Si tu no estás aqui (Autora: Caris) cap. 58

by Conchi

 
CAPÍTULO 58



-¿Una carta?



Valeria se sienta enfrente de Víctor, curiosa. Sigue preocupada por la actitud de él... y molesta, no lo va a negar. Cuando imaginó su cena de compromiso nunca pensó que fuera así. Se vio a si misma deslumbrante de felicidad... y a él, siempre Víctor, orgulloso de ella y mostrando a todos el amor que les unía. Y sin embargo... se encuentra al hombre que ama... frío como un bloque de hielo. Se podría intentar auto engañar y pensar en nervios... estrés... ¡lo que sea! Le ha preguntado si se había arrepentido... y debe admitir que durante esos segundos que él ha tardado en contestar apenas ha respirado... nerviosa... muerta de miedo de que él dijera que sí... que se había arrepentido. Y su respuesta ha sido tan calmante... Se ha sentido aliviada cuándo Víctor ha dicho que no pensaba romper su compromiso.


-¿Qué carta?

-Una carta tuya.

-¿Mía?

Ella se remueve inquieta en el asiento.

-¿Estás nerviosa? –pregunta él, irónico.

Valeria frunce el entrecejo.

-No –eleva la barbilla –¿Por qué debería estarlo? –suspira agitada –Lo que me pone nerviosa es tu... tu pose de juez y verdugo –Harta, harta y más que harta de tanta incertidumbre, se dice a si misma –Es tu mirada la que me pone nerviosa, Víctor, nada más.

Él la mira pero no dice nada. Saca un papel doblado del bolsillo de su chaqueta. Lo alisa con la palma de la mano pero sin desdoblarlo. Duda unos segundos y lo deja en la mesita que tiene a un lado. Cruza las manos y cierra los ojos, pensativo.

Valeria le observa a él y al papel, alternativamente. Se apoya en el respaldo de su sillón y respira lentamente, intentando calmarse.

-¿Qué piensas, Víctor? –susurra.

Él se lleva una mano a los ojos, cómo si se sintiera realmente cansado. Apoya también la cabeza en el respaldo y se mantiene así, con los ojos cerrados. Durante unos minutos no dice nada y el silencio inunda la habitación. Ambos divagan en sus pensamientos, absortos en si mismos.

Un largo suspiro de él hace que Valeria vuelva de nuevo a la pequeña biblioteca de su casa.

-Pienso en la posibilidad de correr otro tupido velo, Valeria. Eso supondría que algo que me ha hecho realmente daño... quedaría atrás –respira hondo y suelta lentamente el aire –Pienso en la posibilidad de continuar mi vida... intentando olvidar...

-¿Olvidar qué? –le interrumpe ella.

-Me pregunto si sería capaz de ignorar esto –continúa él, desechando su interrupción, abstraído en sus propios demonios –Una parte de mi me dice que sí. Que cierre los ojos y continúe hacia delante... Que por ti podría olvidar... Siempre que tú le dejes definitivamente, claro...

-¿Dejar a quién? –Valeria se incorpora ligeramente en el sillón. Siente que la situación se le escapa de las manos, que nada podrá hacer si le deja continuar con esas divagaciones.

-Pero... hay una parte en mi que... tiembla de rabia y desilusión, Valeria –cierra los ojos con fuerza y se lleva una mano a la frente –Una parte de mi no quiere olvidar esto...

-Víctor calla –susurra ella al tiempo que se levanta y cae de rodillas justo frente a él –No sé de qué estás hablando pero... sea lo que sea te hace daño...

Él se incorpora lo suficiente como para quedar enfrente de ella. La mira un segundo y la abraza con fuerza.

-Si no fueras tú... Si no fueras tú... –Suspira –No podría olvidarlo... pero... Valeria temo tanto volver a perderte que...

-No me perderás... Nunca.

-Por ti soy capaz de dejar a un lado el orgullo... de comerme la rabia y la decepción... pero... –se levanta y la aparta tan bruscamente que ella cae ligeramente hacia atrás, sorprendida –¡No debo! ¿Si no puedo confiar en ti... cómo vivir a tu lado? –se separa unos pasos y se queda apoyado en la librería, la cabeza gacha.

Valeria le mira con los ojos abnegados en lágrimas. Dios... qué pasa. No entiendo. Sus ojos se desplazan hacia la mesita. La hoja de papel sigue allí, bien doblada. Con manos temblorosas lo coge y la desdobla.



Querido Guillermo,

Apenas hoy leí tu carta, perdona el retraso. Imagino que has esperado esta respuesta durante todos estos días. No sabía qué responderte y sin embargo ahora, mientras escribo, recuerdo aquellos maravillosos días contigo... antes de que pasara todo aquello... antes de aquella noche que tanto ha marcado nuestras vidas. La tuya... y la mía... Recuerdo tus atenciones... tus halagos y cariños...



-Oh, Dios... –susurra. Arruga el papel entre sus manos y mira la espalda de él. Se levanta y se le acerca por detrás, abrazándolo –Víctor, escúchame...

Pero él la separa, bruscamente.

-No –su mirada le muestra claramente que ya se recuperó del emotivo momento y que ha tomado una decisión –No, esta vez me escuchas tú, Valeria.

Ella da un paso atrás, mirándole fijamente.

-Una vez te dije algo en México, ¿lo recuerdas? Te dije que sería capaz de dártelo todo... de olvidarlo todo... por ti. Pero que acabaría odiándome por ello... por sucumbir... por ceder mi orgullo y dignidad por una persona que –cierra los ojos un segundo –no merece eso... no merece nada.

Valeria abre ligeramente la boca y de ella surge un sonido dolorido.

-Te estás equivocando, Víctor –Sin que pueda evitarlo comienzan a rodar nuevamente lágrimas por sus mejillas –Calla ahora... Me haces daño...

-¿¡Te hago daño!? –se le acerca y la coge por los brazos -¡Te hago daño, dices! ¿Y tú, Valeria? ¿Acaso tú no me haces daño a mi? –la zarandea ligeramente, alterado –Me echaste de tu vida hace cinco años como si fuera un perro... ¿¡Qué crees!? ¡¿Qué disfruté todos estos años de obligado exilio?!

Ella se separa bruscamente de él y da una traspiés hacia atrás, también alterada.

-¿¡Y acaso yo no sufrí?!

Ambos se miran como si fueran animales encerrados que no saben cómo salir de la prisión que supone su jaula.

-Ya vale –eleva una mano para zanjar la discusión –Dejémoslo ahí. No pienso discutir contigo por algo... pasado.

Comienza a acercarse a la puerta.

-¡¿Dónde vas?! –grita ella, asustada.

Él se queda unos segundos con el pomo de la puerta en la mano, pero sin abrirla.

-Tengo... tengo que pensar –cierra los ojos, meditabundo –Mañana regreso a México... necesito... alejarme de ti. No pienso con claridad cuando te tengo cerca –susurra como para si mismo.

Valeria, con los ojos muy abiertos, no puede creerse lo que él está diciendo.

-Víctor si es por esta carta... Escucha yo...

Él abre la puerta, interrumpiéndola.

-Es tuya. Quédatela. Yo ya la leí demasiadas veces. Me la sé de memoria.

Y diciendo esto cierra la puerta y la deja sola.



*****************************



Juan observa detenidamente la estancia. Todo parece tranquilo, sin duda. Entonces... ¿Por qué ese escalofrío? Vuelve la vista hacia su madre, que conversa tranquilamente con Dolores y Amanda. Su padre con su tío Andrés... Noel con Marcelo. Víctor y Valeria han salido hace un rato. Y ya les conviene una conversación, la verdad. Víctor se veía demasiado... nervioso como para que fuera normal en un hombre que se supone se ha comprometido con la mujer de su vida. Y la española junto al resto de los Del Soto. Le ignora desde el sofá increíblemente hermosa con ese vestido burdeos oscuro. Sonríe. No será así por demasiado tiempo, por supuesto. ¿Entonces? Sus ojos verdes se estrechan, inquietos. Celia. ¿Dónde está? Y el cretino del español ese. Observa de nuevo la estancia. No ha salido por la puerta, se habría dado cuenta. Sus ojos se posan en la cristalera abierta. Se dirige hacia allí, con paso ligero. Sale a la balconada y observa los jardines.


-Bien. Supongo que aceptaré un “gracias” por esta vez.

Juan se gira con una sonrisa en la boca. Sus ojos refulgen divertidos.

-¿Gracias? ¿Y qué se supone que debería agradecerte, Duquesa?

Ella sonríe, animada.

-El haberle evitado el esfuerzo de buscarme usted a mi, por supuesto –Sus ojos negros brillantes –Imagínese la de excusas que habría tenido que inventar para buscarme y encontrarme... a solas.

Juan suelta una carcajada y le hace una perfecta reverencia en señal de agradecimiento.

-En ese caso... Mil gracias, Duquesa.

Ella inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera habituada a ello.

-No hay de qué... por esta vez, como ya le dije.

Carmen observa unas sombras por el lado derecho. Se gira hacia la izquierda y comienza a caminar.

-Le permito que me acompañe.

Juan sonríe.

-Qué amable de tu parte.

Carmen sonríe y continúa andando.

-Sé que está buscando a cierta persona... Y estoy convencida de que la encontraremos por este lado.

Juan frunce el entrecejo, mientras se coloca a su lado y se habitúa a los cortos pasos de ella.

-¿A parte de Duquesa eres bruja?

Carmen le mira, enigmática.

-Más bien diría que soy observadora... Pero si creyéndome bruja no va a menospreciar mis aptitudes... pues piense mejor esto último –sonríe –Y vigile bien sus espaldas... Siempre puedo hacer un conjuro que le convierta en lechuza.

Alcázar suelta una carcajada.

-Iré con cuidado, entonces.

Carmen observa dos bifurcaciones. Una hacia la derecha... Cosa que les volvería a llevar hacia el balcón tarde o temprano. Mejor será girar de nuevo a la izquierda y alejarse. Darles tiempo a esos dos de salir airosos... estuvieran haciendo lo que estuvieran haciendo.

-Y dígame ¿A que se dedica?

-Soy pirata.

Ella se para en seco, haciendo que él también se detenga.

-¿Pirata? –repite frunciendo el entrecejo.

-Sí pero –se lleva un dedo a los labios en señal de silencio –No se lo digas a nadie. Es un secreto –le dice guiñándole el ojo.

-Oh –ella intenta evitar echarse a reír poniendo una expresión seria –No se preocupe. Su secreto está a salvo conmigo.

-Estaba convencido de ello.

Continúan caminando en silencio unos minutos. Al llegar a un banco blanco rodeado de rosales ella se detiene y se sienta. Él queda de pie, observándola.

-¿Y usted, Duquesa? ¿A qué se dedica?

La mirada de ella se endurece.

-¿Acaso piensa que por ser mujer le diré algo parecido a –muda su voz, convirtiéndola en una grotesca imitación de una niña mimada –“¡Oh, señor, cómo me pregunta eso! Bordo, voy a misa y obedezco a mi mamá” –Se levanta, ofendida –Fíjese bien, pirata presumido. Soy una mujer con tierras y otras posesiones que usted no puede ni imaginar. Las administro, las cultivo y vendo los excedentes. No se figure ni por un instante que...

-¿Por qué te ofendes? –le corta él, desagradablemente tranquilo, mientras su mirada muestra simplemente curiosidad.

Ella suspira hondo, intentando tranquilizarse.

-No me ofendo.

Él sonríe y a ella le encantaría borrarle esa sonrisa de los labios.

-Sí, te has ofendido. Y me pregunto por qué... si tan sólo te he preguntado algo que minutos antes tú me habías preguntado a mi.

-Tú me lo has preguntado a mi con sorna.

-¿Eso crees? –él frunce el entrecejo –Pues no ha sido mi intención.

-¡Por supuesto que lo ha sido! –se levanta, ofuscada –Me lo ha preguntado cómo cualquier hombre lo pregunta. Con la prepotencia de creer que la mujer sólo nace para servirles y quedarse quietas y calladas.

Juan se pasa la mano por el alborotado cabello, divertido ante el carácter de ella.

-Ves... estás alterada –señaliza.

-¡No estoy alterada! –grita ella.

-Sí, lo estás –contesta él, sereno

Carmen cierra los puños, alterada. Sí, está alterada. Pero por supuesto es muy poco caballeroso por su parte señalarlo. ¡Pero qué se puede esperar de un pirata maleducado! Se gira y vuelve a tomar el camino hacia el balcón. Pero él le coge del brazo y la detiene. Ella observa incrédula la mano de él en su brazo.

-¿Qué hace? ¿¡Cómo se atreve!?

Él suelta una carcajada.

-Mujer, sólo te he tocado un brazo –se acerca insinuante y baja la cabeza hasta que ambas caras están a la par –Me pregunto qué dirías si...

Ella zarandea el brazo con fuerza y se libera. Cruza los brazos sobre el pecho.

-Está bien. Soy una mujer razonable. Pídame disculpas y lo dejaré pasar.

-¿Disculpas? ¿Por qué? –la mirada de él se oscurece visiblemente.

-Está claro: por lograr sacarme de mis casillas.

Él comienza a reírse con tanta fuerza que ella cree que caerá al suelo debido a su exagerada hilaridad. Espera unos segundos a que deje de reír. Un minuto. Dos minutos. Tres minutos. ¿Acaso no dejará de reír nunca?

-Si vas a continuar riendo como un tonto yo...

Carmen observa la cara de él y abre la boca sorprendida cuándo observa cómo Juan se lleva una mano a los ojos para evitar que lágrimas provocadas por la risa escapen de sus ojos. Cierra la boca y oprime los labios en una fina línea, intentando evitar ella también una carcajada. Finalmente, sin poder evitarlo, ríe con él.

-Está bien –eleva una mano para zanjar el asunto, aún sonriéndose –Lo dejaremos en empate. Soy buena perdedora.

Él, que aún intenta acompasar su respiración, suspira divertido.

-Como tú quieras, Duquesa. Si eso te hace feliz.

-Volvamos –ella se gira y comienza a andar –Nos echarán en falta... ¡e imagínese los comentarios!

Él se pone a su lado y la mira, regocijado.

-Está bien pero ¿y el beso?

Ella continúa andando. Sopesa la posibilidad de ignorar el comentario... como haría cualquier dama. Pero una llama irreverente surge de ella.

-¿Qué beso, pirata?

Él sonríe al observar cómo ella entra en el juego.

-El beso del ganador, por supuesto.

-Oh, pero no ha habido ganadores –puntualiza ella, triunfal.

-Te equivocas –se para y la detiene cogiéndole del codo –Ambos somos vencedores –los ojos verdes de él brillantes y divertidos.

Ella sonríe sin poder evitarlo. Inclina la cabeza, sopesando la situación.

-Cierto –frunce los labios, pensativa –¿Qué propone?

Él hace como que medita, también.

-Pues bien... dadas las circunstancias –se lleva una mano a la barbilla, como meditando –que no me negarás son un tanto extraordinarias...

-Cierto, extraordinarias...

-Supongo que como buen caballero que soy –ignora la ceja de ella llamativamente elevada como muestra de incredulidad –Creo que –suaviza la voz y se acerca a ella –es la dama quién elige.

Los oscuros ojos de ella chispean divertidos.

-Oh. Muy caballeroso por su parte.

Se acerca a él, lentamente, hasta que quedan el uno enfrente del otro. Apoya sus manos en los hombros de él y se pone de puntillas. Una sonrisa aparece en sus labios y observa los brillantes ojos verdes que la observan sorprendentemente serios ahora. Acerca los labios a los de él muy lentamente. Apenas queda un suspiro para que se rocen. Un suspiro. Juan se da cuenta de la sonrisa traviesa en los labios de ella justo cuándo ella cambia la dirección y le besa castamente la mejilla.

-Bueno... El beso ya está cobrado, entonces –comenta ella mientras se separa.

Él sonríe tocándose la mejilla. Sus ojos se estrechan, traviesos.

-Sí, supongo que si. Pero –la observa tan sensualmente que ella nota cómo un escalofrío le recorre toda la espina dorsal –Creo que a ambos nos supo a poco, ¿verdad?

Carmen observa la figura de él... las espaldas tan amplias... y el pelo alborotado... y esos ojos... Suspira ligeramente. Sí. Supo a poco. Sonríe mientras toma el camino hacia la terraza.

-Tendremos que volver a jugar, entonces... –se para y se gira, observándole –Y esperemos que la próxima vez el trofeo sea más... suculento.

La carcajada de él le llega en la distancia.



**********************


Lánguidamente se da la vuelta y apoya sus manos en los hombros de él. Levanta la barbilla y deja que un reguero de besos de él inunde su clavícula y su cuello. Los labios de Sergio son tan suaves... y ardientes al tiempo. Nota cómo las rodillas le flaquean y se aferra fuertemente a la chaqueta de él. Oh, Dios... Los labios del español buscan los de ella y Celia no puede evitar suspirar de la emoción. Nota cómo la lengua de él se abre paso entre sus dientes y un escalofrío trémulo le sube por todo el cuerpo. Si pudiera hacer que durase y durase... que esta vez no se separe... Se sorprende al notar la mano de él sobre su pecho. Casi sin darse cuenta nota cómo su espalda se arquea deseando que la mano de él profundice más y...

Le separa bruscamente y se lleva una mano a la boca. Viendo que él iba a comentar algo le tapa la boca también a él. Susurra.

-Hay alguien.

Los ojos verdes de ella se estrechan intentando escuchar.

-Es mi primo... ¡Dios si nos ve aquí!

Los ojos negros de Sergio se estrechan, malhumorados, pero no dice nada.

-Una mujer... –susurra Celia. Presta aún más atención y nota cómo las voces se distancian. Suspira, aliviada –Por qué poco...

Él la separa y da unos pasos hacia atrás.

-Sí, qué suerte, ¿verdad? –comenta irónico.

Celia frunce el entrecejo, extrañada por su tono de voz.

-¿Acaso preferías que...? –no acaba la frase, convencida de la tontería que supone pensar si quiera que él prefiriese que los hubieran sorprendido.

Él deduce la continuación.

-Por supuesto que no –comenta seco –Y ya veo que tú tampoco... por la velocidad en que te has separado.

El tono de su voz, helado, no le gusta un ápice. Se acomoda las ropas y se pone rígida.

-No sé yo si serías lo suficiente caballero para cumplir en ese caso. Quedaría como una mujer... mancillada... de por vida.

Los ojos de él se iluminan, enfurecidos.

-Apenas me conoces para suponer algo así.

Celia le ignora y se dirige a las escaleras.

-En cualquier caso –comenta –No pienso correr ese riesgo.

La risa de él llega a sus oídos y la hace detenerse y girarse.

-Por supuesto sería pedir demasiado por un seco y poco deseable beso –comenta hiriente.

Celia se pone pálida. Por unos segundos no respira. Luego nota cómo el pulso se le acelera y aprieta los puños, sabiéndose sonrojada de la cabeza a los pies.

-Eres un...
Se gira y comienza a alejarse, dignamente. Pero de repente se para y se gira. Eleva la barbilla.

-Ese beso no ha estado mal. Pero es evidente que necesitas mejorar.

Se gira bruscamente y se dirige hacia las cristaleras, no sin antes bautizar al español mentalmente con varios calificativos poco ortodoxos.






Posted on Jun 6, 2005, 8:46 AM
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