Si tu no estás aqui (Autora: Caris) cap. 54

by Conchi

 
Si tú no estás aquí - Cap. 54

Lo que pasó en el cap. anterior...

Resumen por Caris: Veamos... Valeria y Víctor hablan... y finalmente sale a relucir más o menos lo que pasó...
Celia y Sergio y company salen hacia San Pedro...
Juan tiene una relación... ¿amorosa? con una tal Selene...



CAPÍTULO 54


Sonríe extasiada. La vida es así, maravillosa...Como era entonces... cuándo nada había pasado... Se recuesta cómodamente sobre los almohadones observando la noche estrellada a través de la cristalera de su habitación. Al volver a ver Beldades se dio cuenta de hasta qué punto había echado en falta su hogar. A su familia. Su padre la abrazó emocionado... y eso hizo que se le encogiera el corazón. Siempre era tan pausado y calmado... tan... distante, a veces... que no pensó que la habría echado tanto de menos... Y su abuelo... tan... anciano... ¿Acaso cuándo se marchó a Europa tenía esas arrugas tan marcadas rodeándole los ojos? Y su mirada... ¿era entonces tan... apagada y triste? Frunce el entrecejo. Ambos, su padre y su abuelo, no consideraron oportuno que viera a su abuela esa noche. La tranquilizaron... parece que la crisis había remitido... pero necesitaba descansar explicaron... y ella comprendió. Mañana la vería. ¡Oh, Dios, cómo había echado de menos a su abuela! Aquella que era... que era como su madre... Siempre atenta... siempre dispuesta para ella. Suspira lentamente. Se recuperaba... eso habían dicho y, bueno, ¿por qué dudarlo? Su abuela era fuerte... y no la abandonaría.

Celia y los del Soto llegaron apenas una hora después que ellos. Vinieron directamente a Beldades... para saber de Víctor y ella... Fue un momento embarazoso. Tía Teresa estaba alteradísima y no dejaba de echar nerviosas miradas a su padre... como esperando que de un momento a otro le saltara a la yugular. Y bien,... lo cierto es que a su padre no le había hecho ninguna gracia el asunto... pero, gracias a la intervención de su abuelo, nada había pasado a mayores... Todo se hablaría al día siguiente... Todo se hablaría, por supuesto...

Los del Soto se hospedarían en Beldades de momento. Aunque Neira, la hacienda colindante a Campo Real que había comprado Víctor, estaba en buenísimas condiciones, aún tenían que airearla y contratar al personal adecuado para atenderla. Así que su padre decidió que sería conveniente que se quedaran en su casa hasta que lo tuvieran todo solucionado. Víctor agradeció el gesto pero se fue a casa de su padre. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Se habría acostado ya? ¿Observaría él las mismas estrellas que ella? Sonríe y se encoge, abrazándose las piernas con los brazos. Notaba el corazón acelerado tan solo rememorando cada instante con él en aquella cabaña. Toda la explicación de lo que pasó en La Paz la había dejado... estupefacta. ¡Víctor en la cárcel! Y aquél beso... Suspira. ¡Cuánto tiempo perdido! Se levanta y se dirige al tocador. Se sirve un vaso de agua. Demasiado dolor innecesario. El agua le refresca la garganta. Se sobresalta. Un ruido en el balcón. Intentando apaciguar su corazón deja el vaso con manos temblorosas. Tras lo que pasó hace cinco años cierra concienzudamente las ventanas... los balcones... todo. Se gira lentamente. Mira a su alrededor. Coge la palangana vacía y se acerca al balcón. Observa el panorama a través de la gran rendija que las cortinas dejan al descubierto. Con mano trémula aparta del todo la tela. Nadie. Sonríe nerviosa. Dios. Es tan asustadiza. Tanto. Deja la palangana a un lado y se dispone a volver a la cama. Otro ruido. Se pone rígida y se plantea la posibilidad de avisar a su padre. La rechaza. Esto es una tontería, Valeria. Tú misma has visto que no hay nada... debe... debe de ser el viento... el viento. Pero... ¿¡Qué viento por Dios si hace un tiempo húmedo y caluroso?! Está bien. Se acerca al armario sigilosamente y rebusca hasta encontrar una sombrilla. Intentando controlar su respiración, se aproxima al balcón y abre la puerta. El aire húmedo le refresca la cara. Sale al balconcito y mira a un lado y al otro. ¿Ves? Nadie. Suspira tranquila y vuelve a la habitación dónde alguien la coge de la cintura y la empuja hacia la pared. Ella suelta una carcajada.

-¿Cómo entraste?



************************************



-¿Dónde vas?

Sergio no mira a su prima mientras se acomoda la chaqueta.

-Voy al pueblo.

Carmen sonríe.

-¿Pue...?

-No –ni siquiera le deja acabar la frase.

Ella frunce el entrecejo.

-¿Por qué no?

Él suspira enojado.

-Carmen... no tengo ganas de hablar. Vete a dormir.

Ella se acomoda en la cama. Se estudia las uñas.

-Tenemos un problema, Sergio...

-¿En serio? –comenta él mientras se introduce un fajo de billetes en el bolsillo.

-Sí... Tú estás de mal humor... No lo niegues...

-No lo niego –suelta él, seco.

-Y yo... –hace como si no la hubieran interrumpido –Estoy tremendamente aburrida y necesito compañía...

Él la ignora mientras continua con sus preparativos. Ella frunce los labios y se levanta, poniéndose a su espalda.

-Primito...

-No.

-Pero...
Él se gira y le planta un beso en la mejilla alejándose hacia la puerta.

-¡Sergio! –la premura en su voz hace que él se gire.

-Sé que no estás bien... Yo puedo ayudarte.

Sergio sonríe sarcástico.

-No creo que tú puedas ayudarme, Carmen –se gira y camina hacia la puerta –Cierra la puerta al salir.

Carmen observa cómo su primo sale sin tan siquiera voltearse un segundo y se cruza de brazos. Quizás él piense que ella no entendía. Pero entendía... y muy bien. Ella podía ayudarle... Y por supuesto... podía acompañarle. Al fin y al cabo Víctor no tenía por qué enterarse... y menos su abuelo.

Se dirige alegremente a su habitación mientras mentalmente se plantea cómo llegar al pueblo sin que nadie se de cuenta. Evidentemente utilizará uno de los caballos que han traído... sería quizás de mala educación coger uno de los Romero sin pedir permiso, por supuesto. Rebusca en su equipaje hasta encontrar la camisa roja y los pantalones negros que solía utilizar en España... cuando Sergio estaba dispuesto a llevarla con él. Todo cambió cuándo llegó Víctor, claro. Y quizás cuando sus formas de mujer se hicieron demasiado voluptuosas... Pero ¡Dios! ¡qué bien lo había pasado con Sergio en las fiestas de la Semana Santa española! ¡En las distintas ferias de su Andalucía natal! ¡Cómo se podía disfrutar bailando y conversando con gente que no la trataba diferente por ser quién era! Se viste apresurada. Frente al espejo observa sus llamativos bucles negros azabache. Le caen brillantes por la espalda. Hace un mohín con los labios. Coge una cinta y se hace una cola de caballo. Sonríe y sale de la habitación.



********************************



-¿Cómo entraste? –sonríe y acepta que él comience a besarle el cuello.

-Por la puerta –señala el balcón –debes vigilar mejor tu espalda.

Ella intenta contestar pero se entretiene demasiado en percibir cada beso de él en su cuello y en su escote. Nota un escalofrío en la espina dorsal.

-Sólo vine a desearte lindos sueños –susurra él.

Ella asiente mientras coge aire al notar cómo él baja hasta el nacimiento de sus pechos.

-Y... –al ver que ella no contesta, continúa –A recordarte que te quiero... que no puedo vivir sin ti.

A Valeria se le encoge el corazón y le echa los brazos al cuello, soltando la sombrilla en el proceso.

Pero él se aparta ligeramente y observa con el ceño fruncido la vista desde el balcón. Valeria se gira y entrecierra los ojos. En la lejanía, una figura menuda a caballo.

-¿Qué ocurre?

Los ojos grises de él se entrecierran.

-¿Quién era? –repite Valeria.

Él le rodea la cintura con una mano.

-Alguien que debería estar durmiendo.

Valeria observa el paisaje, pensativa, pero la figura ya desapareció de su vista.

-No entiendo.

Él sonríe y le besa la nariz.

-Me tengo que ir.

Mientras dice esto se agacha ligeramente y la coge en brazos, llevándola a la cama. La acomoda y le acaricia la mejilla.

-Val...

Ella sonríe.

-¿Qué?

-Mañana hablaré con tu padre... pero antes...

Valeria observa esos ojos y suspira. “Antes” lo que él quiera, sin duda.

Víctor saca un estuche de terciopelo rojo del bolsillo.

-Esto es algo que te compré hace mucho tiempo... Mucho. No es muy... ostentoso pero... me gustaría que lo aceptaras.

Abre la cajita. Un fino anillo de oro blanco con un pequeño brillante aparece ante los ojos de Valeria.

-¿Quieres casarte conmigo?

Ella observa el anillo y sonríe. Le echa los brazos al cuello besándole repetidamente las mejillas una y otra vez.

-¡Sí, sí quiero!

Víctor sonríe ante el reguero de besos.

-Guárdalo. Cuando vuelva a la capital te compraré uno como tú te mereces... de diamantes o zafiros o... lo que tú quieras.

Ella niega con la cabeza.

-Este es perfecto.



*******************************



Sergio sonríe tras ganar otra partida de cartas y echa mano de sus ganancias. El local no es de los mejores dónde ha estado... pero parece que el pueblo no tiene nada mejor. Se acomoda en su silla y observa a sus contrincantes mientras se bebe todo el contenido de su vaso de golpe.

-¿Otra, señores?

-Por supuesto –comenta el notario del pueblo –¡Nos tiene que permitir recuperar al menos una parte de lo que llevamos perdido! –comenta demasiado alegre.

Sergio eleva una ceja y sonríe, permisivamente. Hay quiénes no saben cuándo retirarse a tiempo y este debe ser el caso de estos tipos. Eleva los hombros en un gesto de indiferencia y cede el taco de cartas al contrincante de su derecha.

-Reparta, entonces.

Una muchacha con una vaporosa falda verde se le acerca insinuante pero él la desecha con una sonrisa de disculpa. Verde. Como sus ojos... ¡Dios! ¡Parece embrujado! ¿Desde cuándo una mujer le altera hasta este punto? Suspira enojado e intenta centrarse en el juego. Si al menos no fuera tan... tan... ¡Maldición! ¡Le trastoca sus sueños, sus pensamientos! ¿Cuándo permitió que ella tuviera tanto poder sobre su subconsciente? Apenas es... ¡¡una niña!! Una niña enamorada de un sueño de infancia... o, quizás no. ¿Qué sabe él si nunca ha estado enamorado? Quizás hay quiénes pueden enamorarse de jóvenes... y mantener ese amor toda la vida... ¿es el caso de ella? Qué rabia le da que sueñe con alguien que nunca le dará lo que merece. Qué coraje que desperdicie su vida pensando en alguien que no la corresponderá... En cambio él estaría dispuesto a... ¡No!

Se levanta bruscamente de la mesa. La silla cae hacia atrás debido al impacto. Respira alterado.

-Señores... disculpen pero... Me tengo que ir –empuja todas sus ganancias al centro de la mesa cediéndoselas y recoge la chaqueta negra del suelo, colocando la silla al tiempo –Repartan mis ganancias. Buenas noches.

¡Maldita ella por haberse adentrado en su alma... y maldito él por dejar que esa mujer interfiera en su vida!

Se dirige hacia la puerta cuándo observa, de reojo, el revoloteo de alguien vestido de rojo y negro. Se para y observa, con el ceño fruncido.



**********************



Carmen entra resuelta en la taberna. Es la única que ha encontrado tras un vistazo a todo el pueblo. Un pueblo sumamente pequeño, por cierto. Entrecierra sus ojos negros y observa el interior. Mucho humo... Mucho ruido.. Muchos hombres... Es cuestión de encontrar a Sergio y, una vez la vea aquí, ya no podrá decir nada. Podrá jugar alguna partida a las cartas. Se le da bien y la divierte. Se adentra entre las mesas e ignora los comentarios obscenos de algunos borrachos y no tan borrachos del local. Eleva el mentón y sigue adelante. Pasea entre las mesas buscando a su primo hasta que se encuentra con unas piernas que le entorpecen el paso. Carraspea.

-Disculpe.

El la ignora observando detenidamente algo que tiene en la mesa. Carmen entrecierra sus ojos negros. No soporta la mala educación.

-Disculpe, caballero –grita más alto -¿Me permite, por favor?

Él levanta la mirada de un mapa que estaba estudiando y la mira fijamente. Carmen retrocede un paso ¿Es posible ese verde en los ojos de alguien? ¿No es demasiado profundo... enigmático... precioso... para que pueda disfrutarlos un hombre?

-¿Disculpe, caballero? –el hombre eleva una ceja, sarcástico, y sonríe irónicamente, mientras se recuesta resueltamente en su silla. A su alrededor algunos hombres sueltan una carcajada ante la frase remilgada de ella.

Carmen eleva el mentón ante la burla y fija su negra mirada en la de él, altanera.

-En mi tierra la buena educación es una cualidad, señor, y no una ofensa –recalca la palabra “señor” con sarcasmo.

Él se acomoda más en su silla y vuelve a poner sus piernas en el pasillo interfiriendo el paso de ella justo cuándo intentaba volver a pasar.

-¿En serio? –su voz es suavemente zalamera –Ya veo... Tenemos a una española –ella da un paso atrás cuándo él se levanta y se le planta en frente –que disfruta yendo a las tabernas dónde ni hay caballeros... ni hay damas.

Ella abre la boca, ofendida. Sus ojos negros resplandecen por la rabia.

-Si yo fuera un hombre no se atrevería a...

Él eleva ambas cejas y sonríe.

-A... –le anima a continuar.

-A ser tan tremendamente maleducado y sugerir... lo que ha sugerido, “señor”... y ahora... –respira alterada – ¡me voy! Su presencia... ¡me incomoda! –Se gira y se da la vuelta.

El hombre la coge ágilmente por el brazo y la hace volverse.

Carmen, debido al impulso, se da de bruces contra el pecho de él. Se aparta malhumorada.

-Es usted un... un...

Él eleva una ceja.

-Veo que no encuentras palabras para describirme –sonríe –En cambio... a mi se me ocurren varias para describirte a ti –se acerca insinuante, fijando su mirada verde en la voluptuosa boca de ella.

Carmen observa a ese hombre... tan tremendamente guapo... y... enigmático y... ¡maleducado! Le da una bofetada.

-¿¡Cómo se atreve?! ¡No me tutee!

Él se acaricia suavemente la mejilla pero no desaparece la sonrisa de su boca... ni el humor de sus verdes ojos.

-¡Qué carácter! –los hombres a su alrededor sueltan una carcajada al ver a su capitán en un aprieto con una mujer.

-¡Capitán! ¡Parece que esta no caerá rendida a tus pies!

- Ya basta –una voz seca se interpone sobre las risas y todos se giran hacia el hombre que se ha acercado. Carmen sonríe feliz. –Ven aquí, Carmen.

-Sergio –susurra ella y se acerca rápidamente a su lado.

El capitán mira al hombre que está de pie, perforándole con su mirada verde.

-Las manos quietas, pirata, y la mirada alejada de ella –la voz de Sergio es helada y sus ojos negros desprenden una predisposición a aclarárselo si no lo entiende.

El hombre entrecierra los ojos y se yergue tan alto es. Da un paso hacia el extraño que se atreve a hablarle de ese modo.

-Mucho cuidado con tu tono, español.

Sergio le mide con la mirada.

-No –sus ojos negros se estrechan en una fina línea –Ten tú mucho cuidado con dónde pones tu sucia mirada.

Carmen nota cómo el ambiente se caldea. Es como si los dos hombres hubieran olvidado la presencia de gente a su alrededor... ¡¡y de ella!! Además... la mirada del presuntuoso ese puede ser muchas cosas... pero sucia... pues cómo que no. Quizás arrogante...intrigante,... quizás también llamativa, escrutadora... pero sucia no... Claro que eso no se lo dirá a su primo, por supuesto.

-Vámonos, Sergio... No vale la pena discutir con este... cretino –mientras dice esto elude la mirada del hombre y se oculta tras la amplia espalda de su primo. Le coge del brazo, desde atrás –Venga, vámonos.

-Sí, español, mejor vete –el capitán se sienta despreocupadamente en su silla, colocando las piernas sobre la mesa –Ni tiempo tengo de preocuparme de un señoritingo español y de su –fija su mirada en la muchacha, medio oculta tras su defensor. Una nota de humor y picardía brilla en sus ojos verdes –amiguita remilgada...

Carmen abre la boca enojada ante la insinuación. El rubor tiñe toda su tez y aprieta los puños.

-¡Lo mato!

Sergio la coge suavemente del brazo y evita su avance. Su negra mirada, magníficamente brillante pese a su color, se fija en el otro hombre.

-Salgamos fuera.






Posted on Mar 28, 2005, 7:51 AM
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