Fernando Ramallo es Damián
Emma Watson es Esperanza
Héctor Noguera es Padre Antonio
Alvaro Rudolphy es Salvador
Solange Lackington es Doña Amanda
Tomás Vidiella es Don Fernando
Miguel Angel Rodríguez es David
Pablo Larroulet es Daniel
María José González es María Paz
Sebastián Arancibia es José Miguel
Griffin Frazen es Rodrigo
Participación Especial:
Carolina Varleta como Sofía
Nelson Villagra como Don Octavio
Teresita Reyes como doña Teresa
Felipe Braun como Manuel
Damián y Daniel llegaron a la casona rojo ladrillo en unos minutos, que al exaltado Daniel se le hicieron eternos. La puerta de la casona se abrió, unos hombres con una botella de licor en mano hicieron su entrada al lugar. Mientras, los muchachos de la parroquia miraban la puerta, ancha y soberbia. Golpearon con seguridad. Un anciano que no cesaba de fumar los atendió.
-¿A quién buscan?- les preguntó.
-A la muchacha.- respondió David.
-¿A la muchacha? ¿A cuál muchacha? Acá está lleno de muchachas. Además ustedes son unos mocosos, no tienen nada que hacer acá, mejor váyanse.- dijo el viejo.
En ese momento, uno de los hombres que había entrado hacía pocos momentos, sacaba suavemente la botella de debajo del poncho para golpear en la cabeza al anciano, que dejó caer su cigarro al suelo para finalmente desplomarse ante la atónita mirada de los jóvenes. Adentro se escucharon gritos desesperados.
-¡Pero cómo se te ocurre! ¡Mataste al abuelito! Te dijo clarito, hueón, “le quitamos la plata no más”, pero nada de sangre, ¡Nada! ¡¡Huaso porfiado!!- gritó el otro hombre colérico.
El agresor registró al anciano por completo, sacó todos los billetes y joyas que encontró, que no fue mucho, y luego ambos ladrones salieron corriendo. Damián y David observaban estupefactos. Muchas personas salieron de la casona. Unas mujeres corrieron a auxiliar al anciano que yacía en el suelo con la cabeza sangrando. Entonces apareció la muchacha que David esperaba con impaciencia. Llevaba un vestido de fiesta rojo y un pañuelo negro en el cuello, que usó para sacarle la frente al abuelo.
-¡Abuelito! ¿¡Qué te hicieron estos desgraciados!? ¡Y ustedes! No se queden paradas como las tontas ¡Traigan algo!- gritó tratando de ordenar el caos que se desató.
David escuchó esas palabras y reaccionó mágicamente.
-Hay que llevarlo adentro ¡Rápido!- exclamó.
Entre David, Damián y otros hombres que estaban dentro de la casona tomaron al pobre anciano y lo llevaron a un dormitorio donde una mujer en bata ordenaba la cama, mientras un hombre en ropa interior salía corriendo. Damián se quedó nuevamente boquiabierto al ver a la mujer que lucía sus atributos con total soltura.
-¡No te quedes ahí mirando, Damián! ¡Ayuda será mejor!- le gritó su amigo.
David se sentía en la obligación de atender al abuelo que no se veía bien. Fue así como ordenó traer agua tibia con sal y paños para atender las heridas. La lecciones de primeros auxilios que Salvador les había enseñado días atrás eran la gran solución para el momento. Horas más tarde, cuando el accidentado ya había recuperado la conciencia, David y Damián pudieron marcharse tranquilos a la parroquia. En la puerta de la casona, la muchacha lo detuvo.
-¿Cómo te llamas?- le preguntó, apagando un cigarro.
-David, para servirte.- le respondió el muchacho. Mientras, Damián se había adelantado unos metros para dejar tranquilo a su amigo.
-Yo me llamo Sofía.- dijo la muchacha.
-Mucho gusto, Sofía.- agregó David.
-No, el gusto es mío. Y por favor déjame agradecerte tu ayuda. Mi abuelo se habría muerto de no ser por ti.-
-No te preocupes. Sólo cuídalo que no se levante y dale algo de comer. También tienes que cambiar la venda dos veces al día y lavar la herida con agua tibia con sal.- señaló David.
-Pero yo no sé hacer curaciones, ¿Por qué no me vienes a enseñar mañana?- preguntó Natalia.
-¡Encantado!- exclamó el muchacho. –Mañana estaré por aquí.-
Damián lo esperaba a media cuadra.
-Ni que hubiésemos planeado todo esto. Pudiste conocer a tu amada y más encima quedaste como rey al salvarle la vida al abuelito.- le dijo cuando llegó a su lado.
-Parece que así fue, jaja. En todo caso tú también sabes primeros auxilios, Salvador nos enseñó a todos.- agregó David.
-Si sé, pero preferí dejarte a ti como el ídolo.-
-Pucha, gracias.-
-Nada que ver. “Hoy por ti, mañana por mí”. ¿Te fijaste qué hora es?- preguntó Damián.
-No, ¿por qué?-
-¡Son las cuatro de la mañana!- exclamó el muchacho.
-¡Chuta! ¡Qué tarde! ¡Vamos, corre!-
Los dos amigos llegaron a la parroquia lo más rápido que pudieron. Por suerte todos roncaban a esa hora y nadie los sintió llegar. Luego, en el dormitorio, mientras se acostaba, Damián comenzó con el interrogatorio a David.
-¿Qué te dijo? ¿Te preguntó algo?.-
-Me dio las gracias por la ayuda. Le dije que tenía que cambiarle las vendas mañana y me contestó que no sabía hacer curaciones.- respondió David.
-¿Y, qué le dijiste tú?- volvió a preguntar Damián.
-Mañana iré a enseñarle primeros auxilios.-
-Mira que tienes mala suerte.- agregó Damián en tono irónico. -¿Y cómo se llama tu futura alumna?-
-Sofía.- respondió David y luego suspiró.
-¿Te fijaste cómo las tenía?- preguntó Damián, excitado.
-¡Oye!- exclamó David.
-¿Qué acaso tú no se las miraste? ¿Acaso no viste a las otras mujeres que habían ahí en ropa interior?- preguntó Damián.
-Jaja, claro que sí las vi.- contestó el héroe de la noche. -¿Oye, qué estás haciendo?-
-¿Tienes confort?-
Sofía era la nieta de don Octavio, el anciano golpeado por los delincuentes, a quien David ayudó a curar. El abuelo era el portero de la oculta casa de remolienda del pueblo, negocio que pertenecía a su esposa. La madre de Sofía nunca trabajó como las demás muchachas, nunca le pareció un trabajo digno para ella. Por eso, apenas tuvo la oportunidad de casarse, lo hizo, y muy enamorada. Así nació Sofía, un día 29 de febrero.
-Esta niña va a ser muy inteligente.- le decían a la madre aludiendo a los mitos sobre las personas que nacen el día 29 de febrero.
El padre de Sofía murió de neumonitis cuando la niña tenía 5 años. Por eso, ella creció junto a su madre y sus abuelos, en ese ambiente de fiesta. Sofía heredó de su madre le talento para tocar la guitarra, a los 8 años ya se sabía “La Jardinera” de Violeta Parra y muchas otras canciones del folclor popular. Por eso cuando David llegó a hacerle las curaciones a don Octavio y vio a la bella Sofía cantando con esa voz angelical, mientras tocaba la guitarra con natural facilidad, quedó, nuevamente, con la boca abierta.
-¡Hola David! Ven, pasa.
-Con permiso.- dijo el muchacho, que se quedó de pie observándola, completamente hipnotizado.
-Parece que te gusta la música.- agregó Sofía.
-Hermosa. Me encantaría aprender.-
-¿De veras? Pues, haberlo sabido antes. Ya tienes profesora de guitarra.- agregó la joven.
Pronto don Octavio se mejoró por completo. Las curaciones quedaron en el recuerdo de cómo David y Sofía comenzaron a frecuentarse. Las clases de guitarra se transformaron en todo un acontecimiento para el muchacho, que aprendía con gran rapidez. Llegaba enormemente feliz a la parroquia. Al comienzo, cuando las yemas de sus dedos se llenaron de durezas, José Miguel y Rodrigo se burlaban de él, pero a David no le importaba. Damián lo alentaba siempre a que se dedicara no solo a tocar guitarra, sino también a componer canciones. El único problema era que David no tenía guitarra propia, pues ensayaba en la vieja guitarra de Sofía, que en realidad pertenecía a la madre de la joven.
José miguel no quería volver a la casa de don Fernando. A pesar de que éste era de lo más cordial con el niño, haciéndole regalos y dejándolo bien parado delante del sacerdote, el chiquillo no tenía intenciones de perderse las clases de Salvador, que eran para él, el gran momento del día. Esa mañana no quería levantarse.
-¡Jose! ¡Levántate! Va a venir el padre a sacarte de la cama.- le decía Rodrigo tratando de hacerlo reaccionar.
-¡No! No me quiero levantar.- respondía, tapándose con las sábanas.
-Te dije, acá viene el padre Antonio.- dijo al fin Rodrigo.
-¡Ya! ¡A levantarse carajo! Tienes un compromiso con don Fernando que no puedes romper. Te está esperando. Apúrate que te vas a tener que ir sin tomar desayuno.- dijo el sacerdote.
-¡Pucha! No quiero ir, padre. Quiero ir a la clase con Salvador.- respondió el niño.
-Ya te pondrás al día con las clases. A lo mejor te desocupas temprano y alcanzas a llegar a la segunda parte de la clase, ¿Historia no es?- agregó el párroco.
-Sí, es historia.- contestó el niño.
-Ya chiquillo, te cuento hasta tres. Una... dos... –
El pequeño se levantó pensando que si se apuraba podía volver antes de que terminara la clase, así que se duchó en cinco minutos, se vistió y salió corriendo, sin tomar desayuno. Llegó a la casa del acaudalado patrón. Káiser, el perro, que andaba suelto, salió a recibirlo.
-¡Hola Káiser! Parece que hoy vamos a jugar de nuevo. Pero será un ratito no más porque tengo que ir a clases.-
Siguió su camino el muchachito. Llegó hasta la puerta principal que estaba semiabierta, por lo que decidió entrar.
-¡Hola! ¿Don Fernando? ¿Está ahí?- exclamó el pequeño, pero nada. Todo estaba perfectamente ordenado. La mesa limpia, con cada silla puesta ordenadamente en su lugar, las cortinas ocre abiertas colgando como cartel de bienvenida. Al parecer no había nadie.
-A lo mejor está enfermo... en cama.- pensó José Miguel. -¿Está ahí don Fernando?- gritó nuevamente. En ese instante oyó ruidos desde el pasillo, así que se acercó lentamente, pero decidido. Una de las habitaciones tenía la puerta a medio abrir, adentro, había luz. El muchacho golpeó la puerta, que con el golpe se abrió un poco más.
-Pasa no más.- sonó desde adentro la voz de don Fernando. José Miguel entró. Era el baño. En la ducha, el hombre se bañaba con la cortina semiabierta.
-¡Hola José Miguel! ¿Cómo estás?- dijo el hombre.
-Bien, ¿Y usted?- preguntó el muchacho.
-Acá, un poco adolorido, parece que es tensional.- respondió don Fernando. -¿Puedes alcanzarme la toalla, por favor?-
-Sí, claro.-
En la parroquia había impaciencia. Golpearon a la puerta del padre Antonio.
-¿Quién es?- preguntó el religioso.
-Soy yo, Damián.-
-Pasa, muchacho.-
-Disculpe que lo moleste pero tenemos un problema.-
-¿Qué pasa ahora?-
-Es Salvador.-
-¿Qué le pasó? ¿Está enfermo?-
-No sabemos. No ha llegado y ya son las 9.-
-Pero qué cosa más extraña. ¿Qué le habrá pasado?-
-No sé. Si quiere puedo ir a su casa a ver qué le pasó.-
-Sí, sí. Anda rápido y vienes a decirme cómo te fue.-
-Bueno, me voy al tiro.- dijo el muchacho, que salió apresurado a la cabaña del profesor. Afuera de la oficina del religioso estaba David, con unas ojeras enormes.
-¿Adónde vas?- le preguntó a Damián.
-A la casa de Salvador, a ver qué le pasó.-
-Te acompaño.- agregó
-Ya, pero apúrate.- dijo el acólito.
Salieron corriendo, en tres minutos llegaron a la entrada del pueblo. La señora Teresa barría la entrada de su casa.
-¡Buenos días señora Teresita!- dijo Damián.
-¡Hola chiquillos! ¿Qué andan haciendo por acá?- respondió la dueña de casa.
-Vinimos a buscar a Salvador, ¿Usted lo ha visto?- preguntó inquieto Damián.
-No, para nada. Debe estar en su casa.-
-Pero qué raro, si a esta hora tiene que ir a la parroquia a hacernos clases.-
-Pasen a verlo si está. Yo no lo he visto desde anoche, que salió a fumarse un cigarrito y estuvimos conversando un rato.- agregó la señora Teresa.
Los niños caminaron por el patio hasta la entrada de la cabaña que tenía la puerta cerrada.
-Mmm... parece que no hay nadie.- dijo David.
-Parece que no. Pero golpea, a lo mejor se quedó dormido.- dijo Damián. El muchacho hizo caso a su amigo y golpeó la puerta, pero tras varios intentos se percataron de que efectivamente no había nadie.
-Qué raro. Salvador nunca faltaría así como así.- dijo Damián.
-¿Y si miramos por las ventanas?- insinuó David.
-¿Cómo no se me ocurrió antes? Ya, veamos.- exclamó Damián, sin embargo no vieron nada extraño, todo estaba en perfecto orden y evidentemente no había nadie dentro de la casa.
-Esto es muy extraño.- insistió Damián.
-¿Y si le vamos a preguntar a Daniel?- sugirió David.
-¿A la viña? Dale, vamos.-
Al salir del recinto se encontraron nuevamente con la señora teresa, que se moría de curiosidad de saber qué le había pasado al profesor de la parroquia.
-¿Cómo les fue, chiquillos?- preguntó apoyando la escoba en la puerta de la casa.
-Mal. No salió nadie. Miramos por la ventana y está todo normal. Ahora vamos a buscar a Daniel. A lo mejor él sabe algo.- respondió David.
-Qué cosa más rara. Bueno, si necesitan algo me avisan no más. ¡Que les vaya bien!- agregó la mujer.
-Gracias, ¡Chao!-
En cuanto llegaron a la viña divisaron a Daniel, que conversaba con Manuel. Se acercaron al instante.
-¡Hola cabros! ¿Qué están haciendo acá? ¿No se supone que están en clases a esta hora?- dijo Daniel al verlos acercarse.
-Hola Daniel. Sí, se supone que estamos en clases a esta hora pero Salvador no llegó esta mañana. Fuimos a verlo a tu casa, peor no estaba.- dijo Damián.
-¿No llegó? ¿Estás seguro?- exclamó Daniel.
-Sí, lo esperamos un rato y después como vimos que no llegaba pensamos que estaba enfermo o que se había quedado dormido.- agregó Damián.
-No, que raro. En la mañana cuando me levanté ya no estaba, pensé que se había ido temprano a la parroquia, pero en realidad, ahora que me dices, ¿Para qué se iba ir tan temprano a la parroquia?-
-Si, es raro. La señora Teresa lo vio anoche. Dice que salió a fumarse un cigarro y estuvieron conversando.- dijo David.
-¿Y tú no lo viste anoche?- preguntó Manuel, que había permanecido en silencio durante ese momento.
-Es que anoche yo ya estaba acostado. Él salió a fumarse su cigarro como todas las noches, pero yo me quedé dormido antes que volviera.- contestó Daniel. –No lo vi después.-
-¿Qué hacemos? Esto es muy raro. Él es una persona responsable, nunca faltaría sin avisar.- dijo Damián.
-Es cierto, es muy responsable.- agregó David.
-¿No te dijo nada como que tuviera algún familiar enfermo o algo por el estilo?- le preguntó Damián a Daniel.
-No, para nada.- respondió el muchacho.
-Bueno, nosotros nos vamos a la parroquia a contarle al padre Antonio. Si saben algo avísennos. Si nosotros sabemos algo venimos a avisarles. ¿Ya?- dijo Damián.
-Ya, listo. Nos vemos- respondió Daniel.
Así los muchachos se despidieron. Damián y David le contaron todo al padre Antonio, que se preocupó mucho. Al final del día, Daniel llegó a la parroquia.
-¡Hola Daniel!- dijo María Paz al abrirle la puerta.
-Hola. ¿Puedo pasar?-
-Sí, claro. ¿Cómo estás?-
-Preocupado. Salvador todavía no aparece. Estoy súper preocupado, ojalá no le haya pasado nada malo.-
-¡¿Todavía no llega?! Exclamó Damián que corrió a la puerta cuando escuchó que golpeaban.
En efecto, Salvador no llegó a su casa esa noche, ni la siguiente. Pasaron cuatro días y todo el pueblo estaba consternado por la desaparición del profesor de la parroquia. El día domingo en la misa, el sacerdote pidió por Salvador, para que Dios lo protegiera y para que nada malo le haya sucedido.