. -¿Y dónde está?
-Debe de andar por algún rincón. –respondió Fernando. –Su insensatez me pone de los nervios.
Claudia tiró de la manga de su esposo a modo de protesta, no era necesario que se explicara con tanta claridad.
-Disculpadme, voy a buscarla. –continuó Fernando. –Alejandro, si lo deseas puedes acompañarme, y así conversamos un poco. Dejemos a las mujeres solas.
-Claro. –aceptó él, y le siguió, dejando allí a Carolina.

Fernando le presentó a tanta gente que realmente no conseguía recordar ninguno de los nombres. En general eran personas agradables, bien educadas, aunque con ciertos aires prepotentes y superiores, engalanados todos ellos hasta los dientes. Pese a la cordialidad que mostraban, Alejandro no se sentía especialmente cómodo allí, acostumbrado a los círculos humildes que siempre había frecuentado.
Cuando él contaba de dónde venía, San Pedro, un pequeño e insignificante pueblo de pescadores, todos mostraban la misma sorpresa, curiosidad, y condescendencia. Afortunadamente, nada de aquello le afectaba. Largas conversaciones con su abuelo le habían enseñado que uno debe de sentirse siempre orgulloso de sus orígenes, porque la gente que vale la pena se forja con la vida, y no con la cuna.
Fernando no mencionó nada acerca de San Pedro, no le hizo ninguna pregunta, y su compañía le hacía sentirse menos incómodo, lo que agradecía porque trabajaría en su casa.
Le dejó solo un momento para subir al cuarto de su hija, a comprobar si se encontraba allí. Alejandro bebió un sorbo por su copa de champán, y miró a su alrededor.
Detuvo su mirada en Carolina. A pocos pasos de allí, ella también se había quedado sola, y un hombre se le había acercado. Fijó más la vista en él, y reconoció al joven que había entrado delante de ellos en la casa. Se preguntó quién sería.

Carolina apuró lo que quedaba en su copa de champán, nerviosa, y fastidiada.
-Me sorprende verte después de tanto tiempo. –dijo él, y le besó la mano, cortés, y falsamente.
Se colocó a su lado.
-Más me sorprende a mí verte aquí. –murmuró Carolina, sin dejar de sonreír entre dientes. –Estoy con Claudia de la Garza, ha ido a la cocina a encargar algo a la servidumbre y regresa rápido. Déjame en paz, no quiero verte.
-Yo tampoco, pero parece que la vida se he encargado de volver a reunirnos. No es mi culpa. –protestó él.
-La vida no se ha encargado de nada. Esto sólo es una desagradable casualidad. –replicó ella, visiblemente molesta.
-En eso estamos de acuerdo, es bastante desagradable. –aceptó él. –Veo que cada día estás más bonita.
-No seas cínico. –contestó Carolina, furiosa.
Su gesto se transformó en una amable sonrisa cuando vio a Claudia caminar hacia ellos. La mujer se paró a su lado.
-Siento la tardanza, todo se desmorona si no estoy al pendiente constantemente. –habló Claudia. –Veo que ya os conocéis.
Carolina le miró a él, y luego volvió de nuevo la vista hacia Claudia.
-En realidad, aún no me lo han presentado. –dijo.
-¿No? –se sorprendió Claudia. –Carolina Mendoza, éste es Ángel Rábago.
Ángel tomó su mano, y se la besó nuevamente.
-Encantado. –dijo él.
-Es un placer. –contestó ella, educada y fríamente.
-Él es el prometido de mi hija. –agregó Claudia.
Carolina clavó sus ojos en Ángel. Su sorpresa y desconcierto fueron tan evidentes que él sonrió, para sí. Carolina estaba tan atónita, que no se dio cuenta de que la copa se le resbalaba de las manos. Se le cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos.




Posted on Mar 16, 2005, 7:30 AM
from IP address 201.252.78.58


Respond to this message

Goto Forum Home

Create your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2009 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement