Pica suavemente a la puerta y, al no obtener respuesta, la abre lentamente, introduciendo la cabeza y mirando a un lado y al otro. Entra y cierra. Observa el tocador, la cama. Se acerca al vestidor y mira dentro. Nadie. ¿Dónde estará? Se aproxima al tocador y observa detenidamente los potecitos que lo inundan. Y las hojas. Estaba escribiendo algo. Sonríe. Coge uno de los potecitos y absorbe el aroma. Lo vuelve a dejar en su sitio. Mira el reloj que hay en la mesita de ella y piensa que será mejor que baje ya antes de que su ausencia sea demasiado evidente. De refilón algo le llama la atención. Querido Guillermo. Frunce el entrecejo y su mirada adquiere una rigidez helada. Coge la hoja y la lee, mientras sus ojos se estrechan y un gris acerado impregna su mirada.
CAPÍTULO 57
Frialdad. Frialdad. Frialdad. Recuérdalo. Sobre todo... frialdad. Suspira nerviosa, apretando los puños sobre el regazo. Observa la mansión de los Romero que se alza majestuosa delante de ella. Falta poco para que tu sueño quede en nada. Lo sabías pero guardabas una esperanza, ¿verdad? Pero es que Víctor nunca fue para ti, Celia... siempre..., siempre fue de ella... de Valeria. Nunca tuviste ni siquiera una oportunidad... Y aún así la deseabas tanto... ¡tanto! Dentro de ti él era tan tuyo... Sólo tuyo. Soñaste con una vida en común... y formaste tus sueños e ilusiones a su alrededor. Pero en el fondo de tu corazón sabías que nunca se fijaría en ti... Que estaba predestinado a otra persona... Pero, ¿y entonces? ¿A quién estás destinada tú? ¿O te quedarás sola... para siempre?
-... El conde del Soto es un hombre encantador... ¡encantador! Y su sobrina es una preciosidad... tan educada y bella... Y hasta el señor de Lacruz es... misteriosamente atrayente, ¿verdad?
Todos en el carruaje observan a Teresa de Almériz que, desde que salieron de Campo Real, no ha dejado de hacer observaciones sobre todo y sobre todos.
Misteriosamente atrayente. Sí... atrayente. Pero recuerda,... frialdad. Sobre todo no le mires... O al menos... intenta no mirarlo en exceso. Si te descubre haciéndolo sonreirá con ese toque sarcástico tan suyo... y recuerda que eso no te gusta. Ya no deseas que se repita ese beso... No, no lo deseas. Te vas a comportar como una dama... una mujer madura que no necesita de su atención... para nada. Y... en el caso hipotético de que él te vuelva a besar... cosa que tú no ya no deseas fervientemente... pero, en el caso de que intente volver a besarte... pues está bien. No te pongas nerviosa... Y podrías terminar el beso con una frase... ingeniosa... Sí, eso estaría bien. Algo que le de a entender que, bueno, no te impacta su presencia... que es algo común en tu vida que un hombre tan elegante... y seductor... y atractivo... solicite tus... atenciones. ¿Podrías decirle algo cómo: “No está mal... pero se podría mejorar”? Mmm. No sé si será muy creíble. Pero... ¡¡por qué no!! ¿¡Qué sabe él de tu vida anterior!? ¿por qué no has podido tener una experiencia... amplia... en estos asuntos?... Sobre todo recuérdalo... frialdad.
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Amanda observa de reojo a su nieta... que a su vez observa sin ninguna clase de sutileza a su prometido. La sabe nerviosa. ¿Por qué? Sonríe ante un comentario de su esposo y observa la mesa finamente dispuesta. Todos conversan afablemente mientras los platos se van turnando. Observa cómo la buena de Teresa le hace un gesto dando a entender que el postre está preparado. Se fija en los comensales. Marcelo ha dejado ya los cubiertos sobre el plato... y eso supone que ya ha dado por acabado este plato. Amanda levanta ligeramente una mano, haciendo un gesto a la vieja criada que, veloz, comienza a disponer al resto del personal para que recoja platos y sirva los postres.
¿Qué pasa? ¿Qué pasa, Víctor? Tu beso en la mejilla ha sido tan frío... tanto. Y tu mirada... distante y evasiva. ¿Qué pasa? Hoy es la cena de nuestro compromiso... ¿qué tienes? Imposible que te arrepientas tras tus palabras de la otra noche... no puede ser. Pero... ¿y entonces? Estás inquieto... nervioso... pero frío a la vez e indiferente. Intento conversar contigo pero me contestas con monosílabos secos. ¡Dios, qué pasa!
Marcelo se levanta, sonriendo. Carraspea para llamar la atención de sus invitados.
-Amigos míos... Hoy es un día muy especial para mi y para toda mi familia. Hemos querido compartirlo con vosotros... Los amigos deben compartirlo todo... lo bueno y lo malo –sonríe un tanto nervioso por la velocidad de los acontecimientos –Me hace feliz confirmaros lo que, seguramente, algunos ya esperabais... el compromiso de mi hija Valeria con Víctor Cortés del Soto.
Risas y aplausos llenan la habitación. Felicitaciones y sonrisas. Marcelo sonríe y observa a su futuro yerno.
-Víctor, no sé si quieres decir algo...
Víctor, que estaba observando detenidamente su cuchillo, respira hondo. Deja el cubierto sobre la mesa y se levanta, con movimientos ágiles y seguros. Sus ojos plateados refulgen frialdad. Todos le observan.
-Por supuesto. Me gustaría decir algo.
¿Qué sientes, Celia? Tu caballero andante se acaba de prometer con su princesa... y esa no eres tú. Te zarandearía para que te dieras cuenta de la pérdida de tiempo que ha supuesto tu sueño infantil. ¿Cómo puedes haber estado tantos años pendiente de un hombre que nunca mostró el menor interés por ti? Me complace tu lealtad... pero es una lealtad equivocada... Cedida a la persona errónea. Hoy evitas mi mirada... y eso me molesta...
¿Qué tienes Víctor? Pocas veces te he visto con esa mirada... helada. Debería ser el día más feliz de tu vida... y sin embargo se te ve rígido y evasivo... ¿Te habrás arrepentido? No puedes... no puedes no querer a Valeria... ¡¡cinco años has estado deseando este momento!! Pero... ¿y si ya no quieres comprometerte? ¿Fijarás entonces tus ojos en ella? ¿En Celia?
Todos observan a Víctor que ha cogido la copa como si se propusiera hacer un brindis. Durante unos momentos se queda observando el líquido, cómo si dudara sobre lo que debe decir. Finalmente eleva la mirada y la fija directamente en la persona que tiene a su derecha.
-Valeria... –su tono es sorprendentemente suave –Siempre pensé que sería para mi un honor ser tu esposo –La mira de arriba abajo, desde su inmaculado recogido, hasta sus delicadas manos sobre el regazo –Era algo que... estaba fuera de mi alcance. Y, sin embargo, ese fue siempre mi mayor anhelo. Dártelo todo se ha convertido, para mi, en el por qué de mi existencia. No deseo otra cosa que verte... y hacerte feliz.
Algunas de las damas presentes suspiran emocionadas. Valeria en cambio frunce el entrecejo. Mirada fría, palabras heladas. ¿Acaso nadie más ha notado la frialdad de su tono, la rigidez de su mandíbula?
-A cambio, querida mía, –sus ojos se estrechan y su boca adquiere una dureza poco común –sólo te pediré una cosa –Aprieta la copa entre sus dedos –Lealtad –sonríe sarcástico –¿Crees que serás capaz de otorgármela? ¿O es pedirte demasiado?
Pasan unos segundos sin que nadie diga nada. El ambiente en la sala se ha caldeado en pocos segundos y todos miran más o menos sorprendidos a Víctor y a Valeria... pasando la mirada de uno a otro. La tensión entre ambos es evidente.
Valeria estrecha ligeramente sus oscuros ojos marrones. No puede evitar que un nudo en la garganta le evite emitir palabra. No mira a su alrededor... a sabiendas de que todos tienen sus miradas fijas en ellos. Respira hondo, y comienza a notar cómo un enojo poco conocido le sube desde la boca del estómago.
Víctor, rígido aún, sigue mirando a Valeria. Ignorando las miradas curiosas de los demás.
-Querido primo –Carmen sentada a la izquierda de su primo se levanta. Pone una mano en el brazo de él haciendo que este se gire parcialmente hacia ella –Deja que sea yo la primera en felicitarte como Dios manda. Tu felicidad es la mía –y mientras dice esto se pone de puntillas, besando suavemente la mejilla de él. Se gira hacia el resto de comensales que sonríen nerviosos y agradecidos por su intervención –La familia del Soto siente un profundo honor al vincularse con los Romero Vargas.
-El honor es nuestro no lo dude, Excelencia –Marcelo le hace una leve reverencia con la cabeza. Sus ojos aún mantienen la preocupación por la última escena... y se comienza a preguntar si no se equivocó al aceptar ese compromiso.
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En el gran salón de Beldades todos conversan más o menos animadamente. Se han hecho pequeños grupos y los temas de conversación son variados. Nadie comenta ni comentará la escena de la cena... aunque Teresa de Almériz se muere por encontrar a alguien que, como ella, se interese por el bienestar de su pequeña Valeria... tan desamparada y necesitada de apoyo. Pero ninguna de sus contertulias muestra interés... o no creen adecuado comentarlo en ese momento. Y ella se irá a México mañana mismo... ¿Con quién lo comentará si su esposo es claramente contrario a estas... charlas saludables? ¡Ays!
Valeria deja su taza de te y se levanta. Sonríe a Celia, que la mira interrogante, pero la sonrisa no llega a su mirada... y ambas lo saben. Mira a su alrededor y lo ve al fondo, apoyado en la chimenea, conversando con Sergio de Lacruz, seriamente. Suspira hondo y se encamina hacia allí.
Sergio al verla llegar se pone firme. Le sonríe amistosamente.
-Señorita Romero Vargas... Deje que la felicite por su reciente compromiso.
Le coge la mano y se la besa suavemente.
-Gracias, señor.
Valeria carraspea ligeramente y coge aire antes de mirar a su “prometido”.
-¿Podemos hablar un momento?
Sergio hace una ligera reverencia.
-Les dejo. Con permiso.
Valeria ve cómo el español se encamina hacia las cristaleras que dan a los jardines y sale por ellas, y suspira agradecida. Víctor, atento al tono ámbar de su copa de coñac, ni siquiera la mira.
-Víctor.
Finalmente él fija su mirada en Valeria y ella, al observar ese gris tan acerado, piensa que habría sido mejor que siguiera estudiando su copa.
-Tenemos que hablar –repite.
-Sí. Creo que sí tenemos que hablar –comenta mientras deja la copa en la repisa de la chimenea.
Apoya ligeramente su mano en la cintura de Valeria y, con la otra, le muestra el camino hacia la puerta. Ella suspira hondo y se deja guiar por esas manos que hace unas noches lograron ser las más suaves... las más sutiles... pero que ahora... ahora son como garrotes de hierro que la empujan con la autoridad de quién se sabe dueño de la situación.
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Ha salido. Está en los jardines. Y Valeria y Víctor también se van... ¿Adónde? Supongo que a... Se sonroja. Se besarán al abrigo de la oscuridad y... O quizás no. ¿Qué clase de comentario ha sido ese de Víctor en la cena? ¡Cómo nos ha dejado a todos! ¡Nadie sabía qué decir... cómo actuar! Menos mal que ella, la duquesita española, ha sabido reaccionar rápido. Mmm. No se le puede negar que tiene aplomo, la mujer. No mires más las cristaleras. No entra. Está fuera. ¿Qué harás ahora? Nadie se fija en ti. Podrías muy bien levantarte... e ir a tomar un poco el aire. Lo cierto es que aquí hace calor. Y... no sales porque esté él. Quién opine eso es que no sabe de qué habla. Hace calor y punto. Y no te vas a limitar por el hecho de que él esté fuera... Así que...
-¿Dónde vas, Celia, querida? –Amanda le sonríe desde el otro lado del sofá.
Celia se queda rígida, a medio levantar. Se sonroja visiblemente.
-Voy... voy a tomar un poco... el aire. Al jardín. Creo que... hace calor y... había pensado en ir al jardín... y...
Amanda sonríe extrañada.
-Está bien, está bien. Sólo me pregunté si necesitabas algo, nada más. Ve, ve... lo cierto es que sí hace calor aquí dentro.
Celia sonríe, aún más nerviosa si cabe, y se dirige a la puerta de la cristalera que Sergio de Lacruz ha dejado abierta minutos antes.
Carmen observa la retirada de Celia y sonríe, mientras bebe un poco de te. Habría preferido otra cosa... quizás algo un poco más fuerte... pero tal parece que aquí las señoras sólo beben te y más te. Café ocasionalmente. Observa a la mujer salir por la puerta del balcón. No está del todo convencida de que Celia sea la persona adecuada para su primo. Demasiado ingenua... demasiado inocente y crédula... Pero si él la quiere a ella... pues que así sea. Sergio aún no se ha sincerado con ella... pero todo llegará. Siempre pasa. Y por supuesto que contará con todo su apoyo para conseguir lo que desea. Ella adora a su familia. Y es capaz de todo por ellos. Si Celia es la elección de su primo, está bien. Claro que bien podría ser una de tantas aventuras. Pero... ¿siendo una amiga tan querida por Víctor? Sería un suicidio. Y también está el otro. Observa de reojo al pirata. Así lo ha bautizado. ¿Qué otro nombre le podía quedar tan bien? Frunce el entrecejo ligeramente. Él no aceptaría tranquilamente que su prima formara parte de una aventura con un español de paso. Y haría muy bien, por supuesto. Pero... ¿hasta dónde llegaría para evitarlo? Mmm. Todavía no se dio cuenta de la salida de Celia. Curioso, porque lo notó muy... observador en la taberna. Ah, pero aquí se siente tranquilo... ajeno a preocupaciones o a la necesidad de cubrirse las espaldas. Se apoya en el sofá y le observa. Tan atractivo como una mujer. ¡Demasiado atractivo! Pero fuerte y con carácter. Hechicero, sin duda. Debe tener a todas las mujeres de este pueblecito a sus pies. Demasiado mal acostumbrado. Habituado a tenerlo todo... y a todas. Mala combinación. Se parece demasiado a Antonio. Quizás se le debería enseñar que no toda mujer se rinde ante su embrujo. Pero, ¿para qué perder el tiempo? Bueno... sería divertido... Me entretendría los días que me quedan en este pueblecito costero... y le enseñaría que las mujeres no somos objetos de cambio... de quita y pon... Sonríe más ampliamente. Por supuesto el hecho de que sea tan apuesto y sienta ese cosquilleo cuándo está cerca de él... es lo que hace que el juego gane sentido... e intensidad. Y siempre va bien bajar a un hombre del pedestal en el que siempre se creen que viven. Luego volverá a su España. Con el corazón intacto como siempre debió haber estado. No dejará que ningún otro hombre vuelva a tener poder sobre ella... Pero, mientras, el juego será divertido. Y Juan Alcázar aprenderá la lección por él... y por el resto de hombres.
******************
-Entra.
El tono es tan seco que Valeria hace una mueca con los labios, disgustada. Víctor cierra la puerta de la biblioteca tras ella. Observa su espalda y la línea de su cuello y cruza los brazos sobre el pecho, apoyándose en la misma puerta que acaba de cerrar.
Valeria se acerca a la mesa de roble que preside el ventanal, y apoya los dedos en ella, esperando que él comience. Observa la madera... y los libros de leyes que su padre ha debido ojear últimamente. Nada. Suspira, enojada.
-¿Qué te pasa? –suelta finalmente.
-¿A mi? –el tono de él sigue siendo igual de frío –A mi nada, Valeria.
Ella frunce los labios, observándole.
-Está bien. Si no te pasa nada... ¿A qué ha venido esa escena en la cena?
-¿Qué escena?
Valeria suspira más enojada aún. Se acerca unos pasos, las manos en la cintura.
-¿¡Cómo que qué escena!? ¡¡Has sugerido delante de toda mi familia mi incapacidad de mostrarte lealtad!!
Él no dice nada y el silencio inunda la habitación.
-No he sugerido eso. Simplemente te he preguntado si serías capaz de otorgarme tu lealtad... La misma que yo te cedí desde el primer día –especifica. Y ambos saben que se refiere a el primer día de hace más de cinco años.
Ella frunce el entrecejo.
-¿Cómo puedes siquiera preguntarme algo tan evidente?
Él, por fin, se separa de la puerta y se le acerca unos pasos. Una mano extendida hacia ella, cómo queriendo tocarla pero sin acercarse lo suficiente.
-¿Es tan evidente, Valeria?
Ella intenta calmar su respiración cada vez más alterada.
-Me estás insultando, Víctor. Vigila tus palabras.
Él se gira y comienza a pasearse por la habitación. Valeria no le quita la mirada de encima. Espera y espera. Pero él no dirá nada más.
-Si te has arrepentido y ya no quieres casarte conmigo... dilo claramente.
Víctor se detiene de golpe y su espalda adquiere una rigidez visible. Valeria continúa.
-Pero no busques excusas sin sentido... No permitiré que me degrades hasta el punto de ser yo la responsable de tu falta de aquiescencia ante este compromiso.
Víctor se gira y se la queda mirando, tan fría su mirada plateada que Valeria da un paso atrás.
-Yo no he cambiado de opinión, Valeria. Casarme contigo sigue siendo lo que más deseo en este mundo.
Ella suspira aliviada, como si le hubieran quitado un peso de encima. Sonríe tenuemente y da un paso hacia él.
-Entonces...
-Entonces nada. Lo único que no puedo soportar... ni aún viniendo de ti... es la traición.
Valeria le mira sin comprender.
-No te entiendo –extiende una mano hacia él –No te entiendo, Víctor. Si lo que quieres es que te diga que te seré leal... que te seré fiel... pues... sí, lo seré... –habla como quién dice algo evidente para cualquiera –¡¡Cómo no serlo si estoy enamorada de ti!!
Víctor sonríe, irónico.
-¿De veras? Esas palabras no deberían sorprenderme... y sin embargo estoy sorprendido, Valeria –se sienta en uno de los sillones, intentando mostrarse despreocupado, pero lo cierto es que tiene los músculos de los brazos agarrotados y nota la respiración alterada –Siéntate, por favor. Hoy he... “recibido” una carta –le hace una indicación de que se siente frente a él –Y me gustaría compartirla contigo.
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Una ráfaga de viento la azota tan solo salir por la puerta. Mira a un lado y al otro y no lo ve. Se dirige hacia los escalones que llevan al jardín y los baja lentamente pero no se aleja demasiado de ellos antes de que su voz llegue a ella.
-¿Tenías calor... o puedo darme el placer de pensar que buscabas mi presencia?
Celia se gira, bruscamente. No esperaba esta frase. Frialdad, recuerda. Respira hondo antes de hablar.
-Creído y presuntuoso... Empeora por días –murmura como para si pero con la clara intención de que lo escuche. Le mira directamente. Mmmm... qué ojos más atrayentes... y qué brillantes y... ¡Oh, no!... Se pone seria –Tenía calor, por supuesto.
Sergio sonríe tenuemente. Está sentado en uno de los bancos blancos que se desperdigan por todo el jardín de los Romero. En su posición está muy bien colocado para observarla de arriba abajo. Admira su porte y el suave recogido de sus rizos rubios.
-¿Qué miras? –pregunta ella.
-A ti, ¿qué sinó?
-Es de mala educación observar así... a un dama –puntualiza.
Los ojos negros de él refuljan, divertidos.
-¿En serio? –pregunta sarcástico. Pero no deja de mirarla.
Ella encoge los hombros, como si no estuviera dispuesta a darle clases de modales y educación, y se mira las manos. No permitas que sus comentarios irónicos te perturben... Es lo que él espera.
-Estás preciosa con ese vestido verde.
La frase ha sido dicha tan llanamente que Celia abre ligeramente los labios y no puede evitar sonrojarse de placer. Él lo nota y se sonríe. Celia respira hondo y se auto corrige. Nada de suspiros. Muéstrate como una mujer de... de mundo. ¡¡Al fin y al cabo has viajado, ¿no?!!
-No intentes camelarme... No conseguirás nada.
Sergio eleva una ceja.
-¿Y qué se supone que intento conseguir?
Celia le mira directamente.
-Tú ya lo sabes.
Él aguanta una carcajada.
-No, no lo sé.
Ella cruza los brazos sobre el pecho y se gira, enojada.
Vale, no debió decir eso... pero... ¡¡quién puede controlar cada frase de una conversación!! ¡¡Ella no!!
Se pone rígida al notar la presencia de él detrás. Nota cómo Sergio le coge uno de los tirabuzones que le caen del recogido y se lo enrosca en la mano. Frialdad, frialdad. Aguanta la respiración al notar cómo su barbilla roza su hombro y nota cómo él respira hondo, muy cerca... ¡¡demasiado cerca, Dios!!
-¿Qué... qué haces? –¿Es su voz esa vocecilla miedosa?
-Te huelo.
-¿Me hu.. hueles?
-Llevas el perfume más embriagador que nunca he tenido el placer de oler –le susurra al oído.
-Tú... tú también hueles bien –¡Ays! No debió decir eso... pero... bueno, ¿acaso su madre no le dice siempre que corresponda a los halagos... con halagos???!!
Sergio suelta una carcajada.
-Gracias. Nunca me habían dicho eso.
Da un paso hacia adelante... ¡Celia da un paso hacia delante! ¿Qué no ves que está demasiado cerca y así no puedes pensar? ¡Sepárate! ¡Ays! No puedo...no puedo... ¡Dios! ¿son sus labios los que le están besando el hombro... el cuello... la oreja?!!!!! ¡¡Frialdad... frialdad... fri... frial...!!¡¡Oh...!!
Sergio le coge la barbilla desde atrás y, suavemente la lleva a un lado, dejándose más margen de maniobra. Cuello y hombros. Durante toda la cena no ha podido dejar de pensar qué tan suaves serían sus hombros... su cuello... y esa zona de detrás de la oreja... No debería estar haciéndole esto... sino reprocharle el que no le haya apenas prestado atención durante la cena... Riendo y riendo ante cualquier comentario del prepotente de su primo Alcázar...
¿Te tiemblan las piernas? Dios... cómo te caigas no soportarás la vergüenza... Pero es que besa tan bien... ¡Oh, oh! ¿Desde cuándo es tan sensible la zona de detrás de las orejas? Gírate... gírate y al menos aférrate a él... sinó... caerás y... ¡Ay, dios... frialdad!
Posted on Jun 6, 2005, 8:44 AM from IP address 80.58.4.174