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Capítulo XIII

March 17 2003 at 11:06 PM
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Capítulo XIII

Alonso se encontraba en la playa junto a Virna, y sus primos María y Jerry, cuando se acercó Erik, con su guitarra, y comenzaron a disfrutar juntos. Se ba~aron en la playa, tomaron helados, contaron chistes y hasta improvizaron un recital, con Erik y su guitarra y María que demostró tener aptitudes para el canto, fascinando a propios y extra~os. Rato después, casi al anochecer, regresaron a sus hogares pero, Alonso decidió acompa~ar a Erik, pues, tenía que reunirse con los demás miembros de la banda, para ensayar. Se reunieron en un sótano, equipado para la ocasión pero, muy calido y húmedo, Alonso miraba fascinado y les pidió si podía tomar apuntes.
“Si, claro”, dijo Erik, fumando y riendo, “¡Pero, siempre que no hables mal de mí! ¡Ja!”
“Oyes, un cigarrito”, dijo Pancho, el tecladista, a Alonso.
“No, gracias. Yo no fumo.”
Erik mira su reloj.
“¡Oiga! ¡Claudia no llega! ¡Parece que empezamos con ella!”
“¡Qué raro!”, dijo Pancho, el mayor del grupo, “¡Ella nunca ha sido tan impuntual! ¿Qué le habrá pasado?”
“¡Sucede que es una irresponsable!”, exclamó Kiko, el baterista, “¡Hay que sacarla de la banda!”
“¡Parece que vamos a hacer eso!”, dijo Erik, “¡Ultimamente, se ha comportado algo rara!”
“¡Desde que conoció al tal Enrique Cisneros!”, dijo Pancho, “¡Ya se ha olvidado de nosotros!”
“¡Oigan!”, intervino Alonso, “¡No se metan con Claudia! ¡Ella habrá tenido sus problemas, pues!”
“¡Uy, cu~ao!”, dijo Pancho, “¡Me olvidaba que la Claudia es tu hembrita! ¡Sorry, cu~ao!”
“Un momento!”, intervino Kiko, “¡Si sale Claudia, quién sería nuestro vocalista!”
“¡Yo colocaría a la prima de Alonso!”, intervino Erik, “¡La chica canta muy bien!”
“¿Quién, María?”, dijo Alonso, con asombro, “No lo creo. Ella es una chica tranquila, decente.”
“¡Oye, tú, pituquito!”, dijo Pancho, indignado, “¡Estás insinuando que somos unos indecentes!”
“No es eso.”, dijo Alonso, “Es que mi prima es de otro mundo. Es tan linda, tan dulce...”
“¡Oye, cu~ao!”, dijo Pancho, “¿No será que estás templado de tu prima?”
“¡Por favor, no digas necesades!”, dijo Alonso, indignado, “¡Es mi prima! ¡Somos parientes!”
“¡Ja! ¡Pero, no vas a negar que tu prima es semejante cuerazo!”, dijo Erik, “¡Es requetelinda la condenada! ¡Es pelirroja, ojos claros, un cuerpazo que para te cuento...! ¡Y siempre para bien maquillada y peinada, ni se despeina, ni despinta! ¡Parece una de esas actrices de los culebrones mexicanos!”
“Cu~ao, ¿Tiene una foto de ella?”, preguntó Pancho, fumando.
Alonso sacó una foto de su prima de la billetera y se la mostró a los demás.
“¡Caray! ¡Es relinda la condenada!”, dijo Kiko.
“¡Es una mamacita rica!”, dijo Pancho, “¡Yo la metería a la banda!”
“¡Cuidado, muchachos!”, intervino Alonso, “¡Más respeto que se trata de mi prima!”
“¡Oye, cu~ao!”, dijo Pancho, “¿De verdad no estás enamorado con la jermita?”
“¡No! ¡Yo solo tengo ojos para Claudia, no más!”
“A mí se me hace que estás enamorado de tu prima y no quieres admitirlo”, dijo Pancho.
“¡Noooo! ¡De ninguna manera! ¡Lo que dicen es algo morboso! ¡Y dejen de decir esas cosas!”
“¡Uy, sorry, cu~ao!”, dijo Pancho, “¡Perdonanos! ¡Sin rencores, brother!”
Le quizo dar la mano y Alonso, entre titubeos, decidió responderle y ambos estrecharon las manos.
“Bueno, mejor empecemos sin Claudia”, dijo Erik, sosteniendo su guitarra.
La banda comenzó a tocar mientras que Alonso guardó absoluto silencio pero, aún el recuerdo de aquella noche impensable lo atormentaba. El recuerdo de aquella noche, cuando varios a~os atrás, a los 9 a~os, aún viviendo en Lima, y su prima María venía de México, entró a su cuarto y al verla dormida, le dió un beso en la boca. Su madre presenció aquel acontecimiento e, indignada, retó a Alonso severamente, jalandole el brazo, y lavandole toda la boca con jabón para lavar la ropa: “¡Toma! ¡Toma! ¡Por pecador! ¡Es tu prima! ¡Sangre de tu sangre!” Y cogieron sus maletas y emprendieron el viaje a Estados Unidos, en donde se vivieron por mucho tiempo. A partir de entonces, Alonso vivía con el remordimiento de lo que sucedió aquella noche y por eso, sabía que lo suyo con María era imposible. Por eso tenía que involucrarse en otras actividades, para distraer la mente de aquellos pensamientos que lo atormentaban.
“¡Alonso! ¡Despierta!”, dijo Erik, “¡Vamos a comer un refrigerio! ¿Quieres a acompa~arnos?”
“Está bien.”
Ya de noche, Alonso y los demás se subieron al auto de Pancho y se dirigieron a manejar, a buscar algo para comer. Pancho colocó un cassette de Narcosis, una legendaria peruana de rock subterráneo, bulliciosos y alocados como ellos solos y su tema más popular, Sucio Policía, acerca de un policía corrupto.
“¡Uta! ¡Narcosis! ¡Esa es un clásico, chochera!”, dijo Kiko, “¿Dónde lo conseguiste?”
“En Galerías Brasil. En el puesto de una muchacha llamada Virna. Muy linda y buena gente.”
“¡Precisamente, Alonso y yo estuvimos con ella en la playa!”, dijo Erik.
“¡Uuuta!”, dijo Kiko, “¡Yo la conozco! ¡Esa Virna está buenaza!”
“Y parece que le gusta a Alonso”, dijo Erik. Alonso se sonrojó.
“Aproveche, hombre.”, dijo Kiko, “Un mujerón así no se encuentra todos los días.”
Pararon en un Chifa al paso, comida china, en donde tomaron refrescos y tomaron sopa wantang y arroz chaufa, bromearon y tomaron chistes.
“¡A que allá en Miami no hay un chifa tan rico como este!”, dijo Pancho.
“¡Por supuesto!”, dijo Alonso, “¡Ni por nada del mundo cambiaría la comida peruana!”
“¿Cómo es la vida en Miami?”
“Es un lugar tranquilo. Respetan tu privacidad.”
En ese momento, les llegó la cuenta. Alonso quizo pagar la cuenta pero, Pancho, ofendido, le hizo el quite.
“No, cu~ao. Guarda tu billete que yo pago.”
Pancho sacó su billetera y pagó la cuenta. Alonso les agradeció, un poco avergonzado. Salieron del Chifa y se subieron del auto, escuchando el cassette de Narcosis y la canción del sucio policía, decidieron pasar por el circuito de playas, guíados por un pálpito, para tomar un poco de aire fresco. Pararon un rato, paras estirar las piernas y caminar un rato por la arena.
“¡Qué bacán, no chochera!”, dijo Pancho, “¡A qué en Miami no hay playas tan mostras como estas!”
“¡Cada una tiene su encanto!”, respondió, “¡Pero, las olas son más grandes aquí!”
En ese momento, escucharon un gemido de mujer y ellos se acercaron a averiguar que sucedía. Y se sorprendieron ver a un tipo violando a una muchacha.
“¡Suelta a esa hembrita, cabrón!”, gritó Pancho.
El tipo volteó la cabeza, malhumorado, se levantó de la arena y los miró detenidamente. Los muchachos los reconocieron. Era el Oficial Ardiles y la muchacha tendida en la playa... Era Julia. Luego, de enterarse que Flor era hija del General Dominguez, Julia, desesperada y confundida, se salió de su casa y se topó con el Oficial Ardiles que, con mentiras, la subió a su carro.
“¡Qué miran cabrones! ¡No le han ense~ado a no meterse en lo que no les incumbe!”
“¡¡¡Hijo de P...!!!”
Pancho empujó al Oficial Ardiles y el Oficial, enfurecido, lo empujó y comenzaron a pelearse. Mientras, Alonso y los demás levantaron a Julia y la llevaron hasta su carro. Pero, el Oficial le dá tremendo pu~etazo a Pancho dejándolo inconsciente. Coge sus cosas y su arma y se dirigió hacia donde estaban los demás. Tenía una idea: Acusar a los muchachos de violar a Julia y quedar como héroe.
“¡Quieto allí! ¡Manos arriba!”, exclamó el Oficial, apuntandolos con su arma, “¡Estan todos arrestados! ¡Creían que ustedes se iban a escapar! ¡Pues, se equivocan! ¡De mí, nadie se escapa! ¡Y ni un paso en falso!”
Pancho seguía tendido en la arena. Los demás, asustados, salían del auto con las manos arriba. El Oficial tomó unos pasos y se dirigió hacia su patrulla, para tomar su radio pero, antes de hablar, sin querer, alguien le dá tremendo golpe por atrás, dejándolo inconsciente en la arena. Era Pancho que volvía a dar revancha.
“¡Toma esto sucio policía, cabrón!”, exclamó Pancho.
Erik lo llama y todos, corriendo, se suben al coche con Julia, dirigiéndose rapidamente al Hospital mas cercano, para llevar a Julia a emergencia. En el Hospital, Alonso pide permiso un telefono para llamar a la casa de los familiares donde está hospedado y contestó María, su prima, y él, suspirando profundamente, le contó la verdad. Angustiada, llamó a Jerry a su Celular y él se contactó con Flor y Amanda para contarle la mala noticia. Y Jerry los llevó al Hospital en su auto.
Mientras, María en su casa, esperaba angustiada, cuando en ese momento, llaman a la puerta y la mucama se dirige a abrir, era Santiago, trayendo un ramo de rosas rojas, e ingresa a la casa, sin percatarse de cerrar la puerta.
“¡Qué haces aquí, Santiago!”, exclamó María, “¡Tú y yo ya no tenemos nada de qué hablar!”
“¡Por favor, María! ¡Necesito que me escuches!”
“¡Ahora no que estoy angustiada! ¡Figurate que Julia, la enamorada de mi hermano, está en el Hospital!”
“¡Es cierto lo que estoy escuchando!”, exclamó Fiorella, ingresando a la casa, aprovechando que está abierta.
“¿Fiorella?”, exclamó María, “¿Qué estás haciendo aquí? ¿Viniste con Santiago?”
“No es lo que piensas, María,” dijo Santiago, “Yo no sabía que Fiorella venía detrás de mí.”
“Es cierto.”, dijo Fiorella, “Vine con Mariano y con Don Enrique.”
“Permiso”, intervino Claudia, mascando un chicle, “Te olvidaste de mencionar a mí, queridita.”
“¡No es tiempo para discutir!”, dijo María, “¡Hay que ir a ver a Julia! ¡Ella está con Alonso, Erik y los de su banda!”
“¿Erik está con ellos?”, dijo Claudia, “¡Voy con ustedes!”
Todos se subieron en distintos autos pero, Santiago se detuvo un rato para llamar, por celular, a su casa y le contestó Juan que se encontraba con Paula besándose y le contó lo sucedido. Juan se lo contó a Paula y ella, desesperada, le pidió a Juan que fueran juntos al Hospital y en su carro, se dirigieron al Hospital.
***
Finalmente, Jerry llegó al Hospital con Flor y Amanda y rápido se dirigieron a la recepción, donde Amanda, angustiada, pregunta por su hija, y se encuentran con Alonso y los demás.
“¡Donde esta mi hija!”, exclamó Amanda, “¡Quiero ver a mi hija!”
“Ella está adentro, haciendole los examenes”, dijo Alonso.
“Afortunadamente, pudimos salvarla a tiempo.”, dijo Pancho.
“¿Saben quien fue el responsable?”, preguntó Flor.
“El Oficial Ardiles,” dijo Alonso.
Ellos se quedaron impávidos de la impresión.
“¿El Oficial Ardiles?”, dijo Amanda, con asombro, “¿Están seguros?”
“Asi es, se~ora Amanda”, dijo Erik, “Nosotros nunca mentiríamos por algo así.”
“¡Donde está mi hija! ¡Quiero ver a mi hija!”
La enfermera le pidió a Amanda que pasara y Flor entró para acompa~arla. Jerry quizo entrar pero, la enfermera lo detuvo diciendo que solo dos personas pueden ingresar a verla. Mientras, Amanda y Flor ingresan al cuarto en el momento, un médico examina cuidadosamente a Julia, todavía atemorizada y con moretones, cuando un policía le hace un reporte. Amanda comienza a rabiar de angustia y desesperación.
“¡Hija! ¡Hija! ¡Qué sucedió! ¡Como, cuando, por qué! ¡Dimelo!”
Pero, los gritos de desesperación de Amanda atormentan a Julia y comienza a temblar con mayor insistencia.
“Se~ora, por favor”, dijo el médico, “Tranquilicece que está desesperando a su hija.”
“¡No! ¡Necesito saber que sucedió!”
“Pero, su hija no está en condiciones de hablar en este momento.”
“¡No! ¡Hija! ¡Qué pasó! ¡Qué pasó!”
“Se~ora, si sigue histigando a su hija, mejor, retírese de la sala.”
“Vamonos, mamá”, dijo Flor, tomándola de sus brazos y retirándose de la sala de urgencias. Pero, en la sala de espera, los ojos de Amanda se llenan de odio y resentimiento al ver a Enrique y a Fiorella.
“¡Qué hacen ustedes aquí!”, exclamó Amanda, “¡No tienen ningun derecho de estar aquí! ¡Fuera de aquí!”
“¡Es mi hija y me preocupa todo lo que ocurra!”, exclamó Don Enrique.
“¡Nada! ¡Tú no tienes ningun derecho! ¡La haz dejado abandonada como un perro al nacer! ¡Y ni siquiera quisiste reconocerla!”
“Por favor, Amanda, no es momento de decir estas cosas. Es cierto que no me porté como un buen padre pero, estoy dispuesto a rectificar mi error.”
“¡Nada! ¡Lo que tú has hecho no tiene perdon!”
“¡Pero, Julia es también mi hija!”
“¿Ah, si? ¿Ahora es tu hija? Pues, que me acuerde cuando nació, tú tenías tus dudas.”
“Es cierto que dudé pero, ahora más que nunca comprendí que Julia es realmente mi hija.”
“¡Nada! ¡Fuera de acá! ¡Regresa por donde viniste y llevate a la recogida y embustera de tu hijita para que te haga provecho, que se valió de mentiras para infiltrarse a mi casa y burlarse de nosotras!”
“¡Mamá!”, exclamó Flor, “¡No digas esas cosas de Fiorella! ¡Ella no tiene ninguna culpa!”
“¿Ah, si? ¿Y por qué defiendes a esa zabandija! ¡Tú, mi hija! ¡Por qué me das la contraria!”
Flor decidió callar.
“¡Contesta! ¡No te quedes callada!”
“Amanda, tranquilízate”, dijo Enrique, tratandole de agarrar el brazo para consolarla pero, ella le hace el quite.
“¡No... me... toques! ¡No quiero que me toques!”
“Creo que me retiro de aquí”, dijo Enrique, “¿Nos vemos, Fiorella?”
“Está bien.”
Fiorella y Enrique se despiden de Flor.
“Claudia, ¿Nos vamos?”, preguntó Enrique.
“¡No!”, respondió, masticando su chicle, “¡Yo me voy con Alonso y los demás!”
Don Enrique y Claudia se miran fijamente a los ojos, despertando la ira y celos de Alonso y Amanda. Don Enrique y Fiorella se retiran con Mariano. Santiago decide retirarse con ellos, despertando la indignación de María. Y Mariano también mira a Santiago, con indignación. Fiorella decide no regresar a su casa, por el momento, y decide pasar la noche en casa de su tío Simón. Mientras, Amanda, se calma, y se lleva a Claudia a un rincón para hablar a solas.
“Oye tú, ¿Qué tienes con Enrique?”
“¡Nada!”, dijo, masticando su chicle, “¡Solo somos amigos!”
“Pues, no me gusta como lo miras. ¿Quieres un consejo? Alejate de ese hombre ó la vas a pasar muy mal. Te lo digo yo, por experiencia propia sino quieres sufrir, queridita mía.”
Amanda se retiró, dejando a Claudia, poco convencida por sus palabras. Mientras, el guardia de turno sale del cuarto donde está Julia y se dirige a la sala de esperas a conversar con los demás.
“¡Oficial!”, dijo Jerry, “¡Van a hacer algo para atrapar a ese criminal!”
“¡Imposible!”, dijo el Policia, “¡Lo que piden es imposible! ¡No hemos podido pedirle la declaración a la se~orita por estar en grave estado de conmoción! ¡Además, que es imposible arrestar al presunto culpable!”
“¿Cómo que presunto culpable?”, exclamó Alonso, con indignación, “¡Somos testigos de que Julia fue violada por un policía!”
“Pero, no tienen pruebas. Lo siento.”
“¿Nos está llamando mentirosos?”, exclamó Pancho.
“¡No es eso! ¡Pero, es dificil abrir una denuncia contra un oficial de la ley! ¡Es un proceso algo delicado!”
“¡Y todo se vá a quedar así como así!”, exclamó Alonso, “¡Por eso estamos como estamos! ¡Nosotros no le estamos echando cuentos! ¡El Oficial Ardiles agredió a esta muchacha y debe pagar por lo que hizo!”
“Lo siento pero, es imposible. Además, que no hay pruebas de su supuesta culpabilidad.”
“¡Eso es!”, exclamó Alonso, “¡Duda de nuestra culpabilidad! ¡Nos trata de mentirosos!”
“¡Oiga, Oficial!”, intervino María, dejando a los demás estupefactos y a Claudia mirando con sospecha, “¡Quiero que sepa que mi primo Alonso es incapaz de decir una mentira y sobretodo ante la autoridad! ¡El es un hombre íntegro y decente!”
“¿Y quién es esta muchacha insolente?”, preguntó el Oficial, haciendose el ofendido.
“¡Cuidado con sus palabras!”, exclamó María, “¡Soy María Guadalupe Modugno! ¡Hija del empresario Roberto Modugno!”
“¿Uno de los hombres mas ricos del país?”
“¡Asi es!”, intervino Jerry, “¡Y yo soy su hermano! ¡Y quiero que sepa que mi padre, con todas sus conecciones e influencias, vá a poner a ese granuja donde se merece! ¡En la carcel!”
“Oiga, usted”, dijo Amanda, “Estos muchachos podrán ser vagos e irresponsables pero, no son ningunos mentirosos.”
“Le creo a usted, se~ora... ¡Pero, así es la ley! Lo siento.”
“¡Ya verá usted!”, dijo Flor, “¡Soy periodista y su ineficacia la haré pública en la primera plana de los diarios!”
El policía se retira de su vista mientras que Flor, ya calmada, decide preguntarle al médico si pueden entrar a ver a Julia y el médico le dice que si, pero, que solo dos personas pueden entrar. Jerry se ofrecio a acompa~ar a Flor.
“¿Y yo qué?”, exclamó Amanda, “¡Soy su madre!”
“Es lo mejor, mamá. Ya has visto que ella está muy alterada. Lo siento.”
Se retiran Flor y Jerry. Amanda toma asiento, frustrada. En un rincón, Alonso habla con María.
“Gracias, prima. No conocía esa reacción tuya pero, gracias.”
“Es que me indignan que duden de tu palabra, primito. Sabes, que te quiero y aprecio mucho.”
“Claro que sí, primita. Yo tambien te quiero.”
Los dos se abrazan fraternalmente. Mientras que Claudia los contempla con mirada intrigante y perturbadora pero, decide no decirles nada. No era el momento para armar reproches. En ese momento, se aparecen Paula y Juan y preguntan por Julia. Mientras, en la sala, Flor abraza a su hermana y trata de preguntarle lo sucedido.
“Hermanita, ¿Sabes lo que sucedió?”
“Fue horrible... Fue el Oficial Ardiles...”
“Es perro desgraciado...”, dijo Jerry, pensando en voz alta, y luego se disculpo a Julia y Flor por lo dicho.
“¿Pero, como?”, preguntó Flor, “¿Te forzó para que subieras en su carro?”
“Subí a su auto y me llevó a ese lugar horrible y....”
Se metió la mano en el rostro y comenzó a exclamar gemidos de dolor. Flor la recuesta en sus brazos para consolarla. Jerry comenzó a llenar sus ojos de odio y resentimiento.
“¡Me las va a pagar!”, exclamó.
“Jerry, por favor, calmate.”
“Tienes razón, disculpa, una vez más.”
Jerry se dirige hacia donde está Julia y acaricia su rostro.
“No te preocupes, chiquita, todo va a estar bien. Confía en nosotros.”
Rato después, un poco más calmada, los médicos deciden soltar a Julia y todos regresan tranquilamente a sus hogares. Pero, Jerry juró vengarse del Oficial Ardiles por lo que sucedió con Julia.
***
Al día siguiente, en Galerías Brasil, Virna se encontraba en su puesto de discos cuando se encuentra con Claudia, como siempre, masticando chicle.
“¡Claudia! ¡Mariano me lo dijo todo! ¿Cómo está Julia? ¿Ya esta mejor?”
“Si, ya esta mejor. ¡Pobrecita! Pero, te digo que de quién te tienes que cuidar es de tu queridito Alonso.”
“¿Alonso? ¿Por qué Alonso?”
“Porque nos salió una nueva rival mucho más peligrosa... Su prima María.”
“¡Por favor!”, dijo incrédula, “¡Si son primos! ¡Casi como hermanos!”
“Son primos en segundo grado, para ser exactos. Además, no te imaginas, ¿Por qué Alonso se fue a vivir a Miami?”
“No tengo ninguna idea.”
“Porque su mamá lo sorprendió besando en la boca a su prima María.”
“¡Ja! ¡Por favor! ¡Lo que dices no tiene sentido!”
“¿Ah, si? Pues, créeme que él me lo dijo.”
En ese momento, Claudia sintió un mareo y Virna quizo alcanzarle una silla para que se siente a descansar. Después de un tiempo, ella se tranquilizó. Se levantó de la silla y se retiró.
Mientras tanto, Alonso se encontró con Santiago en la calle y, enojado, le dio una tremenda bofetada para reprocharle por la escena con Fiorella en la playa.
“¡Tú no vas a jugar con mi prima, desgraciado! ¡Primero te la vas a tener que verlas conmigo!”
“¿Ah, si? ¡No te entrometas! ¡Esto es asunto solo de María y mío!”
“¡Todo lo que le suceda a mi prima, me interesa a mí!”
“¿Por qué? ¿No serás que estás enamorado de tu prima?”
“¡No digas tonterías! ¡Es mi prima! ¡Y yo la quiero... como mi prima!”
En ese momento, vino Jerry y llamó a su primo para retirarse juntos de la vista de Santiago.
Mientras tanto, Fiorella sale de la casa de su tío para visitar a Julia pero, en el camino, se encuentra con Paula.
“¡Oye tú!”, dijo Paula, “¡Qué estás haciendo aquí!”
“Supe que mi hermana Julia está en su casa y quise visitarla.”
“¡Y quién te has creído que eres para llamarla hermana! ¡No sé quién eres y que te propones!”
“¡Tú no eres nada de ella! ¡Oiste y regresa por donde viniste! ¡Ya me has quitado a Mariano y ahora me quitas a Julia!”
“¡Un momento! ¡Yo no te quité a Mariano! ¡Qué yo sepa, él y tú ya habían terminado!”
“Habíamos peleado que es distinto.”
“¡Además no tienes nada de que reprochar! ¡Tú estás con Juan Salgado!”
“¿Juan? Es un buen chico. Pero, a quién quiero es a Mariano.”
“Pues, no me lo parece.”
En ese momento, se aparece Mariano y Fiorella corre a abrasarse con él. Ambos se dan un beso apasionado, enfureciendo mucho más a Paula que decide retirarse de su vista.
“Mi amor,” dijo Mariano, “¿Sucede algo con Paula?”
“Nada, mi amor”, dijo Fiorella, “No pasó nada importante. Quería visitar a Julia, nada más.”
En ese momento, ingresa el ni~o Eufemio y Fiorella abre sus bellos ojitos de la emoción y abrza al ni~o Eufemio.
“Fiorella... mi amor...”, dijo Mariano.
“Dime, mi vida.”
“¿Aceptarías ser mi esposa?”
Fiorella, emocionada, lo miró fijamente a sus ojos, y le dio contestación a su petición.
***





 

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