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Entre tu sombra y la mía.- Capítulo IX

March 4 2011 at 3:15 PM
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Calipso  (no login)

 


- Debes darle una oportunidad, Armando. Escúchala.

- Escucharla... -Repite Armando mirándole muy serio.

- Sí. Seguro que lo intentó y no encontró el modo.

- Entonces... he sido muy drástico? Muy duro?

- Con seguridad. Te has pasado. -Carlo hace que Armando por primera vez dude.





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Capítulo IX.- A ti te hubiera resultado fácil decírselo?



- Tú crees? -Sorprendido del consejo.

- Sí. Estoy seguro de que tenía miedo a decírtelo por si rompías con ella, y también que estaba incómoda sabiendo que debía sincerarse y no era capaz de hacerlo. No tiene que ser fácil decir eso al novio...

- No sé qué decirte. Supongo que no. -Lo admite pensativo.- De verdad crees que estoy obcecado?

- Sí. Tú me has confesado lo que sientes por ella, y me has hablado de la calidad humana de "Beatrice". No puedes permitirte perderla por no hablar con ella y dejarla explicarse. Seguro que te arrepentirías toda la vida.

Las palabras de Carlo logran que Armando se plantee por segunda vez que puede estar siendo demasiado duro y severo con Betty.

- Qué habrías hecho tú en su situación? -Vuelve a hablar Carlo.- Porque tú, como yo, has tenido muchísimas posibilidades de tener un hijo sin casarte. Y no precisamente porque se aprovechasen de tu inocencia...

Armando le mira y asiente con la cabeza admitiendo el razonamiento de su amigo, pero se mantiene en silencio.

- Te hubiera resultado fácil decírselo? O habrías temido que te rechazase al saberlo y habrías ido dando largas a confesárselo?

Armando vuelve a asentir.

- Pues eso es exactamente lo que le ha pasado a ella. No lo dudes.

Armando se separa de la barandilla y abraza a su amigo.

- Gracias, Carlo. Me has abierto los ojos. Me has hecho verlo desde el lado de Betty y estoy convencido de que estoy siendo cruel con ella. Es un ángel y no se merece esto.

- Qué vas a hacer entonces?

- Regresar. Intentar hablar con ella a ver si acepta mis disculpas y traerla a Italia de luna de miel si tengo suerte.

- Pues cuenta con el Mare Azurro para un crucero romántico. -Le dice su amigo con amplia sonrisa.

- Gracias. Eres un gran amigo.

Vuelven a abrazarse, pero los dos se separan pronto riendo, porque temen que tanto abrazo vaya a dar qué pensar a los viandantes que hay por allí. Y seguro que pensarán mal.





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Comen en Anacapri, en un restaurante que tiene unas vistas preciosas del puertecito, y allá a lo lejos difuminado por la bruma se alcanza a divisar Nápoles, el cabo de Sorrento y, un poco a la derecha, el Vesubio sobre las ruinas de Pompeya.

Al terminar de comer toman de nuevo el funicular para bajar al nivel del mar, caminan tranquilos hasta el yate y suben a bordo, dirigiéndose a continuación a la cubierta de popa para sentarse perezosamente en los sillones.

- Bueno, Armando, cuál es el siguiente paso?

- Conseguir un pasaje a Bogotá. -Afirma seguro.

- Bene! Voy a hacer una llamada a mi secretaria. Ah! Quieres vuelo directo a Bogotá o no te importa hacer escala?

- Quiero vuelo directo aunque tenga que esperar un día más, porque tengo que ordenar mis ideas.

- De acuerdo.

Carlo habla con su secretaria, le hace el encargo y esperan relajados la respuesta tomando un refresco en los mismos sillones en que se sentaron al volver de la comida.

Al rato suena el teléfono y Carlo escucha la información atentamente.

- Sí, sí, espere. -Se gira a Armando.- El primer vuelo directo a Bogotá despega de Fiumicino el sábado por la tarde, y te ha reservado un pasaje en primera. Te interesa?

- Sí. -Responde Armando rápido.- Pásame el teléfono para decirle mi número de tarjeta y los demás datos que necesite.





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Con el cambio horario, Armando ha ganado tiempo al tiempo, y entra en su apartamento a las dos de la madrugada del domingo.

Está feliz porque ahora lo ve todo claro. Betty no le mintió, sólo calló porque no sabía cómo decirle que tenía un hijo y porque temía su reacción.

Bueno, pues no tiene nada que temer. Si a mis padres no les gusta, qué le vamos a hacer? La vida no es un restaurante a la carta.

Mira una vez más el reloj y decide acostarse y dormir ya que aún no es hora de llamar. Ni siquiera para disculparse.

Programa el despertador para que suene a las nueve de la mañana, y se acuesta quedándose dormido en el acto, de modo que cuando oye el zumbido despierta totalmente descansado.

Se estira para desperezarse y a continuación se levanta. Luego se ducha, desayuna y decide que la va a llamar aunque todavía es pronto, pero es que ya no aguanta más.





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Cuando Betty oye sonar su celular abre un ojo para mirar el reloj, y ve que todavía no son las diez de la mañana.

Toma el teléfono, mira la pantallita y se despierta de golpe por la sorpresa. Aprieta el botón.

- Aló?

- Betty...

- Don Armando?

- Por favor, Betty, no me cuelgue y escúcheme.

- No voy a colgarle. -Responde ella suavemente.

- Gracias. -Respira hondo y empieza a hablar.- Por favor, perdone mi primera reacción, pero me sentí burlado.

- Porque tengo un hijo? Porque eso me hace indigna?

- No! -Exclama y se apresura a aclarar el motivo.- No fue por eso, sino porque no me lo había dicho y me sorprendí. Créame, sí?

- Sí.

- Por favor, acepte que nos veamos en algún lugar y hablemos.

- Seguro que quiere hablar conmigo? -Ha tardado un instante en contestar por lo inesperado que le resulta.

- Oh, sí, seguro! Necesito explicarme. Puedo recogerla dentro de media hora?

- Media hora... -Repite ella todavía sorprendida.

- Bueno, si necesita más tiempo... comprendo que le pueda resultar precipitado, pero estoy tan ansioso de hablar con usted y de verla...

- Está bien. Media hora. -Acepta Betty que también lo está deseando.- Dónde nos vemos?

- Pasaré a recogerla a su casa.

- De acuerdo. Le espero. -La gustaría decir algo más, pero está tan desconcertada que no se le ocurre nada coherente.

- Nos vemos en treinta minutos.

- Hasta entonces.

La siguiente media hora es frenética para Betty. Se ducha, viste, desayuna, habla nerviosísima con su madre, y da un abrazo y un beso a Gonzalo al tiempo que le recomienda masticar bien y beberse toda la leche con el cacao.

Luego mira por la ventana del comedor y ve que Armando ya ha llegado.

- Mamá, ya está ahí. Me voy. -Le hace un gesto de entendimiento.- Volveré tan pronto como pueda. Si papá pregunta...

- Tranquila, m´hija, que ya me ocupo yo. Usted sólo intente aclarar todo con don Armando y no desaproveche la ocasión de explicarle.

- Sí, mamá, hasta luego.





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Sale y se queda de pie junto a la puerta mirándole. Entonces ve que Armando la sonríe y recupera el valor suficiente para avanzar hasta el coche y entrar en él.

- Buenos días, doctor.

- Buenos días, Betty. -La sonrisa de Armando continúa instalada en su cara y transmite serenidad.- Le agradezco muchísimo que haya aceptado mi invitación para hablar. Porque sabe? Yo necesito explicarle la reacción que tuve. Estoy muy avergonzado.

- Doctor, no me agradezca nada. Soy yo quien le debe una explicación.

- Bueno, en cualquier caso no vamos a explicarnos nada acá, en el coche. Le parece bien que vayamos a algún lugar donde podamos hablar tranquilamente?

- Sí, doctor, donde guste.

- OK!

Arranca el coche y conduce hasta el centro comercial donde se encontraron unos días antes, y ven que ya está todo adornado para Navidad.

- Podemos pasear por los jardines o, si tiene frío, vamos a una cafetería. Qué prefiere?

- Probemos con el paseo.

Aunque brilla el sol en el cielo corre un ligero y frío vientecillo, de modo que Betty se abrocha bien el abrigo y ajusta la bufanda.

- Bien, Betty, lo primero que quiero hacer es disculparme por mi brusca reacción cuando la encontré con el niño y supe que era hijo suyo. Ante todo quiero que entienda que lo que me molestó tanto fue que no me lo hubiera dicho, no el hecho de que fuera madre. No sé... yo estaba convencido de que no había secretos entre nosotros y... descubrir que me había ocultado la existencia del chino hizo que mi confianza en usted se resquebrajase. Luego, un buen amigo me hizo reflexionar haciéndome entender que debía escucharla porque seguro que usted tenía una buena razón para haber callado. Por favor, me perdona mi enfado y que les dejase allá botados?

Armando lo dice muy serio, de corazón, mientras caminan uno al lado del otro, y espera impaciente a que Betty empiece a hablar pues teme que ella no disculpe aquella reacción suya.

- Doctor, perdóneme usted a mí por no haber confiado lo suficiente en su comprensión y por haber sido cobarde. Por más que lo intenté no supe cómo decírselo porque temía que si le hablaba de mi niño no quisiese saber nada más de mí.

- Ay, Betty... -Le pasa un brazo sobre los hombros y la atrae hacia él.- Ambos nos hemos equivocado. Usted no diciéndome nada de su hijo, y yo con una reacción totalmente desproporcionada al enterarme.

- Es cierto. -Contesta al tiempo que siente un escalofrío.

- Se está quedando helada! -Exclama Armando al sentir su temblor.- Vamos a tomar un café bien calentito.

La conduce al interior del centro comercial abrazada por los hombros, y luego, sentados cómodamente alrededor de una mesa, los dos se muestran dialogantes y conciliadores. No se reprochan nada e intentan explicarse y comprenderse.

- Cómo se llama el niño? -Pregunta Armando con sonrisa relajada y apacible.

- Gonzalo.

- Y qué edad tiene?

- Cinco años. Va al mismo colegio que fui yo y es muy inteligente. -Betty sonríe con orgullo materno.

- Entonces seguro que ha salido a su mamá. Es hijo de aquel tipo que la engañó?

- Sí. -Betty se entristece y baja la vista.

- No se avergüence por haber sido víctima de un engaño. -Le levanta la cara poniéndole el dedo índice bajo la barbilla.- Dígame cómo se lo tomaron sus padres.

- Buf! Su disgusto fue tremendo. Mi madre fue muy cariñosa conmigo, mas yo temí que mi padre, con lo estricto y severo que es, me echase de casa. Pero me vio tan hundida y destrozada que no le quedó otra que apoyarme y animarme a salir de la depresión en que había caído.

- Menos mal...

- Sí, cuando se enteró salió a la calle a buscar a Miguel, pero no le encontró porque Román y los otros le avisaron y, como la rata cobarde era, huyó de Bogotá.

- Ha vuelto a saber algo de él? Cómo y dónde está?

- No. Sólo sé que no se le ha vuelto a ver por el barrio.

- Pero sabe que tiene un hijo?

- No sé si le habrán dicho algo. Él no es de Bogotá y sólo estuvo aquí unos meses.

- Y el niño sabe quién es su padre?

- Gonzalo sabe que su papá vive lejos, y no puede venir a verle porque tiene que trabajar.

- Y no pregunta por él? Por qué no le llama?

- A veces, pero la poca información que le doy le ha bastado hasta el momento.

- Mejor. -Contesta Armando pensativo, y de pronto añade.- Me gustaría conocerle, Betty. Le importa presentármelo? Me avergüenza reconocerlo, pero el otro día no le presté mucha atención.

- Bueno, cuando quiera. -Le responde satisfecha.

- Qué le parece esta tarde? Puedo pasar a recogerles con el coche y...

- Vea, doctor, sí podemos quedar esta tarde, pero no puede ir a buscarnos con el coche porque los niños necesitan un asiento adaptado a su tamaño para poder viajar en auto. Él y yo iremos al centro en una buseta y nos encontraremos allí con usted.

- Es cierto. Mi hermana y mi cuñado tienen un asiento así para llevar a mi sobrino. Bien, pues entonces recurriremos al transporte público. Dígame qué le gusta hacer a su hijo.

- La verdad es que no es un niño complicado. Disfruta mucho siempre que salimos y no se queja ni exige nada.

- Es que ahora me estoy acordando de una librería estupenda que tiene una sección enorme dedicada a la literatura infantil, y a mi sobrino Robertito le gusta mucho ir allá cuando está en Bogotá. Cree que le gustará a su hijo?

- Seguro... -Contesta con amplia sonrisa.- ...porque está empezando a leer y le gustan mucho los cuentos. Pero abre los domingos por la tarde?

- En esta época sí porque como se acerca la Navidad...

- Vale entonces.

- Perfecto. Le parece bien a las seis en la Plaza de la República?

- Sí, y ahora ya debo regresar.

- OK! Vámonos.


CONTINUARÁ...




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Hola, chicas. Ya les tenemos de nuevo juntos y espero que por una larga temporada, pero si los preferís alejados y de uñas... me lo decís.

Espero que os haya gustado. Besos.

 
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