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ME DIRÁS QUE VOY DEPRISA.- Capítulo III

November 8 2007 at 11:24 PM
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Calipso  (Acceso CalipsoEsp)
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A continuación acompaña a su jefe al ascensor tras avisar a Wilson para que le consiga un taxi, y al volver a su mesa suspira feliz.

“Ayyys… le voy a tener varios días para mí solita sin remamitas que le tienten, y voy a mimarle y consentirle tanto que me haré imprescindible para él…”

- Ay, Sandra, m´hija, deje de soñar y póngase a trabajar. –Se dice en voz alta volviendo a la realidad.- Lo primero es llamar a la agencia de viajes.

- Amiga, habla sola? –Le pregunta Mariana.

- Es que estoy preocupada por el doctor. El pobre está tan dolorido…

- Sí, la verdad es que debió de darse tremenda caída. –Afirma la negrita.





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Capítulo III.- Mira que es bruja…




Mientras, Armando ha cruzado al despacho de enfrente, toca con los nudillos en la puerta y entra.

- Betty, malas noticias. –Se sienta en una silla ante ella y tamborilea con los dedos sobre la mesa.

- Cómo así? Nos han rechazado alguna partida porque hubiese algo deteriorado?

- No, no es eso.

- Nos han anulado algún pedido importante?

- No, Betty, tampoco. –Contesta impaciente.

- Se ha quemado algún punto de ventas?

- No. Ni tampoco se ha inundado. No es nada de eso, carajo!

- Entonces es de su familia.

- Que no, mujer, déjeme hablar. Son malas noticias para usted y para mí.

- Usted dirá. –Betty al fin se calla dejándole explicarse.

- Hay un cambio de planes. Tengo que irme yo al viaje de las franquicias porque Calderón ha tenido un contratiempo.

- Algo grave? –Pregunta por compromiso.

- Cayó por unas escaleras y está muy magullado.

- Ah… Y eso fue por casualidad o un “accidente laboral nocturno”? –Sarcástica.

- Cómo? –Pregunta él desorientado.

- Que si ocurrió durante alguna cacería?

- A usted no se le escapa una! –Comenta admirado por la perspicacia.

- “Piensa mal, y acertarás”. –Sentencia con el refrán.- Y más de alguien como él. Menos mal que como esas escaramuzas las hacen a dúo, usted le prestaría auxilio…

- Pero, mira que es bruja… –Sonríe mirándola con ojos entornados.- Pues vea que ahora no acertó porque yo no he vuelto a salir con nadie después de estar con usted.

- No se moleste en mentir que no voy a creerle.

- No miento. –Dice tranquilo.

- Pues si eso es verdad está perdiendo muchas oportunidades… -Con sorna.

- Sólo usted puede poner un final feliz a mi vida. –Coquetea con ella.

- En ese caso va a hacer vida monacal el resto de su existencia. Búsquese alguna preciosidad descerebrada de las que tanto le gustan y salga de rumba noche tras noche.

- No me interesa ninguna porque sólo me importa usted. Ya se lo he dicho.

- Doctor, que le conozco…

- Pues vea que no. Usted es la estación término de mi vida de conquistador. Es mi meta soñada, y no habrá nadie después de usted porque la amo y eso será así mientras viva. Yo sé que de momento no me cree, pero ya se convencerá cuando vea pasar el tiempo y a mí envejecer, todo lleno de canas y arrugas esperando para convencerla de mi amor.

Quedan mirándose por unos segundos interminables hasta que Betty, incómoda, vuelve al tema.

- Y por qué va a ser mala noticia que usted se ocupe de establecer los contactos para las franquicias si fue idea suya?

- Porque eso me impedirá verla a diario durante dos meses. Usted no siente al menos un poquitico que me vaya durante tanto tiempo?

- Mire, don Armando…

- Deje esa frialdad que yo sé que sólo es una pose.

- Cómo dice? –Abre los ojos al máximo.

- Que yo sé que me quiere… y casi tanto como yo a usted.

- Vaya, pues ya sabe más que yo. –Responde evasiva.

- Ya veo que no quiere reconocerlo, y por hoy la dejo, pero mañana quiero un rico beso de despedida.

- Usted es un ingenuo si espera algo después de cómo se portó conmigo.

- Puede que sea ingenuo, Betty… -Se pone serio.- …pero no pierdo la esperanza de que algún día me crea y me permita demostrarle cuanto la amo. Ahora… la dejo que siga con su trabajo y no la molesto más. –Y con gran dignidad se va a presidencia.

Mientras, ella le contempla marchar sorprendida por sus palabras, y contrariada porque él se tenga que ausentar durante tan largo periodo de tiempo.

- Yo también le añoraré, doctor, y sufriré imaginando que da sus besos y sus caricias a todas las aparecidas que se le acerquen. – Murmura.

A partir de ese momento, por más que lo intenta, no consigue volver a concentrarse en el trabajo porque continuamente le asalta la pena por su marcha.





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El polo opuesto es Sandra que se despide de sus amigas y se encamina muy contenta al mercado a comprar todo lo que necesita para preparar la cena. Después toma una buseta y va a casa de Mario.

- Buenas tardes, señorita, qué desea? –Pregunta el conserje al verla llegar a la puerta del edificio.

- Vengo a ver al doctor Calderón. –Con timidez.

- Ah, sí. Él la está esperando. Suba al 5º A. –La acompaña al elevador y le abre la puerta.

- Gracias.

Cuando el ascensor se detiene en el quinto piso, Mario, que ha sido avisado desde la portería, está esperándola en el descansillo.

- Buenas tardes, Sandrita. –Con voz cariñosa.- Bienvenida a mi casa.

- Buenas tardes, doctor. Cómo se encuentra?

- Bastante dolorido, pero estoy seguro de que mejoraré con una rica cena y una agradable compañía. Pase, por favor.

Sandra entra un poco ruborizada y él sigue hablando.

- Sígame para dejar la bolsa en la cocina y perdone que no se la lleve, pero… aún no me entiendo bien con este artefacto. - Muestra la muleta.- Luego le enseño el apartamento.

- No se preocupe, que no pesa.

- Sandra, quiero que me diga lo que le ha costado todo esto.

- Vamos, doctor, qué ocurrencia! Ni más faltaba!

- Pero usted es mi secretaria, no mi mucama, y por lo tanto no tiene que hacerme la compra ni cocinarme, y menos aún pagar mi cena.

- Vea, doctor, lo hago por mi propia voluntad y con mucho gusto. –Nunca ha sido más sincera.

- Está bien, en ese caso acepto, mas sólo porque no quiero desairarla. Pero usted también tendrá que aceptar alguna invitación mía.

- Bueno, lo haré. –Dice de nuevo ruborizada y muy contenta.

Dejan la bolsa en la cocina y Mario la muestra el piso que está decorado con un estilo sencillo pero muy elegante que cautiva a Sandra.

- Y éste es mi dormitorio. Perdone que la cama esté deshecha, pero me acosté un rato para tener la pierna relajada y luego no pude agacharme a estirar la ropa.

- No hay problema. –Sandra se adelanta, toma la sábana y el edredón, y con unos hábiles movimientos deja la cama perfectamente hecha en un instante.

- No debía haberse molestado.

- No es molestia. Ya ve que sólo han sido un par de tirones. Y ahora voy a preparar la cena. –Dice desenvuelta.

- OK! Vamos y yo la ayudaré a ver si así aprendo algo, que falta me hace.

Comparten un agradable rato en la cocina y toman una copita de vino mientras Sandra prepara el pescado y la ensalada. Luego pasan al comedor donde Mario ha preparado la mesa con mantelería, cubiertos, copas, y hasta un candelabro con un par de velas y un pequeño florero con una rosa junto al servicio de Sandra.

- Qué bonito, doctor! –Con tremenda satisfacción.

- Sí, la verdad es que queda resultón, pero ahora vamos a cenar antes de que se enfríe ese pescado que está diciendo “cómeme”. –Trae la ensalada en la mano libre.

Cenan disfrutando enormemente de la mutua compañía, y cuando terminan de tomarse el tintico ella se levanta para recoger, pero Mario no se lo permite.

- Usted ya ha trabajado bastante por hoy. Deje todo según está que mañana se ocupará de ello la mucama.

- Como quiera, y yo ahora me voy.

- Sandra, quiere venir a cenar mañana otra vez?

- Yo… bueno… si usted lo desea… -Se pone colorada por tercera vez.

- Claro que lo deseo, y además mañana me encargaré yo de la cena.

- Si no puede…

- Ya me las ingeniaré. La espero cuando salga de Ecomoda, sí?

- Sí, don Mario. –Está flotando entre nubes de color rosa.

- Espere, voy a decir a Joaquín que llame a un taxi y nos avise cuando llegue.

Así hacen y poco después Sandra ya está en el taxi, pero no se entera del trayecto porque sigue todo el tiempo viendo corazoncitos de colores que rodean la cara de su jefe.

Y éste está absolutamente maravillado de la deliciosa y, al tiempo, inocente velada que ha pasado.

“Es una muchacha encantadora con una conversación muy amena y variada. En cuanto que ha tomado confianza no ha sido callada, pero ni modo una cotorra. Ha hablado lo justo y con criterio. Sí, puede ser una excelente compañía mientras me recupero.
Para empezar, mañana encargaré la cena a Le Noir y pasaremos otra rica tarde y noche.”






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El día siguiente en la empresa se presenta tormentoso. Armando y Betty, cada uno por su cuenta, están de un humor de perros por la misma causa: sólo veinticuatro horas después él subirá al avión que le llevará a su primera escala y estarán casi dos meses alejados.

Él ultima los detalles con Sandra para que no quede ningún cabo suelto y mientras, Betty trabaja sin salir para nada de su despacho. Ni siquiera va a comer a El Corrientazo con sus amigas porque no está de buen humor y no la provoca nada estar escuchando la charla desenfadada de las otras.

Alega mucho trabajo para que la dejen sola y pide un sándwich y un jugo de moras a la cafetería.

Cuando se lo traen coincide que sale Armando de presidencia, pregunta al camarero para quien es esa bandeja y, al enterarse, la toma y dice que la lleva él.

Llama a la puerta del despacho y abre.

- Puedo pasar?

- Claro, doctor, está en su empresa. –Contesta huraña aparentando indiferencia.

- Ésta es muy poca comida, Betty. – Dice dejando la bandeja sobre la mesa.- Quiere venirse conmigo y comer en condiciones?

- Don Armando, habla como mi madre.

- Eso es porque yo también la quiero y me preocupo por usted.

- Doctor, no se esfuerce.

- Le aseguro que no tengo que esforzarme para quererla y preocuparme por su bienestar.

- Esas palabras y esos sentimientos que expresan llegarían demasiado tarde aún si fueran verdad.

- Lo sé, pero es que yo antes era… como era, y luego usted me convirtió en un buen ser humano.

- Deje ya la cantaleta. Sabe que no le creo. –Consigue mantenerse dura en lo que sólo es una defensa contra él, pero cada vez le cuesta más trabajo.

- OK! No insisto. Recuerda que éste es mi último día en Ecomoda durante una larga temporada?

- Sí. –Contesta con la vista baja. Cómo olvidarlo?

- Me va a extrañar?

- Sí, doctor. Es mi jefe. Cómo no voy a echar en falta sus órdenes y sus encargos?

- Betty, se pone imposible! Es como hablar con una pared y sin embargo usted sabe a qué me refiero. Por qué sigue tan dura conmigo?

- Porque una vez fui blanda y usted… -Vuelve la cara y se seca una lágrima.

- Pero le he pedido un millón de disculpas y le he jurado que nada parecido volverá a suceder jamás porque la amo y eso me ha cambiado. A pesar de lo mucho que lamento el pasado, no puedo cambiarlo. Nunca me permitirá redimirme de aquel terrible acto?

La seca la mejilla con el pulgar.

- Es que no me puedo permitir volver a ser vulnerable. –Se sincera y caen nuevas lágrimas.

- Ya, ya! No me llore, mi amor, que me encoge el corazón verla angustiada. Por favor, déme un único beso de despedida y no la molestaré más con mi presencia.

Betty no sabe como su cabeza ha asentido, pero el caso es que Armando se lo ha tomado como un sí, de modo que nota de inmediato sus labios sobre los de ella.

Son cálidos, tiernos y dulces, y ella se siente tan maravillosamente como cada vez que han compartido un beso.

Siguen unidos un rato, y sólo cuando empieza a faltarle aire recupera la cordura y se separa de él.

- Doctor, no había accedido a besarle. –Acierta a decir.

- Sí lo ha hecho. Yo la he visto asentir, y lo ha disfrutado tanto como yo. No me lo niegue, por favor.

- Le deseo que tenga buen viaje, y cuídese. –Ni se lo niega ni se lo confirma, pero le demuestra interés por él.

- Betty, gracias por permitirme llevarme este maravilloso recuerdo suyo. Crea que la amo y sea indulgente conmigo, que sólo vivo esperando su perdón.

Le da un rápido y ligero beso antes de que ella reaccione, se da la vuelta y sale de la oficina para desaparecer a continuación tras las puertas del ascensor.

- Te quiero, Armando Mendoza, y no puedes imaginar cuanto me duele contenerme para no dar salida a mis sentimientos. –Dice sólo para ella en la soledad del despacho.- Yo también vivo con la esperanza de que me des pruebas de tu cambio y pueda volver a confiar en ti algún día no lejano, pero ahora me va a resultar demasiado duro estar tanto tiempo sin verte.

Se enjuga los ojos y rompe a llorar desconsolada.



CONTINUARÁ…





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Hola, chicas, como bien dice Betty, no se puede permitir volver a ser vulnerable, y esto hace temer a Armando que “las nieves del tiempo platearán su sien” (como dice el tango), antes de que su amorcito le perdone.

Ay, qué cruz tenemos con ella! Aunque si me pongo en su caso… no creo que yo me hubiese creído fácilmente las buenas palabras del bello bobo después de saber todo lo que me hizo.

Vosotras habríais sido más crédulas?

Besos.

 
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