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Recomenzar (La herencia) CAPTITULO 2/SEGUNDA TEMPORADA

December 29 2010 at 11:01 AM
Nane 
de la dirección IP 83.63.205.127

 
Santos esperaba en mitad del llano la llegada de Luis, quien, ya más recuperado de su catarro, lo había llamado aquella misma mañana para conversar sobre lo ocurrido el día anterior en casa de los Luzardo. El joven llevaba cerca de un cuarto de hora apoyado contra un árbol, con los brazos cruzados, dando vueltas en su mente a un suceso para el cual era incapaz de encontrar explicación. Tal vez fuese consecuencia de la separación forzada de Bárbara. Después de tanto tiempo contentándose con verla solamente un par de horas a la semana, a veces mustia, otras desesperada, y de saber de ella mediante las intervenciones de Marisela o de cualquier otro familiar de la muchacha lo estaba desquiciando por dentro. Imaginaba que ver la foto de Doña Bárbara, tan parecida a su nieta, en un momento en que su estado de ánimo se encontraba más inestable que nunca le había afectado más de la cuenta. Por lo que le había contado Luis, la abuela de su novia apenas debía tener veinte años más que Marisela cuando la había dado a luz. Por tanto, en las fechas actuales debería haber tenido alrededor de sesenta y cinco años. Más o menos la misma edad que Cecilia Vergel, por poner un ejemplo. Había muerto joven, pues. Según sus cálculos, si había perecido poco antes de que Barbarita naciera, aquella mujer tan imponente apenas había cumplido los cincuenta en el momento de su fallecimiento. Y en cambio, se la veía tan frágil, tan llena de vida en las fotos que Santos no había podido evitar un escalofrío al observar las instantáneas. Tenía tanta similitud con Bárbara, tanto en el físico como en el nombre, e incluso quizá en el carácter, que el joven había sentido como la imagen de Doña Bárbara, con toda su amargura, lo alcanzaba de pleno. Y en ese instante, el pecho se le había llenado de lágrimas. Por un instante incluso había tenido la sensación de que la fotografía se había movido, de que le había gritado sin decir nada. Como si le estuviera pidiendo ayuda. Y en todo momento, y eso nunca se atrevería a revelárselo a nadie, el rostro que se le había figurado al volver a fijar la mirada sobre las instantáneas había sido el de la nieta y no el de la abuela.

Tras escuchar un breve golpe a su alrededor, Santos movió la cabeza y se cercioró que Luis todavía no había aparecido. Pasaban ya cinco minutos de la hora que había acordado y el mediano de los Luzardo no acostumbraba a mostrarse impuntual, por lo menos con él. Lo único que se le ocurría era la posibilidad de que hubiera surgido algún problema con Félix en el hospital. Según le habían contado el muchacho, además de los dos meses en coma, había desarrollado una lesión en la columna que lo dejaría inválido probablemente para el resto de sus días. Además, también había perdido parte de movilidad en el brazo izquierdo aunque los médicos opinaban que esa insuficiencia no sería irreversible. La verdad era que teniendo en cuenta que Félix había sido atropellado dos veces por un auto y abandonado a su suerte durante varios minutos era de agradecer que hubiese conservado la vida. Pero de todas formas, a pesar del sufrimiento que le estaba acarreando la situación de Bárbara no le gustaría por nada del mundo estar en el pellejo de su hermano mayor.

De pronto, Santos oyó voces a pocos metros de distancia de donde se encontraba y al voltearse, vio la silueta de dos jóvenes del pueblo que hablaban muy animadamente. Los reconoció al instante, por lo menos a uno de ellos. Se trataba de Tiberio, el hijo pequeño de Pajarote y Genoveva, quien al verlo cesó las risas al instante y se lo quedó mirando un par de segundos, para enseguida saludarlo con una naturalidad que a él le pareció fingida. El joven respondió al saludo sin mucho entusiasmo mientras veía como ambos chicos pasaban por su lado observándolo de reojo, con la sonrisa pintada en los labios, e intercambiando miradas entre ellos una vez se habían alejado lo suficiente de él para creer que ya no los veía. Santos no desvió la vista de sus espaldas hasta pasados varios segundos. No era la primera vez que le pasaba aquello desde la detención de Bárbara pero le dolía especialmente cuando las miradas compasivas o de recelo venían de la misma gente que antes le había brindado su simpatía. Por un momento el muchacho estuvo tentado de darse la vuelta y volver a casa pero terminó conteniéndose al pensar en Luis. Su amigo no llegó hasta un par de minutos más tarde y para cuando lo hizo Santos todavía no había logrado quitarse de la cabeza la expresión de la cara de Tiberio al toparse con él. Estuvo tentado de contarle a Luis lo que acababa de suceder pero tras pensarlo unos segundos decidió no agobiarlo más de lo que ya estaba a causa de su situación. En lugar de eso, pasaron a hablar del incidente ocurrido la tarde anterior en Altamira, para lo cual Santos ya llevaba su discurso preparado.

Santos: De verdad que no tienes por qué preocuparte. Sólo necesitaba descansar un poco. Estoy algo nervioso estos días... supongo que exploté.

Luis: Ya. Bueno, no te voy a negar que me dejaste preocupado- respondió Luis empezando a andar en dirección opuesta a la que habían tomado Tiberio y su amigo minutos antes, mientras le ponía una mano en el hombro como instándole a que lo siguiera. Santos no se opuso.

Santos: Lo siento mucho. Con la que están pasando sólo te falta eso. La verdad es que no soy la mejor compañía estos días.

Luis: Eh, Santos, ni tú, ni yo ni nadie de mi familia. No te preocupes por eso. No hagas como el zoquete de mi hermano ¿De acuerdo? Mira, si te sientes mal... no sé, siempre podemos intercambiar sentimientos. En realidad los dos estamos pasando por algo muy parecido.

Santos: Te lo agradezco, no sabes cuanto. Pero a mi me parece que lo que han estado viviendo ustedes es peor. No sólo por Bárbara, también por Felix...

Luis: Pues por eso mismo. Y suerte que he tenido a mi madre y a mi familia, e incluso a ti, para hablar porque sino ya me habría vuelto loco. No sé, Santos... quiero decir que no sirve de nada encerrarse, aunque yo lo haga a veces. Y que si necesitas algo... que puedes contar conmigo ¿Lo sabes, verdad?- a Santos le habría gustado decir algo que correspondiera a las palabras del muchacho pero algo dentro de él le impidió hacerlo. Quizá por pudor o cansancio, terminó substituyendo la frase de agradecimiento por una palmada en el brazo que Luis recibió con una sonrisa. Tras un par segundos en silencio Santos se esforzó por romperlo de alguna manera y no se le ocurrió nada más que hacer referencia a lo ocurrido pocos minutos antes en el llano, entre el hijo de Genoveva y él.

Santos: Pues precisamente hay un tema que me tiene un poco inquieto- Luis asintió con la cabeza, dispuesto a escucharlo- verás, hace un rato mientras te esperaba me encontré con Tiberio Palacios, iba con otro chico del pueblo y... no me dijeron nada pero no me gustó su manera de mirarme. Y no es la primera vez. Parece mentira que la gente de Altamira sea capaz de creerse las barbaridades que dice una familia de indeseables como los Méndez.

Luis: No es que se los crean, Santos. Supongo que ahora es la novedad. A mí también me da rabia, pero aquí quien más y quien menos conoce a Bárbara y saben que ella no es una asesina. Lo que pasa es que ha ocurrido algo muy grave y a la gente le encanta meterse en la vida del vecino. Es lo que te decía antes; no me gusta nada la idea de encerrarme en casa en estos momentos, más bien me reconcome, pero hay veces que de buena gana me pasaría una semana entera metido en la hacienda. Por desgracia durante una temporada vamos a ser el blanco de todos los metiches del Arauca.

Santos: Si por lo menos me hablaran de frente, Luis... si tuvieran el valor de decirme lo que piensan en lugar de quedarse callados mirándome con cara de idiotas yo podría defender a Bárbara, pero así no sé qué debo hacer porque no tendría ningún sentido que yo fuera a reclamarles por un agravio que no han hecho pero a la vez tengo que contar hasta veinte para contenerme cada vez que los veo o los oigo cuchichear.

Luis: Sé que es difícil, pero si no te dicen nada tú no te enfrentes a ellos. He llegado a la conclusión de que no lo hacen con mala intención aunque ahora mismo nos parezcan lo peor.

Santos: No sé si tú habrás escuchado según qué comentarios. Imagino que sí. Y no sé qué me duele más, si que la llamen asesina... o zorra- concluyó de mala gana.

Luis: No merece la pena que les hagamos caso, Santos. Es lo que andan buscando

Santos: Hace un par de semanas mi hermana y mi tía tuvieron que convencerme para que nos fuéramos del lugar donde estábamos antes de que la cosa se pusiera peor. Estaban hablando de Bárbara y parecía que quisieran provocarme. Decían que por lo visto se acostaba con varios hombres del pueblo.

Luis: Mentiras, Santos. Gente imbécil que no sabe de qué ni de quién está hablando. Que no te hagan dudar ¿Me oyes? Que no te hagan dudar.

Santos: ¿Pero por quién me tomas? Por supuesto que no dudo. Luis, llevo semanas escuchando comentarios a mi alrededor, incluso topándome con impresentables que me increpan directamente y aseguran haber estado con Bárbara. Llevo casi un mes así, creyendo en ella y defendiéndola. No me permito a mí mismo dudar.

Luis: Perdona. Pero es que Bárbara te necesita más que nunca...

Santos: Lo sé, aunque ella no me lo demuestre yo sé que... sé que me quiere.

Luis: No se lo tengas en cuenta ¿De acuerdo? Bárbara lo está pasando muy mal, por eso hace como si no quisiera ver a nadie- la voz de Santos al contestar sonó tan pausada como poco después lo haría el inicio de la respuesta de Luis.

Santos: ¿Tú sabes lo que es vivir todos estos días sin saber qué le hicieron? ¿No tener ni idea de si...- el muchacho calló un instante y centró las pupilas en las del hermano de su chica. Por un momento tuvo la impresión de que no era necesario terminar la frase y sin embargo casi se forzó a sí mismo a hacerlo. Desde que habían detenido a Bárbara nunca se había atrevido a formular aquellos pensamientos en voz alta- de si la han forzado o no? Pensar que a lo mejor mientras nosotros estábamos tan tranquilos en casa la estaban tocando, imaginarlo es... es horrible- Santos se frotó el lagrimal de los ojos con el dorso de la mano, por lo que no vio la expresión de Luis en aquel instante, pero en cambio sí lo escuchó tomar una bocanada de aire. Cuando terminó el joven Lucero bajó la cabeza, con un punto de pesar en la mirada, como si temiera en su interior haber cruzado una barrera que hasta entonces ambos, en un pacto silencioso, se hubieran negado a traspasar.

Luis: Lo sé, Santos. Lo sé perfectamente. Tengo pesadillas cada tanto con lo que pasó ese día. Y no es que sea horrible, es que dan ganas de matar a alguien cuando lo piensas y te das cuenta de que ella es la que lo está pasando peor de todos nosotros. Ayer mi madre fue a hablar con ella por la tarde ¿Lo sabes, verdad?- Santos asintió con la cabeza- bien, pues volvió llorando a casa. Al principio llegó bien, con la cara desencajada pero tranquila. A duras penas me dijo nada al entrar por la puerta, aun así yo le pregunté. Y fue abrir la boca para responderme y ya no pudo seguir. Empezó a llorar como si le hubieran dado la peor noticia de su vida. Fue todo muy raro, Santos. A la hora de cenar comimos los dos sin dirigirnos la palabra, porque no sabía que decirle. Ella casi no quiso comer. Era como si le acabaran de dar una paliza. Antes de que se acostara intenté hablar con ella y solamente me respondió que más adelante me lo contaría todo. Y ya está. Buenas noches, Luis, Buenas noches, mamá. No sé lo que le dijo Bárbara, no sé lo que vio mi madre para sentirse así ¿Y quieres que te diga que es lo peor? Que si ella salió de la cárcel destrozada no quiero ni imaginarme cómo ha debido pasar mi hermana la noche. Pero por otro lado no puedo dejar de pensar en ello. Un mes y una semana, Santos. Lleva encerrada casi un mes y una semana. Hace treinta y seis días que Felix está en el hospital. Casi se muere... y lo peor es que él no lo sabe todo- Santos recordó las palabras de Luis unos minutos antes, cuando le aconsejaba hablar de sus sentimientos y se preguntó si en el fondo no habría sido peor el remedio que la enfermedad. Escuchar por boca de su amigo las palabras casi exactas que tantas veces al día intentaba reprimir fue similar a recibir un golpe bajo. No se lo esperaba y no se sentía en condiciones de consolar a nadie. No obstante, fue él quien dio el primer paso abrazando al hermano de su novia. En gran parte porque compartía su mismo dolor, y en proporción más pequeña tal vez, para no tener que verlo llorar.

- - -

Érika recostó la nuca sobre el cabezal del sofá. Llevaba cerca de media hora en la misma postura y no le apetecía cambiarla, ni siquiera para volver a la cama a tratar de dormir. Llevaba días dándole vueltas a la idea de marcharse del pueblo de nuevo, esta vez para siempre, y no obstante había algo, no era capaz de discernir qué, que siempre le hacía descartar esa opción. Cuando tenía diecisiete años no había nada que deseara más en el mundo que irse a vivir a la ciudad, lejos de su madre y de un novio que no era capaz de comprenderla. Casi dos años después seguía sintiendo la misma antipatía por todo lo que guardara una mínima relación con el Arauca pero después de lo ocurrido aquel último mes tenía la sensación de que el malestar que le había acompañado durante aquellos días sería similar en el pueblo o en cualquier otra parte. No era distancia física lo que necesitaba poner y lo había sabido siempre. Aun así cuando su madre apareció en el umbral de la puerta del comedor Érika tuvo la seguridad de que iba a darle la razón en todo lo que su progenitora le propusiera, aunque las sugerencias tuvieran que ver justamente con lo que ella trataba de rechazar. La sintió acercarse al sofá donde estaba sentada y volvió la cabeza para mirarla, segura, por el gesto en el rostro de la mujer, de que la conversación que estaban a punto de empezar a mantener no diferiría mucho de las que habían tenido las semanas anteriores. La madre de Érika se sentó al lado de su hija y tras un momento de duda le pasó una mano por la frente, sin que la joven se opusiera. En realidad, la chica no llegó a saber si aquel gesto pretendía tomarle la temperatura o acariciarla.

Madre de Érika: ¿Cómo te encuentras?

Érika: Mejor.

Madre de Érika: ¿Seguro? Me pareció que te volviste a levantar esta madrugada...- Érika asintió despacio.

Érika: Sí, sí lo hice, pero no devolví.

Madre de Érika: ¿Y entonces por qué te levantaste?

Érika: Porque me pareció que tenía ganas de hacerlo pero luego fue que no. Ahora me encuentro mejor.

Madre de Érika: Estás muy pálida aun. Quizá deberías estirarte un rato en la cama.

Érika: Quizá. Luego iré.

Madre de Érika: Érika, verás... yo... sé que no has querido hacerlo nunca, pero tal vez... creo que no te vendría mal la ayuda de un profesional- Érika se incorporó mientras fruncía el ceño. Su tono de voz varió de tal manera que su progenitora tuvo dudas acerca de seguir o no con la conversación. No obstante, era evidente que la chica había comprendido a la perfección lo que se le insinuaba.

Érika: ¿A qué te refieres?

Madre de Érika: Bueno... ya sabes que pienso que es la situación de la hija de los Luzardo lo que te tiene así. No me puedes negar que... te ha afectado más de la cuenta.

Érika: Lo que me ocurre no tiene nada que ver con esa loca ¿Estamos?

Madre de Érika: Érika... te está volviendo a pasar lo mismo que hace unos años; te levantas por las noches, tienes pesadillas, devuelves casi todo lo que comes, te pones a llorar sin que venga a cuento...- Érika había estado negando con la frente desde el momento en que su madre había empezado a enumerar sus síntomas. Sin embargo al escuchar la última frase estuvo a punto de ponerse en pie de un salto. La mujer, adivinándole las intenciones, le puso una mano en la rodilla, tratando de evitar el gesto.

Érika: Yo no he llorado en ningún momento. Y aunque así fuera ¿Qué pasa? ¿Espías detrás de las puertas?- la mujer se alzó, poniéndose frente a su hija, casi a la misma altura.

Madre de Érika: Al principio cuando volviste a casa estabas bien y justo poco después de que detuvieran a esa muchacha... no sé, tal vez si volvieras a la ciudad, a casa de tu amiga... ella podría volverte a acoger y yo estaría dispuesta a pagarte ayuda psicológica porque...

Érika: ¡No! Mamá, no... no sigas por ahí ¿Me oyes? No voy a seguir hablando de esto...

Madre de Érika: Érika, te lo tenía que decir... entiéndeme...

Érika: No, no te entiendo. Ni te entiendo, ni te entenderé nunca, ni te quiero entender. Mira... vamos a terminar diciendo cosas que no queremos ¿Sí? Es decir, que mejor te hago caso y me voy a descansar- Érika intentó darse la vuelta para comenzar a andar en dirección a su alcoba para enseguida notar una tenue presión en el brazo. Se giró y enfrentó la mirada oscilante de su madre, quien se resistió unos segundos a soltarla, hasta que no la tuvo frente a frente otra vez.

Madre de Érika: Oye... no te hablaré de esto si tú no quieres. Pero cuando volviste a casa a principios de verano te habías recuperado, estabas bien. Es una pena que ahora se eche todo a perder-al escucharla hablar así la joven dejó escapar una leve risita que provocó la estupefacción de su madre.

Érika: ¿Que estaba bien? Que bueno. Mamá, yo hace años que no sé lo que significa eso. Así que haz el favor de no meterte en mis asuntos, porque hasta ahora me ha ido genial sin ti.

Madre de Érika: ¿Y tanto te cuesta ayudarme un poco? Yo solamente quiero saber cómo estás, de verdad- la chica la miró a los ojos durante varios segundos y después esbozó una tibia sonrisa que contrastó con la expresión conjunta de su cara.

Érika: Buenas noches, mamá- agregó a la par que se daba la vuelta.

Madre de Érika: ¿Cómo que buenas noches? Apenas es la una del mediodía.

Érika: Da igual. Me voy a dormir- no dio tiempo a que su madre preguntara nada más. Aceleró el paso y se dirigió hacia el pasillo con una sensación de malestar en la boca del estómago que le hizo dudar sobre la posibilidad de pegar ojo en cuanto llegara a su cuarto.

- - -

Bárbara marcó el número de teléfono de casa de los Lucero mientras se mordía el labio deseando que fuera Santos el que respondiera a su llamada. Llevaba solamente unas horas dándole vueltas a aquel asunto en su cabeza y no obstante tenía la sensación de que hacía varios días que se preguntaba lo mismo. Durante las semanas anteriores se había sentido tan confundida que incluso había llegado a pensar en la posibilidad de negarse a recibir más visitas, no solamente de su familia, sino también de Santos, durante una temporada. Por lo menos, hasta que se hubiese recuperado un poco de lo ocurrido con los Méndez. Pero ahora, después de la conversación con su madre y de la noticia de su embarazo, la anterior apatía se había ido fundiendo durante la noche para dar paso a una especie de inquietud que le impedía calmarse y pensar con claridad. Quizá por eso era incapaz de discernir si lo que estaba a punto de hacer era lo adecuado o no dado el estado de sus relaciones con Santos, pero lo que sí tenía claro era que necesitaba contarle que estaban esperando un bebé. Y, sobre todo, ponerlo a prueba. Era preciso saber hasta que punto podía volver a sufrir si dejaba pasar el tiempo sin haber encontrado una respuesta a la pregunta que bullía desde hacía un mes en su mente y que durante las últimas horas había ganado especial fuerza. Aunque le destrozara por dentro pensar en las consecuencias de aquella llamada, no podría aguantar un sólo día más con la duda dentro. Por fin, escuchó la voz de María Lucero al otro lado del teléfono y cerrando los ojos con nerviosismo, se apresuró a exponer el motivo de su llamada.

Bárbara: María, soy Bárbara. Quiero hablar con Santos ¿Está en casa tu hermano?- María tardó unos instantes en responder, durante los cuales a Bárbara le habría gustado zarandearla para que se apresurada a responder. Como si le hubiera leído el pensamiento, la joven volvió a hablar justo a tiempo para evitar una nueva insistencia por parte de su interlocutora.

María: Hola, Bárbara. Santos acaba de entrar por la puerta hace un momento. Ahora se pone ¿Estás bien?

Bárbara: Sí, estoy muy bien. Dile a Santos que se ponga- a duras penas pudo escuchar la respuesta de María, puesto que enseguida la voz de Santos sonó al otro lado del auricular. Bárbara supuso que su chico le había quitado el teléfono a la hermana al escuchar su nombre y por un momento no supo si se alegraba más que se angustiaba por aquel menester de contactar con ella o al revés. De cualquier modo, oír el timbre de Santos después de tanto rato de incertidumbre fue como liberarse de una carga muy pesada justo a la altura del estómago.

Santos: ¿Bárbara, eres tú? ¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo, mi amor?

Bárbara: Pasa que necesito verte. Ven a verme esta tarde, por favor. Tengo que hablar contigo. Es muy urgente.

Santos: ¿Pero por qué? ¿Qué ha ocurrido?

Bárbara: Ocurre que eres mi novio y necesito hablarte. No me pasó, nada, no te preocupes. Pero quiero que tengamos una conversación como Dios manda y tiene que ser hoy. Ven, sea como sea. No te demores, no me ocurrió nada malo, es sólo que debo hablar contigo. No puedes faltar.

Santos: ¿Pero no me puedes avanzar algo? ¿Seguro que estás bien, mi amor?

Bárbara: Por teléfono prefiero no decirte nada. Hablamos cara a cara, esta tarde a las cinco ¿De acuerdo? Entonces sabrás lo que tengas que saber. Hoy a las cinco. Procura ser puntual.

CONTINUARÁ

 
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Titulo de respuestaAutor y Fecha
Bueno,buenísimo,requetebueno...Mariel en Dec 29, 8:51 PM
Olé, chapó con el cap en Dec 30, 3:52 AM
   Mariel y TuxiiNane en Dec 30, 1:24 PM
      Uyyyyy, eso de que....... en Jan 2, 1:49 PM
Gracias Nane! en Dec 30, 8:43 PM
Gracias en Dec 31, 9:39 AM
   FERNANDA Y VALERIANane en Jan 3, 9:14 AM
por fin lo lei!!!! en Jan 2, 1:11 PM
   LYDIA Y MARÍANane en Jan 2, 4:35 PM
A quien voy a engañar? ........ en Jan 2, 1:44 PM
QUIERO EL CAP 3!!!!!!! en Jan 11, 10:23 AM
   ROMISNane en Feb 1, 3:41 PM
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