Antes de empezar a relatarles mi historia, quiero decirles algo:
ademodia balstarium
venn defliatto
casdetencia detta nominature
planturie di abelatto naggere
Ahora puedo continuar tranquilo; aunque no lo sepan ni comprendan aún, ya es muy tarde para ustedes, pues están destinados a correr mi misma suerte. Si han llegado hasta estas líneas, ya no hay nada que yo o ustedes podamos hacer....
Tal vez ya estén maldiciendome por escribir estas palabras. Si es así, quiero que sepan que yo también lo estoy haciendo, que también me considero un maldito, pero no pude dejar de hacerlo. Es más fuerte que yo. Dice la Biblia: Si la mano te hace caer en pecado, córtatela y arrójala lejos. Pues bien, eso fue lo que hice, pero así y todo no pude evitar seguir escribiendo.
Lo peor de todos es que muchos aún deben pensar que éste es sólo uno más de mis cuentos.....
Seguro ustedes no deben estar entendiendo nada y querrán que empiece desde el principio; al fin y al cabo, si han de encontrar la muerte a causa de estas páginas, lo justo es que al menos sepan bien porqué.
Todo empezó hace un par de meses atrás, cuando comencé a escribir. Empecé a hacerlo de aburrido, porque no tenía nada que hacer y, a decir verdad, quería llamar la atención. No era mi propósito transformarme en un escritor de cuentos de terror, pero las únicas ideas que se me venían a la cabeza estaban relacionadas con asuntos escabrosos y sangrientos. En ese entonces no entendía porqué y sólo me parecía un hecho gracioso. (Rayos, se me acaba de caer la otra oreja; afortunadamente no hay nadie cerca para decirme nada, así que creo que no es tan importante....)
Me encantaba ver las caras de mis amigos alabando mis obras. Me encantaba que se me acercasen y me dijeran que jamás se habrían imaginado que un tipo tranquilo y sereno como yo fuese capaz de imaginar tanta violencia y maldad. Me encantaba atemorizarlos y demostrarles que yo podía crear personajes tan tenebrosos que fuesen capaces de quitarles el sueño
Fue así que un día le mostré a Daniel mi última creación, “El hombre reza de rodillas”, la primera que había escrito de corrido durante una noche entera sin parar. Aunque no podía recordar bien de qué se trataba (estaba completamente dormido cuando se lo entregué) sabía que era mi mejor obra; tenía ese dejo de satisfacción de cuando uno hace algo bien, y por primera vez me sentía así respecto a uno de mis cuentos. Se lo pasé diciéndole: “Es lo mejor que he hecho”, y me fui, esperando que él me llamase al final del día para decirme su opinión.
Sin embargo, no hubo telefonazos durante ese día, ni tampoco al siguiente. No satisfecho con la indiferencia de mi editor ante mi obra maestra, le entregué una copia del cuento a cada una de mis amistades, esperando obtener alguna respuesta. Nadie llamó.
Empecé a temer por la calidad literaria de “El hombre reza de rodillas”. Consideré la posibilidad de que tal vez no fuese un buen cuento, por el contrario, y que la sensación de haber escrito algo bueno se debiese meramente al sueño que tenía cuando lo escribí.
Fue entonces que me di cuenta: yo no tenía idea de qué se trataba el cuento ése. Recordaba su título, recordaba haberlo escrito, pero nada más. De hecho, no se me ocurría porqué llevaba ese nombre.
Tomé el teléfono y llamé a Daniel. Nadie contestó. Me extrañé porque sabía bien que él no acostumbraba a salir los Jueves por la noche. Como se trataba de alguien que vivía solo, decidí ir a verificar que nada le hubiese sucedido, y me dirigí a su departamento.
La puerta estaba entreabierta; un débil murmullo se oía desde su pieza. Me fijé en el suelo y vi un grueso rastro de sangre que iba desde la sala hasta el corredor. Corrí hasta la habitación de mi amigo y lo encontré (si es que puede decirse que eso era él); su rostro completamente desfigurado, sus facciones borradas, como si lentamente se derritiese al calor del sol; sus extremidades desparramadas por el cuarto, y bajo su tronco una poza de sangre llena de moscas. El olor era nauseabundo.
Me acerqué para cerciorarme que respiraba. Volteó sus ojos hacia mí y, como si intentara mover sus inexistentes brazos, torció su cuerpo:
-Fuiste tú. Tú y tu condenado cuento.
Mi sangre se heló ante sus palabras; Debe estar delirando, pensé.
-Te vas a pudrir al igual que yo. Esa es la maldición que nos regalaste.
No pude quedarme en aquél lugar; corrí lo más rápido que pude para alejarme del departamento de Daniel. Llegué a casa temblando. Aunque yo jamás leía un cuento una vez que terminaba de escribirlo, esta vez rompería la tradición: necesitaba leer “El hombre reza de rodillas” para recordar de qué se trataba y saber al menos de qué se me acusaba.
Tomé el cuento en mis manos y me di cuenta de que no era muy largo; no tenía más de cuatro páginas. La primera contenía el título, la segunda estaba en blanco, así como la tercera, y en la cuarta rezaba lo siguiente:
ademodia balstarium
venn defliatto
casdetencia detta nominature
planturie di abelatto naggere
Eso era todo; no había absolutamente nada más. Vacilé por un instante; no terminaba de convencerme que me había tomado toda una noche escribir aquellas palabras sin significado. (Miro al suelo y veo que mi lengua está sobre la alfombra; quién sabe cuando se me habrá caído, hacen tantos días que no hablo con nadie....)
Revisé mi computador y me cercioré de que, efectivamente, lo único que aparecía en el archivo que guardara con el nombre “el hombre reza de rodillas” eran esas extrañas palabras. Regresé de inmediato al departamento de Daniel, con un nudo en el estómago. Si no lograba explicarme qué estaba sucediendo, me volvería loco.
Mi editor seguía tal como lo había dejado, tal vez un poco más desfigurado. Me acerqué a lo que restaba de él y, con voz suave, le pregunté qué estaba sucediendo. Él soltó una irónica carcajada; luego de dar un escupitajo de sangre, esbozó una sonrisa teñida de rojo y dijo:
-Yo fui el primero en leerlo. Gracias a ti pude verlo. De seguro él también se aparecerá ante ti cuando empieces a pudrirte; le encanta burlarse de los que caen bajo su desgracia.
-¿Él? ¿Él quién? -pregunté desesperado.
Y fue entonces que me lo dijo. Esas palabras ininteligibles, aparentemente sin sentido, eran su nombre. Ese demonio, o lo que fuera, me usó para traducirlo, letra por letra, palabra por palabra, hasta convertir aquél idioma muerto, aquel lenguaje milenario, en frases construidas con las letras de nuestro alfabeto, legible para cualquier persona de la civilización actual.
-Para invocarlo no tienes más que leer su nombre -continuó Daniel, entre carcajadas- eso es suficiente para caer bajo sus garras. Llevo cuatro días pudriéndome, y por más que pierdo pedazos de mi cuerpo, continúo vivo.
No le creí ni una sola palabra; (Ahora, que veo una de mis piernas tirada sobre el baño, me arrepiento de no haberle dado más crédito) Regresé a mi casa y comencé a llamar a cada una de las personas a las que les había entregado mi cuento. Nadie respondió.
De pronto oí una áspera carcajada a mis espaldas, mucho más oscura y tenebrosa que la de Daniel. Me di vuelta y vi una sombra, negra y amenazadora, que parecía esbozar una sonrisa. Supe de inmediato que era él.
Pensé que me diría algo, me golpearía o me mostraría su peor rostro. Sin embargo, se mantuvo en silencio, inmóvil. Luego me di cuenta de que sólo esperaba ver lo que continuaba: de pronto caí al suelo, con mis dos piernas deshechas, desmembrándose por la podredumbre que empezaba a apoderarse de mi cuerpo.
El dolor era intolerable; mis pantorrillas se hacían trizas, mis muslos se descomponían lentamente. Aterrado, comencé a arrastrarme desde la sala hasta el baño, dejando un ancho rastro por todo el lugar. Fue ahí que mis extremidades se desprendieron de mi cuerpo, acentuando aún más el dolor. Sobre el suelo, como si la sombra la hubiese colocado ahí, una hoja blanca sobre la cual estaba el título del cuento : el hombre reza de rodillas.
Me percaté de que quería decirme algo. El título no era casualidad. Él me quería de rodillas, para que lo adorase .
Por eso soy un maldito. Porque no pude evitar escribir estas páginas. Sin darme cuenta, me hallaba frente al computador, erguido sobre una silla bañada en sangre, viendo como mis dedos se caían de la mano a medida que tipeaba. Sin dudas, soy su instrumento de difusión. Gracias a mí, él ahora ha llegado a ustedes, y no hay nada que podamos hacer.
Se me acaba de caer la mano izquierda, la última que me quedaba, y estoy escribiendo estas líneas finales con mi boca, apretando los teclados con los dientes. Ya no me queda más que esperar la muerte, la que de seguro llegará en cuanto termine de tipear esto. Perdónenme por hacerles esto, espero que comprendan que no lo habría hecho si mi voluntad hubiese guiado a mi cuerpo. Pero ahora soy de su propiedad, al igual que ustedes, y él nos maneja a su antojo. Por ello, oigan mis palabras, hagan caso de lo que les digo y tomen todas las precauciones posibles: ustedes ya están malditos y en cuestión de horas sus cuerpos se descompondrán lentamente, hasta que se convertirse en despojos, así como Daniel, así como yo, así como todos los que leyeron ese nombre.
Estoy de rodillas; no se si le estoy rezando, pero sin dudas, estoy cumpliendo su voluntad. Soy su discípulo, me dice entre carcajadas....
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