»»» Si tú no estás aquí (Autora : Caris) Capítulo 56 «««
by silvana
-¡Pero bueno! ¿Dónde guardaste los pantalones,... Duquesa?
Carmen se gira bruscamente y frunce el entrecejo, sobresaltada en un principio. Se queda mirando unos instantes el hombre que tan insolentemente se ha dirigido a ella. Acomoda sus manos en su cintura, en una postura bastante impertinente para una mujer de su categoría. Sonríe mientras sus ojos se iluminan, divertidos.
-No será a usted a quién se lo diga, por supuesto –se apoya resueltamente en una de las columnas del porche y entrecruza los brazos, mirándole directamente –Me sorprende verle aquí... y así.
Juan se acerca a ella y apoya una mano en la misma columna, agachándose lo suficiente para que sus ojos queden a la par, intentando provocarla con su cercanía.
-¿Así cómo?
Ella se zafa de él con gracia y desenvoltura y se coge las manos por detrás de la cintura.
-¿Pues cómo va a ser? Vestido como un... caballero –hace especial hincapié en esta última palabra, irónicamente.
El hombre apoya su espalda en la columna y entrecruza los brazos, sonriendo.
-Veo que te gustó el cambio –comenta vanidoso.
Carmen sonríe sin caer en la trampa.
-No crea. No ha mejorado... en exceso –puntualiza –. Pero... –se lleva un dedo a la sien, como pensando –es interesante observar a un lobo intentado parecer una oveja.
Juan comienza a reír sin intentar ser poco escandaloso.
-¡Bravo por la española! Veo que no te dejas engañar fácilmente por las apariencias.
Ella sonríe y se sienta resueltamente en uno de los amplios sillones.
-Usted no intenta ocultarme lo que es –afirma.
-¿Y qué soy?
Carmen frunce los labios, delicadamente. Juan observa sus oscuros ojos negros y se sorprende pensando que son tremendamente luminosos a pesar de su color. Carraspea y repite la pregunta.
-Dime duquesa, ¿Qué soy?
Ella sonríe y se acomoda en el sillón, mirándole descaradamente.
-Un hombre de... buena cuna... a quién le gusta creer que es libre para hacer a voluntad... cuando la realidad es que no deja de ser uno más de nosotros atado a los mismos convencionalismos y normas morales.
Juan la observa durante unos minutos, finalmente sonríe.
-¿Uno más de nosotros? –repite, irónico.
Ella ladea la cabeza, observándole.
-¿Acaso no es usted de la casa de los Altamira?
Juan frunce el entrecejo.
-Veo que Víctor no dejó nada para la imaginación –sonríe –y creo recordar, también, que el título lo “disfruta” hoy en día un primo tercero de mi madre.
Ella hace un mohín con los labios.
-Suele pasar... su madre, por ser mujer, no tenía opción al título.
-En cambio tu eres Duquesa –puntualiza él, sin ni un asomo de envidia.
-Un privilegio del Rey... mi título no distingue de sexos.
-Ya veo... En cualquier caso, si me lo permites –se acerca a ella –te voy a hacer dos puntualizaciones...
-Creo recordar que ayer le pedí que no me tuteara y...
-La primera –la interrumpe, ignorando su comentario –es que yo no hago distinciones de “cunas”, Duquesa... eso lo dejo para los esnobs aristocráticos de tu clase y –viendo que ella pretende volver a interrumpirle, levanta un dedo, haciéndola callar –la segunda es –la aprisiona contra el sillón colocando sus manos en los reposabrazos –que pongo muy en duda que tú sí te dejes atar por esos convencionalismos o normas morales... –observa la boca bien torneada de ella, fijamente, y baja descaradamente hasta el inicio del escote –Por cierto... debo decirte que las faldas te quedan igual de bien que los pantalones de anoche.
Carmen se sonroja ligeramente, sorprendida al notar que su corazón se ha acelerado fuertemente . Aparta apenas la cara hacia un lado... pero al ver que él no la libera de la prisión de sus brazos y que para levantarse debería tocarlo, vuelve a fijar su mirada directa en la de él, intentando que se de cuenta de la... inconveniencia de la situación. Durante unos momentos no dicen nada... sólo se observan. Finalmente, más nerviosa de lo que le gustaría, Carmen sonríe.
-No pienso responderle a ese beso.
Juan no pierde la vivacidad de su mirada.
-¿Qué beso?
-El que está deseando darme, evidentemente.
Juan sonríe tenuemente, mirándole divertido.
-¿En serio estoy deseando darte un beso?
-Por supuesto, ¿no lo nota?
El hombre frunce ligeramente el entrecejo sin dejar de sonreír.
-Pues... si he de serte sincero no lo sé. ¿Qué se supone que debo notar?
-No me tutee –responde cansina por tener que repetírselo. Se incorpora levemente y fija su oscura mirada en la de él – ¿No sabe qué siente un hombre cuándo desea besar a una mujer? –pregunta extrañada.
Juan se acerca más a su cara, haciendo que ella retroceda de nuevo.
-Sé lo que siente un hombre cuándo quiere besar a una mujer –el tono de su voz hace que la española no dude de esta afirmación –Lo que me sorprende es que una remilgada aristócrata española tenga la osadía de sugerirlo.
Carmen abre mucho los ojos, entre indignada y sorprendida al tiempo.
-¡Oh!
Frunce el entrecejo y Juan la observa cómo si pudiera vislumbrar los engranajes de su preciosa cabeza funcionando en busca de un buen puñado de descalificativos. Pero la muchacha le sorprende sonriendo.
-Lo único que puedo responderle es que se sorprende con demasiada facilidad –resueltamente posa una mano en el brazo de él y le empuja con determinación, levantándose en el acto –Yo de usted averiguaría qué hacer con esta cuestión... hem.. incompleta.
-¿Cuestión incompleta? –pregunta, intrigado.
-Su deseo insatisfecho ¿qué si no?.
-¡Dios! ¡No es posible!
Ella, que estaba ya por salir del porche, se gira curiosa.
-¿Qué, no es posible?
-Que sea tan descaradamente impertinente.
-Sincera.
-¿Sincera?
-No soy impertinente, soy sincera.
La carcajada de él resuena en todo el porche, descarada.
-¡Qué mujer! –Ella sin hacer caso se dirige a la puerta -¡Duquesa! –la frena. Juan sonríe mostrando una inmaculada dentadura blanca. Sus ojos verdes brillantes –Lo cierto es que, seguramente, te habría besado.
Ella eleva apenas una ceja y sonríe.
-Lo sé –sonríe –Ahora póngase a especular sobre la probabilidad de que yo le hubiera correspondido –enarca una ceja, sonriendo –Quizás ya nunca lo sabremos.
Lo último que ve Juan antes de echarse a reír desahogadamente es la recta espalda de ella, aunque su mirada no puede evitar dirigirse a sus caderas y al trasero de la dama, que se le antoja casi perfecto tras haberla visto con aquellos pantalones ceñidos la noche anterior.
-Ya lo creo que lo averiguaré, mi querida duquesa española –susurra para si.
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Valeria entra en la biblioteca y repara en uno de los tomos legales de su padre tirado en el suelo. Lo recoge, extrañada, y observa a su amiga de pie, tras el escritorio, profundamente colorada.
-¿Qué ha pasado?
Celia respira hondo varias veces.
-Es insoportable.
-¿Quién?
Celia se dirige a los sillones dispuestos frente a la chimenea y se sienta, suspirando fuertemente.
-¿Cómo que quién? ¡Él!
Valeria enarca una ceja. En silencio deja el libro en la mesa de nuevo y se acerca a su amiga, sentándose en el sillón de enfrente. La observa detenidamente.
-Estás muy sonrojada
-¡Arg! –aprieta los puños sobre su falda – ¡No-Estoy-Sonrojada! –puntualiza enérgicamente elevando la voz. Suspira intentando apaciguarse –Sólo que me dio el sol al venir.
Valeria enarca las cejas y mira hacia la ventana. Lo cierto es que el tiempo ha mejorado muchísimo pero el sol todavía no despunta y bien se podría decir que quizás tarde en ganarle la batalla a las nubes.
-No me mires así, Val.
La hija del juez Romero Vargas sonríe.
-¿Y cómo se supone que te estoy mirando?
Celia cruza los brazos y frunce los labios, nerviosa.
-Cómo si supieras lo que pasa por mi cabeza.
Valeria no contesta y se observa las uñas, distraídamente. Celia al percibir que su amiga no continuará instigándola, continúa.
-Es insoportable.
-¿Quién es insoportable? –comenta cansina Valeria por segunda vez.
-Él.
-Celia, no vamos a llegar a ninguna parte, en serio –suspira Valeria.
-El endemoniado Sergio de Lacruz, ¿pues quién creías?
-¿En serio? –Valeria la mira, extrañada –Yo lo encuentro encantador.
-¿Encantador? –la voz le sale chillona sin poder evitarlo – ¿Encantador, dices? Es un engreído, un manipulador, un vanidoso y un presuntuoso... es... insoportable –acaba como zanjando la cuestión.
-¿Pero qué ha hecho para que digas todo esto? –Valeria comienza a preocuparse –¿Qué te ha hecho? Acaso... ¿se ha... se ha propasado? –la última pregunta la realiza con cierto miedo femenino por su amiga.
Celia suspira enojada: ¿Que qué me ha hecho...? Bueno, podría empezar comentando que es un descarado que me besó la noche de la cena en casa de Víctor...y que no lo ha vuelto a intentar desde entonces... Podría decirte que debería estar prohibido tener esa mirada que... tanto me perturba y... que no debería oler tan bien, Dios... Podría explicarte que me indigna que ni siquiera haya querido comentar... o repetir... ese beso que me dio... y que es demasiado atractivo para ser un hombre... Podría quejarme porque me fastidia sobre manera que haya inundado mi mente con sus sonrisas irónicas y sus comentarios sarcásticos... Y por último podría decirte que se divierte jugando conmigo porque sabe que él puede tener a cualquiera... ¿y por qué no a mi?¿ Una simple muchacha de pueblo que no pudo ni tan siquiera conseguir el amor de el hombre que siempre deseó? Está jugando conmigo... juega conmigo como si fuera una muñeca... Pero lejos está el día en que yo me someta ante él.
-No, no te preocupes, Val, no se ha... propasado – Aprieta los dientes. Debería resultarme vergonzoso pero... por qué mi pregunta es ¿POR QUÉ NO HA INTENTADO PROPASARSE? –Y no perdamos más tiempo hablando de él, Dios... –se palpa el sobre que lleva en el bolsillo de su falda de montar –He venido hoy tan temprano porque... me urgía darte algo.
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La tarde caía ya plácida sobre los terrenos de Beldades. El día había sido placentero y ameno. Hacía muchísimo tiempo que la casa de los Romero – Mancera no tenía visitas, y la servidumbre iba de un lado al otro tremendamente ajetreada. La señora Amanda, esposa amantísima de Noel Mancera, atajaba problemas con una parsimonia y un saber hacer innatos. Vestida con su fino camisón de algodón blanco y una bata azul cielo, todavía no había reunido las fuerzas para salir de su habitación pero, aún así, disponía del quehacer de los criados, atenta hasta al menor de los detalles. La cena había sido ya elegida y se estaba elaborando según su criterio. Hoy sí bajaría a cenar. No siempre tenían el honor de tener invitados tan ilustres.
-Veamos Teresa... ¿habéis dispuesto el ramo de rosas rojas en la recámara de la señorita Utrera? –sentada ante el tocador estudia con avidez las notas que tiene delante –Que estén recién cortadas, acuérdate –frunce el entrecejo y apoya su barbilla en la mano, pensativa –Dile a Germán que baje a las bodegas y traiga dos... no, tres botellas de coñac español. Dispón una en la habitación del Conde –escribe algo en las hojas –Y recuerda que siempre debe estar bien surtido el mueble bar del Señor Marcelo.
-Sí, señora –la criada, de edad avanzada ya, frunce ligeramente el entrecejo repitiéndose mentalmente todas las indicaciones.
-Recuérdale a Valeria que... –observa a la vieja criada que de repente se ha mordido los labios y parece extremadamente ansiosa –¿Qué tienes, Teresa?
-Señora yo... No quisiera resultar impertinente pero... –carraspea –sabe muy bien que quiero a mi niña Valeria como si fuera propia y... me preguntaba... Bien, corren rumores, ¿sabe? No sé... si creérmelos o no, pero...
Amanda sonríe porque sabe a dónde quiere llegar la vieja criada.
-Teresa, es cierto. Valeria está comprometida con Víctor Cortés del Soto desde esta mañana. ¿Era eso? –lo pregunta pero sabe bien cuál es la respuesta.
Teresa sonríe y suspira, emocionada.
-¡Oh, señora! –se lleva el delantal a los ojos, tapándose toda la cara y llorando emocionada -¡Ay, señora! Llegué a pensar... tras tantos años... que lo que pasó aquella noche... que lo que pasó... había hecho que nuestra niña no quisiera...-se sorbe ruidosamente –no quisiera casarse nunca... Y ella es tan linda... pero me la imaginé sola y triste... porque nuestra Val era tan chistosa y animada... y luego se convirtió en una niña apagada... llorando por los rincones... Yo... yo pensé – vuelve a sorber contra el delantal fuertemente –que aquello... la había trastocado... pero quizás sólo fue la marcha de él...
Amanda se levanta, solicita, y apoya una mano en el hombro de la mujer.
-No llores, Teresa, por Dios.
-Es que... ¡ay, señora! ¡Estoy tan contenta! Por fin se casará nuestra niña... y quizás en poco tiempo tendremos niños de nuevo corriendo por los pasillos y...
La vieja criada vuelve a irrumpir en sollozos y Amanda sonríe emocionada también.
-Sí, es maravilloso el futuro que se nos plantea –suspira –Pero ahora tenemos que prepararlo todo, Teresa, esta noche se dará la noticia... ¿Vinieron ya los mozos que enviaste a casa de los señores Andrés y Juan?
Teresa se seca la cara mojada en lágrimas con el delantal y sonríe.
-Sí, señora. El mozo que envié a Campo Real llegó más temprano... el otro tardó más porque tuvo que llegar hasta San Pedro... pero ya trajeron la confirmación de ambos –sonríe tenuemente –por cierto que el señorito Juan ya está aquí... se pasó para visitar a la niña Valeria.
-Señor Juan ahora, Teresa, no lo olvides –le rectifica.
La criada suelta una risita.
-Ay, señora... tras verle junto a nuestra niña y a Víctor corriendo por todas partes y haciendo trastadas... sólo puedo verle como el niño que siempre fue.
Dolores sonríe también recordando. Suspira, alegre.
-Muy bien –sonríe contenta –Esta será una noche muy especial para mi niña...
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-¿De veras debes irte tan temprano, tía? ¡Apenas estuviste dos días en San Pedro!
Teresa de Almériz y Altamira observa a Celia con extremo cariño.
-Mi niña recuerda que dejé a dos pequeños monstruos en la ciudad... Ya estoy temblando tan sólo al pensar cómo encontraré la casa a mi retorno... –suspira exageradamente con tremenda teatralidad, como queriendo mostrar que ser madre de dos niñas pequeñas implica unos quebraderos de cabeza insuperables.
Andrés sonríe.
-Creo, Teresa, que temes quedarte demasiado tiempo en estos lugares por miedo a que Marcelo te reproche cierto viaje inconveniente de su hija con cierto señor.
Teresa abre la boca y frunce rápidamente el ceño, colorada.
-Eso no es cierto, Andrés.
Dolores sonríe por lo bajo sin poder evitarlo. Finalmente decide que ya es hora de acudir en ayuda de su prima.
-La verdad es que no creo que Teresa pudiera hacer nada... según lo que me explicó Celia. En cualquier caso basta ya de tanta cháchara que llegaremos tarde a la cena en Beldades.
Todos se levantan, dejando a un lado sus copas de oporto o de té. Celia suspira, pálida.
-Oh, mamá... Lo cierto es que tengo un dolor de cabeza que...
Dolores eleva una ceja, malpensada. Esa noche se anunciará el compromiso de Valeria con Víctor, según la nota que recibió de Amanda. No les ha dicho nada a ninguno, ni a Celia ni a Andrés y menos aún a su prima y su marido. Es una noticia que deben dar los Romero. Su mente comienza a cavilar. Imagina que Celia intuye lo que va a pasar... y que no quiere ir por ese motivo. Hace tantos meses que no habla con su hija. La correspondencia entre ellas ha sido habitual... pero en ninguna misiva se ha mencionado el enamoramiento que sintió Celia hace cinco años por Víctor. Sospecha que el amor que su hija decía sentir por él ya no es tal... o al menos eso quiere creer ella. Pero... en cualquier caso Celia debe ir a Beldades esta noche y oír y ver ella misma que ese compromiso es un hecho. Debe ser consciente que cualquier sueño que albergarse en ese aspecto es... eso, un sueño. Quizás no tiene que preocuparse y Celia ya olvidó... pero no dejará este asunto en manos del destino. Celia irá y, si aún suspira por ese hombre... entonces debe ser consciente de que es un imposible. ¡Oh, Dios! ¿Seguirá su niña encaprichada con Víctor? ¿Era aquello que sintió hace tantos años un amor verdadero... o una quimera.... una ilusión? Tanto en un caso como en el otro Dolores daría cualquier cosa por que apareciera el hombre capaz de hacerle olvidar... de hacer que su hija se enamorase de nuevo.
-Cariño... –se acerca a ella, susurrándole –Ya he dispuesto que esta noche, tras la cena, acompañes a tu tía Teresa y a tu tío a casa de la tía Mónica... así mañana por la mañana podrás despedirte de ellos antes de que salgan de nuevo hacia México –le acaricia una mejilla –Es lo menos que puedes hacer tras tantos meses en los que te han acogido como una hija... y todo el cariño que te han dispensado –le besa suavemente la mejilla –Esta noche la pasarás en San Pedro, ¿de acuerdo? Así que ves y ponte bien linda, cariño.
Celia apoya su mano en la de su madre, que descansaba en su mejilla. Cierra los ojos un segundo, como cogiendo fuerzas.
-Mamá... no sé si podré.
Ambas saben que no se refiere a pasar una noche en casa de Juan y Mónica de Alcázar... puesto que lo ha hecho en muchas ocasiones. Tampoco se refiere a despedirse de una persona que le ha prestado todo su cariño durante tantos meses.
-Las tendrás, hija, las tendrás.
Celia suspira y asiente. Se gira y se dirige a su recámara. Si debe enfrentarse al compromiso del hombre que siempre ha amado y de su mejor amiga... lo hará con elegancia y lo mejor acicalada posible.
Y si en el proceso debe enfrentarse a ese diablo de ojos negros... le demostrará que no es una simple muchacha de pueblo... sino toda una mujer dispuesta a no dejarse ignorar.
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Con la pluma en la mano y los folios blancos sobre la mesa desde hace casi ya una hora, suspira nerviosa. Ya está vestida y arreglada para la cena pero aún no llegaron todos los invitados y aunque sabe que debería estar en la biblioteca con los Del Soto, velando por su comodidad, no puede postergar más esto. Coge aire. Tras leer la carta que le trajo Celia se quedó... helada. Parte del día lo ha pasado en su habitación, echada sobre la cama... intentando comprenderlo todo. E intentando percibir un dolor y un rencor... que no encuentra. Ha intentado borrar de su mente tantas veces aquella noche... que ahora intentar recordarla con el fin de conseguir la rabia necesaria... no le sale. Su mente, huidiza, no deja de pensar en preparativos de boda... en sueños cumplidos... y en ese hombre que le robó hace tantos años ya el corazón y el alma. No, no. Vuelve a la carta... Venganzas... muertes... dolor. Buscar en el corazón el rechazo y la incomprensión que él merece. Y sin embargo... ¿cómo sacar tanto odio y amargura de un corazón que rebosa felicidad por su inminente boda con Víctor? El compromiso ya se estableció pero la boda quizás se postergue unos meses. Cierra los ojos y sonríe. Debería volver a México y mirar ya los bocetos para su traje de novia... Guillermo. Suspira fuertemente. ¿Qué esperaba él al darle esta carta? ¿Perdón? Pero... ¿por qué debería perdonarle? ¿Acaso ella tenía alguna culpa por lo que le pasó a su abuelo? Que, por cierto, no era más que un ser inmundo... una persona rastrera y... Pero... al igual que ella no es responsable de los actos de su padre... ¿Acaso Guillermo debe purgar los pecados de su abuelo? Y en cualquier caso... ¿Qué gana ella manteniendo un rencor que, verdaderamente, le es indiferente? ¿Por qué, ahora que es feliz por fin, tiene que recordar todo aquello? ¿Por qué no olvidarlo? ¿Por qué no perdonar y olvidarlo todo?
Moja la pluma en el tintero.
Querido Guillermo,
Apenas hoy leí tu carta, perdona el retraso. Imagino que has esperado esta respuesta durante todos estos días. No sabía qué responderte y sin embargo ahora, mientras escribo, recuerdo aquellos maravillosos días contigo... antes de que pasara todo aquello... antes de aquella noche que tanto ha marcado nuestras vidas. La tuya... y la mía... Recuerdo tus atenciones... tus halagos y cariños...
Valeria suspira y frunce el entrecejo. Sí, le perdonará y pasará hoja a este pasado... abriendo su corazón a un futuro más prometedor... pero quizás... quizás antes debería hablar con su padre. Preguntarle. Que él le explique.
Deja la pluma y se retoca el peinado. Bajaría y hablaría con su padre. Luego vería.
Sale de la habitación cerrando la puerta suavemente.
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Pica suavemente a la puerta y, al no obtener respuesta, la abre suavemente, introduciendo la cabeza y mirando a un lado y al otro. Entra y cierra. Observa el tocador, la cama. Se acerca al vestidor y mira dentro. Nadie. ¿Dónde estará? Se acerca al tocador y observa detenidamente los potecitos que lo inundan. Y las hojas. Estaba escribiendo algo. Sonríe. Coge uno de los potecitos y absorbe el aroma. Lo vuelve a dejar en su sitio. Mira el reloj que hay en la mesita de ella y piensa que será mejor que baje ya antes de que su ausencia sea demasiado evidente. De refilón algo le llama la atención. Querido Guillermo. Frunce el entrecejo y su mirada adquiere una rigidez helada. Coge la hoja y la lee, mientras sus ojos se estrechan y un gris acerado impregna su mirada.
Posted on May 16, 2005, 12:35 PM from IP address 200.114.206.234