Fernando Ramallo es Damián
Emma Watson es Esperanza
Héctor Noguera es Padre Antonio
Alvaro Rudolphy es Salvador
Solange Lackington es Doña Amanda
Tomás Vidiella es Don Fernando
Miguel Angel Rodríguez es David
Pablo Larroulet es Daniel
María José González es María Paz
Sebastián Arancibia es José Miguel
Griffin Frazen es Rodrigo
Felipe Braun es Manuel
Carolina Varleta es Sofía
Carolina Arregui es Carola
Monica Bellucci es Amparo Santa Cruz
Claudia no sabía qué responderle a Salvador. El brillo del anillo se confundía con el brillo de los ojos de la muchacha que iluminaban su pálido rostro.
-No sé qué decirte... es... es... es sorprendente.-
-Dime que sí, dime que aceptas casarte conmigo.-
-Bueno... yo... eh... acepto, acepto casarme contigo, mi amor.-
Ambos se besaron y abrazaron apasionadamente. Claudia lloró, sus sueños se hacían realidad poco a poco. Salvador no podía creer que después de tanto sufrir, la vida por fin le sonreía.
-Quiero ser tu mujer y darte muchos hijos. Quiero vivir contigo el resto de mi vida.-
-Lo sé, créeme que lo sé. Eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida.-
-Te amo, te amo con toda mi alma.-
El padre Antonio tomó el diario de vida que permanecía oculto bajo la almohada de la cama de Esperanza. Un extraño presentimiento se apoderó de él.
-Diario de vida de... ¡No! ¡No puede ser! ¡¡Silvia Rodríguez!!-
En cosa de segundos, la cabeza del sacerdote se llenó de recuerdos de aquella época que sería la más feliz de su vida. La imagen de aquella muchacha frágil y humilde que conquistó su corazón lavando ropa y sonriendo con prudencia, se apoderó por completo de él. Mientras comenzaba a leer esas páginas plasmadas de inocencia y sentimiento que relataban la vida de la única mujer a la que amó, sus ojos, que jamás dejaban caer una lágrima, rompieron la regla de la frialdad.
La noche fue intensa. Se respiraba un aire a pasión. Esperanza dormía plácidamente acurrucada en el pecho de Damián, que acariciaba con delicadeza los cabellos de su amada. Habían vivido la noche más feliz de sus vidas. Jamás volverían a sentir ese amor tan fuerte estando en la intimidad con otra persona.
El muchacho abrió los ojos. El sol estaba a punto de comenzar a asomarse tras las montañas.
-¿Mi amor?-
-¿Qué pasa?- respondió la muchacha.
-Quiero que veas algo hermoso. Ven, acompáñame.- dijo Damián poniéndose de pie, mientras Esperanza, somnolienta, abrazaba la cintura de su primer hombre.
En el umbral de la puerta de aquel viejo galpón, Damián y Esperanza, abrazados casi al extremo de parecer uno solo, miraban el horizonte.
-Lo más hermoso que me podía pasar era contemplar el amanecer junto a ti.- dijo Damián.
-Este ha sido el día más feliz de mi vida.- respondió la muchacha. –Es curioso, mi cumpleaños fue horrible, ayer me enteré de todo eso de la adopción y después todo ha sido tan lindo. Tú, nuestra primera noche juntos, y ahora, ver el amanecer, es demasiado bueno.-
-Me alegro que las cosas puedan mejorar. Aunque sea un poquito, porque no podemos olvidarnos de todo lo que nos ha pasado.-
-Sí, es cierto. Pero por ahora, disfrutemos de este momento. Mira, ya se empieza a ver el sol.-
Los rayos de luz teñían de tonos anaranjados el cielo. A lo lejos, en un pequeño rincón del mundo, una pareja de adolescentes vivía la alegría del primer amor.
Salvador y Claudia tampoco se quedaban atrás. Tras fijar el matrimonio para dos meses más, habían soñado con hijos y nietos. Las sábanas volvían a vestirlos de ángeles, ángeles que sonreían hasta en sus sueños.
Ese amanecer llenó al pueblo de una energía nueva. Desde ese momento, muchas cosas pasarían.
Damián besaba a Esperanza como siempre lo soñó. Ella, aliviaba sus penas con amor.
-Hay algo que no te he dicho.- dijo la muchacha.
-No me asustes... ¿Qué pasó?-
-El padre Antonio me contó para m cumpleaños que me va a mandar a estudiar a un colegio a Santiago.-
-¡¿Qué?! ¿Acaso se volvió loco? ¡Qué se cree ese viejo de porquería!-
-Tranquilo mi amor.-
-Es que me aburrí de que ese señor quiera controlar la vida de todos los que lo rodean, ¡Me cansé!-
-¿Y qué podemos hacer?-
-Vamos a ir a hablar con él. Le vamos a dejar bien claro que no tiene ningún derecho a arruinar nuestras vidas. Ya me cansé también de tener que andar escondiéndome, ocultando mis sentimientos hacia ti, me siento como un delincuente. ¿Por qué tengo que sentirme tan infeliz de amar? Vamos a dejarle bien claro también que nosotros estamos juntos y nos queremos.-
-Tienes razón, ese señor lo único que ha hecho es echarnos a perder la vida. Algún día alguien iba a tener que decirle unas cuantas cosas.-
-Entonces vamos a verlo. No dejemos pasar más tiempo.-
-Sí, vamos ahora mismo.-
Carola y Daniel volvieron al pueblo con incertidumbre. Amanda los recibió ansiosa.
-¿Cómo les fue? ¿Qué tiene Daniel?- preguntó la cocinera de la parroquia.
-No podemos saber nada todavía. Tenemos que ir a buscar los resultados de los exámenes a fin de mes.- respondió Carola.
-Pero, ¿No les dijeron nada? ¿Cómo salieron los exámenes?-
-No supimos nada. A fin de mes tenemos que ir a saber qué es lo que tengo.- dijo Daniel.
-Hijo, estoy segura que no tienes nada.- dijo Carola.
-Bueno, habrá que esperar no más.- respondió Amanda.
-Daniel, me encantaría que te vinieras a quedar acá con nosotros este tiempo, si es que se puede.- dijo Carola.
-Ustedes saben que el padre Antonio no tiene ningún problema con eso, depende de ti no más mijito.-
-Así también estarías cerca de tu hermano que te necesita tanto en estos momentos.-
-Bueno, ya, me convencieron. Me vengo a quedar con ustedes.-
-¡Qué alegría! ¡Gracias hijo! Gracias por permitirme estar a tu lado nuevamente.-
-Tengo que ir a buscar mis cosas, y a hablar con el patrón, mire que tengo la pega botada hace varios días ya.-
-Ya te dije que no vas a trabajar más mientras yo sea tu madre. Hijo, tú tienes que estudiar, no puedes pasar todo el día quebrándote la espalda por unos pocos pesos.-
-Pero es la única forma que tengo para poder vivir.-
-Ahora no. Yo te daré todo lo que necesites. Así que habla con tu patrón y dile que no vas a seguir trabajando con él ¿Estamos?-
-Sí mamá, lo que usted diga.- respondió el muchacho sonriente.
El padre Antonio no había salido de su escritorio desde el día anterior. Pasó toda la noche leyendo. Ya no había secreto que ocultar.
Con aires amenazantes llegaron Esperanza y Damián a la parroquia. Tomados de la mano, entraron a la casa que los vio crecer.
-¡¡Por Dios!!- exclamó María Paz al verlos.
-Hola Maria Paz.-
-¿Está el padre Antonio?-
-Tiene que estar en su oficina... ¿Van a hablar con él?-
-Sí, llegó el momento de que sepa la verdad.-
-¡Qué! ¿Están seguros de lo que van a hacer?-
-Sí, totalmente. Ya nos aburrimos de que haga lo que quiera con todos nosotros.-
-Que Dios los bendiga muchachos.- respondió Maria Paz.
Damián y Esperanza atravesaron el pasillo y llegaron al escritorio del sacerdote, donde golpearon la puerta con ímpetu. En su habitación, Maria Paz leía las cartas desesperadamente ante la visita de sus enamorados amigos, pero el tarot ya no podía hacer nada.
-Permiso.- dijo Damián abriendo la puerta.
-Golpeamos pero no respondía nadie.- agregó Esperanza.
-¿Qué hacen ustedes dos aquí?- preguntó el padre Antonio.
-Queremos hablar con usted.-
-Hablen. ¿Qué es lo que me tienen que decir?-
-Padre, Esperanza y yo estamos pololeando.-
-Qué bien. Los felicito. ¿Eso querían decirme? Bueno, ahora déjenme solo.-
-¿Escuchó bien lo que le dijimos? Estamos pololeando ¿sabe lo que es eso?-
-Sí hija, lo escuché. Pero quiero estar solo ¿No se dan cuenta?-
-¿Está bien? No tiene buena cara.-
-Niños, por favor, salgan. ¿Querían decirme que están pololeando? Bueno, ya lo sé. Ahora, déjenme tranquilo. No es el mejor momento para hablar, ya conversaremos más adelante.-
-Mejor nos vamos Esperanza. Este señor no nos quiere escuchar.-
-Algo le pasa... mejor dejémoslo solo.-
-¡Damián! Espera, tengo que hablar contigo... a solas.- dijo el sacerdote.
-Te espero en la cocina.- respondió Esperanza. –Tengo que hablar con Amanda.-
-Bien, ya estamos solos. Dígame.- dijo Damián.
-Damián, hijo, lo sé todo.-
-¿Qué es lo que sabe?-
-Todo lo que dice esto.- respondió el religioso poniendo el diario de vida de Silvia sobre la mesa. Damián se sintió tanto o más acorralado como aquella vez en que, en ese mismo escritorio, el sacerdote lo interrogaba tras sorprenderlo poniendo violetas en la cama de Esperanza.
-¿Cómo... cómo llegó ese diario a sus manos?- preguntó el muchacho con la voz temblorosa.
-Lo encontré bajo la almohada de Esperanza. Dios quiso que supiera la verdad.-
-Bien por usted, porque yo no pensaba decirle nunca lo que dice ese diario.-
-No sé qué decirte... la etapa más hermosa de mi vida la pasé junto a tu madre... jamás imaginé que eso pudiera haber tenido estas consecuencias.-
-Ella también fue muy feliz con usted. Lástima que yo no pueda decir lo mismo.-
-¿Cómo llegó ese diario de vida a tus manos?-
-Me lo entregó el mismo don Fernando.-
-Claro... Fernando... tu madre habla de un tal Fernando en su diario... el mismísimo degenerado que vive en este pueblo. Estoy seguro que te entregó el diario para vengarse de mí.-
-Sea como sea, yo sé que usted es mi verdadero padre. Lo sé desde hace un tiempo, por eso me fui de esta casa. Por eso dejé de ver a Esperanza, porque creíamos que éramos primos.-
-Supongo que ya te contó lo de la adopción. Damián, para que veas que a mí nunca me han podido engañar... yo sabía que ustedes dos estaban juntos.-
-¿Qué cosa? Y si lo sabía, ¿Cómo nunca nos dijo nada? Usted siempre mantuvo a Esperanza en una burbuja de cristal, no quería que se relacionara con todos nosotros.-
-Es verdad, cuando descubrí que ustedes dos estaban pololeando lo primero que pensé fue en separarlos, de cualquier forma. Luego me di cuenta que tenía que dejar que fuera ella quien se diera cuenta de que tú no estabas a su altura. Pero eso no sucedió, por eso ahora decidí enviarla a estudiar a Santiago.-
-Usted siempre tan injusto y tan soberbio... ¿Qué quiere decir con eso de que “no estoy a su altura”? ¿No lo dirá porque soy huérfano o sí? Para que vea como son las cosas, resulta que ella también es huérfana, y más huérfana que yo, porque yo tengo un papá, y para mi desgracia, está justo al frente mío.-
-¡Insolente! Cómo te atreves a faltarme así el respeto... yo nunca me enteré que Silvia estaba embarazada. Cuando se fue del pueblo la busqué, traté de encontrarla, de contactarla, pero fue imposible. Había desaparecido completamente del mapa. De haber sabido que ella esperaba un hijo mío las cosas hubieran sido muy diferentes.-
-¡No saca nada con arrepentirse ahora! Las cosas pasaron de esta forma, mi madre está muerta y usted se acaba de enterar que yo soy su hijo. Pero yo no lo quiero tener cerca.-
-Damián, quiero que entiendas que esto es muy delicado. Si se llegan a enterar que yo, el sacerdote del pueblo, tengo un hijo de dieciséis años, sería mi fin. Me excomulgan y me sacan de aquí. Me quitan la tutoría de todos ustedes y los mandan a un hogar en la capital. Eso sería terrible.-
-¿Sería terrible por todos nosotros, que probablemente nos separarían o sería terrible por usted, que se quedaría sin nada?-
-¿Qué me estás diciendo?-
-Lo que escucha. Si pierde su puesto, deja de gozar de los beneficios que tiene ahora.-
-¡Chiquillo malcriado! Te atreves a seguir ofendiéndome después de todo lo que he hecho por ti, después de haberte criado, educado, después de darte un hogar...-
-No me venga a sacar en cara todas las cosas que ha hecho. Como hijo suyo es lo mínimo que podía hacer por mí.-
-¡Hasta cuándo! Yo no sabía que tenía un hijo, y menos que vivía conmigo.-
-Las cosas pasan por algo... no se preocupe, yo no diré nada. Quédese en su pedestal de sacerdote, siga disfrutando de la vida que lleva, siga sintiéndose el hombre más importante del pueblo, el cura que todos admiran, el ejemplo de la gente. Pero su conciencia se encargará de recordarle siempre lo imperfecto que ha sido, porque usted se ha equivocado, y mucho.-
-Todo lo que he hecho lo he hecho por ustedes. Siempre quise darles lo mejor.-
-A lo mejor tiene razón, pero tiene que darse cuenta que con sus obras nos ha arruinado al vida.-
-Si es así lo siento, lo siento mucho.-
-¿Alguna vez llegaremos a escucharlo pidiendo perdón? Parece que no conoce esa palabra. Bueno, como le decía, no se preocupe que de mi boca no saldrá esta verdad, esta gran verdad que le costaría muy caro.-
-Gracias...-
-Pero déjeme pedirle algo. No quiero que interfiera entre Esperanza y yo ¿De acuerdo? Si usted llega a hacer algo, le juro por mi madre que hablo con el obispo. Ahora devuélvame ese diario, es lo único que tengo de ella.-
-¿No me dejarías tenerlo un tiempo más? Quisiera leerlo de nuevo.-
-¿Lo quiere para leerlo o para romperlo? Estoy seguro que haría desaparecer ese cuaderno, es la única prueba que tenemos de que usted y yo llevamos la misma sangre.- agregó el muchacho guardando el diario de vida bajo su camisa.
-No, jamás haría algo así.-
-¡Ah! Seguiré viviendo con Salvador, hablaré con él para que se haga cargo de mi tutoría, así que espero que no vaya a complicar las cosas.-
-¿Quieres que él tenga tu custodia?-
-Sí, así que no interfiera en eso o ya sabe lo que pasará.-
-No te preocupes. No interferiré entre tú y Salvador ni tampoco entre tú y Esperanza. Y gracias por guardar el secreto.-
-Jamás pensé que fuera tan cobarde. No tengo nada más que hablar con usted, y espero que no nos veamos las caras en un buen tiempo más. Adiós.-
-Damián, espera...-
El muchacho salió rápidamente de la habitación. El sacerdote, sintiéndose humillado como nunca en su vida, volvió a llorar. Esta vez de rabia.
Semanas después...
Las cosas en la parroquia no andaban bien. El padre Antonio se había transformado en un hombre frío, mañoso y hostil. La armonía y la tranquilidad que alguna vez caracterizó a ese lugar se había perdido para siempre. Los muchachos no soportaban estar ahí; la señora Amanda, que sabía todo lo que había pasado, no lograba encontrar remedio a la situación. Esperanza seguía escondida en el viejo galpón, en donde, con la ayuda de su querida Amanda, lograba mantenerse a salvo. Damián, que seguía viviendo con Salvador y estaba a punto de conseguir que él se hiciera cargo de su tutela, visitaba a su amada todos los días. Pero las cosas empezaban a andar mal. La muchacha estaba extraña.
Por otra parte, Carola y Daniel, quién había vuelto a tener desmayos, lograban por fin dejar atrás los rencores; habían viajado nuevamente a Santiago a buscar los resultados de los exámenes. José Miguel no lograba superar el trauma de haber sido abusado, tenía problemas para dormir y muchas veces lloraba encerrado en el baño. Ante esta situación, Amparo, Claudia, Amanda y los muchachos, liderados por Salvador, habían decidido organizarse para enfrentarse al pervertido don Fernando.
Aquella tarde se reunieron en la casa de Salvador. Estaban decididos a dar el primer paso. Caminaron a la casa de don Fernando y comenzaron a gritar. Con pancartas en alto que señalaban frases como “Pervertidos no”, “Fuera el cerdo”, “No queremos degenerados” o “Cuidemos a nuestros niños”, se dio inicio a la manifestación. La gente comenzó a salir a la calle a ver qué estaba sucediendo. Al cabo de unos minutos, todo el pueblo se había enterado de que el acaudalado Fernando Núñez había abusado de un niño de la parroquia. El padre Antonio, cuando supo, prefirió encerrarse nuevamente en su escritorio; si bien no quería que la gente se enterase de que uno de sus niños había sido víctima de abuso sexual, también quería que alguien le hiciera frente al desgraciado ex benefactor de su iglesia.
Cuando las piedras comenzaron a caer sobre el tejado de su casa, don Fernando tomó la escopeta y salió a la calle decidido a terminar con el alboroto.
-¡Qué cresta está pasando acá!- exclamó
-Sabemos perfectamente lo que le hizo al niño.- respondió Amparo.
-¡Me están acusando de algo muy grave!-
-¡Saquemos de aquí a este mal nacido!- gritaba la gente.
-¿Quién organizó esta manifestación?- preguntó don Fernando.
-Yo, ¿Por qué?- respondió Salvador.
-Si no terminas con toda esta basura ahora mismo, te juro que te mato.-
-Tranquilo, no tiene por qué alterarse. “El que nada hace, nada teme” ¿o no?-
El viejo depravado se salió de sus casillas. Disparó dos tiros al aire mientras gritaba a toda la gente que se fuera. Solamente Salvador se quedó parado ahí, frente a la reja.
-Salvador Muñoz, no sabes lo que te espera. Te arrepentirás de haber venido a insultarme de esta forma a mi propia casa.-
-Haga lo que quiera, no le tengo miedo. ¡Dispare!-
-No, no me voy a ensuciar con sangre tuya. No vale la pena. Ahora ¡Sal de aquí!-
-No se preocupe, me voy. Pero nos volveremos a encontrar.-
-Claro que nos volveremos a encontrar.-
Carola estaba más nerviosa que Daniel. Pero tenía que estar tranquila, pues su hijo necesitaba el apoyo de su madre, más que nunca.
-¿Estás bien?- preguntó Carola.
-Estoy preocupado por José Miguel. No está bien, él debería ir a ver un médico.-
-Tranquilo, ya nos ocuparemos de eso.-
-Además hoy era la manifestación contra el viejo Fernando.-
-Mejor que no estés allá, tienes que estar calmado, esas cosas te hacen mal. No quiero que tengas otro desmayo.-
-Bueno, confío en que allá todo saldrá bien.-
-Acá también todo saldrá bien.-
El doctor se asomó por la puerta de su despacho y nombró a Daniel. Carola y su hijo, más nerviosos que nuca, entraron con el alma en un hilo.
-Daniel, señora, voy a ser directo. Revisé los exámenes apenas llegaron a mis manos y debo decirles que hemos detectado una disfunción cerebral.-
-¿Qué cosa?-
-Daniel, tienes epilepsia.-
-¿Epilepsia?-
-Sí, pero tienes que estar tranquilo. Afortunadamente existe un tratamiento. Hay medicamentos que evitan que tengas esas crisis que has estado teniendo este tiempo.-
-¿Está seguro, doctor? A lo mejor hay algún error.- dijo Carola.
-No señora, no hay ningún error. Su hijo es epiléptico.-
En su casa, don Fernando no respiraba tranquilo de rabia. Un auto se estacionó afuera.
-¡Jaime! ¡Qué bueno que llegaste!- exclamó el viejo.
-Papá, vinimos apenas me llamaste.- respondió Jaime.
-¿Con quién viniste?-
-Hola abuelo.- respondió Gonzalo.
-¡Gonzalo! ¡Tanto tiempo sin verlo! Qué bueno que vino a acompañar a su papá. Pasen, pasen.-
Damián llegó al viejo galpón como todos los días. Después de la manifestación, Esperanza y la señora Amanda se fueron juntas. Tenían que conversar.
-¡Hola!- exclamó contento el muchacho al llegar. Pero las caras de su amada y de la cocinera de la parroquia no eran muy buenas.
-Yo los dejo para que conversen.- dijo Amanda antes de salir.
-¿Me puedes explicar qué está pasando? No tienes buena cara y Amanda tampoco se veía muy contenta.-
-Damián, siéntate... hay algo que te tengo que contar.-
-¿Qué pasa? Me estás poniendo nervioso. Hace tiempo que te noto rara...-
-Lo que te voy a decir es muy delicado... espero que no lo tomes mal...-
-Esperanza, no me sigas asustando... dime qué te pasa.-
-Damián... yo... eh... estoy... estoy embarazada.-