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SUEÑOS ROTOS.- Capítulo IX

September 17 2010 at 6:05 PM
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Calipso  (Acceso CalipsoEsp)
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- Vas a tener mi ayuda y colaboración en el cuidado de nuestr@ niñ@ de todas maneras.

- Mmm... Eso suena a amenaza. -Gruñó ella y le miró de soslayo.

Armando sonrió y la besó en la frente.

- No tengo la menor intención de hacerte daño, Betty. Confía en mí, so terca.

- No sé...

- Ya estás empezando a hacerlo a tu pesar. -Dijo él y salió con una risilla en la comisura de los labios.

Ella le vio marchar con otra sonrisa en los suyos porque Armando tenía razón. Estaba empezando a fiarse de él.





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Capítulo IX.- Hermanito, los ha devuelto otra vez.



Camila Mendoza apoyó el hombro contra el cristal de la ventana y observó cómo el camión del servicio de reparto aparcaba frente a Ecomoda. Sacudió la cabeza mirando a Armando que trabajaba ante el ordenador.

- Hermanito, los ha devuelto otra vez.

Armando levantó los ojos y sonrió.

- Lo esperaba.

Camila le miró alzando una ceja.

- Piensas seguir con esto hasta que los gastos de envío te arruinen?

- Lo que haga falta. -Contestó él y salió al lobby al encuentro del repartidor.


Le dio una propina para que volviera a intentarlo y se obligó a sonreír. Era una mujer testadura y tan sólo se trataba de regalos para su niño.

- Pruebe una vez más, por favor.






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Betty cruzó los brazos sobre el vientre y lanzó al repartidor una mirada furiosa antes de que llegara a poner un pie en el primer escalón de jardincillo.

- Devuélvalos.

El hombre pareció profundamente deprimido.

- Señora... -Suplicó.- Son los mismos paquetes que devolvió ayer y esta misma mañana.

De pronto su hija se agitó dentro y ella recordó los consejos de su madre y los hoyuelos de la sonrisa de Armando.

Betty echó un vistazo al cajón de embalaje y se apartó para dejarle pasar.

- Ok! Puede descargar.

El repartidor le hizo una seña a su compañero y en pocos segundos la salita estaba llena con cajas de las mejores tiendas infantiles de la ciudad.

- Maldita sea, Armando! -Enfadada da una patada en el suelo.- Al menos podrías pedirme opinión si querías comprarle algo a mi niña.

Se fue al teléfono y marcó el número de Cata. Quería decirle que consiguiera una orden del juez para que dejara de molestarla, pero colgó al segundo tono.

En cambio, tomó una chaqueta, el bolso y las llaves del coche y se dirigió a Ecomoda.






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- Señora, no puede aparcar aquí. -Le dijo Wilson.

- Pues ya ve que sí he podido. -Le contestó Betty, yendo con decisión hacia la puerta.

- Pero es que está reservado para... señora, espere.

El hombre extendió ambas manos como para detenerla y la alcanzó en el mostrador de la recepcionista.

- Necesito ver a Armando Mendoza.

- Tiene cita? -Preguntó Aura Mª sabiendo la respuesta de antemano y pensando mal de su jefe al reparar en el vientre de la desconocida.

- No, pero me va a recibir. Soy Beatriz Pinzón.

- Avisaré a su secretaria a ver si tiene un hueco.

- Ya puede encontrarlo porque tengo que hablar con él.

Aura Mª asintió y marcó la extensión de Patricia.

- Patricia, diga al doctor que acá abajo está la señora Pinzón y desea que la reciba urgentemente.

- Pues no tiene cita, de modo que va a ser imposible.

- Peliteñida, no me entiende. -La recepcionista habló bajo pero con autoridad.- Don Armando tiene que recibirla.

- Bueno, le preguntaré. -Ha percibido tal apremio en la voz de la otra que accede a consultarle y va a presidencia.

- Armando, ahí abajo hay una mujer que desea verte.

Él continuó muy atento a lo que estaba leyendo.

- Tiene cita?

- No.

- Entonces no estoy para nadie.

- Ya se lo he dicho a Pechuguín, pero ella insistió. -Patricia hace un mohín.

- Te ha dicho su nombre? -Pregunta de repente sospechando algo.

- Psss... señora... era un pájaro pero no me acuerdo: colibrí, no; jilguero, no; mochuelo, no; cernícalo, tampoco...

- El cernícalo lo eres tú. Exasperado y con ceño fruncido, sugiere...- No será Pinzón, por casualidad?

- Eso, Pinzón! -Sorprendida por sus dotes de adivinación.- Cómo lo has acertado?

- Dile a Aura Mª que le permita subir. YA!

Se levanta y sale al lobby detrás de la inútil secretaria avanzando hasta el ascensor.

Como ya ha sido informado de que ella ha aceptado los paquetes, piensa el iluso que viene a darle las gracias, sorprendida por su generosidad y buen gusto.

Al abrirse las puertas comprende de inmediato su error al ver la cara de Betty, de modo que la invita.

- Vamos al despacho. Te acompaño.

- Has dejado embarazada a esa chica, Armando? -Pregunta la imprudente peliteñida.

Él la asesina con la mirada.

- Es que no es tu tipo. Ésta parece juiciosita.

- Cállate! Eso no es asunto suyo, Pattypat! -Ruge Armando.

Luego se vuelve a Betty y le abre las puertas correderas. Ella entra y se queda en medio de la oficina.

- Yo sólo preguntaba... -Murmura la secretaria según se cierran las puertas ante ella.

- Esto tiene que acabar, señor Mendoza.

- Ya no me vas a llamar Armando?

- Cuando los burros vuelen.

- Ya vuelan. -Contesta él bromeando para relajar tensión.

- Qué?

- Cuando van en avión. -Acabó el chiste y exhibió una sonrisa triunfal.

Betty le miró con disgusto.

- Deja de acosarme.

- No lo hago. Sólo he mandado regalos para mi hijo porque quiero que tenga lo mejor.

- Yo también, pero no siempre lo más caro es lo mejor. Y además, me basto yo sola.

- Pues Diana me ha dicho que todavía no le has comprado nada.

- Sonsacando a mi becaria?

- No, ni modo! Fue una conversación inocente. Creí que podía ayudar un poco.

- No quiero que hagas nada. -Impotente.

Armando la ve los puños cerrados de crispación.

- Vale, de acuerdo. Pero cálmate.

- Estoy calmada. -Masculló Betty controlándose.

- Bueno, pues un poco más. Quieres un poco de agua?

- Sí, está bien. -Dijo ella, consciente de su nerviosismo.

Armando sacó una botellita de un pequeño frigorífico y se la dio. Entonces se quedó observándola y preguntándose si estaría presionándola con sus atenciones sin pretenderlo.

- Y ahora dime el verdadero motivo por el que no quieres aceptar mis regalos para nuestro hijo.

- A ver, Armando, yo fui inseminada artificial y erróneamente por la muestra número 5-3-7 o algo así, y lo que quería era un bebé que fuera mío y de mi marido. No contaba con que ningún otro padre metiera las narices en mi vida y cambiara mis planes.

Armando acusó el golpe. Miró a lo lejos y tragó saliva.

- No puedo dejar de querer a ese niño, Betty, de modo que no me lo pidas. Yo creía que ya nunca tendría la oportunidad de ser padre y ahora no renunciaré a ello. Y además, por qué iban a arruinar tus planes unos cuantos regalos? -Preguntó mirándola a los ojos.

- Unos cuántos? Si has comprado todo el cargamento de los Reyes Magos!

- Fue divertido. De verdad que disfruté mucho. -Sonríe tenso.

- No puedes hacer esto, Armando. Otra vez no.

- Betty, dime qué es lo que te asusta tanto. -Ha comprendido que no es simple tozudez.

Betty se apoyó en el respaldo con un suspiro, bebió un trago de agua y le miró fijamente.

- Fue muy duro que Michel no quisiera tener hijos... que me diese largas... que me tuviese que conformar con el banco de semen... Yo había comprado algunas cosas confiando en que le convencería y, cuando comprendí que no sería así, sufrí al mirarlas. Lo di todo a una casa de acogida y me juré que no volvería a comprar nada hasta no estar segura de que tendría a mi bebé.

- Lo siento, Betty. No sabía... Pero tú y nuestro bebé sois asunto mío aunque no quieras, y deseo protegeros.

Armando la abrazó encerrándola entre sus brazos y se inclinó hasta que sus caras estuvieron muy cerca. Entonces volvió a hablar.

- Los dos formamos un equipo para cuidar a este niño. Lleva sangre Pinzón y Mendoza y nos tiene a los dos para velar por él. -Dijo con absoluta convicción.

La atrajo suavemente contra él, encantado al sentir a su hijo entre ellos, miró un momento aquellos beligerantes ojos negros y le cubrió la boca con sus labios.

Betty se sobresaltó y casi dejó caer la botellita de agua. Giró la cabeza para evitarle, pero él siguió su movimiento. Entonces le empujó para separarle, pero lo hizo tan levemente que él ni se enteró, de modo que acabó dejándole hacer.

Armando la mantenía inmóvil sin necesidad de sujetarla, sólo con el roce de sus labios y su lengua, enviando oleadas de deseo a todas las partes de su cuerpo.

La mente de Betty gritaba que le abofeteara, pero no podía. Hacía tantos siglos que no la besaban incluso, nunca la habían besado así de rico.

Mudos gemidos escapaban de su garganta, las manos se aferraban a su camisa y él seguía besándola. Armando notó el momento en que Betty se rindió. Sintió como ella se esponjaba deliciosamente y su respiración se acompasaba a la suya.

Él supo que se encontraba a punto de estallar, y antes de cometer una estupidez irreparable, se retiró despacio con un último y breve beso.

Betty abrió los ojos esperando verle arrogante y engreído, pero no fue así. También lo encontró tocado.

- Tú no has originado este niño por ti misma, Betty. Sé que no he tenido el placer de hacerlo personalmente, pero entiende que una parte de mí está ahora dentro de ti.

Betty entendió el mensaje. Armando no iba a renunciar.

Murmuró una despedida, salió de presidencia y bajó a la calle. Una vez allí, se dirigió a su coche y puso en marcha el motor.

Huyó de allí diciéndose que lo había complicado todo porque aceptando y devolviendo sus besos le había demostrado que tenía poder sobre ella.

Armando esperó a que desapareciera y se dejó caer en su sillón. Cerró los ojos y se pasó una mano temblorosa por el pelo. Si aquella mujer llegaba a averiguar el poder que tenía sobre él y lo usaba, iba a tener verdaderos problemas.

De sobra sabía él que ya estaba metido en un buen lío. Jamás había deseado nada tanto como deseaba tener ese niño, ser su padre.

Sin embargo, después de haber probado el fuego de su pasión, deseaba más aún a la madre.





%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%%





Al día siguiente por la tarde Armando pasó por el apartamento a cambiarse de ropa y fue a casa de Betty para llevarse las cajas de regalos.

Cuando ella abrió la puerta y le miró, él supo que habían vuelto a la primera casilla de la partida. Se daba cuenta por la frialdad con que le hablaba, como si nada hubiera ocurrido entre ellos.

- Comprendo cómo te sientes con los paquetes, así que he venido a quitarlos de tu vista.

Betty se secó la frente y el cuello con una toallita que llevaba sobre los hombros.

- Ya no hace falta.

- Sí, es necesario. -Dijo él entrando sin ser invitado.

Un hombre le seguía y ella se apartó de la puerta.

Entonces Armando recordó la primera vez que fue a la humilde casita. Había esperado encontrarla llena de encajes, volantes, puntillas y demás toques femeninos. Decididamente un territorio hostil para un hombre. Pero el interior espacioso y rústico de la casa hizo que se sintiera bienvenido y relajado inmediatamente.

Imaginó a un niño de pelo negro deslizándose por la brillante barandilla de la escalera, y sonrió.

Alguien carraspeó, y al mirar a Betty vio que ésta le hacía un gesto interrogante hacia el hombre que esperaba en el vestíbulo.

- Este individuo de aspecto sospechoso es mi amigo Mario Calderón. -Dijo él mientras le ponía un brazo sobre los hombros.- Compadre, ésta es Betty. Compórtese como un caballero.

Le dio una palmada amistosa en la espalda y pasó junto al desconocido. Betty sospechó que había informado de la situación a todo su entorno.

El amigo la miraba como si nunca hubiera visto una mujer embarazada, mas de pronto se acercó y la besó en la mejilla.

- Hola, Betty, me alegro de conocerte. -Dijo con voz suave y sonrisa traviesa.- Eres todavía más guapa de lo que él me había contado.

El amigo de Armando era un encanto y hubo de reconocer que Cata tenía razón cuando dijo que Mario Calderón estaba como para caerse de espaldas.


CONTINUARÁ...





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Q´hubo, chicas? La vida de nuestra parejita sigue su curso y, aunque ellos aún no lo saben... están condenados a entenderse y acabar bien arrunchaditos. O no?

Besos.

 
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