FLECOS DEL PASADO - CAP.15

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Hola a todos!! Aquí estoy...He estado un poco ausente, bastante ocupada y no me he pasado por aquí lo que hubiese deseado pero, aun así, entraba y leía, aunque fuese una visión rápida, todo lo que habíais escrito en el foro general. Este capítulo ha estado muy acorde con todo lo que fue conmigo esta temporada, es decir, que viene con "retraso". Y es que entre una cosa y otra y, sobre todo, que no me salía ni una palabra no era capaz de terminar ni un párrafo. Así es que tuve que aprovechar un día que estaba un poco más lúcida y lo saqué adelante quizás variando un poco la idea original pero, por lo menos, lo terminé. Espero que os guste. Es mi pequeño y humilde presente de Navidad para todas las seguidoras de Flecos y que forma parte de mi agradecimiento por la acogida y el cariño que siempre me regalais con vuestros comentarios. Nada más...solo desearos una Feliz Navidad y que en el próximo año vuestros deseos lleguen a dejar de ser...eso...deseos y se conviertan en una gran realidad. Un beso.



Flecos del pasado – cap15

Irguió los hombros en un claro intento de ganar algún tipo de confianza que le imprimiese fortaleza. Respiró hondo, llenando de aire los pulmones, de aire fresco como si desease que este la elevase volando hacia su destino, como si quisiese que alimentara unas fuerzas que ya comenzaban a abandonarla por momentos. De soslayo miró a Juan mientras acomodaba el chal de seda rosa pálido que cubría sus hombros a la vez que intentaba disimular un tímido, pero evidente, temblor que bañaba sus manos. El parecía tan relajado…tan en su lugar…con esa tranquilidad tan pasmosa que no hacía más que encender la mecha que prendía sus nervios. Ya estaban allí… Iniciaban el ascenso por la escalinata, un peldaño…otro…uno menos…Antes de llegar a la puerta de entrada, Juan la detuvo y girándose hacia ella tomó con la mano su barbilla elevándola, buscando su mirada e inclinando, a su vez, su cabeza en un intento de reducir distancias entre ellos.

-Ahora una sonrisa en esa preciosa cara y dejarás a todos boquiabiertos.

-No sé…Juan…no sé...Tengo que reconocer que estoy nerviosa y que temo no estar a la altura de las circunstancias.

El esbozó una sonrisa indefinible, cogió su mano de una forma que Alicia solo supo definir como de gran ternura y fue así como entraron en el salón donde se servía el buffet. El cálido contacto de la piel de Juan en su mano la reconfortó durante unos segundos y una breve, pero intensa, sensación de bienestar inundó su cuerpo. No obstante esta fue tan efímera que se esfumó en unos segundos cuando se vio, al fin, inmersa en el escenario, su primer escenario…su estreno teatral Supo al instante que ni ella pertenecía a aquel mundo ni aquel mundo era para ella, quizás por haber vivido durante toda su vida al margen de él o por la incertidumbre que crecía en ella con solo pensar en la forma que debía adoptar para adaptarse a él. Pero…allí estaba…allí debía estar y ya no había marcha hacia atrás. Intentaría dejar a un lado todos sus temores, disfrutar de todo lo que le podía brindar y procuraría aferrarse a su meta, a su objetivo, a su promesa…a la palabra que le había dado a Juan para no ceder a los azotes que le atestaban sus propios temores y la inseguridad en si misma. La fiesta parecía perfecta, nada de multitudes, pero tampoco se podía decir que “en familia”. Los invitados parecían haber sido escogidos cuidadosamente Conforme avanzaban a través del salón podía distinguir la imagen de todas aquellas personas, desconocidas para ella, que se giraban dirigiendo sus miradas hacia ellos dos. Miradas curiosas, inquisidoras, indagadoras, morbosas y fisgonas que parecían estar pendientes de cada uno de sus gestos, de sus palabras, de sus actitudes…y todo mientras el brazo de Juan rodeaba su cintura. Quizás se trataba de un cariñoso gesto de lo más normal en cualquier pareja de recién casados pero ellos no lo eran y Alicia no pudo reprimir un leve y, casi imperceptible respingo, que no paso inadvertido a los ojos de Juan que, lejos de retroceder en sus intenciones, no hizo más que afianzar la mano en su cuerpo acercándolo más al suyo. Sorprendentemente se mantuvo en su lugar y es que tenía que aceptar la anormalidad de la situación y todo lo que ella conllevaba. No obstante tenía que admitir que resultaba muy desconcertante sentir aquel contacto, muy desconcertante aquella sensación de desfallecimiento, muy desconcertante la reacción de su cuerpo ante aquella caricia espontánea pero… a la vez, ficticia.

Sonreía a unos y a otros mientras Juan iba presentándole cada una de las personalidades y autoridades, a cada uno de los invitados que a ellos se acercaban más que con afabilidad, con curiosidad y morbo. El trato con Juan se basaba, fundamentalmente, en mera cortesía, y percibía que no existía una relación cordial ni cálida sino, más bien, distante quizás cortés por exigencias o meras conveniencias. Fue entonces cuando recordó la cena con Bruno Montiel, cuando habían coincidido con Silvia y Juan en el comedor del club. Recordaba como habían vuelto la cabeza todos los comensales cuando estos habían hecho su aparición en el salón, como los murmullos, apenas audibles, se habían hecho notar, como los miraban con reticencia, con cierto menosprecio y altanería y entonces dedujo que Juan Alcázar no debía ser muy bien visto por la clase alta de San Pedro.

-Lo estás haciendo muy bien- le susurró Juan al oído y el cercano contacto de aquel aliento en su piel le provocó un ardiente escalofrío que la instó a poner más distancia entre los dos.

Sin embargo las manos de Juan lo impidieron atrapando su cintura y aproximándola más hacia él.

-Hemos regalado tema de conversación para una buena temporada en San Pedro. Esas cotorras se regocijarán sacándonos la piel a tiras durante algún tiempo.

-No parece que te agrade la amistad con esta gente.

-¿Amistad? Ni yo los soporto ni ellos a mí. Pero financio sus asociaciones benéficas, actos, fiestas…y la mayoría depende de mí en sus negocios. No tienen más remedio que sonreírme aunque sea con desgana. Estúpidos hipócritas… Para ellos no soy más que el nieto de Juan del Diablo pero con un matiz…con un dinero que los obliga a tener que respetarme.

-Y tú… ¿por qué…?

-Alicia…quiera o no tengo que vivir en sociedad para que se me considere…respetable y decente en este nido de víboras.-sonrió irónicamente- Decencia…me río yo de la decencia de todos ellos. ¡Vaya!...mira…han llegado nuestros amigos.

Efectivamente Bruno Montiel y Silvia acababan de hacer aparición en la fiesta. Ella estaba, realmente, espectacular…parecía una estrella de cine y a nadie le pasó desapercibida la entrada de la mujer.

-Sabía que vendrían juntos.

-¿Crees que se unirán en tu contra?

-No lo dudes. Sus intereses son comunes…el acabar conmigo –se volvió hacia ella mirándola profundamente-… pero no lo vamos a permitir ¿verdad?

Y sin más tomó su barbilla rozándola con sus dedos, alzándola suavemente hacia él. Los labios de Juan se posaron en los suyos en un corto pero intenso beso mientras su mano se desplazaba por su cuello acercándola más a él. Fueron segundos…escasos segundos que no le permitieron ningún tipo de reacción. De repente perdió la noción de donde se encontraba, sumergiéndose en un estado de shock por lo sorpresivo de la reacción de Juan, por lo, totalmente, inesperado que había sido…Tan solo podía oír la voz de aquel hombre que parecía lejana…muy lejana…

-Espérame aquí…voy por unas copas… algo fresco… ¿Te apetece?

Ella asintió con la cabeza sin articular palabra y es que…no podía. Tragó saliva intentando deshacer el nudo que parecía encogerle el estómago. ¡Claro que necesitaba beber algo! ¡Claro que sí! ¡Algo…y bien fuerte! Por eso cuando un camarero pasó a su lado con una bandeja extendió la mano y agarró una copa de cocktail mientras le dirigió al hombre una sonrisa nerviosa se agradecimiento. Se acercó a un rincón discreto del salón y su espalda buscó apoyo en la pared. Con la yema de los dedos acarició sus labios…le quemaban…todavía podía sentir la presión de los de Juan sobre los suyos…Un beso…su primer beso… ¡Dios! Siempre se había preguntado cuando sería…donde y con quien…había imaginado pero… ¿Sería siempre de esa manera? El corazón le palpitaba aceleradamente y sintió frío…mucho frío...un frío que le calaba los huesos y que, a la vez, le hervía la sangre. Levantó la copa, la llevó a la boca y la bebió con ansiedad, de un tirón…de un solo golpe. El alcohol quemó su garganta pero aplacó sus nervios, la hizo despertar del estado de obnubilación, consoló su cuerpo aturdido por ímpetu de aquellas recién nacidas sensaciones, súbitamente desatadas ante la insólita reacción de Juan… ¿cómo sacarlas ahora de su vida…cómo sacarlas ahora de su mente?

Retornó al lugar donde Juan la había dejado. Lo buscó con la mirada y vio a Silvia a pocos metros de ella en conversación con un atractivo joven mientras que su mirada parecía estar pendiente de otro lugar. Miró hacia ese lugar y vio a Juan charlando animadamente con una joven, muy guapa, morena, con una belleza moderna y arrogante pero, a la vez, elegante. Se le veía muy distendido con la copa entre los dedos. Parecía que se había olvidado de la suya…

Había quedado tan abatida que casi no podía vencer las dificultades para recobrar la compostura. Todavía respiraba con dificultad y entrecortadamente regida por el palpitar acelerado de su corazón. Siempre había idealizado el momento en que fuese besada por primera vez pero jamás había imaginado que fuese de aquella forma y mucho menos había pensado que tantas contradictorias sensaciones se agolparían dentro de ella. Sentía que la debilidad la inundaba porque se había visto vencida por la situación, que el temor crecía todavía más, temor a sentir lo que ni debía ni le convenía sentir, que la incertidumbre extendía más su manto ante ella…que era incapaz de pensar con la suficiente claridad, con la serenidad necesaria para hacerlo y es que…estaba tan aturdida…tan desconcertada.

Se encaminó hacia el baño. Debía hacer un paréntesis, tomarse unos minutos, retocarse el maquillaje, se suponía pálida y un tanto descompuesta. Juan no debía verla alterada o afectada después de lo ocurrido. Podría sacar conclusiones erróneas…erróneas…sí…erróneas…sí…porque eso serían…erróneas.

El espejo le devolvió su pálida imagen reflejada en él. Percibía su rostro congestionado, hasta quizás sentía un leve mareo, posible efecto de la copa que de un tirón se había bebido. Retocó el color en sus mejillas y su lucha contra aquella acusada palidez comenzó a dar sus resultados. Tan ensimismada se encontraba en su labor y en sus propias cavilaciones que no se apercibió de la entrada de una mujer que la miraba con detenimiento, con mirada felina, con arrogancia suprema y una altanería un tanto ofensiva.

-¿Retocando tu disfraz?

De un salto se volvió y ambas mujeres encontraron sus miradas frente a frente, cara a cara y por unos segundos midieron silenciosamente sus propias fuerzas anunciando un posible combate dialéctico entre ambas.

Alicia no sabía si era producto del efecto del leve mareo que tenía pero no se amilanó ante ella como podía haber imaginado. Le sostuvo la mirada con firmeza, con una confianza inusitada en ella.

-Disculpe…no la entiendo.

-Venga…no te hagas la ingenua. No creo que siquiera tengas un pelo de tonta sino como explicas el hecho de que hace solo un mes fueras un simple y vulgar niñera y ahora te hayas convertido en…la señora de la casa.

-Creo que no tengo el gusto de conocerla…Mi nombre es Alicia…la esposa de Juan Alcázar-dijo con tono de voz calmoso y haciendo caso omiso a sus palabras

-La esposa de Juan Alcázar…la esposa de Juan Alcázar… -repitió en tono burlón-… ¡vaya cuento! Mírame…soy Silvia… y estoy segura de que has oído hablar de mí. Quiero que sepas que no me trago el cuentecito que os traéis Juan y tú con este matrimonio. No soy una niña y los cuentos son para ellos…para los niños.

-Un placer conocerte…al fin…Puedo tutearte… ¿verdad? Al fin y al cabo vamos a tener familia en común. En una cosa tienes razón…Sí…he oído hablar de ti…y puede decirse que dejas…huella por donde pasas.

-Eso es evidente.

-Y con lo que respeta a mi matrimonio…no entiendo tanta incredulidad

-Chica…no hay más que mirarte. Si realmente conocieses a Juan sabrías que no eres el tipo de mujer con la que él está acostumbrado a tratar. Eres simple…Alicia…una mosquita muerta…una insípida mosquita muerta. Por eso nadie se cree este matrimonio ni este inesperado… ¿enamoramiento?

-Te diré una cosa…Silvia. Me tiene sin cuidado si tú o mil como tú cree o no cree en la veracidad de mi matrimonio con Juan, pero una cosa es cierta…le amo y es mi marido y esa es la única verdad y la que, realmente, importa. Tanto tú como los demás podéis pensar lo que os venga en gana pero la que está verdaderamente casada con él, la que es la verdadera señora Alcázar a todos los efectos…soy yo y no tú.

Los ojos enfurecidos de Silvia parecían salírsele de las órbitas y Alicia pensó que aquella mujer no se daría por vencida tan fácilmente, que moriría matando. Una sombría y fría mirada se dibujó en su rostro.

-Sí…puedes amarle…como no…cualquiera puede amar a ese hombre…serías de piedra si fueses indiferente a sus encantos. Pero eso no es suficiente pues serías una ilusa por creer que con darte unos besos en público tienes a Juan Alcázar. El es un hombre…mucho hombre para una mujer como tú y necesita mucho más de lo que tú le puedes ofrecer.

-Y tú lo tienes…claro.

-Quizás sí o no…pero tu maridito puede caer a la primera de cambio…no lo dudes y el matrimonio perfecto se vendría abajo. Sería una pena… ¿no?

Y salió por la puerta. Alicia respiró aliviada pero comenzó a sentir el azote de unas palabras que ella misma había pronunciado “le amo y es mi marido y esa es la única verdad y la que, realmente, importa” ¡Dios mío! ¡Había dicho que le amaba! Había dicho: le amo…le amo…le amo.

Abrió los ojos como una demente, muy abiertos, dilatados y se apoyó en el quicio de la puerta. Tenía los nervios a flor de piel. No quería, no deseaba aquello…quería negarlo una y otra vez…hasta la saciedad. Negarlo y negarlo para que desapareciera. Pero era demasiado tarde…porque era la verdad…era eso…sí…era cierto…lo amaba…amaba a su marido…amaba a Juan Alcázar.

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Volvió al salón unos minutos más tarde, tiempo que había resultado insuficiente para aplacar todo el remolino de sentimientos que se agolpaban en torno a ella. Una rápida mirada a su alrededor la informó que Juan continuaba su animada conversación con aquella mujer morena. Un malestar general la recorrió de arriba abajo. Se encontraba abrumada, sola, perdida en medio de aquellos desconocidos. Todo parecía girar a su alrededor. Intentó escabullirse, escapar de todo aquello por unos minutos, por unos instantes y se encaminó a la puerta que daba acceso a la terraza. Una pequeña dosis de aire fresco aplacaría sus nervios. La terraza, aunque con suficiente amplitud estaba atestada de gente por eso descendió por una pequeña escalinata y se adentró en el corazón del jardín. Avanzó por él, no era demasiado amplio, pero sí bien cuidado y frondoso de árboles, macizos de flores y setos donde todavía había claridad a pesar de que ya era la hora de las primeras estrellas. Se sentó en un banco de piedra bajo el amparo de un gran árbol que por su magnitud supuso milenario. Para cualquier mujer la llegada del amor es un acontecimiento trascendental pero…cuando se encuentra sumida en una situación como la que ella afrontaba podía llegar a ser trágico. Ahora sabía cual era su dolor…sabía que aquella espina que ya inevitablemente se había clavado en su corazón marcaría el devenir de su vida. Ahora sí estaba atrapada en una situación alarmante y letal sin poder salir. Ella y solo ella se había sentenciado a una condena cruel. Se había enamorado del hombre equivocado, el que nunca debiera amar…un hombre con el que solo le unía una relación de…

Percibía como aquella luz tan sorprendente como inesperada había atravesado su vida como una puñalada partiéndola brutalmente en dos, cegándola…paralizando sus sentidos e impidiéndole pensar con la suficiente claridad, con la necesaria cordura y llevándola al límite…al límite de lo racional.

La lógica ilusión que debía haber experimentado propia de aquel recién nacido sentimiento se tornaba en abatimiento y desolación por verse ubicado en aquella insólita situación y por ser quien era la persona a la que había dirigido la mirada su corazón.

No…ya no podía coger el timón del barco de sus sentimientos y navegar a su antojo. Había ya un destino, un lugar donde amarrar anclas, un destino tan incierto como…inalcanzable…tan imposible.

Por eso tenía que acallar, ahogar aquel recién nacido sentimiento impidiéndole crecer o madurar a toda costa y, sobre todo, lo tenía que esconder a los ojos de Juan. El nada debía saber, él nada debía sospechar… ¿qué pensaría de ella? ¿Qué era otra de tantas que caían rendida a sus pies? Otra de tantas…Y entonces ella sufriría todavía más y ese amor sería todo un tormento cada día, cada instante del día.

-Alicia…

Se giró a la dirección de donde provenía la voz. Bruno Montiel estaba ante ella.

-Alicia…todavía no doy crédito. Dímelo tú…dime que no es cierto.

-¿Decirte qué? ¿Lo que tú ya sabes? ¿Qué soy la esposa de Juan Alcázar? Pues sí…te lo digo.

-Estás loca.

-No te digo que no…pero la realidad es innegable por lo que te pediría que no le dieses más vueltas al asunto.

-El conocía mi interés por ti y se metió adrede. Cuando te conocí me gustaste…llegaste a fascinarme pero ahora esa fascinación me resulta fastidiosa. No eres una mujer espectacular y, no obstante…tienes algo. No se que argucias empleó para hacerte caer y tú…

-¿Yo? Yo elegí…Bruno…elegí mi destino.

-No se que pensar de ti…creo que nos has engañado a todos. ¿Buscabas dinero? Yo podría habértelo proporcionado y…sin ataduras…sin compromisos…-se carcajeó-…lo que ocurre es que Juan no es más que un puritano.

-No me insultes…No te permitiré que me trates como una…

-¿Fulana?- la agarró con firmeza por el brazo- Pues eso es lo que creo que eres…una fulana…fina y educada pero, en el fondo…una fulana y yo sé lo que os gusta.

Percibió la fuerte presión de sus dedos en su muñeca. La había cogido veloz y violento con aquella mano que le pareció dura como una garra. Sintió pavor. Parecía que la otra cara de Bruno Montiel salía a flote. La locura a la que tantas veces había hecho alusión en la figura de Juan parecía aflorar ahora de su interior. Era como si le encendiese el hecho de que ahora perteneciese, plenamente al feudo de Juan Alcázar. Intentó zafarse como pudo. Forcejeó como pudo pero no podía…

-¡Suéltame! ¿Con qué derecho…?

Bruno no la soltó ni le hizo caso.

- Te advertí con respecto a él y te va a costar muy caro todo esto

A pesar de la penumbra pudo ver la expresión salvaje, arrolladora, que obligaba a ponerse en guardia y a temblar pero más que temor, aquella situación le provocaba indignación.

-¿Es así como se comporta un caballero…así…violento…amenazador…salvaje?

-¿No te gusta el lado salvaje de Juan Alcázar o solo te interesa su dinero? Yo te demostraré lo que soy.

Entonces estampó sus apestosos labios en los suyos. Alicia creyó que sus rodillas iban a flaquear de un momento a otro. Era repulsivo…terriblemente repulsivo. Sacando fuerzas de donde no las había hizo presión con los brazos en su pecho y logró liberarse de sus brazos.

-¡¡¿¿COMO TE ATREVES??!!-gritó a la vez que plantó una bofetada en la cara del hombre. Estás loco. No vuelvas a ponerme las manos encima o…o no responderé de mis actos.

Estaba roja de coraje, vergüenza, cólera…al tiempo que sofocada y aturdida

-Eres una leona… una leona en una jaula equivocada.

-Y tú un cazador tras una presa…pero una presa que ya está cazada.

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Se adentró de nuevo en el salón. Se había tomado unos minutos para recomponerse, para recobrar la tranquilidad, el aplomo…toda la serenidad necesaria para que no se reflejase en su rostro toda la tensión sufrida en el jardín hacía escasos minutos y que pasase inadvertido para todos y, sobre todo, para Juan. Acicaló sus cabellos alborotados por la disputa, acomodó su descolocado vestido, tornó la expresión tórrida de su rostro. Tan pronto puso pie en el interior fue abordada por un hombre de mediana edad, algo mofletudo y con una leve expresión pícara en su mirada.

-Su marido está buscándola desde hace rato señora Alcázar y la verdad es que yo también estaría desesperado si perdiese de vista una mujer tan bonita.

-Es usted muy amable.

-Vaya…vaya y búsquelo…no lo haga esperar

Y no lo hizo pues a los pocos segundos fue abordada por su marido. Sintió que una sensación de alivio la inundaba. Se sentía reconfortada, protegida, apoyada…se sentía bien al lado de aquel hombre que era su esposo, aquel hombre que había descubierto que amaba, aquel hombre que…

-¿Dónde te habías metido…Alicia? Me tenías preocupado…No quiero perderte de vista en ningún momento y menos tan misteriosamente.

-Me encontraba un poco agobiada, tenía calor…tú estabas ocupado. Salí al jardín a tomar el fresco además…había tenido mi primer encuentro con Silvia.

-¿Qué pasó?

-No creo lo nuestro. Ya te advertí que no resultaría.

-No me importa que me crea ella, lo que importa es que lo haga el juez. Tranquila…Alicia…todo saldrá bien.- la tomó por el brazo y arrastrándola a la pista de baile- ¿Bailamos?

No espero respuesta, la tomó entre sus brazos y pudo sentir el cálido contacto de su cuerpo, su aroma…tan varonil y por unos instantes se dejó envolver por aquella sensación de bienestar. Su imagen…aquella imagen exterior…aquella interior tan desconcertante habían sido la llave que había abierto su vida…su destino…a ese que había desafiado con peligroso descaro comprometiendo demasiadas cosas Los vigorosos brazos la envolvieron y se sintió vulnerable, inmensamente vulnerable…con la debilidad corriendo por sus venas…con la entrega dibujada en unos ojos huidizos que se escapaban de la mirada del hombre. Todo aquello la abrumaba, todo había llegado a su vida como una llama repentina, intempestiva e inesperada que la estaba invadiendo, que le indicaba que solo existía un solo camino, un camino sin retorno, un camino con una sola presencia, la de aquel hombre que le abría la puerta…la de su corazón. Era un vacío llenado tan…de repente.

Sentir aquello, sentir la férrea presión de sus manos en su espalda, suave pero firme, con aquel delicado toque de posesión…su mandíbula rozando su frente…su silencio acompasando el momento haciéndolo si cabe más…intimo. Y ella, a pesar de su manifiesta rigidez, de sus músculos contraídos y agarrotados por los acosadores nervios se dejaba llevar completando la armonía de la que parecían ser poseedores y que, aunque ellos parecían desconocer no pasaba desapercibido a los ojos de los demás.

No cabía duda de que se trataba de un buen bailarín, de movimientos lentos, precisos, envolventes….la llevaba al compás de los acordes de una canción que escuchaba muy a lo lejos, como un susurro. No oía el rumor de los murmullos de los invitados, tan solo el eco del ritmo de un bolero de Gardel cuyos compases se perdían en la cortina de humo que se formaba alrededor de ella. Los escuchaba lejanos pero suaves, acariciando sus cuerpos como si fuesen ellos dos, los únicos bailarines, como si todo el mundo hubiese desaparecido y no existiesen nadie más que ellos. ¡Dios mío! ¡Estaba desvariando!

Y como no hacerlo. Estaba allí, con un sentimiento tan fuerte recién descubierto, con el protagonista de aquel sentimiento presente allí, ante ella…con su cuerpo desarmándose sádica y lentamente entre sus brazos, con aquellas incipientes…caricias que cada vez se hacían más profundas…extendiéndose por su espalda desnuda y accesible. Las yemas de sus dedos ascendían y descendían de forma suave con una esmerada delicadeza que rozaba la tortura. A veces tan solo rozaban sus cabellos enredándose y hundiéndose en ellos y ella…tratando de controlar su agitada respiración, el ritmo de su corazón, la llama que se encendía en su piel mientras que Juan rozando la mejilla con la suya le acariciaba el cuello con su calido aliento. Como pudo hizo acopio de fuerzas e intentó tomar de nuevo los mandos de la situación. Era un intento…tan solo un intento…

-¿Es necesario esto?

-¿El qué?

-Esto…estas…demostraciones de cariño en público.

-¿Te incomoda o lo que te molesta es que no sea así?

¡Por favor…por favor! ¿Sería tan evidente lo que ella sentía o se trataba una vez más de otro alarde de cinismo?

-No seas presuntuoso…

-Dime… ¿tanto te incomoda?

-No es eso…es que…como…entre nosotros no hay nada…resulta un tanto embarazoso.

-Es necesario-contestó un tanto fríamente.

¡Dios mío! ¿Cómo iba a ser capaz de resistir la convivencia con aquel hombre? ¿Cómo vencer el saber que tan solo un estrecho tabique separaba sus dormitorios? ¿Cómo afrontar los minutos, las horas…a su lado como en aquel momento sintiendo su contacto inocente y teatral a los ojos de él pero que para ella era la más dura de las torturas? ¿Cómo…como…si la debilidad se apropiaba de su cuerpo…como evitar que este diese muestras…reaccionase ante tales caricias? ¿Cómo…cómo…? Era demasiado para ella…para aquella noche…una prueba demasiado fuerte y era todavía…la primera prueba de fuego.

Y si anteriormente la inseguridad de no poder controlar la situación había hecho mella en ella, ahora…ahora no sabía como iba a afrontar el problema añadido de saber que aquel hombre no le era indiferente.

-¿Te ocurre alto? Estás…pálida.

-No…no me encuentro demasiado bien.

-Es normal…ha sido duro…demasiada presión para ti. ¿Quieres que nos marchemos a casa?

-Te lo agradecería.

-No tenías más que habérmelo dicho. No me agradezcas nada pero quiero que cuando no desees hacer algo...me lo digas…no te lo calles. No me considero un déspota y aunque nuestro matrimonio sea una farsa quiero que me hagas saber tus deseos como persona, como esposa. No quiero obligarte a nada de lo que tú no quieras hacer. Vamos…yo también estoy más que harto de esta fiesta.









Posted on Dec 19, 2005, 1:41 PM
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