Si tu no estás aqui (Autora: Caris) cap. 59

by Conchi

 
Si tu no estás aqui cap. 59


LO QUE PASÓ EN CAPÍTULOS ANTERIORES....


Entre Valeria y Víctor...

-Ya vale –eleva una mano para zanjar la discusión –Dejémoslo ahí. No pienso discutir contigo por algo... pasado.

Comienza a acercarse a la puerta.

-¡¿Dónde vas?! –grita ella, asustada.

Él se queda unos segundos con el pomo de la puerta en la mano, pero sin abrirla.

-Tengo... tengo que pensar –cierra los ojos, meditabundo –Mañana regreso a México... necesito... alejarme de ti. No pienso con claridad cuando te tengo cerca –susurra como para si mismo.

Valeria, con los ojos muy abiertos, no puede creerse lo que él está diciendo.

-Víctor si es por esta carta... Escucha yo...

Él abre la puerta, interrumpiéndola.

-Es tuya. Quédatela. Yo ya la leí demasiadas veces. Me la sé de memoria.

Y diciendo esto cierra la puerta y la deja sola.



Entre Carmen y Juan....


-Bueno... El beso ya está cobrado, entonces –comenta ella mientras se separa.

Él sonríe tocándose la mejilla. Sus ojos se estrechan, traviesos.

-Sí, supongo que si. Pero –la observa tan sensualmente que ella nota cómo un escalofrío le recorre toda la espina dorsal –Creo que a ambos nos supo a poco, ¿verdad?

Carmen observa la figura de él... las espaldas tan amplias... y el pelo alborotado... y esos ojos... Suspira ligeramente. Sí. Supo a poco. Sonríe mientras toma el camino hacia la terraza.

-Tendremos que volver a jugar, entonces... –se para y se gira, observándole –Y esperemos que la próxima vez el trofeo sea más... suculento.

La carcajada de él le llega en la distancia.


Entre Celia y Sergio....


-No sé yo si serías lo suficiente caballero para cumplir en ese caso. Quedaría como una mujer... mancillada... de por vida.

Los ojos de él se iluminan, enfurecidos.

-Apenas me conoces para suponer algo así.

Celia le ignora y se dirige a las escaleras.

-En cualquier caso –comenta –No pienso correr ese riesgo.

La risa de él llega a sus oídos y la hace detenerse y girarse.

-Por supuesto sería pedir demasiado por un seco y poco deseable beso –comenta hiriente.

Celia se pone pálida. Por unos segundos no respira. Luego nota cómo el pulso se le acelera y aprieta los puños, sabiéndose sonrojada de la cabeza a los pies.

-Eres un...

Se gira y comienza a alejarse, dignamente. Pero de repente se para y vuelve a voltearse. Eleva la barbilla.

-Ese beso no ha estado mal. Pero es evidente que necesitas mejorar.











CAPÍTULO 59




-Señor, menos mal que ya llegó.

Juan Alcázar y Altamira observa a Sebastián que se acerca corriendo desde la otra punta de la Palapa, la que otrora fue el refugio lindante al mar de su padre. Comienza a quitarse la chaqueta y los gemelos que adornan los puños de su camisa.

-¿Qué ocurre, Sebastián?

-Señor, llegó una muchacha con una carta para usted.

Juan tira la chaqueta sobre uno de los sillones y se desabrocha la camisa. Se acerca a la baranda con vistas al mar y observa la luna mientras a su mente llega también la imagen de una española con demasiado carácter.

-¿Y?

-Trajo una carta –repite como si su señor no le hubiera entendido.

Juan se apoya en la baranda y cruza los brazos en el pecho. Sonríe.

-¿Y? –vuelve a repetir.

-Que no me la quiso dar.

El hombre frunce el entrecejo ante la contestación del chico.

-Está esperando fuera porque dice que su señora la regañará si no le da la carta personalmente.

Juan chasquea la lengua, deduciendo de parte de quién viene la muchacha.

-Está bien, hazla pasar.

El chico corre hacia la puerta y le hace un gesto con la mano a una muchacha cómodamente sentada en una silla.

-Entra.

La chica se acerca veloz a Juan y le entrega un sobre. Él no lo abre. La observa durante unos segundos.

-¿Cómo te llamas?

-Rosaura, capitán.

-¿Rosaura se te pidió que esperaras contestación?

-Pues... no, señor. Pero supongo que mi señora...

Juan eleva una mano y la doncella calla.

-Está bien. Puedes irte. Dile a tu señora que recibí personalmente su mensaje.

Rosaura duda un segundo, mirándose los pies.

-Pero... señor... ¿no quiere leer la carta? –más nerviosa aún, eleva un poco la voz –Quizás mi señora espera contestación y se enfurecerá si llego sin nada...

Juan suspira, levemente enojado. Abre la carta con poco cuidado. Tampoco es su intención que la moza tenga problemas con su señora. Lee veloz las pocas líneas del mensaje.

-No.

-¿No, señor? –responde la muchacha.

-Esa es la contestación para tu señora. No.

-Es... está bien, señor.

-Ahora vuelve a casa... Es tarde. Sebastián te acompañará.

Antes de que los dos jóvenes salgan de la Palapa él ya se ha girado hacia la espléndida vista que se le ofrece, apretando fuertemente el papel entre sus dedos.




**********************************




-¡¿No?! ¡¿Qué quieres decir con no, insensata?! –el rugido de la mujer surge agudo de su garganta. Su melena rubia cae ondeante en su espalda y sus ojos azules refulgen brillantes de ira.

Rosaura se sorprende ligeramente ante tremendo chillido por parte de su señora, pero es tal la furia de su patrona que decide alejarse lo antes posible por miedo de ser tomada como chivo expiatorio de esa locura desbocada que la respuesta del capitán ha provocado en su señora.

Selene mira a su alrededor, totalmente ajena a su doncella. Aprieta los puños y cierra la boca rudamente. Su mirada recae en el espejo de cuerpo entero que tiene enfrente. Le muestra una mujer deseable... muy deseable... ¡¡condenadamente deseable!! ¿Entonces...? ¿Qué le pasa a ese hombre?

El silencio inunda ahora la habitación y Selene se lleva las manos a los oídos. No hay sonido más insoportable que el silencio que conlleva la derrota. Coge un jarrón que tiene en la mesita y lo estrella contra el espejo. Ignora a su doncella que rápidamente se ha santiguado intentando eludir la mala suerte que la sabiduría popular adjudica a tal acto.

-Juan Alcázar... Desgraciado... –la voz surge ahora suave y meditada –Veo que contigo tendré esforzarme... Pero te conseguiré... Aunque caigamos ambos en el proceso.



*****************************



-Querida...

Valeria, sentada a oscuras en la biblioteca, ni siquiera abre los ojos pese a haber oído la puerta al abrirse... y al cerrarse. Quiere estar sola. Sola. ¿Por qué cuándo menos te apetece sentirte rodeada de gente... es cuándo más piensan ellos que necesitas de su apoyo? En realidad no necesita a nadie. A nadie.

Nota la ruda mano de su padre en su mejilla y suspira, aún sin abrir los ojos. Nota cómo el malestar sube desde el estómago hacia la garganta y se esfuerza en no emitir ni un quejido delante de aquél que le dio la vida.

-Mi querida niña... No eres feliz –afirma el juez, apesadumbrado.

Ella abre los ojos y los fija en los de su padre.

-No, papá... Hoy es el día más feliz de mi vida –contesta apenas en un susurro mientras aparta la mirada.

-Mi querida Valeria...

Romero Vargas se sienta en el reposabrazos del sillón y apoya la cabeza de su hija en su regazo, mientras le acaricia el cabello.

-Comienzo a arrepentirme de haberle cedido tu mano, pequeña...

Ella se muerde ligeramente el labio inferior, mientras lucha insistentemente por evitar que las lágrimas le ganen la batalla.

-No. No digas eso, papá –suspira y carraspea intentando evitar que la voz le salga lastimera –Si supieras cuánto he deseado este día... Cuántas veces he soñado con esto... Siempre fue él papá... sólo él. Sólo Víctor.

Marcelo continúa acariciándole la cabellera sin emitir palabra, poco convencido aún. Y así pasan unos minutos, absortos cada cual en sus propios pensamientos.

-Puede que siempre haya sido él, princesa... Pero hay veces que lo que más queremos es lo que menos nos conviene... –le besa cariñosamente la cabellera –Es tarde, Valeria. Deberías ir a descansar.

Ella asiente levemente y se incorpora en el sofá.

Cuando ya está apunto de cruzar la puerta la voz de su padre la detiene.

-Valeria –ella se gira –Princesa... No sé si sabes cuánto te quiero, hija.

Ella sonríe tenuemente.

-Sí lo sé, papá.

Él carraspea, incómodo.

-Lo único que quiero es tu felicidad.

-También lo sé –contesta aún sonriendo pese a que esa sonrisa no llega a su mirada.

-Buenas noches, princesa.

-Buenas noches, papá.



*************************



Baja los tres escalones que separan su balcón de la blanca arena de la playa de San Pedro. Respira hondo, cerrando los ojos. Aspira el aroma del mar... la humedad... Sonríe y camina hacia la playa.

Siempre que se aloja en casa de sus tíos en San Pedro goza del mismo ritual. Su habitación tiene un pequeño balcón que da a la parte de atrás de la casa. Desde allí es relativamente fácil acceder al litoral. Y así, cuándo la noche está ya prendida, y la luna luce brillante en todo lo alto, ella sale... disfruta de sus pies descalzos en la arena... del salitre que aporta la humedad en su piel... del airecillo que corre y refresca su tez en esas horas nocturnas...

Su brillante cabello rubio le cae sensual por la espalda y el viento húmedo hace que el camisón blanco se ciña indomablemente a sus formas curvilíneas de mujer. Ella continúa caminando, libremente. Se siente intensamente turbada y caminar a solas por la playa siempre le ayuda a tranquilizarse. Quizás si sigue caminando... y caminando... y caminando... olvide que él se casará... y que ya no cabrán ni sueños ni esperanzas. Quizás, si sigue caminando y caminando, vencerá el dolor de su pérdida y de su frustración y dejará que el sentimiento de amor hacia su amiga... su hermana... sea más poderoso que la desilusión... y el desengaño. Quizás... si sigue caminando... si sigue caminando olvidará esos ojos... esos ojos grises... esos ojos negros...

Llega al borde mismo de la playa... y observa como las olas vienen y van, sin importarle que sus pies y el borde de su camisón se empapen, refrescándose con la fría agua marítima. Suspira extasiada y sonríe.

Víctor se casa pero ni aún así abandonará nunca su corazón. Nunca. En sus sueños ya se han casado de mil formas distintas, en mil lugares diferentes. Y ahora... ahora... no puede desecharlo sin más... como si nunca hubiera existido. No, no puede. Observa la luna ligeramente oculta tras algunas nubes oscuras. Parecía que el mal tiempo les había abandonado,... pero no. Quizás llueva esta noche también. No será una tormenta como la de los pasados días pero... sí, lloverá. Comienza a andar lentamente. Qué día más largo... tan repleto de sentimientos. Y sensaciones.

Siente la refrescante agua marina en los pies y observa el mar infinito. Tan infinito. Se quita lentamente la bata y la deja caer sobre la arena, adentrándose seguidamente en las movidas aguas. Fría, tan fría... Lo suficientemente fría como para que apague el calor que siente dentro de ella desde ese último beso...




*******************************



“El beso no ha estado mal. Pero es evidente que debes mejorar”


Pequeña descarada. Bebe de golpe lo poco que quedaba en su vaso y observa con una media sonrisa a la mujer de generosísimas curvas que se ha precipitado a volver a llenárselo... Sí, sin duda también se precipitaría a satisfacerle de otras formas. Pero claro... ni es rubia, ni tiene los ojos verdes.

Maldita chiquilla adolescente. Apenas una mujer. Sin experiencia. Sin faltas o manchas, tampoco... Tan pura y dulce... Tan... Tan... Tan endemoniadamente enamorada de otro. Se levanta precipitadamente y agita bruscamente la cabeza, como queriendo quitarse una idea de la cabeza. Deja unas monedas sobre la mesa y se dirige a la puerta, esquivando elegantemente a la moza que ya se le acercaba.

Camina por las estrechas callejuelas de San Pedro. Ni siquiera se va a poner a pensar en ella. No señor. Tampoco recordará lo que le dijo su prima... que ella se hospeda esta noche en la casa de Juan de Alcázar... al lado de la playa. No, no está pensando en ella. No, tampoco está sopesando la posibilidad de acercarse para... para... ¡Dios, para nada! Se apoya contra una pared y se tapa la cara con ambas manos, respirando alterado. Pero ¿Qué le pasa? ¿Qué le ha hecho esta mujer? Nunca creyó estar tan desesperado... desear tanto una mujer... no poder sacarla de su pensamiento... de su cabeza...

Se vuelve a incorporar y echa a andar con paso rápido. No mira hacia dónde le lleva su caminata, sólo quiere alejarse de todo..., del mundo.., de ella... Se quita la chaqueta y se desabrocha los primeros botones de su blanca camisa, remangándose la misma hasta los antebrazos. Al llegar a la playa se quita los zapatos y los calcetines y, llevándolo todo en una mano, se adentra en la esponjosa arena. La brisa le azota ligera y siente cómo, poco a poco, toda la pesadez, toda la amargura que padece en esos momentos, se evapora como por arte de magia... como si nunca hubiera existido... hasta que su mirada topa de con ella.

Inevitablemente ella. ¿O es un espejismo? No. No puede ser un simple sueño. Ni en sus sueños más locos la ha imaginado así... tan sensual y única. Tan... perfecta. Con ese camisón que le ciñe tan indecorosamente todas sus formas... Y su precioso cabello rubio cayéndole a raudales por la espalda... Se quita la bata y la deja sobre la arena... No quiere acercarse más. No se mueve por miedo a que ella perciba su presencia y se evapore... o peor aún, huya de él.

La observa al adentrarse en las abrumadoras y oscuras aguas. Deduce que quiere refrescarse los pies y él está tan extasiado observándola que no puede quitarle los ojos de encima. Su mirada se desliza sobre ella, lentamente, saboreando cada recodo, todos sus gestos y movimientos. Frunce el entrecejo al observar cómo ella no se detiene... y sigue introduciéndose en esas oscuras aguas. Da unos pasos hacia ella, no queriendo precipitarse pero... ¿Acaso la muy loca quiere suicidarse? Comienza a caminar apresuradamente hacia ella sin quitarle los ojos de encima... ¡Sí, la muy chiflada se está adentrando! Suelta la chaqueta y los zapatos y corre hacia ella. No recuerda haber corrido tanto ni tan rápido nunca. No recuerda haber corrido con tanta desesperación. Nunca.

-¡Celia! ¡CELIA!



***************************



Cierra los ojos y respira hondo. El sonido del mar se adentra en ella, tan tranquilizador. No quiere pensar en volver aún a la casa. Todavía no. Aunque si se demora corre el peligro que perciban su falta y salgan a buscarla. Pero es tan reanimador el sonido del mar... y las olas chocando con sus rodillas. Un sonido abrupto se introduce en su mente y abre los ojos, asustada. ¿Qué ha sido? Observa el mar, imperecedero. Vuelve a oír un grito, muy cerca. Se gira justo para observar a un hombre que se le abalanza encima. Ambos caen al agua, aparatosamente. Nota cómo el agua se introduce a través de su boca y de sus fosas nasales. Unos fuertes brazos la alzan del agua y ella se siente agradecida por no seguir tragando agua. Tose aparatosamente y apenas nota cómo la depositan cuidadosamente sobre la arena. Se incorpora un poco, lo bastante para poder coger una gran bocanada de aire, antes de abrir los ojos y toparse... ¡¡con él!!

Él, inevitablemente él. Que la mira con una mezcla de preocupación y rabia, al tiempo.

-¡¡Estás loca, mujer!! ¿¿¡¡CÓMO SE TE OCURRE INTENTAR HACER TREMENDO DISPARATE!!??

Ella abre la boca, asombrada. ¿¿Cómo se atreve el muy cretino a abalanzarse sobre ella, dejarla empapada y medio ahogada... y sugerir que es su culpa?? Aprieta los puños y con toda la dignidad que es capaz de reunir en condiciones tan especiales, clava su mirada en la de él.

-¿Disparate? ¿A qué disparate se refiere, señor? –se aparta un mechón que le cae sobre la frente, empapado –¿Quizás al hecho de disfrutar apaciblemente de un preciosa noche hasta que un energúmeno se abalanzó sobre mi?

Sergio de Lacruz clava su oscura y brillante mirada en ella y la observa sin creérsela del todo aún.

-Entiendo que ahora quieras negar lo evidente pero... lo he visto todo.

Celia se estruja el cabello, intentando enjuagarse el exceso de agua.

-¿Todo? –alza la mirada y la fija en el español. Tan mojado tiene un aspecto tan... irresistible. El pelo le cae brillante y empapado... La camisa se le ciñe al cuerpo, igual que los pantalones. Atractivo. El muy descarado tiene la desfachatez de estar increíblemente atractivo pese a acabar de salir del agua. En cambio ella... ella debe presentar un aspecto lamentable. Carraspea, sonrojada, e intenta incorporarse sin mucho éxito –No sé a qué te refieres –Y más fuerte y presuntuoso de lo que pretendía, añade – ¿Tienes la amabilidad de ayudarme a incorporarme o te vas a quedar mirándome como un pasmarote?

Él le acerca una mano y ella la aferra, confiada, justo cuándo ve el brillo en los ojos de él que la suelta velozmente, sonriendo al ver cómo ella cae de nuevo sobre la arena.

-Ay.

-Te lo mereces por intentar hacer una estupidez semejante.

Celia se muerde el labio inferior y se incorpora torpemente debido a la pesadez de su camisón, ahora empapado de agua.

-Descarado y cretino español... Impertinente... Estúpido... Inepto...

Sergio suspira ruidosamente.

-Ya estamos.

-¿Ya estamos? ¡¿YA ESTAMOS?! Disculpe que no le agradezca el baño nocturno, caballero –hace una remilgada reverencia –Pero resulta que ya me había bañado y no me hacía falta otro chapuzón.

Él la ignora visiblemente y la mira directamente a los ojos, como queriendo adentrarse en ella.

-¿Tan enamorada estás que habrías sido capaz de...? ¿Te habría matado por él?

Celia frunce el entrecejo. ¿Hay dolor en sus palabras? Y... ¿a qué se refiere con que se habría mat...? Abre los ojos desmesuradamente, sorprendida.

-¿Creías que yo... que yo...? –niega con la cabeza –Estás loco –Concluye, girándose y comenzando a alejarse.

Pero la mano de él se cierra sobre su brazo y la hace detenerse.

-Espera.

Celia no se gira para mirarle pero nota cómo el corazón le palpita en el pecho con fuerza. Es evidente que se siente alterada... pero no por la presencia de él, no. Ni por la mano en su brazo. No, tampoco. Sinó... sinó... por todo lo demás... Pero por él no se sentiría así... cómo si le oprimieran el corazón en el pecho... como si le faltara aire en los pulmones... como si quisiera que él se alejara... y no se moviera nunca de su lado... No, no es por él que nota un nudo en la garganta. No es por él.

-No te vayas.

Sergio se sorprende al notar que es él quién está pidiéndole eso. Él, pidiéndole a una mujer que no se aleje de él... que permanezca a su lado. Él, muerto de miedo por la posibilidad de que ella hubiera tenido éxito en su empresa... que hubiera logrado... ¡Oh, Dios! ¡Él, deseando que ella sea feliz y esté a salvo!

La atrae hacia él y la aprieta contra su pecho, fuertemente.

-Lo siento, Celia –la voz del español le llega apenas en un susurro –Desearía tanto que no sufrieras, que esto no te afectara...

Ella aprieta los labios y cierra los ojos. Con la mejilla apoyada en su pecho escucha el potente latido de su corazón. Él le ha dicho que no desea que sufra... ¿Acaso el único que ha percibido su dolor es este español impertinente? Impertinente y tan... tan dulce. Apoya una mano en el pecho de él, junto a su cara, y cierra los ojos. Quizás sea él el único que sabe de la angustia que le acaece hoy... tras la gran noticia. Quizás sea él el único que verdaderamente la entiende. Sin poderlo evitar deja que las lágrimas de la niña que hay dentro de ella surjan, sin intentar detenerlas. La niña que soñó con un príncipe que no era su príncipe... Con un amor... que no era tal amor... Con un sueño que sólo fue eso... un sueño.

La mano de él le acaricia suavemente el mojado cabello y el tiempo pasa pero no se dan cuenta. Sergio suspira imperceptiblemente y nota cómo ella poco a poco se tranquiliza hasta que queda quieta como si fuera una estatua de piedra. Sin poder evitarlo.... sin querer evitarlo, su mano baja por su cabellera... por su cuello... por su espalda... en una sutil pero sugerente caricia. Celia nota un escalofrío que le baja por toda la columna vertebral al paso de los dedos de él. No se mueve por temor de que él se detenga. Se queda quieta, a la expectativa... y deseando... deseando...

La barbilla de Sergio le roza ligeramente la frente y ella respira hondo y alza la barbilla, clavando la mirada en los oscuros ojos de él. Respira hondo y a sus fosas nasales llega el inconfundible olor de él... ¿Huelen así todos los hombres? ¿Tan bien, tan maravillosamente bien? No... sólo él huele así... tan rico que siente unas ganas tremendas de hundir su nariz en su cuello y aspirar fuerte... fuerte... para que ese olor no desaparezca nunca de su olfato... poder siempre acudir a él... cuándo esté sola... cuándo él no esté con ella...

La boca del español se acerca... se acerca... y ella lo desea tanto... tanto... Cuando sus labios se encuentran el suspiro de alivio y placer es mutuo, y Celia alza los brazos y los pasa alrededor del cuello de Sergio, poniéndose de puntillas para acceder mejor a su boca. Y, ese beso, tan deseado por ambos, gana en intensidad... de dulce a ardiente... de tierno a fogoso... Y las manos, exploradoras, acarician su espalda y sus caderas... con autoridad e instinto de posesión... Y ella le rozará al tiempo el pecho con manos temblorosas pero decididas... Cayendo ambos sobre la arena, húmedos pero ardientes, en una pasión que quizás no encontraría límites si no fuera por...

-¡Dios Santo! –la voz femenina les llega alta y clara.



Posted on Aug 1, 2005, 4:52 AM
from IP address 80.58.4.174


Respond to this message

Goto Forum Home

Create your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2010 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement