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Capítulo 120: El gran final

March 18 2004 at 12:10 AM
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Lucia  (no login)
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Capítulo 120



Leopoldino presencia desde un rincón apartado, el entierro de Malvina y Mauricio. Aitor, el único al que se ha atrevido a contarle que él es hijo de Gabriel y Rosalía, lo anima para que se acerque a donde están sus hermanos.
Aitor: ¿Qué haces aquí escondido? Tú eras hermano de los dos y tienes todo el derecho a estar en el entierro.
Leopoldino: Sí, lo sé, pero no sé lo que dirán Valentino y sobre todo Rafael... no creo que me acepten tan fácilmente.
Aitor: Claro que te van a aceptar como lo que eres, su hermano. Para mí fue una sorpresa muy agradable saber que somos hermanastros.
Leopoldino: Es distinto porque tú y yo somos amigos. En cambio ellos apenas me conocen y Rafael siempre me despreció...
Aitor: Eso va a cambiar. Vamos.
Leopoldino no quiere ir, pero Aitor lo lleva hasta donde se encuentran Rafael y Valentino, que están deshechos por haber enterrado a su padre y a su hermano mayor con tan pocos días de diferencia.
Aitor: Leopoldino tiene algo muy importante que decirles.
Leopoldino: Mejor no... ahora no es el momento.
Aitor: Claro que sí, diles...
Valentino: Te escuchamos.
Leopoldino: Es que... Ustedes... yo... es que somos hermanos.
Valentino y Rafael al mismo tiempo: ¿¿Qué??
Aitor: Leopoldino era hijo de Gabriel y Rosalía. Su padre antes de morir le pidió a Mauricio que lo cuidara como lo que es, su hermano. Él ya no podrá hacerlo pero espero que sean ustedes los que cumplan con la última voluntad de su padre.
Valentino: Esto es una gran sorpresa, pero bienvenido a la familia.
Los hermanos se abrazan. Luego mira a Rafael, que todavía no ha dicho nada.
Leopoldino: ¿Tú no me vas a aceptar
Rafael: ¡Claro que te acepto, hermano! Y perdóname por haberte despreciado durante tanto tiempo...
Leopoldino: Eso ya está olvidado.
Rafael también lo abraza. Leopoldino se siente muy emocionado ya que por fin tiene una familia, aunque todavía hay algo que le preocupa mucho. Aitor se da cuenta y lo lleva a donde puedan hablar más tranquilos.
Aitor: ¿Y ahora qué pasa? Tus hermanos ya te aceptaron, con Marciana estás muy bien, tienes un hijo precioso... deberías estar feliz.
Leopoldino: Claro que lo estoy. Pero tengo un problema.
Aitor: ¿Cuál problema?
Leopoldino: Mi hermano antes de morir me pidió que cuidara a su hijo.
Aitor: ¿Y cuál es el problema? Tú siempre quisiste a ese niño.
Leopoldino: Yo quiero muchísimo a Aitorcito, y más ahora que sé que es mi sobrino y por partida doble, pero no sé qué va a pensar Marciana. No creo que acepte al hijo de Malvina.
Aitor: No había pensado en eso.
Leopoldino: Yo no voy a fallarle a mi hermano... seré como un padre para Aitorcito tal y como él me lo pidió, pero me da miedo que Marciana no lo quiera.
Aitor: Esperemos que todo salga bien...

Valentino ya está de regreso en su casa. Por lo que ocurrió con su hermano, todavía no ha tenido oportunidad de hablar con Rosalba. Decide que llegó el momento de hacerlo y va a buscarla a su recámara pero no encuentra a nadie. Va a la cocina y le pregunta a una de las mucamas si sabe donde está.
Valentino: ¿Y Rosalba?
Mucama: La señora se fue con la niña.
Valentino: ¿A esta hora? Es demasiado tarde como para salir de paseo...
Mucama: Es que no se fue de paseo, se fue de la casa...
Valentino: ¿¿¿Qué???
Mucama: Sí, joven. Hace unas horas la vi salir con su maleta y con la niña.
Valentino, desesperado: No puede ser, no puede ser... ¿Te dijo a dónde iba?
Mucama: No le pregunté...
Valentino: ¡Trata de recordar si te dijo algo!
Mucama: Algo dijo de que si no se apuraba perdería el avión.
Valentino: ¿Hace cuanto tiempo fue eso?
Mucama: Hace casi una hora.
Valentino se va corriendo, deseando llegar a tiempo para impedir que su amada se aleje de su vida.

Rosalía está en su celda, muy amargada. Le anuncian que tiene una visita y ella se pregunta quién será, ya que sabe que su hija ha muerto. Se sorprende al ver a Leopoldino, que la abraza muy emocionado y la llama mamá. Ella lo rechaza con dureza.
Rosalía: ¡Suéltame!, ¿cómo te atreves a llamarme así?
Leopoldino: Ya sé que soy tu hijo... y no te guardo ningún rencor.
Rosalía: ¡Yo no tengo un hijo y menos uno como tú!
Leopoldino: No me trates así... Ahora que Malvina murió yo soy lo único que tienes...
Rosalía: ¡A esa ni me la nombres! ¡Me dio la espalda cuando más la necesitaba!
Leopoldino: Yo no voy a hacer esto... te voy a conseguir un buen abogado... tal vez pueda hacer que te reduzcan la condena...
Rosalía: ¡De ti no quiero nada, vete! ¡Tú para mí no eres mi hijo!
Leopoldino, muy triste: Está bien, me voy... Pero voy a seguir viniendo... Tal vez un día cambies de opinión.
Leopoldino se va con mucho dolor, pero dispuesto a hacer que su madre lo quiera. Rosalía llora con amargura.

Julia está en su departamento haciendo dormir al pequeño Renzo. Aunque es muy feliz por sus logros laborales y por tener a su hijo a su lado, no deja de sentirse vacía, como si le faltara algo muy importante para ser verdaderamente feliz. Recuerda con amargura a Ricardo, a Pablo y a Paul.
Julia: Ya no debo pensar en ellos... mi destino es vivir para mi hijo y eso es lo que voy a hacer. Él siempre me dará todo el amor que necesito.
Con mucho cariño acaricia al niño que ya se ha dormido y lo deja en su cunita. Pero a pesar de tener a su hijo que es su vida, no deja de sentirse triste.

Valentino llega al aeropuerto muy agitado, con la esperanza de que no sea demasiado tarde para detener a Rosalba. La busca por todos lados pero no la encuentra.
Rosalba, que ya está subiendo las escaleras para abordar el avión, piensa en su amado con tristeza.
Rosalba: ¿Por qué lo nuestro no pudo ser, mi amor?
La niña, que está en sus brazos, no deja de nombrar a su papá y Rosalba no entiende por qué.
Rosalba: Papá está en su casa...
Pero la niña sigue repitiendo lo mismo y señala hacia abajo. Rosalba mira donde la niña le muestra y se sorprende al ver a Valentino sentado un banco y llorando.
Rosalba, muy emocionada: ¡Tienes razón, es tu papá! ¡Nos vino a buscar!
Mientras tanto, Valentino llora porque está seguro de haber perdido a Rosalba para siempre.
Valentino: Ahora seguro que nunca más la volveré a ver, ni a ella ni a mis hijos, y me lo merezco por no creerle... ¿Cómo fui tan tonto para dejarla ir?
Escucha la voz de la pequeña Rosalba llamándolo papá pero cree que es sólo su imaginación. No ve que realmente son ellas hasta que Rosalba está parada junto a él.
Rosalba: ¿Nos buscabas?
Valentino: Rosalba, mi amor... ¡no te fuiste!
Él la besa una y otra vez.
Valentino: Creí que te había perdido, que nunca te volvería a ver ni a ti ni a Rosalbita... creí que nunca conocería a mi hijo...
Rosalba: Yo creí que tú no querías saber nada de mí... primero me dejaste sola con mi niña y luego no me creíste que el bebé que espero es tuyo cuando yo nunca estuve con ningún hombre después de ser tuya...
Valentino: No te creí porque soy un tonto... nunca debí desconfiar de ti... Y si te abandoné fue por una promesa... una promesa de la que ya estoy liberado. Ahora sí podemos estar juntos. Rosalba, mi amor ¿te quieres casar conmigo?
Ella no puede creer lo que oye. Llora de la emoción.
Valentino: ¿Qué me dices? ¿Aceptas ser mi esposa?
Rosalba: Sí, mi amor...
Los dos se besan muy felices y seguros de que por fin ha llegado la felicidad para ellos.

Dos semanas después...
Leopoldino está de visita en casa de sus hermanos. Aitor le muestra una sorpresa que tiene para él.
Aitor: ¿A qué no adivinas qué son estos papeles?
Leopoldino: No lo sé...
Aitor: ¡Aquí dice que ya puedes usar los apellidos de tus padres! Ahora eres Leopoldino Bertrán Pachecho Toledo...
Leopoldino se siente feliz, no porque a él le importe mucho tener un apellido importante, sino por su hijo y por Marciana.
Aitor: También logré acelerar el trámite de adopción de Aitorcito. Ya es tu hijo... Por cierto, de eso tenemos que hablar. ¿Cuándo piensas llevártelo a vivir contigo?
Leopoldino: Sí, lo sé... es que todavía no tuve oportunidad de hablar con Marciana... pero hoy trataré de decírselo.
Aitor: Muy bien porque el niño hoy se va contigo.
Leopoldino: ¿Hoy?
Aitor: Sí, hoy. Ya eres legalmente su padre así que tiene que vivir contigo. Ya están listas sus cosas así que te lo puedes llevar cuando quieras.
Leopoldino suspira, no sabe que va a decirle a Marciana cuando llegue a la casa con el niño.

Rafael mira con ternura a Luciana, que deja a la bebita ya dormida en su cuna.
Rafael: Eres una mamá tan dulce... ojalá pronto tengamos más hijos.
Luciana: Todavía es muy pronto, Rafael.
Rafael: Bueno, no importa cuando, pero yo quiero tener muchos hijos.
Luciana sonríe.
Rafael: Mi amor... ¿no te gustaría que nos casáramos por la iglesia? Es algo que me hace mucha ilusión... Podríamos unirnos a la boda de Valentino y Rosalba.
Luciana: Me encantaría... pero no, no podemos...
Rafael: ¿Por qué no?
Luciana: La boda es el sábado... y mañana es el juicio por el niño de mi hermana... Tú sabes muy bien que lo más probable es que el juez se incline a favor de Aitor... Daniela va a estar deshecha y yo no me puedo casar si ella no va a estar conmigo.
Rafael: Sí, te entiendo.
Él sabe que ella tiene razón, pero se siente un poco desilusionado.

Leopoldino llega a su casa con el hijo de Mauricio y Malvina en brazos. Marciana lo ve y se sorprende.
Marciana: ¿Y este bebé? ¿De dónde lo sacaste?
Leopoldino: Es... mi sobrino.
Ella se sorprende ya que Leopoldino aún no le ha contado que era hijo de Gabriel y Rosalía.
Marciana: ¿Tu sobrino? Pero si tú no tienes hermanos.
Leopoldino: Sí... es que tú no sabes...
Marciana: No me digas que encontraste a tu familia.
Leopoldino: Pues sí...
Marciana: ¿Y quiénes son? ¿Cuándo los voy a conocer?
Leopoldino: Es que los conoces...
Marciana: ¿Sí?
Leopoldino: Son el señor Gabriel y la señora Rosalía.
Marciana: ¿¿Qué?? ¿Tú eres hijo de esos dos?
Leopoldino: Sí, ya se arregló todo para que yo sea reconocido y ya tengo su apellido, ¿te molesta?
Marciana, lejos de molestarse, está encantada:
--¡No me lo puedo creer! Si tú eres hijo de doña Rosalía entonces eres un conde ¡Y yo soy toda una condesa!
Leopoldino: ¿Y no me dices nada del niño? Es Aitorcito, el hijo de mis hermanos Mauricio y Malvina... A partir de hoy vivirá con nosotros...
Marciana, que está demasiado feliz como para protestar, le dice que no hay ningún problema.

Daniela está en el juicio por la custodia de José Manuel. Se le hiela la sangre al escuchar la sentencia del juez, que dice que el niño se quedará con su padre y que también la condena a 10 años de cárcel por el delito de secuestro. Daniela mira a Aitor desesperada pero él se ríe mientras abraza al niño que la mira con mucho rencor.
Aitor: ¡Ahora tienes lo que mereces! Te vas a pudrir en la cárcel.
José Manuel: ¡Tú me robaste! ¡No eres mi mamá, te odio!
Daniela grita con desesperación hasta que se da cuenta de que está en su cama y que todo fue una horrible pesadilla. José Manuel llega corriendo, muy preocupado por los gritos que escuchó desde su recámara.
José Manuel: ¿¿Qué pasa, mamá??
Daniela: Tuve una pesadilla
José Manuel: Pero estás temblando... Sólo fue un sueño, mami.
Fue solamente un sueño, pero Daniela sabe que es posible que termine haciéndose realidad y eso la aterra.
José Manuel: ¿No quieres que me quede contigo hasta que te vuelvas a dormir? Eso es lo que hacías tú cuando yo tenía pesadillas.
Daniela: Sí, mi chiquito, quédate conmigo.
El niño se sienta a su lado y la acaricia hasta que Daniela logra volver a dormirse.

Aitor, al quedarse dormido, también tiene un sueño. Se ve a él mismo en la playa donde conoció y amó a Eva y también la ve a ella, como un ser transparente y lleno de luz.
Aitor: Creí que ya no nos veríamos de nuevo.
Eva: Yo también lo creí, pero tú me necesitas y por eso estoy aquí. Estás a punto de cometer una gran tontería. Si mañana le sacas el hijo a Daniela ella nunca te podrá perdonar... No la dejes ir, ella es la única mujer que podrá hacerte feliz.
Aitor: Daniela me robó a mi hijo... a nuestro hijo.
Eva: Ella no hizo eso... Daniela es la madre de José Manuel. Yo le pedí que lo fuera...
Aitor: Pero me mintió...
Eva: Lo hizo por miedo a perderte, a perder a su hijo... Perdónala porque no lo hizo por maldad sino por amor.
Aitor: No sé, no sé si puedo perdonarla.
Eva: ¿La amas?
Aitor: Sí...
Eva: Entonces eso debería bastar para que la perdones... El amor es lo más importante.
Aitor: Eso no es cierto... a nosotros no nos bastó amarnos como nos amamos para estar juntos y ser felices.
Eva: Es distinto... yo no era para ti. La mujer de tu vida es Daniela y tú no la puedes dejar ir. ¡No lo hagas!
Eva comienza a desvanecerse en el aire. Aitor le grita que no se vaya, pero en un abrir y cerrar de ojos se encuentra en su habitación.

Al día siguiente, Daniela se prepara para ir al juicio. Sabe que tiene muy pocas posibilidades de ganar y se siente muy asustada por eso. Se va sin saludar a su hijo porque no quiere que él sospeche que pasa algo malo. Al subirse al auto, le pide al chofer que la lleve al juzgado. Una voz que no es la de su chofer, le responde:
--Nada tienes que hacer allí. Vamos a otro lugar mucho más bonito.
Daniela no lo puede creer, es la voz de Aitor. El corazón le palpita con fuerza en el pecho.
Aitor: Ya no habrá juicio...
Daniela: ¿Eso quiere decir que no vas a sacarme a José Manuel?
Aitor: Ya hablaremos de eso cuando lleguemos al lugar donde vamos.
Daniela: ¿Y dónde vamos?
Aitor: No seas ansiosa, espérate a que lleguemos.
El viaje transcurre en silencio hasta que por fin llegan a dónde Aitor quería: la playa de Puerto Peñasco, donde conoció a Eva y dónde la vio en sus sueños.
Daniela: ¿Por qué me traes aquí?
Aitor: Porque creo que este es el mejor lugar para decirte que te amo y que no quiero perderte.
Daniela está muy emocionada:
--¿Me lo dices de verdad? ¿Entonces me perdonas?
Aitor: Tú tienes que perdonarme a mí... te hice sufrir tanto...
Daniela: No hay nada que perdonar...
Aitor: Te amo tanto... Ahora sí seremos felices con nuestro hijo...
Daniela: Con nuestros hijos... Vas a ser papá de nuevo.
Aitor: No lo puedo creer... ¿De veras? ¿Estás segura?
Daniela: Sí... estoy embarazada.
Aitor: Estoy que no me creo tanta felicidad... Sólo me falta que aceptes algo que voy a pedirte.
Daniela: ¿Qué es?
Aitor: ¿Daniela, te casarías conmigo?
Daniela se sorprende: Pero mi amor... ¡si ya estamos casados!
Aitor: Sí, pero sólo por civil... Tal vez te parezca cursi pero a mí me gustaría que Dios bendijera nuestro amor...
Daniela: Claro que acepto, mi vida... Te amo con toda mi alma.
Se abrazan y se besan con amor. Aitor mira hacia el cielo. Está seguro de que Eva los está viendo desde donde está y que se siente tan feliz como ellos.

Aitor y Daniela llegan a su casa muy abrazados. El niño corre a recibirlos y se alegra al verlos juntos.
Aitor: ¿Cómo estás, campeón?
José Manuel: Muy feliz porque ya no estás enojado con mi mamá...
Aitor: Y más feliz vas a estar cuando sepas que otra vez vamos a vivir todos juntos.
José Manuel: ¿De veras?
Daniela: Sí, y hay algo más... ¡Resulta que sí vas a tener un hermanito!
José Manuel: ¡Qué bueno! ¡Ahora sí seremos una verdadera familia!
Los tres se abrazan muy felices. Marciana, que estaba viendo todo, aplaude.
Marciana: ¡¡¡Bravo!!! ¡Por fin somos todos felices!
Leopoldino escucha los gritos de su esposa y va a ver que pasa. Al ver a Daniela y Aitor juntos los felicita:
--Me alegro tanto por ustedes... ¡Muchas felicidades!
Aitor: ¡Y eso que aún no sabes lo mejor! ¡Voy a ser papá y Daniela y yo nos vamos a casar por la iglesia!
Leopoldino: Pues felicidades de nuevo.
Aitor: ¿Por qué no hacen ustedes lo mismo? Nosotros vamos a unirnos a la fiesta de Valentino y Rosalba y creo que Rafael también planea casarse con Luciana ese día. ¡Anímense así nos casamos los cuatro hermanos el mismo día!
Leopoldino: No sé... -a Marciana- ¿Tú que dices?
Marciana por supuesto dice que sí. Luego todos brindan por una nueva vida llena de felicidad.

El día de la boda, cuatro felices parejas se juran amor y fidelidad eterna. Todos están muy felices y muy enamorados y ninguno acaba de creerse la gran felicidad que están viviendo. Luego de la ceremonia religiosa se reúnen en casa de Aitor y Daniela para festejar.

Julia, que había ido a la boda por insistencia de Daniela, Aitor y Rafael, está sentada lejos de todos con su hijo en brazos. Aunque se alegra por la felicidad de sus amigos, se siente mal porque ella no ha encontrado el amor y la felicidad. Un joven muy guapo se sienta a su lado:
--¿Por qué tan sola? ¿Te molesta si me quedo aquí?
Julia: ¿Y tú quién eres?
El le dice que se llama Fernando y que es amigo de Rafael. Julia sonríe ya que el joven le ha gustado mucho. Él juega con el niño muy amorosamente. Aunque Julia no quiere volverse a ilusionar con otro hombre, no puede negarse que se siente muy atraída por él.



(Participación especial: Aaron Diaz como Fernando)

Leopoldino y Marciana están con sus niños. Los dos están felices.
Marciana: ¿Quién diría que íbamos a acabar juntos tú y yo?
Leopoldino: Sí, qué extraño es el amor ¿verdad?
Marciana: Lo bueno es que somos muy felices con nuestros tres hijos.
Leopoldino: ¿¿Tres?? ¡No me digas que estás embarazada de nuevo!
Marciana: No, ¿como crees? Yo lo decía por Aitorcito, Felipe José y Leopoldinito.
Leopoldino: ¿Y quién es Leopoldinito?
Marciana: ¿¿¿Cómo qué quién es???
Marciana saca de los pliegues de su vestido de novia a su querida iguana.
Leopoldino: ¿Le volviste a cambiar de nombre?
Leopoldino sonríe ya que Marciana siempre ha llamado a su iguana con el nombre de sus grandes amores.
Marciana: Sí, pero ya sabes como se dice... la tercera es la vencida.
Leopoldino la abraza y la besa. No deja de repetirle cuanto la ama.



Valentino y Rosalba también se ven llenos de felicidad y lo mismo les ocurre a Luciana y Rafael. Ambas parejas se acarician y se demuestran su amor de todas las maneras que se les ocurren.





Pero los más felices son Aitor y Daniela. Él la toma en sus brazos y la lleva a un sitio más apartado. La besa con amor.
Aitor: Te amo, Daniela, no sabes cuanto te amo.
Daniela: Sí lo sé porque yo te amo tanto como tú a mí... Bueno, no, yo te amo más.
Aitor: Eso no, yo te amo más.
Daniela: No vamos a pelearnos por eso ¿verdad?
Aitor: Claro que no, entre nosotros se acabaron las peleas.
Daniela: Sí, ya se acabaron las peleas, las mentiras y la venganza.
Aitor: Ya se acabó todo lo que signifique sufrimiento. Sólo nos queda el amor.
Los dos se miran y en sus miradas se refleja todo el amor que sienten. Se besan pensando en la nueva vida llena de felicidad que les espera.





 
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