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Entre tu sombra y la mía.- Capítulo XXII

June 17 2011 at 3:57 PM
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Calipso  (no login)

 



- Buenos días, m´hija. Hola, Gonzalico. -Doña Julia da un beso a cada uno.- Tiene que darme algún recado?

- Sólo que le recuerde que no se moje de arriba abajo. Como le gusta tanto el agua...

- Vale. Yo se lo recuerdo ahora cuando le lleve al cole. Hasta la tarde, Bettyca.

El niño ha salido corriendo en busca del abuelo, y Betty alza la voz despidiéndose.

- Buenos días, papá! Hasta luego, Gonzalo!

- Adiós, mami.

- Hasta luego, hija. -Contesta don Hermes.

Betty vuelve al coche, se sube y Armando arranca con dirección a Ecomoda sin saber que están siendo observados.





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Capítulo XXII.- De cada pelo, una gota.


Sólo entonces sale de su escondite Miguel, que ha estado prestando mucha atención a toda la escena, y al ver que pasa por allí Tomás con su vieja moto, tiene una idea repentina y le llama.

- Tommy! Eh, Tommy!

- Q´hubo, Miguel?

- Hermano, le han dicho alguna vez siga a ese coche?

- No. El muchacho le mira sorprendido.

- Pues ahora se lo digo yo: siga a ese deportivo negro.

- Cómo así?

- Ahí va Betty con su tinieblo y quiero averiguar alguna dirección donde pueda ir a hablar con ellos.

Mientras hablaba se ha sentado en el asiento trasero de la moto y Tomás le mira con fastidio.

- Le advierto que esta moto es casi de tiempos de Simón Bolívar y no puede competir con un deportivo.

- Usted haga lo que pueda.

- Key! Luego no se enoje si les perdemos.

Se incorpora a la circulación, y gracias a que el tráfico es denso consigue mantener una prudente distancia, suficiente para verles sin ser vistos.

Betty y Armando, ajenos al hecho de ser seguidos y espiados, aparcan delante de Ecomoda y él le da las llaves a Wilson para que Freddy guarde el coche en el aparcamiento subterráneo.

Tomás se detiene en la esquina, y desde allí les ven entrar al edificio con el brazo derecho de Armando rodeando la cintura de Betty.

- Vaya con la fea! Si no me hubieran avisado ustedes ayer, no la habría reconocido nunca. Y además se agenció un buen marido. Mejor, porque si le importa su mujer le costará menos soltar la plata.

- Sigue con esa idea, Miguel?

- Sí. Ahora que les he visto a los dos, más que nunca. Hala! Ya podemos volver al barrio. Y vea, Tommy, si les saco bastante dinero por renunciar a mi amado hijo, le regalo una moto por haberme traído hoy aquí.

- Por qué aquí?

- Porque debe ser donde trabajan. No ha visto como él le echó las llaves del coche al vigilante para que se lo aparque?





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Como doña Julia siempre ha demostrado que es una mujer sabia, cuando va a recoger a su nieto al colegio le lleva ropa de repuesto de la que tiene en casa.

Y naturalmente la necesita porque Gonzalo sale calado como una sopa.

- Pero, m´hijo! -Disimula la risa.- Si parece un pollito recién salido del cascarón.

- Han sido Raúl y Jorge que me han tirado globos de agua. -Se defiende el niño.

- Había globos de agua y usted no les tiró ninguno a ellos? -Pregunta la abuela mientras le lleva a los servicios para cambiarle la ropa.- Cómo me extraña.

- Sí les tiré. A Jorge le hacían chop! chop! los zapatos, y a Raúl le caía una gota de cada pelo. Ja, ja, ja!

- Ande, ande, sinvergüencilla, que voy a tener que cambiarle hasta la ropa interior.

- Pues yo fui juiciosito como me dijo mamá y no me mojé. Fueron ellos.

- Bueno, para lo que importa... Lo ha pasado bien?

- Sí. Cuando vaya a casa de los abuelos Roberto y Margarita voy a jugar con Rober a tirarnos globos.

- Ni se le ocurra hacer esa barbaridad! -Exclama doña Julia escandalizada al imaginarse a su nieto inundando la casa de los suegros de Betty.

- Si no jugaremos dentro, lo haremos en el jardín. -Tranquiliza a su abuela.- La profe nos ha dicho que con los globos de agua no se juega en casa, sino en el parque, en el patio o en el jardín.

- Bueno, pero aún así no lo haga sin hablar antes con su mamá, me oyó?

- Sí.

La mujer termina de vestirle, le seca el pelo con la toalla, guarda la ropa mojada en la bolsa que traía y dice:

- Hala, Gonzalico, vámonos que el abuelo nos está esperando para comer.

- Sí, vamos que le tengo que contar lo divertido que es. Tú crees que querrá jugar conmigo esta tarde en el patio?

- A tirarse globos de agua? -Pregunta doña Julia pensando en su marido.- No, no creo. No me le imagino.





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Pero menudo es Gonzalo para quitarle una idea de la cabeza.

- Abuelo! -Grita al entrar en casa buscando a don Hermes.- Quieres jugar conmigo esta tarde en el patio?

- Sí, hijo, ni más faltaba! -Contesta el hombre creyendo que se trata de los juegos de siempre.

- Abuela, ves como sí quiere?

- No se comprometa, Hermes. Pregunte primero a qué quiere jugar el niño.

Al oír a su mujer se pone alerta.

- A qué quiere jugar, Gonzalico?

- A tirarnos globos de agua. -Dice el nieto con sonrisa feliz.- Primero se llenan los globos con agua, luego se hace el nudito, y cuando tengamos muchos preparados empieza la guerra y nos los tiramos.

- Ya. -Dice el abuelo haciéndose una idea.

- Cuando los globos chocan con algo, explotan y sale el agua, y te mojas, y es muy estupendo. -Entusiasmado.

- Y tan estupendo! -Interviene la abuela.- Vea lo que traigo en esta bolsa: la ropa que llevó puesta esta mañana al colegio totalmente empapada.

- Y la que tiene ahora?

- Es la que yo llevé de repuesto imaginándome lo que habría pasado. Le cambié antes de salir del colegio.

- A ver, Gonzalico. -El abuelo intenta zafarse.- Ese juego es para niños como usted. Los abuelos no podemos estar con ropa mojada porque nos ponemos malitos, nos sube la fiebre y nos tienen que poner inyecciones.

- Pues, vaya! A mí me ha gustado mucho ese juego, y mira... -Se va a la bolsa que tiene la abuela, busca su pantalón y saca algo de un bolsillo.- ...he traído globos vacíos que sobraban en el cole.

El abuelo se ablanda al ver la decepción del niño y pregunta:

- Cuántos globos tienes ahí?

- A ver... uno, dos, tres... ocho.

- Bueno, pues si sólo son esos... haremos una guerra de globos.

- Gracias, abuelo! -Le abraza.- Qué divertido eres!

El buen hombre se emociona porque es la primera vez en su vida que le califican de divertido.

- Bien, hijo, pero primero comeremos y usted dormirá la siesta. Después llenaremos los globos y haremos esa guerra.

Doña Julia, al oír a su marido, le mira como si no le conociera.

- Hermes, m´hijo, usted va a tirarse globitos llenos de agua con el niño? -Perpleja.

- Sí, Julia, qué tiene eso de extraordinario? Gonzalico y yo jugamos todas las tardes hasta que vienen a buscarle sus papás.

- Ver para creer! -Exclama la abuela yendo hacia la cocina.- Yo esto no me lo pierdo.





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Sobre las seis, Gonzalo se despierta de la siesta y se acuerda inmediatamente de las palabras de don Hermes. Se levanta precipitadamente de la cama, se calza y sale corriendo escaleras abajo.

- Abuelo, ya estoy!

- OK! Vamos a hacer esa guerra. -Se levanta muy ligero y ágil del sillón.- A ver, dónde están los globitos?

Colaboran los dos para llenarlos de agua en el grifo de la cocina y después se ponen unas chanclas y salen al patio trasero.

- Tengan cuidado con mis plantas!

Doña Julia sale corriendo detrás de ellos para no perderse detalle, pero se queda prudentemente parapetada tras la ventana de la cocina.

Y allá tiene a los dos dando gritos de alegría y pegando saltos como monos cada vez que aciertan a dar al otro de lleno y el globo explota.

Acaba la guerra cuando el último impacta en la camisa del abuelo, y Gonzalo grita campeón y corre con los brazos levantados y los dedos de las manos haciendo la V de victoria por el patio, mientras don Hermes vocea que no vale porque él no estaba preparado.

Betty y Armando acaban de llegar y contemplan incrédulos la escena desde la ventana, junto a la abuela.

- Mamá, seguro que ése es Hermes Pinzón Galarza?

- Sí, m´hija, yo tampoco le reconozco, pero es él.

- Ja, ja, ja! -Armando se desternilla de risa.- Pues a mí me encanta verle tan animado jugando con el niño. Incluso yo me pondría a jugar si quedaran más globos.
Betty y su madre se vuelven a mirarle.

- Y con qué ropa se iba a ir luego a su casa, m´hijo? Con la del abuelo o con la de Gonzalico? Porque al niño he tenido que cambiarle hasta la ropa interior cuando fui a buscarle al colegio.

Abuelo y nieto entran empapados, pero felices y con sonrisa de oreja a oreja, mas la abuela les frena y no les deja salir de la cocina.

- Tengan ustedes estas toallas y se me secan bien mientras les traigo ropa seca.

Cuando Gonzalo entra en el comedor con el pantalón y el polo que llevaba por la mañana ya secos, y el pelo mojado bien repeinadito, Armando le sonríe ampliamente.

- Q´hubo, chino, lo pasó rico?

- Genial! Tenemos que jugar Rober y yo en el jardín de los otros abuelos.

- Gran idea! Y yo también me apunto. -Contesta Armando que se ha quedado con ganas de participar en la batalla.

- Ni se os ocurra! -Exclama Betty alarmada.- Tengo muy buenas relaciones con mis suegros y no voy a consentir que me avergoncéis.

- Ja, ja! -Armando ríe con ganas.

- Mami, porfa...





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Miguel le ha pedido a Tomás que le lleve al mismo lugar donde hace unos días siguieron a Betty y a su marido, y allá están los dos.

- Qué va a hacer, hermano? Seguro que lo ha pensado bien?

- Está todo muy pensado. -Tose varias veces.

- Mire que a los ricos no les gustamos los pobres, y menos aún si les molestamos.

- Voy a sacarles la plata. -Con mirada de orate.

- Quiere que le espere aquí?

- No. Usted váyase y ya volveré yo por mi cuenta. Y gracias por traerme en su vieja moto.

Tomás está deseando irse de aquel lugar porque prevé líos, así que arranca y sale disparado hacia el barrio.

- Miguel, en cambio, camina como un conjurado hasta la puerta principal de Ecomoda.

Una vez allá hace el intento de entrar, pero Wilson le da el alto.

- Buenos días, señor. Qué desea?

- Tengo que hablar con el jefe y su mujer. -Contesta provocador.

- Con el doctor Mendoza y su esposa?

- Yo qué sé cómo se llama su jefe! A ver, con Betty, Beatriz Pinzón y su tinieblo. -Ríe y vuelve a toser.

- Tiene usted cita con alguno de ellos?

Wilson se mantiene en su puesto, respetuoso pero firme.

- No, pero le aseguro que les interesa hablar conmigo.

Al ver el empeño del hombre, el vigilante decide avisar y pedir instrucciones sobre si le deja entrar o no.

- Voy a decirles que está usted aquí. Cuál es su nombre?

- Miguel Vargas.

- Espere un momento, por favor.

Wilson toma el teléfono y marca la extensión de Sofía.

- Aló?

- Sofía, acá abajo hay un señor que desea hablar con el doctor Mendoza y la doctora Pinzón, pero no tiene cita.

- Pues dígale que yo se la puedo dar para otro día, porque hoy tienen mucho trabajo.

- Espere que se lo digo.

Wilson se gira y transmite al desconocido las palabras de la secretaria.

- Pues me da igual el trabajo que tengan. Tienen que recibirme hoy porque el tema del que quiero hablar les interesa a ellos más que a mí.

Aunque Wilson no es muy espabilado... percibe algo en el tipo que no le gusta, y dice a Sofía:

- Avise a los doctores que Miguel Vargas insiste en hablar con ellos.

- Ok, Wilson! -Se levanta y va directamente a presidencia.- Doctor, puede atenderme?

- Diga. -Armando no quita la vista del monitor.

- Don Armando, Wilson dice que abajo hay un hombre que desea hablar con usted y Betty a pesar de no tener cita.

- Bueno, pues que la pida.

- Es que insiste, doctor, y he notado a Wilson un poco tenso.

Ahora sí la mira con atención.

- Cómo se llama el tipo?

- Miguel Vargas.

- No me suena de nada. -Frunce el ceño intentando recordar.- Y dice que quiere hablar con Betty y conmigo?

- Sí, doctor.

Armando descuelga el teléfono, marca la extensión de Betty y le pregunta a bocajarro:

- Betty, a ti te suena de algo un tal Miguel Vargas?


CONTINUARÁ...





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Hola, chicas, os imagináis la reacción de Betty cuando oiga la preguntica...? Lipotimia fulminante...? Grito clamoroso...?

Besicos.





 
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