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TERCIOPELO AZUL.- Capítulo XXIV

July 5 2004 at 5:57 PM
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Calipso  (no login)

 
- Está muy bravo y puede tomar decisiones que nos perjudiquen a todos. Creo que de momento es mejor acatar sus exigencias. Pero no te preocupes, que sólo me iré a mi apartamento para dormir

- Y cómo no me va a importar que te vayas por las noches? – Se ruboriza. – Sé que eres distinto, Armando. Y te quiero aquí, con nosotras.

- Mi amor. – La abraza y se entremezclan las lágrimas de los dos.





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Capítulo XXIV.- Ahí, junto a tu corazón...



A la noche siguiente, Armando sale de la casa dejando en ella a su mujer, a su hija... y a su corazón. Entra en el coche con una bolsa de trajes y una maleta con ropa, y al arrancar ve un auto estacionado en la otra acera con alguien dentro.

Reconoce inmediatamente a su suegro y comprende que van a ser estrechamente vigilados.

Así malviven una semana, con la esperanza de que don Hermes se canse de escoltar a Armando por las noches hasta dejarle en el apartamento. Pero el viejín tiene mucho aguante.

Una mañana la dice al recogerla a la puerta de casa:

- Betty, tu padre me acompaña todas las noches hasta dejarme recogido. Sólo le falta arroparme y darme el besico de buenas noches.

- Pues a continuación viene hacia acá y espera un buen rato. Me imagino que por asegurarse de que no regresas.

- Qué cruz, Betty!






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Armando, día a día va recordando y como si fueran piezas de un puzzle, completa el vacío que tenía en su memoria.

Hablan cada tarde de esos nuevos recuerdos que han acudido a su mente, y ella le aclara los detalles que conoce.

Así los dos comienzan a saber más sobre los sentimientos del otro y lo que le han afectado las circunstancias que ha sufrido.






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Cuando llega el cumpleaños de Betty, Armando la regala un colgante de oro con una foto de Laura y él juntos en el interior, y una dedicatoria: “Nunca olvides que te amamos.”

Betty se emociona tanto que se queda callada contemplándolo, y Laura que no puede esperar más, pregunta:

- Te gusta, mami? Lo elegí yo! Di, te gusta?

- Ellos dos se están mirando y la niña la tira de la manga.

- Mamaaá, di algo!

- Me gusta mucho, mi vida. Es precioso! – Y les da las gracias con un beso a cada uno.

- Pónselo, papá!

Armando se lo pasa sobre la cabeza, abrocha la cadena y los tres miran al espejo.

- Estás guapísima, mami! Voy a ayudar a Teresa con la tarta! – Dice Laura tan excitada y sale disparada a la cocina.

Armando, que todavía está detrás de ella, la besa el cuello y la nuca.

- Ahí debes tenerme siempre... junto al corazón. – La murmura al oído.

- Gracias. Es muy bonito. – Le agradece volviéndose para encararle.

- Lo que está grabado dentro es verdad, sabes?

- Sí. Lo sé.

- Pues podías ser más espléndida y agradecerlo más efusivamente...

Betty no se hace de rogar, le rodea el cuello con los brazos y empieza a besarle. Él responde adecuadamente y la atrae pegándola a su cuerpo.

- No sabes cuanto te necesito, mi amor.

- Yo a ti también, Armando.

Vuelven a besarse apasionadamente y se separan agitados cuando oyen la voz de su hija.

- Mamá! Papá! Llaman a la puerta y son los abuelitos!

- Ya bajamos. – Dice él recuperando la voz, mientras Betty apoya la frente en su hombro para serenarse y dar tiempo a que las rodillas la respondan.

Segundos después baja y saluda con un beso a sus suegros y displicente a su padre, e inmediatamente la sigue Armando, recibiendo una mirada fría y reprobadora de don Hermes que mantiene con aplomo.

El hombre mayor desaprueba ver que su yerno estaba en la planta de arriba, a solas con Betty, pues aunque sabe que no pasan las noches juntos, sospecha que algo de intimidad comparten.

Entra Teresa con la cafetera humeante en una mano y la tarta en la otra, y todos toman asiento alrededor de la mesa para merendar.

Encienden las velitas con las cifras de la edad que cumple Betty, saborean la rica tarta, charlan todos animados menos don Hermes que se muestra huraño, y una vez que terminan, Betty y doña Margarita toman los platos y las tazas y van a llevarlos a la cocina, porque dieron la tarde libre la mucama.

Armando también colabora y tiene la cafetera en una mano cuando oye la voz clara de Laura.

- Papá, quiero que te quedes en casa con nosotras, como antes.

- Qué más quisiera yo! Pero de momento no puedo, hija. - La contesta mirando a su suegro.

Betty y doña Margarita se paran y casi se les cae lo que llevan en las manos.

- Por qué? Lo pasábamos rico, y ahora mami y yo estamos tristes.

- Es que no depende de mí, Laura. - Sigue mirándole fijamente.

- Y de quién dep… depende? - Casi se traba con la palabra.

- De una persona a la que le molesta ver que después de tantos problemas… habíamos conseguido superarlos y ser felices.

Echa a andar hacia la cocina pasando por delante de su madre y de Betty, que aún están paradas con las tazas y platos tintineando en las manos.

Le siguen al fin y cuando los tres regresan al salón, Laura sigue dando vueltas al tema.

- Pues yo quiero que te quedes. - Dice chupando el chocolate que se ha descubierto en un dedo. - Y si a alguien no le gusta vernos contentos… que se chinche! A que tú también quieres que papá se quede, mamá? - Pide apoyo a Betty.

- Sí, cielo. Yo también quiero. - Contesta recogiendo las últimas tazas y el mantel con lentitud porque las manos la siguen temblando.

- Bueno, Laura, dame un besito porque yo tengo que irme. - Corta la conversación don Hermes porque no le agrada, e intenta bromear. - Ya ha anochecido, y los niños y los abuelos no deben andar tarde por la calle…

Se despide de los Mendoza, intercambia un frío beso con su hija, y Armando y él pasan de hipocresía y ni se miran.






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Laura se ha dormido y están solos los dos. Armando remolonea sin ganas de irse, se acomoda en un sillón y tira de Betty sentándola sobre él.

- No quiero marcharme. - Confiesa ceñudo.

- Yo sé, pero recuerda a tu suegro. - Le besa.

- Ya oíste a Laura. Ella también lo está pasando mal, igual que tú y yo. Podía darnos una oportunidad!

- No nos la dará. - Dice Betty tristemente, y acariciándole la línea del mentón con un dedo sugiere. - Por qué no le hacemos creer que acatamos sus exigencias…?

- Y pasarnos todas las noches de nuestra vida jugando al ratón y al gato? No, gracias.

Se queda mirándola muy serio, la estrecha contra él y afirma con decisión.

- No me voy a ir, Betty. Si tú estás de acuerdo, me quedo. Y si él se venga de alguna manera, además de ser responsabilidad suya únicamente, le enfrentaremos juntos, OK?

- OK! Pero ten la seguridad de que intentará separarnos. - Asegura Betty. - Él provocó nuestro matrimonio, y ahora está empeñado en conseguir nuestra separación. Jamás te perdonará tu infidelidad.

- Estaremos alerta, no temas.

La sonríe liberado de pronto de la pesada losa que le oprimía el corazón, y marcando hoyuelos la propone pícaro:

- Subimos ahora a nuestra camita…

- Sabes cuánto te amo, Armando?

- Me hago idea, y espero ganarte yo.

- Dejémoslo en empate, sí?

Se arrodilla ante ella tomando sus manos entre las suyas. Las alza hasta los labios y besa las palmas. La oye respirar hondo, relajada, y tira de ella para guiarla arriba.

Ya tumbados sobre la cama, Betty apoya la cabeza en el pecho de él y aprecia los regulares latidos del corazón, el aroma de su piel, el calor tibio de su cuerpo…

No se trata de la impulsiva pasión de otras veces, sino simplemente del goce de su proximidad, la necesidad de tenerle…

Deja que la incertidumbre se desvanezca, pues ellos se aman y lo justo es que estén juntos. Ellos dos y su niña.

Armando la besa moviendo la lengua con dulzura en el interior de su boca, y unidas las de los dos en lenta y acompasada danza, bailan en total armonía.

Betty deja escapar una risita de placer.

- Un poco de seriedad con su amante, señora Mendoza. - La susurra.

- Usted disculpe, caballero... Ya me pongo seriecita.

Le desabotona la camisa, y empieza a besarle desde el esternón hasta la garganta con leves besos que le hacen desear más. Se arrodilla frente a él y sus dedos siguen desabrochando y explorando hasta que Armando no puede más.

La toma por la cintura, y volteándose, la deja tumbada de espaldas debajo de él.

Entonces desliza sus manos por la suave piel de ella y según la acaricia, Betty se enciende bajo esas manos amorosas.

Le rodea con los brazos apretándose contra él, y se aman sin afán.

Dejan que la sensación de sus cuerpos fundidos fluya despacio a través de los dos, mientras Armando se mueve en su interior.

Más tarde quedan inmóviles, mirándose uno a otro con ojos sonrientes, saboreando la intensa satisfacción de su unión.






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El día amanece con un sol espléndido, y Armando entra muy decidido en la empresa, se despide de Betty con un beso y un fuerte abrazo en el ascensor y va directo a Sandra.

- Buenos días. Por favor, telefonee al señor Pinzón y páseme la llamada al despacho.

- Buenos días. Inmediatamente, don Armando.

Ha dado la orden tan serio que la secretaria sospecha algún problema y… tras breve reflexión ética, gana su lado oscuro y decide escuchar.

- Aló?

- Doctor, ya tiene la llamada que pidió.

- Gracias, Sandra. Don Hermes, me escucha?

- Alto y claro, doctor Mendoza. - Contesta secamente.

- Le llamo para comunicarle que mi esposa y yo hemos decidido volver a vivir juntos, porque es lo que Laura, ella y yo queremos. Se lo aviso para que no vuelva a esperarme en la puerta de casa con el propósito de escoltarme al apartamento, y luego regresar para espiar si me regreso o no.

- Doctor Mendoza, le dejo claro que no estoy dispuesto a consentir…

- Don Hermes! - Le interrumpe con voz glacial. - Comprenderá que a mí lo que me importa es la felicidad de mi mujer, de mi hija… y de rebote… la mía propia. Si a usted le importase igual la de su hija, la dejaría tomar sus decisiones. Pero es lo mismo! No vuelva a amenazar o protestar porque su opinión me es indiferente. Buenos días!

Y cuelga el teléfono con un golpe seco que casi deja sorda a Sandra.

Las otras del cuartel que la descubrieron escuchando, han estado todo el tiempo pendientes de las caras que ponía su amiga, porque su olfato chismoso las ha indicado que allá había “carnaza”, pero no saben con quien habla Armando, ni de qué asunto.

Cuando la ven dar un respingo por la brusquedad con que ha colgado su jefe, y depositar suavemente el auricular, Berta que no puede más de curiosidad, implora:

- Diga algo!

- Pero Sandra sigue en OFF, codificando lo que ha oído porque como hay detalles que ella ignora… debe atar cabos e imaginar.

- Convocamos un 911? - Pregunta Sofía impaciente.

- Ay, qué estrés, amiga! - Se queja Mariana.

En ese instante sale Aura Mª de presidencia, y al ver todas las mesas vacías, otea el horizonte y las ve apiñadas alrededor de la mesa de Sandra.

Sin pensárselo dos veces echa a correr de puntillas.

- Q´hubo? Hay chisme sabrosito?

- Pues vea que no sabemos, porque Sandra no suelta prenda. - Dice Berta molesta.

- Ay, fresca m´hija, cuente! - La exhorta Aura Mª.

Pero de pronto advierten que Armando las está contemplando cruzado de brazos y con cara de pocos amigos.

- Discúlpenme si interrumpo… - Las dice con sorna ya que se han quedado paralizadas.

- Ay, doctor. Permiso! - Y cada una sale disparada a su escritorio, menos Sandra que le pregunta.

- Necesita algo, doctor?

- No, Sandra. Tan servicial usted! Sólo quiero que las secretarias de esta empresa trabajen. Cree usted que será mucho pedir? - Ha ido levantando la voz para que le oigan todas.

- No, don Armando. Ya todas seguimos con nuestra tarea. Palabrita...

Entonces va a presidencia para informar a Betty de la conversación que acaba de tener con su padre.

- Me alegro para no tener que estar actuando a escondidas, pero ya verás como hará algo.

- Lo afrontaremos juntos, Betty. No temas.


Mientras, Berta que está a punto de explotar, toma el teléfono y convoca un 911 en su sala de juntas particular, para cuando la hiena regrese a su despacho.


CONTINUARÁ...





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Hola, chicas.

Parece que podemos estar tranquilas porque han decidido no hacer caso de las condiciones que impone el cansón de don Hermes.

Y como habéis visto se lo debemos a la oportuna intervención de nuestra gran aliada: Laura Mendoza Pinzón.

Espero que siga siendo el ángel de la guarda de sus padres... porque el viejín es del estilo de Marcela y no se da por vencido. O esta vez, sí?

Besos.

 
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