Tras la estrepitosa tormenta caída en la intempestiva noche, se hacía difícil el creer que el amanecer trajera bajo el brazo y tras de sí un día tan deliciosamente apacible, cálido y placentero. Fijó su mirada en el exterior, a través del cristal de la ventana de su habitación. El sol brillaba, todavía con la debilidad propia de la temprana hora del día en la que se encontraba mientras el cielo se presentaba, intensamente, azul y sus manos parecían ofrecer en bandeja un día sereno y confortable, aunque eso no era del todo extraño teniendo en cuenta que el verano había emprendido su camino y, allí, en San Pedro, parecía que la escasez de humedad era notable la mayor parte de los días del año. Con sus manos desplazó la madera que enmarcaba el vidrio de la ventana. Aspiró la marina y, todavía, fresca brisa que con suavidad acariciaba su rostro. Invitaba a llenarse de ella, a saciarse de su salada fragancia…de su dadivosa salubridad y, así, lo hizo. Desde allí no llegaba a divisar el mar a pesar de que la distancia que lo separaba de él era escasa porque el hotel donde se alojaba no se encontraba a pie de playa. Miró, distraídamente, a su alrededor. La ausencia de lujo era suplida por limpieza y pulcritud. Una cama, una mesilla de luz, un sencillo tocador y poco más. Y es que ella no necesita más que eso, lo importante se encontraba fuera, tras los muros de aquellas cuatro paredes…respirar, oler…sentir México. Sonrío cansinamente y, a la vez, una mueca de decepción se dibujó en su débil sonrisa. Ya casi no quedaba tiempo…unos días más y…su aventura llegaría a su fin. El despertar llegaría salvajemente, masacrando el deseo de conocer aquel país, aquellas tierras, aquella otra vida…todo aquello que divisaban sus pensamientos en la lejanía, en el imposible… y pondría punto y final a aquel maravilloso sueño, un sueño que había llegado a su vida sin buscarlo, sin, ni siquiera, proponérselo…un sueño que le había permitido vivir ese otro sueño, aquel que durante años había crecido en su mente y en su corazón…conocer aquella tierra.
Todo terminaría…todo lo dejaría atrás…Volvería…volvería a su país, a su pequeño pueblo, a su soledad…a su vida anodina y vulgar, a esa árida de alicientes, de futuro pero, al fin al cabo, su vida, la única que tenía, la que le había tocado vivir…su única y valiosa posesión aunque…tan vacía…tan, sumamente, vacía…
“¡¡Basta ya!!” se dijo mientras el espejo le devolvía su rostro débilmente desencajado “¡Basta ya de lamentaciones!” Todavía restaban unos días…unos días… unos días hasta que las campanadas del reloj la devolviesen a su realidad…unos días…hasta que su carroza se convirtiese, de nuevo, en calabaza y su hermoso castillo se esfumara convirtiéndose en su humilde casa.
Una ducha la devolvió a su lugar. El agua resbalaba por su cuerpo regalándole aplomo y frescura a la vez que de rebote su mente recogiese las migajas de aquel frescor que no dejaba de saborear. El goce que le proporcionaba su contacto relajó sus músculos y despertó sus ansias. Se vistió con un pantalón blanco y un fino jersey rosa pálido, lo más cómodo y fresco que halló en su limitado guardarropa, calzó unas sandalias planas y salió a la calle. Tomaría un café en alguna terraza típica y caminaría… caminaría de una punta a otra…estudiando cada rincón, cada recóndito lugar tratando de plasmarlo, indefinidamente, en su memoria para rememorarlo en los largos y tediosos días que le esperaban en su país.
De todas formas había que admitir que San Pedro no era, excesivamente, grande, más bien se trataba de un pueblo pequeño, de afanosos pescadores, de casa típicas, de encantadores mercadillos...de un lugar del que emanaba una magia especial que le parecía haber vivido allí toda la vida. Era coqueto, tranquilo, cómodo y, sobre todo, cálido, muy diferente a su tierra. Salía al exterior por la puerta de su modesto hotel. Justo al frente se erguía el más lujoso del pueblo eclipsándolo todo con su lujosa fachada, su majestuosidad y grandeza. Este sí que tenía la playa a sus pies a la vez que un pequeño puerto deportivo donde fastuosos yates y hermosos barcos de vela aguardaban anclados la llegada de la temporada alta, donde sus ostentosos dueños inundaban San Pedro para deleitarse surcando con ellos aquel mar de aguas mansas y claras. Era el único atisbo de que, en poco tiempo, las garras del turismo y la especulación se adueñarían del lugar
Deambuló de un lugar a otro durante todo el transcurrir del día. El calor se hacía casi insoportable bajo el plomizo sol cuyos rayos caían mortalmente sobre el pueblo y atizando su cuerpo, parecían simular al mismísimo fuego. Buscó, inconscientemente, el frescor del mar, sin embargo la suave brisa proveniente de él resultaba insuficiente para calmar aquel insoportable sofoco. Mojó sus ávidos labios, saciándolos con la humedad proporcionada por el agua de una pequeña fuente apostada en el centro del paseo que bordeaba el puerto, una pequeña fuente cuya sirena labrada en forja la miraba con una sonrisa dibujada en su boca y hasta podía llegar a imaginarse un simpático guiño en uno de sus pícaros ojos. Sonrió pensando en sus propios pensamientos y hasta donde podía llegar la imaginación humana.
Se acomodó sobre la tibia madera de un sencillo banco situado a pocos metros. Tragó saliva. A pesar del calor se encontraba bien. El pueblo, su pintoresco paisaje, su vida…le inyectaba calma y gozaba de esta efímera placidez y felicidad cada segundo que transcurría como la última gota de agua saboreada en labios de un sediento.
Solamente un pequeño detalle llamó poderosamente su atención. Sus ojos se habían fijado en un barco, detectando que no se trataba de un simple barco. Era, francamente, extraordinario. Majestuoso, asombroso en su conjunto, con la originalidad que le regalaba su extravagancia, su primitivismo…y por ser diferente a todos los demás, no se hacía indiferente a las miradas. Era antiguo, sumamente antiguo, aunque podía intuirse que se encontraba en perfectas condiciones, una situación achacada a un cuidado esmerado que presuponía y reflejado en su magnífica presentación. Perfectamente pintado, parecía una autentica reliquia, digna del más grande de los museos. Podría ser, sin temer a caer en la exageración, más o menos de principios de siglo. Impresionaría al más indiferente por lo sugestivo e impresionante y tenía que reconocer que a ella la tenía del todo fascinada. Nunca había visto nada parecido a no ser en libros o fotografías y se juró a si misma que no se marcharía de aquel lugar sin conocer la verdadera historia de aquel navío.
Por un momento lo aparcó de su mente permitiendo que su mirada se perdiese en el infinito del horizonte, en su cercana lejanía…miraba, de un extremo a otro, sin prestar atención, perdida, ensimismada a la vez, en sus propias cavilaciones en las cuales tenían la máxima cabida todo lo acontecido en el cementerio la tarde anterior.
Como si sus pensamientos se transformaran en un extraño y poderoso imán, como si de un presagio se tratase o, simplemente, una jugada del destino, una figura se dibujó en el puerto. Lo reconoció al instante…Era él…no cabía la duda…era el hombre del cementerio. Juan Alcázar parecía caminar hacia uno de los barcos anclados en el puerto. Fijó su mirada en el hombre y, ahora sin la tensión propia del día anterior pudo observarlo con detenimiento, estudiando, minuciosamente, cada gesto, cada parte de su cuerpo. Suponía que pasaba de los treinta años…aunque no demasiado. Era alto, aunque no en demasía, de complexión atlética, fuerte, viril y varonil de la cabeza a los pies. Su porte resultaba distinguido y, a pesar de su vestimenta deportiva, poseía una elegancia innata y extrema…una elegancia que, a su vez, parecía contrastar con algo…algo que no acertaba a definir…quizás…quizás con un cierto aire tan… ¿salvaje? No era de extrañar que se sintiese un tanto…impresionada pues hombres como él no solían abundar en su monótona vida.
Aunque se negase a si misma el hecho de haber pensado más de la cuenta en él, era justo reconocer que, de una forma u otra, la imagen del hombre en el cementerio había calado en ella navegando, de una forma descarada, por su mente. Lo desease o no, ese nombre, ese rostro…esos ojos…se habían convertido en su compañía en sus últimas horas en San Pedro.
Despegó la mirada del cuerpo del hombre y el entorno que le rodeaba se abrió ante ella cobrando así, su justa importancia y comprobando que no se hallaba solo. Dos pequeños corrían hacia él, un niño y una niña. El menor de ellos, de alrededor de cinco años, pronto se vio alzado por los brazos del hombre, a la vez que asía la mano de la niña, algunos años mayor. Todo parecía indicar que se dirigían a aquel extraño barco que tanto le había llamado la atención y que ahora sus ojos lo analizaban con más detenimiento percibiendo detalles que, hasta el momento, le habían pasado desapercibidos como el nombre del barco que ante sus ojos se iluminaba, en este instante y un nuevo estremecimiento la recorrió “¡Santa Mónica!” Ese era su nombre...Santa Mónica…Santa Mónica. Su mente comenzaba a hilvanar, a dejarse llevar por suposiciones, por fantasías o, simplemente, por la realidad, por fantasmas del pasado o quizás…por fantasmas del propio presente.
Pero los crios no era la única compañía de Juan Alcázar. Una silueta femenina los seguía a prudente distancia. Se trataba de una muchacha alta, espigada, rubia platino, muy al estilo Marilyn. Sí, parecía que los seguía a corta distancia. Su esbelta figura era muy moderna y airosa. Vestida con un pantalón blanco, corto que se ajustaba a sus contorneadas e insinuantes caderas y un camisero sin mangas. Era la sofisticación personificada y podría hacer sentir insignificante a cualquier mujer que osara enfrentarla. Unas enormes gafas negras ocultaban sus ojos y su pelo era sujetado a modo de diadema con un pañuelo de color rojo. Parecía una modelo de revista y llamaba, poderosamente, la atención por donde pasaba y, estaba segura que no dejaría indiferente a nadie.
Su mujer…su familia... ¡Claro! No podía ser de otro modo. Pero…no lo había pensado y ahora, al verle…al verlos…no se le hacía extraño...solo lo más normal del mundo. ¿Por qué no? ¿Por qué se había imaginado a aquel hombre solo? ¿Acaso por la sombría expresión de su rostro, por la rudeza de sus gestos o por ese brillo tan extraño que lucían sus ojos?
La mujer se quedó atrás, no subió al barco. Sus manos sujetaban un pequeño cesto donde suponía se encontraría el almuerzo. Miraba, distraídamente, de un lado a otro…y, aunque no se encontraba lo suficientemente cerca, como buena observadora que era, podía adivinar una mueca de disgusto en su rostro.
Su mirada volvió a Juan…A veces su figura la perdía en el barco pero se veía corretear a los niños, curioseando de aquí para allá mientras él parecía guiarlos y mostrarles todo lo que allí había. Ella continuaba saciando su curiosidad. A veces se sentía como una ladrona robando esos momentos íntimos en la vida de una familia pero…no lo podía evitar…no lo podía hacer por menos…sobre todo al sentirse protegida por la ignorancia de su presencia de aquellos que podían considerarla una intrusa.
Quince minutos más tarde bajaron del barco. Una sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer pero ella no la vio ni sintió como verdadera. Era obvio que estaba fingiendo, hasta un ciego se percataría del detalle. Ahora montaban en un yate anclado justo a la par del barco. Subieron los cuatro y Juan tomó las riendas de él dispuesto a hacerse a la mar. Se despojó de su camisa y su moreno torso quedó al desnudo, a expensa de los rayos de sol que dibujaban en él un brillo especial. Inconscientemente no podía despegar sus pupilas de su imagen hasta el momento justo en que él alzó su mirada, hacia donde ella se hallaba, encontrándose sus ojos, aquellos ojos que se clavaban en los suyos como si quemasen, como si llamaradas de fuego llamaran a la puerta de sus sentidos y provocando que un fuerte rubor tiñera sus mejillas, que su mirada huyera de inmediato desviándose de la suya…que, a pesar de hacerlo a cualquier punto, seguía percibiendo sus ojos posados en ella…aquellos ojos…tan azules…aquella mirada tan…cautivadora y a su mente arribó el recuerdo del paseo que esta hizo por su cuerpo el día anterior y un escalofrío la recorrió de arriba abajo provocando un gélido temblor a pesar del bochorno existente. Se sentía como un niño al que han descubierto su travesura más retorcida, como al ladrón con las manos en la masa…En aquellos momentos daría lo que fuera por haber podido continuar ignorada, porque la tierra se la hubiese tragado… Ahora…no sabía donde meterse, ni que hacer… Como pudo se levantó, imprimiéndose una serenidad y templanza que no acertaba a comprender de donde la sacaba…se levantó y huyó…huyó de todo aquello que estaba viviendo, huyó de aquella mirada…huyó de él.
Posted on May 1, 2005, 12:06 PM from IP address 62.151.41.26