No hay país que detente el monopolio del desprecio hacia los homosexuales. A la violencia ejercida en su contra por el solo hecho de ser diferentes se le denomina homofobia.
La homofobia es el odio que se desentiende de la razón. Un odio que para afirmarse y validar su salvajismo y su socarronería no requiere de explicaciones teóricas o justificaciones morales. No tiene tras de sí, como el antisemitismo, la condena de la Historia, ni hay mausoleos para sus víctimas que son numerosas y que en los campos de concentración nazi portaban un triángulo rosa.
La violencia contra lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales (LGBT) es una tradición muy antigua. Existe desde que la sociedad patriarcal incorporó la homofobia a sus valores y a su autoconstrucción. En casos extremos, se ha llegado al exterminio de los homosexuales. Las prohibiciones, la persecución y los castigos han convertido a la existencia LGBT en una historia de clandestinidad y resistencia.
La mente heterosexual
La teórica lesbiana Monique Wittig va más allá: “la mente heterosexual no es capaz de imaginar una cultura, una sociedad en que la heterosexualidad no ordene, no sólo todas las relaciones humanas sino también la producción misma de conceptos y todos los procesos que eluden la conciencia”, dice.
Si la heterosexualidad es un sistema político obligatorio e impositivo, se explica entonces que la resistencia a la misma acarree castigos sociales muy severos. La violencia y la persecución a los disidentes sexuales a lo largo de la historia ha sido, por lo tanto, una violencia política. De ahí que la validación de la democracia en una sociedad dependa, entre otras cosas, del nivel de respeto y protección hacia las lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales.
La mente heterosexual
La teórica lesbiana Monique Wittig va más allá: “la mente heterosexual no es capaz de imaginar una cultura, una sociedad en que la heterosexualidad no ordene, no sólo todas las relaciones humanas sino también la producción misma de conceptos y todos los procesos que eluden la conciencia”, dice.
Si la heterosexualidad es un sistema político obligatorio e impositivo, se explica entonces que la resistencia a la misma acarree castigos sociales muy severos. La violencia y la persecución a los disidentes sexuales a lo largo de la historia ha sido, por lo tanto, una violencia política. De ahí que la validación de la democracia en una sociedad dependa, entre otras cosas, del nivel de respeto y protección hacia las lesbianas, gays, transgéneros y bisexuales.