UCHO OJO
Salió del barril
Por Fernando Vivas
No siento que haya crecido con él, como he oído decir, entre contentos y resignados, a tantos peruanos que le han estrechado la mano en estos días. Tampoco lo reviso con fruición, ni me río a la décima pasada del mismo capítulo. Pero Roberto Gómez Bolaños es un tótem en mi vecindario cultural y lo admiro por una sola y gran creación: la del Chavo del 8. El Chapulín, el Chómpiras o Chaparrón Bonaparte no me simpatizan.
Me inclino ante el Chavo porque es la invención de un mundo tan pero tan sencillo y naïf que atrapa lo esencial y de allí se aventura en ciertas complejidades del realismo. No es una farsa de clases, pues Gómez Bolaños se ahorra el discurso social y nos mezquina los apuntes satíricos que se podrían hacer a partir de este; es una comedia de los afectos, y en su mero centro está el nene más desvalido de todos, presto a ser adoptado por un continente apapachador. No, no hemos crecido con el Chavo, es un hijo que Chespirito y Televisa nos han endilgado a grandes y chicos.
En el centro, redondo como un barril, encerrado en otra redondela más informe, que es la del patio, y a su vez enmarcada en un círculo gigantesco que es México, la ciudad más despatarrada del mundo, pero que pudiera ser cualquiera otra, está un niño tonto, pero con la malicia del sobreviviente.
El Chavo no ha sido escrito desde la agudeza del punto de vista adulto, sino desde el accidentado candor del infante pobre. Y estoy casi seguro de que no estaríamos celebrando esa inocentada si no fuera porque Gómez Bolaños rodeó a su creación de la Chilindrina y Quico, que sí tramaban y envidiaban como grandes, y de don Ramón, vago y descastado que, de vez en cuando, nos hacía recordar qué mundo había fuera de la vecindad.
El señor Barriga no era de clase alta y la Bruja del 71 no era virgen, pues esas categorías no tenían sentido alrededor del barril.
La moral oficial y conservadora estaba encapsulada en varios circulitos, los ruleros de doña Florinda, el personaje más antipático de la serie, no porque fuese clasista --¡chusma, chusma!-- sino por asexuada y cuadriculada. Y cómo se le parece la verdadera Florinda Meza en Lima, que pretende traducirnos a un señor que no hay que homenajear más; hay que oírlo y aprovecharlo.
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