CAPITULO X
Dias después, Fiorella, recuperada de su accidente, se la llevaron a su casa, para descansar. Pedro Gustavo, su padrasto, convencido por su esposa, se encargó de los gastos de la casa. Elvira, su madre, no permitía la visita de Mariano ni de su tío Simón ni mucho menos de Flor, su media hermana, pero, si permitía la visita de Jerry, Santiago y sus amigas Mariana, Laly y Loly. Pero, Mariano, apenas se enteró que el ni~o que ella salvó era Eufemio, se cogració con Fiorella y decidió pegarle una visita y, con un ramo de claveles, se dirigió a su casa. Pero, apenas abrió la puerta, Elvira, la madre, se ensa~ó con él.
“¡Qué hace usted aquí jovencito! ¡Mi hija no puede recibir visitas!”
“Pero, se~ora, yo...”
“¡Nada de peros! ¡Regrese por donde vino! ¡Fuera de acá!”
Elvira le tiró fuertemente la puerta y Mariano se retiró triste y cabizbajo. Caminando por la calle, se encuentra con Chochi, la mucama de Fiorella, con la canasta del supermercado.
“¡Mariano! ¡Qué pasó! ¡Por qué estás triste!”
“Hola, Chochi,”, dijo, saludandola con un beso en la mejilla, “Estoy triste, vengo de la casa de Vanessa, perdon, Fiorella, para visitarla pero, tu jefa, su mamá, me corrió.”
“No te preocupes, así es la se~ora, siempre tan alturada... ¡Se olvida que ha sido pobre! Pero, no te preocupes, dame ese ramo de claveles, que yo se lo entregaré a la srta. Fiorella.”
“¿Harías eso por mí? ¡Gracias!”
“No hay de qué. Es lo menos que podría hacer por la srta. Fiorella.. ¡Ella merece ser felíz y sé que tanto tú como Fiorella, nacieron el uno para el otro!”
Mariano le entregó los claveles a Chochi y ambos se despidieron. Chochi llegó a su casa y entró por la puerta de servicio y aprovechó un descuido para ingresar al cuarto de Fiorella y entregarle el ramo. Fiorella tenía un bonito presentimiento que ese ramo era de Mariano pero, decidió preguntar para asegurarse.
“Fue Mariano...”, dijo Chochi, “¡Caray! ¡Siempre tan romántico!”
“¿Y donde está Mariano? ¿Por qué no subió?”
“Su mamá lo corrió.”
“¡Ahora me vá a escuchar!”, exclamó, queriéndose levantar de su cama.
“¡Nooo, se~orita! ¡No lo haga! ¡Usted todavía está delicada de salud!”
Fiorella recapacita y vuelve a acostarse en su cama. Chochi encuentra un jarró vacío, vá al ba~o y lo llena de agua para luego, colocar los claveles en el velador de su cama. En ese momento, se aparece Elvira, la madre.
“¿Y ese ramo de claveles? ¿Cómo fue a parar acá?”, dijo Elvira.
Chochi y Fiorella se miraron entre sí, atemorizadas.
“Esteee...” dijo Chochi, con voz entrecortada, “Fue... ejem... Marian...”
“¡Mariana!”, intervino Fiorella, “¡Ella fue la que me regaló los claveles!”
“¿Y donde está ella?”, preguntó la madre.
“Es que.. ejem..”, dijo Chochi, “Me la encontré en la calle pero, ella estaba apurada y me los entregó...”
Elvira miraba desconfiada puesto que había visto a Mariano con un ramo igual pero, prefirió seguirles la corriente y cayó.
***
Mientras tanto, Julia caminaba por el barrio, llevando la canasta del supermercado, cuando de pronto, se encuentra con Erik.
“¡Que tal Julia! ¡Como estás!”
“¡Hola Erik! Estoy bien. ¿Y tú?”
“¡Todo está chévere! ¡Hoy voy a dar un concierto con mi grupo y quisiera que vayas porque vamos a tocar una canción que compuse contigo!”
“Gracias pero, no sé si pueda ir.”
“¡Anda, Julita, te vas a divertir! ¡Va a estar muy chévere!”
“¡Si mi hija no quiere ir, no vá!”, intervino Amanda.
“¡Se~ora Amanda! ¡Como está! ¡Dichosos los ojos que la ven!”
“¡Nada! ¡Con qué derecho se atreve a molestar a mi hija!”
“No me estaba molestando, mamá,” intervino Julia.
“¡Tú te callas! ¡Crees que vas a estar coqueteando con el primero que encuentre por ahí!”
“Erik es amigo de Paula, mamá.”
“¡Peor aún! ¡Esa Paula es una pésima influencia para ti! ¡Y ahora, váyase a la casa!”
Julia, cabizbaja, se retira.
“No debes ser así con nuestra hija, Amanda”, intervino Don Enrique.
“¿Enrique? ¿Qué haces aquí?,” exclamó Amanda, con asombro.
Julia los mira atemorizada y confundida.
“Vine a ver a mis hijas.”
“¡Tú no tienes ningun derecho de nada! ¡Perdiste ese derecho cuando las abandonaste hace mucho tiempo!”
Julia comenzó a llorar amargamente que, del desespero y la confusión, se retiró corriendo desesperada.
“¡Julia! ¡Julia!”, exclamó Amanda, “¡Mira lo que has hecho! ¡Haz asustado a mi hija! ¡Eres de lo peor!”
Y Amanda comenzó a darle alcance a Julia.
Mientras, Erik decidió hacerle conversación a Don Enrique, el padre de Julia y Flor.
“Se~or, ¿Usted a qué se dedica?”
“Soy representante de artistas.”
“¡Qué bueno!”, exclamó emocionado, “¡Yo tengo una banda de rock y hoy vamos a dar un concierto, por si usted, quiere ir y vernos tocar!”
Y le entregó un volante con la información. Enrique quedó algo interesado y preguntó por las indicaciones para llegar al lugar. Erik improvizó un mapa de direcciones y anotó el número de su celular, por si acaso. En ese momento, se acerca el “Jabancho”, que, comiendose un sandwich, escuchó la conversación del concierto.
“¡Uy, ‘uta!”, exclamó Jabancho, “¡Qué bacán va estar ese concierto! ¿Puedo ir?”
“Si tienes plata para pagar las entradas, pé.”, dijo Erik.
“¡’uta! ¡No tengo plata, estoy misio!”
“Entonces, no puedes ir... ¡Pero, si tienes plata para comer sandwiches!”
“¿Qué puedo hacer? ¡Los sandwiches son mi debilidad!”
En ese momento, Erik, como ignorando al Jabancho, divisa a Claudia, vestida de escote y minifalda, para mostrar sus atributos físicos, piernas exuberantes y senos prominentes.
“¡Y aquí tenemos a la estrella del grupo musical!” exclamó Erik.
Erik saludó a Claudia con un beso en la mejilla. Ella solo le dijo hola al “Jabancho” pero, se miró con asombro a Don Enrique.
“Erik, ¿Quién es este se~or?”
“Es el padre de Julia.”, respondió.
“¡Chucha!”, exclamó Jabancho, “¡Esa no la sabía!”
Pero, Erik y Claudia prefirieron ignorar al Jabancho y decidieron platicar con Don Enrique.
“Flaca, el se~or es representante artístico y le pedí que nos viniera a ver esa noche.”
“¿Verdad?”, mirandolo con mirada coqueta y seductora a Don Enrique, “Mucho gusto, soy Claudia.”
Ella le extendió su mano.
“Enrique Cisneros, para servirle a usted,” besando su mano.
“¿Y a quién ha representado usted, Sr. Cisneros?”, preguntó Erik.
“Al cantante mexicano Pablo Salgado.”
“¿Verdad?”, exclamó Claudia, con fascinación, “¡Es el cantante de moda!”
Erik y Claudia siguieron platicando con Don Enrique, ignorando completamente al “Jabancho” que tuvo que retirarse de allí, mientras que ella lo miraba coquetamente a Don Enrique. Quería atraparlo a toda costa. No importaba la diferencia de edad, ni el hecho que pudiera ser su padre, porque sabía que Don Enrique era su pasaporte a la fama y la fortuna.
***
Flor tuvo una asignación especial: Entrevistar al general Pedro Gustavo Domínguez, el padrasto de su hermana Fiorella, en la comodidad de su hogar pero, cuando llegó a la casa de él, Elvira, la esposa, recordó que era hija de Amanda y la echó de la casa. Frustrada, decidió ir a su casa, donde le contó todo a su hermana Julia, sin sospechar que su madre las estaba escuchando y, entonces, indignada y sin decirle nada a sus hijas, se dirigió, en el taxi de Ramón Augusto, a casa de Elvira para ajustar cuentas con ella por el mal trato que le hizo a Flor. A llegar a casa, tocó la puerta con fuerza y Chochi, la mucama, se dirigió a abrir. Chochi reconoció a Amanda porque la vió un par de veces junto a “Vanessa.”
“¡Sra. Amanda! ¡Como está usted!”
“¡Nada y dejame entrar que necesito hablar urgentemente con su patrona!”
“¡Pero, no puedo dejarla entrar sin el consentimiento de mis patrones!”
“¡Hazte a un lado!”, dijo Amanda, empujando a Chochi para ingresar a la casa.
“¡Qué es todo ese alboroto!”, exclamó Elvira.
“Vaya, vaya, con qué tenemos aquí si es la se~ora Elvira Hinojoza de Domínguez,” dijo en tono irónico.
“¿Amanda? ¿Amanda Pérez?”
“¡La misma que viste y calza! ¡Y regresé para ajustar cuentas contigo!”
Amanda y Elvira se miraron fijamente a los ojos, con sed de odio y venganza. Estaban cara a cara, luego de varios a~os, dos viejas rivales. Chochi, asustada, cerró la puerta y corrió rápidamente al segundo piso para hablar con Fiorella.
“¡Qué vienes a hacer aquí! ¡No te han ense~ado a respetar! ¡Esta es una casa decente!”
“¿Decente? ¿La mujer que se acostó con mi marido?”
“¡Enrique era mío y tú me lo quistaste!”
“¡Yo no te quité a nadie! ¡Tú querías conquistar a Enrique pero, sabías que él no te quería!”
“¡Mientes! ¡Enrique me quería mucho y nos ibamos a casar!”
“¡Estaba presionado por tu familia, no más! ¡Pero, él nunca te quizo!”
“¿Y a ti te quiso? Tengo entendido que te dejó abandonada a ti y a tus hijas.”
“Pero... ¿Cómo sabes eso?”
“Simplemente lo sé. Si él te abandonó, entonces, nunca te quiso.”
“Pero, él tampoco estuvo enamorado de ti.”
“Para que sepas, Enrique y yo nos volvimos a ver y nos besamos, como antes.”
“¡Mientes maldita! ¡Enrique nunca te quiso!,” exclamó lanzandose furiosamente contra Elvira.
Ambas de jalaban los cabellos y comenzaron a pelearse en plena sala. Pero, en ese momento, llegó el General Domínguez a imponer el orden.
“¡Qué es ese desorden!”, exclamó el General.
“¡Esta intrusa se introdujo a nuestra casa!”, exclamó Elvira.
Amanda reconoció a Pedro Gustavo y se quedó impávida. Pedro Gustavo también la reconoció.
“¿Amanda? ¿Eres tú?”
Pedro Gustavo y Amanda se seguían mirando fijamente a los ojos. Ella soltó una lágrima en su mejilla. Mientras, Chochi y Fiorella miraban asombradas desde las escaleras.
“¿Cómo?”, intervino Elvira, “¿Conoces a esta mujer, Pedro Gustavo?”
“Pedro Gustavo, tenemos que hablar a solas contigo,” dijo Amanda, con voz pausada.
“¡Dejanos solos, Elvira!”
“Pero...”
“¡Te he dicho que nos dejes solos!”
Elvira se retiró enojada. Pedro Gustavo la invitó a pasar a su despacho para conversar a solas. Al cerrar la puerta con llave, los dos se abrasaron fuertemente, como si el tiempo no hubiera pasado.
“¡Amanda! ¡Tanto tiempo sin vernos! ¡Qué ha sido de tu vida! ¡Sigues tan bella como siempre!”
“¡Pedro Gustavo! ¡Mi vida ha sido un caos tremendo desde que nos separamos!”
“Pero, ¿Qué pasó?”
Amanda se sentó en el sofá mientras que él también se sentó, tomando su mano.
“Me casé con Enrique Cisneros y tuve dos hijas. Pero, él me abandonó... ¡Sola y en la más absoluta miseria! ¡Y yo, sin tener noticias tuyas! Hasta hace poco, que me enteré que te casaste con Elvira.”
“Asi es. Me casé con Elvira. La conocí en Lima, estaba embarazada, y yo me ofrecí a ayudarla con su bebé.”
“Pues, Elvira se ha portado muy mal con mi hija Flor.”
“Si, ¿Qué hizo?”
“Flor es periodista y tuvo, necesitaba hacerte una entrevista pero, al llegar a tu casa, tu esposa la echó como un perro.”
“¿Eso hizo ella? ¡Ya me vá a hablar!”
“Dejalo así. Mi hija es una buena muchacha y muy dedicada en su trabajo y por eso, no merece ese trato.”
“¿Y donde está tu hija?”
“Ahora debe estar en su segundo trabajo. Por las noches, trabaja como camarera en un restaurante. ¡Es mi mayor orgullo! ¡Trabaja para mantenernos a mí y a mi otra hija!”
“Me gustaría conocerla.”
“A mí también me gustaría que la conozcas porque...”
“¿Por qué?”
“Flor es tu hija.”
Pedro Gustavo recibió una fuerte impresión, como una dolorosa punzada en el pecho.
“¿Mi hija?”
“Asi es. Flor es tu hija. Fruto de aquella noche de pasión que tuvimos los dos. Por eso, quería buscarte por todo lado pero, no pude, entonces, conocí a Enrique, y él se ofreció casarse conmigo y darle un apellido a Flor.”
“¡Es increíble lo que me cuentas! ¡No puedo creerlo!”
“Es la verdad. Creeme.”
“Pero, ¿Por qué no me dijiste nada hasta ahora?”
“Ya te lo dije. No sabía donde estabas. Además, no quería que mi hija creciera sin padre para no cometer el mismo error que cometí con...”
“¿Con quién? ¡Qué ibas a decir, Amanda!”
“Con nadie...”, hizo una pausa y vió el reloj de la pared, Amanda por poco revela el error que cometió hace tiempo con Mónica, su hija mayor, fruto de la relación con un asporante a sacerdote, y que se la entregó a su hermano y esposa, que no podían tener hijos, “Bueno, creo que ya se está haciendo tarde, ya me voy.”
“Te acompa~o hasta la puerta.”
Salieron del despacho de Pedro Gustavo y afuera estaba Jerry, que estaba con Fiorella.
“¿Jerry? ¿Qué haces aquí?”
“¡Se~ora Amanda! ¿Y como está Julia?”
“Está bien. En su casa.”
“La se~ora Amanda se retira, Chochi.”, dijo Pedro Gustavo.
“Hola, sra. Amanda.”, intervino Fiorella.
Amanda hizo un gesto de desprecio a Fiorella pero, notó los moretones del accidente.
“¿Qué te pasó, ah?”
“Tuve un accidente. Pero, ya estoy mejor. Gracias.”
Amanda no dijo nada y la miró con desprecio y se retiró hasta la puerta. Jerry también se despidió de Fiorella y del se~or Pedro Gustavo y también se retiró. Afuera de la casa, Jerry le dijo a Amanda para llevarla a su casa y ella aceptó.
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